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miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

sábado, marzo 17, 2018

Memoria del poeta y del futbolista*




















La raíz indoeuropea mer, que significa “recordar”, “cuidar”, produjo en latín memor, “el que recuerda”, y palabras en español como “conmemorar”, “memorable”, “memorándum” y “memoria”. Con esa misma raíz tiene algo que ver la palabra griega “mártir”, y todas se relacionan con el asombroso acto humano de conservar en algún sitio la idea de los hechos y los personajes idos, de recordar, palabra cuya etimología es todavía más bella: “recordar” es traer de nuevo al corazón, re-cordis. Aunque no todos los recuerdos son gratos, solemos asociar esta palabra con la felicidad que implica traer desde el pasado, en términos de fantasmagoría, aquello que alguna vez nos alegró y tiene la capacidad de seguir haciéndolo. Eso ocurre precisamente con la memoria de los seres admirados y queridos.
Ex futbolista y periodista deportivo, Roberto Gómez Junco (Monterrey, 1956) ha consumado en El ilustre pigmeo su primer libro, un emotivo recuerdo (re-cordis) de Celedonio Junco de la Vega, su bisabuelo poeta. Para articularlo ha procedido con una mezcla de respeto, desenfado y humor, y el resultado me parece digno de lectura porque en él se amalgaman con fortuna al menos dos géneros: por un lado, se trata de un esbozo de biografía, la del poeta Junco de la Vega, y paralelamente una especie de memoria personal, la del ex jugador de futbol y hoy periodista. El pespunteo entre ambos relatos configura y hace ameno el trayecto en las páginas de El ilustre pigmeo.
La parte, digamos, biográfica del poeta es asumida con cauteloso fervor por el bisnieto, quien varias veces declara no tener toda la información que necesita para reconstruir con detalle la andanza vital del personaje. Quedan, para indagarlo, sus textos publicados, los artículos y sobre todo la poesía, pero no las pistas que ayuden a reconstruir los ires y venires más mundanos del bisabuelo. El autor debe ceñirse entonces a lo que hay disponible sobre su mesa de trabajo: ecos de conversaciones familiares y vagos recuerdos sobre la gravitación íntima que don Cele siguió teniendo tras su muerte. No hay mucho, pues, para adentrarse en la cotidianidad del personaje. Lo que sí abunda, por suerte, es lo que dejó escrito. Muchos epigramas en clave satírica y numerosos poemas cuya factura, así tengan el registro emocional y léxico de la época, siguen pareciendo muy logrados, actuales. En efecto, Celedonio Junco de la Vega escribe como poeta de su tiempo, es decir, hay en él un eco del Modernismo que propagó Darío, pero así como el nicaragüense sigue vivo, muchos de sus buenos epígonos, aunque olvidados, persisten hasta nuestros días en el alcance de la belleza. Para los poetas de aquella hora era imposible prescindir del metro octasilábico y endecasilábico, de la estrofa y de la rima consonante; se ceñían a esos corsés hoy abandonados debido al asentamiento del verso libre, pero quienes, como don Cele, tenían talento, lo hacían con gracia cuando se trataba del piezas jocosas, y de hondura, cuando el tema ameritaba gravedad.
Roberto Gómez Junco cita muchos epigramas cuya agudeza cala hondo pese a la pequeñez del alfiler. En algún momento se pregunta si su bisabuelo fue un gran poeta, y sospecho que lo hace por una razón intuida: ciertamente, los epigramistas de periódico o de sobremesa podrán ser muy leídos y celebrados mientras viven, pero siempre son considerados menores y muy pronto pasan a ser reclutados por el olvido. Es el caso de mi paisano Campos Díaz y Sánchez, quien durante muchos años, además de cabecear notas, escribió notables epigramas para la sección editorial de Excélsior (el Excélsior de Scherer) y a quien hoy casi nadie recuerda. Celedonio Junco sería un poeta menor si sólo se conservara su producción epigramática, y más olvidado estaría si sólo quedaran sus artículos, pero no es así. Por las muestras de poesía grave que el bisnieto dispensa en su libro, advertimos que Celedonio Junco de la Vega supo deambular con solvencia por la poesía seria, no zumbona ni coyuntural. En alguna página del libro, por ejemplo, el bisnieto cita un poema bárbaro dedicado a la memoria de su padre (padre de don Celedonio), que no obstante su brevedad contiene la desgarrada perfección de una obra maestra:

Nueve años ya que el último latido
marcó tu corazón en bien fecundo;
nueve años ya, y aún vibra en nuestro oído
el adiós de tu labio moribundo.
Fuiste en la lucha de la vida roble
que queda en pie tras la borrasca fuerte
tan sólo se abatió tu frente noble
ante un rayo implacable: el de la muerte.
¿Qué ha quedado de ti?; tu nombre escrito
en un mármol que cubre polvo helado
tu espíritu vagando en lo infinito,
y tu recuerdo en nuestro hogar honrado.
Mi frente triste ante la tumba inclino,
que tu ceniza venerada encierra;
mañana, ¿qué me espera en mi camino?,
¿cuál mi suerte será sobre esta tierra?
Cuando cerrados a la luz mis ojos,
duerma ese sueño de la tumba fría…
¿quién regará con llanto mis despojos?
¿en qué memoria quedará la mía?

Como se puede oír, hay más que accidental calidad en esta pieza. El poeta tenía apenas 22 años y ya podía trabajar con malicia el hipérbaton (“Fuiste en la lucha de la vida roble”, “que tu ceniza venerada encierra”…), la unidad del campo semántico (“borrasca”, “helado”, “frío”…), el adjetivo novedoso (“labio moribundo”, “rayo implacable”, “ceniza venerada”…), y junto con el dominio de la forma, el del fondo, acaso más difícil pues comporta una madurez difícil de creer a menos que la atribuyamos a la precocidad. Gracias a un poema como éste es posible responder a la pregunta de Roberto Gómez Junco: ¿don Celedonio era un buen poeta? Sí, lo era, y harto precoz por si pareciera poco.
Mezclada con la biografía un tanto aneblada del bisabuelo, corre en buena parte del libro la vivencia del autor en relación con su deseo obsesivo por conocer aquella vida. No sólo vemos aparecer, poco a poco, desde la penumbra del tiempo, borrosa, la figura del Celedonio Junco de la Vega, sino también al hombre que la acerca hacia nosotros, es decir, este libro también cuenta los afanes del autor por destacar en el deporte y al alimón servirse de la lectura en un medio completamente ajeno a las preocupaciones intelectuales, como si no se resignara a ser completamente futbolista y de alguna manera, como lector, rendir tributo al bisabuelo artista que deambula por sus sangre. En el este zigzag entre las vidas del poeta y del futbolista que opina sobre su deporte, los lectores dialogamos con un libro sabroso, interesante y bien escrito, un recipiente para dos memorias que, cada cual a su modo, persistirán en el recuerdo de muchos que los hayan leído o visto jugar con la palabra y el balón.

Comarca Lagunera, 15, marzo y 2018

*Texto leído en la presentación de El ilustre pigmeo (Roberto Gómez Junco, Font, Monterrey, 2017, 168 pp.) celebrada el 16 de marzo de 2018 en el marco de la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2018. 

jueves, abril 09, 2015

Polvo somos, libro de Jaime Muñoz Vargas
















El martes 7 de abril fue publicada una entrevista en el suplemento Adrenalina, del periódico Excélsior. Me la hizo el reportero Juan Carlos Vargas, a quien agradezco. El tema se centró en mi libro Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) y otros asuntos cercanos. Este fue el diálogo-base del cual partió la publicación que fue acompañada por un cuento del libro.

¿Quién es Jaime Muñoz Vargas?
En mi perfil de tuiter (@rutanortelaguna) traté de definirme así: “Escritor, periodista y editor, pero nació y radica en la Comarca Lagunera”. La conjunción adversativa es, claro, una broma. Un poco azarosamente, sin un plan premeditado, he dedicado ya casi 35 años de mi vida a esas actividades sin salir de La Laguna, lo que significa, dicho esto en plan juguetón, que es como no haberse dedicado a nada pues en mi tierra nunca han sido profesiones importantes. Pero bueno, eso he hecho y eso hago, y más allá de la ganancia material y simbólica, me agrada saber que he sido y soy escritor, periodista y editor en el desierto que me cupo en buena o mala suerte como lugar de nacimiento.

En tu perfil veo relatos más allá del balompié y trabajos que llegaron hasta Argentina y España. Aunque imagino que tu infancia estuvo marcada por un balón llanero.
No provengo de una familia con libros o “intelectual”. A los 16 o 17 comencé a formar una biblioteca personal y allí intuí que me gustaba mucho el contacto con los libros, leer. Para entonces ya había vagado toda mi infancia y mi adolescencia, La Laguna era una zona muy tranquila así que desde muy pequeño tuve la fortuna de recorrer la calle, de errar por todos los rumbos de la región. En las etapas de la secundaria y la prepa tuve diferentes grupos de amigos y claro, uno de mis entretenimientos favoritos fue el futbol. Lo jugué formalmente, en torneos llaneros, y también en la calle, en las famosas “cascaritas” o “picas”, como les decíamos. No recuerdo haber hecho tareas en las tardes durante toda la secundaria y preparatoria, pues apenas daban las cuatro o cinco cuando todos los mocosos de la cuadra salíamos a jugar y aquello duraba hasta las once o doce de la noche. Es decir, durante varios años jugué futbol asfáltico cuatro o cinco horas diarias. Esto no es poco decir, ya que en La Laguna hay que aprender a jugar bajo temperaturas de 35 a 40 grados. Sin querer, llegué a tener pues una condición física de maratonista.

Cuéntame tu historia como futbolista llanero, en La Laguna. Seguro que entre tus equipos existió algún Potro Silveira, un árbitro Zamudio o un Salvador Izquierdo.
Jugué en varios equipos de los torneos organizados por las escuelas secundarias de la región y por el IMSS de Gómez Palacio, Durango, la ciudad lagunera donde nací y viví hasta los trece años. En ese entonces “el Seguro” apoyaba mucho el deporte y yo aprovechaba sus instalaciones, sobre todo la alberca y el campo de futbol. Con mis amigos del barrio o de la secundaria también participé en varios torneos; no fui tan mal jugador, y hasta creo que de haber tenido mejor orientación pude llegar al menos al ámbito semiprofesional.  Ahora bien, los personajes de mi narrativa futbolera son inventados, ninguno calca la realidad, aunque es extraño: si uno se asoma a los llanos y ve y escucha a los jugadores, al entrenador, al árbitro, al público, descubre que la ficción no es tan ficción, que en la realidad los jugadores viven el deporte amateur con una pasión no exenta de cierta épica y comicidad, como creo pasa en mis cuentos.

¿El equipo Santos te transformó en pambolero o cómo es que preferiste el balompié por el beisbol?
Mi padre jugaba beisbol, y por ello el ambiente familiar estaba muy impregnado de ese deporte. Él nos llevaba los domingos a los diferentes lugares donde se desempeñaba como primera base y cuarto bat. Tenía mucho poder, era jonronero. Recuerdo esos domingos como algo maravilloso, los hijos de los peloteros tomábamos los arreos sobrantes (guantes, pelotas, bates) y hacíamos cascaritas beisboleras aledañas. El beisbol era jugado sobre todo en el medio rural lagunero, en llanos enormes, casi como pampas sin pasto, de tierra buena para correr, sin piedrecilla agresiva. Se marcaban muchos campos con líneas de cal y aquellos sitios se convertían en polideportivos improvisados, dominicales. Uno de esos lugares estaba en el ejido Jabonoso, donde recuerdo que a mis nueve o diez años (1973 o 1974) en vez de ver el beisbol me iba a ver el futbol llanero. Allí comenzó mi enamoramiento, cambié la loma de las serpentinas por las porterías. Hoy, sin embargo, me encantan el fut, el beis, el box (vi mucho box), el futbol americano, la lucha libre. Todo como espectador.

¿Te gusta la literatura del balompié? ¿A quién lees?
Sí, me gusta. La mejor y más abundante es la argentina, sin duda. Tras mis viajes a la Argentina, además de libros sobre otros temas he ido armando una buena biblioteca de narrativa futbolera. Admiro y leo a Fontanarrosa, Soriano, Sasturain y Sacheri, y creo que tengo todos los libros que han escrito sobre la materia. De México es notable la labor de Villoro como cronista/ensayista futbolero y de Marcial Fernández como escritor/editor. Ficticia, su editorial, tiene incluso una invaluable Biblioteca del Futbolista.

¿Cómo nace tu libro Polvo Somos?
Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) fue un libro que se armó solo. Durante los mundiales de 2006 y 2010 decidí alimentar mi columna periodística del diario Milenio Laguna con relatos pamboleros, de allí salió la mayor parte del libro. Luego, poco a poco, escribí algunos relatos más y un buen día me di cuenta de que ya tenía treinta piezas. Todo fue que Julián Romero y Gilberto Prado, de editorial Axial-Colofón y Arteletra, respectivamente, me dijeran que podíamos publicarlos para que yo los puliera un poco y me animara. El libro salió en enero de 2014.

Aunque el libro Polvo somos explica un poco su razón de ser, ¿cómo es que lo dividiste en tres partes?
Los primeros diez relatos fueron escritos en 2006, mientras ocurría el mundial de Alemania; estos forman la primera parte del libro, y creo que se les nota un tono y un ambiente parejos. Otros tantos fueron escritos entre 2010 y 2012, los que forman el segundo tranco del libro, y también creo que tienen cierta unidad en su tono, son menos populacheros/paródicos que los primeros diez. El último relato, que es el más largo y el que creo mejor articulado de la serie, ocupa la tercera sección; este cuento lleva como título “Mancha sobre mi padre” y al parecer hay interés de unos jóvenes cineastas por convertirlo en largometraje.


En los 30 relatos manejas personajes como Rogaciano Tlahualilo, el Agujita, el Halcón, el Trucutrú, La Saeta y Manuel Mijangos, entre otros. ¿Algunos fueron reales o todos salieron de tu imaginación?
Todos salieron de mi imaginación, pero sé que en mi subconsciente laten como personajes reales, como personajes vistos o leídos o soñados en algún momento de mi vida.

¿Conoces a Oribe Peralta?
Sólo de lejos, en el estadio de Santos Laguna, donde lo vi anotar muchos goles. Conozco, eso sí, el ejido donde nació, La Partida, del municipio de Torreón. Un ranchito como los muchos que tenemos acá, donde siempre hay campo de beis y de fut y donde se juega a 40 grados bajo el sol. Y sí, la vida de Oribe da para novela. Es increíble todo lo que ha hecho y el orgullo que ha dado a México. Y el tipo no se la cree, no anda por la vida fanfarroneando lo que es. En este sentido, creo que es un lagunero químicamente puro, un sujeto al que le cuadra el bajo perfil: goles, no palabras.

Pareciera un personaje salido de tus cuentos.
Sí, la única diferencia es que mis personajes se mueven en la órbita del amateurismo y en general bordean el fracaso, la ordinariez. Oribe es un profesional de excelencia y ha sido el más exitoso jugador de futbol que ha dado La Laguna en su historia.

A comparación de los escritores sudamericanos, pocos mexicanos se atreven a escribir de futbol. Y sólo algunos se animan al cuento.
No son tan pocos, pero es cierto que los sudamericanos (argentinos, uruguayos, chilenos) lo han asumido sin complejos como tema. Ahora bien, siempre o casi siempre el futbol es el pretexto para tocar otros asuntos como el fracaso, la traición, la venganza, la envidia, es decir, lo humano. En México no son tan pocos, como lo demuestran las antologías de editorial Ficticia. Lo que pasa es que salvo Villoro, nadie ha sido consistente en el tratamiento de este tema, escriben uno o dos cuentos, una novela, y ya, pasan a otros asuntos.

¿Tú editaste el libro? ¿Difícil tratar con editoriales?
Ayudé, sí, pero no fui el editor, sino mi querido amigo Julián Romero, de Colofón. En general he tenido suerte con mis editores. Siempre he establecido una relación amable con ellos. Como yo edito, sé que no hay nada más molesto que un autor molesto, de esos que no cooperan o quieren cooperar demasiado, decidirlo todo.

¿Por qué dominan Juan Villoro, el portero Félix Fernández y el argentino Jorge Valdano?
No creo que dominen al grado de ser los más visibles. Creo que al menos a esa lista debemos sumar a Galeano (con su libro clásico), a Fontanarrosa, a Sasturain y, sobre todo, a Sacheri, el narrador que mejor tratamiento ha dado al cuento futbolístico. Ahora bien, el primer escritor latinoamericano que metió el futbol en un relato fue Horacio Quiroga con “Juan Polti, half-back”, ¡publicado en 1918! Se trata de un cuento espléndido, uno de los mejores de Quiroga, y trata sobre un jugador real, Abdón Porte, que se suicidó en medio de la cancha del Nacional, en Montevideo.

Además de Polvo somos, tengo entendido que has escrito otros libros sobre el futbol.
En 1999 publiqué, en edición casi casera, La ruta de los Guerreros, vida pasión y suerte del Santos Laguna. Tuvo un tiraje corto y se agotó de inmediato. En ese libro revelo las primeras andanzas del equipo lagunero, sus primeros 17 años. También he escrito muchos artículos y ensayos variopintos no recogidos en libro, sino en periódicos y revistas.

En Torreón hay historias de futbol dramáticas, como el triunfo de la Sub 17 ante Alemania, en 2011. Cuando Espericueta y la Momia convirtieron el TSM Corona en un manicomio. También la vez que se dieron disparos y los jugadores salieron corriendo por todos lados.
Por dos razones muy distintas, esos dos hechos son inolvidables. Yo estaba en Buenos Aires cuando se dieron los disparos. Recuerdo que veía un noticiero en un restaurante y un corresponsal cubría la nota. Pensé: “No puede ser, eso ocurrió a diez minutos de mi casa”.

¿Recuerdas otras historias?
Los campeonatos, sin duda, pero sobre todo el subcampeonato que logró Santos Laguna en el Corona, estadio ya demolido. Por primera vez en la historia en las calles de La Laguna se desbordó una extraña sensación de triunfo.

¿Qué sigue en la tinta de Jaime Muñoz?
Sigo escribiendo de todo un poco. Alimento una columna que aparece dos veces a la semana y tengo un par de colaboraciones mensuales en dos revistas, una de La Laguna y otra de Buenos Aires. Además, trabajo como editor y maestro en la Universidad Iberoamericana Torreón. Junto a esto, sigo con mis libros. Este año, ya pronto, saldrá la reedición en el DF de mi libro Ojos en la sombra, y a ver qué más.

¿Algo que quieras comentar?
Sólo enormes gracias.

domingo, julio 10, 2011

Una aventura de los minimalosos



Hace quince años publiqué el relato que viene a continuación. Todo está inspirado en una nota publicada por Excélsior el 18 de diciembre de 1951. Más que nada fue un ejercicio de estilo, pues en aquel momento me encontraba practicando “vidas imaginarias” al modo de Marcel Schwob. La aparición original de este texto se dio en la revista Brecha hacia 1996. Viene:

Una aventura de los minimalosos

Jaime Muñoz Vargas

Los hermanos Carlitos, Raulito y su amigo Gustavín son muy diferentes. Con ocho años de edad, el mayor de los tres, Gustavín, es sin embargo el más sosegado, acaso el menos ingenioso. Raulito, de cinco años, es inquieto y a veces se arrebata mucho, es demasiado pragmático para considerarlo un niño con buenas ideas para divertirse; su hermano Carlitos, en contraste y aunque tiene cuatro años, es muy pensativo, muy cuidadoso cuando actúa, es de esos pequeñines que parecen introvertidos pero que traen en su cabecita un mundo lleno de proyectos para pasarla bien junto con su hermano y con su amiguito Gustavín. Los tres juntos se han entretenido con todo tipo de aventuras. Una de ellas, la más bonita de todas, es la que hoy podemos relatar a 44 años de ocurrida. Un viejísimo Excélsior es el detonante de la imaginación.
Clarea una linda mañana en el Distrito Federal, para esos tiempos todavía la región más transparente del aire, como escribió el sabio poeta. Es lunes 17 de diciembre de 1951, han llegado las vacaciones y el ambiente en todas partes ya comienza a impregnarse de espíritu navideño. La radio y los periódicos promueven los regalos que pueden hacer felices a los seres amados; para los niños, un montón de juguetes se vislumbra como equivalente del paraíso. Por supuesto que los niños pobres no podrán gozar de los juguetes más caros, pero Carlitos, Raulito y Gustavín son hijos de papás esforzados y pudientes, por eso esperan que los reyes magos traigan regalos verdaderamente interesantes. Durante 1951, los tres alegres chiquitines se han entretenido con todo lo que puede distraer a un trío de criaturitas inocentes dentro de una casa más o menos grande. Es obvio que no los dejan salir a la calle, salvo cuando van a la escuela o de paseo con sus padres. Por eso, cuando se quedan en casa, tienen que inventar aventuras. Primero hacen las tareas (Carlitos es el más estudioso de los tres) y luego juegan. A Gustavín lo dejan acompañar a los hermanitos Salinas de Gortari y entre todos tratan de pasarla divertidísimamente.
Han jugado a las canicas, al trompo, a las luchitas en el jardín, al Tarzán arriba de los árboles, a las escondidillas por toda la casa, a las guerritas con pistolas y rifles de corcho, a la oca y a las serpientes y escaleras, al turista y a lo más padre de todo: han jugado con los artefactos de pilas que papá Raúl les ha traído de Estados Unidos, entre los que destacan esa gran autopista con seis cochecitos eléctricos y los revólveres tirabolitas. Pero todos los juegos y los juguetes, al fin, resultan aburridos para los tres alegres chiquitines, por eso es necesario inventar cada día una variante, algo que motive la diversión y torne más llevadero el encierro en esa casa más o menos grande, la número 425 de la calle Palenque en la colonia Narvarte de la capital.
El más pensativo del trío, Carlitos, es el que regularmente da la pauta de las mudanzas lúdicas. Sugirió alguna vez, como prueba de su pueril ingenio, jugar serpientes y escaleras al revés, de la última casilla a la primera. A él, pese a ser el más pequeñín, no le ganan al turista, pues rápidamente se apropia de los billetes y compra los lugares más onerosos para berrinche de Raulito y de Gustavín, quienes no entienden cómo les gana el inteligente chiquilín, por ello a veces lo agreden (qué envidiosos) con motes alusivos a sus prominentes orejas. Pues bien, Carlitos descubrió algo que sus coleguitas no tardaron en aceptar como una idea maravillosa. Resulta que durante mucho tiempo jugaron a las guerritas por toda la casa; trataban de emular lo que veían en los cinenoticieros o en las películas americanas de soldados que combatían en la Segunda Guerra. Todo era divertido, pero las armas de corcho y los revólveres tirabolitas fueron rebasados por la maravillosa idea de Carlitos, el niño más reflexivo de los tres. Raulito y Gustavín lo escucharon con las bocas un poco babeantes: qué idea tan divertida, concluyeron los más grandes, y aceptaron consumarla todos juntos. Carlitos, un poco ayudado por Gustavín, decidió que Raulito sería el más importante personaje de este juego. Raulito, siempre práctico, aceptó su trascendente papel.
Como a las once de la mañana comenzaron los disparos con corchos y bolitas de juguete. Los tres alegres chiquitines eran aliados contra un enemigo al que buscarían por toda la casa. Las detonaciones con sonido de resorte se oían aquí y allá: el enemigo aún era imaginario. Los tres estaban de acuerdo en rastrearlo, en fingir que lo cercaban para acabar con él, pues era un nazi que se quería adueñar del mundo, como habían visto en las películas. Durante casi una hora, los tres alegres chiquitines vagaron por cada recoveco de la casa, siempre con la condición (así lo ordenó Carlitos) de buscar al enemigo imaginario disparando corchazos y bolitas.
Ya era mediodía y los tres coincidieron en la habitación de papá Raúl, quien se encontraba por el momento en su trabajo. De hecho, en la casa sólo estaba la servidumbre, dos mujeres mansas y aindiadas que ejecutaban sus quehaceres con silenciosa abnegación mientras los niños del patrón y su amiguito se divertían con sus juegos. Cuando los tres se reunieron en el cuarto del economista Salinas Lozano, el general Carlitos pidió cuentas a sus subordinados: fue entonces cuando el capitán Gustavín informó una buena noticia: localizó en el cuarto de lavandería, ubicada en el Oeste de la casa, al peligroso enemigo. El general Carlitos (así lo había preparado) le ordenó al capitán que trajera, costara lo que costara, al peligroso enemigo, y Gustavín fue hacia la lavandería de la casa para cumplir la encomienda.
Cuando el capitán Gustavín llegó al cuarto, ya esperaba ansioso el pelotón de fusilamiento. Manuela —quien aceptaba muy tolerante los divertimentos de aquellos tres alegres mocosos— dejó que le imputaran cargos, que le dijeran “nazi” y que la arrodillaran, porque la iban a fusilar. Manuela sonreía un poco, era parte de su trabajo aguantar las aventuras inventadas por los hijos del patrón, sobre todo por ese pingo de Carlitos, “tan chiquito y tan inteligente” (como decía don Raúl de su propio vástago).
Los niños le vendaron los ojos a Manuela, alias “el enemigo nazi”, ya de rodillas. Entonces Carlitos dio la orden final. Los tres apuntaron sus respectivas armas: Carlitos disparó con el revólver tirabolitas; Gustavín, la pistola de corchos y Raulito (como lo ordenó su hermano menor) el rifle que papá Raúl guardaba en su ropero, rifle que Carlitos había descubierto hace unos días y que motivó su idea de jugar a las guerritas hasta localizar al enemigo y fusilarlo.
Manuela se dobló con los impactos recibidos: una bolita, un corcho y un balazo calibre 22. Al verla tendida, los soldados se felicitaron y juraron buscar más enemigos algún otro día. Luego continuaron sus correrías por la casa, listos para inventar más juegos. Al cansarse, los tres se sentaron en la escalera de la sala; hasta allí llegó María, la otra sirvienta de la casa, y les preguntó por Manuela. Los niños no respondieron nada y María se puso a buscar a la muchacha. Cuando entró al cuarto del patrón, vio a Manuela, ensangrentada. Los niños entraron tras María y, contentos, veían al enemigo fusilado.
—¿Manuela, Manuela, qué te has hecho? —preguntó la nerviosa María, quien luego miró a los tres diablillos—. ¿Qué le hicieron a Manuela?
Tranquilos, orgullosos, felices por la aventura consumada, contestaron:
—¡La hemos matado!
Luego del aviso a las autoridades y a los padres de los tres alegres soldaditos, el interrogatorio no arrojó grandes noticias. Carlitos, Raulito y Gustavín se mantuvieron en silencio; nunca dijeron quién disparó el arma, quién diseñó el tremendo juego. Hombre influyente, padre de familia que amaba (y ama) a sus hijos, el joven economista Raúl Salinas Lozano no tardaría en lograr que sus hijos volvieran a la casa sin mayor apuro y con la secreta seguridad de que fue un juego demasiado violento, pero inocente, por haber sido tramado y ejecutado por unos pequeñines. Lo que no pudo evitar, sin embargo, fueron las escandalosas notas en los periódicos del día siguiente. Por ejemplo, en la segunda parte seccion A de Excélsior, El periódico de la vida nacional, número 12,516 correspondiente al martes 18 de diciembre de 1951, la cabeza de ocho señala: “Jugando a la Guerra Tres Niñitos ‘Fusilaron’ a una Sirvienta”.
Muchos lustros después, cuando el pensativo Carlos —calvo prematuro— llegó a ser presidente de la República, esa edición de Excélsior desapareció rápidamente de todas las hemerotecas. Pero por suerte circulan algunas xerográficas que nos hacen recordar aquella hermosa aventura y otro hecho: las primeras planas pueden ser ganadas desde la infancia. Todo depende del tesón, del talento y de la viveza de un niño como aquel ingenioso Carlitos, hoy un hombre acaudalado que viaja por todo el mundo siempre gustoso de las ocho columnas.

sábado, febrero 14, 2009

Diluvio sobre Maciel



No era para menos. Y no por la historia de la amante, del hijo y del espíritu poco santo que lo habitaba, que al final eso es lo de menos, sino por uno de esos pecados que no merecen perdón de nadie y sí cárcel e ignominia: su pederastia. Por ello, aunque la atención haya sido encaminada al desliz muy perdonable de sus tratos con una mujer adulta, lo fundamental no deja de ser que Marcial Maciel Degollado, con sus desviaciones sexuales, lastimó la vida de niños. Eso es aberrante aquí y en Saturno, aunque algunos de sus fieles sigan en la buenísima onda de negar y/o perdonar, recurso cómodo de quienes, al no haber padecido en carne propia el abuso pederasta, por fanatismo se niegan a creer en lo ya probado: que Maciel fue una mayúscula falacia.
Los comentarios periodísticos recientes se han ubicado, todos, en la condena. Dos me han llamado mucho la atención. El que la semana pasada publicó en Milenio Juan Ignacio Zavala, quien se fue directo a la póstuma yugular del michoacano (el michoacano de Cotija, no el de Morelia, su cuñado) y remarcó que las conductas de Maciel son indefectiblemente imperdonables, sin atenuante ninguna. Y el que ayer publicó en Excélsior Francisco Martín Moreno, quien la semana pasada había dado una entrevista a Milenio sobre el mismo tema. Con el título “¿Perdón a Maciel? ¿Perdón a un pederasta?”, el escritor e historiador pone el acento en lo fundamental, y sobre Maciel señala que “fue un ‘padre’, ¿qué padre, no..?, pervertido, corrupto, prostituido, desencaminador de almas, inmoral, degenerado, maligno, violador de niños y niñas, un endiablado sujeto desnaturalizado, vicioso, ignorante del menor sentimiento de pudor y de piedad, un representante de Dios, un depredador de vidas inocentes como las de aquellos chiquillos que fueron obligados a masturbarlo y a quienes después penetró villanamente destruyendo para siempre cada vida, de lo cual se consoló pidiéndole perdón al Señor… Si el sacerdote es una persona que ejerce como intermediario entre el ser humano y la divinidad, ¿cómo esperar que semejante autoridad espiritual se utilice para penetrar analmente a chiquillos inocentes que están naciendo a la vida? El ‘padre’, el miserable padre Maciel, debería haber sido juzgado y condenado con todas las agravantes consignadas en la ley: premeditación, alevosía y ventaja, pero además por haber abusado sexualmente de menores con arreglo a su supuesta figura divina en lugar de ‘servir a todo el pueblo de Dios en su búsqueda de la santidad y en su empeño apostólico por anunciar el Evangelio…’”.
Más adelante, sin bajar el tono de su arremetida, el autor de México acribillado explica: “Si se llegó a descubrir la paternidad del ‘padre’ Maciel fue porque en la actualidad existe una división interna producto de las luchas por el poder económico de la orden y, en ningún caso, porque los legionarios hubieran decidido motu proprio confesar semejantes crímenes cometidos por un hombre de la Iglesia. Que quede claro: la verdad se supo gracias a la quiebra financiera mundial que debió haber afectado igualmente a los legionarios que hoy luchan por controlar el inmenso poder de la orden. El surgimiento repentino de una de las hijas de Maciel, no pasará mucho tiempo antes de que aparezcan más aberraciones como la presente, es parte de la guerra sucia que se libra entre los legionarios, sin que la divulgación de la nota responda a un proceso de purificación de la orden manchada ya de por vida urbi et orbi…”.
Por un lado, pues, hay un merecido fustigamiento a la conducta depravada de un sujeto que supuestamente vivía en olor de santidad y más bien era maligno; por otro, la sospecha de que las revelaciones no tienen vinculación con un deseo de aseo moral, sino de simple reacomodo mafioso en torno a lo que verdaderamente importa: el dinero, siempre el cochino dinero.