En mi memoria se había sedimentado un recuerdo
muy simple y borroso, casi casi nada. Sabía vagamente que a principios de los
setenta nuestro país fue sede del Mundial de futbol femenil, y que con
nuestra selección jugó una joven apellidada Rubio, la Peque, hermana de Sergio Rubio, jugador de primera división al que
motejaron el Peque por su famosa
hermana. No más que esta flaca información guardaba en mi cabeza, tres o cuatro
pálidos datos que equivalen a nada.
El martes 2 de junio me abrió el cráneo de un
hachazo. Vale contar esto como crónica. Andaba yo husmeando entre los anaqueles
de la librería del FCE Octavio Paz, de la Ciudad de México. Unos minutos
después de que llegué entró en tropel un grupo de señoras con la playera de
nuestra selección, la verde, la más representativa, la de manga larga y en el
pecho el calendario azteca impreso con acabado marca de agua. Como en muchos
lugares he visto que llegan contingentes deportivos uniformados, pensé que las
señoras eran eso: deportistas de la tercera edad en viaje de competencia, de ésas
que creo organiza el DIF. De reojo vi que eran más de diez, quizá quince, y que
en el centro de la librería, una especie de ágora disponible para
presentaciones de libros, se colocaron como equipo de futbol para una foto. Yo
seguía en lo mío, buscando libros, calculando precios, leyendo contratapas,
desentendido del contingente verde de señoras y su foto grupal.
Pasado un rato, y ya algo cansado de recorrer
los pasillos de la librería, vi una silla despejada al lado de las cuatro o
cinco señoras que se habían tomado la foto en equipo y no se habían alejado. Me
acerqué, dije buenas tardes y pedí permiso para sentarme. Al lado mío quedó una
señora y le pregunté por urbanidad que si iban a participar en un torneo. Me
respondió que no, que eran las seleccionadas mexicanas que participaron en los
mundiales femeniles de Italia 70 y México 71, y que estaban en la librería para
hacerse una foto promocional del libro Pioneras.
La historia que cambió el futbol mexicano (FCE, México, 2026, 80 pp.).
La respuesta me aturdió, pues de golpe me vi
ante una historia que sospeché excepcional. Pronto me di cuenta de que lo era:
estaba frente a varias heroínas que en efecto cambiaron algo no pequeño en
México: con su iniciativa y pundonor establecieron que las mujeres querían y
podían jugar futbol, que eran capaces de saltar al rectángulo verde y desahogar
un juego vistoso y eficaz. Sin pensarlo, con las cinco que quedaban a la mano,
acordé que no se movieran de donde estaban, corrí a pagar un ejemplar del libro
para que me lo dedicaran y les pedí una foto. Afectuosas, las exfutbolistas de
nuestra selección sonrieron a la cámara y luego estamparon sus firmas en la
primera página del libro. Me sentí, me siento orgulloso de esa imagen y de las
firmas.
Allí mismo andaban dos de las coordinadoras del
libro: Jéssica Arreola e Ingrid Bravo, a quienes felicité por la iniciativa de
rescatar la historia de nuestras futbolistas. Les prometí unas mínimas
palabras, que son éstas, sobre Pioneras,
su libro, el “cómic documental” que recoge apretadamente, con textos e
imágenes, el pasado de una selección que fue hito del futbol internacional. ¿Y
por qué hito? Pues porque participó en los dos primeros mundiales y en ambos
conquistó un lugar destacado, nada menos que el tercero y segundo lugares en
las competiciones de Italia y México, respectivamente.
El libro avanza desde la configuración del
grupo hasta los logros mundialistas, y en medio las dificultades para conseguir
hasta lo básico, como los uniformes y la bandera nacional, los pasajes de avión
y el auspicio de las estancias. La historia es doblemente heroica por eso: las
seleccionadas jugaban con todo en contra, sin apoyo institucional, pues la FIFA
no validó los dos mundiales.
Pese a esto, y sólo con algunos magros
patrocinios privados, las jóvenes del representativo tricolor sacaron adelante
sus competiciones con garra y motivaron el respeto de la afición.
El “cómic documental” avanza pues cronológicamente.
Lo hace con una mirada que no personaliza en ninguna jugadora, sino que toma al
equipo como protagonista de la proeza deportiva, porque así ocurrió. En las
páginas hay un marcado énfasis en el ninguneo que las jóvenes recibieron de los
hombres de pantalón largo, quienes pese a que nuestras deportistas llegaron a
la final en México y llenaron el Azteca contra Dinamarca, pagaron a las
seleccionadas con un menosprecio amparado en falacias machistas, nula
gratificación económica y, a la postre, un olvido que por largo tiempo ha sido
ejemplo acabado de miserabilidad.
Gracias al trabajo de Jessica Arreola, Ingrid
Bravo, Sergio Campos. Olga Mayoral y Francisco de la Mora (ilustrador), el
olvido comienza a ver caer sus brumas para dar a las seleccionadas el sitio que
merecen: ser pioneras de una práctica que con la actual LigaMx femenil nos ha
demostrado el enorme potencial de las mujeres a la hora de trabajar con el
balón de futbol.
El FCE ha hecho muy bien al mostrar de una
manera sintética y eficaz, para todo potencial lector, la historia de unas
jóvenes que soñaron y dieron al país un orgullo que ya no debe ser marginado,
sino ocupar con justicia el centro de nuestros mejores recuerdos deportivos.
Jessica Arreola es internacionalista e
investigadora en derechos humanos. Desde 2014 ha trabajado en temas de justicia
de género e interseccionalidad, con el propósito de impulsar la reflexión sobre
la desigualdad. Desde hace tres años colabora con Antifaz, donde desarrolla
pódcasts sobre defensa del territorio, justicia racial y derechos humanos. Si
hay una historia de justicia social, probablemente Jessica ya la está
investigando.
Ingrid Bravo es arquitecta y apasionada del
futbol, aunque su verdadera especialidad es armar equipos dentro y fuera de la
cancha. Lleva ocho años trabajando en el sector social, impulsando proyectos
que promueven la participación de mujeres en el deporte como herramienta de
transformación social. Cree firmemente que un buen pase puede cambiar un partido
y también una comunidad.
Sergio Campos es productor de audio y
tallerista en Antifaz desde hace cinco años, con especialidad en temas sociales
y derechos humanos. Ha producido y colaborado en más de veinte programas de
radio y pódcasts. Nació en Iztapalapa, es neurodivergente, tiene un oído fino
para detectar tanto errores de sonido como injusticias y siente un amor
incomparable por el Tigres femenil.
Olga Mayoral es comunicadora estratégica,
amante de los buenos mensajes, con experiencia en la promoción de la igualdad y
los derechos humanos en España, los Estados Unidos y México. Actualmente es
directora de comunicación de Creatura, donde coordina la producción y el
contenido, transformando conceptos complejos en ideas que conectan y brillan.
Francisco de la Mora es creador de cómics. Su trabajo abarca desde formatos de una sola página hasta novelas gráficas completas. Entre sus proyectos destacan la adaptación gráfica en ocho volúmenes de la Breve historia mínima de México y la pieza mensual que realiza para el periódico The Hackney Citizen desde 2018.



