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miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

miércoles, octubre 08, 2025

A 40 del “Nunca más”

 







Tras la caída de la dictadura se dio el triunfo en las urnas de Raúl Alfonsín. La tarea para recuperarse de la ruina económica se presentaba ardua, muy difícil de sortear, y en efecto lo fue. Al mismo tiempo, mientras el gobierno se las arreglaba en el plano económico, en el plano político se impuso una urgencia: ¿sería el nuevo gobierno capaz de hacer algo con los genocidas o meterá sus crímenes debajo de la alfombra? La experiencia en otros países con pasajes semejantes no ha sido buena. Regímenes totalitarios han ejercido su poder y tras sus caídas no ha habido castigo para los represores. En Argentina, pese a la cercanía, pese al poder nada residual de los militares, el gobierno de Alfonsín acometió el Juicio a las Juntas, un complejo desfile de declarantes, de acusadores y acusados. Los juicios duraron del 22 de abril al 9 de diciembre de 1985, y recogieron cerca de 300 casos en interrogatorios de todas las partes; al fin, el fiscal Julio César Strassera hizo la acusación en un discurso que incluyó la famosa frase “Nunca más”. Apenas unos pocos meses después de que habían ejercido el poder sin otros límites que los dictados por el más caprichoso sadismo, los militares de primer rango que secuestraron a miles de argentinos, que los mataron vivos, que los desaparecieron y (cuando se daba el caso) cambiaban el destino a los bebés apropiados y hundieron la economía a lo que Walsh denominó “miseria planificada”, fueron condenados por crímenes de lesa humanidad.

Vale traer aquí parte de la acusación final del fiscal Strassera: “Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la Nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad torna monstruosa la mera hipótesis de la impunidad. Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan ‘hechos políticos’ o ‘contingencias del combate’. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y esta condena, el pueblo argentino recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre la base de los cuales se constituyó la Nación y su imagen internacional severamente dañada por los crímenes de la represión ilegal. (…) Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’”.

Hace cuarenta años fueron dichas estas dos palabras.

sábado, enero 08, 2022

La alusión como soporte

 






En el cuento “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, el recurso de la alusión aparece desde el título: esa mujer, a la que se menciona así, vagamente, en todo el relato, es un ser concreto, el cadáver embalsamado de Eva Duarte de Perón que mantiene oculto su más famoso custodio/secuestrador, un militar de nombre Carlos Moori Köenig. La leyenda señala que este tipo se enamoró del cadáver de Evita y mientras asumía su cuidado pudo perpetrar actos viles sobre el cadáver. Ignoro qué tan cierto o falso haya sido eso.

El personaje de Moori Köenig y el cadáver de Evita sirvieron para que Walsh escribiera un cuento extraordinario, quizá uno de los mejores de la literatura latinoamericana. Dos personajes se encuentran en un departamento de Buenos Aires: no son mencionados por sus nombres, pero sabemos que son un militar, dueño del lugar donde se desarrolla el diálogo, y un periodista.

La historia es narrada en primera persona por el reportero, quien escribe con estilo directo y frases cortísimas. El tiempo objetivo del relato es apenas el que consumió el encuentro, y en ese breve lapso se aprieta un torrente de información, casi toda insinuada. “Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa”. El periodista quiere obtener el dato del lugar donde se encuentra el cadáver, pero el militar elude la respuesta. La conversación avanza tortuosamente, sin un hilo preciso debido a la elusividad del militar. Para reforzar la incertidumbre, lo movedizo de la conversación, Walsh construye diálogos vertiginosos, frases que configuran un zigzag entre los interlocutores.

Poco obtiene en claro el periodista, pues el coronel habla y parece que no revelará nada importante sobre el paradero de “esa mujer”. Unas hebras de información, sin embargo, se le escapan ante la insistencia del periodista:

—¿La sacaron del país?

—Sí.

—¿La sacó usted?

—Sí.

—¿Cuántas personas saben?

—Dos.

—¿El Viejo sabe?

Se ríe.

—Cree que sabe”.

“El Viejo” es una alusión al viudo de Eva Perón, quien en teoría está enterado de que el cadáver de su esposa ha sido sacado del país, lo que en efecto ocurrió. La idea del periodista es encontrarlo, pero el misterio y el muro de silencio son poderosos, impenetrables.

“Esa mujer” ilustra, como pocos cuentos, la capacidad de la ficción para, en un puñado de párrafos, coagular dramas que la historia contaría de otra manera. Walsh necesitó cinco páginas y dos personajes para resumir un caso de política y necrofilia que durante varios años mantuvo en vilo a todo un país.


miércoles, abril 28, 2021

Por añadidura

 














Horacio Verbitsky, a mi parecer el mejor periodista vivo de América Latina, cuenta una anécdota que tuvo como protagonista a Rodolfo Walsh, su amigo. Asistían a una reunión social de escritores y periodistas, y alguien se acercó a Walsh para decirle que su cuento “Esa mujer” era muy bueno, pero que si alguna vez lo traducían, por ejemplo, al francés, era necesario modificarle varios detalles para que resultara entendible a los franceses. El autor de Operación Masacre contestó que no le importaba que los franceses lo entendieran, que su propósito era ser leído y apreciado por los suyos, los argentinos.

La respuesta de Walsh no fue descortés, sino la seca afirmación de una postura. Frente a la urgencia que abrazan algunos escritores por trascender fronteras y, como dicen desde hace un tiempo, con horripilante neologismo, “internacionalizarse”, el autor de Variaciones en rojo se mostró tenaz en la idea de ser leído y comprendido por sus lectores inmediatos, que para eso trabajaba.

Esta situación, la implícita en lo respondido por Walsh, me lleva a pensar en una circunstancia que encaro de manera recurrente. Debido a que ahora hay mil espacios chicos y grandes para publicar, no ha faltado que incluso a mí me inviten a colaborar allá donde no me conoce (ni conozco a) nadie. Mi respuesta es más o menos la misma: si se trata de algo esporádico, de una colaboración no fija, sino ocasional o única, adelante, mi respuesta es frecuentemente afirmativa. Así, en los meses recientes pude hacerme visible en una página digital de Chile, en un suplemento literario de Puebla, en la revista Casa del Tiempo de la UAM y en una web de Santiago del Estero. He optado conscientemente por no aceptar compromisos fijos debido a que ya en mi entorno lagunero tengo los suficientes: la columna de Milenio Laguna, el artículo para la revista Nomádica y la colaboración para Acequias de la Ibero Torreón. Con esto casi casi es demasiado, así que no deseo sumar entregas.

Tal decisión se debe fundamentalmente a que nunca se ha dado en serio, ni he buscado, un espacio fijo más allá de La Laguna. Mi interés se ha centrado en “dialogar” con la gente de aquí, en servir de enlace, sobre todo, entre los libros y los autores que leo y las personas que habitan esta parte de México. Esto ha provocado que sea rara la detección de mi trabajo más allá de los cerros calvos que delimitan nuestro espacio, hecho que a veces lamento sin llegar al desgarre de ninguna vestidura y sin abrigar ningún resentimiento. Finalmente es algo que yo mismo he promovido, así que sería necio quejarme de mis propias iniciativas.

Por esto es alentador que de vez en cuando, cada mucho, algo llegue a ser comentado más allá del que considero mi “lector modelo”, el lector lagunero. Es como oír un eco lejano del grito que uno pega. Esto me ocurrió dos veces seguidas hace poco en un par de radiodifusoras de la Ciudad de México. Una de ellas supuso una casualidad casi mágica. En la noche conversaba por Whatsapp con mi hija mayor y me comentó que tenía la inquietud de escribir cuentos. Me pidió algunos consejos prácticos, se los di y ahí terminó la charla. Al día siguiente, mientras ella preparaba su desayuno, bajó un podcast donde la escritora Mónica Lavín daba consejos para escribir cuentos, y, al referirse al libro colectivo Ligeros de equipajemencionó con énfasis el cuento de mi cosecha allí incluido. Mi hija quedó sorprendida, y yo más, por lo que ya dije: no es frecuente hallar lectores más allá de mi región. Otro tanto pasó ayer, cuando mi amiga Marcela Medina me envió un audio donde en un programa chilango comentaron una de mis columnas.

No es el fruto que busco al escribir, pero es grato advertir que a veces, muy a veces, por añadidura, estos párrafos respiran otros aires.


sábado, junio 17, 2017

Equidad de géneros














Adrede usé el plural, eso de “géneros”, porque me refiero a los literarios, no a los de nuestra sexualidad. Sabido, muy sabido es que la novela acapara desde hace años la atención de (no sabemos quién fue primero, como el huevo o la gallina) editores y lectores, y que otros géneros han pasado a convertirse en satélites que a veces ni siquiera tienen cabida en el sistema de mercado. No por otra razón alguien ha dicho que la poesía (puedo agregar al ensayo y casi también al cuento) es una de las pocas cosas, acaso la única, que no le interesan al comercio, una especie de derrota con extraño sabor a triunfo.
Pues bien, tal no ha sido el caso de la novela, género lucrativo si los hay. Esto ha provocado que, como en el mundo capitalista se le tiene bien apapachada, los lectores y hasta los mismos escritores y no se diga los editores, crean que es un género per se más importante, el único que pone la vara alta. En mi escala de gustos, que no importa pero de todos modos es mía, aprecio, y mucho, la novela, pero a fuerza de contacto con otros moldes también les tengo ley. No tan secretamente leo bastante poesía, siempre estoy metido con el cuento, admiro a los ensayistas y me encantan géneros en apariencia menores como la crónica y la entrevista. O sea, me cuadra el bufet, no un platillo único.
Fue un placer, por ello, toparme con una entrevista de Piglia a Rodolfo Walsh. En ella, el gran maestro RW declara lo siguiente, que es cierto, por su aspiración a la equidad de géneros, aunque se refiera a un contexto muy distinto al actual (1970): “Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa (…) Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. (…) al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción”.

sábado, febrero 21, 2015

Mi dream team gaucho













Acomodar carpetas en el permanente caos de mi computadora siempre trae consigo sus sorpresas. Una de ellas me acaba de alegrar. Hace diez años más o menos trabajé una serie de retratos de los argentinos que más admiro. Mi idea de aquel momento era diseñar una pegatina o sticker (así le llaman ahora, creo) para adherirla en no sé dónde. A esa lista no podría quitarle, hoy, ningún personaje, pero sí añadirle varios, como a José Pedroni y Alejandro Dolina en la literatura, Jorge Cafrune en la música y Osvaldo Bayer en la historia. Sin embargo, así dejo la imagen por ahora, tal y como la diseñé hace una década. Nomás digo brevemente quiénes son y por qué siguen estando en mi dream team gaucho.

1. Atahualpa Yupanqui. El más grande compositor de letras en el folclor argentino y tal vez latinoamericano. Para mí es una especie de padre, un tótem al que oigo con veneración.
2. El Che. Mi primer ídolo político juvenil, el hombre que encarna para mí la totalidad a la que puede aspirar un ser humano.
3. Diego Maradona. El cabrón que ha jugado mejor que nadie, a mi juicio, lo que ya sabemos. Veo las repeticiones de sus jugadas una y otra vez y el asombro me resulta asombrosamente inagotable.
4. Roberto Fontanarrosa. Creí durante muchos años que era sólo Boogie el Aceitoso. Luego supe que era muchos otros personajes diseminados en historietas, cuentos y novelas. El tipo más divertido e inteligente, en esa perfecta combinación, que he escuchado en mi vida.
5. Mercedes Sosa. La voz que a un tiempo representa, para mí, el dolor y la esperanza de nuestros lastimados pueblos. Un amor, la Negra.
6. Jorge Luis Borges. El mejor escritor que he leído y leeré en mi corta vida.
7. Julio Cortázar. Mi primer contacto con la literatura argentina. Sus cuentos fueron el detonante de mis aventuras narrativas iniciales. A su obra le deberé siempre ese estímulo inaugural.
8. Rodolfo Wash. Otro redondo, un hombre de acción y de pensamiento, ejemplo por donde quiera que lo miremos.
9. Roberto Arlt. Una especie de síntesis de lo que es Buenos Aires: soledad, nostalgia, espanto, ternura, fiereza, creatividad, malicia, todo en un solo paquete.
10 Adriana Varela. El tango fue otro cuando oí su voz áspera y pausada. La Gata hizo que por fin yo diera con el intérprete ideal de un género que escucho atento desde la adolescencia.

lunes, enero 28, 2013

Descifremos con Rodolfo Walsh




















Sabemos que Rodolfo Walsh, magnífico escritor y periodista argentino, descifró mensajes “escritos” en clave, criptogramas. Es decir, entre otras ocupaciones tuvo, así fuese de manera accidental y pasajera, la de criptólogo (del griego krypto: 'oculto', y logos: 'discurso'). El periodista argentino Juan Carrá describe la mayor hazaña decodificadora de Walsh en este párrafo que he recortado del artículo “Rodolfo Walsh: mucho más que un escritor”:

La Revolución Cubana da vuelta la taba en América Latina el 1 de enero de 1959. El periodista Jorge Ricardo Masetti tiene la responsabilidad de crear la agencia de noticias que dé la versión revolucionaria de lo que pasa en el tercer mundo. Y Walsh está en la lista de sus colaboradores. Primero en Río de Janeiro. Muy pronto en La Habana, a cargo de la Secretaría de Servicios Especiales de Prensa Latina (PL). Walsh troca su nacionalismo por antiimperialismo de la mano del Che. Y se convierte en una pieza central de PL. Obsesivo hasta el cansancio, sacó del tarro de basura un bollo de papeles de una teletipo “descompuesta”. Días de trabajo le lleva, inclinado sobre el papel. Así descubre los mensajes cifrados desde Guatemala a Estados Unidos que anuncian la invasión a Bahía de los Cochinos.

Ese gusto por los mensajes con as bajo la manga está maravillosamente expuesto en el que creo es su mejor cuento, o al menos el que a mí me gusta más: “La aventura de las pruebas de imprenta” (del libro Variaciones en rojo, 1953), historia que leí gracias a la siempre atinada recomendación de mi amigo Gerardo García Muñoz.
Vamos pues a imaginar que somos el gran Rodolfo Walsh: aquí les dejo un mensaje de cinco palabras a ver si logran dar con el patrón que sirve para decodificarlo:

TPFPÑGP EPÑVJ, HTSM RDVTOYPT STHRMYOMP

No es tan difícil hallar el sentido de lo que allí dice. El primero que lo descifre en cualquier parte de México, además de ser un gran descifrador, recibirá de regalo un ejemplar de mi libro Parábola del moribundo. Sólo deberá mandarme el resultado a rutanortelaguna@yahoo.com.mx o al tuiter @rutanortelaguna. No se amontonen.

Nota 1: en este mismo post añadiré una posdata para, si lo hay, anunciar al ganador.

Nota 2: He aquí un viejo texto de este blog. Lo publiqué exactamente en el treinta aniversario de la muerte del maestro Walsh.

Posdata

En menos de media hora, el joven filósofo y traductor Jesús Solís ( @jesus_solis ) me envió la respuesta. Lo hizo por medio de un tuit y con el mismo patrón de mi mensaje cifrado:

DSÑIFPD. [US YRMHP RÑ ÑONTP].

Significa "Saludos. [Ya tengo el libro]".

El patrón era relativamente sencillo. Cada letra del código es en realidad la que está al lado izquierdo en un teclado de computadora en español. Con este dato, ya pueden descifrar lo que dice mi mensaje.

domingo, marzo 14, 2010

Urdimbre de memoria y ficción



No es infrecuente, más bien es común, que el lector tenga por el autor una especie de curiosidad biográfica. ¿En qué medida el autor ha vivido lo que narra? ¿Qué tanto es ficción y qué tanto es realidad? ¿Puede un autor desprenderse de su experiencia y construir ficciones completamente ajenas a su vida? Sobre esta inquietud tenemos muy al alcance de los ojos un puñado de esclarecedoras páginas escritas por Alfonso Reyes; se trata de “La biografía oculta” y “Detrás de los libros”, breves ensayos avecindados en La experiencia literaria (1942). El regiomontano desmenuza allí, con sucinta eficacia, los errores y hasta los disparates en los que podemos incurrir si nos dedicamos a la cacería indiscriminada de rasgos autobiográficos en las obras de ficción. No voy a traer aquí todo lo que dice Reyes al respecto; baste la afirmación de entrada al tema para darnos una idea de su posición: “El tomar al pie de la letra cierta declaración en primera persona puede conducir a los peores extremos. El ‘yo’ es muchas veces un mero recurso retórico. Los recuerdos de la propia vida, al transfundirse en la creación poética, se transfiguran en forma que es difícil seguir la huella. En ocasiones, los testimonios más directos se esconden detrás de un párrafo que sólo contiene, en apariencia, ideas y conceptos abstractos. En ocasiones, lo que se ofrece como una evocación de hechos reales puede ser un mero efecto de inventiva literaria”.
No confundamos ligeramente, pues. Aunque pueda haber puentes tendidos, una es la realidad del escritor y otra la del narrador (enmascarado en la primera, la segunda o la tercera personas) que nos cuenta la historia. Por “experiencia literaria” propia sé lo que significa escribir ficciones que son leídas como retacería autobiográfica. Ese peligro crece, por supuesto, cuando uno narra en primera persona y ubica lo relatado en el tiempo presente; en ese caso, la mayoría de los lectores hace en automático la asociación: el texto cuenta, tal cual, lo vivido por el autor, sin duda, casi como si fuera una crónica de sus andanzas, un plagio de sus vivencias, casi como si todo escritor tuviera manía exhibicionista o impudicia confesional.
Con variaciones de grado, claro, supongo que los creadores de ficciones no vigilamos qué tanto es real y qué tanto es falso en una narración de cosecha propia. Simplemente, nos dejamos ir, nos vencemos ante la imaginación y la reminiscencia de lo sí vivido. Sólo al final sabemos si tal o cual pasaje de un cuento o una novela corresponden a algo que nos pasó o a algo que sólo imaginamos y que quizá, hay que decirlo de paso, es evocación nacida en el útero del subconciente. Además, el grado de fantasía y realidad varía de relato a relato. Vuelvo a mi caso: tengo cuentos en los que, por así decirlo, para que se entienda mejor, un 10% de lo relatado es fantasía y el resto es casi crónica de hechos reales; también, he escrito historias con el porcentaje contrario: 90% es fabulación y lo sobrante, realidad. El problema para distinguir esto se agrava cuando el escritor trabaja en el amplísimo cuadrante del realismo; si alguien narra que voló en una alfombra mágica, es muy difícil que otro le pregunte si fue cierto; pero si alguien cuenta que voló en AirFrance y en el avión saludó a un político mexicano famoso por su corrupta trayectoria, no faltarán curiosos que pregunten si eso realmente ocurrió.
Como ya dije, creo que los inventores de ficciones generalmente no nos cuidamos de medir las dosis de mentira y verdad que puede contener un relato. Reitero, sin embargo, que al menos en mi caso es así. Al narrar voy siguiendo un guión mental, y a veces escrito, de la historia, y en el camino invento rasgos de los personajes y peripecias que sirvan como palanca motriz de la historia. En ese trance me da lo mismo si viví o no lo contado, pues al final lo que se necesita es que sea verosímil, no que me haya pasado o sea producto de mi capacidad para mentir. Esta elástica posibilidad de narrar con ingredientes creados en puridad o recordados por vividos, es una de las pocas formas de poder que tiene un narrador. Gracias a eso, su imaginación se tiende sobre la cuartilla y su memoria de lo real da cuenta de lo bueno o lo malo que le haya acontecido. Sólo yo sé, por ello, cuántos agradecimientos para muchas personas se han imbricado con mis ficciones y cuántos gratos desquites he trabajado para poner en su sitio (al menos ante el solitario tribunal de mi conciencia) a los malnacidos que he tenido la desgracia de tratar.
Lo que menos le importa a un narrador es ser tenido como documentalista, salvo, por supuesto, en la llamada novela de “no ficción” escrita a la manera de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh; A sangre fría, de Truman Capote o Los periodistas y Asesinato, de Vicente Leñero. Con ser verosímil, creíble, persuasivo, el narrador se da por satisfecho, pues a la hora del juicio final, el del lector, lo fundamental es haber creado un microcosmos bello y autónomo, tenga o no, en su mecanismo, engranes tomados de la realidad o de la infinita bodega de la imaginación que es, acaso, la forma democrática de la omnipotencia, nuestra pequeña cancha para jugar a ser dioses.

domingo, marzo 22, 2009

Tres vislumbres del espanto



No tengo la página a la mano y la memoria no me da para recordar el libro preciso donde leí aquellas palabras de Revueltas sobre el horror de la lepra y los lazaretos. No tengo a la mano la referencia, es verdad, pero sí muy vivo el recuerdo de aquellas páginas en las que el narrador duranguense observa la terrible enfermedad que se come desde afuera al ser humano, que lo deforma, que lo convierte en pesadilla viviente. El autor de El luto humano escribió aquellos dolorosos párrafos en un prólogo; allí bordea los grados de espanto a los que puede descender la condición humana cuando es acosada por una enfermedad como la lepra, esa carcoma que defeca el bacilo de Hansen. Y no exagero: aquellas fueron páginas que leí con una tristeza que escarba, palabras hechas de llano contenido, magistrales si lo que pretendían era permear al lector un sentimiento de infinita desdicha. Un genio, Revueltas, en aquellas páginas espesas de sufrimiento.
Unos años después me topé con una afirmación de Pitol; decía el poblano que el capítulo más conmovedor de La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, era el “Relato del leproso”:
“Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la luna en una piedra oscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.
—¿Quién eres?, le dije.
—Johannes el Teutón, respondió. Y sus palabras eran límpidas y saludables.
—¿Adonde vas?, repliqué. Y él respondió:
—A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.
Entonces me puse a reír, y le pregunté:
—¿Quién es tu Señor? Y él me dijo:
—No lo sé; es blanco.
Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:
—¿Por qué no tienes miedo de mí? Y él dijo:
—¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?
Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la tierra con mis labios terribles, y grité:
—¡Porque soy leproso! Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:
—No lo sé.
¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.
—Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.
Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el sol. Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libértame!”.
Más adelante leí “La isla de los resucitados”, del argentino Rodolfo Walsh; es un reportaje que está en El violento oficio de escribir. También se trata de una joya sobre la monstruosidad de la lepra, y termino con un fragmento de ese texto: “La zona de reclusión abarca unas diez hectáreas con veinte grandes pa­bellones. Un alambrado la separa del bajo o zona limpia, donde se dis­tribuyen los edificios de la administración y vivienda del personal sano. Con sus naranjos, sus palos borrachos, sus canteros de teresitas y penachos dobles, su césped cortado, el sanatorio parece un gran par­que. La edificación es excelente. Todo está limpio, cuidado, paradisía­camente ordenado.
—Pero vean primero lo peor —dijo el doctor Obregón, usando con nosotros una especie de psicología quirúrgica.
El pabellón de imposibilitados (cuarenta hombres y mujeres) era realmente lo peor, la desgracia sin atenuantes, la carne del hombre so­metida a una lenta explosión, que arranca acá una mano y allá un pie y termina rodeándose de fealdad, ceguera, desesperanza, locura. Por más que uno haga, es difícil aceptar el mal gratuito en su formidable apari­ción. Uno se pregunta qué espíritu ordenador pudo planear —permi­tir— una cosa como ésta. No hay réplica, por supuesto, y es preciso aferrarse a algunas reflexiones salvadoras, algunos tibios consuelos. (…)
—Este es el pasado —dijo el médico—. Son las reliquias de la era presulfónica”.

sábado, abril 28, 2007

Massera y Videla




















Ayer leímos aquí, en La Opinión, una nota sobre Eduardo Massera y Jorge Rafael Videla, gorilas supremos de la dictadura que vapuleó a la Argentina del 76 al 83. Además de eso, pudimos leer la estupenda columna internacional de Roberto Bardini, experto analista de las atrocidades perpetradas por el régimen militar más carnicero que haya habido jamás en el país austral. México, Torreón está lejos de aquel salvajismo y del indulto que Menem les otorgó a los genocidas en 1990, pero a éste que les escribe no dejó de aflorarle una sonrisa de satisfacción al leer que los crímenes de Videla y de Massera son, según un nuevo fallo de la justicia, imperdonables y ambos efectivos castrenses deberán purgar, a sus avanzadas edades, una reclusión perpetua que además los bañe de la ignominia que bien merecen.
Bardini tituló su artículo con la famosa sentencia “No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague” para dejar patente que la barbarie de esos torturadores fue, al fin, aunque sea un poco tarde, castigada por la historia. No es un pequeño triunfo para la legalidad internacional, dado que entre ese par de patanes y sus achichincles sumaron, por supuesto que con absoluta y cínica crueldad, allanamientos, secuestros y asesinatos de todo tipo, como dice Bardini, que en su artículo cita a Rodolfo Walsh, de quien hice una nota necrológica el 27 de marzo a propósito del 30 aniversario de su muerte. En aquella ocasión no pude citar, por falta de espacio, el documento cumbre de Walsh, la “Carta abierta a la Junta Militar”, también mencionada por Bardini, texto que escribió para enumerar los estropicios causados por aquellos criminales a un año de la asonada, en 1977. Cito ahora alguna parte de esa carta inmortal: “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. (…) La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.