Texto leído el 9 de junio en la Casa del Libro UNAM durante la presentación de Área penal, el futbol en tiempos de la globalización (Federico Fernández Christlieb, Samuel Ortiz Pérez, Cristina Romera Tebar y Pedro Sergio Urquijo Torres, Instituto de Geografía, UNAM, 2026, 331 pp.). Lo reproduzco con autorización del autor.
Por un esférico no global
Marcial Fernández
La
geografía es el ámbito en donde estamos parados.
Deriva
del griego clásico “geo”, tierra, y “graphia”, raspar grabar, dibujar,
escribir. Para Eratóstenes, que fue el hombre que midió la tierra en el siglo
III a. C. con la sombra de dos palos y el sol, la geografía es la
representación gráfica del planeta.
Esa
imagen, la del sol y dos palos para medir la tierra, recuerda lo fácil y las
pocas necesidades que presenta el futbol para jugarlo. La palabra cascarita que
seguimos utilizando en México para referirnos a ese juego en las calles,
parques y con mínimas reglas, no requiere, desde que se empezó a practicar en
los llanos, nada más que una cáscara de una toronja, calcetines para rellenar
lo que se convertirá en la pelota (el sol), y dos objetos (los palos o lo que
sea) que marquen la portería. Lo demás son amigos y amigas que quieran ser de
nuestro equipo o del contrario.
¿Qué
quiere decir esto?
A
partir del entendimiento de cualquier fenómeno terrestre, ya lo podemos
abordar, por ejemplo, desde la antropología, la sociología, la economía e,
incluso, la literatura.
Área penal, el futbol en
tiempos de la globalización no se trata de un libro literario.
¿Por qué digo esto? Porque cuando Fede me invitó a presentarlo, me pidió que lo
leyera desde una perspectiva literaria que, se supone, es mi especialidad.
Así
lo hice y, aunque el título, Área penal,
es un juego literario que determina, sí, un espacio concreto adentro del, valga
la redundancia, terreno de juego, también determina un espacio metafórico
—afuera del espacio meramente terrenal, nada lúdico— que en la actualidad crea
nuevos reglamentos que poco aportan al juego, transformándolo en un espectáculo
que aspira por imposición al gusto estadounidense, en un negocio
hiperneoliberal, en una mala sentencia de esta época que, de manera
totalitaria, es de lo que habla el libro.
Los
diecisiete capítulos que lo conforman, más prólogo, introducción, epílogo,
referencias, etcétera, son, pues, literales, no literarios, aunque estén bien
escritos y, una cosa importantísima, los editores respetaron la grafía de cada
escritor o escritora según su medio geográfico, pues aunque futbol sin acento
pareciera lo mismo que fútbol con acento, este mínimo detalle da una tilde de
identidad a sus autores o autoras.
¿Que,
por qué es importante?
Porque
en estos tiempos, la llamada Inteligencia Artificial está acabando con esas
diferencias o, lo que es peor, el día que IA nos quite la titularidad en
nuestros equipos, correremos la misma suerte que el personaje Juan Polti, quien
no es otro que Abdon Porte, “el Indio”, del Nacional de Montevideo que, en
1918, se suicidó a los 27 años en un campo de futbol y que Horacio Quiroga
inmortalizó en el primer cuento de tema futbolístico “Juan Polti half-back”, en 1919, en la revista Atlántida.
La
diferencia entre la ciencia y la filosofía está en su manera de preguntar. La
ciencia explica el cómo; la filosofía, el por qué. Y ciertamente la geografía
está más cercana a la ciencia en el momento en la que el geógrafo, la geógrafa,
escriben un estudio de tal o cual tema. De suerte que en este libro cuentan, de
manera sesgada —sólo en la ciencia pura existe la objetividad, no en sus
derivados— qué sucede en este deporte en distintos ámbitos y latitudes.
El
sesgo del que hablo, sin embargo, no es peyorativo. Y no lo es porque la
información y la manera de darla no apela a una verdad universal, pero sí a una
subjetividad que, como tal, surge de manera natural y con argumentos sólidos
frente a los contrargumentos. Pero, aclaro, no seré yo quien debata los
discursos de Área penal, sino, desde
mi deformación literaria, mencionaré lo que me evocaron algunos pocos de sus
ensayos como una invitación a que otros lectores debatan con las autoras,
autores intelectuales de dicho trabajo.
El
capítulo sobre el futbol surgido de comunidades indígenas de Ecuador, por
ejemplo, me recordó una anécdota harto conocida que linda entre lo mítico y lo
real. La tregua del 24 de diciembre de 1914 entre soldados alemanes “versus”
británicos y franceses, que salieron de sus trincheras en los campos de Flandes
para jugar un partido de futbol, situación que derivó en películas, libros,
canciones, etcétera. Robert Graves, por cierto, tiene un cuento muy bueno
llamado “Tregua de Navidad”.
También
iba a decir que me evocó la vez que Nigeria y Biafra, en plena Guerra Civil a
finales de los sesenta, pactaron una tregua para ver jugar a Pelé, pero no la
evoco porque se trata de un mito no urbano, sino global, un mito que como tal
nunca sucedió.
El
capítulo de la incursión de Arabia Saudita en el futbol profesional me llevó, “ipso
facto”, a la novela Sumisión, de
Michel Houellebecq, que habla de las implicaciones del mundo musulmán en el
actual y futuro París. Por lo que les recomiendo la lectura del ensayo y la
irónica y mordaz propuesta literaria, porque uno puede llevar a la otra y
viceversa.
La
entrevista a Honey Thaljieh, futbolista palestina, me invocó un libro divertido
y terrible a la vez, Antes que anochezca,
de Reynaldo Arenas, quien vivió el exilio en su propia isla, Cuba, en lo que lo
importante no es ganar el partido, sino jugarlo por doloroso que resulte, pues
en el juego se encuentra el antídoto contra los infiernos que imponen los que
ganan, sean de un bando u otro.
Del
ensayo de Federico y Félix Fernández no voy a decir palabra, so precaución de
que me venza la subjetividad a ultranza, pues además bordan un análisis sobre
el equipo en el que yo hubiera jugado de haber tenido el talento para hacerlo,
mientras que el ensayo sobre el Pachuca me dejó la misma sensación de cuándo
leí El retrato de Dorian Gray, de
Oscar Wilde, en el sentido de las contracaras de una misma moneda.
Otros
trabajos con referentes insoslayables en esta época, como los del feminismo y
sus vicisitudes, me trajo a la mente “El león de Bongor”, escrito hace años por
el actual embajador de México en Etiopía, Alejandro Estivill, en una antología
llamada También el último minuto. Cuentos
de futbol, por la coherencia del movimiento —sobre todo el del equipo
Barcelona femenil— y los resultados sorpresivos que han dado.
El
ensayo sobre las militancias políticas en las tribunas se lee como Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis
Stevenson, aunque desindividualizar al individuo para convertirlo en una
creencia, sea de un lado o de otro, me parece simplemente anecdótico y, para
hacer contrapunto, es suficiente recordar una frase de Maradona: “La pelota no
se mancha”.
La lectura de otros ensayos me hizo pensar en sistemas de castas —más que de racismos, aunque también los hay— desde el nacimiento del futbol en Londres hasta nuestros días en cualquier parte del planeta, las luchas por el poder que este deporte conlleva, las imposiciones trasnacionales e inclementes de la FIFA al futbol profesional —ajenas al sentido común o a la lógica más simple—, que merecerían ponencias para tratar cada tema en específico, lo que me obligaría a hablar del Quijote, de la Divina comedia, de Madame Bovary, del Tambor de hojalata o de otras obras de la literatura universal, pues lo que sucede en un campo de futbol, en una geografía que no es cualquier geografía, sino el reflejo vivo de lo que somos y de lo que queremos ser y, en este libro, Área Penal, el futbol en los tiempos de la globalización, marca, sí, lo que deseamos y, de manera sesgada, lo que definitivamente no deseamos para este juego ni para nosotros mismos.

