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sábado, enero 01, 2022

De libros y mordidas




















Sólo a mí me pasa esto. La casa es albergue temporal para una linda cachorrita de una raza que no alcanzo a precisar. Es de veras buena su pintilla, y, como todo perrita de corta edad, es despierta y juguetona, además de destructiva. Dos o tres días después de que fue recogida ya había hecho de las suyas contra varios objetos: rasguñó feamente la orilla de una alfombra, dejó regado un papel sanitario por toda la casa y sembró dos o tres buenas cacas por aquí y por allá.
Por una actividad de trabajo llegué tarde el jueves de la semana pasada, y en la mañana una de mis hijas me llevó uno de los libros que mantengo en el librero especial. Tengo allí, al margen de muchos otros libros, ediciones de Aguilar que ya son casi inconseguibles y muy caras si las comparamos con los libros de combate. Además, son obras completas, el único discreto lujo que me he dado en la vida.
He visto las ediciones de Aguilar, o parecidas, en Donceles, sé lo que valen y lo apreciadas que son por los bibliófilos, así que, sin fetichismos mediante, también les tengo mucho aprecio. Las he ido comprando, cuando las hallo a precios razonables, durante treinta años, y sé que jamás las venderé porque, insisto, son el único objeto al que le he guardado algo de totémica veneración.
El caso es que la perrita le dio un llegue a dos ejemplares: uno de los dos tomos de las obras completas de Cervantes y uno de los tres de las obras completas de Dostoyevski. Las tarascadas, obvio, estaban en la parte superior de los lomos, eran dos pedazos arrancados a punta de colmillo. Lo primero que sentí fue horror, luego una gran tristeza. Moví de inmediato todos los libros y los puse fuera del alcance de aquellos afilados y blanquísimos caninos.
Conjeturé lo obvio: los forros en piel de esos libros habían seducido el olfato de la perrita, que detectó, quizá no muy lejano, el delicioso sabor de un sirloin en las tapas de mis clásicos. Salí de casa al trabajo con la pena de saber que esos dos queridos objetos habían sido atacados por la salvaje inocencia de un animal que lejos estaba de saber que había agredido al Quijote y a los hermanos Karamasov. Una amiga me notó algo raro en la oficina, y fue la primera a quien le comenté el desaguisado. También lo lamentó, claro.
Toda la mañana sentí la incomodidad que produce una pérdida, le di vueltas en la cabeza y pensé en una restauración.
Llegué a casa a las tres. Apenas entré, alguien tocó a la puerta. Regresé: era mi vecina, una amable señora que me gustaría mencionar aquí y no lo hago porque seguramente no aceptaría ningún reconocimiento a la generosidad que paso a describir. Me recordó que su padre había muerto hacía más de un año, y que hacía pocos meses también su madre había partido. Me explicó que ella y sus hermanos estaban en el difícil tránsito de reacomodar el contenido de una casa, y ahora que su padre y su madre habían fallecido trataban de colocar entre familiares y amigos los objetos que por cualquier motivo ellos, los hijos, no podían resguardar.
Entre los muchos libros que pertenecieron a su padre, un hombre más bien dedicado a la ciencia, estaban algunas colecciones literarias. Mi vecina pensó que una de esas colecciones quedaría en muy buenas manos si me la regalaba íntegra, y me la ofreció. La acepté sin dudarlo. Eran, son, catorce gordos tomos de la serie “Gran colección de la literatura mexicana” editada por Promexa, en pasta dura, guinda y troquel dorado tanto en portadas como en lomos. Dicho de manera muy simplista, allí están los siglos XIX y XX de toda nuestra literatura.
Le agradecí a mi vecina, cargué con mis tomotes y sentí que debía esforzarme por interpretar de alguna forma aquel mensaje: Cervantes y Dostoyevski me estaban consolando.

sábado, febrero 08, 2020

Cervantes inagotable






















Nadie, ni la biblioteca mejor nutrida ni nadie, tiene todo lo que se ha publicado sobre Miguel de Cervantes y su obra. Esto se debe a que si bien los libros del Manco caben en un obeso tomo de Aguilar, la crítica producida por tal corpus es inabarcable, acaso la más grande que en el reino de este mundo hay sobre un autor y su quehacer escrito. Dedicarse pues a reunir las publicaciones sobre Cervantes es abrir la puerta a una labor que no tendrá término, como bien lo sabe mi amigo Juan Antonio García, cervantista lagunero que a lo largo y ancho de su vida ha tratado de acopiar todo lo que al respecto ha podido; el resultado de su esfuerzo es mucho y al mismo tiempo, ya podemos suponerlo, es nada, pues —como adjetivo en el título— Cervantes es inagotable.
Esta imposibilidad no representa, sin embargo, una desgracia. Pese a que, no sin fervor, los cervantólatras sabemos de antemano que apenas podremos dar “un llegue” a la obra escrita en torno al autor del Quijote, es una felicidad saber que en silencio, sin apuro mediante, vamos recogiendo aquí y allá, donde sea, todo lo que encontramos a nuestro paso sobre su vida y sus libros. Hago notar que la palabra “felicidad” escrita líneas arriba no es excesiva, pues sé, lo he visto y lo he vivido, que la convivencia con este hermoso ser humano nos alegra y nos eleva el ánimo, pues tal vez pocos escritores vivieron una vida tan convulsa y al mismo tiempo nos dejaron en abundantes páginas una lección más pura de entereza, verticalidad y buen semblante ante las adversidades.
Tres, quizá cuatro, son los libros que sobre Cervantes encontré en 2019. Uno de ellos, Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, es criminal, un peculiar periplo biográfico de 467 páginas publicado por Taurus en 2016. Lo hallé a 69 pesos, vaya rareza, en un anaquel de saldos de Mixup, y poco después lo vi al mismo precio en Gonvill, donde supongo que todavía hay. Su autor es Jordi Gracia (Barcelona, 1965), quien con la mejor prosa deambula los contextos físicos y espirituales por los que el Manco se movió. No ofrece aparato crítico, notas al pie con ibides y todo eso que suele crear, a veces de manera fetichista, la idea de rigor académico, pero en el flujo de cada párrafo deja ver un fondo de erudición que nos lleva y nos trae por la España, la Italia y el Argel que cupieron en suerte al biografiado.
Atravesar este mar de páginas es un deleite por la prosa, como ya dije, por la erudición, como también ya dije, y sobre todo por el sujeto que ocupa aquí el centro de la escena.