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domingo, abril 12, 2026

Caída del orate Milei


 

















En abril del año pasado estaba fundido pero lo rescató el FMl. En octubre hubo elecciones intermedias, su gobierno estaba en la lona y lo rescató Trump por medio del Tesoro norteamericano. A casi dos años y medio de su mandato, Milei está hoy de nuevo en la olla, con el peor nivel de aprobación desde que llegó al gobierno. En este lapso la ultraderecha que representa ya destruyó todo a unos niveles de catástrofe que en lo económico no alcanzó ni la profundidad ni la rapidez que impuso la dictadura de hace 50 años. La Argentina se encuentra hoy arrasada por el gobierno de un tipo que se dijo experto “en crecimiento económico con y sin dinero”. En realidad es un orate que llegó a demoler todo con la promesa contraria: salvar a su país.

Me interesa este fenómeno porque en cierto momento Milei fue elogiado como modelo por la ultraderecha mundial. Llegaron a considerarlo un outsider genial, un modelo a seguir, tanto que el tarambana político Ricardo Salinas Pliego le copió fallidamente algunas excentricidades para ver si cuajan en México. Milei es un idiota cruel y absurdo, un disparate de la historia latinoamericana. Más allá de que se dé de nuevo el milagro y alguien lo salve desde afuera, parece que el daño es tan profundo que ahora no tiene escapatoria: caerá tarde o temprano y con él se evaporará el experimento mundial más atrevido hasta la fecha del llamado anarcocapitalismo.

Lástima que una nación entera, la Argentina, haya sido su conejillo de Indias. Como país lo pagó muy caro, pues ahora es tierra arrasada para el 70% de la población. La expresidenta Cristina Fernández, hoy injustamente presa, lo advirtió hace cuatro años a los trabajadores: en realidad “No vienen por mí; vienen por ustedes”. Obviamente tuvo razón, así fue: llegaron por ellos y los han empobrecido hasta arrumbarlos en las deudas y en el hambre. Eso mismo haría la nueva derecha (una derecha ya no avergonzada de ser derecha, sino cínica, procaz y violenta a la manera de Trump o de Vox en España) si llega por la vía de las urnas o por cualquier otra a gobernar cualquier otro país.


miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

sábado, marzo 14, 2026

Entre goles y torturas

 











En poco más de una semana, el 24 de marzo, se cumplirá el cincuenta aniversario del golpe militar perpetrado en la Argentina. Dados los vientos que corren para el mundo en la actualidad, no es impertinente tener en cuenta que el terrorismo de estado es una metodología nunca totalmente abandonada, que el genocidio siempre se expresa en algún punto del planeta, como sucede ahora en Palestina con el agravante de su exposición pública, una difusión que no ha servido para alarmar a la comunidad internacional ya subreptesentada por la inoperante ONU. Hoy es posible masacrar a un pueblo y compartir las imágenes de su devastación como si fueran entretenimiento de Netflix. “El mundo fue y será una porquería”, dice el tango y nuestro tiempo le otorga la razón.

Si no nos interesa el tema por su inevitable crudeza, por su lejanía en el tiempo y el espacio o por cualquier otro motivo, pero nos interesa el futbol y hoy aguardamos con ansia el comienzo del Mundial, hay una serie que combina materiales de las dos realidades: por un lado, el genocidio perpetrado por la dictadura argentina que comenzó en 1976, y, por otro, el Mundial celebrado en aquel país hacia 1978. Titulado Argentina ’78 (2024, dirección de Lucas Bucci y Tomás Sposato), es un gran documental basado en el libro 78: historia oral del Mundial (Sudamericana, 2018, 240 pp.), de Matías Bauso (Buenos Aires, 1971). Tanto el documento audiovisual como el de papel habilitan el recurso del pespunteo: como se dieron al alimón, los crímenes de la dictadura conviven con la euforia provocada por el futbol, la mayor pasión argentina desde hace décadas. Gracias a este zigzag, un espectador alejado de la política pero fervoroso del futbol tiene en la mesa un producto que puede ampliar su horizonte: pasar del aparentemente apolítico deporte a las modalidades más bestiales del ejercicio del poder. Dos en uno.

El libro es de difícil consecución en México, aunque hay versión electrónica. De cuatro capítulos (“El comienzo de los comienzos”, “Empieza el juego”, “Ganar o ganar” y “Gloria”), la serie audiovisual está disponible en la plataforma Disney Plus, lo cual no deja de parecer un tanto extraño. En ella, desfilan varios entrevistados, todos vinculados con la política, el periodismo y, la mayoría, el futbol. El diálogo con los personajes es acompañado obviamente por imágenes originales del Mundial, desde su organización hasta un poco más allá del partido final, cuando la dictadura quedó hecha añicos. La serie muestra el estado político y social de la Argentina durante los preparativos del Mundial, el momento en el que los militares deciden invertir dinero y energía para que cuajara un buen espectáculo cuya repercusión podía ser doblemente positiva: en el país, al lograr efusiones de patriotismo motivadas por el amor a la selección y, fuera de la Argentina, al lavar la cara de la dictadura ante el mundo que ya, poco a poco, se enteraba por la prensa del baño de sangre resultante del plan sistemático de exterminio contra cualquier sospechado de “subversión”.

En general, todo salió como esperaban los militares, aunque no sin alguno que otro contratiempo que el documental describe con suficiente detalle, como el famoso boicot orquestado por opositores de la dictadura radicados en Europa, sobre todo argentinos, aunque no únicamente. El boicot no logró su propósito, pero sí llamar la atención de la prensa internacional que sin duda comenzó a interesarse más por las tropelías del gobierno militar. Esto se anuda con otro posible contratiempo de la dictadura: la censura, cuidar que los periodistas foráneos no reportearan algo más que futbol, vigilarlos a prudente distancia para que no obtuvieran materiales sobre las desapariciones forzadas, las torturas y los asesinatos que ya hacia el 77 y principios del 78 habían alcanzado cotas de horror y eran inocultables por más que los milicos se afanaran en echarlos debajo de la alfombra.

Entre los entrevistados aparecen personajes de la selección, como el entrenador César Luis Menotti (quien seguramente fue entrevistado poco antes de morir), Roberto Saporiti (asistente de Menotti), Daniel Passarella (capitán del seleccionado) y Mario Kempes (goleador y a la postre ídolo de aquel equipo); también, Ezequiel Fernández Moores y Ailín Bullentini (periodistas) y varios corresponsales extranjeros, además de la historiadora Paula Canelo. Destacan los diálogos con Matías Bauso, autor del libro que fue cimiento del documental; con Mario Eduardo Firmenich, el único militante vivo de la dirigencia del grupo guerrillero Montoneros, y con Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, el centro de reclusión, tortura y desaparición emblemático de la dictadura. Todos ellos y varios interlocutores más comparten su visión de los distintos momentos que supuso el desarrollo del extraño Mundial.

Además de lo estrictamente futbolístico, además de los avances y las dificultades que se le presentaron a la selección argentina en su paso hacia la conquista del campeonato, como la famosa y polémica goleada contra Perú, Argentina ’78 hace énfasis en la mirada que tuvieron los militantes opositores al régimen. Por eso las entrevistas a Firmenich y a Lewin son aquí fundamentales, ya que, según su opinión, era claro el propósito de los militares de manipular la mayor pasión argentina a su favor, pero también legítimo el fervor que la ciudadanía sintió por la selección del deporte que allá casi se confunde con la devoción religiosa.

La dictadura cobró clara conciencia de que el “mal humor social” provocado por la presencia militar en la vida cotidiana, las prohibiciones y la inflación podía ser paliado por el entusiasmo popular que detonaría el futbol. Pese a la sobredosis de Mundial, la política no dejó de estar presente, los grupos guerrilleros no dejaron de actuar y el gobierno de facto no dejó de reprimir con mano dura. En el ínterin, algunos periodistas extranjeros lograron sacar información valiosa, como las entrevistas a las madres en la Plaza de Mayo cuyas desesperadas voces claman a los reporteros foráneos que ellos son su única esperanza de que más allá se supiera lo ocurrido en el país.

El documento funciona en suma como crónica de un campeonato mundial que en lo futbolístico fue harto peculiar, tanto que siempre quedó la duda sobre el peso que tuvo el gobierno golpista para que la selección ganara sí o sí el campeonato (no podía ser de otra manera, pues de eso dependía la “imagen” de la banda en el poder), y como relato del espanto en el que los militares sometieron a miles de argentinos, situación que se resume en los dos sitios más representativos de la serie: el estadio Monumental, donde la selección jugó varios partidos, uno de ellos la final contra Holanda, y a medio kilómetro de allí la ESMA, predio donde se torturaba y desaparecía mientras en la cancha de River Plate se vitoreaban los goles albicelestes.

Argentina logró la copa FIFA y el fervor patriótico se exacerbó durante algunos meses, pero la realidad económica y el desprestigio del gobierno llegaron a tanto que luego saltó al vacío con la fallida recuperación, manu militari, de las Malvinas, lo que al fin terminó por acabarlo y a los tumbos obligó a restituir el proceso electoral. Un campeonato del mundo, miles de muertos y desaparecidos, cientos de bebés apropiados y una crisis económica aplastante es la ruta que recorre Argentina ’78, serie que aparenta tratar sólo sobre futbol, pero que es mucho más: una realidad todavía vigente si advertimos que la ultraderecha aquí y allá nunca ha olvidado su estilo criminal de gobernar. Basta escuchar a Trump —el peor ser humano que habita hoy en el mundo— para confirmar que el peligro sigue vivito y matando.

sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.


miércoles, octubre 08, 2025

A 40 del “Nunca más”

 







Tras la caída de la dictadura se dio el triunfo en las urnas de Raúl Alfonsín. La tarea para recuperarse de la ruina económica se presentaba ardua, muy difícil de sortear, y en efecto lo fue. Al mismo tiempo, mientras el gobierno se las arreglaba en el plano económico, en el plano político se impuso una urgencia: ¿sería el nuevo gobierno capaz de hacer algo con los genocidas o meterá sus crímenes debajo de la alfombra? La experiencia en otros países con pasajes semejantes no ha sido buena. Regímenes totalitarios han ejercido su poder y tras sus caídas no ha habido castigo para los represores. En Argentina, pese a la cercanía, pese al poder nada residual de los militares, el gobierno de Alfonsín acometió el Juicio a las Juntas, un complejo desfile de declarantes, de acusadores y acusados. Los juicios duraron del 22 de abril al 9 de diciembre de 1985, y recogieron cerca de 300 casos en interrogatorios de todas las partes; al fin, el fiscal Julio César Strassera hizo la acusación en un discurso que incluyó la famosa frase “Nunca más”. Apenas unos pocos meses después de que habían ejercido el poder sin otros límites que los dictados por el más caprichoso sadismo, los militares de primer rango que secuestraron a miles de argentinos, que los mataron vivos, que los desaparecieron y (cuando se daba el caso) cambiaban el destino a los bebés apropiados y hundieron la economía a lo que Walsh denominó “miseria planificada”, fueron condenados por crímenes de lesa humanidad.

Vale traer aquí parte de la acusación final del fiscal Strassera: “Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la Nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad torna monstruosa la mera hipótesis de la impunidad. Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan ‘hechos políticos’ o ‘contingencias del combate’. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y esta condena, el pueblo argentino recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre la base de los cuales se constituyó la Nación y su imagen internacional severamente dañada por los crímenes de la represión ilegal. (…) Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’”.

Hace cuarenta años fueron dichas estas dos palabras.

sábado, junio 10, 2023

Juicios del 85

 







Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2022) es una película que me debía. Está disponible en la plataforma de Prime y más allá de los asegunes que nunca faltan en estas obras basadas en hechos reales y relativamente cercanos en el espacio y en el tiempo, es un film muy útil para acceder al conocimiento más simplificado posible de tres hechos: uno, la máquina de aniquilación política puesta en funcionamiento de 1976 a 1983 en la Argentina; dos, el llamado Juicio a las Juntas, es decir, a los militares que ejercieron el terrorismo de Estado; y tres, las consecuencias históricas que tal enjuiciamiento tuvo para la vida de América Latina en general y de la Argentina en particular. Cierto que la película se ubica temporalmente en el punto dos, el juicio de 1985, pero a partir de allí es inevitable expandir la mirada hacia el pasado y el futuro inmediatos de aquel año bisagra.

Como se sabe, en los sesenta y setenta América Latina fue escenario de numerosas luchas revolucionarias que, con diversos matices, pugnaban por la construcción del socialismo, dicho esto con un trazo demasiado grueso; eran los años más tensos de la Guerra Fría, y no es difícil imaginar que el territorio latinoamericano era una zona sometida a la enorme influencia política y económica de los Estados Unidos, cuyos presidentes auspiciaban sin reparo golpes militares y gobiernos títeres para controlar y saquear a las que entonces fueron bautizadas como “repúblicas bananeras”. El crecimiento de la pobreza, el enriquecimiento de las oligarquías y la cerrazón política de tales totalitarismos hizo insoportable la realidad y muchos jóvenes, inspirados sobre todo por la revolución cubana, fueran forzados a seguir el camino de las armas para acceder al poder y lograr cambios. Las elecciones, cuando las había, solían ser meras pantomimas y por ello es que nacieron los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros en Argentina, el FPMR en Chile, la Liga 23 de Septiembre en México, el Frente Sandinista en Nicaragua, Alfaro vive, ¡carajo! en Ecuador, el M-19 en Colombia y varios más. Mucha sangre corría del río Bravo hasta Ushuaia.

Dada su peculiaridad histórica, marcada por la influencia voraz de sus oligarcas y su recurrente golpismo militar, Argentina padeció de todo en los setenta. Se dio la vuelta de Perón, su triunfo electoral, su muerte y, dada la debilidad y la impericia de Isabel Martínez, su viuda y presidente, en 1976 fue echada por un golpe militar que a la postre se convirtió en dechado de brutalidad sin más límite que el dictado por la sádica imaginación de los represores. Dos casos tristemente famosos ilustran sus excesos: la apropiación de bebés y los vuelos de la muerte en los que arrojaban al mar, vivos, a los “subversivos”.

Recuperada la democracia, con Raúl Alfonsín como presidente, comenzó a tomar forma un proyecto inédito en el mundo: enjuiciar a exgobernantes por crímenes de lesa humanidad. No sin turbulencias en la sociedad argentina, el Juicio a las Juntas (militares) comenzó un lento y denso desahogo de testimonios sobre la brutalidad verde olivo. El fiscal que encabezó el acopio de pruebas contra los militares fue Julio César Strassera, personificado por Ricardo Darín, quien acompañado por el adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani) y un equipo de jóvenes leguleyos, supieron configurar un corpus monumental de documentos para demostrar las atrocidades perpetradas por los Videla, Massera, Agosti y demás asesinos con insignias en el pecho que durante siete años se convirtieron en un ejemplo más de "la banalidad del mal", como llamó Hanna Arendt al horror nazi convertido en burocracia.

La película se atiene a una secuencia cronológica y abarca desde el momento en el que se sopea apenas la posibilidad de que los juicios se realicen hasta el momento en el que Strassera lee la acusación final. La ficción apela a algunos fragmentos de video real, disponible este último, gracias a YouTube, en numerosos enlaces. Más allá de lo apretado de su trama, y más allá de que alguno (yo mismo) pueda poner reparos a tal o cual adaptación de la realidad al formato fílmico, Argentina, 1985 es un excelente documento para los no iniciados en materia de bestialidad política en América Latina y su difícil procesamiento judicial y su esporádica y siempre deseable consecuencia: la cárcel perpetua para los genocidas.

sábado, abril 23, 2022

Cuidado con el Oso

 














Once capítulos le han bastado a Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) para reconstruir con milimétrico detalle algunos años de la vida política argentina, la que va, más o menos, de 1973 a 1976. Lo hace en el libro Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina (Sudamericana, Buenos Aires, 2016, 285 pp.). Se trata entonces de una investigación con tema harto escabroso, tanto como la vida social, económica y sobre todo política que sirvió como antesala de un periodo que se convertiría en el más violento hachazo de la historia argentina: la dictadura que operó del 76 al 83.

Los doblados se ubica entonces en el umbral del Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que sirvió como fachada retórica del terrorismo de estado que concelebraron varios países sudamericanos acurrucados bajo el ala del Plan Cóndor. En efecto, pocos años, pocos meses antes de que los militares argentinos se hicieran del poder tras el albazo del 24 de marzo del 76, sus dispositivos de espionaje trabajaron a todo tren en el propósito de eliminar “subversivos” de cualquier filiación, principalmente de agrupaciones que por distintos motivos habían radicalizado sus acciones.

Si bien el triunfo de Cámpora y poco después el regreso de Perón habían propiciado un momento de esperanza, de una muy tenue calma civil y de cierta marginación de lo castrense, con la muerte del caudillo en 1974 todo comenzó a empeorar. La presidenta María Estela Martínez viuda de Perón pronto se vio rebasada por la realidad, lo que alfombró el retorno de las fuerzas armadas al gobierno. Además, el brazo derecho de Isabelita, José López Rega, sujeto apodado el Brujo, turbio como pocos, se había adelantado a los milicos y diseñó su propio esquema represivo, la Triple A, aparato de acoso y aniquilamiento de todo aquel que fuera sospechoso de progresismo, sea de izquierda con perfil cubano o de peronismo del costado montonero.

Mientras la economía hacía agua, los militares preparaban el zarpazo; dejaban adrede que la crisis se agudizara para que, tras el golpe, la población los percibiera como salvadores. María Estela Martínez fue puesta en la congeladora gracias a un oportuno problema de salud, e Ítalo Argentino Luder, su suplente, llegó a la Casa Rosada como presidente de cartón pintado. Todo avanzaba, pues, según los cálculos de los mandos militares que ya para entonces también hacían sus primeros tanteos de brutalidad antiguerrillera en la provincia de Tucumán, esto con un operativo llamado, también con lujo de falsa heroicidad, “Independencia”.

Mientras avanzaba la descomposición política y la confección del golpe, los militares afinaron el mecanismo del espionaje contrainsurgente. Para entonces, varios grupos políticos de izquierda actuaban en la clandestinidad, pero resultaba evidente que los más nutridos de militancia eran el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, el primero de orientación marxista, peronista el segundo. Para neutralizarlos, el poder militar urdió un plan según el cual lo más importante era el dominio de la información sobre los movimientos de los guerrilleros y sus colaboradores. Esta información, clave para desmadejar a la guerrilla, se conseguía con infiltración y con tortura cada vez que se daba con el paradero de algún “zurdo”. Debido a esto, los militares no repararon en gastos para ensamblar, en su camino al poder que llegaría tras el golpe, un aparato de inteligencia que fue puesto en manos del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.

El contexto sociopolítico planteado en los primeros capítulos es, en suma, amplio y detallado hasta que llega la legalización de la contrainsurgencia, es decir, cuando el terrorismo se institucionaliza. Allí, los apellidos más destacados fueron, claro, los de Videla y Massera, quienes a partir del 24 de marzo del 76 harán equipo con el brigadier general Agosti para constituir la Junta Militar que, junto a otros sucesivos triunviratos, impondría el espanto hasta la debacle de las Malvinas. Ragendorfer revisó paso a paso el procedimiento mediante el cual la estructura militar sentó las bases del dominio subterráneo de la inteligencia. Luego del amplio preámbulo en el que contextualiza las confrontaciones políticas de aquella hora, el autor centra su mirada en el espionaje al ERP, cuyo líder, Mario Roberto Santucho, para entonces (mediados de los setenta) se encontraba oculto en algún refugio porteño. Precisamente, una de las más grandes aspiraciones del Batallón 601 fue dar con Santucho, pero esto no se logró sino hasta julio del 76, cuando un grupo de tareas lo cazó y lo ultimó en Villa Martelli.

Seis meses antes de que cayera Santucho el ERP preparó un ataque al Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, proyecto que ejecutó el 23 de diciembre de 1975. Los entresijos de este emprendimiento guerrillero son analizados con minucia por Ragendorfer, quien focaliza su atención en dos sujetos: uno fue Rafael de Jesús Ranier, alias el Oso, y Carlos Españadero el otro, un mayor de inteligencia del ejército argentino. El primero había militado en organizaciones peronistas, pero tras el desencuentro entre Perón y la Juventud Peronista, y luego tras la muerte del general, decidió migrar a otra organización. Fue en este punto cuando por una serie de carambolas derivó en el apoyo logístico al ERP, aunque más bien con la intención de espiarlo. No operó en el círculo más alto de la organización, pero ya de alguna manera deambulaba cerca de personajes importantes. Así, un sujeto gris, desaliñado y con muy débil formación política se convirtió en “filtro” (infiltrado) del ejército en el ERP. Dueño de un “rastrojero” (camioneta de campo), el Oso era requerido por los guerrilleros para trasladar personal de una casa a otra o para movilizar armas y otros insumos. Aunque ocupaba la base de la pirámide militante, su labor de chofer le permitió ubicar espacios de seguridad y nombres propios que luego trasegaba a Españadero, quien a su vez, junto con otros militares cercanos, planeaba las acciones represivas de las “patotas” (grupos de tareas encargados de operar el secuestro y después la tortura/desaparición de los capturados).

Este engranaje funcionó a la perfección, tanto que el Oso delató, y por ello condenó a la muerte, a decenas de guerrilleros del ERP, y muchos estropicios más. Su personalidad anodina (de “lumpen”, dijo Ragendorfer en una entrevista, lo cual hace sentido con el peligro que la teoría marxista atribuyó al “andrajo”, que esto significa “lumpen” en alemán), su presencia casi fantasmal, su ingenuidad ideológica no despertaron las sospechas de sus “correligionarios”, quienes le asignaban tareas sin imaginar que aquel tipo bigotón y estrábico apenas concluía una encomienda del ERP cuando ya estaba aflojando la lengua y vomitando datos frente a Españadero.

El mayor golpe del bizco Ranier —y aquí Los doblados adquiere tintes peliculescos— se relaciona con las delaciones que permitieron al ejército esperar silbando el ataque del arsenal ubicado en la localidad de Monte Chingolo. Las filtraciones del Oso fueron la base de aquel madruguete, de suerte que, cuando los guerrilleros irrumpieron, los efectivos del ejército ya estaban preparados para repelerlos. Murieron más de sesenta guerrilleros y otros tantos quedaron heridos. Fue un duro revés, en realidad un fracaso para el ERP y su cúpula, principalmente para Santucho, todo por los oficios de un chofer de rastrojero con inmejorable pinta de vago.

El libro concluye con lo que vino inmediatamente después de la acción fallida. Los guerrilleros, que sospecharon todo el tiempo de “filtros”, ahora sí se convencieron de esta debilidad, y decidieron orquestar un plan para detectar al o los implicados en el espionaje. Dieron por fin con el Oso, quien primero fue interrogado y, tras su llorosa confesión, enjuiciado por un tribunal revolucionario del ERP. Al final de este proceso lo esperó una piadosa inyección letal.

Mutatis mutandis, la historia de Los doblados tiene afinidades no sólo con otros países del Cono Sur, sino, a trazo grueso, con México, pues aquí también, durante aquellos años terribles (qué años no lo son) se infiltró, se secuestró, se torturó, se mató y se desapareció en cantidades industriales desde el poder. Dicho de otra manera, acá también hubo Osos y Españaderos.