Hristo Stoichkov (Plovdiv, Bulgaria, 1966) es considerado, sin migaja de duda, el mejor jugador de su país, que dicha sea la verdad no ha producido futbolistas de altura como lo han hecho Alemania o Brasil, por mencionar sólo dos naciones representativas como semilleros. Era de estatura media, veloz y sobre todo fuerte, con la fibra que siempre tuvieron los cargadores de pesas búlgaros en las olimpiadas. En la cancha era aguerrido, bravo, no le sacaba al choque y sabía defenderse de las patadas y los codazos enemigos. La cifra de sus goles llegó casi a 300, y fue en la Barcelona de Cruyff donde puso en práctica su mayor habilidad: acompañar las jugadas, estar en el lugar correcto en el momento correcto, de ahí que la mayoría de sus tantos cayeron en el último toque, casi como trámite gracias a que el búlgaro estaba allí, encima del arco, en el asedio, siempre amenazante, siempre con la parte interna de ambos zapatos lista para empujar el balón. Más que un gran jugador búlgaro, fue y sigue siendo un símbolo de la casi oculta (para nosotros) Europa del Este. Por un golazo en el Mundial 1994, en México dejó un mal recuerdo.
viernes, julio 17, 2026
martes, julio 14, 2026
34. Ronaldo
Una de las figuras que nunca faltan en, como le llaman, el top ten mundial, es la de Ronaldo Nazário de Lima (Río de Janeiro, Brasil, 1976), conocido también con un alias legítimo: el Fenómeno. Su carrera, vivida en los mejores equipos del planeta y la selección brasileña, sumó alrededor de 500 goles, muchos de ellos consumados en acciones con inaudito desarrollo. Su jugada más ordinaria era extraordinaria: tomaba la pelota en tres cuartos de cancha o luego de algún contragolpe, encaraba al defensor y a partir de allí era lo mismo que ver a un búfalo embistiendo, pero con agilidad de guepardo, es decir, con zigzagueante pericia para sortear al enemigo por izquierda, derecha o túnel; al quedar frente al portero se planteaba al menos cuatro o cinco posibilidades: eludir por izquierda, derecha, bombear, disparar entre las piernas o ceder a un compañero, todo a velocidad desconcertante. Por su tamaño y su tendencia al sobrepeso, parecía lento, aunque quizá gracias a la ley física de la inercia —un objeto pesado que ha adquirido velocidad es más difícil de frenar— pocos pudieron detenerlo. Es más que justo ubicarlo entre los diez de la historia, y acaso entre los cinco.
lunes, julio 13, 2026
33. Ronaldinho
Hablar de Ronaldinho produce alegría. Creo que no hay futbolista en el mundo con mayor carisma, el único que parece carecer de detractores (digo “parece” para precaverme de los claridosos que escarbarán en internet para encontrarlos). Quiero decir que es mayoritaria la opinión favorable sobre Ronaldo de Assis Moreira (Porto Alegre, Brasil, 1980) que la negativa. Casi todos los futboleros agradecemos su manera de jugar, acaso la más lúdica que en la historia hubo y habrá. Son innumerables las escenas de Dinho usando la pelota como lo que esencialmente es: un juguete. Durante algunos años, en la transición Maradona-Messi, el brasileño de la sonrisa eterna se apoderó de la magia y la renovó. Porque eso era, un artista que desaparecía el balón para sacarlo luego de la manga o la chistera convertida en regate, en pase, en gol. Anotó más de 300, muchos de ellos convertidos hoy en piezas de museo lo mismo que sus asistencias “sin ver” o sus elásticas a la velocidad de la luz. Brilló sobre todo en Barcelona y en su selección, y en México tuvimos el privilegio de tenerlo en Querétaro al final de su carrera. Ronaldinho es un digno comensal de la última cena.
domingo, julio 12, 2026
31. Romario
Uno se pone de pie al ver los goles del delantero con los nervios más templados que ha tenido el futbol mundial. Clavó cerca de mil, una cantidad que podría colmar de orgullo a cinco delanteros juntos. Romario de Souza Faria (Río de Janeiro, 1966), conocido a secas como Romario, era muy bajo de estatura, pero fuerte como un perno de acero. Reunía todos los atributos deseables para un depredador del área, y esto incluye el cabeceo, pues pese a su módica estatura sabía buscar y hallar balones por arriba. No es raro que sea considerado por los aficionados como uno de los diez mejores jugadores de la historia, incluso de los cinco. Si vemos sus acciones, notaremos que su repertorio de habilidades dentro del área era total. Fue un maestro del cambio de ritmo, pues podía pasar de cero a cien en un microsegundo, y a esto se anudaba el mayor de sus talentos: la tranquilidad. Ha sido el delantero más sereno que se vio en las canchas; casi todos disparaban fuerte, con apuro, y Romario no: él cruzaba o picaba la pelota con cínica lentitud, como quien cascarea en el patio de su casa. Liquidaba a sangre fría.
jueves, julio 02, 2026
22. Lineker
Gary Lineker (Leicester, Inglaterra, 1960) fue un rematador inglés clásico de goles ingleses clásicos: de cabeza a centros largos. Sumó en su carrera cerca de 300, diez en Mundiales. Sabemos que fue el máximo anotador en México 86. Él mismo ha dicho que anotó “el gol que nadie recuerda”, pues lo hizo (de cabeza) en el Inglaterra contra Argentina cuando su equipo iba 2-0 abajo debido a los célebres tantos de Maradona. El equipo donde figuró fue el Leicaster, de su ciudad natal. Vistió dos famosas playeras: la del Barcelona y la del Tottenham Hotspur, donde tuvo buen desempeño. Era un jugador de toda el área, sobre todo de la chica, pues como rematador de testa era fiel a la costumbre británica del anticipo a los defensores y al arquero durante los centros a la olla. Un recuerdo que de él conservo intacto corresponde a cierto pasaje de su vida, cuando anotó su sexto gol en el partido contra la Argentina; me sentí mal porque con ese tanto rompió el empate a cinco goles que en aquel momento mantenía con Maradona, lo que a la postre le granjeó el liderato en la tabla de goleo en el segundo Mundial mexicano.
domingo, junio 28, 2026
18. Ibrahimović
La primera vez que vi a Zlatan Ibrahimović (Malmö, Suecia, 1981) fue en la repetición de un gol anotado al Breda cuando militaba para el Ajax. Esa jugada bastó para no dejar de seguir su carrera como delantero de los mejores equipos del mundo. He visto varias veces aquella acción y me asombra cada vez que la recorro: pese a su carrocería de camión materialista, Ibrahimović esquiva rivales con la fluidez de un motociclista en la ciudad, recortes a derecha e izquierda con sorpresa y precisión. En la jugada que menciono burló tres veces al mismo jugador y a varios más, como si fuera brasileño y no sueco. Clavó más de 500 goles y rozó el 0.60 de productividad, más de medio tanto por partido. Era aguerrido, fue un ejemplo de fuerza y voluntad, nunca se arrugó ante nadie. Sobran las repeticiones en las que muestra poquísimas pulgas cuando los defensores lo acosaban. El total de sus goles permite imaginar que iba a todas las pelotas y aprovechaba cuantas podía. La más recordada evidencia de su voracidad es aquel balón que rescató con una especie de chilena descompuesta que, pese a la distancia y el ángulo, logró convertir en gol.
sábado, febrero 01, 2025
Vida y letras según Chéjov
Con
o sin intención, los escritores suelen mostrar su “cocina”, es decir, los
modos, los métodos, las fórmulas (si es que las hay) mediante las cuales consumaron sus obras. Han podido hacerlo por la vía oral, sea en una
clase, en una conferencia, en un taller, o por la escrita en un manual, diario o memoria. Cualquier espacio, incluso la conversación de sobremesa
más informal, es propicio para que un zurcidor de palabras exponga sus
procedimientos. Tengo para mí que la recomendación o la metodología de un
escritor no calza por completo a otro, pues escribir es una práctica atada
visceralmente a la experiencia única e irrepetible del individuo. Todos vemos
un árbol, pero ese árbol es distinto y evoca emociones diferentes en quienes lo
ven.
Pese
a la imposibilidad de transferir recetas susceptibles a una completa imitación,
los libros que las ofrecen tienen, sin embargo, el mérito del desprendimiento,
casi casi como cuando un chef comparte las contraseñas de sus platillos (dupliqué
el adverbio para subrayar que de todos modos no es exactamente lo mismo). Los
libros que convidan secretos de escritura pueden ser asimismo muy diversos,
pero algo habrá en ellos que delate al menos un tenue afán didáctico. Pienso, sólo
para mostrar cinco casos distintos, en Filosofía
de la composición, de Edgar Allan Poe; La
experiencia literaria, de Alfonso Reyes; Manual de creación literaria, de Óscar de la Borbolla; Un arte espectral, de Norman Mailer y Ser escritor, de Abelardo Castillo (que
por cierto comenté hace poco en estos mismos rumbos). Yo mismo, si me permiten
el desacato, perpetré un libro de tal índole titulado Entre las teclas, periferia del oficio literario, cuya tercera
edición no está en prensa, sino en pausa.
Sin trama y sin final. 99
Consejos para escritores (Alba Editorial, Barcelona, 2016,
134 pp.), de Antón Chéjov (1860-1904), opera en el predio mencionado, como
podemos suponerlo por el subtítulo. Son recomendaciones del narrador ruso, uno
de los maestros de cuento moderno. Lo peculiar del libro reside en que Chéjov
no lo pensó orgánicamente, y acaso ni siquiera lo sospechó tal y como está
armado, pues se trata de recortes extraídos de su correspondencia, todos
vinculados con el oficio de escribir. Piero Brunello ejecutó el trabajo de
edición y es también el autor del prólogo en el que explica su intención: “este
librito presenta los consejos de Chéjov sin comentario, pero con la recomendación
de tomarlos en serio. En un principio fueron elegidos para uso personal, pero
las sugerencias de un gran escritor pueden ser provechosas para mucha gente”.
Esas sugerencias, reitero, son fragmentos de cartas enviadas a escritores en
las cuales, suponemos, además de abordar asuntos de índole coyuntural como una
enfermedad o un viaje, servían para intercambiar impresiones, opiniones,
juicios literarios. Entre otros corresponsales, los fragmentos fueron obtenidos
de misivas enviadas a Suvorin, Gorki y Aleksandr, tres escritores, el último de
ellos su hermano.
Brunello
tiene razón al afirmar que las palabras extraídas de las cartas “pueden ser
provechosas para mucha gente”. Lo son, particularmente para quienes tienen el
deseo de escribir. Sin trama y sin final
está dividido en dos partes: “Cuestiones generales” y “Cuestiones
particulares”. Las cartas que sirvieron de base fueron escritas, la mayoría, en
los últimos quince años del siglo XIX. Dentro de cada gran sección hay
apartados más breves, un intento de Brunello por ordenar temáticamente sus
recortes. Pese al orden que impuso, es dable aproximarse al libro de manera no
necesariamente lineal, como si se tratara, quizá porque en el fondo lo es, un
racimo abultado de aforismos.
Los subtemas que abraza son misceláneos. En todos los casos el editor da un título: “No lo que he visto, sino cómo lo he visto”; luego viene la cita: “Lo he visto todo; no obstante, ahora no se trata de lo que he visto, sino de cómo lo he visto”, y al último la referencia postal entre paréntesis: “(A Alekséi Suvorin, Vapor Baikal, Estrecho de Tartaria, 11 de septiembre de 1890)”. Con base en esta estructura, Sin trama y sin final avanza por las cartas de Chéjov y de ellas recoge los pasajes que frontal u oblicuamente se refieren al quehacer literario. Traigo cuatro ejemplos de esa brillante pedacería:
Este
sobre el arte de tolerar cierto añejamiento de lo escrito:
Esperar un año
Tiene usted razón: el tema es arriesgado. No puedo decirle nada concreto; sólo le aconsejo que guarde el relato en un baúl un año entero y que al cabo de ese tiempo vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro.
(A Yelena Shavrova, Mélijovo, 28 de febrero de 1895).
O
esta prescripción para su hermano:
Seis condiciones
“La
ciudad del futuro” es un tema excelente, novedoso e interesante. Si no trabajas
con desgana, creo que te saldrá bien, pero si eres un holgazán, que el diablo
te lleve. “La ciudad del futuro” sólo se convertirá en una obra de arte si
sigues las siguientes condiciones: 1) ninguna monserga de carácter político,
social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los
personajes y de los objetos; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad;
rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.
(A Aleksandr Chéjov, Moscú, 10 de mayo de 1886).
O:
Llorar sin que el lector
se dé cuenta
Sí,
en una ocasión le dije que uno debe ser indiferente cuando escribe historias
patéticas. Pero usted no me ha comprendido. Puede llorar o gemir con un cuento,
puede sufrir con sus personajes, pero considero que debe hacerlo de modo que el
lector no se dé cuenta. Cuanto mayor sea su objetividad, más fuerte será la
impresión. Eso es lo que quería decirle.
(A Lidia Avílova, Mélijovo, 29 de abril de 1892).
Por
último:
Escribir con
frialdad
Hace usted grandes
progresos, pero permítame que le recuerde un consejo: escribir con mayor
frialdad. Cuanto más sentimental es la situación, mayor frialdad se necesita a
la hora de escribir; de ese modo el resultado es más conmovedor. No conviene
azucarar.
(A Lidia Avílova, Moscú, 1 de marzo de 1893).
No puedo pasar por este libro sin recordar que Piglia abre su famoso ensayo “Los dos hilos: análisis de las dos historias” con estas palabras: “En uno de sus cuadernos de notas, Chéjov registró esta anécdota: ‘Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida’. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito”. Sin trama y sin final intenta algo parecido: iluminar alguna zona del ejercicio literario. Es en síntesis una cascada de chispazos todavía atendibles pese a que hace 150 años fueron modestos párrafos de cartas.
sábado, diciembre 30, 2023
Serrat ochentón
No
soy ni seré flor ni espejo de melómanos, pero a lo largo de mi ya sexagenaria
vida he sabido escuchar con atención y gratitud a varios hacedores de música
popular y culta. Alguna vez establecí una lista de mis admirados, y no sin
asombro vi que se expandía hasta incluir una cantidad de nombres no sólo
amplia, sino harto variada. La amplitud de mi enciclopedia musical se debe,
creo, a un ancho de banda que no sé por qué deja entrar en mi gusto a
personajes de lo popular y lo culto por igual. No es, tampoco, una sumatoria
aplastante, pero en su arco deja entrar lo mismo a Bach y a Vivaldi que a
Javier Solís y Adriana Varela, y lo mismo a Yupanqui que a Pérez Prado y Lola
Beltrán. Eso sí: jamás descenderé al inframundo de los actuales pesoplumíferos; hasta
allí no llego ni amenazado con una fusca en la nuca.
Que
el largo e innecesario preámbulo que me acabo de echar sirva como telón de
respeto y agradecimiento a Joan Manuel Serrat, compositor y cantante que sin
duda ocupa un lugar significativo entre mis afectos auditivos. Dado que nació
en Barcelona hacia 1943, el pasado 27 de diciembre llegó a los ochenta de su
edad, motivo más que justificado para celebrar la calidad de su trabajo, un trabajo
prolongado hoy a casi sesenta años de trajín en el mundo de la cantautoría.
Se
dice fácil, como decir se suele, pero llegar a casi seis décadas de plenitud
creativa no es sencillo. Para lograrlo se necesita una escalera grande y otra
chiquita, ambas permanentemente firmes y de pie. La clave de Serrat no ha sido,
por supuesto, su voz, de poca potencia y un poco temblorosa, aunque siempre
bien colocada en cada nota, jamás desafinada. El fuerte, la magia de Serrat ha
estado, obvio, en sus letras y sus arreglos. Todos tienen algo, una belleza que
sin incurrir en densidades y hermetismos logra comunicar emociones con las
palabras justas, siempre con matices melancólicos, tristones, críticos y,
cuando lo requiere la ocasión, hasta humorísticos.
La
belleza es difícil de explicar. Le pasa lo que le pasa a la definición del
tiempo cuando se la preguntaron a San Agustín, según dicen: si no me lo
preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé. Yo sé que hay belleza en las
letras de Serrat, pero a la hora de explicarla es cuando batallo. Sin embargo,
es posible sobrevolar su inteligencia, discernirla.
Sus
letras son muchísimas, y no me detendré en pensar una completa aunque con una
sola pieza podría ser demostrada la malicia literaria de Joan Manuel. Es el
caso del “Romance del curro El Palmo”, una de las canciones más tristes y
desgarradoras que registro. Serrat tiende a lo narrativo, a contar historias
con versos, y siempre encuentra las palabras y las frases apropiadas para ilustrar
sus relatos.
En
sus composiciones, el español es manejado sin oropeles, con pulcritud y soltura.
El catolicismo, la guerra civil, el franquismo, el catalanismo, el anarquismo,
las aspiraciones y los miedos de la sociedad española del siglo XX respiran en
cada pieza. En “Fiesta” se siente desde los primeros versos una fiesta popular
española: “Gloria a Dios en las alturas / recogieron las basuras / de mi calle
ayer a oscuras / y hoy sembrada de bombillas”. Hay aquí una gota de humor:
agradecer a Dios porque recogieron las basuras.
En
“No hago otra cosa que pensar en ti” el poeta desea escribir una canción a la
mujer amada, pero el proceso es un desastre. Las musas no aparecen y en sus
estrofas se filtra el humor: “Busqué, mirando al cielo, inspiración / y me
quedé colga’o en las alturas. / Por cierto al techo no le iría nada mal / una
mano de pintura”. En “Cada loco con su tema” Serrat señala preferir, en una
luminosa hipérbole, “el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional”. En “Llegar
a viejo”, un portento, me deslumbra “Si no se
llegase huérfano a ese trago”, la vejez. En fin, aciertos a pasto los del
artista catalán que rindió tributo a su pueblo con “Por las paredes”, una
canción perfecta.
Martín
Palacio Gamboa, amigo poeta y músico uruguayo, armó por estos días una lista de
sus veinte serrateanas favoritas. Yo tengo las mías también, pero temo que preferiría
una lista de cuarenta o cincuenta. Serrat es tan bueno que perdurará. Sus
canciones son ya un patrimonio intangible de muchísimos admiradores a los que
sin duda sucederán otros cuando nos hayamos ido.
Desde
mi lagunero anonimato digo, pues, felices ochenta, maestro Joan Manuel.
Por
último y al margen: feliz 2024 para los pasajeros habituales de Ruta Norte. Que
los abrace un año espléndido.
sábado, febrero 27, 2021
Tres eternos segundos
El
periodista Manuel Serrato me preguntó en un programa de radio qué pincelada de
Maradona retenía mi memoria. Le dije que, al margen de los hitos llamados “gol
del siglo” (a los ingleses) y “gol imposible” (a la Juve), hay dos jugadas del
10 que siempre recuerdo con agradecido pasmo. Una de ellas la comenté en el
texto “De los centros”, y ahora paso a describir la segunda: en mi fuero íntimo
la he denominado “Tres eternos segundos”, y es la siguiente.
En
un partido del Barcelona contra el Real Madrid celebrado en el Santiago
Bernabéu, Maradona y Lobo Carrasco contragolpean y desde la media cancha sólo
tienen por delante a un defensa y al portero. El zaguero sale a frenar a Lobo
Carrasco, quien apenas alcanza a dar el pase lateral hacia Maradona, quien viene
sólo casi por el centro del terreno. El argentino tiene ahora el balón y ve al
portero que, como ordena el librito, se adelanta para cerrar el ángulo. Con el
pecho levantado, Maradona flota hacia adelante, vertiginoso, hasta llegar a la
raya del área grande. A cuatro metros de Agustín, el portero, Diego ejecuta un
leve y brevísimo movimiento de cuerpo/piernas que condensa un engaño múltiple:
el arquero no sabe allí si el atacante tirará cruzado, bombeará el balón,
pasará por derecha o por izquierda o intentará un tiro por debajo de las
piernas. Cualquiera de estas cinco acciones se abre como posibilidad. Maradona
elige adelantar el balón por la izquierda del portero, quien se estira sin poder
cortar la jugada. Hasta aquí sentimos que se trata de una buena acción, pero
nada extraordinaria. Lo asombroso viene dos segundos después.
Eludido
el portero, la pelota y Maradona aparecen solos frente al arco. Aunque no queda
en su perfil, el 10 puede tocar ya la pelota con el pie derecho, con el
izquierdo, como sea, pues la puerta está abierta a cinco o seis metros y ni
Maradona ni nadie podrían fallar en tal circunstancia. Supongo que de reojo
mira a Juan José, el defensa que, ilusionado con una barridón heroico, viene a
cerrar en diagonal hacia el primer palo. El tiempo que tuvo Diego para tirar
puede ser considerado una eternidad en los parámetros del futbol, pero no lo
hace, sino que elige el extraño camino del arte y la genialidad. Mientras el
defensa arroja los tacos por delante y termina incrustado como horqueta en la
base del poste, Maradona frena de golpe, engancha hacia adentro, da un
toquecito más al balón y antes de que el portero vuelva, sin ver al arco
cachetea tersamente con la zurda y hace el desmesurado gol.
Si pensamos que en el alambique de la memoria futbolera quedan para siempre sólo instantes, el instante en el que Maradona corta hacia adentro en aquel tanto vivirá para siempre. De alguna forma fue una gambeta a la lógica del futbol más que a un defensor. Cualquiera, creo, hubiera tirado de inmediato frente al arco abierto, tal y como le quedó a Maradona tras el regate al portero, pero mientras los ojos de todos esperan ese toque obvio, el 10 alargó la escena tres eternos segundos en un metro cuadrado del Bernabéu que al final de la jugada revoleó pañuelos blancos.











