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sábado, marzo 22, 2025

Fantasmas de Irene Vallejo

 












En los más recientes cinco años o poquito más ha estallado como granada de fragmentación el nombre de Irene Vallejo. Sé que la metáfora militar no es afortunada, pero da idea de lo ocurrido: el nombre cayó en las librerías y en los medios con un ¡boom! extraordinario, retumbo provocado sobre todo por El infinito en un junco (Siruela, 2019), libro ya reimpreso y traducido a más de cuarenta lenguas, un éxito de ventas y, lo más importante, de crítica y satisfacción del cliente, para usar una fórmula del mercado.

El infinito en un junco ha atraído la atención sobre otros libros de la autora. Todos, creo, han sido publicados originalmente en su país, para luego migrar a otros espacios como libros exportados o de reedición local. He revisado la bibliografía y creo que Vallejo sólo tiene un libro plenamente mexicano: es Los sueños de mis fantasmas (UNAM, 2023), brevísimo, de apenas 29 páginas, cantidad que incluye el prólogo de Socorro Venegas. Este título es parte de la colección “Pequeños grandes ensayos” que fue fundada, dicho sea de paso, por el maestro Hernán Lara Zavala, quien murió esta semana. Estas publicaciones son de difícil consecución en La Laguna, pero muy accesibles en la capital del país o en ferias de libro donde tiene presencia la Universidad Nacional.

Los sueños de mis fantasmas es un libro recomendable para quienes quieran acceder por primera vez a la obra de Vallejo. Sirve pues de prólogo a su trabajo como promotora de los libros y la lectura en un mundo ahora muy distraído, abotagado, por la avalancha permanente e irrefrenable de contenidos audiovisuales que pulverizan la atención hasta impedir el sosiego necesario para reflexionar sin distracción.

Vallejo expone pues, aquí, una especie de profesión de fe: la lectura, el tú a tú frente al libro, fue el camino que ella siguió para dar sentido a su vida, y fue herencia de un entorno familiar y educativo que se convirtió en cimiento y soporte de su vocación. En su prólogo, Socorro Venegas destaca que el ensayo de la escritora zaragozana se irriga con su experiencia personal y el impulso de su entorno inmediato: “En varios momentos el lector reconocerá en la prosa de Los sueños de mis fantasmas ese ejercicio memorístico al que Irene recurre en El infinito en un junco para representar cómo algo personal repercute no sólo en su educación sentimental, sino en sus decisiones vitales y en su escritura. Una historia central de El infinito en un junco es aquella donde narra los episodios de bullying sufridos en la escuela. Se burlaban porque leía, se burlaban de la ratona de biblioteca. El valor de este testimonio va más allá de lo anecdótico. La historia del libro, pergeñada por Irene Vallejo, no puede contarse sin la de los lectores”.

Más adelante, al cerrar sus palabras liminares, observa: “Como Irene se ha encargado de decir en distintos lugares, son muchos los discursos que hoy nos dividen, y por eso es tan importante que hoy se garanticen los derechos a la educación, a la lectura, con la convicción del poder compasivo, transformador y sanador de la palabra. Aquí están su ensayo y sus fantasmas para dar fe de ello”.

Los “fantasmas” a los que Venegas se refiere son pues las presencias familiares de Vallejo, además de los maestros y los autores que alimentaron su imaginación. Comienza lo que parece ser, en su origen, un discurso público, con el recuerdo de sus abuelas, quienes no pudieron hacer una carrera aunque lo desearon; luego recuerda a su madre, quien con sacrificios y sin opciones, pues deseaba seguir otra disciplina, logró hacer la carrera de Leyes. Digo que parece ser un discurso público porque Vallejo señala en un punto, como al pasar, “Quiero dedicarles a ellas este momento emocionante…”, sin que sepamos con exactitud a qué momento se refiere.

Poco después comparte su alta valoración de las Humanidades y su defensa de las artes frente al utilitarismo que las margina u obliga a ser rico para dedicarse a ellas: “Hoy nos martillean con el mensaje de que la historia, el arte, la geografía, las filologías no son útiles, que el mercado laboral no los necesita. Rechazo cualquier definición de lo útil que no incluya la belleza, la creatividad, la comunicación, los idiomas, la comprensión del mundo que fue y el que nos rodea. Necesitamos espacios donde esto se comprenda, se cultive, se enseñe”.

La autora de El infinito en un junco trae a la página un pasaje de “El licenciado Vidriera”, el relato de Cervantes, para recordar que no es nuevo el ninguneo a las letras: “El sueño de Cervantes es el nuestro. Hoy siguen diciéndonos que con las letras humanas no se gana cosa y se muere de hambre, que los oficios de las artes y la filosofía sólo conducen a penas y penurias. Aun así, el propio Cervantes nos enseñó que la justicia, la aventura, la bondad y la utopía hay que inventarlas primero y decidir vivir en ellas, como se vive en las páginas de un libro, para que alguna vez encuentren su lugar en el mundo”.

Después de apuntar que la educación es el mejor “ascensor social”, insiste en no poner en disputa a las artes contra las ciencias, pues para ella van de la mano y ambas tienen como lazo común la curiosidad, “el deseo de aprender”. Al final, la autora hace un elogio de su alma mater y en particular de la biblioteca, una “hospitalaria isla del tesoro”.

El librito se complementa con una sucinta cronología de la autora y una bibliografía mínima que traigo porque en un puñado de referencias describe su andadura bibliográfica hasta 2023: “Irene Vallejo, Terminología libraria y crítico-literaria en Marcial, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 2008; El pasado que te espera, Zaragoza, Anorak, 2010; El inventor de viajes, Zaragoza, Comuniter, 2014; El silbido del arquero, Zaragoza, Contraseña, 2015; La leyenda de las mareas mansas, Zaragoza, Comuniter, 2018; El infinito en un junco, Madrid, Siruela, 2019; El futuro recordado, Zaragoza, Contraseña, 2020; Manifiesto por la lectura, Madrid, Siruela, 2020; Alguien habló de nosotros, Barcelona, Debate, 2023".

miércoles, marzo 06, 2019

El Ser de Macho Viejo
























Entre otras virtudes, el género literario llamado novela tiene la capacidad, como recipiente, de contener la vida. Es, por supuesto, un artificio, un mecano armado para persuadir al lector de que en unas cuantas páginas es viable incrustar las azarosas y múltiples andanzas que se dan en el telar de la existencia real. Macho Viejo (Alfaguara, México, 2015, 150 pp.), de Hernán Lara Zavala (DF, 1943), tiene esta peculiaridad. En un palmo de papel, el escritor ha logrado atravesar los afanes de Ricardo Villamonte, alias Macho Viejo, médico sin título que ha decidido ejercer su profesión en un lugar, Puerto Marinero y sus alrededores, al que muy difícilmente, si no fuera por él, habría podido llegar la ciencia médica.
El ágil y poético relato de Lara Zavala sigue, como dije, los pasos de Macho Viejo. No conocemos su pasado remoto, es decir, su niñez ni su adolescencia, y de hecho nada sabemos de sus estudios profesionales e inconclusos en la capital del país. Desde el arranque de la historia lo vemos instalado en su casa-consultorio de Puerto Marinero, sitio al que acuden todos los lugareños ante las eventualidades de la enfermedad o el accidente.
Sin que se nos aclare explícitamente, porque es innecesario, Macho Viejo es un hombre que ha renunciado al progreso que por lo general conlleva la práctica médica; en vez de eso siente, ajeno al panfleto, que su lugar en el mundo está allí donde sus pacientes tienen tan poco que a veces le pagan en especie, si es que le pagan. Su oficio es curar, y lo hace con sosegada alegría y hasta con humor. En ese espacio remoto, Villamonte se da tiempo para Ser en el sentido más hondo de este verbo, o sea, para escudriñar el sentido de su vida, para vincularse al mar, a la gente humilde y a los animales de la selva con la convicción de que todo eso esconde misterios por los que vale la pena existir.
A trancos breves (tiene XLVI capítulos) y con planos espacio-temporales zigzagueantes, Macho Viejo encuentra en el amor —y en su manifestación más concreta: la carnal— el mayor de los impulsos y el más profundo de los asombros. Sus relaciones con Cintia y Rosa, dos mujeres muy distintas, son contadas con desinhibición, tal y como actuamos cuando en el juego erótico la plenitud del sexo nos humaniza pese a parecer lo contrario.
Macho Viejo es la más reciente novela de HLZ, un escritor necesario en la literatura mexicana.

martes, mayo 26, 2009

Nuevo premio



Mi novela Parábola del moribundo ganó el primer premio nacional de novela corta Rafael Ramírez Heredia convocado por el IPN, la revista La Otra (ex Alforja), el Instituto de Cultura del Estado de Durango y la Fundación Guadalupe y Pereyra. Los jurados fueron Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. El premio será entregado el 12 de junio en Durango, Durango. La siguiente entrevista, realizada por Karla Lobato, fue publicada el 26 de mayo de 2009 en La Opinión Milenio.

1. ¿Cuál fue el detonante para que diez años después de escribirla sacara del cajón esta novela?
Cuando en 1999 terminé Parábola del moribundo sentí casi de inmediato que debía dejarla reposar. Con el paso del tiempo le dediqué algunos momentos de revisión y eso me llevó a cambiar su aspecto como cinco veces. Nunca me dejaba plenamente satisfecho, así que le permutaba, le quitaba y le añadía detalles. Llegó a tener como 250 cuartillas y le tumbé páginas por kilos hasta dejarla de 120. No fue difícil aligerarla. Lo que pasa es que su personaje protagónico es un escritor y yo creía pertinente que entre capítulo y capítulo mostrara textos de su cuño. Decidí eliminar esas secciones y el libro se contrajo considerablemente. Así que, en efecto, es un libro del 99, pero con intermitentes retoques y podas aplicados durante una década. Lo más difícil no fue hacer la obra negra, sino aplicar los acabados, casi reescribirla, lo que hice con cuidado, más o menos, en 2002 o 2003.
o
2. ¿Cuál es la primera intención de esta producción, es decir, qué tema aborda en ella?
La historia es muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.

3. ¿Qué significado tiene para usted obtener un galardón como éste?
La primera vez que recibí un reconocimiento fue en 1984: fue una mención honorífica en el primer concurso regional de cuento Magdalena Mondragón organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón; el jurado fue Rafael Ramírez Heredia, quien murió en octubre de 2006. En 2009, varias instituciones se organizaron para homenajearlo, lanzaron la convocatoria del concurso y lo gané, lo que es motivo de orgullo para mí, pues siempre he dicho que el mejor premio literario que he recibido en mi vida fue aquella humilde mención honorífica determinada por Ramírez Heredia cuando yo tenía veinte años.

4. ¿Obtener este premio puede ser un detonador más para motivarlo a continuar con otros proyectos?
Los premios ayudan, pero no son determinantes de nada. Digamos que este premio lo he recibido con gusto, me enorgullece, pero con o sin él yo sigo trabajando como puedo y cuando puedo, como el poeta protagonista de la novela. En todo caso, la motivación más importante es la que proviene de quienes decidieron otorgarle el primer lugar: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala son tres escritores que respeto y admiro.

5. Con la creación de premios como éste, ¿existen apoyos suficientes para los creadores?
Comparado con otros de Latinoamérica, México es un país que apoya decorosamente a los escritores. Lo malo es que no hay, creo, tanto apoyo para quienes empiezan como sí lo hay para quienes ya están encarrilados. Es un juego algo perverso: apoyan hasta que uno demuestra que la hace, pero lo malo es que muchas veces no se puede demostrar nada por falta de soportes, de suerte que los comienzos de casi cualquier escritor, sobre todo en provincia, son muy sufridos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven escritor de Gómez Palacio: si pide apoyo le van a decir “Mira, si ni siquiera has publicado nada”. En mi caso, que soy de Gómez Palacio, fui alguna vez “reconocido” por el ex alcalde Rendón, quien ni siquiera fue a la ceremonia en el cabildo. Luego, dos años después, Ricardo Rebollo me dijo, muy entusiasta pero falazmente, “esta presidencia te apoyo un proyecto”, luego estiró y estiró la decisión definitiva, que quedó en nada, porque él sabía que iba a largarse como chapulín a una candidatura. Pero bueno, ante ese vacío en el entorno local he buscado fuera y por suerte cada vez tengo mejores contactos en periódicos y editoriales de la capital y de otros países. Todo es cuestión de no bajar la guardia, de dignificar el oficio de escribir y no andar rogándole a nadie.

6. Después de una larga carrera, ¿de dónde sacar nuevas ideas para la creación de algún texto?
Por suerte, desde hace varios años tengo al menos cinco libros en pausa. A estas alturas ya son como gorditas: sale una y ya voy echando la otra en el comal.

7. ¿A quién dedica este premio?
Parábola del moribundo ya tiene dedicatario explícito: es un poeta de Torreón. Además, todo lo que hago es para mis cuatro mujeres.