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sábado, agosto 19, 2023

Más apuntes de González Torres












Generoso como soy, en menos de un año me he obsequiado esto: leer tres libros de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964). Comencé con Las guerras culturales de Octavio Paz (El Colegio de México, México, 2014, 191 pp.), seguí con La lectura y la sospecha. Ensayos sobre creatividad y vida intelectual (Cal y arena, México, 164 pp.) y hace unas semanas di cierre a La pequeña tradición. Apuntes sobre literatura mexicana (UNAM/Equilibrista, México, 134 pp.). El primero es un ensayo académico, el segundo colinda con el ensayo de vida cotidiana (como diría José Joaquín Blanco) y el tercero podría ser ubicado sin errar en el ensayo literario próximo al retrato. Sean lo que sean y más allá de su condición genérica, los tres son libros que me depararon el gusto de leer a un escritor agudo, erudito y fino al mismo tiempo.

También poeta, González Torres ha seguido durante varias décadas un itinerario que lo destaca como crítico de nuestra literatura. Sin aspavientos, sin filias ni fobias de capilla o hígado solitario y kamikaze, su obra ha venido consignando los rasgos ocultos y sobresalientes de escritores todavía presentes y otros un tanto olvidados, como puede notarse en La pequeña tradición. Junto con su delicadeza crítica, me gusta encontrar, y por ello destacar, la pulcritud y belleza de su prosa, una prosa de ensayista que no condesciende a las jerigonzas intragables de cierta crítica ni a las anfractuosidades de estilo que hacen difícil lo sencillo nomás para apantallar incautos.

En La pequeña tradición asistimos a una mesa con 18 aproximaciones administradas en dos segmentos: “Sombras fundadoras” e “Inevitablemente modernos”. La primera contiene, como lo insinúa el adjetivo “fundadoras”, sobrevuelos en torno a escritores cuyo desarrollo se dio principalmente en la primera mitad del XX. Son (el prácticamente olvidado) Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Rubén Salazar Mallén (otro muy olvidado) y José Revueltas. La segunda parte es más amplia y contiene autores de la generación de medio siglo en adelante: Juan Vicente Melo, Alejandro Rossi, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, Gerardo Deniz, Eduardo Lizalde, Manuel Ponce (muy desconocido), Francisco Cervantes, Salvador Elizondo y Ramón Xirau.

El abanico es amplio, y lo mismo convoca a escritores todoterreno, como Reyes, que a escritores identificados con un solo género e incluso con una sola obra, como Gorostiza.

Este engarce de retratos procede como alambique: en cada pieza se ha destilado la esencia de los escritores que entran en la mirilla de González Torres. No es un repaso exhaustivo de cada uno (como ocurrió en el libro sobre Paz), sino la focalización de los rasgos que mejor ayudarían a percibir excepcionalidades ora de carácter, ora de orientación estética, ora de libros claves y ora hasta de defectos. No traigo ejemplos por falta de espacio y también porque todo el libro es bueno, claro y puntual en lo que afirma. Lo he leído con sosegado placer y para quienes gustan del ensayo literario está, como dicen los argentinos, para alquilar balcones.

sábado, abril 29, 2023

Rompecabezas de la vida creativa

 











La vida literaria es un inagotable motivo literario. Tanto es así que hay obras enteras dedicadas a seguir los pasos de escritores, casi casi como si lo que hacen quienes moldean palabras fuera siempre digno de consideraciones especiales. En esto hay, claro, un pequeño truco: la vida de los escritores es lo que tienen más a la mano los escritores, de ahí el antojo casi inevitable de contarla. Un ejemplo, acaso el mejor de todos los que me vienen a la cabeza cuando pienso en una obra literaria con tema literario, es “Enoch Soames”, cuento tenido por algunos como el mejor de la historia.

Pero no sólo la ficción apela a personajes dedicados a escribir. Las memorias, los diarios o las autobiografías de los escritores, digo por caso, escudriñan inevitablemente, y de manera frontal, el asunto, y lo mismo hace el ensayo cuando desde el yo crítico expone las características, circunstancias, esplendores y miserias de la vida literaria. Un clásico de esta naturaleza puede ser Un arte espectral. Reflexiones sobre la escritura (Emecé, México, 2009, 321 pp.), de Norman Mailer. Tengo frente a mí, recién leído, una obra congénere: La lectura y la sospecha (Cal y arena, México, 164 pp.), de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), quien en este libro subtitulado Ensayos sobre creatividad y vida intelectual traza medio centenar de aproximaciones al viscoso mundillo en el que se mueven los aporreadores de teclas, aunque hay páginas que se extienden a los practicantes de otras disciplinas (en uno de los últimos textos del conjunto hace énfasis, por ejemplo, en la plástica, ámbito de la creación en el que cualquier mamarracho esotéricamente justificado con sociología o filosofía puede ser exhibido en un museo y u o ser vendido a precios irrisorios por inflados).

Las piezas que componen este libro habitan tres grandes secciones. González Torres las delimita en su presentación: “El libro comienza con algunas reflexiones, especulaciones y dramatizaciones sobre la actividad creativa, su génesis y los hábitos que la estimulan u obstaculizan. El segundo capítulo contiene una parodia de diversas deformaciones y anomalías del acto creativo, como la esterilidad, la elección vocacional equivocada o la propensión al robo o al plagio. El tercer capítulo contiene algunas reflexiones sobre el entorno de mercado y los incentivos institucionales que rodean el arte y que influyen en su creación y reflexión”.

También poeta, Armando González Torres trabaja aquí en el registro del ensayo más ensayístico, aquel que despliega sus planteos con una equilibrada mezcla de información, tono literario, templado desacuerdo, tenue humor, rechazo al dogmatismo y originalidad de enfoque, todo al modo de Montaigne, digamos. No sé si a esta enumeración le falte algún otro rasgo, pero con los citados creo describir bien el timbre general de las piezas, la médula y el tono que el lector encontrará en La lectura y la sospecha. Es, por ello, un libro al alimón inteligente y ameno, espeso de agudas observaciones sobre, ya lo insinué, el circo de muchas pistas que es la vida de cualquier creador, particularmente del que escribe.

Como es un libro poliédrico, no es posible agotar en una reseña la totalidad de los asuntos en él encarados. Para avivar el interés del lector, cito sólo tres. En el texto titulado “De chiripa”, reflexiona sobre la suerte en el quehacer artístico, a veces socorrido por algún chispazo fortuito, pero siempre más vinculado con la solidez de la formación: “El gran arte no puede ser sólo improvisación y se requiere de un plan mínimo, de una hoja de navegación, aunque también debe disponerse de la apertura para recibir, asimilar e incluso propiciar el accidente dentro de la arquitectura previamente trazada”.

En “Creación e intoxicación” sobrevuela el mito de la experimentación con activadores líquidos, herbales o pulverulentos para aterrizar (literalmente, luego del “viaje”) en obras valiosas: “¿En verdad resulta creativa la intoxicación? (…) Acaso un creador requiera la visión de los infiernos o paraísos que proporciona la intoxicación, pero también requiere un pulso firme para materializarla. Por eso, quizá muchas obras largamente soñadas se quedan en nuestro pulso tembloroso e imaginación somnolienta de intoxicados”.

Un último ejemplo. El apunte titulado “Guardianes de la queja” señala que “En la mitología intelectual del siglo XX llegó a atribuírsele a los intelectuales el papel de guardianes de la queja. Se suponía que el intelectual podía formular y conducir la queja de una manera más apropiada que el ciudadano común. Por supuesto, esto era un simple mito, pues muchos intelectuales adoptaron la queja histérica y el fanatismo”.

Dejo estas tres pizcas para tratar de evidenciar algunos de los muchos recovecos por los que discurre Armando González Torres en La lectura y la sospecha. Es, sobre todo, un libro para escritores/creadores, pero no resulta exagerado anotar que cualquier lector podrá hallar en estas páginas atinados rasgos de una fauna compleja y peculiar, contradictoria y tan sublime como —en buena parte de los casos— ridícula.

miércoles, abril 28, 2021

Por añadidura

 














Horacio Verbitsky, a mi parecer el mejor periodista vivo de América Latina, cuenta una anécdota que tuvo como protagonista a Rodolfo Walsh, su amigo. Asistían a una reunión social de escritores y periodistas, y alguien se acercó a Walsh para decirle que su cuento “Esa mujer” era muy bueno, pero que si alguna vez lo traducían, por ejemplo, al francés, era necesario modificarle varios detalles para que resultara entendible a los franceses. El autor de Operación Masacre contestó que no le importaba que los franceses lo entendieran, que su propósito era ser leído y apreciado por los suyos, los argentinos.

La respuesta de Walsh no fue descortés, sino la seca afirmación de una postura. Frente a la urgencia que abrazan algunos escritores por trascender fronteras y, como dicen desde hace un tiempo, con horripilante neologismo, “internacionalizarse”, el autor de Variaciones en rojo se mostró tenaz en la idea de ser leído y comprendido por sus lectores inmediatos, que para eso trabajaba.

Esta situación, la implícita en lo respondido por Walsh, me lleva a pensar en una circunstancia que encaro de manera recurrente. Debido a que ahora hay mil espacios chicos y grandes para publicar, no ha faltado que incluso a mí me inviten a colaborar allá donde no me conoce (ni conozco a) nadie. Mi respuesta es más o menos la misma: si se trata de algo esporádico, de una colaboración no fija, sino ocasional o única, adelante, mi respuesta es frecuentemente afirmativa. Así, en los meses recientes pude hacerme visible en una página digital de Chile, en un suplemento literario de Puebla, en la revista Casa del Tiempo de la UAM y en una web de Santiago del Estero. He optado conscientemente por no aceptar compromisos fijos debido a que ya en mi entorno lagunero tengo los suficientes: la columna de Milenio Laguna, el artículo para la revista Nomádica y la colaboración para Acequias de la Ibero Torreón. Con esto casi casi es demasiado, así que no deseo sumar entregas.

Tal decisión se debe fundamentalmente a que nunca se ha dado en serio, ni he buscado, un espacio fijo más allá de La Laguna. Mi interés se ha centrado en “dialogar” con la gente de aquí, en servir de enlace, sobre todo, entre los libros y los autores que leo y las personas que habitan esta parte de México. Esto ha provocado que sea rara la detección de mi trabajo más allá de los cerros calvos que delimitan nuestro espacio, hecho que a veces lamento sin llegar al desgarre de ninguna vestidura y sin abrigar ningún resentimiento. Finalmente es algo que yo mismo he promovido, así que sería necio quejarme de mis propias iniciativas.

Por esto es alentador que de vez en cuando, cada mucho, algo llegue a ser comentado más allá del que considero mi “lector modelo”, el lector lagunero. Es como oír un eco lejano del grito que uno pega. Esto me ocurrió dos veces seguidas hace poco en un par de radiodifusoras de la Ciudad de México. Una de ellas supuso una casualidad casi mágica. En la noche conversaba por Whatsapp con mi hija mayor y me comentó que tenía la inquietud de escribir cuentos. Me pidió algunos consejos prácticos, se los di y ahí terminó la charla. Al día siguiente, mientras ella preparaba su desayuno, bajó un podcast donde la escritora Mónica Lavín daba consejos para escribir cuentos, y, al referirse al libro colectivo Ligeros de equipajemencionó con énfasis el cuento de mi cosecha allí incluido. Mi hija quedó sorprendida, y yo más, por lo que ya dije: no es frecuente hallar lectores más allá de mi región. Otro tanto pasó ayer, cuando mi amiga Marcela Medina me envió un audio donde en un programa chilango comentaron una de mis columnas.

No es el fruto que busco al escribir, pero es grato advertir que a veces, muy a veces, por añadidura, estos párrafos respiran otros aires.


sábado, marzo 31, 2018

Vivir y/o beber según Hiriart
























Poco a poco he abarcado la bibliografía de Hugo Hiriart, por otro lado no muy abultada. Se ha convertido en un escritor al que aprecio desde que leí Disertación sobre las telarañas, libro que me lo presentó como autor peculiar, de esos que trabajan no tanto para el pragmatismo del conocimiento sino para las delicadezas del placer especulativo. Lo mismo hallé en La naturaleza de los sueños y en El arte de perdurar, títulos que ratificaron mi admiración por el también autor de Galaor, premio Xavier Villaurrutia 1972.

En estas vacaciones acomodé libros y saltó uno breve que no había leído: Vivir y beber (Cal y arena, México, 1989, 91 pp.), del mismo Hiriart. Es, éste sí, un libro con fleco pragmático, si se puede decir así, un alegato descarnado contra el infierno de la dipsomanía. Hiriart “es” alcohólico, así que conoce a fondo el laberinto en el que nos interna. Entrecomillé el verbo no porque al momento de escribir el libro siguiera bebiendo, sino porque, como lo sabemos y queda confirmado en estas páginas, el alcoholismo es una dependencia sin orillas, de suerte que el alcohólico es alcohólico aunque deje de beber. Esta es, precisamente, una de las claves de su salvación: aceptar que jamás está salvado, que una copa puede desencadenar la recaída en el abismo si es que alguna vez se ha logrado escapar de él.

Con una sinceridad a quemarropa, Hiriart articula Vivir y beber en tres capítulos planteados en formato de respuesta a las siguientes preguntas: “¿Qué pasa?”, “¿Qué podemos hacer?” y “¿Para qué?”. En el primero expone brutalmente la realidad del bebedor enfermo; cuando en efecto lo es, no hay remedio, lo es y poco a poco incrementará sus dosis y perfeccionará sus estratagemas para conseguir alcohol hasta terminar abatido por el trago si antes no aparece el remedio desarrollado en el segundo apartado: tras alguna crisis casi terminal puede llegar la postergada aceptación de la enfermedad y el consecuente acceso de la ayuda, como participar en algún grupo de Alcohólicos Anónimos. Un eje de la “conversión” está en no anticipar el futuro, en que el alcohólico no piense si beberá mañana, pasado mañana o dentro de un año, sino en acatar la regla simple y desafiante de no beber en el presente exacto, en el hoy. En ¿“Para qué?”, Hiriart describe la razón última a la que aspira el destierro del trago; aunque suene cursi, dice, el objetivo es que el espíritu del alcohólico se desarrolle sin la tortura, la culpa y la autodestrucción a la que se precipita si no frena a tiempo.

Libro claro, sincero y contundente, Vivir y beber es otro buen motivo para dialogar con Hugo Hiriart.

miércoles, julio 09, 2014

Memorioso de triunfos y caídas




















Es difícil ponerse al margen del asombro provocado por la caída más estrepitosa en la historia de la selección brasileña en un Mundial. Cierto que el Maracanazo fue una tragedia, pero ahora que lo pienso con más calma, lo de ayer estuvo peor. En 1950, Brasil perdió y el país quedó inundado de lágrimas, pero el juego no quedó definido sino hasta el silbatazo final luego de que en el minuto 34 Alcides Ghiggia, quien todavía vive para contarlo, marcara el segundo tanto charrúa en la puerta de Barbosa. Lo de ayer, en cambio, quedó resuelto de manera brutal en el minuto 30 del primer tiempo, cuando Alemania ya había cosechado un racimo de cinco goles. Sea como sea, lo cierto es que ayer vimos uno de esos momentos inolvidables, por venturosos o por trágicos, del deporte mundial, de esos que los comentaristas del futuro no dejarán de recordar.
Como esos comentaristas del futuro es actualmente el escritor torreonense Gilberto Prado Galán, un apasionado del deporte que además es un destacado poeta y ensayista y un memorioso con incuantificables gigas en la mente. Gracias a esos talentos acumulados, no hay sobremesa en la que no despliegue un cúmulo de datos deportivos, los mismos que poco a poco ha ido publicando en la prensa mexicana y poco después sirvieron para articular un libro imprescindible en la biblioteca de cualquier deportólogo bien nacido: Sobre héroes y hazañas (Cal y arena, 2011).
Digo imprescindible porque Prado Galán logra hazañas textuales con esa prosa de poeta y ensayista puesta al servicio del comentario deportivo. Sobre héroes y hazañas no está dedicado por completo al futbol, pero su primera estancia es grande y contiene 17 estampas relacionadas con este deporte. Las otras fueron dedicadas a la tauromaquia, el beisbol, el olimpismo, el ciclismo, el montañismo, el automovilismo, el boxeo y otros deportes. Las más amplias secciones son la del futbol y la del box, los deportes que más atrapan la atención del autor y, creo, de la mayor parte de los mexicanos.
El procedimiento del libro está enunciado en el título: en ágiles instantáneas, Prado Galán nos cuenta la vida de algún deportista señalado. Por supuesto, hace énfasis en los logros, aunque jamás pasa por alto las caídas, los fracasos, las frustraciones, pues si algo tiene el deporte, como lo vimos ayer con Brasil frente a Alemania, es su poderosa capacidad para crear héroes, hazañas y desastres casi de un día para otro.
En el apartado futbolístico del libro, el autor observa al Chicharito Hernández, a Luis Suárez (sí, el mismo que hace unos días atestó de mordelones memes el universo de las redes sociales), Totó Schillaci, el Loco Abreu, Lev Yashin, Christian Chivu, Horacio Casarín, el Loco Houseman, René Higuita, Enrique Omar Sívori, Antonin Panenka (el de los penales con vaselina), Tostao (el secuaz de Pelé en México 70), Emmanuel Sanon (el mejor haitiano de la historia), Roberto Baggio y dos textos más, uno sobre México y Argentina y otro sobre hermanos que han jugado juntos en ligas y en selecciones.
La formación ensayística de Prado Galán le permite manejarse en la opinión deportiva con creatividad. Sabedor, y sabedor a fondo, de que es la originalidad del punto de vista el fuerte de todo acercamiento crítico, trátese de deporte o de literatura o de política o de lo que sea, el escritor lagunero accede a cada personaje para iluminarnos alguna zona poco o nada explorada de su biografía.
Por esto, Sobre héroes y hazañas (título, claro, con resonancia sabateana) no es un libro más en la ya amplia bibliografía de GPG. Por su fresco tratamiento del deporte, por los datos que destaca y por la emoción que trasuda, lo coloco incluso entre sus mejores título, lo que no es poco decir.

miércoles, junio 18, 2014

Nostalgia sobre el césped




















Hay obras literarias que no valen tanto por su ejecución cuanto por su idea. Me refiero a esos textos que apoyan su valor, principalmente, en el hecho de que se tornan únicos, irrepetibles. Pienso por ejemplo en Las vocales malditas, de Óscar de la Borbolla, serie de cuentos cuya metodología nadie puede reintentar sin verse señalado como poco (o nada) original. Un caso semejante es el planteado por “El futbol de antaño (un poema hermético)”, de Luis Miguel Aguilar (Chetumal, Quintana Roo, 1955). Publicado originalmente en la revista Nexos (mayo, 1994) y luego recogido en Nadie puede escribir un libro (Cal y arena, 1997) este extraño espécimen literario es uno de los juegos más maliciosos que uno pueda encontrar en la poesía mexicana, y se refiere a futbol, deporte que uno puede encontrar en cualquier sitio.
Es ya abundante la narrativa sobre futbol, sobre todo la formateada en molde cuentístico. Hay también muchos ensayos de diferentes disciplinas, libros enteros con vistazos críticos planteados desde el periodismo o la academia. Lo que no nos frecuenta es la poesía sobre futbol. Claro que existe, como el hermoso poema “Futbol”, de José Pedroni, que termina: A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña, / la multitud, el fútbol… Todo es grato en la tierra”. O este otro, hermoso, de Antonio Deltoro: “Contra el hacer, contra la dictadura de la mano, yo canto / al pie emancipado por el balón y el césped, / al pie que se despierta de su servil letargo, / a la pierna artesana que vestida de gala va a la fiesta…”. Pero son pocos, o al menos no tantos como ocurre con los cuentos y las aproximaciones críticas.
“El futbol de antaño” es un poema breve. Alcanza apenas 41 versos endecasílabos en verso blanco (es decir, no rimados). Se trata de una larga enumeración de nombres propios encerrados en una especie de paréntesis abierto con esta invocación:

¿Dónde fueron los nombres, me pregunto,
Que hoy trivia son, y pasto de elegía?”.

Y concluidos con este remate:

Hoy vuelven bajo un sol(64) de epifanía(65)
Que es tiempo, y polvo(66), y juego de conjunto.

Dentro de esos cuatro versos ocurre la acumulación onomástica que comienza de esta forma:

Masopust, Kavasnak, Bosniak y Masek,
Smolarek, Sbóvoda(2), Uda Dukla(3),
Edú, Pepe, Coutinho, Lima (4), Manga(5)
Voronin(6), Bene(7), Spartak(8), Florian Albert(9),
Altafini(10), Botafogo(11), Chesternev(12),
Manquito Villalón(13), Pepín González(14),
Amaury Epaminondas(15), Florentino(16),
Ataúlfo Pablo Sánchez Matulic(17),
Cisneros y MacDonald(18), Mustafá(19)…

El lector, intrigado, se preguntará qué son los números adjuntos a los nombres. Son, dicho esto en el argot de la metodología académica, “llamadas”, o sea, los famosos numeritos volados que remiten a nota al pie de página o de final de capítulo. He aquí la jocosa malicia del poema; Luis Miguel Aguilar acumula los nombres, apodos y apellidos que conserva su nostalgia y “el poema” se va haciendo solo, enigmático por lo arbitrario y sorpresivo de cada jugador mencionado.
Pero Luis Miguel Aguilar sabe que un poema armado con tal recurso dejaría al lector casi en cero, así que tomó el camino posmoderno de anotarlo académicamente. Así, al nombre “Bene” le corresponde esta nota: “(7) Bene. Veloz extremo húngaro. Calvo el cabrón. Perforó a Manga en el Mundial de Inglaterra 1966”. O a Florentino: “(16) Florentino. Portero español del Toluca. Usaba unas rodilleras que parecían el escudo de Aquiles”.
El poema es pues breve, pero las notas nos alargan el placer de la nostalgia futbolera. Alguien afirmó que vemos partidos sólo para recordarlos. “El futbol de antaño”, poema inimitable de Luis Miguel Aguilar, confirma el aserto.

miércoles, diciembre 30, 2009

Postales de José Joaquín



Durante muchos años creí conocer a José Joaquín Blanco gracias a lo que permitían vislumbrar sobre él las crónicas de Función de medianoche, Un chavo bien helado, la novela Las púberes canéforas y, en menor grado, los numerosos ensayos que dan idea de su itinerario como lector; me equivoqué, pues apenas he salido de las páginas de Postales trucadas (Cal y arena, 2005) y ahora sí creo conocer con información más clara a uno de los escritores, creo, imprescindibles de la literatura mexicana. Lo es a mi juicio por la calidad de su obra, pero también por la diversidad de sus registros y el humor agridulce que dimana lo que escribe, sobre todo aquellos textos —como la crónica, el cuento, la poesía o la novela— donde es fundamental estampar un sello personal.

Postales trucadas es un libro autobiográfico. No se nos presenta como tal, explícitamente, pero lo es. Gracias a él podemos ingresar, como digo, al pasado personal de JJ Blanco y trabar contacto con su parentalia. Vemos, leemos pues aquí, en divertidas crónicas retrospectivas, la andanza de un escritor que durante cuarenta años ha permanecido visible en el periodismo y la literatura mexicanos. Tengo la impresión de que, como algunos otros escritores, JJ Blanco no cuenta con los lectores que merece, y esto lo digo en términos de cantidad; pero así es nuestro país y acaso muchos otros: los escritores con obra valiosa pasan a ser, si bien les va, autores celebrados por grupúsculos, escritores “de culto”. Quizá JJ Blanco no esté de acuerdo con esto, pero así lo noto desde la hermosa-provincia-mexicana.
Todo autor de obra amplia y miscelánea tiene un libro que puede servir como zaguán o acceso al conjunto de su trabajo. Creo que, en el caso de Blanco, Postales trucadas es el suyo. Con estas páginas a la vista entendemos mejor de dónde vienen el cronista, el ensayista, el poeta, el narrador. Aquí están, sabrosamente expuestas, las contraseñas que permiten ingresar al mundo de su primera formación, a sus relaciones familiares y amistosas, a su paso por numerosos revistas y periódicos. Se trata de 16 textos que en diferentes medidas asumen la vertiginosa confesión, no despejada de escarnio y autoescarnio, como regla. Digo vertiginosa porque aquí Blanco narra en motocicleta: domina tanto el arte de contar, de “cronicar” lo ajeno, que con lo propio ni se siente que las páginas sean páginas. Saltamos de una pieza a otra en tres patadas y a la vuelta de unas horas ya terminamos con los poco más de 200 folios que contiene el libro.

Aunque no hay subdivisiones temáticas entre esas 16 estampas, se me ocurre que Postales trucadas ofrece tres momentos: 1) el de la infancia y los familiares cercanos; 2) el del trabajo periodístico, y 3) el de la obra literaria. Las tres son entrañables, cierto, pero como de alguna manera conocemos las dos últimas, la primera resulta encantadora. “Conchita”, dedicada a su tía-madre, es un homenaje a la mujer con la que el cronista salió del cascarón. La figura de Conchita es fascinante por las razones que nos trae la memoria de Blanco, pero más porque detrás de ese relato vemos a las miles de tías Conchitas que en todos lados no dejan desvalidos a los niños y los arropan y les dan los medios para que salgan adelante. Conchita, una mujer verdaderamente chingona, es una tía modelo, una tía que de buena casi llega a madre, catadura estricta incluida: “No faltan intrépidos que forjen su carácter en la lucha con el ángel; yo templé el mío entre los años cincuenta y sesenta, de los ocho a los dieciocho años, en feroces encontronazos con Conchita. Tenía sus ideas. Las cosas debían ser como debían ser y no se aceptaban negativas ni disculpas, y punto. Todo perfecto y todo a su tiempo, y punto. Y no le gustaba ordenar las cosas dos veces ni que le salieran con batea de babas, y punto”. Ese rigor de Conchita, pero al mismo tiempo su proclividad al relajo, perfilaron en Blanco, presiento, la faceta de niño estudioso/niño gustoso del desmadre.

Las postales que siguen extienden el dibujo de otros afectos cercanos: el abuelo Joaquín, un tanto al margen los padres biológicos (Trini y el cubano Raúl), Arturo Sotomayor, quien se convirtió en el primer tutor intelectual, y a la postre el maestro más querido, de Blanco. Por él, dice el cronista, quiso retratar con palabras todos los rincones de la capital: “Sospecho que mi larga (y ya concluida definitivamente) tarea de cronista capitalino, fue una manera de agradecer su inspiración y su ayuda. Ganas de agradar a don Arturo. Le gustaban un poco mis cosas: ‘Pero no es eso lo que espero de ti’”.

Dos crónicas muy de su estilo aparecen en el centro de Postales trucadas: “Sueño de una tarde en la Zona Rosa” y “Los viernes del Chico”. En la primera, describe la involución de la famosa zona, que antes permitía ligues de toda índole sin tanto riesgo para luego convertirse en sitio dominado por un hampa temible: “El éxito de las drogas, especialmente de la cocaína, fue repentino y arrollador. De pronto el bar rebosaba de misteriosos y draculescos bi- poli- hetero- o asexuales y no se hacían esperar los pleitos, que ya difícilmente podían controlar los guardias y meseros. Se volvió peligroso, menos por las drogas en sí que por toda su erizada trama de capos, conectes, ganchos, espías, agentes, delatores, cobradores”. En la segunda, JJB repasa un momento importantísimo del que fue actor y testigo: el del suplemento La Cultura en México, de la revista Siempre! No deja de lucir aquí una cepillada para Monsiváis, a quien coloca en el lugar de jefe ausente y jocoso delegador del trabajo, usufructuario de prestigios y hábil tejedor de chismes.
Los momentos que siguen se anudan igual a esta autobiografía lateral de JJB, su labor como cronista de la izquierda setentera/ochentena y más, mucho más con su estilo siempre filoso y ameno, cordial y agresivo, el estilo de un escritor, insisto, indispensable de la literatura mexicana.