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miércoles, julio 21, 2021

El tema del tema










Roberto Gómez Junco, el exfutbolista y hoy periodista deportivo, publica cada tanto “dislates” (así los llama) que pesca en la crónica futbolera. Siempre son muchos y muy divertidos, pues dada la improvisación (improvisación en ambos sentidos de la palabra) de los relatores y comentaristas se dan casos asombrosos de uso torpe de la palabra. No todos son lapsus de la lengua como los que cualquiera perpetra al conversar, sino verdaderos casos de atrofia que siembra al menos una poderosa duda: ¿aprobarían el curso de español elemental? Aquí algunos ejemplos de un reciente lote: “Es un jugador que tiene una altura no muy alta"; Parece que algo oculto está por ahí escondido"; “Nadie sabíamos lo que iba a hacer el América"; “La tocó cuando ya había salido fuera"; “Tienen la posibilidad de poder ganar este partido"; “No hay penal, porque primero toca antes la pelota”; “Es un momento muy complicado por el momento que vive”; “Eso lo tenían preparado desde hace una semana atrás”; “No es penal porque él forza la caída”; “Golpeó el balón después de meterse para dentro”; “En este equipo el nivel de exigencia no es tan exigente”; “El problema es que mucha gente somos así”; "Cada comentarista tenemos un mundo"; "El acercamiento de la MLS ya es muy cercano” y “Llegó antes al balón porque se anticipó al rival”. Como se puede apreciar, es un grato divertimento.

No sé si el dislate que comentaré a continuación ya apareció en las frecuentes listas de Roberto Gómez Junco. Si sí, de todos modos no está de más hacer un énfasis. Creo que se trata de una muletilla similar a “literal”, que hoy sobrexplotan innumerables jóvenes. En una conversación informal de estos días no pasan ni treinta segundos sin que alguno de los interlocutores dispare la famosa palabrita. Ahora, pues, está de moda decir “literal” para rematar toda frase, incluso las que son literales: “Hoy desperté a las seis, literal”, como si hubiera una forma metafórica de despertar a las seis. En fin, decir “literal” es uno de esos vicios afresados que avanzan como rémoras en la oralidad cotidiana, de esas palabras que se enquistan y por años es imposible extirpar de la conversación.

La que destaco aquí es una muletilla como “literal”, aunque no exactamente. Hablo de la palabra “tema”, agregado reiteradamente inútil en cualquier explicación. Los narradores y los comentaristas del futbol, aunque no sólo ellos, la emplean sin piedad, casi en cada una de sus participaciones. Dicen: “Fulano no jugará el próximo partido por un tema de lesión”, en lugar de “Fulano no jugará el próximo partido por una lesión”. “La UEFA se mostró muy preocupada por un tema de discriminación ocurrido en el estadio de Wembley”, en lugar de “La UEFA se mostró muy preocupada por el caso de discriminación ocurrido en el estadio de Wembley”. “El Piojo Herrera señaló que lo que más le interesa es resolver el tema de los refuerzos para su equipo”, en lugar de “El Piojo Herrera señaló que lo que más le interesa es ver qué refuerzos llegarán para su equipo”.

Como el anterior, los dislates en la crónica deportiva pueden ser evitados sin mayor problema. Todo es hacerlos visibles y empuñar el bisturí, deshabilitar esas palabras inservibles y, lo peor, recurrentes, tanto que en cualquier partido es disparado un promedio de veinte inútiles “temas”.

sábado, marzo 17, 2018

Memoria del poeta y del futbolista*




















La raíz indoeuropea mer, que significa “recordar”, “cuidar”, produjo en latín memor, “el que recuerda”, y palabras en español como “conmemorar”, “memorable”, “memorándum” y “memoria”. Con esa misma raíz tiene algo que ver la palabra griega “mártir”, y todas se relacionan con el asombroso acto humano de conservar en algún sitio la idea de los hechos y los personajes idos, de recordar, palabra cuya etimología es todavía más bella: “recordar” es traer de nuevo al corazón, re-cordis. Aunque no todos los recuerdos son gratos, solemos asociar esta palabra con la felicidad que implica traer desde el pasado, en términos de fantasmagoría, aquello que alguna vez nos alegró y tiene la capacidad de seguir haciéndolo. Eso ocurre precisamente con la memoria de los seres admirados y queridos.
Ex futbolista y periodista deportivo, Roberto Gómez Junco (Monterrey, 1956) ha consumado en El ilustre pigmeo su primer libro, un emotivo recuerdo (re-cordis) de Celedonio Junco de la Vega, su bisabuelo poeta. Para articularlo ha procedido con una mezcla de respeto, desenfado y humor, y el resultado me parece digno de lectura porque en él se amalgaman con fortuna al menos dos géneros: por un lado, se trata de un esbozo de biografía, la del poeta Junco de la Vega, y paralelamente una especie de memoria personal, la del ex jugador de futbol y hoy periodista. El pespunteo entre ambos relatos configura y hace ameno el trayecto en las páginas de El ilustre pigmeo.
La parte, digamos, biográfica del poeta es asumida con cauteloso fervor por el bisnieto, quien varias veces declara no tener toda la información que necesita para reconstruir con detalle la andanza vital del personaje. Quedan, para indagarlo, sus textos publicados, los artículos y sobre todo la poesía, pero no las pistas que ayuden a reconstruir los ires y venires más mundanos del bisabuelo. El autor debe ceñirse entonces a lo que hay disponible sobre su mesa de trabajo: ecos de conversaciones familiares y vagos recuerdos sobre la gravitación íntima que don Cele siguió teniendo tras su muerte. No hay mucho, pues, para adentrarse en la cotidianidad del personaje. Lo que sí abunda, por suerte, es lo que dejó escrito. Muchos epigramas en clave satírica y numerosos poemas cuya factura, así tengan el registro emocional y léxico de la época, siguen pareciendo muy logrados, actuales. En efecto, Celedonio Junco de la Vega escribe como poeta de su tiempo, es decir, hay en él un eco del Modernismo que propagó Darío, pero así como el nicaragüense sigue vivo, muchos de sus buenos epígonos, aunque olvidados, persisten hasta nuestros días en el alcance de la belleza. Para los poetas de aquella hora era imposible prescindir del metro octasilábico y endecasilábico, de la estrofa y de la rima consonante; se ceñían a esos corsés hoy abandonados debido al asentamiento del verso libre, pero quienes, como don Cele, tenían talento, lo hacían con gracia cuando se trataba del piezas jocosas, y de hondura, cuando el tema ameritaba gravedad.
Roberto Gómez Junco cita muchos epigramas cuya agudeza cala hondo pese a la pequeñez del alfiler. En algún momento se pregunta si su bisabuelo fue un gran poeta, y sospecho que lo hace por una razón intuida: ciertamente, los epigramistas de periódico o de sobremesa podrán ser muy leídos y celebrados mientras viven, pero siempre son considerados menores y muy pronto pasan a ser reclutados por el olvido. Es el caso de mi paisano Campos Díaz y Sánchez, quien durante muchos años, además de cabecear notas, escribió notables epigramas para la sección editorial de Excélsior (el Excélsior de Scherer) y a quien hoy casi nadie recuerda. Celedonio Junco sería un poeta menor si sólo se conservara su producción epigramática, y más olvidado estaría si sólo quedaran sus artículos, pero no es así. Por las muestras de poesía grave que el bisnieto dispensa en su libro, advertimos que Celedonio Junco de la Vega supo deambular con solvencia por la poesía seria, no zumbona ni coyuntural. En alguna página del libro, por ejemplo, el bisnieto cita un poema bárbaro dedicado a la memoria de su padre (padre de don Celedonio), que no obstante su brevedad contiene la desgarrada perfección de una obra maestra:

Nueve años ya que el último latido
marcó tu corazón en bien fecundo;
nueve años ya, y aún vibra en nuestro oído
el adiós de tu labio moribundo.
Fuiste en la lucha de la vida roble
que queda en pie tras la borrasca fuerte
tan sólo se abatió tu frente noble
ante un rayo implacable: el de la muerte.
¿Qué ha quedado de ti?; tu nombre escrito
en un mármol que cubre polvo helado
tu espíritu vagando en lo infinito,
y tu recuerdo en nuestro hogar honrado.
Mi frente triste ante la tumba inclino,
que tu ceniza venerada encierra;
mañana, ¿qué me espera en mi camino?,
¿cuál mi suerte será sobre esta tierra?
Cuando cerrados a la luz mis ojos,
duerma ese sueño de la tumba fría…
¿quién regará con llanto mis despojos?
¿en qué memoria quedará la mía?

Como se puede oír, hay más que accidental calidad en esta pieza. El poeta tenía apenas 22 años y ya podía trabajar con malicia el hipérbaton (“Fuiste en la lucha de la vida roble”, “que tu ceniza venerada encierra”…), la unidad del campo semántico (“borrasca”, “helado”, “frío”…), el adjetivo novedoso (“labio moribundo”, “rayo implacable”, “ceniza venerada”…), y junto con el dominio de la forma, el del fondo, acaso más difícil pues comporta una madurez difícil de creer a menos que la atribuyamos a la precocidad. Gracias a un poema como éste es posible responder a la pregunta de Roberto Gómez Junco: ¿don Celedonio era un buen poeta? Sí, lo era, y harto precoz por si pareciera poco.
Mezclada con la biografía un tanto aneblada del bisabuelo, corre en buena parte del libro la vivencia del autor en relación con su deseo obsesivo por conocer aquella vida. No sólo vemos aparecer, poco a poco, desde la penumbra del tiempo, borrosa, la figura del Celedonio Junco de la Vega, sino también al hombre que la acerca hacia nosotros, es decir, este libro también cuenta los afanes del autor por destacar en el deporte y al alimón servirse de la lectura en un medio completamente ajeno a las preocupaciones intelectuales, como si no se resignara a ser completamente futbolista y de alguna manera, como lector, rendir tributo al bisabuelo artista que deambula por sus sangre. En el este zigzag entre las vidas del poeta y del futbolista que opina sobre su deporte, los lectores dialogamos con un libro sabroso, interesante y bien escrito, un recipiente para dos memorias que, cada cual a su modo, persistirán en el recuerdo de muchos que los hayan leído o visto jugar con la palabra y el balón.

Comarca Lagunera, 15, marzo y 2018

*Texto leído en la presentación de El ilustre pigmeo (Roberto Gómez Junco, Font, Monterrey, 2017, 168 pp.) celebrada el 16 de marzo de 2018 en el marco de la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2018.