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martes, junio 09, 2026

Por un esférico no global


 












Texto leído el 9 de junio en la Casa del Libro UNAM durante la presentación de Área penal, el futbol en tiempos de la globalización (Federico Fernández Christlieb, Samuel Ortiz Pérez, Cristina Romera Tebar y Pedro Sergio Urquijo Torres, Instituto de Geografía, UNAM, 2026, 331 pp.). Lo reproduzco con autorización del autor.

Por un esférico no global

Marcial Fernández

La geografía es el ámbito en donde estamos parados.

Deriva del griego clásico “geo”, tierra, y “graphia”, raspar grabar, dibujar, escribir. Para Eratóstenes, que fue el hombre que midió la tierra en el siglo III a. C. con la sombra de dos palos y el sol, la geografía es la representación gráfica del planeta.

Esa imagen, la del sol y dos palos para medir la tierra, recuerda lo fácil y las pocas necesidades que presenta el futbol para jugarlo. La palabra cascarita que seguimos utilizando en México para referirnos a ese juego en las calles, parques y con mínimas reglas, no requiere, desde que se empezó a practicar en los llanos, nada más que una cáscara de una toronja, calcetines para rellenar lo que se convertirá en la pelota (el sol), y dos objetos (los palos o lo que sea) que marquen la portería. Lo demás son amigos y amigas que quieran ser de nuestro equipo o del contrario.

¿Qué quiere decir esto?

A partir del entendimiento de cualquier fenómeno terrestre, ya lo podemos abordar, por ejemplo, desde la antropología, la sociología, la economía e, incluso, la literatura.

Área penal, el futbol en tiempos de la globalización no se trata de un libro literario. ¿Por qué digo esto? Porque cuando Fede me invitó a presentarlo, me pidió que lo leyera desde una perspectiva literaria que, se supone, es mi especialidad.

Así lo hice y, aunque el título, Área penal, es un juego literario que determina, sí, un espacio concreto adentro del, valga la redundancia, terreno de juego, también determina un espacio metafórico —afuera del espacio meramente terrenal, nada lúdico— que en la actualidad crea nuevos reglamentos que poco aportan al juego, transformándolo en un espectáculo que aspira por imposición al gusto estadounidense, en un negocio hiperneoliberal, en una mala sentencia de esta época que, de manera totalitaria, es de lo que habla el libro.

Los diecisiete capítulos que lo conforman, más prólogo, introducción, epílogo, referencias, etcétera, son, pues, literales, no literarios, aunque estén bien escritos y, una cosa importantísima, los editores respetaron la grafía de cada escritor o escritora según su medio geográfico, pues aunque futbol sin acento pareciera lo mismo que fútbol con acento, este mínimo detalle da una tilde de identidad a sus autores o autoras.

¿Que, por qué es importante?

Porque en estos tiempos, la llamada Inteligencia Artificial está acabando con esas diferencias o, lo que es peor, el día que IA nos quite la titularidad en nuestros equipos, correremos la misma suerte que el personaje Juan Polti, quien no es otro que Abdon Porte, “el Indio”, del Nacional de Montevideo que, en 1918, se suicidó a los 27 años en un campo de futbol y que Horacio Quiroga inmortalizó en el primer cuento de tema futbolístico “Juan Polti half-back”, en 1919, en la revista Atlántida.

La diferencia entre la ciencia y la filosofía está en su manera de preguntar. La ciencia explica el cómo; la filosofía, el por qué. Y ciertamente la geografía está más cercana a la ciencia en el momento en la que el geógrafo, la geógrafa, escriben un estudio de tal o cual tema. De suerte que en este libro cuentan, de manera sesgada —sólo en la ciencia pura existe la objetividad, no en sus derivados— qué sucede en este deporte en distintos ámbitos y latitudes.

El sesgo del que hablo, sin embargo, no es peyorativo. Y no lo es porque la información y la manera de darla no apela a una verdad universal, pero sí a una subjetividad que, como tal, surge de manera natural y con argumentos sólidos frente a los contrargumentos. Pero, aclaro, no seré yo quien debata los discursos de Área penal, sino, desde mi deformación literaria, mencionaré lo que me evocaron algunos pocos de sus ensayos como una invitación a que otros lectores debatan con las autoras, autores intelectuales de dicho trabajo.

El capítulo sobre el futbol surgido de comunidades indígenas de Ecuador, por ejemplo, me recordó una anécdota harto conocida que linda entre lo mítico y lo real. La tregua del 24 de diciembre de 1914 entre soldados alemanes “versus” británicos y franceses, que salieron de sus trincheras en los campos de Flandes para jugar un partido de futbol, situación que derivó en películas, libros, canciones, etcétera. Robert Graves, por cierto, tiene un cuento muy bueno llamado “Tregua de Navidad”.

También iba a decir que me evocó la vez que Nigeria y Biafra, en plena Guerra Civil a finales de los sesenta, pactaron una tregua para ver jugar a Pelé, pero no la evoco porque se trata de un mito no urbano, sino global, un mito que como tal nunca sucedió.

El capítulo de la incursión de Arabia Saudita en el futbol profesional me llevó, “ipso facto”, a la novela Sumisión, de Michel Houellebecq, que habla de las implicaciones del mundo musulmán en el actual y futuro París. Por lo que les recomiendo la lectura del ensayo y la irónica y mordaz propuesta literaria, porque uno puede llevar a la otra y viceversa.

La entrevista a Honey Thaljieh, futbolista palestina, me invocó un libro divertido y terrible a la vez, Antes que anochezca, de Reynaldo Arenas, quien vivió el exilio en su propia isla, Cuba, en lo que lo importante no es ganar el partido, sino jugarlo por doloroso que resulte, pues en el juego se encuentra el antídoto contra los infiernos que imponen los que ganan, sean de un bando u otro.

Del ensayo de Federico y Félix Fernández no voy a decir palabra, so precaución de que me venza la subjetividad a ultranza, pues además bordan un análisis sobre el equipo en el que yo hubiera jugado de haber tenido el talento para hacerlo, mientras que el ensayo sobre el Pachuca me dejó la misma sensación de cuándo leí El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en el sentido de las contracaras de una misma moneda.

Otros trabajos con referentes insoslayables en esta época, como los del feminismo y sus vicisitudes, me trajo a la mente “El león de Bongor”, escrito hace años por el actual embajador de México en Etiopía, Alejandro Estivill, en una antología llamada También el último minuto. Cuentos de futbol, por la coherencia del movimiento —sobre todo el del equipo Barcelona femenil— y los resultados sorpresivos que han dado.

El ensayo sobre las militancias políticas en las tribunas se lee como Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, aunque desindividualizar al individuo para convertirlo en una creencia, sea de un lado o de otro, me parece simplemente anecdótico y, para hacer contrapunto, es suficiente recordar una frase de Maradona: “La pelota no se mancha”.

La lectura de otros ensayos me hizo pensar en sistemas de castas —más que de racismos, aunque también los hay— desde el nacimiento del futbol en Londres hasta nuestros días en cualquier parte del planeta, las luchas por el poder que este deporte conlleva, las imposiciones trasnacionales e inclementes de la FIFA al futbol profesional —ajenas al sentido común o a la lógica más simple—, que merecerían ponencias para tratar cada tema en específico, lo que me obligaría a hablar del Quijote, de la Divina comedia, de Madame Bovary, del Tambor de hojalata o de otras obras de la literatura universal, pues lo que sucede en un campo de futbol, en una geografía que no es cualquier geografía, sino el reflejo vivo de lo que somos y de lo que queremos ser y, en este libro, Área Penal, el futbol en los tiempos de la globalización, marca, sí, lo que deseamos y, de manera sesgada, lo que definitivamente no deseamos para este juego ni para nosotros mismos.

sábado, octubre 18, 2025

El Quijote de Margit Frenk

 












Margit Frenk cumplió cien años el 21 de agosto pasado. Nació hacia 1925 en Hamburgo, Alemania, y desde hace muchas décadas tiene la nacionalidad mexicana. Por la amplitud y profundidad de sus saberes y por su dilatada carrera sobre todo en la UNAM y El Colegio de México, se trata de lo que habitualmente calificamos como “eminencia”. En su larga trayectoria, la doctora Frenk acumula libros de crítica, compilaciones y traducciones que le han granjeado los más altos reconocimientos que es posible otorgar en México al quehacer académico. Fue, lo digo como dato lateral, esposa del maestro Antonio Alatorre, también notable estudioso de la literatura.

En su libro Cuatro ensayos sobre el Quijote (FCE, Lengua y estudios literarios, México, 2013, 58 pp.), Frenk pone en juego su agudeza para analizar aspectos de suyo atractivos sobre la novela de Cervantes. Lo hace con profundidad, pero sin ubicarse lejos del lector no especializado. Son, pues, asedios que sin renunciar a la hondura en el tratamiento del tema permiten al lector de a pie vislumbrar recovecos no tan evidentes del Quijote, libro que jamás agotará su capacidad de sugerencia.

Los ensayos refuerzan el deseo de claridad desde sus títulos: “El prólogo de 1605 y sus malabarismos”, “El imprevisible narrador en el Quijote”, “Alonso Quijano no era su nombre” y “Don Quijote ¿muere cuerdo?”. Insisto en que la explícita promesa encerrada en los títulos se cumple en cada pieza. Así en el primero, donde Frenk focaliza su reflexión en el más que famoso prólogo cervantino a la primera parte del Quijote. Y lo digo desde ya: creo que un común denominador en los tanteos de este libro radica en el examen de rasgos que hacen a la ambigüedad en todo lo que se relaciona con la novela sobre el esmirriado caballero andante.

El prólogo no es la excepción, y de hecho es en donde arranca el juego de Cervantes con la casa de espejos narrativa en la que ninguna afirmación puede ser entendida como certeza completa. Cada párrafo es terreno movedizo, incluso en el paratexto prólogo, habitualmente tenido como no ficcional: “Cervantes se ha encargado de que la voz que habla en el prólogo sea la suya y, a la vez, no lo sea. Al mencionar varias veces a don Quijote como si fuera un ser real, está ya con un pie metido en la por él inventada historia del caballero manchego y ‘ficcionalizándose’ a sí mismo”. En efecto, no sabemos desde allí si quien escribe las páginas liminares es el autor mismo o un personaje inventado por el autor mismo que simula ser el autor mismo: “Cervantes ha introducido en su prólogo a un personaje ficticio, con el cual finge dialogar. Así, por vía doble, ese que creíamos ser ‘Cervantes’ se nos convierte en un ente de ficción”. Este recurso no es un mero pasatiempo para desesperar al lector, sino algo más entrañable, como lo consigna Frenk: “en el Quijote nada es de manera definitiva, sino que todo está en movimiento, en una fluctuación constante, que da fe de que la realidad es inestable, cambiante, contradictoria, como lo somos los seres humanos. Por eso la ambigüedad consustancial de la obra, desde el ‘Desocupado lector’ del primer prólogo hasta las últimas palabras de la segunda parte. Ambigüedad inquietante, sí, pero que nos está trasmitiendo una idea liberadora: que no existe en este mundo una sola verdad”.

El segundo momento del libro trabaja en la misma orientación, la de la ambigüedad, en este caso sobre el narrador de la historia. ¿Quién es?, nos preguntamos a cada rato: “¿de quién es la voz del narrador en el Quijote, si no es la de Cervantes? Es de una entidad que se basta a sí misma, independiente de su autor. La crítica cervantina de las últimas décadas lo ha llamado ‘supranarrador’, ‘narrador externo’ y, más técnicamente, “narrador extradiegético-heterodiegético’”, un narrador que “entra y sale de la escena y vuelve a entrar, caprichosamente, cuando se le antoja”, de suerte que “Son infinitas las situaciones sobre las que el narrador proyecta sus dudas, con expresiones como quizá, al parecer, debía de, se cree que, dicen que, es opinión que, parece ser que…”, y otra vez parece que salimos de un mundo de certezas estables para ingresar a otro espacio igualmente incierto: “Las frecuentes expresiones dubitativas de ese narrador supuestamente omnisciente nos enfrentan a una realidad inestable, insegura”.

Los dos ensayos finales, ya lo adelanté, aran el mismo territorio: Cervantes, con malicia y no por descuido, construyó una historia en la que la realidad es como la realidad, no una, sino varias, tantas como subjetividades la perciban. Por eso la suma de dos ambigüedades más: la del nombre del Quijote, que nunca sabemos bien a bien cuál es (“no ha faltado quien se refiera a este nombre como uno más de los que se adjudican en la novela al hidalgo. Habla Laín Entralgo de ‘un hidalgo manchego del que nunca sabremos si se llamaba Alonso Quijano, o Quijana, o Quijada, o Quesada’”) y el hecho de que tampoco tengamos total certidumbre acerca de la condición en la que murió, si cuerdo o loco: “Pienso que Cervantes no sería Cervantes si en ese final de su obra hubiera renunciado a la ambigüedad, si no hubiera proyectado sobre la afirmación de la cordura de su héroe un gran signo de interrogación”, así que “cuando don Quijote habla de caballerías, enloquece; cuando habla de otras cosas, está cuerdo. Y esta antítesis perdura hasta el final”.

Dado todo lo anterior, la almendra del libro (de Frenk) está en sus énfasis sobre la inestabilidad del Quijote, el permanente coruscar de señas que llevan a un lugar que a su vez emite señas que nos traen de regreso al sitio de donde partimos o a otro distinto. Lo dicho: el Quijote es inagotable y los cuatro ensayos de la centenaria Margit Frenk han colocado cuatro piezas más en el infinito rompecabezas cervantino.

miércoles, julio 09, 2025

Voces del pasado

 









Recuerdo que hace algunos años encontré en YouTube la grabación de la voz de Francisco I. Madero. Casi inmediatamente, la de Porfirio Díaz. A principios del siglo XX, ya la fotografía estaba asentada como herramienta para capturar la realidad visual, y el cine mostraba atisbos importantes para hacer lo mismo, aunque con imágenes silentes en movimiento. Por los mismos años pre y postrevolucionarios, los aparatos para captar el sonido daban sus primeros trastabillantes pasos, y por fortuna su desarrollo técnico alcanzó a retener la voz de los personajes más importantes de aquel momento en nuestro país: la del coahuilense y la del oaxaqueño.

Al escucharlos, sentí que algo cambiaba, que merced a la posibilidad de oír sus voces ellos estaban más cerca, no a la distancia remota de los libros de texto que sirvieron para alimentar nuestra niñez con la historia oficial. Gracias a YouTube, Madero y Díaz tenían voz, una voz a la que luego no me costó poner la cara de cada uno de los sujetos que la emitía: la de Madero algo tipluda, rápida y firme, y la de Díaz ya cansada, de viejo que batalla con la respiración. Estos documentos de YouTube son asombrosos.

Otro de la misma categoría es el que podemos encontrar de un colaborador cercano a Madero: José Vasconcelos. Como sabemos, el autor de Ulises criollo se sumó de joven a la causa antirreeleccionista y, con sus bandazos ideológicos y todo, siempre guardó gran admiración por el político parrense. Ya viejo, cerca de su muerte y quizá todavía con la amargura que provocó en su ser el fraude electoral de 1929, Vasconcelos se encargó de conducir un programa de televisión. Sí, de televisión, aunque parezca absurdo decir esto.

Su título fue Charlas mexicanas, auspiciado con publicidad de la coahuilense Casa Madero y su bebida emblema: Evaristo 1°. En una mesa algo medieval, Vasconcelos aparece al centro y a sus costados lo acompañan dos invitados. Los tres tienen a la mano sendas copas de coñac y no falta que en efecto beban ante las cámaras. Pude computar al menos cinco programas: uno sobre el Hernán Cortés, otro sobre el virreinato, uno más sobre México, otro sobre Porfirio Díaz y uno más sobre el petróleo. Acompañan al filósofo y exrector de la Universidad Nacional, entre otros, el historiador Alfonso Junco y el politólogo Jorge Carrión.

Obviamente, el ritmo del programa es tieso y de estilo algo oratorio en el caso de Vasconcelos. Sea como sea, es un tremendo documento audiovisual de 1957, un milagro de la tecnología.

sábado, marzo 22, 2025

Fantasmas de Irene Vallejo

 












En los más recientes cinco años o poquito más ha estallado como granada de fragmentación el nombre de Irene Vallejo. Sé que la metáfora militar no es afortunada, pero da idea de lo ocurrido: el nombre cayó en las librerías y en los medios con un ¡boom! extraordinario, retumbo provocado sobre todo por El infinito en un junco (Siruela, 2019), libro ya reimpreso y traducido a más de cuarenta lenguas, un éxito de ventas y, lo más importante, de crítica y satisfacción del cliente, para usar una fórmula del mercado.

El infinito en un junco ha atraído la atención sobre otros libros de la autora. Todos, creo, han sido publicados originalmente en su país, para luego migrar a otros espacios como libros exportados o de reedición local. He revisado la bibliografía y creo que Vallejo sólo tiene un libro plenamente mexicano: es Los sueños de mis fantasmas (UNAM, 2023), brevísimo, de apenas 29 páginas, cantidad que incluye el prólogo de Socorro Venegas. Este título es parte de la colección “Pequeños grandes ensayos” que fue fundada, dicho sea de paso, por el maestro Hernán Lara Zavala, quien murió esta semana. Estas publicaciones son de difícil consecución en La Laguna, pero muy accesibles en la capital del país o en ferias de libro donde tiene presencia la Universidad Nacional.

Los sueños de mis fantasmas es un libro recomendable para quienes quieran acceder por primera vez a la obra de Vallejo. Sirve pues de prólogo a su trabajo como promotora de los libros y la lectura en un mundo ahora muy distraído, abotagado, por la avalancha permanente e irrefrenable de contenidos audiovisuales que pulverizan la atención hasta impedir el sosiego necesario para reflexionar sin distracción.

Vallejo expone pues, aquí, una especie de profesión de fe: la lectura, el tú a tú frente al libro, fue el camino que ella siguió para dar sentido a su vida, y fue herencia de un entorno familiar y educativo que se convirtió en cimiento y soporte de su vocación. En su prólogo, Socorro Venegas destaca que el ensayo de la escritora zaragozana se irriga con su experiencia personal y el impulso de su entorno inmediato: “En varios momentos el lector reconocerá en la prosa de Los sueños de mis fantasmas ese ejercicio memorístico al que Irene recurre en El infinito en un junco para representar cómo algo personal repercute no sólo en su educación sentimental, sino en sus decisiones vitales y en su escritura. Una historia central de El infinito en un junco es aquella donde narra los episodios de bullying sufridos en la escuela. Se burlaban porque leía, se burlaban de la ratona de biblioteca. El valor de este testimonio va más allá de lo anecdótico. La historia del libro, pergeñada por Irene Vallejo, no puede contarse sin la de los lectores”.

Más adelante, al cerrar sus palabras liminares, observa: “Como Irene se ha encargado de decir en distintos lugares, son muchos los discursos que hoy nos dividen, y por eso es tan importante que hoy se garanticen los derechos a la educación, a la lectura, con la convicción del poder compasivo, transformador y sanador de la palabra. Aquí están su ensayo y sus fantasmas para dar fe de ello”.

Los “fantasmas” a los que Venegas se refiere son pues las presencias familiares de Vallejo, además de los maestros y los autores que alimentaron su imaginación. Comienza lo que parece ser, en su origen, un discurso público, con el recuerdo de sus abuelas, quienes no pudieron hacer una carrera aunque lo desearon; luego recuerda a su madre, quien con sacrificios y sin opciones, pues deseaba seguir otra disciplina, logró hacer la carrera de Leyes. Digo que parece ser un discurso público porque Vallejo señala en un punto, como al pasar, “Quiero dedicarles a ellas este momento emocionante…”, sin que sepamos con exactitud a qué momento se refiere.

Poco después comparte su alta valoración de las Humanidades y su defensa de las artes frente al utilitarismo que las margina u obliga a ser rico para dedicarse a ellas: “Hoy nos martillean con el mensaje de que la historia, el arte, la geografía, las filologías no son útiles, que el mercado laboral no los necesita. Rechazo cualquier definición de lo útil que no incluya la belleza, la creatividad, la comunicación, los idiomas, la comprensión del mundo que fue y el que nos rodea. Necesitamos espacios donde esto se comprenda, se cultive, se enseñe”.

La autora de El infinito en un junco trae a la página un pasaje de “El licenciado Vidriera”, el relato de Cervantes, para recordar que no es nuevo el ninguneo a las letras: “El sueño de Cervantes es el nuestro. Hoy siguen diciéndonos que con las letras humanas no se gana cosa y se muere de hambre, que los oficios de las artes y la filosofía sólo conducen a penas y penurias. Aun así, el propio Cervantes nos enseñó que la justicia, la aventura, la bondad y la utopía hay que inventarlas primero y decidir vivir en ellas, como se vive en las páginas de un libro, para que alguna vez encuentren su lugar en el mundo”.

Después de apuntar que la educación es el mejor “ascensor social”, insiste en no poner en disputa a las artes contra las ciencias, pues para ella van de la mano y ambas tienen como lazo común la curiosidad, “el deseo de aprender”. Al final, la autora hace un elogio de su alma mater y en particular de la biblioteca, una “hospitalaria isla del tesoro”.

El librito se complementa con una sucinta cronología de la autora y una bibliografía mínima que traigo porque en un puñado de referencias describe su andadura bibliográfica hasta 2023: “Irene Vallejo, Terminología libraria y crítico-literaria en Marcial, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 2008; El pasado que te espera, Zaragoza, Anorak, 2010; El inventor de viajes, Zaragoza, Comuniter, 2014; El silbido del arquero, Zaragoza, Contraseña, 2015; La leyenda de las mareas mansas, Zaragoza, Comuniter, 2018; El infinito en un junco, Madrid, Siruela, 2019; El futuro recordado, Zaragoza, Contraseña, 2020; Manifiesto por la lectura, Madrid, Siruela, 2020; Alguien habló de nosotros, Barcelona, Debate, 2023".

sábado, agosto 19, 2023

Más apuntes de González Torres












Generoso como soy, en menos de un año me he obsequiado esto: leer tres libros de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964). Comencé con Las guerras culturales de Octavio Paz (El Colegio de México, México, 2014, 191 pp.), seguí con La lectura y la sospecha. Ensayos sobre creatividad y vida intelectual (Cal y arena, México, 164 pp.) y hace unas semanas di cierre a La pequeña tradición. Apuntes sobre literatura mexicana (UNAM/Equilibrista, México, 134 pp.). El primero es un ensayo académico, el segundo colinda con el ensayo de vida cotidiana (como diría José Joaquín Blanco) y el tercero podría ser ubicado sin errar en el ensayo literario próximo al retrato. Sean lo que sean y más allá de su condición genérica, los tres son libros que me depararon el gusto de leer a un escritor agudo, erudito y fino al mismo tiempo.

También poeta, González Torres ha seguido durante varias décadas un itinerario que lo destaca como crítico de nuestra literatura. Sin aspavientos, sin filias ni fobias de capilla o hígado solitario y kamikaze, su obra ha venido consignando los rasgos ocultos y sobresalientes de escritores todavía presentes y otros un tanto olvidados, como puede notarse en La pequeña tradición. Junto con su delicadeza crítica, me gusta encontrar, y por ello destacar, la pulcritud y belleza de su prosa, una prosa de ensayista que no condesciende a las jerigonzas intragables de cierta crítica ni a las anfractuosidades de estilo que hacen difícil lo sencillo nomás para apantallar incautos.

En La pequeña tradición asistimos a una mesa con 18 aproximaciones administradas en dos segmentos: “Sombras fundadoras” e “Inevitablemente modernos”. La primera contiene, como lo insinúa el adjetivo “fundadoras”, sobrevuelos en torno a escritores cuyo desarrollo se dio principalmente en la primera mitad del XX. Son (el prácticamente olvidado) Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Rubén Salazar Mallén (otro muy olvidado) y José Revueltas. La segunda parte es más amplia y contiene autores de la generación de medio siglo en adelante: Juan Vicente Melo, Alejandro Rossi, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, Gerardo Deniz, Eduardo Lizalde, Manuel Ponce (muy desconocido), Francisco Cervantes, Salvador Elizondo y Ramón Xirau.

El abanico es amplio, y lo mismo convoca a escritores todoterreno, como Reyes, que a escritores identificados con un solo género e incluso con una sola obra, como Gorostiza.

Este engarce de retratos procede como alambique: en cada pieza se ha destilado la esencia de los escritores que entran en la mirilla de González Torres. No es un repaso exhaustivo de cada uno (como ocurrió en el libro sobre Paz), sino la focalización de los rasgos que mejor ayudarían a percibir excepcionalidades ora de carácter, ora de orientación estética, ora de libros claves y ora hasta de defectos. No traigo ejemplos por falta de espacio y también porque todo el libro es bueno, claro y puntual en lo que afirma. Lo he leído con sosegado placer y para quienes gustan del ensayo literario está, como dicen los argentinos, para alquilar balcones.

sábado, julio 22, 2023

Memoria de visitantes

 











Llegué a “Francisco Cervantes: la nobleza del canto”, antepenúltimo ensayo de La pequeña tradición. Apuntes sobre literatura mexicana (UNAM, México, 2011), libro de mi admirado Armando González Torres, y el nombre del escritor analizado detonó una inquietud en mi interior. Conocí a Cervantes hace quizá más de treinta años. Fue acá, en La Laguna, región a la que el poeta queretano vino no recuerdo a qué. Recuerdo, eso sí, que le ofrecimos un ágape en la alberca lerdense y casi recién inaugurada de Ana Lucía Matouck y Luis Piña. Tras leer las puntuales palabras de González Torres lamenté no haber tenido el conocimiento ni la madurez para saber quién nos visitaba, y aprovechar mejor aquel momento. Pero no: conocí y tuve cerca una tarde al gran Francisco Cervantes sin saber que era el gran Francisco Cervantes.

Esta frustración retrospectiva me llevó a pensar en algo que quizá sea cierto: que antes recibíamos más visitantes literarios en La Laguna. Tal vez porque había más discrecionalidad en el uso de los presupuestos públicos, tal vez porque todo era menos caro, tal vez porque el mundo digital no existía y por ello no se había creado la idea de inmediatez que hoy vemos con naturalidad, el caso es que cada poco tiempo venía algún escritor de la capital y todos acá teníamos la oportunidad de escucharlo. No traigo esto a cuento para lamentar que ya no vienen a evangelizarnos, sino por hacer notar que hoy este intercambio casi no se da.

En lo personal, no creo haber aprovechado a fondo aquellas visitas, pues era joven y, como tal, no sin estupidez, autosuficiente, además de que las autoridades que los convidaban solían monopolizarlos para cenas privadas luego de las presentaciones públicas. Pese a esto, ahora veo la película del recuerdo con extrañeza, como si no hubiera sido cierto que alguna vez, en alguno de nuestros espacios culturales, no hubieran estado los escritores que a continuación menciono sin atenerme a la cronología de unas visitas que sólo podría establecerse con el socorro de la hemerografía. A todos los conocí aquí, en La Laguna, entre 1982 y, digamos, 2012.

Francisco Cervantes, Edmundo Valadés, Fernando del Paso, Sabina Berman, Vicente Leñero, Enrique Krauze, Ricardo Rocha, Elena Poniatowska, Óscar de la Borbolla, Eduardo Lizalde, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Vicente Quirarte, Paco Ignacio Taibo I y II, Hernán Lara Zavala, Carlos Montemayor, Miguel Capistrán, Arturo Azuela, Rafael Ramírez Heredia, Enrique y León Krauze, Rius, José Luis Cuevas, Gonzalo Celorio, Felipe Garrido, Ricardo Garibay, José Agustín, Sergio Fernández, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Jaime Augusto Shelley, Eraclio Zepeda, Alejandro Aura, Carlos Monsiváis, Jaime Labastida, Enrique Serna, Luis Humberto Crostwhite, Andrés Henestrosa, Saltiel Alatriste (todavía no caído en desgracia), Juan Villoro, Guillermo Samperio, Raúl Renán, Armando Alanís, José de Jesús Sampedro, Guillermo Arriaga, Federico Campbell, Adolfo Castañón, Ignacio Padilla y Bernardo Ruiz. De todos retengo, más o menos tenue, alguna anécdota o al menos qué presentaron y dónde pudimos escucharlos. Entre los extranjeros que recuerdo están Fernando Vallejo, Luis Alberto de Cuenca, Juan Gelman, Luisa Valenzuela, Noé Jitrik, Mario Bunge y Eduardo Milán.

Aunque entrevisté a algunos (Vallejo, Gelman, Garibay…) y presenté a otros (Poniatowska, Jitrik, Campbell, Taibo II, Serna, Crostwhite, Azuela, Garrido, Monsiváis…), siento que aquello me pasó de noche, como si no hubiera sido lo que fue. Supongo que así es siempre la vida: no apreciamos el presente hasta que se convierte en inevitable y opaco ayer.

sábado, enero 07, 2023

Ejercicios para la memoria

 











Entre los buenos libros que alcancé a visitar el año pasado está Mentideros de la memoria (Tusquets, México, 2022, 262 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). No es común que las dedicatorias, como paratextos por lo regular prescindibles, ofrezcan más información que un nombre o una lista de nombres cercanos a las querencias del autor, pero curiosamente en este caso nos informa que el libro fue escrito durante el periodo de confinamiento debido a la pandemia, periodo que hoy, creo, sentimos que no ocurrió hace dos años, sino mucho más lejos. Así de rápido se van los meses, los años, como también se puede sentir en un libro con el tema del recuerdo personal, en este caso el de Celorio.

Escritor y funcionario público de la cultura, Celorio es también, en la actualidad, director de la Academia Mexicana de la Lengua. Menciono estas facetas profesionales porque en Mentideros… trae al presente experiencias vividas en función de sus actividades, de modo que en estas páginas observamos las apreciaciones de Celorio en torno a personalidades del arte con las que se cruzó como escritor y funcionario.

Se podría decir que este nuevo libro de Celorio es, en su bibliografía, el más relajado y amable. No avanza cronológicamente, pues no es una memoria en sentido estricto, sino una sucesión de recortes en los que narra situaciones que por la importancia de los personajes o el valor de las anécdotas pueden ser gratos para el lector.

Son veinte piezas las que componen Mentideros... Los personajes más salientes son Arreola, Cortázar, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz, Bryce Echenique, Monterroso, Fuentes, García Márquez, Sergio Galindo, Luis Rius y Umberto Eco. De todos, Celorio nos comparte uno o varios momentos en los que tuvo la suerte, o la obligación por motivos laborales, de ver algo con ellos. Hay una hebra siempre jalada en cada apartado: la del humor, un humor que, claro está, no se desborda pero siempre está presente y es expresado con prosa pulcra, elegante. Se puede afirmar, incluso, que el fleco del humor está presente en el título mismo, pues aunque la palabra "mentidero" es definida como "Lugar donde se reúne la gente para conversar", no deja de parecer, vista a partir de su mera sonoridad, "conjunto de mentiras", como si el autor hubiera querido dejar, en esta memoria, una rendija por donde fuera viable el paso de la ficción si de antemano aceptamos que uno de los fueros del recuerdo es su inventiva.

Gracias a estas páginas vislumbramos además una época, más o menos la que va de 1960 a 1990. Debido a su trabajo como funcionario en la UNAM, en el FCE y en la AML, Celorio tuvo la oportunidad de participar, incluso como organizador, en actividades culturales cuyos entresijos, nunca ajenos a la polémica, conoció de primera mano. Así el caso de la FIL y el premio Juan Rulfo a Bryce Echenique, quien fue acusado de plagio y desató una tormenta que Celorio vio de (muy) cerca. O, también, su paso por la dirección del Fondo y la redacción del discurso que Vicente Fox leyó en Valladolid, España, sólo para cagarla al decir, frente a todo el mundo hispánico, Jorge Luis “Borgues”.

Una de las mejores piezas es, sin duda, la última, en la que asombrosamente, por su responsabilidad en la UNAM, Celorio se convirtió en guía de Umberto Eco. Porque así fue: aunque parezca increíble, el autor de El nombre de la rosa estuvo en la capital de nuestro país, dio una conferencia en la Universidad y todo terminó en un paseo con cena y tragos por el centro histórico cuyo remate no podría ser otro, muy italiano al menos por el topónimo: la Plaza Garibaldi.


miércoles, marzo 10, 2021

Rosario clásica












No ha sido olvidada, por suerte, pero es un hecho que, como sucede con tantos otros escritores mexicanos, su obra no tiene hoy la resonancia merecida. Me refiero a Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925-Tel Aviv, 1974), quien en el breve arco de 49 años pudo componer un corpus bibliográfico cuyo mérito nos obliga a tenerla presente tanto como sea posible. El FCE ha reunido en dos gordos tomos sus libros de narrativa, poesía, teatro y ensayo, paso importante para facilitar el contacto con su obra y su revaloración.

Un poco al margen de sus libros más famosos (Balún Canán, 1957; Oficio de tinieblas, 1962; Álbum de familia, 1971), es decir, los de narrativa, figura una mujer con pensamiento propio, dotada como pocas para el trato con las ideas y el arte de la crítica. Muchas de sus reflexiones gozan de cabal salud en términos de forma y fondo, como el discurso “El escritor y su público” enunciado al recibir el premio Chiapas en 1958. Al releerlo me asombró la agudeza de su mirada y su perfecta enunciación, todo ceñido apretadamente a una pregunta retórica detonante: “¿Qué es un escritor?”

Luego de explicar que no es el que padece al escribir ni el que a lo fácil suelta las palabras, apunta: “La mayoría se confunde y acepta como escritor a quien detenta este virtuosismo de recetario, pero nosotros procuraremos no caer en el error. Para el escritor auténtico, escribir es una disposición de la naturaleza a la que se añade un hábito de la voluntad. Y este hábito es una conquista del trabajo arduo, un resultado de la paciencia lúcida. Detrás de cada página tersa, de cada texto ordenado, deleitoso, nítido, se ocultan las infinitas tachaduras, los borrones inconformes, los cestos llenos de papeles desechados. El aprendizaje consume tiempo, exige sacrificios y muy frecuentemente rinde fracasos”.

Castellanos no celebra al escritor clavado como flecha en el puro estilismo, en el esteticista que sólo se desliza en la epidermis del texto o el regodeo de la palabra. Asimismo, rechaza al escritor que se deja llevar por el puro instinto: “Es un error muy aceptado suponer que el artista se circunscribe a la zona ‘sentimental, sensible y sensitiva’. Las emociones —se afirma— lo ponen en contacto con lo trascendente y en un chispazo de intuición le son revelados los misterios. Su instinto atina donde la razón tropieza. El rigor esteriliza lo que toca y es en el ocio donde madura la obra, en la improvisación donde se manifiesta (…) ¿Por qué la inteligencia había de menoscabar la imaginación, que es uno de sus agentes? ¿Por qué había de enfriar la pasión, que es una de sus condiciones?”

La autora de Mujer que sabe latín… observa que el escritor no debe apego a las inercias de una secta, y al contrario debe buscar en lo profundo de su individualidad lo que juzgue correcto, lo que crea justo. Aquí el riesgo de fracasar es muy alto, pero, apunta, quien escribe en serio acepta el desafío y persiste incluso ante el panorama más desolador: “Pero el fracaso no es grave más que cuando se convierte en ponzoña, amargura o mudez. El escritor de raza acepta el fracaso como un reto, como un puntal de su tenacidad, como una confirmación ‘a contrario’ del propio valer. Desestima el juicio de sus contemporáneos, apela a la posteridad, confía en el tamiz de los siglos y continúa escribiendo. ¿Por qué? Porque supone que el fracaso es injusto”. Cuando pasa lo contrario —como le pasaba en aquel momento a Castellanos, quien estaba recibiendo un reconocimiento—, debe ser fuerte para no ensoberbecerse: “El incienso marea, el aplauso ensordece. El hombre deja de serlo para transformarse en la caricatura de un dios; un dios demasiado vigilante de su culto, exigente de homenajes, celoso con sus fieles”.

Las citas largas tienen un propósito: demostrar per se que un texto puede tener vigencia a 63 años de haber sido creado. Y así toda la obra de Rosario Castellanos, una clásica innegable.

miércoles, febrero 10, 2021

Infinito español

 








En su siempre entusiasmante Minucias del lenguaje (FCE, México, 1996), José G. Moreno de Alba incluyó un artículo breve pero ilustrativo sobre la infinita variedad de la lengua española hablada y escrita aquí, allá y acullá. Comenzó su comentario afirmando que si bien el castellano-base llegó a América ya cuajado y no acusó cambios profundos en su fonología, gramática y léxico, es imposible pensar que se trata de un monolito impermeable a matices y diferencias.

“Con frecuencia se menciona a la española como un ejemplo de lengua con mínimas diferencias internas, con muy bajo índice de articulación dialectal. Particularmente suele decirse lo anterior cuando se alude al español que se habla en América, pues a diferencia del europeo, que es producto del predominio de un dialecto latino, el castellano, sobre otros del mismo origen (el leonés, el gallego, el asturiano…), que influyeron notablemente como sustrato, el de este lado del Atlántico es sólo el desarrollo de una lengua que llegó ya estructurada por completo. A ello se debe que se llegue a decir que hay más diferencias lingüísticas entre dos valles contiguos de Asturias que en todo el enorme territorio americano donde, como sabemos, poco influyeron las lenguas aborígenes”, señaló el expresidente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Ciertamente, las lenguas americanas no calaron hondo en la estructura del español ni modificaron el léxico que solemos llamar “patrimonial” (es decir, el constituido por las palabras que todos los hispanohablantes entendemos y usamos parejamente: mesa, amor, dios, madre, noche…), pero, como afirma Moreno de Alba, esto no significa que el español carezca de innumerables variaciones, sobre todo en el plano del léxico que infunde un carácter dialectal al uso de los diversos “españoles” de nuestro continente.

Cita para demostrarlo el libro Léxico del habla culta de Santiago de Chile (UNAM, México, 1987) en el que advierte notables diferencias entre el léxico de la capital chilena comparado con el de la mexicana. Luego pone a prueba al lector y arma dos columnas, una con palabras mexicanas y otra con chilenas, para que las relacionemos. Hice la prueba y reprobé, lo digo sinceramente. En otros términos, no soy ducho en chilenismos.

Ahora bien, y esto lo agrego yo, en un lugar y en otro no sólo hay cambios totales de léxico (uso de una palabra en lugar de otra), sino matices de una misma palabra o uso preferencial de una palabra equivalente y entendible. Pongo el ejemplo de una actividad que tenemos muy a la mano gracias a los medios, el futbol. Si tomamos por ejemplo el argot del futbol argentino, notaremos cambios o variantes con respecto del mexicano. Pueden ser diferencias leves o grandes, pero diferencias al fin: en México decimos, en algunos casos sólo preferentemente, “alineación”, no “formación"; “banca”, no “banco”; “defensa”, no “defensor”; “portero”, no “arquero”; “abanderado”, no “línea”; “árbitro”, no “referí”; “quedó campeón”, no “salió campeón”; “narrador”, no “relator”; “el chance”, no “la chance”; “estadio”, no “cancha”; “porra”, no “hinchada”.

Si en una actividad mediática y ubicua no hay estandarización en el léxico y sí cambios o matices de género o de léxico, ya podemos imaginar qué pasa con las enormes diferencias atañederas a la gastronomía, el vestido y las múltiples realidades que apelan a designaciones específicas en cada país hispanohablante.

Venturosamente, tales diferencias son un valor de nuestra lengua, no una pobreza o un demérito.


miércoles, enero 08, 2020

Minucias del padre Garibay
























A propósito de un texto publicado hace pocos días recibí esta pregunta: ¿qué libros pueden servir para hacernos una idea sobre la polis que encontraron los españoles y ahora llamamos Ciudad de México? No dudé en responder que la bibliografía sobre el tema es apabullante, pero puede resumirse en estos tres títulos fundamentales: las Cartas de relación, la Historia verdadera sobre la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España de, respectivamente, Hernán Cortés, Bernal Díaz y fray Bernardino de Sahagún, todos asequibles en ediciones populares como las de Porrúa en su colección Sepan cuantos…
Al tercero de los libros mencionados le tengo especial afecto porque se trata de un pormenorizado recuento de lo que había en México antes y durante la conquista. Sahagún dice “las cosas” para significar “todo”, lo material y lo inmaterial, lo concreto y lo simbólico, es decir, que su libro abarca todo aquello que pudo acopiar sobre la cultura azteca. La edición de este libro fue preparada para Porrúa por Ángel María Garibay Kintana (Toluca, 1892-Ciudad de México, 1967), uno de los más importantes sabios del siglo XX mexicano.
Gracias pues a la edición de la Historia… sahaguneana tuve noticia sobre el padre Garibay, de quien Porrúa también tiene a la mano otros libros que nos muestran el saber del mexiquense, quien, mientras atendía su misión religiosa, supo arar en un vasto territorio de intereses intelectuales. Uno de ellos fue el lingüístico, en el que destacó por su hondo conocimiento de varias lenguas como el griego, el hebreo y el náhuatl, por mencionar sólo tres. Otra de las lenguas que lo apasionó fue, claro, el castellano, como puede verse en En torno al español hablado en México (UNAM, 2015, 146 pp.). Hasta antes de conseguirlo, yo ignoraba que el padre Garibay había colaborado con la prensa como lo hizo entre las décadas del cincuenta y sesenta para Excélsior, El Universal y Novedades, diarios a los que acudió para compartir, sobre todo, inquietudes de carácter lingüístico.
Estas antologías ofrecen pues “minucias del lenguaje”, curiosidades sobre el uso de ciertas palabras, precisiones etimológicas y asedios similares. El padre desplegó sus opiniones con una prosa algo arcaizante ya para su época y con un tono regañón en el que, molestia aparte, resalta la importancia de estar siempre atentos a nuestra expresión cotidiana.
No me parece innecesario sumar este libro del padre Garibay al que preparó de fray Bernardino. La erudición del toluqueño nunca será desdeñable.

miércoles, noviembre 06, 2019

Boceto de Hugo Hiriart














Presentar a un escritor de larga trayectoria, como en este caso a Hugo Hiriart, puede hacerse por dos caminos: el primero y más habitual, tomando la ruta de la semblanza en modo solapa de libro como ésta que ofrece la Revista de la Universidad y espero sea confiable aunque no la más actualizada: “Hugo Hiriart nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Narrador, dramaturgo, guionista y ensayista. Estudió filosofía en la FFyL de la UNAM. Ha sido director y productor del Teatro Santa Catarina y director del Instituto de México en Nueva York. Actualmente es docente en el área de literatura dramática de la Universidad de la Ciudad de México. Becario de la Fundación Guggenheim en 1984. Miembro del SNCA desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1972 por Galaor. Premio de la Asociación Mexicana de Críticos 1980. Premio Woodrow Wilson Internacional Center for Scholars 1988 Washington. Ganador del Ariel 1990 al mejor mediometraje por Xochimilco, historia de un paisaje. Primer lugar en el I Certamen Nacional de Juguetes 1993. Premio de dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 1999. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009, en el campo de Lingüística y Literatura. Premio Mazatlán de Literatura 2011 por su libro El arte de perdurar (Editorial Almadía). Entre sus libros destacan Disertación sobre las telarañas, 1980; Acerca de la naturaleza de los sueños, 1995; Los dientes eran el piano, 1999)”.
Por supuesto, una semblanza de esta índole —insisto que de la modalidad solapa de libro— algo nos dice sobre la persona pero suele dejar fuera lo esencial. Y he aquí el segundo camino mediante el cual podemos presentar a un escritor: Hugo Hiriart no es solamente, pues, la suma de su currículum, la enumeración cronológica de sus libros y premios, sino, a mi parecer y si me pidieran que lo definiera en tres patadas, un espíritu que mira, duda y sonríe. En efecto, si algo destaca en su amplia obra es la curiosidad de su mirada, el acento siempre puesto en la duda y un velo nada infrecuente de humor asordinado.
Escritor con los variados intereses del erudito, Hiriart tiene permanentemente presente que el estilo debe ser sobrio y atractivo a un tiempo. Su obra refleja pues un equilibrio sutil entre el qué y el cómo: decir algo inteligente, agudo, revelador, con un tratamiento bello de la forma. Es posible advertir esto en toda su obra, por ejemplo en su trabajo ensayístico, zona de la escritura en la que Hiriart se mueve con harta soltura, como chef en la cocina, para no incurrir en el lugar común del pez en el agua. Es, aunque suene raro expresarlo así en este momento, discípulo directo de Montaigne como cultor del ensayo libre, personal, creativo, ese ensayo que desde el humanista francés tiene como centro la subjetividad del propio autor.
Doy el ejemplo de El arte de perdurar, libro que tenemos muy a la mano pues no hace tanto, en 2010, lo publicó Almadía. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En aquellas páginas, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”. Para acercarse al objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa”.
Un solo texto de ejemplo no hace verano, pero a merced tenemos muchos otros libros igualmente valiosos como Vivir y beber, Sobre la naturaleza de los sueños y su hermano Disertación sobre las telarañas, los dos últimos de editorial Era; en ellos, este Montaigne mexicano asedia varios temas con punzante claridad y belleza. En Disertación sobre las telarañas hay un ensayo titulado “El arte de la dedicatoria”, acaso uno de sus textos más conocidos. En él, nuestro homenajeado reflexiona zumbonamente sobre la dedicatoria como género literario, y amoneda (este verbo tiene la marca registrada de Borges) una dedicatoria posible: “No deberemos olvidar las dedicatorias excluyentes: ‘dedico estos poemas a toda la humanidad, menos a Enrique Krauze’”. Siguiendo el maldoso guiño, el historiador dedicó su libro Retratos personales de esta forma: “Dedico este libro a toda la humanidad, menos a Hugo Hiriart”, que fue como dedicarlo sólo a él.
No los distraigo más. Nomás quiero añadir que homenajeamos en esta Primera Feria Región Laguna no a toda la humananidad, sino sólo al narrador, dramaturgo, guionista, articulista y ensayista Hugo Hiriart. Me da muchísimo gusto saludarlo y agradecer personalmente sus libros. Bienvenido de nuevo a La Laguna, maestro. Gracias por acompañarnos.

sábado, julio 20, 2019

El pez paralizante
























Ayer celebramos la presentación en Gómez Palacio de El pez torpedo. Ética aplicada (Colofón-Arteletra, México, 2018, 99 pp.), libro de Javier Prado Galán (Torreón, Coah., 1959), jesuita, doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y autor de numerosos libros, todos vinculados con la reflexión filosófica. En su trayectoria profesional, Javier ha fungido como vicerrector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y actualmente es Director General Académico de la Ibero León.
La ética es la rama filosófica con la que más se ha relacionado el quehacer de Prado Galán. En varios de sus libros, tal reflexión se ha dado en el plano de lo, digamos, general, de lo abstracto. El pez torpedo es una puesta en práctica del imperativo ético en la vida cotidiana. El filósofo lagunero ha delimitado entonces el territorio de su propuesta a ocho espacios del accionar común: el ambiental, el amoroso y sexual, el científico, el empresarial, el político, el profesional, el mediático y el vital. Como podemos imaginar, casi no queda ámbito del entramado humano que no sea al menos sobrevolado por la mirada del autor.
¿Y qué es el “pez torpedo”? ¿Por qué figura en el título y se asimila a la dimensión ética? Prado Galán comenta que Sócrates fue calificado de “torpedo” en alusión al pez cuya facultad es paralizar o “entorpecer”, tal y como la ética lo hace cuando queda puesta sobre la mesa antes de tomar casi cualquier decisión. Así entonces, el propósito del libro es plantear que en todas las dimensiones de su existencia el hombre puede enfrentar al pez torpedo, es decir, a la ética que ralentice o limite sus acciones e incluso las anule.
Cada ensayo nos pone frente al abismo abierto por la ética y su envés: la indiferencia. Por ejemplo, en el caso de la ética ambiental sabemos que es urgente frenar el deterioro de la naturaleza, pero esta posibilidad choca con la necesidad de mantener la producción tal cual y, de paso, los empleos. Algo similar ocurre con la ciencia, navaja de filo doble: por un lado, facilita la existencia, y, por el otro, la pone en riesgo, y para muestra bastan los botones del gran desarrollo médico al lado del vertiginoso avance del armamentismo, todo relacionado con la “tecnociencia”. Las demás éticas (empresarial, política, mediática…) tienen igualmente el afán, si no de paralizar, al menos sí de colocarnos frente a disyuntivas que por complejas demandan nuestra urgente y permanente preocupación.

sábado, julio 13, 2019

Las letras como eje




















La hoja de vida breve de Lucila Navarrete Turrent describe una trayectoria rica en frutos. Torreonense, joven, es investigadora, docente y periodista cultural. Ha impartido clases en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la Universidad de la Comunicación, la Universidad Iberoamericana Puebla y el Instituto Superior Intercultural Ayuuk. Es licenciada en Comunicación por la Ibero Torreón; maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM en el campo literario. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad Nacional de Córdoba en Argentina sobre temas relacionados con autores de la tradición literaria cubana. Cuenta con diversas publicaciones en revistas arbitradas e indexadas, como Cuadernos Americanos, la Revista Surco Sur y Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoamérica. Asimismo publica periódicamente para Casa del Tiempo y Cuadrivio. Actualmente se desempeña como profesora de asignatura del área de Humanidades de la Ibero Torreón.
A esta semblanza quiero añadir que fue mi alumna en la universidad, que hoy es mi amiga y —lo digo con orgullo— una colega de la que aprendo un buen cada vez que dialogamos. Debido a sus estudios de posgrado, Lucila se ausentó de La Laguna durante más de diez años, pero ahora que está de vuelta ha venido a sumar entre nosotros una voz que poco a poco se torna imprescindible. Agudísima crítica, tenaz buscadora de información y notable escritora, es además un ser humano sensible y propositivo, y una mujer con visión feminista de avanzada. Apenas a unos días de su retorno a Torreón, hecho que en esta semana cumple exactamente un año, se incorporó a la docencia en sus más diversas modalidades: como maestra universitaria y como instructora en cursos y talleres.
Según he podido percibir, el reencuentro con su tierra le ha permitido valorar y en muchos casos revalorar lo que somos, nuestra laguneridad, por llamarla de algún modo. Si uno, por cercanía profesional o afectiva sabe de las andanzas de Lucila en el año que va de julio de 2018 a julio de 2019, advertirá que ya fatigó en bicicleta toda La Laguna, que ya ascendió El Centinela, que ya presentó libros aquí y allá, que igual ya dio conferencias, se vinculó con colectivos y publicó en revistas, por lo que recién ganó el Premio Estatal de Periodismo. Lucila vino en suma a favorecernos con su alentador entusiasmo. Ojalá no lo pierda y nos lo siga contagiando.

miércoles, julio 03, 2019

Dos de sesenta















Hace exactamente sesenta años, dos madres laguneras dieron a luz casi al unísono: una, Alicia Galán, el primero de julio de 1959; otra, Socorro Muñoz, el 3 de julio de ese mismo año. Con dos días de diferencia de hace exactamente seis décadas nacieron Javier Prado Galán y Gerardo García Muñoz, ambos amigos míos y ambos verdaderos maestros del pensamiento y la escritura.
Los conocí por medio de Gilberto, hermano de Javier. Mi mente ubica una borrosa tarde de 1987 u 88 como el día en el que Gilberto y yo entramos a la ya extinta cafetería Los Globos, sita en la calle Cepeda, al lado del también extinto Banco de México, y vimos que en unos sillones pullman conversaban G y J, quienes eran cuates, lo supe allí, porque ambos coincidieron un tiempo como estudiantes en el Tec de La Laguna, esto antes de que Javier decidiera abrazar la carrera religiosa en la Compañía de Jesús. Javier nos dejó a Gilberto y a mí la amistad de Gerardo, quien además de ser un excelente ingeniero, leía literatura a pasto, tanta o más que la consumida por muchos escritores. Pasados los años, Javier se ordenó jesuita, terminó su licenciatura, la maestría y al final el doctorado en Filosofía por la UNAM. Ha publicado ocho libros, todos de filosofía centrada en la ética, y como funcionario ha sido vicerrector académico de la Ibero Ciudad de México y actualmente es director académico en la Ibero León. Como pasa con su hermano Gilberto, el hecho de dedicarse a la filosofía no como reproductor, sino como filósofo en sí mismo, es decir, como hombre que propone un pensamiento propio, no lo ha alejado de la vida cotidiana, y es tan futbolero y santista como el más pintado.
Por su parte, Gerardo terminó la licenciatura y la maestría como ingeniero electrónico, pero abandonó esa disciplina para hacer la maestría y luego el doctorado en Letras, ambos en Estados Unidos, una en la Universidad de Las Cruces, Nuevo México, y el otro en la de Arizona. Ha publicado nueve libros de ensayo y actualmente es profesor universitario en la ciudad de Houston, Texas. Y lo mismo: la erudición de Gerardo no lo ha hecho un hombre presuntuoso, sino al revés, pues se trata de un amigo sencillo y con enorme sentido del humor.
Estos dos laguneros son de lo que más presumo. Amables, generosos, cultísimos ambos, han hecho una carrera académica que debe enorgullecer a La Laguna. Ambos han llegado al sexto piso de la vida en plenitud de facultades. Sé, siempre sé esto, que sus mejores libros están por venir. Felicidades a los dos.