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sábado, septiembre 12, 2026

Dos formas de comunicar










Hace más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. La idea de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y modestia al margen creo que no quedó tan mal. No lo he releído en años (suelo no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar, pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.

El discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y serena en su trágica ilación. Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para comunicarse con la población. Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas de vida están contadas. Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo, el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. Si bien menciona algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que hasta poético. Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son recordadas hasta ahora. Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo, más porque habló sin guion. A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus ideales.

El pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Recordé el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo. Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. El general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. No escribí nada aquella vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos leyendo.

Casi a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. En diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):

“Carvajal: Ellos están ofreciendo parlamentar.

Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.

Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.

Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.

Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.

Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.

Carvajal: Conforme (Risas)”.

Son más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre de 1973. En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la Constitución. Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. Pinochet era un sátrapa puro y de tiempo completo, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. Por supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.

A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.

miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

sábado, marzo 21, 2026

Perversidad del verbo trasladar

 








El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención. Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.

La dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la segunda presidencia de Perón.

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes gobiernos militares de facto y otros civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón. Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año después de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación, sobre todo "comunista" (Triple A significa Alianza Anticomunista Argentina). La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...). Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.

Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.