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sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.

sábado, noviembre 02, 2024

Amores de Zapata












Solemos imaginar a los héroes político-militares siempre en calidad de héroes, en permanente trance justiciero, es decir, entregados a sus buenas o malas causas las 24 horas del día. Quizá esto se debe a que la categoría de las personas que han llegado al bronce de la plaza pública no admite, ante la mirada del pueblo llano, las ordinarieces de la vida cotidiana, como comer, dormir, hacer del dos o regodearse salivosamente en las alcobas. Muchas biografías dan cuenta de miles de detalles vinculados con las andanzas públicas de los próceres, pero no tantas son las que exploran los pliegues menos evidentes de sus vidas.

Esta laguna también puede deberse a un rasgo del comportamiento humano que fue característico hasta hace poco: la defensa de la intimidad. En efecto, las personas separaban muy bien los espacios de lo público y de lo privado, de suerte que lo segundo permanecía oculto, no se compartía sino muy escasamente. Hoy, en la era de las redes sociales, esto cambió de manera radical: lo privado se enfatiza al grado de convertirnos en delatores seriales de nosotros mismos, todo por la limosna de los likes que nos permiten comprobar que existimos y somos aceptados en la sociedad (digital).

Antes lo privado quedaba oculto y se cuidaba hasta la muerte, lo que movía las palancas del chisme y del infundio. Cualquier error —una infidelidad, por ejemplo— se pagaba caro en el mundillo comunitario, más cuando era pequeño. De ahí viene la sentenciosa frase “pueblo chico, infierno grande”, donde por “infierno” debemos entender “habladuría”, “cotilleo” a expensas del prójimo. En este caldo se movieron los héroes, así que son escasas las andanzas privadas de las que ha quedado huella documental, vacío que por otro lado aprovecha la novela histórica para dar densidad a lo narrado.

El libro Las compañeras de Zapata (Crítica, México, 178 pp.), de Felipe Ávila Espinosa, es un notable ejemplo de investigación abocada a explorar lo que en general ha sido tema secundario. En este caso, la vida amorosa —amorosa en el sentido espiritual y físico del adjetivo— de Emiliano Zapata Salazar, uno de los iconos indiscutidos de la Revolución Mexicana. Sin olvidar el marco de fondo, es decir, el quehacer político del líder morelense y las circunstancias sociales que lo rodeaban, el investigador focaliza su mirada en la promesa del título: los amoríos del caudillo consumados en matrimonio o arrejunte.

No era Zapata, por lo que se lee, un tipo ajeno a los placeres de la carne. Dueño de un carisma poderoso, de ánimo cordial y porte físico espectacular, no faltaron en su vida los encuentros carnales. Debemos, claro, ubicarnos en su contexto: los hombres de aquel tiempo no se ponían muchas trabas para foguearse (esta palabra tiene un significado ígneo) con las mujeres que quedaban a su alcance, más cuando el tipo disponible tenía atributos de pudiente en todos los sentidos. Zapata era joven, buen mozo, vestía bien, montaba a caballo con maestría, lideraba una causa, y todo esto hacía imposible que fuera soslayado por muchas de las mujeres con las que trabó contacto. Por esto no puedo no pensar en la reticencia de la palabra "compañeras" y no "mujeres" en el título, esto para mitigar, un tanto anacrónicamente, la posible y poco bienvenida atribución de donjuanismo al guerrillero prócer.

Felipe Ávila, autor de este libro, es sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por El Colegio de México. Es autor de El pensamiento económico, poltíco y social de la Convención de Aguascalientes; Los orígenes del zapatismo, Entre el Porfriato y la Revolución. El gobierno interino de Francisco León de la Barra; Las corrientes revolucionarias y la Soberana Convención; Breve historia del zapatismo (2018), Emiliano Zapata. La lucha por la tierra, la justicia y la libertad (2019); Breve historia de la Revolución Mexicana (en coautoría con Pedro Salmerón, 2017) y Carranza: constructor del Estado Mexicano (2020). Es profesor de Historia del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Además de los apartados introductorios, Las compañeras de Zapata (por cierto, libro pulcramente editado) contiene seis capítulos y un epílogo. Los tres primeros trancos se refieren, en orden cronológico, a las tres mujeres de quienes ha quedado buen registro documental como compañeras del revolucionario nacido en Anenecuilco hacia 1879. Ellas son Inés Alfaro Aguilar, “su primera compañera”; Josefa Espejo, “su esposa”; y Gregoria Zúñiga, “a la que más quiso”. Luego vienen tres capítulos titulados “Goyita y la muerte de Zapata”, “Petra Portillo” y “Otras compañeras de Emiliano”, además del epílogo.

Al inicio, el autor explica sobre Zapata que “Su imagen se ha vuelto un ícono de la cultura popular. Su figura está por doquier, en pinturas de artistas célebres, en monumentos y estatuas, en centenares de fotografías y decenas de videos. Su nombre lo llevan colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de transporte público, organizaciones campesinas y populares. Sin embargo, sabemos poco sobre la vida privada de Zapata: ¿cómo era con sus compañeras y con las mujeres con las que tuvo hijos, con su familia, con sus amigos y compañeros guerrilleros? Este libro es un primer acercamiento a ese Zapata terrenal, más íntimo, más privado, a través de los testimonios de quienes compartieron parte de su vida con él”.

Para construir su acercamiento, Ávila Espinosa recurre a entrevistas directas con algunas de las mujeres que sobrevivieron al líder tras su asesinato en la emboscada tendida contra él en la hacienda de Chinameca, esto el 10 de abril de 1919. Los diálogos son parte de archivos públicos, no del propio autor con las protagonistas. La reconstrucción de la vida cotidiana en la que se movió Zapata con su ejército tiene, por ello, marcados tintes de oralidad, como en este pasaje salpicado de abundantes nahuatlismos, y así casi todo lo citado in extenso dentro del libro: “Del lado izquierdo del corredor estaba la cocina y también del lado izquierdo de la puerta de esta se encontraba en el interior el tlecuil o fogón sobre el que se colocaba el comal de barro para hacer las tortillas, el tazcal para guardarlas y los tenamaztles, que son tres piedras colocadas de modo que puedan ponerse sobre ellas las ollas al fuego; una tinaja grande para agua, el metate, el molcajete y, colgando del techo, un garabato de madera en donde siempre tenían carne seca o longaniza”.

No se percibe en las declaraciones un mal recuerdo de Zapata, ni en lo sentimental ni en lo político. De hecho, su ruptura con Madero —quien fue padrino en su primera boda— fue más consecuencia de los enemigos que mediaron entre ellos que de ellos mismos: “La relación entre Madero y Zapata fue compleja. Los dos eran hombres sinceros, bienintencionados y preocupados por el bienestar de los demás. Había una simpatía y un respeto mutuos. No obstante, representaban mundos diferentes. Zapata era un campesino del centro sur de México, representante de una cultura tradicional de apego a la tierra y a sus comunidades. La tierra era un medio para obtener el sustento diario, no para acumular riqueza. Madero era un próspero hacendado norteño, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, con una visión de la agricultura como empresa productiva, tecnificada y comercial”.

En los sobresaltos de la lucha revolucionaria que a la postre lo convertiría en leyenda, Zapata se dio tiempo para amar con cuerpo y alma. Ingresar a este sector de su biografía es humanizarlo, es regresarlo a su complejidad, es fundir su bronce para convertirlo en carne y hueso, es perfilarlo tan acertado y falible como cualquier otro ser humano. 

viernes, marzo 10, 2023

Miguel y William en una plaquette


 











Viene el mes del Día del Libro y por ello recobran vida los nombres de Cervantes y Shakespeare, quienes fueron coetáneos y pasados los años se convirtieron en emblemas de la literatura universal. Da la impresión en los dos casos de que es imposible comprender sus obras si no nos asomamos a sus vidas. Como en el caso de muy pocos escritores, las biografías del narrador español y del dramaturgo inglés son necesarias para alcanzar una mayor inteligencia de lo que dejaron escrito para la posteridad.

Ahora bien, las biografías suelen ser escritas para los adultos, pero poco o nada para los niños. La plaquette ¿Soy o no Soy? Esa es la cuestión / Cervantes, un artista del escape, publicada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, acerca al lector de corta edad información que no por sencilla deja de ser valiosa para saber más sobre los dos genios clásicos de las letras españolas e inglesas. El origen y las peripecias de ambas vidas se condensan en esta publicación bien organizada y de diseño harto atractivo, colorido en todas sus páginas, muy creativo desde el punto de vista editorial.

En ellas navegamos por las vicisitudes de ambas vidas, como el famoso cautiverio de Cervantes en Argel (por eso “el artista del escape”) o las dudas que quedaron sobre la autoría de las comedias y los dramas de Shakespeare (por eso el “soy o no soy”). Sea lo que haya sido y al margen de las controversias que nunca han de faltar, las figuras de MC y WS son incuestionables y nadie los destronará del sitio clásico que ocupan desde hace mucho tiempo.

Ambos escritores alcanzaron, y esto queda claro en el libro, la máxima belleza y hondura a las que puede aspirar el trabajo literario, de ahí que la circunstancia casual de la muerte concomitante haya servido en el presente para establecer esa fecha luctuoso como Día del Libro.

La plaquette ¿Soy o no Soy? Esa es la cuestión / Cervantes, un artista del escape está disponible con acceso libre en esta liga. Los padres que deseen acercar a sus hijos a dos almas gigantes tienen a merced, gratis, esta excelente y breve biografía gemela que además puede o debe ser leída, por la organización de su material, de adelante para atrás y de atrás para adelante, como lo muestra la portada que encabeza esta reseña.

sábado, agosto 06, 2022

Tragos con Rubén












¿Cuándo termina uno de leer los libros esenciales? El problema con esta pregunta es que jamás sabremos cuáles son esos libros, hasta dónde se extiende el mapa de las páginas que es necesario leer sí o sí antes de que la huesuda se apersone. De cualquier modo, no hay que arredrarse ante la incertidumbre y, al contrario, seguir en la exploración de libros a los que sospechemos alguna calidad. En mi caso, para no errarle, suelo pespuntear entre lo antiguo y lo cercano: esta semana leo un libro casi recién impreso y la siguiente algún otro menos próximo.

Así llegué, por estos días, a la Autobiografía de Rubén Darío en una edición horrible de portada. Hacia 1966 fue publicada en México por Editora Latino Americana S.A. Considero que se trata de un libro esencial, dado que con él nos acercamos, gracias a su propia guía, a uno de los poetas más importantes de nuestra lengua, quizá el más. Darío nació en Metapa (hoy Ciudad Darío), Nicaragua, en 1867, y escribió sobre su vida en las postrimerías de su ídem. Murió en 1916, a los 49, en León, también de su país natal. La Autobiografía está fechada en 1912, así que, seguramente, al momento de escribirla ya sentía en la nuca el vaho calientito de la catrina. Y cómo no, si a su corta edad el cuerpo le estaba pasando una ristra de facturas que a la postre lo liquidarían. Fueron facturas bien cultivadas, y veremos por qué.

El libro sólo tiene 160 páginas, pero en ellas cabe buena parte de las incontables peripecias que atestaron de anécdotas la existencia del poeta. En principio, llama la atención la enorme, la verdaderamente enorme cauda de nombres que atraviesa estas páginas. Si el libro tuviera índice onomástico, demandaría varias hojas para acoger los apellidos de familiares, políticos, artistas, periodistas y editores. Entre los nombres de mexicanos mencionados por el autor de Prosas profanas destacan los de sus amigos Federico Gamboa, Amado Nervo, Justo Sierra y Bernardo Reyes.

El torrente onomástico no cesa en todo el libro. Como Darío fue un trotamundo y como la fama le llegó muy temprano, prácticamente desde la infancia (“Fui algo niño prodigio”, dice) se dedicó a recibir elogios y traducir la admiración ajena en la posibilidad de conseguir trabajos más o menos ventajosos para viajar sin freno. Las chambas que le caían como periodista o diplomático a veces acarreaban jugosos estipendios, otras no tanto, y todas tenían como rasgo más saliente la inestabilidad, de modo que así como conseguía un trabajo, lo perdía semanas o meses después y entraba al consiguiente apremio económico. Se casó, tuvo hijos, pero la Autobiografía deja la impresión de que la familia al uso le importó un cacahuate. Lo suyo era viajar (El Salvador, Honduras, Chile, Costa Rica, Cuba, España, Argentina, Estados Unidos, Francia, México…), comer, coger, beber (“la demoniaca agua verde del ajenjo”) y acceder un día sí y otro también a los activadores alucinógenos de la época. No hubo para él una comilona que no estuviera “convenientemente humedecida”, ni noche en la que, con mayor o menor éxito, dice, no buscara en sus andanzas “el peligroso encanto de los paraísos artificiales”.

No fue gratuita la cirrosis que lo despacharía al más allá cuatro años después de escribir sobre su vida. Además de estas confesiones, nos dejó una obra literaria abundante y ciclónica, y es imposible calcular el tamaño que tendría si su autor le hubiera dado menos vuelo a la hilacha. Pero tampoco hay que lamentarlo, pues hay artistas que, como él, sin el combustible de las juergas quizá nos hubieran privado de su mejor fruto. Salucita por Darío, pues, con imaginario ajenjo.

miércoles, julio 14, 2021

Historias de Tello Díaz

 











Cuatro largas historias componen Historias del olvido (Cal y Arena, México, 1998, 156 pp.), de Carlos Tello Díaz. La semblanza resumida del autor disponible en la Enciclopedia de literatura en México anota, entre otros ítems, que nació en Cambridge, Gran Bretaña, el 13 de febrero de 1962. Es narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Director de la revista Arcana. Colaborador de El Financiero, ReformaRevista de la Universidad de México. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo. Aparte, no sobra señalar que es hijo de Carlos Tello Macías, exfuncionario del gobierno federal que entre otros cargos fue secretario de Programación y Presupuesto y embajador de México en varios países.

He atravesado con placer las páginas de Historias del olvido por la tersura de la prosa, en primer término, y por el exuberante fondo documental que soporta cada pieza. Como observé al principio, son cuatro historias de extensión amplia, en promedio de cuarenta páginas cada una, todas ellas muy interesantes porque reconstruyen el contexto, descrito con densidad, en el que se movieron personajes casi sepultados por el olvido. La tarea del biógrafo, en este caso, ha sido rescatar vidas que dejaron huellas documentales no muy notorias, pero suficientes para urdir relatos impregnados de tragedia.

En “La pasión de José Rovira”, Tello Díaz dibuja la vida de ese tal Rovira que en el siglo XIX vio imposibilitada la consumación de su amor con Rosario Casasús debido a que en principio, joven todavía, él se había vinculado con la iglesia como diácono. Enamorado, trató de llegar al alto clero de Roma para anular su compromiso eclesiástico, pero la vida se fue diluyendo sin lograr el propósito de quedar libre para cristalizar su proyecto con Rosario. Vemos aquí, fielmente rehecha, la realidad espiritual de una época, aquella en la que era todavía frecuente ver impedida la unión de los amantes por acatamiento a cánones cuya rigidez hoy podría ser vista de manera asaz distendida.

En el segundo relato, “La muerte de Delfina”, el autor nos adentra en la vida de Delfina Ortega, primera esposa de Porfirio Díaz. Muy diferente a Carmen Romero Rubio (segunda esposa del militar oaxaqueño), “Fina”, como le llamaban, era discreta, ajena al ajetreo social que inevitablemente provocaba la actividad de su marido. Tuvo dos hijos (uno de ellos Porfirito) y perdió varios en el camino. En 1880, tras un parto difícil y la muerte casi inmediata de su recién nacida, Delfina agonizó hasta morir ella también.

“La tragedia de los Noriega” narra la muerte trágica de los hermanos Eulalia e Íñigo Noriega, hijos del acaudalado español también de nombre Íñigo. Esto aconteció en 1913, apenas unos días antes de la Decena Trágica, el 31 de enero. El relato deja ver lo misterioso de esas muertes supuestamente consumadas por suicidio acordado entre los hermanos. La prensa amarilla, que ya se daba vuelo desde entonces, insinuó la posibilidad de una relación incestuosa, pero nada quedó claro, salvo que la fortuna del acaudalado y déspota Noriega comenzó a naufragar en la tolvanera revolucionaria hasta que el viejo quedó en la ruina y murió hacia 1920.

La última historia es la más cercana en el tiempo (el libro avanza, digamos, de manera cronológica), y recorre el ambiente de la casa regenteada por Graciela Olmedo, la Bandida que hace poco, casualmente, mencioné en este mismo espacio. “La casa de la Bandida” es quizá el relato con menos unidad del libro, pues se ramifica en varios subtemas vinculados con la vida nocturna de la capital, entre ellos la presencia en casa de la Bandida de intelectuales como José Alvarado, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Historias del olvido es un libro ya mayor de edad, pero sus textos admiten una lectura atemporal que en último término puede desembocar en gratitud hacia su autor.

sábado, abril 11, 2020

Husmear en vidas ajenas













A primera vista parece casualidad, pero quizá no lo sea tanto. En estos demasiados días de confinamiento ha sobrado tiempo para desahogar actividades que no implican el rebase de los estrictos límites caseros. Un encierro así de largo, ya lo vemos, tiende a derivar en el aburrimiento, por eso ha sido necesaria la reafirmación en los hábitos personales y en la invención de otros. Ya dije en párrafos de otras columnas que mi novedad en el frente ha sido aprender a editar video tanto como sea posible, aunque sin dejar lo de siempre: leer.
Aquí es donde, en mi caso, recién descubrí algo al parecer casual. Ciertamente leer es un hábito reafirmado en estos días, pero ahora reparo en una peculiaridad. Sin querer, por elecciones arbitrarias, he tomado libros directa o indirectamente vinculados con el género biográfico. Y cuando las páginas me fastidian, he saltado varias veces al documental biográfico en video. Comencé hace dos semanas con una biografía que más bien es auto: la Vida de Diego de Torres Villarroel, un clásico poco conocido de la literatura española, personaje que al describir su andanza ha continuado la saga de la literatura picaresca que tan bien les salió a los españoles. Luego leí una bio de Juan Gelman, el poeta argentino que un par de veces leyera su obra en La Laguna. En la misma colección, otra de Borges harto resumida y con una muy buena cronología. Después me inmiscuí en algunas, no en todas, las Vidas de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio, un clásico del chismorreo helénico. Luego releí la breve biografía sobre Mozart escrita por Stendhal, lo que de paso me antojó a buscar algo de mi biógrafo favorito: Stefan Zweig (a mi hija mayor le recomendé Fouché, el genio tenebroso que hace más de veinte años leí por recomendación de Gerardo García). De los libros he pasado al video de YouTube, pues sigo careciendo intencionalmente de televisor, y en tal sistema despaché las biografías de García Márquez, Galileo, Leonardo, Beethoven, Picasso, Miguel Ángel, Newton, Mozart y Perelman, lo que constituye un récord en mi vida como husmeador en vidas ajenas. ¿Ha sido esto casual? Digo que sí, pero también puede tener como origen la borrosa necesidad de interactuar con otros, de saber qué hicieron o qué andan haciendo los genios allá afuera.

sábado, febrero 08, 2020

Cervantes inagotable






















Nadie, ni la biblioteca mejor nutrida ni nadie, tiene todo lo que se ha publicado sobre Miguel de Cervantes y su obra. Esto se debe a que si bien los libros del Manco caben en un obeso tomo de Aguilar, la crítica producida por tal corpus es inabarcable, acaso la más grande que en el reino de este mundo hay sobre un autor y su quehacer escrito. Dedicarse pues a reunir las publicaciones sobre Cervantes es abrir la puerta a una labor que no tendrá término, como bien lo sabe mi amigo Juan Antonio García, cervantista lagunero que a lo largo y ancho de su vida ha tratado de acopiar todo lo que al respecto ha podido; el resultado de su esfuerzo es mucho y al mismo tiempo, ya podemos suponerlo, es nada, pues —como adjetivo en el título— Cervantes es inagotable.
Esta imposibilidad no representa, sin embargo, una desgracia. Pese a que, no sin fervor, los cervantólatras sabemos de antemano que apenas podremos dar “un llegue” a la obra escrita en torno al autor del Quijote, es una felicidad saber que en silencio, sin apuro mediante, vamos recogiendo aquí y allá, donde sea, todo lo que encontramos a nuestro paso sobre su vida y sus libros. Hago notar que la palabra “felicidad” escrita líneas arriba no es excesiva, pues sé, lo he visto y lo he vivido, que la convivencia con este hermoso ser humano nos alegra y nos eleva el ánimo, pues tal vez pocos escritores vivieron una vida tan convulsa y al mismo tiempo nos dejaron en abundantes páginas una lección más pura de entereza, verticalidad y buen semblante ante las adversidades.
Tres, quizá cuatro, son los libros que sobre Cervantes encontré en 2019. Uno de ellos, Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, es criminal, un peculiar periplo biográfico de 467 páginas publicado por Taurus en 2016. Lo hallé a 69 pesos, vaya rareza, en un anaquel de saldos de Mixup, y poco después lo vi al mismo precio en Gonvill, donde supongo que todavía hay. Su autor es Jordi Gracia (Barcelona, 1965), quien con la mejor prosa deambula los contextos físicos y espirituales por los que el Manco se movió. No ofrece aparato crítico, notas al pie con ibides y todo eso que suele crear, a veces de manera fetichista, la idea de rigor académico, pero en el flujo de cada párrafo deja ver un fondo de erudición que nos lleva y nos trae por la España, la Italia y el Argel que cupieron en suerte al biografiado.
Atravesar este mar de páginas es un deleite por la prosa, como ya dije, por la erudición, como también ya dije, y sobre todo por el sujeto que ocupa aquí el centro de la escena.