Una de las figuras que nunca faltan en, como le llaman, el top ten mundial, es la de Ronaldo Nazário de Lima (Río de Janeiro, Brasil, 1976), conocido también con un alias legítimo: el Fenómeno. Su carrera, vivida en los mejores equipos del planeta y la selección brasileña, sumó alrededor de 500 goles, muchos de ellos consumados en acciones con inaudito desarrollo. Su jugada más ordinaria era extraordinaria: tomaba la pelota en tres cuartos de cancha o luego de algún contragolpe, encaraba al defensor y a partir de allí era lo mismo que ver a un búfalo embistiendo, pero con agilidad de guepardo, es decir, con zigzagueante pericia para sortear al enemigo por izquierda, derecha o túnel; al quedar frente al portero se planteaba al menos cuatro o cinco posibilidades: eludir por izquierda, derecha, bombear, disparar entre las piernas o ceder a un compañero, todo a velocidad desconcertante. Por su tamaño y su tendencia al sobrepeso, parecía lento, aunque quizá gracias a la ley física de la inercia —un objeto pesado que ha adquirido velocidad es más difícil de frenar— pocos pudieron detenerlo. Es más que justo ubicarlo entre los diez de la historia, y acaso entre los cinco.

