Es imposible pensar en la repercusión de los dos famosos libros (El Llano en llamas y Pedro Páramo), y sobre todo de la novela que en este 2025 cumple
70 años, sin aproximarnos al enigma Rulfo. Como ocurre con todo lo que se
refiere a él, hay muchos testimonios de quienes lo conocieron y lo trataron. Me
ciño por ahora a dos: el de Elena Poniatowska en el libro ¡Ay vida, no me mereces!, y a la conferencia “La persona Juan
Rulfo”, de su coterráneo Antonio Alatorre. Para empezar, es un hecho que Rulfo
fue un sujeto tímido, retraído, callado y por ello enigmático. Carballo, en una
entrevista de 2006, apunta que en esa manera de ser se basó buena parte del
éxito alcanzado por el personaje Rulfo:
“Rulfo no se
dedicaba a promoverse. Rulfo le tenía miedo a la fama. Al final le daba gusto,
pero él no ayudó a hacer su fama, más bien se escondía de la fama y eso le cayó
muy bien a la gente. El huir de la promoción fue lo que le cayó bien a la
gente: el escritor humilde y talentoso. Era hábil, y con eso hizo más
propaganda sin hacer propaganda. Muchas gentes, como Fuentes, como Paz, hacían
mucha publicidad y no tuvieron la ventaja que tuvo Rulfo. El escritor sencillo,
huraño, que escribió un libro”.
Poco antes de
morir, a Poniatowska le hizo este comentario luego de que ella lo elogia:
“—Me refería a que tú eres un gran escritor.
—Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es
el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.
—Eres más ocurrente que eso, Juan.
—Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no
me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra
el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la
depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión
más baja que la depresión”.
Alatorre, su paisano de Jalisco, describe en
“La persona Juan Rulfo” algunos pasajes de su vida, incluso de su genealogía.
Los abuelos y los padres fueron personas pudientes en su época.
Lamentablemente, al nacer, las escaramuzas de la Revolución no se habían
apagado y pronto, en su niñez y por su rumbo, se desató la revuelta cristera
(1926-1928) donde su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado. Poco después
murió María Vizcaíno, su madre, y el niño terminó, como sus hermanos, en un
orfanato. En la frialdad de aquel espacio comenzó a leer, lo mismo que en el
seminario, donde estuvo un tiempo hasta que lo enviaron a la ciudad de México a
vivir con un tío militar. En la capital, el tío le consiguió un trabajo menor
en Migración, donde coincidió con el escritor Efrén Hernández, quien detectó
que su amigo Juan leía y escribía, y lo estimuló a mostrar sus cuentos. Con
reticencia, Rulfo aceptó publicar un primer relato. Nuestro autor volvió a
Guadalajara como empleado de Migración, y allí se encontró con sus paisanos
Arreola y Alatorre, quienes le arrancaron otros dos cuentos. Al retornar a
México, consiguió otra ocupación, el de la Goodrich Euzkadi, como vendedor de
neumáticos de ciudad en ciudad por muchos lugares del país. Por entonces ya se
había casado con Clara Aparicio, y ya tenía hijos. Al dejar esa empresa, agarró
otro pequeño empleo en la Secretaría de Gobernación, y al entrar la década de
los cincuenta obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde escribió Pedro Páramo.
En revistas publicó algunos adelantos de su
novela aún no con el nombre definitivo. El título tentativo más famoso fue “Los
murmullos”, e incluso hubo un momento en el que Comala no se llamó así, sino
Texcacuesco, y Susana San Juan llevó un nombre distinto y muy extraño para el
tono de la historia: Susana Foster. El 16 de marzo de 1985, Excelsior publicó un texto de Rulfo que
recuerda detalles de la escritura de Pedro
Páramo, cuando era becario del CME:
“En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”.
Cuando la terminó y comprometió su edición con
el Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que dar forma definitiva al libro. Se
dice que le podó decenas de cuartillas, y que fue Arreola quien lo ayudó a
organizar la versión definitiva. Al salir al mercado, poco a poco, la vida de
Rulfo pasó al estrellato, a la visibilidad, pero él no pudo abandonar su
personalidad huidiza y hasta apocada. Lo esperaban muchas entrevistas, el asedio
de la crítica, los reflectores, los viajes, la molestia del asedio.
Nota. Fragmento de la conferencia titulada “Comala está de fiesta. Pedro Páramo cumple 70 años” que se celebró en la cafebrería La Tinta, Torreón, el 26 de noviembre de 2025.

