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sábado, febrero 19, 2022

Un cuento irrepetible












Lo celebro por enésima ocasión porque no deja de asombrarme. Me refiero al cuento “Los locos somos otro cosmos” (Las vocales malditas, 1988), de Óscar de la Borbolla. Para quienes no lo seben, este libro contiene cinco cuentos, cada uno monovocálico, es decir, con una sola de las vocales en cada una de sus palabras, de ahí que sean cinco. Los títulos de los relatos también suponen este juego: “Cantata a Satanás”, “El hereje rebelde”, “Mimí sin bikini”, “Los locos somos otro cosmos” y “Un gurú vudú”. El que más me gusta es el de la “o”, que comento no sin antes decir que en Youtube hallé una versión dramatizada indudablemente genial, pese a la modestia de su producción escolar.

“Los locos somos otro cosmos” me gusta por el juego monovócálico, claro, pero también por la peliaguda situación que plantea. Aunque se desarrolla en un laboratorio cerrado, es pura acción, una vertiginosa escalada de pequeñas situaciones incrustadas en la situación general: un loco, Rodolfo, está a punto de recibir una andanada de electrochoques. Quienes se encargan de ejecutar el procedimiento son el doctor Otto y sus asistentes, sor Flor y sor Socorro.

El cuento inicia cuando Rodolfo ya está aparentemente sometido. Todo parece una acción rutinaria: “Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: ‘No doctor, no... loco no...’ Sor Socorro lo frotó con yodo: ‘Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros’”. Lo que no saben quienes doblegan a Rodolfo es que éste va a rebelarse y, aunque primero quiere, sin éxito, sobornarlos con elogios, luego emplea toda su fuerza física para tratar de escapar: “soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. ‘¡Pronto, doctor Otto! —convocó sor Flor—. ¡Pronto con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...’ Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró”. 

El intento de fuga queda en eso, en intento, pues el doctor Otto retoma la iniciativa y trata de convencer por la buena a Rodolfo para continuar con el suministro de los shocks: “Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo...”.

Lo que viene a continuación es quizá la parte más poderosa, por conmovedora, del relato: Rodolfo explica que los shocks no son necesarios si se alcanza a comprender la otredad del loco, individuo que sólo es distinto. El loco toca aquí un vuelo poético hermosísimo cuando se refiere a las diferentes especies de vida, todas distintas, que le sirven de ejemplo para persuadir al doctor Otto sobre el respeto al otro: “Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...”. El cuento sigue y cierra igual, con la maravilla de su ejecución monovocálica y el desarrollo de su tema eje: el respeto al diferente.

“Los locos somos otro cosmos” es un cuento extraordinario y ahora lo reitero con un adjetivo algo manido pero justo en este caso: irrepetible.

Como es fácil hallarlo en internet, aquí dejo el cuento a modo para viabilizar su inmediata lectura. Lo que pueden hacer es oír el video mientras leen:

 

Los locos somos otro cosmos

Óscar de la Borbolla

Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: “No, doctor, no... loco no...” Sor Socorro lo frotó con yodo: “Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros”. Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: “No, doctor Otto, shocks no...” Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: “Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!” Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. “¡Pronto, doctor Otto! —convocó sor Flor—. ¡Pronto, con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...” Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró. 

Otto, solo con Rodolfo, rogó como follón, rogó con dolo: “Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo... 

—No, doctor. No —sopló ronco Rodolfo—. Los shocks no son modos. Los locos no somos pollos. Los shocks son como hornos; son potros con motor, sonoros como coros o como cornos... No, doctor Otto, los shocks no son forzosos, son sólo poco costosos, son lo cómodo, lo no moroso, lo pronto... Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo... 

Rodolfo monologó con honroso modo: probó, comprobó, cómo los locos sólo son lo otro. Otto, sordo como todo ortodoxo, no lo oyó, lo tomó por tonto; trocó todos los pros, los borró; sólo lo soportó por follón: obró con dolo. Rodolfo no lo notó. Otto rondó los pomos, tomó dos con cloroformo, como molotovs los botó. Rodolfo con los ojos rotos mostró los rojos hombros; notó poco dolor, borrosos los contornos, gordos los codos; flotó. Con horroroso torzón rodó con hondo sopor. Rodolfo soñó. Soñó con rocs, con blondos gnomos, con pomposos tronos, con pozos con oro, con foros boscosos con olorosos lotos. Todo lo tocó: los olmos con cocos, los conos con oporto rojo, los bongós con tonos como Fox Trot. 

Otto lo forró con tosco cordón, lo sofocó. Rodolfo sólo roncó. Sor Socorro tornó con poco color. Sor Flor con bochorno tomó ron: “Oh, doctor —lloró—, oh, oh, nos dobló con sonoro trompón”. Otto contó cómo lo controló. 

—Otto, pospón los shocks —rogó sor Socorro. 

—No, no los pospongo. Loco o no, yo lo jodo. No soporto los rollos... Pronto, ponlo con gorro. 

—¿Cómo, doctor —notó sor Flor—, ocho volts? 

—No, no sólo ocho. ¡Todos los volts! Yo no sólo drogo, yo domo... Lo domo o lo corrompo como bonzo. 

—¡Oh no, doctor Otto!, como bonzo no. 

—¡Cómo no, sor Socorro! Nosotros no somos tórtolos o mocosos; somos los doctos... ¡Ojo, sor Socorro! No soporto los complots... 

Otto con morbo soltó todos los volts, los prolongó con gozo. Sor Socorro con sonrojo sollozó. Sor Flor oró por Rodolfo. Rodolfo roló como mono, tronó como mosco. Otto lo nombró: “Don gorgojo”, “loco roñoso”, “golfo”. Rodolfo zozobró con sonso momo. Otto cortó los shocks. 

sábado, mayo 09, 2020

Juegos emergentes
















La cesura de la normalidad que propició el encierro ha exacerbado una disposición lúdica sin precedentes en las redes. A toda hora se nos atraviesan pequeños desafíos, retos de amigos, acertijos de cualquier índole. Está bien que así sea, pues el largo enclaustramiento está generando casos de ansiedad y depresión que en alguna medida pueden ser paliados por el divertimento. Por fortuna ya no falta mucho para restaurar el “orden” (por llamarlo así, aunque es necesario aclarar que se trata de un orden muy injusto) alterado por el microorganismo oriundo de China.
Dentro de mi propio estrés, hace algunos días imaginé uno juego viable para ser sumado al menú de juegos propuesto en la coyuntura del distanciamiento social. Pensé, en el estilo ucrónico de Óscar de la Borbolla, una pregunta: si fuéramos reporteros, ¿a qué personajes históricos desearíamos entrevistar y en qué momento? La pregunta puede extenderse a cinco o diez personajes; menos suena a poco y más suena a demasiado. En la idea de recorrer un abanico temporal más o menos amplio y no centrarme en un solo periodo de la historia, respondo, me respondo (tampoco hay que pensarlo demasiado, sino contestar de botepronto como todo lo que contestamos en las redes).
Empezaría por entrevistar a Sócrates mientras aguarda la cicuta; el hecho de que no reculara y, al contrario, se dejara ajusticiar con tal de sostenerse en lo dicho, es un ejemplo de valentía intelectual que no han menoscabado más de dos milenios. Luego me gustaría dialogar, en pleno Renacimiento, con Leonardo mientras dibuja el Hombre de Vitrubio, pedazo de papel que representa al humanismo, Un poco después, hacia finales del siglo XVI, no hubiera estado nada mal conversar con Cervantes durante su cautiverio de casi cinco años en Argel, para muchos críticos el momento bisagra en la vida de quien luego escribiría el Quijote. Casi de la misma época, pero de este lado del charco, sería muy grato conversar con sor Juana mientras escribe la Respuesta a Sor Filotea para dejar en claro quién es quién en los deportes. Y por último, del siglo XX, creo que me decanto por intercambiar algunas palabras con el Che mientras se disfraza para entrar a Bolivia con pasaporte falso.
Dejo fuera, con dolor, con mucho dolor, a decenas de personajes. Si tuviera más espacio metería a otros cinco (Marco Aurelio, Raimundo Lulio, Fray Bartolomé, Víctor Hugo, Flores Magón) y aun así no acabaría. Es lo malo de los juegos, que a veces envician y no queremos ver su fin.

sábado, junio 15, 2019

Volver a las ucronías
























Hace poco vino Óscar de la Borbolla a La Laguna y no sólo pude saludarlo, sino que compartimos una mesa para, con el detonador de La rebeldía de pensar (FCE, 2019), su libro más reciente, conversar sobre sus trajines de escritor. Mencioné en público que he disfrutado varios de sus libros (tengo al menos siete de su cuño y letra) y mencioné sus títulos en desorden, como me llegaban a la cabeza, una cabeza que en ese momento improvisaba frente al público. Al terminar y repasar lo que enuncié, sentí esa inquietud bien conocida de quienes saben que saben algo pero no saben lo que no saben.
Y bueno, poco después supe lo que me inquietó: olvidé mencionar Ucronías (Joaquín Mortiz, 1990), cuya primera edición tengo y cuya lectura alguna vez disfruté como desconcertado niño. En efecto, las ucronías de De la Borbolla fueron colaboraciones periodísticas (a Excélsior) caracterizadas por apelar a la mentira para terminar diciendo verdades con chanfle, afirmaciones que pasaban por encima de la barrera de los prejuicios y la estolidez para luego llegar, por el ángulo, hasta las piolas.
El engaño, recurso caro en las canchas, fue usado por el también autor de Las vocales malditas para fintarnos por un lado y salir airoso con el balón por el otro. Ahora que lo he hojeado/ojeado reencuentro ese gambeteo, por ejemplo, en “Historia de las esquinas”, donde nos describe un pasado lleno de agentes de tránsito —llamados en el DF “tamarindos”— que tiempo después fueron extinguidos por los semáforos. Esto que parecería signo de primermundismo derivó en el crucero semaforizado como enclave del tercermundismo, ya que allí se apiña, hasta la fecha, la herencia principal del capitalismo salvaje: los desheredados que arrojan lumbre o venden periódicos y baratijas.
Otro ejemplo entre todos los buenos ejemplos que contiene este libro revisitable es “Ratas gigantes”, texto que juega con la noticia de que han aparecido en el DF roedores del tamaño de un perro grande. De alguna manera, De la Borbolla anticipa el recurso hoy tan usado de las fake news, pues al hablar de las alimañas cita a unos “investigadores universitarios especialistas en genética”, tal y como ahora, tras la frase “recientes investigaciones han demostrado”, se afirma lo que sea y la gente lo cree.
En suma, no me gustó haber omitido unas palabras sobre las Ucronías de De la Borbolla. Aquí he tratado de enmendar ese error.

miércoles, septiembre 05, 2018

Las vocales de Óscar










Hace como tres años fui invitado al Encuentro Internacional de Escritores José Revueltas organizado en Durango y allí me tocó coincidir con Óscar de la Borbolla, también invitado. Mi mayor gusto fue que en una de las mesas finales participé junto con él, su esposa, Beatriz Escalante, y el maestro David Ojeda. Leímos obra personal, un fragmentito cada uno, como se estila en esos trotes, y aproveché mi turno para encaramar un elogio acaso destemplado, pero indiscutiblemente sincero, a De la Borbolla. Lo hice porque en realidad lo admiro (creo que él y Enrique Serna son de lo mejor que tenemos y sin embargo no les apuntan los reflectores que merecen) y porque siempre quise decir en público lo que dije en aquel momento: que Ó de la B es de los pocos seres humanos que han escrito un libro inimitable, un experimento literario que nadie jamás podrá emular sin ser ostensiblemente comparado con el original.
Me refería a Las vocales malditas, cuya primera edición tengo y leí, hace ya décadas, con un estupor que permanece invicto hasta la fecha. Años después, cuando trabé amistad con el crítico argentino David Lagmanovich, vi que uno de sus ensayos se refería a De la Borbolla y a Héctor Libertella como dos escritores latinoamericanos “raros”, de esos que dan la impresión de ser inclasificables. David tuvo razón, y para probarlo sin dejar sitio al debate allí está Las vocales malditas, conjunto de cinco relatos en el que cada uno sólo apela a una vocal. Así desde los títulos: con la “a”, “Cantata a Satanás”; con la “e”, “El hereje rebelde”; con la “i”, “Mimí sin bikini”; con la “o”, “Los locos somos otro cosmos”; y con la “u”, “Un gurú vudú”.
Como es previsible, los cuentos de la “i” y la “u” no son tan eficaces, pero los de las vocales abiertas (a, e, o) son portentosos juguetes narrativos. El que más me gusta, lo repito cada que abordo el tema para invitar a su lectura, es el de la “o”. Termino este apunte con un fragmento, pues nada mejor que el ejemplo in situ de la que vengo ponderando: que Ó de la B es uno de nuestros mejores escritores y merece ser más leído. Va aquí el arranque de “Los locos somos otro cosmos”:
“Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: ‘No doctor, no... loco no...’ Sor Socorro lo frotó con yodo: ‘Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros’. Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: ‘No, doctor Otto, shocks no...’ Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: ‘Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!’ Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco…”.

miércoles, junio 18, 2014

Nostalgia sobre el césped




















Hay obras literarias que no valen tanto por su ejecución cuanto por su idea. Me refiero a esos textos que apoyan su valor, principalmente, en el hecho de que se tornan únicos, irrepetibles. Pienso por ejemplo en Las vocales malditas, de Óscar de la Borbolla, serie de cuentos cuya metodología nadie puede reintentar sin verse señalado como poco (o nada) original. Un caso semejante es el planteado por “El futbol de antaño (un poema hermético)”, de Luis Miguel Aguilar (Chetumal, Quintana Roo, 1955). Publicado originalmente en la revista Nexos (mayo, 1994) y luego recogido en Nadie puede escribir un libro (Cal y arena, 1997) este extraño espécimen literario es uno de los juegos más maliciosos que uno pueda encontrar en la poesía mexicana, y se refiere a futbol, deporte que uno puede encontrar en cualquier sitio.
Es ya abundante la narrativa sobre futbol, sobre todo la formateada en molde cuentístico. Hay también muchos ensayos de diferentes disciplinas, libros enteros con vistazos críticos planteados desde el periodismo o la academia. Lo que no nos frecuenta es la poesía sobre futbol. Claro que existe, como el hermoso poema “Futbol”, de José Pedroni, que termina: A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña, / la multitud, el fútbol… Todo es grato en la tierra”. O este otro, hermoso, de Antonio Deltoro: “Contra el hacer, contra la dictadura de la mano, yo canto / al pie emancipado por el balón y el césped, / al pie que se despierta de su servil letargo, / a la pierna artesana que vestida de gala va a la fiesta…”. Pero son pocos, o al menos no tantos como ocurre con los cuentos y las aproximaciones críticas.
“El futbol de antaño” es un poema breve. Alcanza apenas 41 versos endecasílabos en verso blanco (es decir, no rimados). Se trata de una larga enumeración de nombres propios encerrados en una especie de paréntesis abierto con esta invocación:

¿Dónde fueron los nombres, me pregunto,
Que hoy trivia son, y pasto de elegía?”.

Y concluidos con este remate:

Hoy vuelven bajo un sol(64) de epifanía(65)
Que es tiempo, y polvo(66), y juego de conjunto.

Dentro de esos cuatro versos ocurre la acumulación onomástica que comienza de esta forma:

Masopust, Kavasnak, Bosniak y Masek,
Smolarek, Sbóvoda(2), Uda Dukla(3),
Edú, Pepe, Coutinho, Lima (4), Manga(5)
Voronin(6), Bene(7), Spartak(8), Florian Albert(9),
Altafini(10), Botafogo(11), Chesternev(12),
Manquito Villalón(13), Pepín González(14),
Amaury Epaminondas(15), Florentino(16),
Ataúlfo Pablo Sánchez Matulic(17),
Cisneros y MacDonald(18), Mustafá(19)…

El lector, intrigado, se preguntará qué son los números adjuntos a los nombres. Son, dicho esto en el argot de la metodología académica, “llamadas”, o sea, los famosos numeritos volados que remiten a nota al pie de página o de final de capítulo. He aquí la jocosa malicia del poema; Luis Miguel Aguilar acumula los nombres, apodos y apellidos que conserva su nostalgia y “el poema” se va haciendo solo, enigmático por lo arbitrario y sorpresivo de cada jugador mencionado.
Pero Luis Miguel Aguilar sabe que un poema armado con tal recurso dejaría al lector casi en cero, así que tomó el camino posmoderno de anotarlo académicamente. Así, al nombre “Bene” le corresponde esta nota: “(7) Bene. Veloz extremo húngaro. Calvo el cabrón. Perforó a Manga en el Mundial de Inglaterra 1966”. O a Florentino: “(16) Florentino. Portero español del Toluca. Usaba unas rodilleras que parecían el escudo de Aquiles”.
El poema es pues breve, pero las notas nos alargan el placer de la nostalgia futbolera. Alguien afirmó que vemos partidos sólo para recordarlos. “El futbol de antaño”, poema inimitable de Luis Miguel Aguilar, confirma el aserto.

miércoles, abril 30, 2014

Filosofar sin gesto grave





















Cuando en enero de 2013 leí Filosofía para inconformes (Debolsillo, México, 2010), uno de los muchos libros de Óscar de la Borbolla (México, 1949, y no 1982, como dice la errata de la ficha biográfica que contiene el libro) que he tenido el gusto de visitar, no imaginaba que más de un año después podía retomarlo para quedar alelado frente a los muchos subrayados que hice a su sentencioso contenido. En este sentido, es un libro que casi se reseña solo, citándolo a pedacitos. Contiene 19 ensayos, todos dinamitadores de estereotipos y prejuicios con la prosa lacerante de un filósofo que ha llevado su agudo escepticismo hasta los guetos más peligrosos del pensamiento. Veamos.
En “Contra la humanidad”: “La lectura de la historia universal muestra que pensar y matar son la misma cosa, y no hay pueblo ni época en la que la razón resulte inofensiva”; “la historia es una cantina de pendencieros en la que cualquier cosa es motivo para desencadenar la violencia”; “El único tapanco al que se aspira, el único promontorio que se reconoce es el del dinero y el poder”; “¿Qué revolución metafísica haría falta para cambiar al hombre, a ese ser repugnante que desde que comenzó la historia no ha hecho más que convertir este magnífico planeta en una pocilga y nunca, jamás ha conseguido hacer de él una morada decente?”.
De “Monólogo de la muerte”: “la muerte es, óiganlo de mi boca [habla la muerte], la única medida, la única fuente, la esencia oculta del poder: no hay más poder que el poder matar”; “lo único que verdaderamente no muere es la muerte”.
De “Meditación de la locura”: “De la esquizofrenia infantil pasamos a la paranoia adolescente y, cuando maduramos, la locura se convierte en imbecilidad: es la locura de la conciliación, del acomodo, la locura de la normalidad”.
De “Rebelión contra lo indescifrable”: “Entender el destino es algo que siempre ocurre a posteriori, cuando el momento fatídico se encuentra en el pasado, cuando ya no hay nada que hacer”.
De “Metafísica del dolor”: “El ser humano a causa del dolor es lumpen ontológico, animal predispuesto a obedecer y a lanzarse contra lo que le ordenen, pues aunque la conciencia ciertamente permite que nos distanciemos del dolor al conceptuarlo, no por ello conseguimos sobreponernos al vergonzoso instinto de sumisión que nos hace lamer la mano que nos hiere”.
De “Libertad de desilusión”: “¿por qué, como dijo Ambrose Bierce, las tres cuartas partes del mundo son agua y nosotros carecemos de branquias?”.
Y así sucesivamente. Lo que me impresiona de De la Borbolla es, entre otras pericias, su capacidad para colocar sobre la mesa temas innegablemente densos, importantes desde el punto de vista filosófico, pero expuestos sin la pose habitual y cejijunta del pensador. Tras leerlo uno siente que el recorrido por los pasadizos de esta reflexión nos ha permitido ver estancias desoladas, una realidad destruida casi de pe a pa por el ser humano, un sujeto digno de lástima y de risa, la risa en sordina que le dispensa De la Borbolla en todo este paseo inconforme, ácido, triste y burlón al mismo tiempo.

sábado, febrero 08, 2014

Manualito de De la Borbolla


















De poco sirven las recetas si quien las lee y las pone en práctica carece de talento y sensibilidad para la cocina, si no tiene intuición para saber lo que significa un aroma, una probadita a mitad de la cocción o una pizca de pimienta salvadora. Igual, si alguien que desea escribir usa un manual y carece de lo mismo, es muy difícil que el platillo de palabras quede a pedir de ojo. Los manuales literarios (puedo decir que los manuales de todo) no son la salvación para quien no tiene salvación, así que debemos usarlos sólo cuando en efecto tenemos la esperanza de sacarles un provecho, cuando de veras sentimos el llamado, así sea tenue, de una vocación o al menos de un genuino interés por aprender.
Luego entonces, el Manual de creación literaria (Nueva Imagen, 2002) de Óscar de la Borbolla (México, 1955) puede ser tan útil como desalentador. A quienes realmente ven entre sus potencialidades algún latido expresivo de carácter literario puede socorrerlos en grata y profunda medida; a quienes se sientan lejos de este negocio, en cambio, puede persuadirlos definitivamente de que no intenten ni el apresurado fritangueo de unas palabras.
Pensemos, sin embargo, que el libro (o este modesto comentario) caen en las ansiosas manos de un joven aspirante a escritor. No dudo ni tantito que le será de tremenda utilidad, ya que en sencillos capítulos De la Borbolla despeja el camino para llegar al buen relato, sea cuento o sea novela. Creo que el título pudo ser Manual de creación “narrativa” (las comillas son sólo un énfasis), pues el autor se detiene básicamente en examinar los vericuetos de la creación de historias en prosa, no tanto, o nada más bien, en explorar, por ejemplo, las estrategias de la poesía o el teatro.
Pero más allá de esa minucia y más acá del contenido, el manualito de De la Borbolla es un ilustrativo paseo, ameno y ágil, además, por aquello que puede servir a un principiante que apetezca construir historias con tramas adecuadas, personajes creíbles, estructura firme, humor, verosimilitud, fina ambigüedad y, en suma, todo aquello que hechiza a los lectores cuando encaran cuentos y novelas convincentes, de esos que nos agarran de la solapa y por una “extraña” razón no nos dejan escapar.
Entrecomillé adrede el adjetivo “extraña” porque esa razón no lo es, o al menos no lo es tanto como creemos. La capacidad persuasiva de una buena historia tiene sus bases, y esas bases han sido escrupulosamente escudriñadas por teóricos de todos los pelajes, quienes aquí y allá han explicado, en muchísimas ocasiones con una jerga cifrada, para iniciados, llena pues de sememas y metadiégesis, cómo funcionan los relatos.
Óscar de la Borbolla, fiel como siempre a su deseo de ser entendible sin dejar de ser incisivo, y fiel también a su propia práctica como narrador, nos trae digerido, para que lo entendamos sin lágrimas, un mapa que orienta en los entreverados caminos de la creación narrativa. Muchos ejemplos de su producción, siempre oportunos, hacen de este manualito un taller literario ambulante al que podemos asistir cuando nos dé la gana. Todo es cuestión de buscarlo y volver cuando queramos cada una de sus esclarecedoras páginas.

martes, mayo 26, 2009

Nuevo premio



Mi novela Parábola del moribundo ganó el primer premio nacional de novela corta Rafael Ramírez Heredia convocado por el IPN, la revista La Otra (ex Alforja), el Instituto de Cultura del Estado de Durango y la Fundación Guadalupe y Pereyra. Los jurados fueron Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. El premio será entregado el 12 de junio en Durango, Durango. La siguiente entrevista, realizada por Karla Lobato, fue publicada el 26 de mayo de 2009 en La Opinión Milenio.

1. ¿Cuál fue el detonante para que diez años después de escribirla sacara del cajón esta novela?
Cuando en 1999 terminé Parábola del moribundo sentí casi de inmediato que debía dejarla reposar. Con el paso del tiempo le dediqué algunos momentos de revisión y eso me llevó a cambiar su aspecto como cinco veces. Nunca me dejaba plenamente satisfecho, así que le permutaba, le quitaba y le añadía detalles. Llegó a tener como 250 cuartillas y le tumbé páginas por kilos hasta dejarla de 120. No fue difícil aligerarla. Lo que pasa es que su personaje protagónico es un escritor y yo creía pertinente que entre capítulo y capítulo mostrara textos de su cuño. Decidí eliminar esas secciones y el libro se contrajo considerablemente. Así que, en efecto, es un libro del 99, pero con intermitentes retoques y podas aplicados durante una década. Lo más difícil no fue hacer la obra negra, sino aplicar los acabados, casi reescribirla, lo que hice con cuidado, más o menos, en 2002 o 2003.
o
2. ¿Cuál es la primera intención de esta producción, es decir, qué tema aborda en ella?
La historia es muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.

3. ¿Qué significado tiene para usted obtener un galardón como éste?
La primera vez que recibí un reconocimiento fue en 1984: fue una mención honorífica en el primer concurso regional de cuento Magdalena Mondragón organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón; el jurado fue Rafael Ramírez Heredia, quien murió en octubre de 2006. En 2009, varias instituciones se organizaron para homenajearlo, lanzaron la convocatoria del concurso y lo gané, lo que es motivo de orgullo para mí, pues siempre he dicho que el mejor premio literario que he recibido en mi vida fue aquella humilde mención honorífica determinada por Ramírez Heredia cuando yo tenía veinte años.

4. ¿Obtener este premio puede ser un detonador más para motivarlo a continuar con otros proyectos?
Los premios ayudan, pero no son determinantes de nada. Digamos que este premio lo he recibido con gusto, me enorgullece, pero con o sin él yo sigo trabajando como puedo y cuando puedo, como el poeta protagonista de la novela. En todo caso, la motivación más importante es la que proviene de quienes decidieron otorgarle el primer lugar: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala son tres escritores que respeto y admiro.

5. Con la creación de premios como éste, ¿existen apoyos suficientes para los creadores?
Comparado con otros de Latinoamérica, México es un país que apoya decorosamente a los escritores. Lo malo es que no hay, creo, tanto apoyo para quienes empiezan como sí lo hay para quienes ya están encarrilados. Es un juego algo perverso: apoyan hasta que uno demuestra que la hace, pero lo malo es que muchas veces no se puede demostrar nada por falta de soportes, de suerte que los comienzos de casi cualquier escritor, sobre todo en provincia, son muy sufridos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven escritor de Gómez Palacio: si pide apoyo le van a decir “Mira, si ni siquiera has publicado nada”. En mi caso, que soy de Gómez Palacio, fui alguna vez “reconocido” por el ex alcalde Rendón, quien ni siquiera fue a la ceremonia en el cabildo. Luego, dos años después, Ricardo Rebollo me dijo, muy entusiasta pero falazmente, “esta presidencia te apoyo un proyecto”, luego estiró y estiró la decisión definitiva, que quedó en nada, porque él sabía que iba a largarse como chapulín a una candidatura. Pero bueno, ante ese vacío en el entorno local he buscado fuera y por suerte cada vez tengo mejores contactos en periódicos y editoriales de la capital y de otros países. Todo es cuestión de no bajar la guardia, de dignificar el oficio de escribir y no andar rogándole a nadie.

6. Después de una larga carrera, ¿de dónde sacar nuevas ideas para la creación de algún texto?
Por suerte, desde hace varios años tengo al menos cinco libros en pausa. A estas alturas ya son como gorditas: sale una y ya voy echando la otra en el comal.

7. ¿A quién dedica este premio?
Parábola del moribundo ya tiene dedicatario explícito: es un poeta de Torreón. Además, todo lo que hago es para mis cuatro mujeres.

sábado, marzo 07, 2009

Una bienvenida para La Otra



“Al final sólo tenemos lo que hemos dado”, ha escrito mi amigo el poeta colimense Rogelio Guedea. Esas palabras pueden servir de epitafio para la recién extinta revista Alforja, publicación que al final, en efecto, tuvo muchísimo, todo lo que dio a la literatura en general y a la poesía en particular. Y eso que dio no es pasajero: se queda como herencia de cientos, tal vez miles de lectores que la acariciaron en su soporte de papel y todavía hoy pueden apreciarla en su hemeroteca internética. El aprecio por la poesía en su más alta valoración es el legado de Alforja y sus muchos colaboradores, quienes no contentos con el esfuerzo de once años continuos han cerrado una cortina para abrir de inmediato otra, la de La Otra, revista que esta noche nos convoca a lidiar con amor por el género literario más extraño y poderoso creado por el hombre: la poesía.
La Otra no es Alforja, han aclarado sus editores. Cierto. Alforja fue, es, será Alforja, y su lugar entre las revistas literarias mexicanas modernas ya no se lo quita nadie, como nadie ahora le regatea un nicho de importancia a Savia Moderna o Taller o Letras de México o Plural o la Revista de la Universidad o Vuelta. El tiempo se encargará de confirmar que Alforja ya convive con sus congéneres ilustres, pues once años de entregas especializadas en poesía no cualquiera los aguanta con tan alta y pareja calidad. Pero todo lo que empieza, concluye, como bien observa Perogrullo, y Alforja ha expirado casi con alegría, pues uno de sus sarmientos ha dado nueva mata para ser, a un solo tiempo, la misma y sin embargo La Otra, un proyecto con análogo propósito pero con estrategias distintas para seguir siendo terreno donde la poesía eche raíz y crezca y dé frutos, tantos como los que ya comenzó a dar desde su salida inaugural.
En su ejemplar de estreno, lo más evidente es el cambio de formato, una variación simple, pero que de inmediato marca el camino distinto que pretende seguir la rama en relación al tronco. El cintillo pasó a ser explícitamente más abarcador, pues de “Revista de poesía” pasó a ser “Revista de poesía+artes visuales+otras letras”. Eso significa que La Otra tomará la estafeta que de alguna forma recibe de su predecesora, pero ahora con el deseo de convidar públicos cercanos al hacer poético, como es el caso de las artes visuales.
Eduardo Lizalde es el centro del La Otra en su salida de presentación. José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y Alfredo Fressia, responsables de la revista, han elegido con puntería el tema eje, pues los ochenta años de vida de Lizalde son motivo suficiente para levantar un homenaje con varios acercamientos a su vida y obra condensados en una sección inmejorablemente titulada “Las 80 rayas del tigre”. Allí hay siete subsecciones que ayudan a delimitar los territorios pisados por Lizalde; Evodio Escalante, Marco Antonio Campos, Juan Manuel Roca, Rosario San Miguel y Luis Antonio de Villena observan la trayectoria seguida por el autor de Cada cosa es Babel y nos ayudan a reconsiderarlo una de las cumbres vivas del mapa poético nacional. Segmento revelador es el que los editores han abierto para cuatro cercanos de Lizalde (Salvador Elizondo, Ernesto Mejía Sánchez, Octavio Paz y Ramón Xirau), quienes nos acercan al compañero de andanzas literarias, más que al poeta admirado desde la lejanía; concluye la sección con un zarpazo del propio tigre, unos “Poemas de mi libreta Moleskine”.
Como en los mejores momentos de Alforja, La Otra indaga en otras latitudes y aproxima a los lectores mexicanos un condensado descriptivo y crítico sobre poesía italiana contemporánea. Esta labor de difusión y acercamiento, por lo regular asumida sólo en soporte bibliográfico, se agiliza sobremanera gracias a la publicación periódica y es de esperar que en lo venidero La Otra siga estableciendo las coordenadas de la poesía mundial en síntesis como la publicada en el número uno, sondeo firmado por Emilio Coco y aderezado con muestras de poesía de reciente acuñación. Cierra el apartado una entrevista, “Ser poeta en el sur”, a Lino Angiuli.
En el orden del cintillo incorporado al cabezal de La Otra, la sección de artes visuales presenta un asedio a la obra de Alejandro Mojica Díaz muy bien complementado con reproducciones a color, de libro de arte. Otros apartados, reseñísticos algunos, con prosa amena otros (como el de Óscar de la Borbolla), terminan por redondear La Otra, revista a la que sin duda le damos la mejor de las bienvenidas y le deseamos el trabajo fructífero del linaje al que pertenece.
Vale decir, por último y a manera de complemento necesario, que Sinaloa es un estado de nuestra república que nunca deja de hacer ruido. Por allá nació la música de banda, que con todas sus variantes es hoy uno de los ritmos más reconocibles de la norteñidad mexicana; por allá se han dado muchas de las misses que apenas son una muestra de las chuladas de chuladas que nacen en sus matas; por allá se juega el mejor beisbol del país; por allá nació el más grande ídolo cinematográfico del país; por allá también nació la mejor cantante del género ranchero; por allá fue acuñado el santo extraoficial más emblemático de la narcada; por allá, a propósito, hay una tensión grande y permanente por el clima de violencia. Menos conocido y más importante es, creo, el trabajo cultural que por décadas han ofrecido los gobiernos y la Universidad Autónoma de Sinaloa: de por allá son varios concursos literarios nacionales de importancia; de por allá son dos de los narradores con obra más significativa del norte bronco (Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez) y ahora, gracias a una labor de coedición entre La Cabra Editores y la Universidad de Sinaloa, aparece La Otra, revista con énfasis en la poesía que esta noche, con inmenso gusto y mejores deseos de éxito, presentamos en Durango.
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Nota del editor: Reseña leída en la presentación de La Otra celebrada en Durango el pasado 27 de febrero. Participaron los maestros José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y el autor de este comentario.