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miércoles, julio 02, 2025

Dos poemas ocultos

 












Este pequeño puente nació cuando encontré que entre las páginas de cierto libro viejo se ocultaba un poema tecleado con cinta roja en máquina eléctrica. Su título es “Nocturno y elegía”. Pensé que el autor podía ser un antiguo propietario del libro, pero al googlear el primero de los versos supe que lo había escrito Emilio Ballagas, cubano del que sólo tenía noticia gracias a la antología Laurel publicada por la editorial Séneca en 1941 con prólogo de Xavier Villaurrutia (que tengo en la edición de Trillas y suma un epílogo de Octavio Paz).

Ballagas nació en Camagüey, en 1908, y murió en el 54, apenas un año después del Asalto al Cuartel Moncada. Su semblanza deja ver que produjo varios libros y fue apreciado por escritores importantes de su generación. Tuvo amistad cercana con Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz, y al calor de su temprana muerte Alejo Carpentier le dedicó una elogiosa nota necrológica.

Al leer el poema anónimamente transcrito encuentro que su tema se ajusta al planteo de la primera de las doce estrofas: “Si pregunta por mí, traza en el suelo / una cruz de silencio y de ceniza / sobre el impuro nombre que padezco. / Si pregunta por mí, di que me he muerto / y que me pudro bajo las hormigas. / Dile que soy la rama de un naranjo, / la sencilla veleta de una torre”.

Ahora bien, aquel poema me recordó, como un eco, “Alta hora de la noche”, del salvadoreño Roque Dalton (1935-1975). En este segundo caso, la idea es parecida: anularse en el ser amado tras la muerte. Dice: “Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendría la muerte y el reposo. / Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos, / sería el tenue faro buscado por mi niebla. / Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas. / Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. / No dejes que tus labios hallen mis once letras. / Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio. / No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto: / desde la oscura tierra vendría por tu voz. / No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre. / Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre”. Cortázar (con su erre afrancesada) y el grupo chileno Illapu alguna vez lo grabaron.

¿Conoció Dalton el poema de Ballagas? Seguramente sí, pero da igual si no. Ambos poetas izaron con sencillez y belleza el tremendo sentimiento de ya no-ser como definitiva conclusión de todo, incluido lo más doloroso: el amor.

sábado, marzo 04, 2023

Polémico Paz

 











Las guerras culturales de Octavio Paz (El Colegio de México, México, 2014, 191 pp.), ensayo de Armando González Torres (México, D.F., 1964), resume las estaciones de Octavio Paz como protagonista de la vida pública mexicana. Se trata, debo decirlo desde ya, de una exploración documental tan minuciosa que no deja dudas acerca de la permanente necesidad de Paz por participar, y en muchos casos detonar, el debate cultural y político en nuestro país, una necesidad que acaso, si nos asomamos a su biografía, le era congénita, herencia de su abuelo y de su padre.

El libro está segmentado en cuatro grandes apartados con secuencia cronológica. Gracias a su introducción podemos acceder al resumen apretado de sus partes: “En el primer capítulo, se pasa breve revista a la formación de la figura pública de Paz y a la adquisición de su significativa influencia cultural antes del 68. El segundo se centra en la relación de Paz con el ánimo radical de los años sesenta y, particularmente, con el movimiento estudiantil mexicano de 1968. El tercero aborda la trayectoria política de Paz en los años setenta, periodo en el cual el poeta se transforma en un tribuno y define su conflictiva relación con gran parte de la izquierda mexicana e internacional. Finalmente, el cuarto capítulo se ocupa del itinerario polémico que recorrió Paz en los años ochenta y noventa, y recoge las disputas en torno a temas como el papel y el tamaño del Estado, la democracia en México, la política exterior, la caída del socialismo y el controvertido gobierno de Carlos Salinas”.

Esta inmejorable síntesis del libro, rasgo del ensayo académico que muchas veces se maneja como si a los lectores no les importaran las introducciones compendiosas, no observa al menos en la parte citada que Las guerras culturales de Octavio Paz no nomás sigue la pista del escritor mexicano y su presencia en los foros a su alcance, sino que reconstruye el clima de época que le tocó vivir, de modo que González Torres nos adentra en las ideas, las corrientes y los hitos sociopolíticos —Guerra Civil Española, Segunda Guerra Mundial, Matanza de Tlatelolco, caída del Muro de Berlín…— que marcaron la atmósfera intelectual respirada por Paz más o menos desde finales de los veinte hasta el ocaso del siglo XX. Inscribir la participación del autor de Libertad bajo palabra en entramados más amplios y complejos ayuda a tener una mayor inteligencia de sus afanes, no incurrir en el yerro de suponer que sus filias y sus fobias nacieron y vivieron encerradas en una cápsula.

Como quedó indicado por el propio González Torres, el primer segmento del libro describe la construcción de su mirada crítica. Cuando Paz da sus primeros pasos como autor, no tardará en evolucionar “de la crítica literaria como afición a la crítica como profesión: pasa de ser un comentarista marginal y a veces intransigente a convertirse en una especie de institución beligerante”. Esta etapa cubre, más o menos, de 1930 a 1968, cuando el estado de las ideologías en el mundo, la posición del intelectual y el 68 mexicano obligan a un reposicionamiento de Paz, quien para entonces extremó su choque con la izquierda.

En los setenta Paz ya es una figura pública con fama mundial, y en México fundó Vuelta, la revista que se convirtió en su búnker. Al final de la década se dio su encontronazo más conocido: el que en Proceso tuvo contra Monsiváis sobre el papel de la izquierda nacional. El capítulo final, ya en las épocas del Nobel, describe la identificación de Paz con la llamada “sociedad abierta”, la cercanía con Salinas y Televisa además de la pugna Vuelta-Nexos.

Más allá de cualquier simpatía o diferencia pasada o actual con el poeta, el libro de Armando González Torres es una magnífica oportunidad para recorrer la película del siglo XX con Octavio Paz como protagonista.

miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

sábado, septiembre 26, 2020

Rastro y rostro del escritor









En cada género literario es desigual el suministro de información autobiográfica. La poesía lírica, por ejemplo, expresa directamente, en teoría, las filias y las fobias del autor, dado que, suponemos, su hacedor nos habla directamente, sin intermediarios, desde su yo real. Así, en este fragmento del poema “Elegía interrumpida”, el “yo” que recuerda es Octavio Paz, y tanto los muertos como la casa y todo lo demás son los suyos: “Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. / Al primer muerto nunca lo olvidamos, / aunque muera de rayo, tan aprisa / que no alcance la cama ni los óleos. / Oigo el bastón que duda en un peldaño, / el cuerpo que se afianza en un suspiro, / la puerta que se abre, el muerto que entra. / De una puerta a morir hay poco espacio / y apenas queda tiempo de sentarse, / alzar la cara, ver la hora / y enterarse: las ocho y cuarto”. Obviamente el poeta, por más que quiera calcar la realidad vivida, también tiene licencia para modificar, y aunque quiera ser fiel, casi fotográfico, algo de inventiva se filtrará en su confesión. Lo mismo suele pasar en géneros explícitamente confesionales como el diario o la memoria, que suponen rigor en la autorreferencialidad pero en el fondo, lo quieran o no quienes se derraman en ellos, imprimen alguna dosis de falsedad. En el teatro, la novela y el cuento se opera de otra forma, digamos que con mayor desenfado en el uso de lo ficcional.

Saber qué tanto es verdad y qué tanto es mentira en un relato representa una legítima y permanente inquietud del lector. Tan frecuente es que se ha convertido en una de las preguntas de cajón a la hora de las entrevistas, sean para la prensa o para desahogar la simple sobremesa: ¿en qué se basó para escribir tal libro? Aquí notamos que la imaginación pura seduce menos que el relato impregnado de realidad, de historicidad, como si, para tener autoridad frente a sus lectores, el autor debiera probar que ha vivido en pellejo propio lo narrado.

Este asunto ha sido explorado por muchos escritores. En su ensayo “La solitaria y el catoblepas”, Vargas Llosa apunta que “La raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa; lo vivido, la fuente que irriga las ficciones literarias. Esto no significa, desde  luego, que una novela sea siempre una biografía disimulada de su autor; más bien, que en toda ficción, aun en la de imaginación más libérrima, es posible rastrear una semilla visceralmente ligada a una suma de vivencias de quien la fraguó (…) todas las ficciones son arquitecturas levantadas por la fantasía y la artesanía sobre ciertos hechos, personas, circunstancias que marcaron la memoria del escritor y pusieron en movimiento su fantasía, la que, a partir de aquella memoria, fue exigiendo un mundo tan rico y tan múltiple a veces, que resulta imposible (y a veces sin casi) reconocer en él aquella greda autobiográfica que fue su rudimento, y que es el secreto nexo que toda ficción tiene con la realidad real”.

Una opinión muy anterior de Alfonso Reyes (“La biografía oculta”) observa algo parecido: “El ‘yo’ es muchas veces un mero recurso retórico. Los recuerdos de la propia vida, al transfundirse en la creación poética, se transfiguran en forma que es difícil seguirles la huella. En ocasiones, los testimonios más directos se esconden detrás de un párrafo que sólo contiene, en apariencia, ideas y conceptos abstractos. En ocasiones, lo que se ofrece como una evocación de hechos reales puede ser un mero efecto de inventiva literaria”.

En resumen, dentro del arte es imposible escapar de uno mismo.


martes, mayo 19, 2020

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco




















Hace un cuarto de siglo, en 1996, publiqué esto. Recién habíamos pasado el tercer centenario luctuoso de Sor Juana, yo coordinaba el suplemento cultural La Tolvanera de la revista Brecha, de Torreón, y además de pescar aquí y allá textos ajenos, sobre las rodillas escribía los propios. Se trata entonces de un rescate, de un viejo apunte, y ahora que lo pienso es mejor resucitarlo en lugar de que se quede guardado en arrumbados discos duros. Algo novedoso podrá aportar todavía. Reitero una disculpa por mi prosa de aquella etapa. Le he purgado algunas fealdades, pero ya preveo que el despiojamiento no ha sido suficiente.

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco

En todo quanto escrives, engrandezes
con tu estilo el Idioma Castellano,
pues con frases muy cultas establezes
vn escrivir, y hablar tan cortesano,
que tu sola entre todos resplandezes
quedando de tu ingenio soberano
excedidos en sabias discreciones
los Senecas, Plutarcos, y Platones.
                      Ioseph Zatrilla y Vico

Hace 301 años, en 1695, murió Sor Juana. Los homenajes que bien mereció en 1995 dieron un torrente de publicidad —acaso siempre pobre si consideramos el tamaño mitológico de la jerónima— a su figura. En innumerables artículos, ensayos y reseñas desparramados en revistas y periódicos de México y de otros sitios, una legión de admiradores se puso al servicio de la monja. Los Alatorres, los Buxós, los Fernández, los Garridos, los Quirartes, en la capital, y los Prados, los Garcías Muñoz, los Martínez, los Rosales y otros en La Laguna, dedicaron papel y tinta emocionados a la recordación del tricentenario. Como lo requería, la efemérides también alcanzó la propaganda del cine, del teatro y el estímulo oficial por medio de varias mesas redondas y demás organizados en instituciones de cultura. No sin gusto, leí y publiqué en las páginas quincenales de La Tolvanera algunas aproximaciones al tema sorjuanino. Sin embargo, no escribí una sola línea sobre el asunto. Como en otras tantas ocasiones, el tema rebasaba mis posibilidades de originalidad. ¿Qué decir más o menos novedoso en torno a la autora del Primero Sueño? ¿En dónde hallar un hilo desconocido en el inmenso tapiz que es la obra de la poeta mexicana? ¿Con cuáles herramientas trabajar frente a los instrumentos de precisión empleados por aquellos afamados sorjuanistas? ¿Para qué robar el tiempo del lector con algún comentario ya trabajado por la mano del erudito? ¿Qué no parece suficiente la cordillera levantada, sea un ejemplo, por Octavio Paz? Con esas preguntas uno —tal vez sólo yo— queda paralizado, maniatado sin metáfora. Así dejé pasar el 95, sólo como espectador enfebrecido de cuanta página sobre la escritora novohispana me llegó.
Pero en febrero del 96, a 24 pesos y perdido en una librería de viejo chihuahuense, encontré un libro curioso que, desde el principio, supe me deparaba la emoción de un comentario quizá útil. No un ensayo sobre un asunto del que me sé imperito, pero sí unas cuantas palabras sobre un documento que al menos entiendo poco dado a la publicidad en La Laguna y del cual no he visto alguna alusión en otros libros, hecho que me permite aventurar los renglones que aquí avanzan. Se trata, pues, de una obra casi desconocida y para comenzar a mostrarla traslado su portada original, reveladora en sí misma:
POEMA HEROYCO  /  AL MERECIDO / APLAVSO DEL VNICO / ORACVLO DE / Las Musas, glorioso assombro de los Ingenios, y / célebre Phenix de la Poesía, la esclarecida, y Ve-  /  nerable Señora, Soror / IVANA INES DE LA / CRVZ Religiosa professa en el Monasterio / de San Geronimo de la Imperial / Ciudad de Mexico / DEDICASE / AL EXCELENTISSIMO SEÑOR / Conde de Altamira, Marqués de Almazán y Poza, / &c. Gentilhombre de la Camara del Consejo de / su Magestad, Virrey, y Capitan General de este / Reyno de Cerdeña, y electo Embaxador / de Roma / ESCRIVIÓLE / EL CONDE DE VILLASALTO, / Cavallero del Orden de Alcantara, &c. vezino / de la Ciudad de Caller. / BARCELONA: En Casa Cormellas, por Thomàs / Loriente, Año 1696 / Vendese en casa Balthasar Ferrer Librero.
Las portadas antiguas tenían el discreto encanto de la prolijidad. En ésta, agradecemos a Ioseph Zatrilla y Vico, Conde de Villasalto, la abundancia de pincelazos que bocetan desde la fachada el tema y el tono de su obra. Sor Juana es, sin más rodeos, “el único oráculo de las musas”. Zatrilla y Vico no titubea en una sola de sus líneas, mucho menos en las que darán la cara al lector: la monja nacida en Nueva España es un trofeo de las letras castellanas. Zatrilla y Vico, lejos de cualquier contención admirativa, se desborda apenas iniciado su libro, desde el mismo pórtico y sin esperar siquiera el primer verso. En 1696, hace tres siglos, la jerónima no sólo había atravesado con su obra la muralla erigida por la indiferencia peninsular a la literatura que muchos creadores urdían en las colonias ultramarinas, sino que, además, logró devotos, como Zatrilla, cuya fascinación por la autora rozaba el enceguecimiento. Para sentar testimonio acerca de la fama y el respeto que en lejanos círculos se había ganado la escritora, el Poema Heroyco se eleva a la condición de prueba por su contundente aspiración al monumento: Sor Juana, la musa recordada y admirada y homenajeada con justicia en 1995 sobre todo en México, tenía ya, en Europa, sus adictos hacia 1696, y acaso Ioseph Zatrilla y Vico sea, por la estatua de palabras que dedicó a la monja, el inaugurador de un hábito: el de rendirse ante la obra de la religiosa.
El Poema heroyco al merecido aplavso de Soror Ivana Inés de la Crvz, publicado exactamente hace  tres siglos, es como un torreón de cien firmes hiladas. Al centenar de octavas reales (ocho versos endecasílabos por estrofa y rimados A-B-A-B-A-B-C-C como en el modelo que sirve como epígrafe a este texto) no contiene ningún miedo a la comisión de hipérboles: Sor Juana, o más bien su obra, merecen cien octavas reale  —tambián llamadas octavas rimas o heroicas, dado que, además de rimar con un rígido metro, se utilizaron para componer poemas caballerescos, mitológicos y épicos cultos como La Araucana de Ercilla o El Bernardo de Balbuena— de pura admiración . Parece demasiado lo que Zatrilla y Vico siente por una escritora retirada en la paz de sus desiertos.
Pese a la importancia del merecido aplauso de Zatrilla, la edición fascímile de 1993, preparada y prologada por Aureliano Tapia Méndez, alcanzó apenas los dos mil ejemplares. Contiene, además del poema, un retrato del escritor sardo y su escudo de armas. Esto es curioso: el icono muestra a Zatrilla exactamente bajo la misma pose y circunstancia que guarda Sor Juana en el célebre lienzo de Miranda. Al parecer, era una costumbre de la época, ya que “Además de la similitud en la composición de ambos retratos —señala Tapia— y de la actitud de los dos personajes, advertimos la pluma en la mano derecha y la posición de la mano izquierda; dos tinteros, uno con una pluma dentro; los libreros con tres entrepaños; sobre la mesa de la Fénix, los tres tomos de sus obras poéticas: bajo la mano del Conde, el libro abierto y otro cerrado que lleva en el lomo parte del título de sus obras ‘Engaños y Desengaños del profano amor...’ (...) Por último son muy semejantes los cortinajes y la borla colgante en ellos.”
Poco conocido, José Zatrilla y Vico, Dedoni y Manca (Cáller —Cagliari—, Cerdeña, 1648-¿?) fue un novelista de la literatura sardo-hispánica del siglo XVII. Dado que Cerdeña perteneció al reino aragonés-catalán (lo mismo que Nápoles y Sicilia), el castellano cundió en aquella isla y sirvió como instrumento para el quehacer intelectual de Zatrilla, novelista cuya celebridad, aunque mínima, se apoya en sus Engaños y desengaños del profano amor, historia ubicada en Toledo que describe los enredos amorosos entre el duque Federico y la casquivana doña Elvira. Cien por ciento moralizante, esta obra, según su autor, intenta “reprehender el vicio” con unas “razones muy christianas” ya que “Rara es la mujer que no haga tal vanidad de su hermosura, que por ella no atropella gran parte de su modestia, dando lugar a que la festejen y celebren por singular, y de aquí se sigue su resvalo, mostrándose agradecida en ofensa de su honor”. Como soldado de la verdadera fe, Zatrilla aprovecha los Engaños... para defender, de paso, su credo y fustigar a los luteranos, dedica su obra a Carlos II y pide que “nuestro Señor guarde la Catholica y Real persona de V.M. para asombro y terror de los infieles, y gloriosa exaltación de nuestra santa fe, como la Christiandad ha menester”. Por su parte, la descomunal Enciclopedia Vniversal Ilustrada Evropeo Americana (Espasa-Calpe, Madrid, 1991, p. 1126, tomo 70), apenas entrega una lacónica biografía: “Escritor español del siglo XVII, n. en Córcega, al que se debe: Engaños y desengaños del profano amor, deducidos de la amorosa historia que á este intento se describe del duque don Federico de Toledo (Nápoles, 1687-88; Barcelona, 1737 y 1756), y Poema Heroyco (Barcelona, 1696)”. Es todo; la minificha, aparte de arrojar poca luz sobre la vida de Zatrilla, yerra de isla: no es Córcega, sino Cerdeña como ya se vio, la patria original del autor sardo-español.
Aún inéditos, existen algunos manuscritos de Zatrilla conservados en la Biblioteca de la Universidad de Cerdeña; sólo Engaños... y el Poema Heroyco han alcanzado el favor de las prensas. Este último libro, como dije, cumple 300 años y es, casi seguro, el primer gran homenaje de este tipo dirigido a la figura de Sor Juana, y claro que Zatrilla labró sus endecasílabos sin saber que su personaje estaba a punto de morir o había muerto recién. El tema dorsal que yergue a cada octava heroica es la exaltación de la inteligencia usada por la monja para tejer toda su obra en prosa y en verso. Zatrilla —con puntual examen— advierte que Sor Juana aspiró a la universalidad del conocimiento y, para asombro de sus lectores, lo logró en un mundo dominado, sobre todo en el terreno intelectual, por varones. El Poema Heroyco, entonces, apunta hacia el dibujo de una personalidad, la de Sor Juana, con plurales intereses que, habida cuenta de su talento y su condición de mujer, consiguió lo que unos cuantos: mostrarse íntegramente dueña de variados saberes y ducha como pocos(as) para la creación en los géneros de moda: poesía, teatro y prosa expositiva.
La edición príncipe, de la cual se sospecha sólo existe un ejemplar, es propiedad de The Hispanic Society of America, de Nueva York, y está catalogada por esa agrupación entre sus Manuscripts and Rare Books. Mide el libro 20.5 por 15 cms. Según consigna el prologuista y editor, Zatrilla conocía, dada la rápida comunicación entre España y sus colonias, algunas obras de la monja como la Inundación Castálida (Madrid, 1689)  y el Segundo volumen de las Obras de Soror Juana Inés de la Cruz (Sevilla, 1692). Pero si nos atenemos a la bibliografía listada por Anita Arroyo, es muy probable que Zatrilla haya conocido, también, Poemas de la Unica Poetisa Americana, musa dézima, Soror Juana Inés de la Cruz..., religiosa professa del Monasterio de San Gerónimo, de la imperial ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios assumptos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración (Madrid, impresa por García Infanzón en 1690) y el Segundo tomo de las Obras en la edición barcelonesa de 1693 impresa por Joseph Llopis “y a su costa”. Esto es un hecho: el escritor sardo había leído muy bien, aunque parcialmente, a la escritora  mexicana (¿por qué no decirle así, mexicana, si todos sabían que radicaba en “la imperial ciudad de México” ?) y por eso le esculpe su Poema Heroyco. A él le cabe la gloria de ser el primer gran devoto no americano de la monja y esa admiración generó cien octavas reales de rendido amor.
La herramientas retóricas de las que más se vale Zatrilla para levantar su elogio son la acumulación y el símil. Desde su arranque hasta el final, el autor va añadiendo partes homogéneas al poema como quien agrega ladrillos a cualquier edificación. El Conde de Villasalto escribe con un orden que denota, claramente, una preconcepción escrupulosa; así, por ejemplo, en varias octavas el último verso concluye con una enumeración y cada una de sus partes fungirá después como idea base de las siguientes octavas. En otros casos, el poeta alude en una estrofa a cierto grupo (“Las Musas”, por ejemplo) y en las estrofas venideras cada parte de ese grupo (cada musa) será comparada con Sor Juana de acuerdo al área del arte de que trate (teatro, historia, música, etcétera). El resultado ya podemos imaginarlo: un monumento de admiración a las discreciones, la agudeza y el ingenio de la escritora, un poema que se abisma en la gozosa comparación de las más grandes mujeres —y a veces de los más grandes hombres— con la mexicana. Cualquier lector notará, es cierto, que los versos de Zatrilla apelan, también, al uso frecuentísimo de la hipérbole. De hecho, el poema, si lo vemos como un todo, es una apretada hipérbole que se endereza a la gracia de Sor Juana. Así como Ercilla construyó La Araucana (esa cascada de octavas heroicas) para reconocer el coraje de los guerreros que sirvieron al cacique Colocolo, el Conde de Villasalto arma sus cien octavas para elogiar a la jerónima sin ahorro de imágenes que pueden aparecer al lector actual como sobreponderaciones. ¿Acaso Sor Juana superó de veras a Séneca, Plutarco y Platón? Claro que este no es el punto de la discusión; lo que Zatrilla y Vico quiso significar es que en Sor Juana se conjugaron virtudes literarias y filosóficas de diferente cuño, virtudes cuya diversidad la convirtieron en un personaje rarísimo no sólo de su tiempo, sino del pasado y del futuro. Vico parece preguntarse esto durante todo su recorrido: ¿cómo una mujer puede ser tan lúcida, cómo pudo Nueva España producir un fruto de tan alta calidad? Ya que no hay respuestas a este misterio, el Conde hace acopio de todos sus aplausos y se los encamina a la mujer que lo ha flechado con sus discreciones. Para él, Sor Juana es dechado de universalidad, ya que casi ningún área del conocimiento la arredró y, al contrario, en cada género y en cada disciplina mostró sus hechuras en un tiempo y en una sociedad no muy propicios para que la mujer alcanzara reconocimiento intelectual. Por todo eso, Zatrilla abulta su poema de lisonjas. Para lograr su propósito, y como buen lector del barroco, no desdeña el arsenal culterano de ninphas, musas, famas y demás seres fabulosos. Así, el autor del Poema Heroyco trabaja con los instrumentos de la “culterana hispanoparla” para levantar su estatua a la summa de discreción que fue Sor Juana para él.

miércoles, noviembre 07, 2018

La muerte y yo, casi abrazados















Como sabemos, la muerte es uno de los más grandes misterios de la vida. Este enunciado encierra una férrea paradoja: para pensar en la muerte es necesario estar vivos, así que no podemos pensar en ella desde ella misma, es decir, pensar en la muerte desde la muerte misma. Por tal razón, porque la muerte es un hecho inasible, no me siento particularmente dotado para pensar en tal asunto desde la filosofía. Soy un hombre demasiado terrenal, demasiado ordinario para acometer semejante empresa. Sin embargo, me considero un ser sensible y capaz al menos de acusar el estremecimiento interior que la sola palabra nos produce: muerte, la muerte. Como cualquiera, pues, he convivido con la muerte como noción, como idea, pero siempre he percibido la muerte concreta como algo lejano, como algo que no está cerca de mi vida, esto hasta noviembre del año pasado, cuando tras la muerte de mi padre terminó mi niñez y con ella mi inmortalidad: yo también, como mi padre, moriré, fue el veinte que me cayó.
La revista Andamios, volumen 14, número 33 correspondiente a enero-abril de 2017 y publicada por el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México dedicó buena parte de su abundante y notable contenido al tema de la muerte. Allí, entre esas páginas, Norma Garza y Teresa Rodríguez, dos laguneras con larga radicación en la capital de nuestro país, trabajaron en la confección de un dossier que ofrece cinco artículos abrazados por el título “Pensar e imaginar la muerte”. Uno de ellos, el que más nos interesa en este momento, es “La muerte del otro”, del maestro Armando Garza Saldívar, quien fue profesor en la Ibero Torreón por más de 25 años y fue, hasta el año de su fallecimiento, incansable promotor del pensamiento filosófico en nuestras aulas, por lo cual se granjeó el cariño y la admiración de toda nuestra comunidad. El ensayo de Armando se desarrolla bajo la sombra de cinco preguntas: “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte?”, “Podemos vivir la muerte del otro?”, “Qué es lo que llega con la muerte?”, “Qué podemos saber acerca de la muerte?” y “¿Qué sigue: aniquilación o inmortalidad?”.
Debo confesar, insisto, que es un tema apenas sobrevolado por mi reflexión desde ese punto de vista trascendente, filosófico, pero centralmente abordado como realidad cotidiana en mis textos y en muchos ajenos que tengo en gran estima. El ensayo de Armando, una disquisición libre a la manera de Montaigne, me ha permitido poner sobre la mesa, sobre mi mesa, una noción que juzgo importante desde ya para mi mejor entendimiento de la muerte: si bien parece que en general la muerte que nos interesa es la propia, la única posibilidad que tenemos de conocerla es vicariamente, o sea, mediante el otro. La muerte de un ser querido, explica Armando, es una muerte aproximadamente nuestra, pues tras ella se achica nuestro mundo y también nos morimos un poco: “solamente a través de la muerte concreta del prójimo puedo llegar a un entendimiento esencial de mi muerte”, observa el filósofo lagunero.
Leer a Armando —quien en el trance de su cavilación se apoya en Sócrates, Heidegger, Ortega, Quevedo, Kierkeggard, Shakaspeare, Tolstoi, Russell, Epicuro, Lucrecio, Gide y Camus—, leer a Armando, decía, me llevó a recordar algunos de mis encuentros con la muerte literaria. Dije que soy un hombre de a pie, una mezcla viscosa de calle con libros o de libros con calle, y en ambos espacios he tenido el placer de hallar referencias harto conmovedoras a la muerte. En cualquier lugar, por ejemplo, pude y puedo oír al José Alfredo de “El jinete”, huapango en el que la muerte del ser amado alimenta el deseo de la propia:

Por la lejana montaña
va cabalgando un jinete
vaga solito en el mundo
y va deseando la muerte.

Este tema es recurrente en la lírica popular: el de la muerte del ser amado que casi inevitablemente acelera el acabamiento de quien lo piensa con amor, como en aquel rock and roll de suyo simplón, pero revelador del sentimiento que describo:

Por qué se fue
y por qué murió
por qué el Señor me la quitó
se ha ido al cielo
y para poder ir yo
debo también ser bueno
para estar con mi amor.

Otros también encierran la tragedia de desear la muerte propia luego de la muerte del ser querido, pero en el camino buscan refugio en la fe o en cualquier otro resguardo, como en “Ruega por nosotros”, huapango de Rubén Fuentes:

Señor, eterno Dios,
ante tu altar hoy vengo a suplicarte
y a rogar por el alma de mi amada
que la muerte tan cruel me arrebatara.

Yo sé que tu poder es infinito,
que eres igual con pobres y con ricos,
y es por eso que en ti busco el consuelo
para este corazón que está marchito.

Si estoy dormido la sueño 
si estoy despierto la miro
y por donde quiera que ande 
su recuerdo va conmigo.

Llorando paso las noches,
paso las noches llorando,
para mí ya el sol no brilla 
entre sombras voy vagando.

Señor, eterno Dios,
ante tu altar estoy aquí de hinojos,
ella se fue y yo quiero morirme
perdónanos, señor, y ruega por nosotros.

Por supuesto, poemas menos elementales se han encargado del asunto, como la famosa “Elegía interrumpida”, de Paz:

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al primer muerto nunca lo olvidamos, 
aunque muera de rayo, tan aprisa 
que no alcance la cama ni los óleos. 
Oigo el bastón que duda en un peldaño, 
el cuerpo que se afianza en un suspiro, 
la puerta que se abre, el muerto que entra. 

O el todavía más famoso “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, homenaje al padre recién ido; en una de sus breves estancias toca de frente la negación ante la pérdida (“irreparable”, como dice el adjetivo del lugar común):

No podrás morir.
Debajo de la tierra
no podrás morir.
Sin agua y sin aire
no podrás morir.
Sin azúcar, sin leche,
sin frijoles, sin carne,
sin harina, sin higos,
no podrás morir.
Sin mujer y sin hijos
no podrás morir.
Debajo de la vida
no podrás morir.
En tu tanque de tierra
no podrás morir.
En tu caja de muerto
no podrás morir.

Armando Garza plantea sus reflexiones para invitarnos a pensar en la muerte propia. Los caminos para hacerlo son infinitos, y uno de ellos es el de la poesía. ¿Pueden los poemas reflexionar en la muerte de quienes los escriben? ¿Puede la poesía imaginar lo que hay más allá de la vida? Sí, y para evidenciar eso recurro a Borges. En 1965 publicó un libro poco celebrado, “Para las seis cuerdas”. No es el libro del Borges intelectualizado, sino un Borges que condesciende a escribir milongas. Pues bien, todas me parecen perfectas y profundas más allá de que aparenten ser poca cosa, historias de cuchilleros brutos, valga el pleonasmo, como la “Milonga a Manuel Flores”:

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánto cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

Una de las obras de Borges que más me gustan tiene como tema, curiosamente, el de la muerte. Se trata del “Poema conjetural”. Un tipo que está punto de morir por muerte violenta piensa en ese acontecimiento y trata de descifrarlo:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Armando Garza Saldívar y el dossier de la revista Andamios preparado por Norma y por Tere son un poderoso estímulo para que cada quien, con sus armas y sus gustos, reflexione en su muerte, en su destino y, gracias a eso, en el significado y el valor de su vida y la de los demás.

*Texto-guía del comentario expuesto el 1 de noviembre pasado en la Ibero Torreón con motivo del día de muertos. Participé junto a Norma y Sergio Garza Saldívar.

sábado, abril 18, 2015

La dictadura perfecta 25 años después













Motivos docentes me llevaron a recordar y comentar el ya legendario encuentro llamado “La experiencia de la libertad” que organizó la revista Vuelta del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990. El principal convocante fue, lo sabemos, Octavio Paz, a quien en aquel momento le faltaba apenas un mes para ser declarado premio Nobel. Ahora que revisité el video gracias a YouTube advertí, y mis alumnos igual, que lo dicho por Vargas Llosa (porque estuvo Vargas Llosa, aunque en nostálgicos recuentos ulteriores omitan su nombre) no sólo tiene vigencia, sino que ha sido perfeccionado, si esto es posible, 25 años después. Yo, que siempre he creído que la transición del PAN fue un simulacro más, no puedo sino pensar que nuestro país copaba y ahora copa con mayor fuerza todos los cables por donde fluye poder: la presidencia, las Cámaras, las secretarías, los partidos, el INE, le ejército, los medios, todo.
En algún punto del video el autor de La casa verde dice que su deseo era “poner a prueba” el aire democrático que se respiraba, según él, en aquel México. Por lo visto no le fue nada bien, la prueba no funcionó. En vivo, mientras Vargas Llosa hablaba, Paz se removía en su asiento, enfurruñado por las palabras del peruano. Luego, lo sabemos, el fuereño incómodo abandonó misteriosamente el país, pero sus palabras sobrevivieron y ahora están al alcance de cualquiera en internet.
Malquerido ya entonces por las izquierdas de cualquier sitio, Vargas Llosa no vino de todos modos a engarzar vítores contra la trituradora neoliberal puesta en marcha por el salinato. Al contrario: ya encarrilado, se desbordó en una crítica a la peculiarísima dictadura mexicana. Y eso que era 1990, no 2015, fecha en la que sin duda tenemos una dictadura perfecta perfeccionada, de segunda o tercera generación, de punta.
Entre otras cosas, Vargas Llosa dijo esto hace 25 años: “Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas. Creo que el caso de México (…) encaja dentro de esa tradición con un matiz que es más bien el de un agravante. Yo recuerdo haber pensado muchas sobre el caso mexicano con esa fórmula: México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro, es México porque es la dictadura camuflada de tal modo que puede parecer no ser una dictadura…”.
Octavio Paz le reviró de inmediato, visiblemente molesto, para “precisar”; fue la mejor comprobación de que Vargas Llosa no andaba errado.

jueves, abril 01, 2010

Abolición de la fiesta



No es necesario ser Octavio Paz ni deambular por El laberinto de la soledad para saber que México es un país fiesterote. Nos encanta la pachanga en todas sus modalidades y por eso podemos presumir uno de los calendarios oficiales con más asuetos en el mundo. A las celebraciones patrias y religiosas (como esta de semana “santa”) añadimos otras no menos importantes como la de la madre, del padre, del niño, del abuelo, del taco, del maestro, del amor y de lo que se nos vaya ocurriendo. A eso, además, hay que sumar los festejos familiares de cumpleaños, aniversarios de boda, triunfos del Santos (en el caso de los laguneros) y carnes asadas nomás por el placer de saludar a los amigos. Los europeos nos miran, con razón, llenos de asombro, pues cuando vienen se la viven de jolgorio en jolgorio, felices de tanto jajají y jajajá que les da la extraña impresión de que nunca trabajamos. Y sí, si trabajamos, pero el trabajo es sólo el pretexto para cansarse y aburrirse un poquito y justificar la fiesta sin tanto cargo de conciencia.
Leo, por eso, la noticia sobre la suspensión de los recreos escolares en Tamaulipas y pienso en el flanco fandanguero de la personalidad mexicana. ¿Qué somos si nos quitan la fiesta? ¿Seguimos siendo mexicanos o nos convertimos abruptamente en otra cosa? Porque, en los hechos, algunas ciudades de México han ido perdiendo, con en el cuento de Cortázar que ahora podemos descifrar mejor, espacios y horarios para la convivencia. Las noches son las más afectadas, con todo lo que eso implica en materia económica.
Algo pasará, creo, con la personalidad del mexicano estándar ante esa lesión a sus hábitos gregarios. Si el problema no disminuye, la ciudadanía vivirá encarcelada en sus casas y cancelará, como ya lo hace, las noches como horario adecuado para celebrar cualquier acontecimiento. Centros sociales para bodas y demás festejos, clubes, restaurantes, bares, lupanares o simplemente casas particulares se convertirán en espacios que acrecienten el peligro no sólo porque allí estará reunida mucha gente indefensa, sino porque en general el mejor momento para celebrar estaba en las primeras horas de la noche hoy peligrosa. En esta coyuntura, sin garantía ninguna de seguridad, con un gobierno ausente pero cobrando, pocos son los dispuestos al recorrido de vuelta, al trayecto rumbo a casa que antes era rutinario y ahora es un albur desafiante.
Como los niños están siendo golpeados con y sin metáfora, han quedado enclaustrados en casa por la necesaria ocupación de sus padres y el peligro que representa dejarlos mínimamente sueltos en espacios públicos. Sus guetos son los hogares y allí deben inventar, como sea, formas de convivencia entre hermanos y vecinos. Cuando no los hay, como dije hace poco, la tele y otros monitores se convierten en pilmamas inevitables y quizá no recomendables, pero usadas sin remedio dado lo turbio e inseguro del ambiente exterior.
La escuela es, bien se sabe, un espacio ideal para la socialización. Además de estudiar, los niños y los jóvenes van allí a jugar, a relacionarse, a divertirse, esto al grado de que el juego y la amistad es en la mayoría de las ocasiones, por no decir siempre, mucho más importantes que el conocimiento impartido formalmente en el aula. Sin el recreo, o con un recreo temeroso en los patios o metido en los salones, los niños terminarán por aprender formas de convivencia anómalas, sitiadas por paranoias inadecuadas y áreas opresivas.
Para mí no es grave la pérdida de espacios sociales, pues cada vez avanzo más hacia la negación absoluta de toda convivencia. He llegado incluso a pedir a algunos conocidos que no me inviten a reuniones, pues suelo estar incómodo en casi todas y prefiero abstenerme de cualquier tipo de socialización. Eso no significa que no deplore y hasta aborrezca la pérdida de espacios libres y seguros para todos. El derecho a la convivencia y a la fiesta es irregateable. Perder la calle es, así de sencillo, perder la libertad.

domingo, julio 26, 2009

Epistolario Reyes-Paz



¿Qué pasará con la correspondencia de los escritores en la era del e-mail? Durante décadas, las cartas de poetas, novelistas, dramaturgos y demás oficiantes de la palabra quedaron resguardadas en papeles que, con un poco de organización en su momento y luego con la ayuda de algún editor interesado, permitían libros en los que el género epistolar era instalado en los predios de la perdurabilidad pública. Hoy, la realidad es muy distinta: han desaparecido las cartas de papel y no sé si los escritores se han puesto a pensar, acaso con algún jactancioso ideal de trascendencia, en el resguardo de su cibercorrespondencia. Supongo que no, que en el vaivén de las cartas breves y atropelladas de estos tiempos no late el deseo de comunicar con alguna elegancia lo que van sintiendo, sobre cualquier tema, los amigos escritores. El ritmo antiguo, que sobrevivió, creo, hasta muy entrada la década de los noventa, permitía que pasaran días o hasta semanas para esperar una respuesta que por lo común llegaba espesa de sentido, de opiniones, de revelaciones amargas y/o venturosas. Hoy, por la facilidad y la economía de servicio postal electrónico, la correspondencia es más telegráfica que nunca, descuidada, codificada en medio de todo tipo de apresuramientos. Esto obedece, creo, al abultado número de mensajes de índole postal con los que ahora convivimos: en lugar de una o dos cartas al mes, como antes, ahora tenemos diez al día, a las que debemos sumar los mensajitos de celular, que son una forma reciente de la inmediata comunicación postal, o el tuiter y los “estados” de Facebook.
Será porque me gusta la correspondencia entre escritores, será porque soy un voyerista del espíritu, será porque en general me horroriza el descuido de las cartas sancochadas en la actualidad, el caso es que desde la aparición del mail me hago estas preguntas: ¿qué pasará con la correspondencia de los escritores? ¿Tendremos alguna vez, en un futuro no tan distante, un libro con las cartas electrónicas de dos escritores? ¿Valdrá la pena eso? ¿Qué se necesitará para organizar ese zigzag epistolar? ¿Quién lo hará, dado que las contraseñas suelen ser llaves privadas de acceso a la intimidad de un buzón? Pregunto y no respondo, pues no sé lo que pasará. Mientras eso llega (o no llega), continúo el disfrute de los libros que responden a este género; tengo dos muy apreciados: la correspondencia entre José Lezama Lima y José Rodríguez Feo (que publicó ERA) y la de Alfonso Reyes con Pedro Henríquez Ureña (aparecida con el sello del Fondo de Cultura Económica). A ese par sumo varios ejemplares más, por supuesto, como el que recién compré en la Feria del Libro de Durango: la Correspondencia de Alfonso Reyes con Octavio Paz (1939-1959) publicada también por el FCE.
Organizada, anotada y prologada por Anthony Stanton, la correspondencia Reyes-Paz nos introduce al centro de la amistad de los dos escritores mexicanos más importantes del siglo XX. Nomás por eso es interesante. Eso lo supo bien Stanton, el editor, a quien yo conocía gracias a Las primeras voces del poeta Octavio Paz (1931-1938) (publicado por el Conaculta y Ediciones sin Nombre en 2001). El investigador percibió entonces el enorme valor de las cartas cruzadas entre el ya maduro Reyes y un Paz que estaba avanzando rápida y firmemente hacia el domino pleno de su expresión. Gracias a esta correspondencia ingresamos, como digo, a la mismísima médula de una amistad que no por inteligente deja de ser emotiva y reveladora, sobre todo, de la batalla creativa que estaba librando Paz para alcanzar el rango de escritor que ya ocupaba el regiomontano.
En este sentido, es fundamental traer la conclusión, o una de las conclusiones, de Stanton sobre las 84 cartas intercambiadas entre Reyes y Paz: “Hay varias maneras de medir el valor de una correspondencia entre dos escritores. Como en este caso se trata de un epistolario netamente literario e intelectual que habla de proyectos, libros e ideas, me parece que su valor reside en la luz que arroja sobre la génesis, el desarrollo y la maduración de las obras literarias de los dos escritores. El epistolario permite reconstruir con más fidelidad la evolución intelectual y artística de cada uno, sobre todo del más joven. En este aspecto, es cierto que el valor no es simétrico ya que Reyes asume desde el principio el papel más bien discreto de receptor, guía, mecenas y animador del poeta más joven, de quien surgen iniciativas y búsquedas. Pero hay que reconocer que Reyes es fiel a su función mayéutica y tiende a repetir el papel socrático que su propio maestro Pedro Henríquez Ureña había desempeñado con respecto a él, sólo que con medios muy distintos y sin la férrea disciplina del dominicano”.
En efecto, pues, las cartas de AR a OP permiten ver al mesurado maestro frente al impetuoso alumno, quien le informa sobre sus proyectos de escritura para que nosotros, varias décadas después, escuchemos con los ojos los primeros latidos de libros como Libertad bajo palabra, ¿Águila o sol?, El laberinto de la soledad y El arco y la lira, entre otros. Asimismo, como paralelismo adicional al de sus vidas artísticas, esta correspondencia deja que nos asomemos a la trayectoria diplomática de Paz. Para entonces, Reyes ha regresado a México luego de su largo periplo por las embajadas de nuestro país en Francia, España, Brasil y Argentina. Tiene ya una fama hecha, cuajada, como polígrafo (así se decía entonces), como funcionario público y como maestro. En nuestro país se desempeña ya como presidente de El Colegio de México y arma la parte final de su numerosa y diversa obra. Mientras tanto, Paz sale de México a emprender su propio viaje por misiones diplomáticas. Lo acompañan Elena Garro y su hija, Elena Paz Garro. Trabaja así para la legación mexicana en París, Nueva Delhi y Tokio, y a esa enorme distancia se debió que mantuviera viva, con emocionadas cartas, su amistad con el Reyes por fin sedentario de la vejez.
La correspondencia Reyes-Paz es enriquecida con algunas imágenes de los manu y mecanuscritos de las cartas y la reproducción de los dibujos que hiciera Rufino Tamayo para ¿Águila y sol? La primera edición de las cartas es del 98, y la hicieron el FCE y la Fundación Octavio Paz. Tuvo una reimpresión en 1999, así que debe de ser de fácil consecución. Confío en que será un libro apreciado por quienes lo consigan y lo lean, como ya lo es para mí.

domingo, mayo 03, 2009

Diálogo con el Jaibo



En noviembre de 2007 tuve la suerte de enunciar una breve presentación del cineasta Arturo Ripstein. Lo hice en el auditorio del Museo Arocena dentro de una actividad enmarcada en el Festival Artístico Coahuila de aquel año. Todo salió bien, incluso la regañona enmienda pública que me hizo Ripstein cuando tuve la ocurrencia de narrar una anécdota sobre Roberto Cobo, su actor eje en El lugar sin límites (1977). Palabras más, palabras menos, en aquella ocasión narré que hacia 1991 fueron inaugurados unos cines en la esquina de lo que hoy es la Saltillo 400 y diagonal Las Fuentes. Era una especie de mall en cierne que todavía existe y alberga locales comerciales. En aquella época quiso ser, como digo, una espacio destinado al arte, y para su inauguración nada mejor que presentar una especie de ciclo con “nuevo cine mexicano” (como podemos inferir, desde hace muchos años el nuevo cine mexicano ha sido etiquetado como nuevo cine mexicano). Recuerdo que fueron presentadas las cintas Ciudad de ciegos, La leyenda de una máscara, La mujer de Benjamín, entre otras. Pero eso no fue lo peculiar, sino el hecho de que los organizadores traían a los actores principales de las películas para que al final de cada exhibición el público pudiera charlar con ellos.

Allí vi, si mi memoria no miente, a Gabriela Roel, a Blanca Sánchez, a Eduardo López Rojas y a Roberto Cobo, quien vino cuando fue exhibida La leyenda de una máscara (1989), cinta en la que tuvo un rol menor.
Quedé atónito cuando vi que Cobo entró a la sala. Me asombró su deterioro, el peso de los años sobre su espalda. Usaba bastón y caminaba con lentitud. Al final de la película los actores pasaron al frente, respondieron algunas preguntas y animaron a la concurrencia con el tema de la lucha libre en el cine y en la realidad. Nadie mostró gran interés en Cobo. Poco después, cuando aquello concluyó, tomaron los pasillos de salida y yo deliberadamente esperé a que pasara Cobo, para seguirlo un paso atrás. Casi en la puerta, de sorpresa, le dije una sola palabra al actor que iba adelante: “Jaibo” (yo era joven, tenía 26 años y poco a poco atrevía esos gestos regularmente inhibidos por rancheras timideces). Al oír la palabra, Cobo dio morosamente la vuelta y vio que un muchacho le tendía la mano. “¿Qué tal, Jaibo?”, le enfaticé el saludo. Confundido por la sorpresa, Cobo recompuso de inmediato su postura. “Hola, ¿qué tal?”, respondió, sonriente, con su cara flaca y esencialmente triste. Lo acompañé a la salida, y en el brevísimo trayecto le dije lo que él ya sabía, pero que de todos modos oyó gustoso, más en ese ambiente en el que nadie lo pelaba: usted es protagonista de la mejor película mexicana de la historia, me parece que eso no es poca cosa. El viejo y frágil Cobo sólo me decía gracias, gracias, gracias, hasta que alguien nos interrumpió y lo subió a un coche. No hubo tiempo para más conversación.

Cuando narré la anécdota de mi “diálogo” de dos minutos con Roberto Cobo, Ripstein dijo en público que Cobo fue un hígado; un buen actor, sí, pero terco y berrinchudo, una especie de diva en versión feo. El público rió, pues yo había hablado de Cobo en otros términos, lo puse como si fuera un viejo casi dulce y melancólico, todo para que el director de Profundo carmesí inmediatamente hiciera añicos mi errabunda percepción. El caso es que aquel cruce de tres palabras fue mi único contacto con el Jaibo, quien murió casi diez años después, en 2002. Me quedó siempre el orgullo mágico de haber trabado diálogo, así fuera fugaz, con un sujeto que había encarnado a otro para mí imborrable, a ese adolescente culerísimo, el Jaibo, que se la pasa pasándose de lanza en Los olvidados (1950).
Como sabemos, aquella obra maestra de Buñuel fue recibida con los brazos cerrados en nuestro país. Nacionalistas chatos consideraron que nos difamaba, que mostraba un México cruel, insensato, envilecedor y por tanto inexistente. Lograron incluso que la censuraran, que suspendieran su exhibición. Pocos la defendieron más que Octavio Paz, quien escribió textos en los que destacó el alto valor artístico de aquella obra (como el incluido en Corriente alterna, 1967). Uno de esos textos es una carta fechada el 11 de abril de 1951, en Cannes. La dirige a Buñuel, quien está en la ciudad de México. El poeta no sólo era delegado en el Festival más importante de cine en el mundo, sino que devino fervoroso activista en favor de Los olvidados. La carta señala, entre otros asuntos, lo siguiente:

“Querido Buñuel:
Ayer presentamos Los olvidados. Creo que la batalla con el público y la crítica la hemos ganado. Mejor dicho, la ha ganado su película. No sé si el Jurado le otorgará el Gran Premio. Lo que si es indudable es que todo el mundo consideraba que —por lo menos hasta ahora— Los olvidados es la mejor película exhibida en el Festival. Así, tenemos seguro (con, naturalmente, las reservas, sorpresas y combinaciones de última hora) un premio.
Ahora le contaré un poco cómo pasaron las cosas. El día 1 de abril (apenas supe que era delegado gubernamental entrevisté a Karal, delegado de la industria, o de los distribuidores, no sé aún a ciencia cierta). Karal y su mujer se mostraban totalmente escépticos. No solamente no creían en su película, sino que adiviné que no les gustaba. Claro que me pareció inútil discutir con ellos. Sabía que en ocho días —y ante opiniones de gente que ellos consideraban— cambiarían. Así ocurrió. Ahora Karal proclama que Los olvidados obtendrán el gran premio. (…) El público aplaudió varios fragmentos: el del sueño, la escena erótica entre el Jaibo y la madre, la del pederasta y Pedro, el diálogo entre Pedro y su madre, etc. Al final, grandes aplausos. Pero sobre todo, una profunda, hermosa emoción. Salimos, como se dice en español, con la garganta seca. Hubo un momento —cuando el Jaibo quiere sacarle los ojos a Pedro— que algunos sisearon. Fueron callados por los aplausos”.

Vi Los olvidados hacia 1983, creo, en un cineclub organizado por la UAdeC, y la he vuelto a ver dos o tres veces más. Le tengo mucho aprecio, y no me afecta si soy acusado de aceptar el lugar común de considerarla, hasta hoy, la mejor película mexicana de la historia. Es tan buena que por ella me atreví a platicar con el Jaibo, con el verdadero Jaibo.