No es posible acumular cerca de 400 goles sin un repertorio misceláneo de habilidades en el área rival. Es el caso de Didier Drogba (Abiyán, Costa de Marfil, 1978), uno de los más grandes rematadores africanos de la historia. Pasó por varios clubes, terminó su carrera en la MLS, y el Chelsea fue el equipo donde sumó más reconocimientos. Como buen africano, era un jugador físico, fuerte y con velocidad endemoniada. La mayor parte de sus goles cayeron en primera jugada, lo que denota un oportunismo y una fiereza de tigre. Pero, como queda dicho, su menú de recursos aglutinó remates de cabeza, disparos cruzados con ambas piernas, tiros libres directos, llegadas de atrás a todo tren y goles no muy vistosos, producto de jugadas riñonudas. Es, por sus logros, el más grande futbolista de su patria, donde es el máximo goleador. De hecho, sumados todos sus tantos en las categorías y los equipos que lo alinearon, la cifra roza los 500. Pese a lo dicho, hay una jugada drogbeana, por decirlo así: apenas afuera del área recibe de espalda con el defensor pegado a él, se da la vuelta y saca, sin ver, un tiro potente. Vaya delantero implacable.

