sábado, agosto 29, 2026

Agonías del libro

 






Hoy el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos, ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción de verdad en el suministro de información…

Parte de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara. En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien. Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la “decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las inventaran.

Por eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.

No soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado “Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:

A la opinión pública:

Durante los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.

El anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66 años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de una problemática que afecta a toda la cadena del libro.

La desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir, distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública integral y sostenida para el libro y la lectura.

Mientras en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México enfrenta un escenario cada vez más preocupante.

La bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas, géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.

El acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y al ejercicio de sus derechos culturales.

Por ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores, libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores, bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores— hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que fortalezca el libro y la lectura en México.

Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

miércoles, agosto 26, 2026

Prohibido faltar hoy


 







Hoy a las 7 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez será presentado mi más reciente libro de cuentos. Me acompañarán con sus comentarios Iván Hernán Benítez y Saúl Rosales. La entrada es libre y al final habrá un modesto brindis. Ya enumeré todo lo importante, salvo el título: Prohibido soñar de pie, libro que contiene quince relatos editados este año por Ficticia Editorial en la Ciudad de México. Nada más debo añadir, pero aún queda espacio a esta columna y lo aprovecho para bordear algunas peculiaridades de este nuevo título incorporado a la literatura mexicana en general y lagunera en particular.

Prohibido soñar de pie contiene quince historias estacionadas en exactamente 200 páginas. El promedio de cada cuento ronda las doce o trece páginas, aunque en realidad la extensión de las piezas es variada. Tan lo es que se me ocurrió añadir dos textos brevísimos, de un párrafo apenas, junto a otros de mucho mayor envergadura. Salvo dos o tres de corte lúdico (los muy breves y algún otro), todas las demás ficciones son realistas, algunas claramente ubicadas en el contexto lagunero aunque por supuesto sin el ánimo de incurrir en el color local o el costumbrismo que tanto daño ha hecho y hace a la indefensa literatura.

Los cuentos son realistas, insisto, pero no autobiográficos. Son ficciones a la manera de las que solemos urdir los escritores no fantásticos: puede parpadear en ellos alguna tenue luz autobiográfica, pero sólo como asidero de la imaginación literaria cuyo principal atributo es fingir la realidad, mentir con la apariencia de verdad sin desentenderse de la verosimilitud. El título alude a una idea que de cierta forma pellizca todas las historias: que en la realidad los propósitos (léase los sueños) muchas veces, la mayoría, se ven vapuleados por la insignificancia de los frutos, razón por la cual quizá no sea tan desaconsejable ambicionar con prudencia más allá de que los manuales exitistas nos inculquen el deseo de triunfo cueste lo que cueste y otras quimeras que a lo sumo se materializan a cuentagotas.

Un resumen apretado de los contenidos podría destacar tres rutas temáticas: cuatro cuentos con asunto literario, cuatro con sesgo (des)amoroso, dos futboleros y otros de menos sencilla ubicación. Es un libro misceláneo, otro intento por ejercer el oficio de escribir donde casi no importa.

sábado, agosto 22, 2026

Presentación de Prohibido soñar de pie

 

Tiempos todavía más recios


 











No recuerdo bien quién dijo —¿Verbitsky?— que le parecía curioso el caso de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936-Lima, 2025), escritor que andaba por la vida como ultraliberal y armaba novelas no tan radicales, incluso con cierto añejo tufillo progre. No es, claro, para tanto. De los ochenta en adelante, la obra narrativa del peruano no desaprovechó la ocasión para expresar, por medio de ficciones, lo anómalo del pensamiento zurdo, lo utópico y hasta risible de cualquier ideología colectivista, y tal vez sea Historia de Mayta (1984) su resumen del desastre individual y masivo en el que inexorablemente desemboca la izquierda aquí y en cualquier parte, según su muy conocida opinión.

Traigo a Vargas Llosa por una razón de actualidad: el avance de la derecha en el contexto de América Latina y la más que evidente influencia norteamericana en el armado de varios poderes regionales de derecha, como los de Fujimori, el invasor de embajadas Noboa, Kast, el flamingo pero dizque tigre De la Espriella y por supuesto Milei, figura señera del entreguismo al amo del norte, tanto así que Peter Lamelas (sic), embajador de EUA en la Argentina, tiene una injerencia explícita y toral en el gobierno del Peluca, como lo demostró hace poco al prohibir que una empresa argentina hiciera compras de tecnología a Huawei de China. En México vivimos hace poco el escándalo de la balbuceante gobernadora Maru Campos y la presencia de la CIA en Chihuahua, no menos injerencista que en cualquier otra zona de Latinoamérica.

Las frecuentes apariciones noticiosas de embajadores y operadores me llevaron a recordar Tiempos recios (2019), novela en la que Vargas Llosa abordó “desde la ficción” el desplome de la presidencia de Jacobo Árbenz Guzmán (Quetzaltenango, 1913-Ciudad de México, 1971) en Guatemala. Claro, el escritor de Arequipa no la urdió para desagraviar al comunista Árbenz, pues a su parecer (que comparto) no era ideológicamente tal, sino, a lo mucho, un socialdemócrata que al impulsar unas cuantas reformas (como la agraria) terminó por firmar su sentencia de derrocamiento.

Árbenz, quien llegó al poder de Guatemala por la vía electoral y gobernó de 1950 a 1954, le sirvió a Vargas Llosa para ilustrar la brutalidad norteamericana en la defensa de sus intereses económicos en Centroamérica, particularmente los de la United Fruit, empresa que para empezar tenía la ventaja de no pagar impuestos en las repúblicas donde se estableció, a las que luego ellos motejarían, no sin malagradecimiento, “bananeras”.

Vargas Llosa recuerda en Tiempos recios una etapa de la historia norteamericana, el macartismo (llamado así por el apellido del senador ultranticomunista Joseph McCarthy) que en el arranque de los cincuenta se caracterizó por la acusación/persecución de cualquier sospechado, real o sobre todo ficticio, de comunismo o de nexos con la Unión Soviética. En tal sospechosa sospecha cayó el gobierno de Árbenz: la embajada de EUA, representada por John Peurifoy, y la CIA, lo acusaron de tratos con la URSS y muy rápidamente minaron su gobernabilidad al auspiciar mercenarios encabezados por Carlos Castillo Armas y entrenados en Honduras y Nicaragua. Pese a que Árbenz negó toda filiación de su gobierno con el comunismo, la suerte ya había sido echada en Washington y en los medios de prensa norteamericanos: debía caer, y cayó el 27 de junio de 1954, como bien lo sabemos.

El relato de Vargas Llosa, enemigo de todo comunismo cuando lo escribió, no deja dudas sobre la participación de los EUA en Guatemala, pues inventó el bulo del prosovietismo arbencista para derrumbarlo. Lo curioso es que, en entrevistas ulteriores, el autor peruano señaló la caída de Árbenz como motorizadora del radicalismo izquierdista de finales de los cincuenta y todos los sesenta, y como ejemplo puso a Cuba: para no pasar las calamidades de Árbenz, Fidel y los suyos mutaron a explícitos comunistas antes de que los tildaran de comunistas sin serlo, y a partir de allí acosarlos y talarlos como ocurrió poco antes en Guatemala.

Tiempos recios es una novela voluminosa y tiene muchas más aristas y personajes, como el dictador Rafael Leónidas Trujillo y su asesino de cabecera, Johnny Abbes García, además del enigmático personaje de Marta Borrero Parra, testigo de casi todos los recovecos de esta vidriosa historia. Pero lo fundamental es que un representante dilecto del liberalismo, Mario Vargas Llosa, no deja dudas sobre la injerencia descarada de embajadores y espías norteamericanos a la hora de manipular asensos y caídas en América Latina, lo que ahora seguimos presenciando como rehidratado macartismo. Todo con un agravante: que hoy el neomacartismo se expresa a cielo abierto, a la vista de quien quiera verlo. Quizá los tiempos actuales son, por ello, todavía más recios, si esto es posible.

jueves, agosto 20, 2026

Dos libros para descargar en Letras de Chile


 




















Hoy fueron subidos dos libros para descargar gratuitamente en la página de Letras de Chile. Ambos son publicaciones de Iberia Editorial, de Torreón, Coahuila, México. Se trata de Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, y Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen, que en su momento tuvieron un tiraje corto en papel y ahora aparecen disponibles sin costo en PDF. Muchas gracias a Letras de Chile por difundir estas dos publicaciones mexicanas. Pronto esperamos enviar más.

miércoles, agosto 19, 2026

Gravitación de Era


 











El lunes fue un día especial en el mundillo editorial mexicano. De golpe se desató una ola de opiniones alrededor de la noticia, ciertamente triste, de que la editorial Era bajará su cortina dentro de muy poco. Según su comunicado oficial, el mercado, o la falta de, provocó números rojos en sus cuentas y derrumbó sus ingresos y su sostenibilidad. Un año después de la pandemia, la situación, parece, ha abierto un boquete que hace inexorable el hundimiento de la nave. Saber esto provocó que muchos lectores y escritores mexicanos expresaran su consternada opinión, y yo mismo me sumé a tal coro.

La razón de las lamentaciones entre lectores y escritores es justificada. Hablo por mi experiencia, seguramente similar a la de mis contemporáneos. Cuando abrí los ojos a los libros, a principios/mediados de la ochenta, las editoriales más identificables por un lector de La Laguna eran las mexicanas más famosas como Porrúa, el Fondo, Trillas, Joaquín Mortiz y extranjeras como Planeta, Plaza y Janés, Bruguera, Sudamericana y La Oveja Negra. Entre las nuestras, como un sello más chico aunque importante, estaba Era. Su notoriedad se debía no tanto al número de sus publicaciones, sino a la calidad de su catálogo.

Entre algunos autores extranjeros, Era reunió varias de las firmas que poco tiempo después se convertirían en clásicos modernos de nuestra bibliografía: Revueltas, Pacheco, Poniatowska, González Casanova, Monsiváis, Blanco, Pitol, Fuentes, Coral Bracho y muchos más, y hasta Reyes publicó allí póstumamente.

La solvencia de los contenidos se apoyó asimismo en la belleza de sus continentes. Los libros de Era aparecían diseñados de acuerdo al gusto de Vicente Rojo, artista que sin duda añadió a los libros que pasaron por sus manos un estilo poco visto en el mercado mexicano. Además de estas dos virtudes, no pocas ediciones de Era reflejaban el clima de época que en lo político atraía lectores con adhesión a la izquierda. Fue durante muchos años, y de hecho todavía lo es, un sello que cualquier lector mexicano asocia con la manufactura del libro serio y bien curado.

El debate de las redes tuvo, por todo, el denominador común de la sorpresa y el lamento, y la explicación sobre el cierre se dividió en dos grandes bandos: el primero, que achaca a la misma editorial errores de adaptación a los nuevos tiempos que corren para el libro; y el otro, que subraya la emergencia atroz de un público al que le interesa un rábano leer.

Yo ignoro qué pasó, pues me queda muy lejos el jet set editorial mexicano. Lo único que puedo concluir es que Era, como hace poco Ediciones de la Flor en la Argentina, deja un hueco enorme que no sé quién o qué podría llenar, si es que tal salvataje es posible en estos tiempos de nubarrones para el libro y la lectura.

lunes, agosto 17, 2026

Entrevista en Artefacto de Letras

 





Entrevista de Armando Enríquez para la revista digital Artefacto de Letras. Se celebró en la Librería Bonilla de la Ciudad de México el 4 de junio de este año poco antes de la presentación, allí mismo, de Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, 2026, 2026 pp.) Muchas gracias a Armando y a Artefacto de Letras por este amable diálogo. Pulse aquí.

sábado, agosto 15, 2026

Memoria de un adiós interminable


 











Una sombría tendencia a la autominusvaloración nos lleva a pensar que los productos artísticos locales no tienen la calidad que sí podemos encontrar en los espacios de la cultura consagrados como centrales. Nosotros, los laguneros, somos parte de la periferia, y así como no tenemos esto ni aquello en términos industriales, comerciales o deportivos, nuestra literatura, suponemos, carece del empaque que nos mueva a considerarla trascendente. Nos equivocamos al juzgarnos así, creo. Si bien es cierto en cantidad no podemos generar libros como lo hacen las factorías editoriales de lugares como Madrid, París, Buenos Aires o la misma Ciudad de México, ocurre que entre nuestros escritores ya no es tan infrecuente la creación de obras estimables bajo cualquier criterio de calidad en su contenido. Una de ellas, de reciente hechura, es Un largo adiós que no se acaba (UANL, Monterrey, 91 pp.), de Alfredo Loera (Torreón, 1983).

Afirmo que la calidad de este libro es digna de cualquier lector no por su cercanía de paisano, no por afinidad geográfica. Un largo adiós que no se acaba es un libro en el que se adunan atributos que quien sea puede exigir a una memoria, género al que corresponde este caso. Un lector de aquí o de cualquier sitio encontrará en sus páginas el relato en primera persona de un ser humano que, ante la muerte de su ser amado, piensa y repiensa el misterio del abismo que es la finitud. Lo hace con impecable prosa y también, asombrosamente, con un rigor a la par sereno y dolorido, lúcido y poético.

Construida mediante la acumulación de fragmentos en caída libre, la memoria de Loera deja ver rasgos de crónica, aunque el asunto que aborda no haya sido organizado de modo cronológico. La mujer que cruza Un largo adiós que no se acaba es Teresa Muñoz, pareja del autor durante 17 años. Murió el 9 de mayo de 2024, víctima de un cáncer que avanzó rápido y con saña. Teresa Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967; escribió el libro de cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza. Dedicada al teatro, también fue autora de la columna “Las actrices también leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y fue una incansable promotora cultural.

El autor reconstruye en los fragmentos de su memoria, sin hacerse ni hacernos concesiones, cómo se dio la relación con su pareja, cómo era ella, qué reacción provocó en su entorno familiar y amistoso el hecho de que ella fuera 17 años mayor que él (“nuestra relación nos hacía tremendamente peligrosos o, en el mejor de los casos, incómodos”) y cómo evolucionó su convivencia desde que se conocieron hasta que esparcieron sus cenizas en el mar.

Añade a las peculiaridades de su convivencia frecuentes reflexiones que, sin dejar de tener a Teresa y su partida como eje, indagan crudamente en el laberinto al que nos arroja la muerte con dolor y, de alguna manera, repentina. Loera, en un registro que delata su pena al escribir, amplía el interés de la experiencia personal a un ámbito que puede rozar a cualquier lector, potencial víctima de un hachazo parecido. La memoria personal deviene así planteo que nos atañe a todos en tanto seres vivos y, por ello, parados siempre en el precipicio de la muerte. Hay pues mucho de filosófico, de hondamente humano en los fragmentos de Un largo adiós que no se acaba, aunque esto no signifique que sea un libro intelectual, sino en esencia un relato desgarrado sobre el término de una vida en medio del amor.

Acompañado por algunos poemas en los que aflora en otro registro la exposición de la memoria, el libro oscila entonces entre dos tesituras; la primera, en los pormenores (digamos concretos) de la relación y, la segunda, en el intento de comprender lo incomprensible que es la muerte, lo que incluye la irrupción de la presencia amada en el espacio de lo onírico y la recurrencia a la literatura más cercana (Rilke) para arrojar algo de luz hacia fondo del túnel.

Este es, creo, el mejor documento de su tipo —una memoria— producido en La Laguna por las virtudes de su forma y también porque uno siente que el legítimo dolor no condesciende al ornamento melifluo. Esto se debe a que el autor ha acopiado en sus lecturas el tono justo para hacernos sentir su tragedia sin apelar a ningún chantaje. El buceo en su alma es acre, e incluso bordea la incomodidad de hacer ciertas menciones que, pese a lo complejo de su tratamiento, aquí están, latiendo en varios párrafos como borbotones de lava.

Este párrafo de la página 74 condensa en parte lo que he querido recoger en las observaciones anteriores, pues fluctúa de un hecho práctico a una reflexión abstracta: “Pero mi amor por Teresa ha sido una de mis emociones más puras y constantes. En muchos aspectos este amor por ella es lo que verdaderamente me define. Quedarme a su lado no sólo era una cuestión práctica. Me refiero a cuidarla, cuando nadie más iba a ser capaz de hacerlo, al menos no del modo en que yo lo hice. Para mí también se trataba de un hecho de vida o muerte. Me quedé con ella hasta el final de sus días, porque también era un camino para no perderme a mí mismo. Aún mientras escribo estas memorias estoy en la lucha por no ser destruido por su ausencia. Lo cierto es que, de no haber permanecido con ella, mi caída en el abismo habría sido inevitable”.

Alfredo Loera es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Interpretatio, Texto Crítico, La Revista de El Colegio de San Luis, El Pez y la Flecha, Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, Este País, Tierra Adentro, Red es Poder y Registros de Voz. Títulos de su autoría son Aquella luz púrpura, Wish you were here y Guerra de intervención. Estudia doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad Veracruzana y su más reciente libro es Un largo adiós que no se acaba, cuya lectura recomiendo dado que es una memoria escrita con todas las herramientas de la inteligencia y el corazón.

miércoles, agosto 12, 2026

Abuso de la literatura


 







En un soneto de Borges, no el más famoso, la voz poética imagina durante los primeros versos una posibilidad de encontrarse con el ser amado. Pocas líneas más adelante sobreviene la fea realidad: “Esas cosas no son”, dice, y después confiesa: “Otra es mi suerte”. Entre lo que sí tiene todos los días, ciertamente menos valioso que la posesión imposible del ser amado, es “el abuso de la literatura” y la certeza de que morirá tarde o temprano, como cualquiera.

La expresión “el abuso de la literatura” mueve a pensar en lo que significa insumir literatura en un mundo que jamás la apreció mucho y que para agravar la situación poco a poco se ha vuelto más pragmático, más vinculado a tareas y habilidades que, a diferencia de la literatura, buscan convertirse sin subterfugios morales en dinero. En el universo del éxito no es muy común que aparezcan los escritores serios, aquellos que dicen no venderse.

“El abuso de la literatura” es, creo, por ejemplo, leer mucho. ¿Qué beneficio inmediato arroja esta práctica que no sea el espiritual? Se podrá decir que, tal vez, quien lee un libro literario tiene en términos prácticos un conocimiento que luego puede intercambiar, convertir en moneda de cambio en cursos o reseñas, pero afirmar esto no deja de ser una idealización demasiado optimista y una conversión del acto puro de leer en una chambita.

“El abuso de la literatura” se ha convertido en muy pocos casos en estabilidad material. Leer o escribir mucho no se traduce ni a corto ni —mucho menos— a largo plazo en tanque de oxígeno para quien abusa de las dos actividades. Al contrario, las dos suelen sumarse a las que ya de por sí soporta el sujeto literario, pues por defender su abuso de la literatura termina manteniendo la lectura y la escritura como quien mantiene estómagos voraces e improductivos.

En este escenario, quien decida el camino de la literatura y su abuso sostenido debe contar con un escudo para guarecerse de la frustración, alimaña que siempre acecha, sobre todo al término de cada mes, cuando llegan las cuentas por pagar. Quien no lo haga puede terminar en un pozo hondo y oscuro. Ahora bien, y esto es curioso y paradójico, allí abajo sólo podrá defenderse con aquello que lo hundió: el abuso de la literatura.

sábado, agosto 08, 2026

Retazos de memoria










La semana pasada rocé el nombre de Daniel Cosío Villegas y su rol como ideador/fundador del FCE. Mencioné muy brevemente su descripción del momento en el que, junto a otros jóvenes, consiguió los primeros recursos para echar a andar, en 1934, un proyecto editorial que terminó siendo el más importante de su tipo en América Latina. Cosío Villegas había muerto en marzo de 1976, y explicó los detalles citados en sus Memorias, libro publicado en noviembre de 1976 por el sello Joaquín Mortiz. Esto significa que antes de morir ya tenía escrita y quizá apalabrada la publicación del libro, a menos que en una parte del proceso hayan intervenido sus herederos.

Lo que en este caso me llama la atención es que haya escrito sus Memorias y que en su primera edición tuvieran un tiraje de 12 mil ejemplares, altísimo en los parámetros mexicanos. ¿Despertaba tanto interés el relato en primera persona de un hombre de ideas? ¿Por qué 12 mil ejemplares? No sé. Lo que sí sé es que en América Latina no es habitual el libro de memorias, género al que han sido asiduos los ingleses y los franceses, sobre todo. Sospecho que una especie de pudor heredado de España nos lleva a guardar hasta la tumba el relato de nuestras andanzas, de otra manera no me explico por qué en México son tan escasos los memorialistas al estilo de Cosío Villegas.

Al reparar en esto pensé que, de modo disperso, tengo ya muchos elementos o retazos para fraguar una memoria. No serviría a nadie, sería casi totalmente lagunera y por lo tanto aburrida, pero qué más da. Acto seguido (así decían los narradores del XIX), hurgué en mis archivos y encontré, por ejemplo, un fragmento de mi pasado que tal vez añadiría una pequeña situación de aquel libro hipotético. Las anécdotas y las perplejidades escritas en presente son una especie de “acordeón” para escribir memorias. Este apunte fue titulado “Aquel robot que cautivó mi vida” y fue escrito en 2012 sin haber sido, hasta hoy, publicado. Viene a continuación:

No resistí la tentación de decir a mi hija lo que le dije. Veníamos en el Ómnibus de México hace rato, de Durango a Torreón, y en la plática adormecida por el ronroneo del bus, hice un breve silencio y me salió esta frase: “No puedo creer que tengas quince años”. Ella me miró, sonrió con una chispa de orgullo, como si crecer fuera bello o meritorio, y me preguntó lo obvio: “¿Por qué no lo crees?”. La explicación que le di también fue elemental, algo parecido a esto: pues porque sigo teniendo fresca su cara de bebé, su cabeza sin pelo de recién nacida, sus pasos inseguros, su risa y su llanto, las frases con las que inauguró su comunicación hablada, todo su pasado, el pasado que en aquel momento cerraba el siglo XX. Te miro, pues, le dije, y a veces quedo absorto, incrédulo, desconcertado ante la rapidez con la que se han ido quince años, los quince que han pasado desde que la tengo como hija mayor.

El diálogo allí quedó e hicimos silencio mientras el Ómnibus seguía su ruta hacia La Laguna; mi mente se atoró entonces en algunos pasajes compartidos con ella durante su primera niñez. Pensé en la anécdota del robot, en aquel trabajo escolar con el que la ayudé en segundo o tercer grados de primaria. Ese fue, creo, mi máximo trabajo como padre de familia que ayuda en las tareas escolares. Cuento la historia.

Espero a mi primera hija de pie en la puerta de la escuela. Es hasta ese momento la única de mis hijas que ha llegado a la primaria. Está en segundo o tercero, no recuerdo, incluso puede ser que en cuarto. Le pido su mochila, la tomo de la mano y avanzamos hacia el coche. En el camino a casa me comparte sus pendientes: “Papá —dice—, tenemos que hacer el proyecto de un robot elaborado con cajas. El mejor del salón recibirá un premio”.

La vi tan ilusionada con la palabra “premio” que desde ese momento me salieron, no sé de dónde, unas ganas horrendas de construir un robot que apantallara hasta a George Lucas. Y se lo dije a mi pequeña: “Haremos un gran robot, no te preocupes”. Supongo que era jueves, algo así, y el robot debía estar listo para el lunes, por lo que nos favorecería el fin de semana. El viernes pensé en el diseño, lo imaginé. No exagero si digo, como exageramos los laguneros, que me la bañé, que en mi mente apareció el mejor robot jamás imaginado para un trabajo de primaria.

El sábado por la mañana amanecí con un fervor creativo desbordado. Fui a una papelería, fui a una farmacia y fui a una tienda de electrónica. A la papelería por papel plateado, a la farmacia por cuatro pastas de dientes y a la electrónica por unos foquitos, unos alambres y un pila. En la casa había hallado una caja de zapatos adecuada, y el aditamento estrella yo ya lo tenía: un señalador de rayo láser de los que usaba a veces en mis clases de la universidad. Ya con todo reunido, comencé la construcción del inusitado robot, no sin antes pedir a la pequeña que me ayudara como la enfermera que asiste al cirujano en el quirófano.

Lo primero fue forrar de papel plata la caja de zapatos. No era una monstruosa caja de botas sino de calzado infantil. Eso sería el tórax del robot. Luego hice lo mismo con las cajas de pasta dental, pues servirían para armar todas las extremidades; recuerdo que a las piernas les puse una base más amplia, para que el mono pudiera mantenerse en pie sin mayor problema. Siguió la cabeza, hecha con una cajita cuadrada, como la que puede contener un tarro mediano de crema o ungüento. Ya con todas esas piezas a la vista, lo que siguió fue unirlas con pegamento y colocar los foquitos, de esos que denominan leds. Instalé, con maña y silicón, los ojos, la nariz y la boca. Con cables internos como tripas conecté las luces hacia una pila cuadrada que ingeniosamente ubiqué, invisible, en la espalda del robot. Ya con los leds puestos el mono era un fenómeno, pero no estuve conforme, pues como vengo diciendo, yo estaba endiosado por un espíritu científico que jamás ha vuelto a visitarme.

Coloqué los brazos en distinta posición: uno caído, otro, el derecho, apuntando al frente, fijo. Dentro de la caja que era el brazo derecho instalé con maestría mi rayo láser, lo fijé bien, y permití que fuera encendido mediante un dispositivo oculto, cercano a la zona del codo. Cuando todo estuvo listo, luego de varias horas de trabajo enfebrecido, probamos el robot en un lugar oscuro, para percibir bien la vistosidad de las luces. Aquello fue hermoso. El maldito robot echaba unas luces vivas, intensas e infalibles, y el láser, como solemos decir, dejaba chiva de tan eficaz.

Tras ver eso, mi hija y yo estuvimos seguros del triunfo. Llegó el lunes y entró al salón, supongo que orgullosa con su robot lumínico. No vi, claro, la competencia, nada, sólo supe el resultado cuando me lo comunicó mi hija a mediodía. Su explicación, jamás la olvidaré, fue ésta: todos los niños querían mi robot, encender sus luces, principalmente el rayo láser. Se peleaban por jugar con él. Fue el que más gustó. La maestra, sin embargo, dijo que el primer lugar era para un robot que tenía el tamaño de un niño, un robot grande. Ese ganó.

Le pregunté, cómo no iba a hacerlo, si además del tamaño aquel robot tenía algo más. No sé, luces, sonido, algo. Mi hija añadió: “No, papá, nada. Sólo era un robot más grande”. Tampoco olvido mi conclusión: “Bueno, la maestra hubiera aclarado que hiciéramos una piñata con aspecto de robot”. Pero mi hija estaba contenta, pese a todo. Su robot había sido, insistió, el que gustó más. El dictamen de la maestra no había destruido pues el aprecio de mi hija por aquel robot que cautivó mi vida.

miércoles, agosto 05, 2026

Corregir para arriba y para abajo

 











No han sido una, ni dos ni tres, han sido muchas las veces que he insistido en el taller literario que escribir no es escribir, sino corregir. Quienes no entiendan esto por pereza o supuesta suficiencia terminan por entregar textos maltrechos, al menos no mejores que los que ellos mismos producirían si dedicarán el tiempo pertinente al trabajo de enderezado y pintura. A menos que quien escriba sea un genio de la creación automática perfecta, cosa que no existe, el arte requiere paciencia, y la paciencia sirve sobre todo para trabajar los acabados, el esfuerzo de pulir.

Hay, como sabemos, tres tipos de enmiendas al texto: adición, supresión y permuta. Cuando se genera el borrador (y todo texto es siempre un borrador, como lo aseguran muchos escritores serios), se pueden añadir palabras y frases, se le pueden podar o se le pueden cambiar por otras. Es una labor obvia, aunque algunos prefieran omitirla. Hace poco encontré en un libro recién leído un comentario de Octavio Paz sobre su obsesión por corregir incluso lo destinado a una segunda edición: “Corrijo sin cesar. Algunos críticos dicen que demasiado. Tal vez tengan razón. Observo, no obstante, que si corregir es peligroso, lo es más no corregir. Creo en la inspiración; creo también que hay que ayudarla, constreñirla y aun contradecirla. Nunca he creído que he terminado realmente un poema; simplemente me resigno, no puedo ir más allá”.

Paz corrigió para arriba, añadiendo, la segunda edición de El laberinto de la soledad. Augusto Monterroso, en cambio, decía que corregía para abajo, suprimiendo, como dijo en el prólogo de una antología personal: “Como mis libros son ya antologías de cuanto he escrito, reducirlos a ésta me fue fácil; y si de ésta se hace inteligentemente otra, y de ésta otra, otra más, hasta convertir aquéllos en dos líneas o en ninguna, será siempre por dicha en beneficio de la literatura y del lector”.

Entre esos dos extremos (“para arriba” y “para abajo”, como se me ocurre designar ambas acciones), un término medio es lo recomendable: corregir para arriba puede hacer interminable el texto, y corregir para abajo puede desaparecerlo a punta de autocrítica. El caso, siempre, es entender que la escritura no está en la escritura en sí, sino en la prudente y necesaria corrección.

sábado, agosto 01, 2026

Viaje al fondo del Fondo

 











Desde hace muchos años, quizá cuarenta o poco menos, tengo dos o tres devociones bibliográficas irrenunciables. Una de ellas es, sin duda, la que guardo por el Fondo de Cultura Económica, el sello editorial más importante de México y, si me apuran, de Latinoamérica toda. Un viejo artículo de 1994, creo que ya perdido, testimonió en las páginas de un suplemento cultural mi fervor por los libros del Fondo y el enorme servicio que han brindado desde el 4 de septiembre de 1934, fecha de su fundación. Vamos pues, ya, encaminados a su primer siglo de vida y el Fondo, más allá de cualquier turbulencia coyuntural, sigue firme como una casa editorial enorme para el conocimiento y la imaginación, para toda forma de expresión escrita y gráfica, humanística en suma. El FCE me enorgullece en la materialidad de los muchos, de los muchísimos libros que de su catálogo figuran en mis entrepaños, más de los que la biología me dará tiempo de leer.

No poco de proeza tiene recorrer la historia de una institución como el FCE. Las editoriales grandes, y ésta lo es, ramifican su hacer de tal manera que en potencia su historia podría llenar muchos tomos, una enciclopedia. Del Fondo, por ejemplo, cabría explorar la historia de su origen (e incluso de la situación previa del libro y la edición en México), sus directores, sus autores, sus editores, sus colecciones, sus sucursales, su producción y su distribución, por enumerar los ítems más amplios y salientes en un estudio potencial. De hecho, ya hay libros que se internan en el pasado del Fondo, como Historia de la Casa (FCE, 1994), de Víctor Díaz Arciniega, o, más recientemente, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México (FCE, 2016), de Javier Garciadiego.

Ya compraba y leía libros del FCE cuando llegaron a mis manos las Memorias (Joaquín Mortiz, 1976) de Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo. Dado el género del libro, el economista e historiador dedicó algunas páginas a recordar cómo nació la casa editorial. Al final del “Tramo octavo” (Cosío Villegas dividió su memoria en “tramos”), dice lo siguiente: “El hecho es que en enero de 1935 apareció nuestro primer libro, El dólar plata (¡traducido por un poeta! [Salvador Novo]), y que de allí seguimos hasta hacer del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a la educación y la cultura de México y de todos los países de habla hispana. Valdría la pena hacer su historia, pues el libro que la recogiese resultaría sumamente aleccionador”.

Libros hay ahora, entonces, abocados a bucear en el pasado del Fondo, y uno de ellos es De México para América entera. Pequeñas historias del Fondo de Cultura Económica (Grano de Sal, 2019, México, 300 pp.), escrito por Rafael Vargas Escalante y prologado por José Woldenberg. El subtítulo insinúa un abordaje modesto (“pequeñas historias”), pero sólo admite, quizá, y eso a veces, el adjetivo nomás por la extensión de cada estancia, no por la espesura y el valor de su contenido. Si no conté mal, son 37 textos que equivalen, cada uno, a una ventana para asomarnos al pasado de la casa editorial creada en México “para América entera”. Quienes nada sepan sobre el FCE, lo digo desde ya, este libro es la más grata introducción a su andanza desde 1934 a la actualidad.

¿Por qué la más grata? Porque Rafael Vargas articuló las piezas de este libro luego de haberlas publicado en diferentes espacios de la prensa cultural, es decir, desde su concepción estaban destinadas al público no necesariamente especializado. Tiene mucho, pues, de ameno y anecdótico, de ágil y bien escrito, pero al margen de sus valores más visibles hay debajo de sus párrafos un arduo trabajo de investigación periodística, de data contante y sonante.

De México para América entera configura pues un fresco textual que puede llevar al recuerdo de Rivera: en un plano aparecen, juntos pero no revueltos, los protagonistas de la aventura editorial que comenzó como una mera idea para publicar traducciones de libros sobre Economía y terminó siendo el emprendimiento de carácter bibliográfico más grande de América Latina.

Vargas Escalante, en textos breves e independientes, explora distintos momentos de una sola historia, a varios protagonistas y numerosos hitos. Por supuesto desfilan en sus páginas Cosío Villegas, la labor crucialísima de Arnaldo Orfila, el peso de Joaquín Díez-Canedo, la impagable participación de los republicanos españoles, la disciplina bibliográfica de José Luis Martínez, el empuje de Jaime García Terrés y el talento de muchos y muchas como María Elena Satostegui, Magda Portal y Camila Henríquez Ureña, responsables de sucursales fuera de México. Asimismo, recoge casos específicos de libros y autores como Reyes (Obras completas), Paz (Piedra de sol), Fuentes (La región más transparente), El Popol Vuh, Selma Ancira, Wenceslao Roces, Leonora Carrington, Vicente Rojo y muchos más, todos vinculados de una forma u otra a la sigla FCE. Son particularmente interesantes, por poco conocidos en México, los apuntes del autor sobre las mujeres que fungieron como embajadoras de la editorial fuera de México: las mencionadas Satostegui (España y Argentina), Portal (Perú) y Henríquez Ureña (Cuba y Estados Unidos).

Otra virtud de este libro, por si le faltara una, es la de compartir sutilmente un panorama general de la escritura y de la edición mientras ilumina pasajes del FCE. Dos ejemplos, entre muchísimos otros, podrían ser el de Orfila, quien luego de su injusta salida del FCE, creó Siglo XXI, o el de Díez-Canedo, quien cuando dejó el FCE (1962) lo hizo para fundar su propia casa editorial, Joaquín Mortiz. Así pues, el libro tiene derivaciones, ramas, vertientes hacia muchos puntos del mundo editorial mexicano, latinoamericano e incluso español. Por todo, no vacilo al afirmar que el paseo por sus páginas termina siendo una grata y fructífera inversión de tiempo.

Rafael Vargas Escalante (Ciudad de México, 1954) ha publicado una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Conversaciones (1979), Signos de paso (1994) y Pienso en el poema (2000). Ha colaborado en revistas como Proceso, Nexos, Biblioteca de México, Artes de México y La Gaceta del FCE; en la última revista fue, por cierto, donde publicó previamente gran parte de las piezas aglutinadas en De México para América entera. Las escribió en la época durante la que La Gaceta fue dirigida por Tomás Granados Salinas, quien, hasta donde sé, es el esmerado editor del sello Grano de sal.