Mostrando las entradas con la etiqueta literatura mexicana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta literatura mexicana. Mostrar todas las entradas

miércoles, septiembre 16, 2026

Vicente Alfonso, ciudadano distinguido








Tuve ayer el gusto de asistir a la entrega del reconocimiento Magdalena Mondragón para el escritor Vicente Alfonso (Torreón, 1977), esto en la ceremonia llamada “Ciudadanía Distinguida” que año tras año ofrece nuestro ayuntamiento para premiar a personalidades de la cultura, el deporte, la ciencia y la beneficencia. Que Vicente haya recibido el galardón que lo reconoce en el rubro artístico es hoy un acto de justicia y, desde hacía varios años, era asimismo un imperativo para nuestro municipio, pues se trata del escritor lagunero con más proyección no sólo nacional. Las traducciones de sus libros a lenguas como el alemán, griego e italiano, además de sus exitosas ediciones en español, confirman que se trata de un narrador de excepción, el más adelantado de los escritores nacidos a la vera del Nazas.

Novelista, cuentista, cronista y reseñista, Vicente ha trabajado una obra no sólo abundante, ya tan numerosa en páginas que es imposible no reconocer su disciplinado oficio. Pero más allá de la cantidad, la calidad de su obra ha persuadido a escritores como Federico Campbell, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Sergio Pitol e Ignacio Solares —por mencionar sólo a cinco entre muchos más— de que se trata de un autor que aduna inteligencia y sensibilidad. En efecto, este escritor de Torreón ha logrado en cerca de treinta años de trabajo ininterrumpido combinar el ejercicio literario, el periodístico y el docente, pues no son pocos los talleres y cursos que ha impartido y sigue impartiendo sin fatiga en universidades y espacios culturales de nuestro país. Para decirlo con un adjetivo socorrido en estos casos: es un escritor todoterreno.

No es difícil imaginar en qué se ha basado la cauda de méritos acumulados hasta hoy por Vicente, cuando está a punto de cumplir, el 3 de mayo de 2027, su primer medio siglo de vida. Creo que su cosecha de libros, lectores y reconocimientos se sostiene en un talento peculiar, sin duda, pero no exclusivamente. Además de su vocación, Vicente ha organizado sus días y sus años para no desviarse de un objetivo fijo: escribir siempre con la mayor exigencia. Para lograrlo, su caso es el caso de un volcamiento pleno a la literatura, a la investigación, a la curiosidad como cimientos que luego, al teclear, materializan el esfuerzo en libros muy bien nacidos.

Es rica la obra de Vicente Alfonso, y seguirá creciendo, pues es todavía joven y ya está más armado que “las mandíbulas de un tigre”, para decirlo con una imagen de Miguel Ángel Asturias. Reconocerla en su ciudad era una urgencia que la medalla Magdalena Mondragón ha comenzado a subsanar. Felicidades para él y para su familia.

sábado, septiembre 05, 2026

Salud por Hernán


 












Una de las pocas palabras que tal vez no ha logrado destruir la trituradora semántica posmoderna es “lealtad”. No es poco decir, pues ya sabemos lo que significan “libertad”, “éxito”, “cambio”, “democracia” usadas hoy como papel de baño para conquistar las causas más abyectas, como es el caso de Milei y su defensa de “las ideas de la libertad” o de Trump y su noción de “justicia”. “Lealtad” ha sobrevivido, y creo sigue siendo cara incluso en los códigos de corte siciliano, aunque no deja de ser cierto que también se ha visto manoseada por el mercado, esto cuando algunas empresas hablan de la “lealtad del cliente”, una manera de rebajarla y convertirla en cautiverio del consumidor. No está mal ser fiel a un producto o una marca, es verdad, pero siempre y cuando no terminemos en la cesión del noble y desinteresado sentido que atesora la palabra “lealtad”.

Los prolegómenos a este comentario me sirven para traer un ejemplo en el que la lealtad es puramente eso: lealtad. Me refiero al libro Mi amigo Hernán (Grano de Sal-UNAM, México, 2025, 116 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). Estas páginas son una emotiva evocación de un compañero de andadura, la reconstrucción de una amistad larga y sólida. Tras la muerte de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946-2025), Celorio echa a andar la película del recuerdo y levanta un abarcador túmulo de palabras. La mirada recrea pues, de orilla a orilla, al hombre que fue Lara Zavala, su amigo.

No es esta una modalidad desdeñable de escritura. El género oscila entre la memoria, la crónica y el ensayo biográfico, y nadie mejor para ponerlo en acto que un amigo del personaje que partió. Un poco al margen, aclaro que me gusta esta forma de evocación porque creo que, como nadie en La Laguna, he escrito sobre varios amigos y no tan amigos que, como solemos decir eufemísticamente, “se nos adelantaron”. Lo siento como un imperativo, como una mínima evidencia de lealtad o algo parecido. Por esto, que Celorio haya trabajado un libro sobre Hernán y su amistad es agradecible, ya que entre nosotros no es frecuente la gratitud escrita en formato de artículo o columna, mucho menos en la modalidad de libro.

Dicho lo anterior, puede pensarse que el recorrido es triste. Claro que tiene momentos en los que campea la pena e incluso cierto desgarramiento, pero sus páginas son más bien una celebración de la vida y la convivencia literaria. En siete capítulos, Celorio avanza temática y cronológicamente. Nos habla de la formación de Hernán, de su producción literaria, de su devoción por las letras inglesas, de su trabajo como maestro y editor, de sus numerosos viajes, de su labor en la promoción cultural, de sus maestros y amigos comunes, de sus familias, incluso de su cercanía geográfica (pues buena parte de sus vidas fueron vecinos, lo que posibilitó sistemáticos encuentros dominicales) y, claro, del declive en la salud de ambos hasta uno de los desenlaces: la muerte de Lara Zavala.

El tono del libro es sobrio, pero Celorio no deja de hacer sentir en cada párrafo que la amistad puede y debe ser, pese a la cercanía de la muerte, recordada con alegría y gratitud. Salvo en los pasajes relacionados con las calamidades que les acarreó la enfermedad, el autor evoca al amigo para reconocerlo como lo que fue: un ser vital, lleno de ideas, sensible e inteligente. Tales rasgos no son una idealización, sino el registro de la convivencia mantenida a ras de suelo, en las innumerables actividades profesionales y festivas que compartieron como cuates durante décadas. En ellas caben especialmente los muchos viajes que por sus labores como maestros/funcionarios de la UNAM y escritores compartieron por buena parte del planeta, principalmente en Europa y los Estados Unidos.

Una sección muy importante es la que se refiere a todos los libros de Lara Zavala, de modo que Mi amigo Hernán sirve como rápida guía de lectura. También, la que se refiere a su trabajo como editor en la Universidad, donde creó colecciones que hasta la fecha siguen vigentes. El periplo biográfico va más allá de lo esperable, lo profesional, por decirlo así. Se interna en la relación cotidiana, en las costumbres del personaje, en aquello que sólo es visible para quien lo trató de cerca. Por ejemplo, al abordar los hábitos concurrentes en el proceso de escritura: “A diferencia mía, que siempre anuncio mis proyectos literarios, Hernán, como lo he dicho, no solía hablar de lo que estaba escribiendo, como si el solo hecho de decirlo pusiera en riesgo la posibilidad de llevar a buen fin lo que aún tenía en el tintero; de que se ‘salara’, pues. Pero en cambio sí hablaba, igual que yo, de lo que estaba leyendo. Y en esas lecturas del momento basábamos buena parte, acaso la sustancial, de nuestras frecuentes y largas conversaciones”. Y así muchos, muchísimos pasajes que nos dan una idea más cercana del personaje público e íntimo, del escritor y del compañero de trajines.

A propósito de Mi amigo Hernán se me ocurre que podría existir una colección cuya base sea el modelo pergeñado por Celorio. No de tratados académicos, de ensayos biográficos helados y distantes, sino de obras en las que, por lealtad y con escritura afectuosa, se celebre la vida y la obra del cuate que recién haya partido.

miércoles, agosto 26, 2026

Prohibido faltar hoy


 







Hoy a las 7 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez será presentado mi más reciente libro de cuentos. Me acompañarán con sus comentarios Iván Hernán Benítez y Saúl Rosales. La entrada es libre y al final habrá un modesto brindis. Ya enumeré todo lo importante, salvo el título: Prohibido soñar de pie, libro que contiene quince relatos editados este año por Ficticia Editorial en la Ciudad de México. Nada más debo añadir, pero aún queda espacio a esta columna y lo aprovecho para bordear algunas peculiaridades de este nuevo título incorporado a la literatura mexicana en general y lagunera en particular.

Prohibido soñar de pie contiene quince historias estacionadas en exactamente 200 páginas. El promedio de cada cuento ronda las doce o trece páginas, aunque en realidad la extensión de las piezas es variada. Tan lo es que se me ocurrió añadir dos textos brevísimos, de un párrafo apenas, junto a otros de mucho mayor envergadura. Salvo dos o tres de corte lúdico (los muy breves y algún otro), todas las demás ficciones son realistas, algunas claramente ubicadas en el contexto lagunero aunque por supuesto sin el ánimo de incurrir en el color local o el costumbrismo que tanto daño ha hecho y hace a la indefensa literatura.

Los cuentos son realistas, insisto, pero no autobiográficos. Son ficciones a la manera de las que solemos urdir los escritores no fantásticos: puede parpadear en ellos alguna tenue luz autobiográfica, pero sólo como asidero de la imaginación literaria cuyo principal atributo es fingir la realidad, mentir con la apariencia de verdad sin desentenderse de la verosimilitud. El título alude a una idea que de cierta forma pellizca todas las historias: que en la realidad los propósitos (léase los sueños) muchas veces, la mayoría, se ven vapuleados por la insignificancia de los frutos, razón por la cual quizá no sea tan desaconsejable ambicionar con prudencia más allá de que los manuales exitistas nos inculquen el deseo de triunfo cueste lo que cueste y otras quimeras que a lo sumo se materializan a cuentagotas.

Un resumen apretado de los contenidos podría destacar tres rutas temáticas: cuatro cuentos con asunto literario, cuatro con sesgo (des)amoroso, dos futboleros y otros de menos sencilla ubicación. Es un libro misceláneo, otro intento por ejercer el oficio de escribir donde casi no importa.

jueves, agosto 20, 2026

Dos libros para descargar en Letras de Chile


 




















Hoy fueron subidos dos libros para descargar gratuitamente en la página de Letras de Chile. Ambos son publicaciones de Iberia Editorial, de Torreón, Coahuila, México. Se trata de Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, y Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen, que en su momento tuvieron un tiraje corto en papel y ahora aparecen disponibles sin costo en PDF. Muchas gracias a Letras de Chile por difundir estas dos publicaciones mexicanas. Pronto esperamos enviar más.

miércoles, agosto 19, 2026

Gravitación de Era


 











El lunes fue un día especial en el mundillo editorial mexicano. De golpe se desató una ola de opiniones alrededor de la noticia, ciertamente triste, de que la editorial Era bajará su cortina dentro de muy poco. Según su comunicado oficial, el mercado, o la falta de, provocó números rojos en sus cuentas y derrumbó sus ingresos y su sostenibilidad. Un año después de la pandemia, la situación, parece, ha abierto un boquete que hace inexorable el hundimiento de la nave. Saber esto provocó que muchos lectores y escritores mexicanos expresaran su consternada opinión, y yo mismo me sumé a tal coro.

La razón de las lamentaciones entre lectores y escritores es justificada. Hablo por mi experiencia, seguramente similar a la de mis contemporáneos. Cuando abrí los ojos a los libros, a principios/mediados de la ochenta, las editoriales más identificables por un lector de La Laguna eran las mexicanas más famosas como Porrúa, el Fondo, Trillas, Joaquín Mortiz y extranjeras como Planeta, Plaza y Janés, Bruguera, Sudamericana y La Oveja Negra. Entre las nuestras, como un sello más chico aunque importante, estaba Era. Su notoriedad se debía no tanto al número de sus publicaciones, sino a la calidad de su catálogo.

Entre algunos autores extranjeros, Era reunió varias de las firmas que poco tiempo después se convertirían en clásicos modernos de nuestra bibliografía: Revueltas, Pacheco, Poniatowska, González Casanova, Monsiváis, Blanco, Pitol, Fuentes, Coral Bracho y muchos más, y hasta Reyes publicó allí póstumamente.

La solvencia de los contenidos se apoyó asimismo en la belleza de sus continentes. Los libros de Era aparecían diseñados de acuerdo al gusto de Vicente Rojo, artista que sin duda añadió a los libros que pasaron por sus manos un estilo poco visto en el mercado mexicano. Además de estas dos virtudes, no pocas ediciones de Era reflejaban el clima de época que en lo político atraía lectores con adhesión a la izquierda. Fue durante muchos años, y de hecho todavía lo es, un sello que cualquier lector mexicano asocia con la manufactura del libro serio y bien curado.

El debate de las redes tuvo, por todo, el denominador común de la sorpresa y el lamento, y la explicación sobre el cierre se dividió en dos grandes bandos: el primero, que achaca a la misma editorial errores de adaptación a los nuevos tiempos que corren para el libro; y el otro, que subraya la emergencia atroz de un público al que le interesa un rábano leer.

Yo ignoro qué pasó, pues me queda muy lejos el jet set editorial mexicano. Lo único que puedo concluir es que Era, como hace poco Ediciones de la Flor en la Argentina, deja un hueco enorme que no sé quién o qué podría llenar, si es que tal salvataje es posible en estos tiempos de nubarrones para el libro y la lectura.

lunes, agosto 17, 2026

Entrevista en Artefacto de Letras

 





Entrevista de Armando Enríquez para la revista digital Artefacto de Letras. Se celebró en la Librería Bonilla de la Ciudad de México el 4 de junio de este año poco antes de la presentación, allí mismo, de Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, 2026, 2026 pp.) Muchas gracias a Armando y a Artefacto de Letras por este amable diálogo. Pulse aquí.

sábado, agosto 15, 2026

Memoria de un adiós interminable


 











Una sombría tendencia a la autominusvaloración nos lleva a pensar que los productos artísticos locales no tienen la calidad que sí podemos encontrar en los espacios de la cultura consagrados como centrales. Nosotros, los laguneros, somos parte de la periferia, y así como no tenemos esto ni aquello en términos industriales, comerciales o deportivos, nuestra literatura, suponemos, carece del empaque que nos mueva a considerarla trascendente. Nos equivocamos al juzgarnos así, creo. Si bien es cierto en cantidad no podemos generar libros como lo hacen las factorías editoriales de lugares como Madrid, París, Buenos Aires o la misma Ciudad de México, ocurre que entre nuestros escritores ya no es tan infrecuente la creación de obras estimables bajo cualquier criterio de calidad en su contenido. Una de ellas, de reciente hechura, es Un largo adiós que no se acaba (UANL, Monterrey, 91 pp.), de Alfredo Loera (Torreón, 1983).

Afirmo que la calidad de este libro es digna de cualquier lector no por su cercanía de paisano, no por afinidad geográfica. Un largo adiós que no se acaba es un libro en el que se adunan atributos que quien sea puede exigir a una memoria, género al que corresponde este caso. Un lector de aquí o de cualquier sitio encontrará en sus páginas el relato en primera persona de un ser humano que, ante la muerte de su ser amado, piensa y repiensa el misterio del abismo que es la finitud. Lo hace con impecable prosa y también, asombrosamente, con un rigor a la par sereno y dolorido, lúcido y poético.

Construida mediante la acumulación de fragmentos en caída libre, la memoria de Loera deja ver rasgos de crónica, aunque el asunto que aborda no haya sido organizado de modo cronológico. La mujer que cruza Un largo adiós que no se acaba es Teresa Muñoz, pareja del autor durante 17 años. Murió el 9 de mayo de 2024, víctima de un cáncer que avanzó rápido y con saña. Teresa Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967; escribió el libro de cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza. Dedicada al teatro, también fue autora de la columna “Las actrices también leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y fue una incansable promotora cultural.

El autor reconstruye en los fragmentos de su memoria, sin hacerse ni hacernos concesiones, cómo se dio la relación con su pareja, cómo era ella, qué reacción provocó en su entorno familiar y amistoso el hecho de que ella fuera 17 años mayor que él (“nuestra relación nos hacía tremendamente peligrosos o, en el mejor de los casos, incómodos”) y cómo evolucionó su convivencia desde que se conocieron hasta que esparcieron sus cenizas en el mar.

Añade a las peculiaridades de su convivencia frecuentes reflexiones que, sin dejar de tener a Teresa y su partida como eje, indagan crudamente en el laberinto al que nos arroja la muerte con dolor y, de alguna manera, repentina. Loera, en un registro que delata su pena al escribir, amplía el interés de la experiencia personal a un ámbito que puede rozar a cualquier lector, potencial víctima de un hachazo parecido. La memoria personal deviene así planteo que nos atañe a todos en tanto seres vivos y, por ello, parados siempre en el precipicio de la muerte. Hay pues mucho de filosófico, de hondamente humano en los fragmentos de Un largo adiós que no se acaba, aunque esto no signifique que sea un libro intelectual, sino en esencia un relato desgarrado sobre el término de una vida en medio del amor.

Acompañado por algunos poemas en los que aflora en otro registro la exposición de la memoria, el libro oscila entonces entre dos tesituras; la primera, en los pormenores (digamos concretos) de la relación y, la segunda, en el intento de comprender lo incomprensible que es la muerte, lo que incluye la irrupción de la presencia amada en el espacio de lo onírico y la recurrencia a la literatura más cercana (Rilke) para arrojar algo de luz hacia fondo del túnel.

Este es, creo, el mejor documento de su tipo —una memoria— producido en La Laguna por las virtudes de su forma y también porque uno siente que el legítimo dolor no condesciende al ornamento melifluo. Esto se debe a que el autor ha acopiado en sus lecturas el tono justo para hacernos sentir su tragedia sin apelar a ningún chantaje. El buceo en su alma es acre, e incluso bordea la incomodidad de hacer ciertas menciones que, pese a lo complejo de su tratamiento, aquí están, latiendo en varios párrafos como borbotones de lava.

Este párrafo de la página 74 condensa en parte lo que he querido recoger en las observaciones anteriores, pues fluctúa de un hecho práctico a una reflexión abstracta: “Pero mi amor por Teresa ha sido una de mis emociones más puras y constantes. En muchos aspectos este amor por ella es lo que verdaderamente me define. Quedarme a su lado no sólo era una cuestión práctica. Me refiero a cuidarla, cuando nadie más iba a ser capaz de hacerlo, al menos no del modo en que yo lo hice. Para mí también se trataba de un hecho de vida o muerte. Me quedé con ella hasta el final de sus días, porque también era un camino para no perderme a mí mismo. Aún mientras escribo estas memorias estoy en la lucha por no ser destruido por su ausencia. Lo cierto es que, de no haber permanecido con ella, mi caída en el abismo habría sido inevitable”.

Alfredo Loera es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Interpretatio, Texto Crítico, La Revista de El Colegio de San Luis, El Pez y la Flecha, Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, Este País, Tierra Adentro, Red es Poder y Registros de Voz. Títulos de su autoría son Aquella luz púrpura, Wish you were here y Guerra de intervención. Estudia doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad Veracruzana y su más reciente libro es Un largo adiós que no se acaba, cuya lectura recomiendo dado que es una memoria escrita con todas las herramientas de la inteligencia y el corazón.

sábado, mayo 30, 2026

Del cuento y sus linderos

 











El fin de semana pasado participé en un encuentro de cuentistas celebrado en Ciudad Juárez. Quedó enmarcado en la Feria del Libro de la Frontera, y reunió a 19 cultores del género provenientes de distintas partes del país. Como no fueron tantos, los menciono: Adriana Azucena Rodríguez, Agustín García Delgado, Alberto Chimal, Ana Paula González Aragón. Carlos Martín Briceño. Carlos René Padilla. César Gándara, Daniel Bernal Moreno, Elpidia García Delgado, Ricardo Vigueras, Héctor Arreola, Iris García Cuevas, José Alberto García, Mauricio Carrera, Norma Lazo, Pepe Rojo, Salud Ochoa. Raquel Castro y yo.

El orquestador del encuentro y de las mesas fue José Juan Aboytia, escritor bajacaliforniano pero con larga radicación juarense. En las mesas redondas y en las presentaciones de novedades se habló por supuesto del cuento y sus orillas, del consabido desdén editorial-comercial, de las orientaciones que ha seguido el género, de los autores clásicos, de la microficción, del tallereo, de sus bordes formales y de todo aquello que concierne a la narrativa breve. Fueron jornadas muy productivas en las que, como síntesis, me quedé con la idea de que el cuento, pese a los atávicos ninguneos de siempre, goza de una salud estable en nuestro país, pues muchos escritores hay que lo practican con asiduidad y empaque.

Semanas antes de viajar a Ciudad Juárez, Aboytia pidió a los participantes que respondieran por separado a tres preguntas sobre el cuento. Su idea, su buena idea era preparar un cuadernillo de notas que regalaría, y en efecto regaló, a quienes participamos. Como el tiraje de la publicación se ciñó estrictamente al número de invitados y quizá algunos pocos ejemplares más, comparto en caída libre y sin comentario lateral seis aproximaciones al cuento contenidas en las páginas de aquel grato regalo; creo que así pueden servir a los lectores/escritores de cuento todavía no muy avisados.

Rosina Conde: “Un consejo para un joven cuentista: No debemos menospreciar el estudio de las técnicas narrativas ni de las estructuras. Los lectores se dan cuenta cuando nos equivocamos y nos celebran cuando se han cubierto todos los planos, así rompamos con la linealidad o la temporalidad en la narrativa, o trabajemos el verso libre en la poesía”.

Iris García Cuevas: “Me gusta pensar que cada género narrativo tiene su propósito. La novela sigue procesos de formación y transformación a largo plazo; la novela breve capta cómo se reconfigura la vida bajo presión, ante una situación de emergencia; el cuento fija el momento exacto en que todo cambia, es una instantánea del ser humano ante la crisis”.

Raquel Castro: “Un consejo a jóvenes cuentistas. Decide primero el esqueleto de lo que quieres contar; luego vístelo poco a poco: que sólo le quede encima lo que realmente necesita. Luego, si quieres, adorna”.

Daniel Bernal Moreno: “Sugiero escribir un primer borrador sin ninguna restricción de tema o extensión. Teniendo claro el conflicto, la anécdota o el final, al escribir sin limitantes podríamos descubrir elementos que enriquezcan nuestro texto. Después viene el trabajo más difícil que es eliminar todo lo que sobre y no aporte nada al cuento. Sacrificando incluso frases potentes o imágenes que podrían ser interesantes”.

Carlos Martín Briceño: “Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de ser narrada. El cuento es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como ‘El Aleph’ de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad”.

Pepe Rojo: “Me gustan los cuentos que cortan. Me gustan los cuentos que cantan. Me gustan los cuentos que no te dejan dormir. Que te hacen llorar y sonreír a la vez. Esos que, al acabar de leerlos, te dejan en una realidad distinta a la que estabas cuando los empezaste”.

martes, mayo 19, 2026

Décima Feria de Libro de la Frontera

 















Décima Feria del Libro de la Frontera a celebrarse en Ciudad Juárez del 22 al 24 de mayo. El tema vertebral será el cuento como género siempre en movimiento. Allá nos vemos.

jueves, abril 09, 2026

Listo Prohibido soñar de pie













Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demás. En tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.

miércoles, abril 08, 2026

Salvador Castañeda, in memoriam

 











El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.  Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.

Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des­pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.

Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga­do con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).

En la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi­ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los propios campesinos).

Más sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.

Como estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mis­mo: falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad, una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revo­lución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del jurado.

Ahora estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J. Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa, Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier, Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Ma­nuel Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.

Actualmente también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA. He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.

A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.

Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

lunes, marzo 02, 2026

En la voz de Alejandro Apo









En mayo de 2023 le acerqué en Buenos Aires mi libro Ojos en la sombra (Conaculta, 2015) a Víctor Hugo Morales, el relator que narró para la inmortalidad el gol del siglo anotado por Maradona el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca. Pocos días después, y como gesto de amistad, Víctor Hugo recomendó a su amigo y colega Alejandro Apo que leyera uno de los cuentos que contiene el libro en su programa de radio “Todo con afecto”. Apo no sólo leyó mi relato “Transmisión diferida”, sino que me entrevistó desde Buenos Aires exactamente el 8 de julio de 2023. Fue, la verdad, placentero recibir esa llamada y de paso escuchar mi cuento en la voz de un periodista que como nadie ha difundido en la radio argentina la literatura con tema futbolero. Pensé que el material de audio había quedado perdido, pero ahora lo encontré en el repositorio de Radio Nacional Argentina, y aquí comparto las ligas de la entrevista y del cuento.

miércoles, enero 07, 2026

Volver a Valadés














En uno de mis vericuetos discursivos del taller literario, no sé cómo di con el tema Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, 1915-Ciudad de México, 1994). Mencioné mi vago recuerdo de Las dualidades funestas, recomendé El libro de la imaginación y por supuesto desemboqué en su libro más famoso: La muerte tiene permiso, volumen de cuentos que contiene su relato más leído, el homónimo del libro.

En el camino del Teatro Martínez a la casa recordé que en algún momento debía recordar la búsqueda del libro, pues me asaltó la sospecha de que no lo había visto en al menos un par de décadas. En efecto, una exploración no muy acuciosa en la biblioteca arrojó un resultado negativo: mi edición de La muerte tiene permiso no apareció. En alguna de las varias mudanzas se extravió, lo presté, no sé. No sentí pesar, pues es un libro muchas veces reeditado (un clásico mexicano) y en cualquier momento lo vuelvo a pescar en las librerías de acá.

El fin de semana fui a Educal, dentro del Museo Arocena, y encontré la grata sorpresa de ver “La muerte tiene permiso” en la colección Vientos del Pueblo, del FCE. Es el cuento independiente en un opúsculo grapado a la manera de las revistas. Su precio es fantástico: 9 pesos, ni un paquete de semillas de los que venden afuera de la lucha.

El susodicho cuento es una perla de nuestra narrativa breve, tanto que, si existiera, podría entrar en una antología de los diez mejores cuentos mexicanos. Trata, no deslizo el final, sobre el abuso de un presidente municipal a su comunidad: una comitiva de burócratas del gobierno consulta en una asamblea a los campesinos de San Juan de las Manzanas. Surge el tema del alcalde y poco a poco salen a luz sus tropelías gracias sobre todo a la denuncia de un campesino llamado Sacramento. Le suman al menos tres agravios contra la comunidad, abusos que parecen imperdonables en un funcionario que se supone no está para atropellar, sino lo contrario. Luego de deliberar, el veredicto de la mesa nos comparte una sorpresa que se ha convertido en contraseña mexicana de cierto tipo de justicia.

Es un acierto que “La muerte tiene permiso” de don Edmundo Valadés, uno de nuestros maestros del cuento, circule solo, como relato independiente. Ha sido ilustrado póstumamente por Antonio Helguera (Ciudad de México, 1965-2021).

sábado, noviembre 29, 2025

El personaje Rulfo


 








Es imposible pensar en la repercusión de los dos famosos libros (El Llano en llamas y Pedro Páramo), y sobre todo de la novela que en este 2025 cumple 70 años, sin aproximarnos al enigma Rulfo. Como ocurre con todo lo que se refiere a él, hay muchos testimonios de quienes lo conocieron y lo trataron. Me ciño por ahora a dos: el de Elena Poniatowska en el libro ¡Ay vida, no me mereces!, y a la conferencia “La persona Juan Rulfo”, de su coterráneo Antonio Alatorre. Para empezar, es un hecho que Rulfo fue un sujeto tímido, retraído, callado y por ello enigmático. Carballo, en una entrevista de 2006, apunta que en esa manera de ser se basó buena parte del éxito alcanzado por el personaje Rulfo:

“Rulfo no se dedicaba a promoverse. Rulfo le tenía miedo a la fama. Al final le daba gusto, pero él no ayudó a hacer su fama, más bien se escondía de la fama y eso le cayó muy bien a la gente. El huir de la promoción fue lo que le cayó bien a la gente: el escritor humilde y talentoso. Era hábil, y con eso hizo más propaganda sin hacer propaganda. Muchas gentes, como Fuentes, como Paz, hacían mucha publicidad y no tuvieron la ventaja que tuvo Rulfo. El escritor sencillo, huraño, que escribió un libro”.

Poco antes de morir, a Poniatowska le hizo este comentario luego de que ella lo elogia:

“—Me refería a que tú eres un gran escritor.

—Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.

—Eres más ocurrente que eso, Juan.

—Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión más baja que la depresión”.

Alatorre, su paisano de Jalisco, describe en “La persona Juan Rulfo” algunos pasajes de su vida, incluso de su genealogía. Los abuelos y los padres fueron personas pudientes en su época. Lamentablemente, al nacer, las escaramuzas de la Revolución no se habían apagado y pronto, en su niñez y por su rumbo, se desató la revuelta cristera (1926-1928) donde su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado. Poco después murió María Vizcaíno, su madre, y el niño terminó, como sus hermanos, en un orfanato. En la frialdad de aquel espacio comenzó a leer, lo mismo que en el seminario, donde estuvo un tiempo hasta que lo enviaron a la ciudad de México a vivir con un tío militar. En la capital, el tío le consiguió un trabajo menor en Migración, donde coincidió con el escritor Efrén Hernández, quien detectó que su amigo Juan leía y escribía, y lo estimuló a mostrar sus cuentos. Con reticencia, Rulfo aceptó publicar un primer relato. Nuestro autor volvió a Guadalajara como empleado de Migración, y allí se encontró con sus paisanos Arreola y Alatorre, quienes le arrancaron otros dos cuentos. Al retornar a México, consiguió otra ocupación, el de la Goodrich Euzkadi, como vendedor de neumáticos de ciudad en ciudad por muchos lugares del país. Por entonces ya se había casado con Clara Aparicio, y ya tenía hijos. Al dejar esa empresa, agarró otro pequeño empleo en la Secretaría de Gobernación, y al entrar la década de los cincuenta obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde escribió Pedro Páramo.

En revistas publicó algunos adelantos de su novela aún no con el nombre definitivo. El título tentativo más famoso fue “Los murmullos”, e incluso hubo un momento en el que Comala no se llamó así, sino Texcacuesco, y Susana San Juan llevó un nombre distinto y muy extraño para el tono de la historia: Susana Foster. El 16 de marzo de 1985, Excelsior publicó un texto de Rulfo que recuerda detalles de la escritura de Pedro Páramo, cuando era becario del CME:

“En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”.

Cuando la terminó y comprometió su edición con el Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que dar forma definitiva al libro. Se dice que le podó decenas de cuartillas, y que fue Arreola quien lo ayudó a organizar la versión definitiva. Al salir al mercado, poco a poco, la vida de Rulfo pasó al estrellato, a la visibilidad, pero él no pudo abandonar su personalidad huidiza y hasta apocada. Lo esperaban muchas entrevistas, el asedio de la crítica, los reflectores, los viajes, la molestia del asedio.

Nota. Fragmento de la conferencia titulada “Comala está de fiesta. Pedro Páramo cumple 70 años” que se celebró en la cafebrería La Tinta, Torreón, el 26 de noviembre de 2025.

miércoles, noviembre 19, 2025

Sobre la carta


 






En el diálogo que mantengo con Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, dos de mis corresponsales (así se les llamaba a las personas con las que dialogábamos epistolarmente antes de que la palabra fuera acaparada por el periodismo con el fin de designar al reportero encargado de cubrir, a lo lejos, los acontecimientos para un medio: corresponsal), nos referimos hace poco, aunque algo de pasada, a los libros que recogen cartas cruzadas entre escritores. Como soy medio fanático de tales compilaciones, generalmente abordadas por académicos que las prologan y anotan, he reseñado libros con correspondencia y he reflexionado también sobre la idea ceñida a estas preguntas: ¿qué pasará dentro de diez, veinte, treinta años o más con la correspondencia de los escritores? ¿Habrán dejado cartas que a la postre puedan convertirse en libros prologados y anotados?

Mi respuesta es que no, que el chat aniquiló la posibilidad. Los libros de este tipo son viables en función del soporte, del papel en el que quedaron asentados los diálogos epistolares. Alguien oportunamente dirá que su generación es posible con los mails, y tendrá razón. Todavía hasta 2010 o poco más, el mail servía como sustituto de la carta física, y allí uno, aunque menos que en la carta de papel, se extendía en consideraciones más o menos atendibles como narración. Lo malo de las cartas electrónicas es que muchas veces el usuario muere y no deja contraseñas, o si las deja, a veces es tanto lo que se guarda en las bandejas que torna casi sobrehumano meterse a indagar y reconstruir miles de mensajes. Este problema no es tan agudo en las cartas de papel, sobre todo porque no suelen ser tantas.

Doy une ejemplo breve de carta de mail. Con mi amigo David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, 1927-Tucumán, 2010) me escribí mucho durante diez años. Parte cuantiosa, la primera, de esa correspondencia desapareció cuando perdí una cuenta de correo electrónico, pero queda mucho guardado en una bandeja de otra cuenta. Nos escribíamos cartas amplias, parecidas a las de papel. En el último mensaje que me envió, tres días antes de su muerte, comentó en uno de los párrafos una de mis columnas:

“Me gustaron tus referencias sobre el tango, aunque al fin no nos enteramos de cuáles son los cinco de tu preferencia. Y es que no sé si se puede elaborar tal lista sin dejar fuera a composiciones insignes. En ninguna lista elaborada por mí, por ejemplo, podría faltar ‘Naranjo en flor’ (de los hermanos Espósito); y no sabría cómo hacer entrar —sin perjuicio de otros textos literarios y musicales igualmente valiosos— ‘La casita de mis viejos’ (Cadícamo y Cobián), ‘Por la vuelta’ (ese inolvidable ‘Afuera es noche y llueve tanto...’), también de Cadícamo, pero con otro compositor, y hasta ‘El último café’, cuyos autores no recuerdo en este momento. ¿Y ningún Manzi, y ningún Gardel? Es muy difícil elaborar estas selecciones. Tal vez mejoraríamos un poco la actuación si habláramos de ‘los diez’, y no de ‘los tres’ o ‘los cinco’”.

Ya no pude responderle, pero es evidente que esta consideración parece (es) de carta de papel, no de chat, y podría, por qué no, rescatarse como la he rescatado aquí.

sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.

sábado, octubre 25, 2025

Asedios de Antonio Alatorre


 











Alguien, no sé quién, le prestó o le regaló a Gilberto Prado Galán la voluminosa edición de lujo, no venal y publicada por Bancomer (1979), de Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco, 1922-Ciudad de México, 2010).  Era entonces, cuando Gil me lo mostró, esto hacia mediados de los ochenta, un libro inencontrable, fuera de comercio, así que nomás pude verlo un instante aquella vez. Recuerdo que mi amigo lo manejaba con veneración, como se trata a los libros que de alguna manera cambian la vida.

Varios años después me topé con la primera edición ya comercial publicada por el FCE (México, 1989). Como nunca olvidé los elogios de Gilberto al magnífico trabajo del maestro Alatorre, lo compré, lo leí y lo reseñé como lo que es: acaso el mejor libro de divulgación escrito por un mexicano sobre la historia de nuestra lengua. Es, desde que pude leerlo, una obra entrañable para mí tanto como sentí que lo fue para Gilberto, y con el correr de los años lo he recomendado machaconamente sobre todo a mis alumnos de talleres literarios para que conozcan, muy bien contada, la historia de su herramienta de trabajo: el español. Y algo más: luego conseguí una edición más del mismo libro publicada por la SEP y la original en una librería de viejo, la lujosa edición destinada a los clientes de Bancomer, aquélla que sólo vi por encimita y me anotició sobre la existencia de este documento espléndido.

Por lo anterior, desde hace casi cuarenta años tengo respeto por la figura de don Antonio Alatorre. Además del libro capital ya mencionado, de él he leído ensayos sueltos en revistas académicas, la mayoría sobre literatura barroca y autores del Siglo de Oro, su especialidad. Recién sumé Ensayos sobre crítica literaria, libro publicado por El Colegio de México en 2012 (México, 193 pp), y me parece que sus nociones sobre el acto crítico son más que atendibles por quienes además de leer aspiran a enhebrar algún comentario o idea sobre lo leído o respetan tanto la creación literaria como la crítica que sobre ella se ejerce.

Contiene una docena de asedios a otros tantos problemas de la crítica literaria, varios de los cuales fueron escritos para ser presentados en congresos, coloquios o mesas redondas, de modo que para bien acusan, pese a la densidad de algunas ideas allí planteadas, dejos de la exposición oral que les dio origen. Al parecer, y esta sensación se reafirma varias veces en el libro (“no quiero aumentar el ya enorme cerro de lo prescindible”), Alatorre no asigna gran valor a estas páginas, pero sin duda son esclarecedoras si pensamos en la excelencia de su labor crítica. Apenas abre, comparte esta idea: “Para mí, por ejemplo, si se trata de un soneto de Garcilaso de la Vega, lo importante es entenderlo, y entenderlo no así como así, sino en su ser mismo, en su todo y en sus partes, con su sustancia y su ornamento, su mensaje y su estructura; entenderlo como lo entendían los contemporáneos de Garcilaso, y aun Garcilaso mismo”. Comprender íntegramente lo que un texto fue para su autor y sus contemporáneos es uno de los ejes de la crítica, y esto es ya una noción muy de tener en cuenta.

Asimismo, Alatorre sabe que su trabajo como docente y enjuiciador de obras literarias tiene la función de enlace: “El buen crítico no estorba, sino ayuda, y su misión, entre otras cosas, es de índole pedagógica”, ya que “El crítico es un lector, pero un lector más alerta y más ‘total’, de sensibilidad más aguda: las cualidades de recepción del lector corriente están como extremadas y exacerbadas en el lector especial que es el crítico”, y “Las impresiones que en el lector ordinario son difusas e imprecisas, se dan organizadas, coherentes y luminosas en el crítico”. Por todo, “La crítica es la formulación de la experiencia del lector. Pone en palabras lo que se ha experimentado con la lectura”.

Alatorre despliega en la mesa el papel fundamental de la lectura atenta, base del ejercicio crítico que se convierte a su vez en escritura y luego se vuelca a los lectores: “el crítico literario es un lector que no se guarda para sí mismo su experiencia (…) la pone a la luz, la hace explícita, la examina, la analiza, se plantea preguntas acerca de ella”. Uno de los temas salientes de este libro es la discordia entre las herramientas críticas de Alatorre y las que irrumpieron con las nuevas corrientes del análisis. Esto lo puso en aprietos, pues por iniciativa propia o ante la inquisición de los demás, tuvo que opinar aunque no lo quisiera: “que el diccionario de términos imprescindibles que un foco neo-académico preparaba no hace mucho para uso de críticos modernos rechace ‘emoción’, ‘imaginación’, ‘belleza de lenguaje’, ‘coherencia’, ‘fuerza de convicción’ o ‘sensación de vida’ y en vez de eso incluya ‘intertextualidad’, ‘red actancial’, ‘red actorial’, ‘reducción accional’ y cosas por el estilo, ya no me es tan indiferente”. Lo resolvió tratando de demostrar que aunque a veces quedaba lejos de ese tipo de expresión nueva, era viable discernir entre los nuevos críticos brillantes de los charlatanes que se valieron, ignoro si todavía es así, de jergas intragables para descifrar textos literarios.

Entre los temas de Ensayos sobre crítica literaria más interesantes están tres: su análisis sobre Menéndez y Pelayo (“es doloroso ver a Menéndez Pelayo aceptar el punto de vista católico retardatario y no el punto de vista católico ilustrado”), imperdible por lo que significó para la lengua española el crítico santanderino; su debate contra nuestro paisano Evodio Escalante para esclarecer los valores o antivalores de la nueva crítica, y su crítica a la comisión para la defensa del español creada sexenios ha, pues “el español se defiende solo” (“Yo dediqué dos de mis conferencias del Colegio Nacional a cuestionar los presupuestos y las metas de esa Comisión, y aun su ser mismo, y las habría publicado si la cruzada nacionalista hubiera seguido adelante, con ganas de que sus organizadores, Fernando Solana y Eliseo Mendoza Berrueto, se dieran tiempo para dialogar conmigo, aunque fuera para reducir a polvo mis críticas. Pero no: la campaña no traspuso la frontera del sexenio”).

Hace una semana comenté a las carreras un libro de la gran Margit Frenk. Hoy comparto aquí este otro sobre un libro de su marido, don Antonio Alatorre, uno de los críticos literarios, filólogos e historiadores del español al que debemos tener siempre en la mira, leerlo.

Nota. Como dato curioso y postreseña, la relación Antonio Alatorre-Gilberto Prado Galán que ocupa anecdóticamente el primer párrafo de este comentario se extendió a una coincidencia en sus cronologías: ambos murieron un 21 de octubre; Alatorre del 2010 y Prado Galán del 2022. Que este apunte sirva un poco para recordarlos con la admiración que me merecen.