sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.