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sábado, noviembre 16, 2019

Una mirada a tres miradas










No son fotos en acción sino de estudio. Más que en la foto espontánea o la foto en pose pero al aire libre (en grupo y con testigos), la foto preparada en un espacio cerrado y luz vigilada deja ver detalles reveladores de la personalidad. Bien decodificadas, es verdad, todas las fotos conllevan alguna jiribilla, pero quiero imaginar que en las placas captadas dentro del estudio fotográfico los personajes elegían, por así decirlo, “su rostro”. Hasta donde es posible imaginar y si el fotógrafo sabía relajar al modelo, en tal situación no había tantas prisas ni presiones, los músculos de la cara se relajaban y uno puede suponer que el sujeto pensaba específicamente en el hecho de que estaba siendo retratado, y ponía de su parte. El gesto, así, se identifica con la personalidad, parece más íntimo.

Más allá de la trampa puesta en “leer” y “descubrir” índoles a toro pasado, cuando ya sabemos cómo fue tal o cual personaje captado en un acercamiento fotográfico, creo que es posible distinguir, así sea borrosamente, el natural de un sujeto a partir de la expresión retenida por la placa sensible en un estudio. Veamos los casos de tres revolucionarios emblemáticos (click a la imagen para verla de mejor tamaño) ahora que viene otro aniversario del movimiento armado.

Zapata es misterioso, receloso, enigmático. Es el menos extrovertido de los tres, sin duda. De hecho, el morelense es sólo mirada. Sus ojos son casi la totalidad de su ser. En ellos brilla la convicción, el arrojo, pero también la desconfianza y, acaso, el resentimiento. Se nota que no está del todo cómodo, que lo desasosiega la ocasión, y responde con un aire de desafío. También, que no juega, que para él la cosa siempre va en serio, que no permite dobleces.

En la mirada de Villa hay algo felino y al mismo tiempo infantil. La leve sonrisa le da un aire de tipo sobrado, seguro, firme y despojado de temor. La cara ancha es la de un tipo que irradia vitalidad, y las patas de gallo, pese a la lozanía de su piel, permiten sospechar que ha reído mucho, que es de talante alegre y juguetón, como niño que a la primera oportunidad ya está inventando algo para divertirse, pero que también es dominante en sus prácticas.

Madero tiene firmeza en la mirada, serenidad en el gesto, buen porte en la posición del cuerpo, aunque un poco erguido de más, como pasa con muchos chaparros. Hay en el fondo de sus ojos, también, un poderoso brillo de convicción y confianza, y creo que nos parecería inverosímil esperar de este hombre algo distinto a la generosidad y la inteligencia.

Luego de esta aproximación, ya pueden ustedes recordarme el famoso dictum de la imagen que vale más que mil palabras. Bueno, es cierto, no le hice caso: me las hubiera ahorrado. Estas fotos comunican por sí solas.

viernes, enero 25, 2013

Íntimo Delmo reloaded













Antes de pasar al tema central de este apunte, atreveré una hipótesis sobre cierto uso de la palabra “íntimo” en La Laguna. Creo que sólo en nuestra región es usada para denominar los bares o las cantinas con un ala o sección menos expuesta, digamos que apartada de la sala principal donde los parroquianos son atendidos con servicio de bebidas y también, a veces, de alimentos. Siempre me llamó la atención esa peculiaridad del habla lagunera, saber que aquí había bares, salones, cantinas y, además, “íntimos” como el Bristol, el Balmori y algunos pocos más en cuyas fachadas lucen o lucieron rótulos como el del “Íntimo Bristol” o el “Íntimo Balmori”, así como se lee.

Hice una breve consulta tuitera y mi amigo lagunero Heriberto Ramos Hernández, quien ha radicado en y viajado por varias ciudades del país, me respondió que tampoco ha notado ese rasgo en otras partes. Nunca supe de dónde salió dicha denominación genérica hasta que hace un par de años, en una conversación con mi amigo Fernando del Moral González, me mostró una hoja membretada del bar que tuvo su padre hacia la década de los cincuenta. Allí, impreso en el ángulo superior izquierdo de la hoja, figuraba un bello dibujo del establecimiento y al lado, con hermosa caligrafía palmer, la denominación comercial: “Íntimo Delmo”. Eso me asombró, pues para entonces yo ya había advertido que usábamos tal palabra, “íntimo”, para referirnos también a eso. Se lo comenté a Fernando y desde entonces no tengo mejor hipótesis que ésta para explicar tal peculiaridad del habla lagunera: el padre de Fernando del Moral fue el primero en usarla para referirse a los bares con área aislada de la sala principal.

Pero bueno, dada esa referencia, no me extraña que el torreonense Fernando del Moral sea no sólo uno de los mejores documentalistas históricos de México, sino también un cinéfilo consumado y un experto en vinos, licores y aguardientes. Su conocimiento sobre bebestibles es amplio no sólo desde el punto de vista histórico, sino práctico, pues tiene una cava tan variada como selecta. En fechas recientes hemos coincidido para desarrollar un proyecto editorial común, y hace pocos días, en una de esas digresiones que tiene toda conversación amistosa, caímos en el tema de los cocteles. También allí es un conocedor, y tanto despertó mi interés en la materia que abrí un paréntesis en la revisión del libro que editamos y anoté, por ahora, los nombres y las características de los tres cocteles que Fernando ha inventado. Los enumero y los describo:

1) Coctel Santana. Su nombre es un tributo al guitarrista jalisciense. Lo creó hace cuarenta años, en una reunión celebrada en casa del ingeniero Valente Arellano (padre del famoso torero). Entre otras muchas botellas, por allí había un vodka que, dice, se puso de moda por aquellos años, el Wyborowa, que mezcló con licor de cereza transparente marca Marie Brizard. El resultado, comenta Del Moral, fue de tal delicadeza que se convirtió de golpe en un éxito, tanto que todavía lo sigue preparando en sus reuniones.

2) Coctel Bala Villista. Lo inventó en el DF, para que sus amigos chilangos accedieran al conocimiento de nuestro sotol. Data de 1978, y su composición combina el mencionado agave con el jugo de caña.

3) Coctel Sueños de Kurosawa. Admirador del director nipón, en 2002 tuvo la idea de homenajearlo con una mezcla de sake, Campari y hielo frappe. Lleva sake por obvias razones, y Campari por su intenso rojo, color destacado en las películas del maestro japonés.

No los probé, pero Fernando prometió que en uno de esos intervalos que nos deje la chamba editorial, hará la alquimia necesaria para emprender el tour Santana-Villa-Kurosawa.

domingo, enero 16, 2011

Torreón y Villa en Fernando Fabio



Dos libros publicó en 2010 Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973): Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press), en inglés, y en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes). Maestro de la Portland State University, Fernando Fabio prepara en este momento un estudio sobre la filmografía de Felipe Cazals y realiza una investigación sobre la cultura visual en el siglo XIX mexicano. Recién conversé con él y salieron a flote dos temas que lo obsesionan: La Laguna y Villa; me ofreció a propósito el artículo “Torreón, mon amour: Villa, La Laguna y la Revolución Mexicana”, que aquí reproduzco con su autorización (texto íntegro en el blog de Ruta Norte):
Muy pocas veces cuando menciono la ciudad donde nací, las personas de Estados Unidos, Europa o Latinoamérica con quienes converso, reconocen el nombre de Torreón. El problema se agrava cuando añado el nombre del estado. Y bueno, les es muy difícil pronunciar “Coahuila”. Por alguna razón, ver escrita esta palabra los confunde todavía más. Yo, en mi corazón nómada y melancólico, me resigno al anonimato geográfico. No obstante, hay momentos en que es necesario hablar y extenderme sobre lo que es Torreón, Coahuila. Sí, hablo con placer norteño de esa mítica ciudad del polvo, indiferente arcadia de clima insoportable; sueño accidental de roca y desierto; joya huérfana del porfirismo; codiciada estación a la mitad del camino entre Ciudad de México y Ciudad Juárez. Sí, durante la Revolución mexicana Torreón, Coahuila, fue el ombligo de la luna. En clases universitarias, presentaciones académicas y conversaciones con amigos en la ciudad de Portland, Oregon, y los Estados Unidos en general, indico donde está Torreón en el atlas de la historia, la literatura y la cinematografía.
El destino histórico de Torreón está ligado a la figura de Francisco (Pancho) Villa y su ejército de magníficos, la División del Norte. Torreón fue “amante ocasional” —y muy ferviente— del caudillo. Villa tomó varias veces esta plaza, sobresaliendo los encuentros en 1913 y 1914. En la batalla del 13, la división ganó el Niño, el cañón poderoso que se convertiría en la mascota del ejército; y en la seducción guerrera del 14 se alcanzó, junto con la toma de Zacatecas, la derrota del régimen de Victoriano Huerta. Cuando Villa estaba ya casi derrotado, Torreón volvió a ser suya en 1916; sin embargo, el amor glorioso no pudo renacer ya de las cenizas.
Las referencias a Torreón dentro de la literatura —ya sea de ficción o periodística— y del cine de argumento sobre Villa son frecuentes, sobre todo en relación con la toma de marzo y abril de 1914. Por ejemplo, los primeros capítulos de Vámonos con Pancho Villa (1931) de Rafael F. Muñoz tratan del encontronazo entre los villistas y los federales; estos últimos comandados por el general José Refugio Velasco. Asimismo, existe la serie de artículos escritos por el joven periodista estadounidense John Reed, nacido en Portland, Oregon, y agrupados en el libro Insurgent Mexico (1914), traducido al español como Reed. México Insurgente. La cuarta parte de esta obra narra el avance de la División del Norte hasta Gómez Palacio, liderada por el Centauro y su admirado militar de carrera, el general Felipe Ángeles. Estos pasajes han sido dramatizados en los filmes homónimos Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes y Reed. México Insurgente (1970) de Paul Leduc, en los cuales se menciona a Torreón. Incluso, el filme de De Fuentes ubica en “Torreón” dos de las más importantes secuencias del cine de la Revolución mexicana: el parlamento entre los Leones de San Pablo y el general Velasco, con bigotes a la káiser, y la caída de Melitón Botello en “el círculo de la muerte”.
No obstante, es extraño que son escasas las apariciones de Torreón en el material original documental que ha sobrevivido en este otro amor de Pancho Villa, el cine. Como estudioso del cine de la Revolución y siendo oriundo de La Laguna, pienso que es un hecho decepcionante. Sin embargo, existe una posible explicación para tal ausencia, y esta tiene que ver con la misma forma en que ocurrió la toma de Torreón en 1914.
La División del Norte se estacionó en Tlahualilo. Empezó sus ataques por el lado de Gómez Palacio. En ese momento, esta población y su ciudad hermana estaban defendidas por cerca de 10 mil federales. Una barricada de pelones se encontraba muy bien parada en el Cerro de la Pila. Desde allí, los villistas que asediaban eran blanco fácil. En total, los de la División del Norte eran 16 mil, entre soldados, soldaderas y añadidos aventureros. Para evitar la caída de todos ellos, Villa ordenó atacar de noche. Y todo se volvió un escenario de relámpagos rojos, literalmente.
La película de la HBO, And Staring Pancho Villa as Himself (2003), protagonizada por Antonio Banderas (quien actúa como Villa) narra con brevedad este ataque, quedándose como un débil reflejo de esta batalla luciferina. Lo que sí representa con detalle es el romance de Villa con el cinematógrafo. Durante la segunda mitad de 1913, el caudillo le ofreció a varias empresas de cine estadounidenses los derechos para filmar sus batallas. El 3 de enero de 1914 el revolucionario firmó un contrato de exclusividad con the Mutual Film Corporation. Por 25 mil dólares, Villa acordó luchar en contra del ejército federal sólo durante el día para que fuera posible que las cámaras registraran las acciones.
Las filmaciones empezaron durante la batalla de Ojinaga en enero de 1914, la cual, según algunos, se retrasó para dar tiempo a que llegaran los camarógrafos estadounidenses. Así iniciaría un proyecto documental que, semanas después, cambiaría al del género de ficción. La Mutual le propuso a Villa realizar una película sobre su propia vida. Se firmó otro contrato. La obra se llamaría The Life of General Villa (1914) y la dirigiría Christy Cabanne.
La cinta se realizó, y formada por fragmentos extraídos de “la vida real” y otros actuados, se proyectó el 9 de mayo de 1914 en el Lyric Theater de Nueva York y en Londres en el Pabellón de Shaftesbury, un mes después de la toma de Torreón. Lamentablemente, de esta cinta sólo se conservan fragmentos. El historiador Kevin Brownlow encontró trozos del documental en The Ragged Revolution (1988), documental sobre la Revolución producido por la Yorkshire TV. Hace poco me comentó Fernando del Moral, investigador del cine documental de la Revolución, que contaba con pietage de este mítico filme.
Pese a que la película del general se exhibió en el exterior con relativo éxito, es necesario mencionar que este romance entre Villa y Hollywood terminó de manera violenta. Se dice que en los primeros acosos a La Laguna, el Centauro sintió que, por primera vez en su carrera militar, podía perder la batalla. Tuvo que enfrentarse a la situación de agredir sin reserva a los federales o caer al abismo de la derrota. De esta manera decidió desatar aquel infierno en la oscuridad, deshaciendo contratos firmados e implícitos. Por las noches, atacó con dinamita las posiciones enemigas. Los federales ciegos en las tinieblas, disparaban a sombras móviles alrededor suyo, hasta que eran golpeados letalmente. Cuenta Rafael F. Muñoz que el Cerro de la Pila “parecía arder; semejaba un volcán ebrio que arrojara escupitajos de fuego”, y que los fortines, uno a uno, eran tomados por “asaltantes fatigados, sudorosos y manchados de lodo sangriento”.
Tras noches de ataque, los federales abandonaron Gómez Palacio. La carga de fuego continuó en Torreón. Desmoralizados y exhaustos, intuyendo la muerte como destino, huyeron a San Pedro de las Colonia. Allí recibieron otro regimiento de 6 mil soldados. Pero la derrota fue inevitable. La División del Norte, con cerca de 3 mil heridos, mil muertos y 10 mil soldados en activo, consumó la victoria.
Los espectadores quedaron horrorizados, incluyendo John Reed y los camarógrafos de la Mutual, quienes desertaron y regresaron a los Estados Unidos. El infierno había subido a la tierra, y aparte de la imposibilidad de filmar en aquella larga noche roja, no se debía reproducir a través del celuloide aquella indecible violencia. Inclusive Huerta asilenció a sus camarógrafos. En aquel mismo mayo del 14, casi al mismo tiempo que se presentaba la película de argumento de Villa en los Estados Unidos e Inglaterra, se proyectó en la Ciudad de México El aterrador 10 de abril de San Pedro de las Colonias, atribuida a Fritz Arno Wagner, quien filmó las batallas del lado federal. La función en el Salón Rojo fue censurada y el filme, se presume, fue destruido.

sábado, noviembre 13, 2010

Pancho Villa según Novo



Alguien armará algún día el mapa de La Laguna en la época revolucionaria. No me refiero al mapa tal cual, sino a la idea que los hombres tenían sobre nuestra región. Para hacerlo son necesarios más que nada los documentos, las palabras. Lamentablemente no es abundante, al menos no tanto como sería lo deseable, la cantidad de páginas escritas sobre el entorno que ahora ocupamos. No fueron muchos los hombres de pluma que anduvieron por acá, así que la pintura verbal de esta tierra casi carece de cronistas. Por eso hablo de una reconstrucción, de un rompecabezas. Una página aquí, otra allá (Reyes, Reed, Jamieson, Othón…), todo junto puede ayudar a saber qué aire se respiraba en estas tierras cuando Torreón nacía como ciudad. Entre esas páginas idóneas para conocer el rostro espiritual de nuestra ciudad durante la revolución está el texto de Novo que comenta Saúl Rosales en el artículo “Pancho Villa sedujo a Salvador Novo”. Saúl me ha permitido compartir sus palabras, así que aquí están:
El gran héroe de la Revolución Mexicana Francisco Villa sedujo a muchos escritores de todos los rumbos del mundo —lo sigue haciendo— y entre ellos a Salvador Novo, quien vivió entre los 6 y 12 años de edad en Torreón, Coahuila, escenario de las batallas más importantes que protagonizó el revolucionario popularmente llamado Pancho Villa.
Parece que fue muy honda la huella que dejó en Novo el revolucionario también nombrado con el epíteto de Centauro del Norte. Se puede creer así si recordamos un breve texto que el escritor incluyó en su libro Ensayos, publicado en 1925. Las pocas páginas terminan con un tono elegiaco en honor del guerrillero y revolucionario.
Desde hace muchos años mi fervor villista me hace dar a conocer a los alumnos el texto de Novo y ellos lo digieren gustosos porque a la novedad de ver referidos hechos y lugares familiares, añaden la degustación de la prosa que es ligera y juguetona, luminosa y moteada de anacronismos, antes de llegar al grave tono de la elegía.
El “ensayo” que tiene el título de “¡Ya viene Pancho Pistolas!” lleva como epígrafe los ingenuos versos que, advierte Novo, son de un corrido norteño: Pancho Villa se rindió / en la ciudad de Torreón / ya se cansó de pelear / se va a sembrar algodón; bajo el epígrafe, la pluma de Novo recorre el Torreón prerrevolucionario, el que conoció en su infancia, mismo que miró sacudido por las batallas urbanas.
Salvador Novo, quien vivió en Torreón entre 1910 y 1916, habría contemplado las polvaredas alzadas por los embates de las caballerías revolucionarias o federales, sentido que sus tímpanos le estallaban con las detonaciones, se habría estremecido por los tableteos de ametralladora o por disparos aislados en el silencio de la noche. Le tocó vivir en Torreón las batallas famosas por cruentas y por importantes para la Revolución.
Además, si creemos lo que relata en su ensayo, Novo conoció a Villa. En la parte elegiaca le dice al héroe popular: “Yo tuve, como dice la educación, el honor de conocerte. Supe que te casaste, por el civil y por la Iglesia, con todas las muchachas que te gustaban. Que, como lo manda la Salve, a los ricos los dejaste sin cosa alguna.”
Para concluir, el notable escritor de la literatura mexicana exhorta: “Que los hombres de la Laguna aprendan tu lección de valor y que en las calles de tu amado Torreón, donde fundaste, sin saberlo, un mercado socialista, los ciegos homéricos, tocando la vihuela que te placía, canten en tu memoria el corrido definitivo, norteño, sano y rebelde en que aparezcas con tus cananas entrando en Estados Unidos para comentario de escándalo, o en la toma de Zacatecas […]”
La curiosidad por Francisco Villa en este año del centenario del comienzo de la Revolución Mexicana se puede satisfacer en la biografía escrita por Friedrich Katz; igualmente en la que publicó Paco Ignacio Taibo II; también en las Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán o en la biografía redactada por Pere Foix.

sábado, noviembre 06, 2010

Villa de frente y de perfil



Acaso no hay en México un personaje más famoso que Villa ni con una imagen pública atravesada por tantos entreverados claroscuros. Precisamente por eso es también el personaje literario más atractivo de nuestra historia, el héroe-villano con las cartas credenciales idóneas para ser trabajado mediante la ficción, si es que aceptamos de antemano que su vida, así sea contada con la mayor objetividad, no parece en sí misma una delirante fantasía. En los abordajes al guerrillero, sin embargo, han predominado los propósitos historicistas, el afán por darle lógica a sus mil descabelladas andanzas. Dos biografías canónicas sobre el duranguense se ciñen a este fin: la de Frederich Katz y la de Paco Ignacio Taibo II.
El deseo de literaturizar a Villa se presenta atractivo a simple vista pero entraña, creo, tremendas dificultades, como ocurre con otros personajes históricos de su tamaño o mayores. Por un lado, la enorme masa documental (esto incluye las aproximaciones fílmicas) acumulada desde que saltó a la celebridad desafía al narrador más ducho; por otro, el hecho ya insinuado de que ni visto académicamente Villa deja de parecer un personaje engendrado en el útero de la fantasía. ¿Qué novelista, pues, en sus cabales puede arrostrar semejantes obstáculos sin parecer desmesurado o ingenuo? ¿Se puede añadir información sobre un sujeto que ha llenado ya miles, tal vez millones, de páginas? ¿Es posible hacer ficción sobre lo que en sí misma parece una existencia de novela? Las tres preguntas han sido respondidas afirmativamente por el escritor saltillense Armando Alanís en Las lágrimas del centauro, novela que trabaja sobre la fabulosa materia (fabulosa en sentido estricto) que es la biografía de Villa, el laberinto movedizo que construyó de 1878 a 1923.
Armando Alanís nació en Saltillo, Coahuila, en 1956, y radica desde hace 18 años en la ciudad de México. Egresó de la carrera de comunicación social en la Universidad Anáhuac, estudió un posgrado en filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y vivió durante algunos años en Dublín. Ha publicado, entre otros, Alma sin dueño, La mirada de las vacas, Fosa común y La vitrina mágica. Ha colaborado en periódicos como La Jornada y Milenio. Actualmente es profesor de la UACM.
El autor expuso su idea de inmiscuirse con Villa en una entrevista a Milenio México; allí declaró: “Villa me interesa por norteño, ranchero, mujeriego y subversivo. Los rebeldes siempre me han simpatizado, y el caudillo de Durango lo fue toda su vida, lo mismo cuando andaba de bandido en la sierra que cuando fue nombrado general en jefe de la División del Norte. Hacía lo que le daba la gana, o lo que pensaba que debía hacer, y generalmente se salía con la suya. En Las lágrimas del centauro narro su vida y hazañas, sin ninguna pretensión de ser exhaustivo. En mi novela está Villa con sus cualidades y defectos, con sus aciertos y errores”.
Como podemos apreciar, la complejidad que encarnó Villa es el acicate principal para Alanís, quien asumió concientemente el reto de meterse en un berenjenal biográfico. ¿Cómo procedió? El narrador saltillense construyó una novela que recorre a Villa de lado a lado, desde sus andanzas infantiles hasta la hora de su muerte en Parral. En medio, los episodios más significativos no sólo de su carrera militar, sino aquellos (digamos “domésticos”) en los que se revela su talante, los momentos a veces desdeñados por la Historia con mayúscula ora porque no están suficientemente documentados, ora porque parecen nimios o anecdóticos, ora porque al final no determinaron la elevación de su estatua. Alanís apela a los instantes donde Villa no está en plan de estratega para que en efecto nos parezca más humano, “un hombre de carne y hueso, lejos [así dicen los editores en la cuarta de forros] de las estampitas de papel”. Esos instantes son, sobre todo, los que nos recuerdan su irrefrenable gula sexual, lo enamoradizo que fue, rasgo probado por el collar de esposas o amasias que desfiló por sus infatigables catres, valga la hipálage.
Dividida en siete trancos, Las lágrimas del centauro no puede prescindir, empero, del Villa militar, ese Villa corporizado por la leyenda y envuelto desde pequeño en todo tipo de escaramuzas violentas. Alanís nos lleva casi cronológicamente a los puntos señeros de la carrera político-castrense de su protagonista. En todos los casos recurre a un procedimiento elíptico, es decir, sin hacer énfasis que desplacen el tono de novela hacia el de biografía o escritura histórica. Explico: como el autor presupone una enciclopedia básica sobre Villa en la cabeza de cada receptor, no abunda en detalles técnicos, en fechas o nombres propios para dar cuenta de un pasaje emblemático. Cierto que dice “Ciudad Juárez”, “Torreón”, “Zacatecas”, escenarios todos de batallas importantes encabezadas por el revolucionario, pero eso se da sólo en plan de insinuación, con rodeos tácticos necesarios para que la novela no se aleje mucho del género ni se convierta en otra cosa. Los lectores medianamente avisados presentimos o sabemos lo que sigue en los capítulos, pues en esencia el relato concatena lógicamente —enlazados, como ya dije, a destellos relacionados con la intimidad de Villa— los picos de la cronología villista.
Un libro cuya estructura guarda parentesco con Las lágrimas del centauro es Madero, el otro, de Ignacio Solares. En ambos casos los narradores procedieron mediante el engarzamiento de pasajes históricos de acuerdo a las cronologías ya aceptadas como válidas. Al final de las novelas uno tiene la impresión de que recorrió, gracias a un proceso de acumulación, las vidas íntegras de los personajes, con los capítulos fungiendo como estroboscopios que iluminan a flashazos cada fragmento de vida. Pero hay diferencias, creo que hay diferencias. Solares buscó un hilo conductor, un hilo novelístico, al afantasmar a Madero, al volverlo un espíritu. Aprovechó inmejorablemente la afición esotérica del parrense, su creencia en la comunicación con el más allá. De hecho, eso determina hasta el tono de la narración, el permanente y áspero diálogo entre el fantasma y el Madero “real” dentro de la irrealidad novelística. Las lágrimas del centauro no tienen ese hilo, o si lo tienen es más tenue, menos explícito: es el propio Villa, su leyenda.
No debemos extrañar la falta de un hilo conductor o idea eje o reiteración del motivo principal en una novela sobre Villa. Cierto que pudo hallarse, no sé, un odio fijo y recurrente, o un amor inextinguible y por ello reciclado cada determinada cantidad de capítulos, pero eso sería emitir una idea contraria a lo que fue la vida de Villa. Si algo la caracterizó, sospecho sin ánimo de difamar, sólo porque así se dio, fue la anarquía, cierto dejarse guiar por instintos tornadizos, dependientes de coyunturas o de hombres. ¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, si el guerrillero no es invitado a platicar por Abraham González casi de casualidad? ¿Qué si no ve lo que ve en la mirada de Madero? Villa era duro de cáscara, pero en el fondo voluble, ondulante, de ideas primitivas aunque muchas de ellas nobles. Pues bien, Alanís logra trasmitirnos esa lógica de la ilogicidad, el estado de anarquía vital de Villa al colocar sus acciones en el flujo imprevisible que fue esa existencia atada siempre a los acontecimientos históricos y, principalmente, a los vaivenes de su arrebatado humor, a esa vida que, como dice una canción, fue cayendo y levantando sin solución de continuidad.
Y hablando de humor, del otro humor, Las lágrimas del centauro lo tienen a pasto, lo cual se agradece. Igual se aplaude el estilo limpio y salpicado de copiosos giros campiranos todavía vivos. Es, por ello, un aporte a la larga y al parecer interminable saga de obras sobre la Revolución. Por eso vengo afirmando que el movimiento armado de 1910 es el Gran Tema de la literatura mexicana. Creo que Armando Alanís se ha sumado con mérito a esa brillante costumbre de nuestra narrativa.
Comarca Lagunera, 5, noviembre y 2010

Las lágrimas del centauro, Armando Alanís, MR-Novelas Históricas, México, 2010, 294 pp. Texto leído en la presentación celebrada ayer en el Museo de la Revolución. Participamos el autor, Silvia Castro Zavala y yo. Entre otros lugares, Las lágrimas del centauro está a la venta en la librería Educal instalada en el Museo Arocena, en Torreón.