Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

sábado, octubre 24, 2026

Peligros de la nueva “creatividad”








 

Ayer corrió como reguero de etcétera una noticia relacionada con el mundo literario en español: la novela Donde el agua trabaja, del escritor peruano David Silva Rojas, fue explorada mediante una herramienta detectora de chanchullos y resultó que, según sus filtros, había sido ¿escrita? un 99 % con IA. El hecho no sería noticia si el libro puesto en solfa fuera un libro cualquiera entre los miles de libros cualquiera que abarrotan las indefensas mesas de novedades. No es así. La novela Donde el agua trabaja fue galardonada con el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, dotado con 20 mil euros (418 mil pesos mexicanos al cambio de hoy, 23 de octubre de 2026) y publicación en el sello editorial mexicano Almadía.

La editorial, con buen sentido del principio de presunción de inocencia, ha declarado sobre el autor que “no tenemos elementos para desconfiar de su palabra”, pero para evitar mayores escándalos ha suspendido la presentación de la obra. Supongo que harán nuevos análisis, cotejos, careos con tufo judicial, y supongo que de confirmarse el desaguisado buscarán reparar el estropicio de lesa literatura, si es que lo fue. Pero no sé, eso se irá sabiendo en el camino, aunque el asunto ya a estas alturas es ingrato, pues con el mismo programa (Pangram) que sirvió para escudriñar la novela se analizaron las respuestas del autor a las entrevistas respondidas por escrito, “y esas respuestas también tienen una alta dosis de Inteligencia Artificial”. O sea, una aberración en cadena si es que, en efecto, el detector ha descubierto la verdad.

La noticia tiene varias puntas. Por un lado, impacta a las instituciones organizadoras, sin duda. Por otro, golpea a quienes con ilusión presentaron sus obras al concurso, pues sospecharán que tal vez los doblegó, como a los ajedrecistas, una máquina. Otra punta es la de los lectores, que ahora no sólo desconfiarán del libro Donde el agua trabaja, sino de tantos otros que seguramente son sancochados, vayan ustedes a saber, en quince segundos por la herramienta más moderna que sirve para emular la creatividad humana. Por mi propia circunstancia, lo que más me inquietó fue la posición del jurado. La salpicadura de fango para quienes lo conformaron es ingrata por la viralización de la noticia, pues de inmediato y sin reflexionar nada se piensa en los filtros, en los dictaminadores, en la aduana para detener lo malo y lo burdo, y sólo dejar vía libre hacia el triunfo a la obra más destacada y, hoy como nunca, original, ajena a las prácticas del Pierre Menard digital.

Varias veces he sido jurado de premios estatales, nacionales y algunos internacionales. No suele ser una chamba cómoda ni bien pagada, pero luego de aceptar ese feo papel he hecho lo posible por detectar y discutir con mis homólogos u homólogas los atributos de cada propuesta con el fin de distinguir la obra ganadora. Hasta el momento no me ha ido mal, y salvo en uno donde el debate se puso candente, en todos los demás creo que he participado en veredictos cercanos a la unanimidad. En no pocos certámenes he dictaminado más de cien obras, y es allí donde se debe tener callo para encender la luz roja no sólo a los trabajos menos afortunados en forma y contenido, sino también a aquellos poco originales o no tan creativos. Hasta hace no tanto, cuando no habíamos entrado todavía a la era copy-paste, casi nadie sospechaba de plagios, pero ahora llegamos a una etapa superior de la era plagiaria: la inescrupulosa era de la IA, lo que supone un riesgo, la posibilidad de una mácula en su prestigio para cualquiera que se anime a ser jurado.

Por lo pronto, la moraleja que me queda tras enterarme de la increíble y triste historia de la novela ganadora y su supuesta IA desalmada, es que ya no voy a aceptar el inseguro rol de jurado o dictaminador. Como dije, las instituciones suelen pagar poco por tal subempleo, es mucho esfuerzo y ahora se añade el agravante del peligro por los usos y abusos de la inteligencia apócrifa. En todo caso, se me ocurre que en lo venidero será imprescindible añadir en las bases una cláusula parecida a ésta: “La institución convocante recibirá el fallo dos semanas antes de darlo a conocer. En el lapso intermedio pedirá que la Interpol indague si el trabajo ganador es plagio o texto elaborado con IA”.

Para terminar, ojalá que el escritor inca no haya tronado el dinero del premio, por si acaso le solicitan su reembolso. Quedará en tal caso como una especie de Campeón sin corona, título de una película mexicana protagonizada, curiosamente, por su tocayo David Silva, gran actor.

miércoles, octubre 07, 2026

Mismo pero diferente libro


 











Una breve anécdota de lector. En estos días leí El mundo de ayer (1942), la memoria del gran Stefan Zweig. Era un libro largamente pospuesto, pero por suerte ya pude terminarlo y, pese a todo, me pareció espléndido. El “pese a todo” figura en la frase anterior no por el libro en sí, al que es muy difícil marcarle deficiencias, sino por mi lectura. Por razones que no urge traer, lo leí en tres formatos distintos y en igual número de traducciones. El original, como toda la inmensa obra creada por Zweig, fue escrito en alemán, y haberlo leído en un trío de versiones es una experiencia peculiar, tanto que se me ocurrió compartir tres ejemplos simétricos.

No soy obseso de las traducciones. Sé que hay malas, buenas y excelentes, pero, como en este caso, mientras no aprenda alemán tendré que resignarme a la que caiga. Comencé a leerlo en papel, en el gordo tomo IV de las obras completas del austriaco. Lo cargué en una salida y lo dejé olvidado en la casa de un familiar, así que le seguí en una versión electrónica (EPUB). Luego, en una antesala, sin ninguna de las dos versiones anteriores a la mano, lo hallé en PDF y pude leer algunas páginas en el celular. Ustedes decidan cuál es la mejor y si le hallan mucha diferencia.

Papel: “Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea, sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados con descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias innecesarias, que les quitan tensión y les restan dinamismo”.

Electrónico: “Sólo un libro que constantemente, página a página, me mantiene al borde del asiento y me arrastra sin aliento hasta la última página me proporciona un disfrute total. Nueve décimas partes de todos los libros que caen en mis manos me parecen demasiado amplios, con descripciones superfluas, diálogos chismosos y personajes secundarios innecesarios y, por tanto, no lo bastante emocionantes, no lo bastante dinámicos”.

PDF: “Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos”.

lunes, septiembre 21, 2026

Veinte años de Ruta Norte Laguna en Heridas Abiertas










Agradezco mucho a Fernando de la Vara y a la revista digital Heridas Abiertas por destacar el vigésimo aniversario del blog Ruta Norte Laguna. Este blog apareció en julio de 2006, cuando recién cundieron las redes sociales como Facebook y Twitter. Muchos blogueros dejaron de alimentar sus espacios y migraron a las redes, y yo seguí porque sentí que el blog serviría como repositorio ordenado de parte de mi trabajo no literario, el del día a día. A la fecha suma cerca de 15 mil cuartillas y un promedio de 60 a 70 mil visitas por mes, sin que esto signifique que he dependido del tránsito para mantener vivo el espacio (haría lo mismo si lo visitaran 30 personas cada mes). Una buena parte del trabajo se refiere a la Comarca Lagunera en general y a su literatura en particular, así que, en efecto, tiene algo de memoria. Enfatizo pues mi gratitud a Fernando de la Vara. Sus palabras me alientan a continuar.

Muchas gracias asimismo a Luis Alberto López, creador del espacio Heridas Abiertas, y a Miguel Sifuentes por la hermosa viñeta del camión. El comentario de Fernando puede ser leído en esta liga.

sábado, septiembre 19, 2026

Qué nos podemos esperar

 











No son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada, salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo. En otras palabras, le recordaba su condición de converso y le negaba la condición de “cristiano viejo”, todo con una sola palabra.

Nunca han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos, recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para observar lo que señala.

Durante la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó, gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:

Jorge Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Roberto Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es un acto de generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a vivir mucho tiempo”.

William Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar al lector al diccionario”.

Ernest Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

Cyril Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo”.

Truman Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.

Virginia Woolf contra James Joyce. “Ulises me parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta, egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.

Evelyn Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.

Oscar Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y ninguno de sus amigos lo quiere”.

Mark Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte natural”.

Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

sábado, julio 25, 2026

Género de sobremesa


 











Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”) tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece innecesaria): “Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”. Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la sobremesa. Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como polizones al recuerdo. Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su insignificancia. Van:

Abuso de la elegancia

Casi todos los lugares comunes tienen alguna inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar un tópico, la elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto, cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o “poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de imaginación.

Hay lugares comunes, sin embargo, que no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz (“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.

Lo recomendable para evitar tal tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. Pero cuando eso no es posible, se me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la expresión” o algo así.

Lo que no se debe hacer nunca es usar frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor abuso de elegancia que he escuchado jamás:

—Faltan cuatro para las cuatro, valga la redundancia.

Luego de oírlo decidí escribir algo, lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.

 El autor de las leyes

Quizá no haya libros de factura más anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. Pues bien, un amigo llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. Mi amigo, abogado él, andaba en busca de la Ley de equilibrio ecológico. Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.

—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.

El dependiente, capacitado un par de horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros, le pidió un dato insólito.

—¿Me puede dar el nombre del autor?

Mi amigo el abogado estuvo a punto de responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió dejar el asunto en paz. Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no quiso explicar nada.

Por desgracia

Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a ciertos personajes tucumanos. Yo recordé en particular a uno que me había parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.

—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado algo?

David, con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con la cabeza, casi como si fuera una tragedia.

—Lamentablemente, lamentablemente.

Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.

sábado, junio 13, 2026

Sumario de Borges













En “Los diccionarios de ayer y de mañana”, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1992), el filólogo Guido Gómez de Silva consigna la evolución de este tipo de libros, llamados genéricamente “de referencia”, y destaca que en su origen tuvieron una hechura individual, como, entre muchos otros, el famoso Tesoro de la lengua castellana o española, confeccionado sin ayuda por Sebastián de Covarrubias Orozco (1611). Mucho más cerca de nosotros en el tiempo, es célebre el Diccionario de uso del español, titánico emprendimiento encarado por María Moliner, quien trabajó sola en su casa, con ficheros de papel y una maquinita mecánica Olivetti. Lo habitual desde hace mucho, sin embargo, es el trabajo en colaboración, como lo mostró la Enciclopedia (1751-1772) coordinada por Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alambert, quienes convocaron a un ejército de eruditos para preparar la monumental obra que dio identidad al también llamado “Siglo de las Luces”.

Otra característica de los diccionarios de uso o enciclopédicos, además de implicar un trabajo plural, es el de abordar registros de una lengua o de una parcela del conocimiento. Por ejemplo, los diccionarios de la casa Larousse o los del FCE de filosofía, sociología o religiones. Más raro es dedicar un libro de esta naturaleza a un solo personaje, como es el caso de Borges babilónico. Una enciclopedia (FCE, primera edición en español 2023, Buenos Aires, 626 pp.). Es el libro que se me ocurre traer hoy, a un día del cuadragésimo aniversario de la partida de Borges, quien murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Borges babilónico (el adjetivo obviamente alude al cuento “La biblioteca de Babel”) tuvo una primera edición brasileña, en portugués, hacia 2017, y fue trabajada por la Companhia das Letras. Lo preparó Jorge Schwartz, quien coordinó un grueso equipo de colaboradores: 75. Todos, todas, bajo la batuta de Schwartz, escribieron las cientos de entradas que iluminan enciclopédicamente la vida y la obra de Borges. Entre los nombres conocidos (al menos por mí) de quienes colaboraron puedo destacar a Beatriz Sarlo, Alberto Manguel, Edgardo Cozarinsky, Emir Rodríguez Monegal, Horacio González, Rafael Olea Franco y Ricardo Piglia.

El director del libro expone en el prólogo a la edición brasileña, incluido también aquí, que su primera labor fue crear la lista de entradas. El resultado alcanzó un número desorbitado de posibilidades, tanto que tuvo que ser achicado. La edición argentina sumó de todos modos más entradas hasta cerrar en una cantidad que en efecto forma un libro voluminoso, pero manejable.

Como en todo material de índole enciclopédica, Borges babilónico tiene algo de arbitrario en sus entradas. ¿Cómo decidir qué entradas vale desarrollar en la obra de un autor tan complejo y diverso como Borges? ¿Qué personaje real o ficticio, qué idea, qué lugar, qué libro es dable atender con amplitud para formar una noción general y precisa sobre el más famoso escritor argentino? La selección trabaja entonces sobre los asuntos, los libros, los escritores, los amigos y los tópicos (el laberinto, los tigres, el tiempo, los espejos…) borgeanos. Cada entrada tiene un desarrollo que alcanza, dicho esto a ojo de buen cubero y sólo para dar la idea, de una cuartilla a dos en promedio, aunque las hay poco más breves o poco más largas. La aspiración, en todo caso, fue obtener un panorama amplio, el más amplio y abarcador posible, de todo aquello que interesó al autor de Fervor de Buenos Aires. El diseño del libro, rasgo de no escaso valor en un volumen de consulta como este, es impecable, a dos tintas en sus folios y tipografía clara.

Schwartz señala, al final del prólogo a la edición en español, que “Para ser fiel al espíritu borgiano, recomendamos que el Borges babilónico, además de obra de consulta, sea también de lectura”. Estoy seguro de que lo logra, que sus entradas se dejan recorrer con gusto y pueden ser un material muy valioso tanto para quien conoce a fondo la obra de Borges como para quien todavía no lo ubica como el inmenso escritor que fue, una inmensidad que por cierto no ha parado de crecer desde que murió hace cuarenta años y acaso desde dos o tres décadas antes, tras el asombro y la repentina veneración que por él sintieron Europa y los Estados Unidos. 

miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

miércoles, febrero 11, 2026

José Luis Herrera, in memoriam

 







La etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los recintos culturales del centro de la ciudad.

Era lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro lado no eran esporádicas.

En aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón, 1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta: “¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.

Publicó varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor imaginar su obra como objeto comercial.

Otro espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien lo apreciaba.

Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

sábado, enero 17, 2026

Aquel adiós a la máquina

 











Tengo frente a mí, detrás de la computadora con la que escribo estas palabras, tres máquinas de escribir meramente ornamentales, reliquias del oficio que atesoro sólo por su aspecto: la Olympia funciona; la Underwood, no; y la Remington, más o menos. De cualquier manera, no las conservo por una razón práctica, ni siquiera para rememorar la añeja sensación de golpear sus teclas y escuchar el ruido que hoy da la impresión no de ser ejercicio de escritura sino secuencia de latigazos. Son, sin duda, pese a su obsolescencia, aparatos hermosos por su mecanismo visible, por el ingenio de su diseño a flor de metal, que no de piel.

Aunque, como ocurre con todos los adornos de la casa, se han vuelto invisibles para mí, de vez en cuando fijo la mirada en alguna de las máquinas y recuerdo el tiempo de la transición, cuando a finales de los ochenta y principios de los noventa, la década que va de 1985 a 1995, mi década más adicta a la consecución y lectura de revistas y suplementos culturales, fui testigo en las páginas periodísticas de una pregunta y una respuesta frecuentes en las entrevistas a escritores: ¿usted sigue escribiendo a máquina o ya usa computadora? Las respuestas a esa pregunta hoy inviable eran variadas, todavía sin unanimidad. Algunos escritores decían que la computadora les parecía muy fría, demandante de gran experiencia en su trato y en algunos casos riesgosa, pues corría el rumor no tan falso de que por impericia o un desperfecto del sistema podían perderse documentos, incluso libros ya terminados, así que preferían la máquina de escribir mecánica. Otros, una minoría que poco a poco iba pasando a ser mayoría, confesaba que había entrado con tibieza y escepticismo al mundo del teclado electrónico, y que sin duda lo sentían como un avance para la creación literaria. Unos pocos, sobre todo los poetas, respondían que ni máquina ni computadora, sino lápiz y papel.

No pasó mucho tiempo (el mundo digital no demoró y sigue sin demorar en avasallarlo todo, incluidos sus propios adelantos) para que la pregunta dejará de aparecer en las entrevistas. En un momento de los noventa, quizá en su segundo lustro, ya casi no había escritor que no tuviera una computadora para redactar sus cuartillas, y conste que esto ocurrió poco antes de que llegara la verdadera revolución: internet. Escasos años antes de que se creara la necesidad casi física del contacto con “la supercarretera de la información” (apodo que tuvo internet en el momento de su primera expansión), las computadoras eran, para los escritores, máquinas de escribir, no más, y ya eso parecía ciencia ficción.

En esto, un escritor adelantado en La Laguna fue Paco Amparán. No vi su computadora, pero como chisme azorado en el mundillo literario local corrió la voz de que él, Paco, “tenía una Macintosh”. Me enteré del secreto a voces y no entendí nada. Cerrábamos la década de los ochenta y yo seguía fiel a mi Olympia de metal pesado y a mis hojas tamaño carta de papel revolución para sancochar originales que luego, ya para entonces, pasarían a aparecer en revistas, periódicos y en mis primeros libros.

Pero no transcurrió mucho tiempo para que la fuerza de los vientos que soplaban en el universo digital también venciera mis defensas: en 1993, gracias a la propuesta de un vendedor que la ofrecía en cómodas mensualidades, adquirí una Macintosh Classic II, mi primera compu, la misma que presume Steve Jobs en la foto de arriba. Luego de los tanteos iniciales, pronto me di cuenta de que esa máquina era un adelanto brutal, pues así, de entrada, obviaba los “borradores”. A partir de ese momento no habría más cuartillas llenas de enmiendas, tachaduras, flechitas con dirección a los calces. El texto virtual en la pantalla permitía cambiar infinitamente, sin máculas, la sintaxis de una oración, de un párrafo, de un capítulo, de toda una novela. Fue una revelación, aunque poco después ocurrió lo que ya sabemos: el despliegue de los avances digitales, la caducidad programada, provocó cambios de equipo sin freno hasta la fecha.

El Centro Gabo de Colombia publicó no hace mucho una serie de fragmentos que muestra la transición máquina-computadora en García Márquez. Al leer sus opiniones recordé las entrevistas que comenté párrafos atrás: hubo un tiempo en el que el periodismo se interesó en saber si los escritores habían dejado de ser arcaicos. En la introducción a las citas, se señala que “Aunque era un escritor formado en la era de las máquinas de escribir, Gabriel García Márquez jamás le huyó a las computadoras. Por el contrario, poseía una practicidad a prueba de nostalgias que le permitía adaptarse con facilidad a los cambios tecnológicos. Cuando procesar textos a través de un teclado y una pantalla fue posible gracias a la invención del computador, el autor colombiano no dudó en abandonar sus máquinas de escribir”.

Y amplía que la velocidad de GGM para terminar libros se vio notablemente favorecida: “A lo largo de su vida probó sin recelo todas las herramientas útiles en la confección de un libro: plumas estilográficas, bolígrafos, máquinas de escribir mecánicas y máquinas de escribir electrónicas. En la década de los ochenta del siglo anterior fue el turno para el computador. El amor en los tiempos del cólera fue su primera novela escrita con esta tecnología. Le siguieron El general en su laberinto, Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes. La transición le permitió a García Márquez reducir el tiempo que empleaba para finalizar sus libros, ya que no tenía que empezar de nuevo en una hoja en blanco cada vez que cometía un error de mecanografía”.

De las frases que citan de GGM, la primera resume de alguna manera a las demás, pues enfatiza la mayor ventaja que la computadora le dio a su escritura, algo que hoy no vemos porque ya olvidamos escribir con máquina mecánica: “Escribir en la computadora es como volver a escribir a mano, se puede romper, quitar, poner. Me río cuando mis amigos escritores hablan de su vieja máquina de escribir, de que escribir a mano es como ver fluir la sangre por las venas. La verdad pura y simple es que el mejor invento que se ha hecho para el escritor es la computadora. Si la hubiera tenido hace veinte años tendría el doble de libros escritos”. (“La fama es un oficio de 24 horas”, El Tiempo, 28 de marzo de 1989).

Quiero subrayar la fecha en la que GGM hizo la declaración: 1989. Es la misma a la que me referí al principio, el instante bisagra en el que moría un aparato de escritura y nacía otro. Cuatro años después, en 1993, opiné igual.


miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

miércoles, diciembre 10, 2025

Pequeño antídoto antiolvido

 







Entre otras, una de las tragedias de la mente humana es su poca capacidad para memorizar. Esto es más evidente para la persona con hábitos de lectura algo voraces. Por más que se ponga empeño en retener, por más que la página se pueble con notas o en hojas aparte se asienten comentarios, pasado un tiempo a veces nada largo lo leído se diluye de la mente hasta no quedar ni un mínimo vestigio de lo que, en teoría, se iba a mantener incólume ante los embates corrosivos del olvido.

Escrita por George Steiner en alguno de sus demasiados ensayos, leí una defensa de la memorización como parte del aprendizaje, habilidad a veces desdeñada por ciertas pedagogías que la sienten anticuada, indigna de fomento entre los estudiantes. ¿Para qué memorizar, si todo está al alcance de un telefonito con internet? No sin sorpresa de mi parte, algunos alumnos han celebrado la buena memoria que supuestamente exhibo. Agradezco la amable percepción, pero lejos estoy de sentir que tengo buena memoria. Tampoco es mala, y creo que se muestra mejor en las secciones improvisadas de las clases o las conferencias, allí donde uno debe responder de botepronto, sin asomarse al Google. Sé que hay portentos de buena memoria, y que en el pasado hubo incluso generales capaces de saber el nombre propio de cada uno de sus cientos de soldados, y de hecho la rima en la poesía tenía un fin mnemotécnico, de allí que muchos poemas de largo aliento quedaran sujetos en la mente de los antiguos. Lo he dicho y escrito varias veces: los dos amigos más Funes que he conocido son Gerardo García y Gilberto Prado: ambos me han dejado boquiabierto con su capacidad de retención.

He notado que en los años recientes mi memoria de un libro se pierde a las pocas semanas, quizá a los pocos días. Lo que queda es un relente de lo leído, apenas un lejano vapor de recuerdo, y por supuesto nada de orden textual. Si vagamente recuerdo que en tal o cual libro había una frase memorable y la necesito exacta, debo buscar el subrayado, pues me resulta imposible reconstruirla sin merma o tergiversación.

Ante la realidad del olvido que en corto tiempo arrasa las maravillosas frases e ideas que encuentro en los libros, frases e ideas que tienen toda la apariencia de ser inolvidables, he optado por un camino tranquilizador, el único que se me ocurrió para no desembocar en la amargura: gozar en estricto tiempo real y resignarme a subrayar lo que es o parece imborrable y sé que terminará olvidado. Mientras no olvide que lo subrayé, el olvido no se saldrá del todo con la suya.

miércoles, agosto 06, 2025

Detector de miércoles

 











Con el eufemismo “miércoles” evité escribir la palabra “mierda” en la cabeza de este apunte. Por supuesto que se trata de una delicadeza excesiva, pues en estos tiempos ya no es imperativo cuidar detalles atañederos al buen gusto de la expresión, como lo demuestra el uso ahora más que naturalizado de la palabra vga en hablantes de todas las condiciones socioeconómicas. El título debió ser, entonces, “Detector de mierda”, aparato que Ernest Hemingway recomendaba usar a todos los escritores deseosos de guisar buena literatura.

Lo dijo así, con dos énfasis en el curioso artefacto: “El regalo más esencial para un escritor es un buen detector de mierda: un sólido detector de mierda bien construido y a prueba de golpes. Este es el radar de un escritor y todos los buenos escritores lo tienen”.

En parecida sintonía, Vargas Llosa expuso años después, al explicar cómo escribió La casa verde, lo siguiente: “De un lado, toda esa barbarie me enfurecía: hacía patente el atraso, la injusticia y la incultura de mi país. De otro, me fascinaba: qué formidable material para contar. Por ese tiempo empecé a descubrir esta áspera verdad: la materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña”.

Escritor de otra índole, volcado más bien al ensayo académico y divulgador de la escritura como práctica, el catalán Daniel Cassany observó que “El escritor acaba siendo un trapero que recoge desechos, un ecualizador que mezcla y purifica ruidos de la calle. Pero ¡atención! ¡Qué difícil es encontrar desechos! ¡Buenos desechos!”.

Creo que, mutatis mutandis, a lo que se refieren las tres citas es a la pertinencia, casi a la obligación, de encontrar fallas en la realidad para después trasmutarlas en arte, en este caso literario, particularmente narrativo. Lo que no debemos confundir es el propósito: preparar un coctel indiferenciado de ética y estética, asomarse a las lacras humanas para dar lecciones y creer que basta con su sola exposición literaria para corregirlas y de paso regañar a quienes las provocan. La obligación del artista es mostrar la condición humana en toda su dimensión, y como el rasgo principal de tal condición es, lamentablemente, la inhumanidad, el egoísmo, la bestialidad en suma, nada mejor que un buen detector de mierda para hacer literatura.

miércoles, junio 18, 2025

Qué “ismo” seremos

 









Muchas veces me he preguntado qué “ismo” seremos, con qué rótulo nos ceñirá la academia del porvenir, si es que todavía podemos soñar con un porvenir para la humanidad dados los desastres que hoy atestiguamos. Me refiero a saber de antemano, desde el presente, las características que en el futuro serán detectadas en el arte del presente, particularmente en el literario. Lo que podemos ver en el presente es caos, diversidad, un sinnúmero de orientaciones que dan la impresión de inasibilidad, pero es un hecho que más adelante todo lo disperso que ahora vemos será resumido es una palabra que quizá lleve como remate el sufijo “ismo”, tal y como ocurrió con el naturalismo, modernismo, surrealismo, posmodernismo…

Dice Pospelov en el libro colectivo Sociología de la creación literaria (1971): “Después de haber evolucionado en el curso de la historia de la humanidad, el carácter intelectual de la creación literaria vino a desembocar, hace ya tres siglos, en una particularísima consecuencia: el nacimiento y desarrollo de las escuelas literarias. Estas no son simplemente aspectos sucesivos, históricamente determinados, del contenido artístico y de las formas que le corresponden. Son aspectos sucesivos de la propia creación literaria, aspectos de los que los escritores y los críticos tienen conciencia y a los que dan forma teórica en declaraciones escritas: programas, manifiestos, tratados y artículos. Esta formulación teórica va a la par con una terminología determinada que pone de relieve tal o cual aspecto de sus obras al que los escritores asignan suma importancia; es una terminología que simboliza para ellos su actividad y que los une en un mismo grupo literario. La historia de la literatura es rica en designaciones de esta especie, en ‘ismos’ de todo tipo, desde el ‘clasicismo’ hasta las innumerables escuelas ulteriores, pasando por el ‘romanticismo’ y el ‘realismo’”.

No podemos saber cómo seremos percibidos en el futuro, con qué “ismo” nos designarán, pero es un hecho cierto que, aunque nosotros no los veamos con claridad en el presente, hay gestos, guiños, acciones, fórmulas que hoy circulan en el arte como rasgos que, al naturalizarse, se invisibilizan para nosotros. Es más o menos lo mismo que pasaba, por ejemplo, con los escritores del Romanticismo: que asumían un estilo porque estaba en el ambiente, no por decisión personal.

sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


martes, julio 30, 2024

Crónica sudamericana

 







Nota inicial. No soy de cargar cuaderno de anotaciones, pero me he valido de la herramienta “block de notas” del celular para recoger impresiones que después servirán en la hechura de la crónica. Dado que esto de trepar información a Facebook es fundamentalmente un divertimento y no una obligación, me he dado un cacho de las vacaciones para trabajar en la selección de las palabras y las fotos. Han pasado dos meses desde que terminó el viaje cuya crónica viene a continuación.

Ciudad de México

Dejamos suelo lagunero el lunes 15 de abril a las 6 de la tarde. Las dos maletas grandes iban retacadas de ropa, libros, revistas y algunas chucherías para regalar, lo justo para no desbordar el peso límite determinado por la línea aérea. Llegamos a la Ciudad de México y nos instalamos en el hotel Marlowe, a media cuadra del barrio chino, en el corazón de la capital. Pese a la temporada baja, el hormiguero de ese rumbo parecía incesante, lleno de burócratas mezclados con turistas. Curiosamente, el lunes de nuestra llegada se había alcanzado una temperatura récord de calor, casi como si nosotros lo hubiéramos arrastrado desde La Laguna. La primera noche de hotel fue atroz: la cama pequeña que nos asignaron y el calor invencible casi no me permitieron dormir. A la mañana siguiente pedí con cara de náufrago un cambio de habitación a cama doble, que por suerte pudimos conseguir. Durante las tres mañanas de la estancia en la capital el calor no dio tregua. Avancé asuntos de trabajo (revisiones y edición) y casi en las noches caminamos los ya conocidos rumbos de la alameda, Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral. Comimos tacos, enchiladas, caldos tlalpeños y demás delicias de la gastronomía chilanga. Envié cuatro paquetes con libros y revistas por correo desde el hermoso edificio postal, y vi tres veces a mi hija, quien por su trabajo sólo podía encontrarse conmigo durante las noches. Así los días, salimos el jueves 18 por Avianca hacia Bogotá. El vuelo fue espantoso, incómodo. Probé suerte con esa empresa colombiana, pero sin duda está, en la relación precio-servicio, muy por debajo de Aeroméxico. Los asientos no se reclinan (al menos en la nave que nos llevó a Bogotá) y no dan nada para comer, sino que lo venden como Oxxo aéreo, con el mismo pintoresquismo de VivaAerobús. Fueron poco más de cuatro horas de tortura. Ya en el aeropuerto Eldorado casi perdemos nuestro vuelo de conexión. La razón es simple: aunque el pasajero no salga del aeropuerto pierde mucho tiempo en un filtro de revisión, como si uno no hubiera sido revisado ya en el vuelo de salida. Está bien que en Eldorado revisen a quien entra y a quien sale de allí, pero me parece una grosería que revisen también a quienes van de paso, en tránsito, pues si no confían en la revisión de la ciudad de origen, ¿para qué dejan volar a los recién llegados? Pese a las innecesarias carreras dentro del aeropuerto, llegamos a tiempo para abordar el siguiente avión, el de Bogotá a Santiago de Chile. También por Avianca, fue apenas mínimamente mejor que el anterior.

Santiago de Chile, Ñuñoa, Viña Del Mar, Valparaíso y Concón

Aterrizamos en la capital chilena al mediodía del 19 de abril, y rápido debí cambiar dólares a pesos chilenos. Como su moneda tiene muchos ceros, el desconcierto inicial fue inevitable.

Llegamos con un hambre de caníbales y luego de establecernos en el departamento salimos en busca de cualquier comida. La encontramos en una pollería casi contigua al edificio. El encargado de la tienda se asustó cuando le pedimos medio pollo para cada uno. Nos persuadió de que era suficiente un medio pollo para los dos. Y así fue: el medio pollo era en realidad medio guajolote y venía acompañado por un kilo de hermosas papas a la francesa que devoramos sin mucha elegancia. Luego de esa ingesta urgente, descansamos un poco, pues debíamos prepararnos para mi presentación en la biblioteca pública de Ñuñoa. Ñuñoa es una comuna de la Región de Santiago, y una comuna es algo así como una municipalidad, aunque la verdad todavía no entiendo bien la división administrativa chilena. Llegamos en punto de la hora luego de vivir cierta tensión sobre un taxi que tomó Vicuña Mackenna, luego la larga avenida Irarrázaval y parecía que no llegaba, pues era hora pico, viernes por la noche. Al fin aparecimos en la biblioteca y allí estaban ya Diego Muñoz y Gabriela Aguilera, nuestros anfitriones, además de varios amigos de la corporación Letras de Chile. El diálogo entablado fue muy cordial. Hablé de mi trabajo literario y de libros y autores mexicanos, todo en un ambiente de calidez extraordinaria. Al final, muy cansados ya, Maribel y yo compramos lo básico en un súper para preparar unos sándwiches que también nos supieron a milagro.

A la mañana siguiente, la del sábado 20 de abril, Diego pasó muy temprano por nosotros para viajar a Valparaíso, Viña del Mar y Concón, tres ciudades unidas en la costa del Pacífico chileno. En la carretera pudimos apreciar que la orografía de Chile casi no permite las planicies, y todo es cerros, subidas y bajadas.

Llegamos a Viña y paramos en la Quinta Vergara, espacio en cuyo museo tendría mi segunda presentación, esta sobre literatura negra y literatura a secas. Antes, nuestro anfitrión, Jorge Ramírez de Arellano, del Grupo Cultural Vórtice, nos condujo al anfiteatro (el famoso “Monstro de la Quinta Vergara”) donde se celebra cada año el Festival Internacional de Viña del Mar. Luego, entramos al museo del Palacio Vergara y en uno de sus salones ofrecí mi exposición en diálogo con Diego. Nuevamente el público se mostró muy atento a mis palabras. Al final buscamos un lugar donde comer: lo encontramos en El Faro de los Compadres, un restaurante con vista al aneblado Pacífico. Diego y Maribel despacharon albacora, un pescado al parecer maravilloso, y yo no pude dejar pasar la oportunidad para acceder a uno de los platos favoritos de Neruda: caldillo de congrio (que es una especie de pez anguila, alargado), delicia de la gastronomía marítima de Chile. El regreso a Santiago fue igualmente placentero, pues la conversación con Diego es imposible que se derrumbe en la monotonía. ¿No será de interés saber que su padre homónimo, también escritor, fue compañero de escuela y amigo de Neruda y que el mismo Diego niño conoció y trató al Nobel chileno y a decenas de escritores más?

El domingo se dio nuestro primer día descansado en Santiago. Decidimos ir al estadio La Cisterna de Palestino para ver al equipo local contra la Universidad de Chile, mi querida “U”. No pudimos entrar, el estadio es muy muy muy pequeño y todos los boletos sólo habían sido vendidos por internet. Tampoco fue traumático, rondamos por el entorno del estadio (los grafitis tienen una actitud política muy combativa), compramos algún souvenir y vimos dos escenas en las que los temibles carabineros a caballo perseguían aficionados remisos a quedar fuera del estadio. Mejor fue tomar un taxi y alejarnos. Decidimos entonces ir al Palacio de la Moneda, para las fotos oficiales en el santuario laico del querido presidente Salvador Allende. Caminamos la Alameda, nombre que los chilenos dan a la avenida Libertador Bernardo O’Higgins. Comimos por allí, pizza esta vez, y terminamos con un cafecito y una vuelta a casa con algo de confusión, pues al ver el mapa uno sigue las calles sin saber que en Santiago, ciudad hermosa y cosmopolita, pueden cambiar de nombre de un crucero a otro.

El lunes despertamos otra vez temprano; a las 9 pasaría por nosotros Eduardo Contreras, escritor de novela negra que nos llevaría a la Universidad de Chile, donde yo conversaría con alumnos. Nos recibió la maestra Ximena Vergara, quien amablemente había preparado un amplio abanico de preguntas sobre mi trabajo literario. Dos horas de diálogo con estudiantes se fueron sin notarlo y sin duda fui feliz con el interrogatorio de los jóvenes. Al terminar, optamos por volver al departamento pues por la noche tendríamos una cena organizada para nosotros en el restaurante Las Trancas, frente al parque de Ñuñoa, donde fuimos agasajados por Eduardo Contreras, Cecilia Arancibia, Josefina Muñoz, Max Valdés, Diego Muñoz y Paola Villa, entrañables amigos de la corporación Letras de Chile que días después, en un alarde de generosidad y casi al final del viaje, por cierto, me invistió como primer miembro honorario extranjero de la admirada institución.

Al día siguiente, martes 23, salimos tarde en busca de los recuerditos chilenos. Los hallamos en la Feria Artesanal Santa Lucía, y luego de las compras y tramitar una comida rápida subimos al cerro de Santa Lucía, una edificación portentosa desde la cual es posible admirar la extensión plena de Santiago. Pese a mi rodilla algo maltrecha, ascendí y junto con Maribel gozamos de las vistas disponibles desde aquel laberinto de escaleras y hermosos miradores. Aquí, como en todos los rumbos a los que recalamos, hice práctica de un oficio que estudié y me apasiona sin que haya sido mi profesión, aunque secretamente siempre quise abrazarla: la fotografía, arte que, más allá de la foto ocasional o de la inevitable y precaria autofoto, me permite jugar con el ritmo, la perspectiva y la composición en tercios y zonas áureas, y evitar a toda costa los horizontes caídos, los excesos de aire mal distribuido o los pies amputados por poquito.

Al día siguiente, el noveno de nuestro periplo, trabajamos en casa durante toda la mañana. Pese a la temporada del año, el sol seguía picando, así que salimos hasta que la tarde lo mitigó. Esta vez fuimos al Parque Metropolitano, un inmenso espacio (el cuarto bosque urbano más grande del mundo) que sirve como pulmón de la capital chilena. Allí, subimos por el teleférico a la cresta del Cerro San Cristóbal en cuya cumbre destaca la escultura monumental de la virgen de la Inmaculada Concepción. La vista desde ese punto es periférica, abarcadora de todo el valle santiaguino, urbe más poblada de edificios de lo que yo recordaba, pues había estado allá en 2011.

Al siguiente día fue menos agitado. Era el último en Santiago, y ante la inminencia del viaje decidimos tomar el día con calma. Trabajé todo el día en edición y ya muy tarde erramos para el rumbo del parque Bustamante, donde comimos en uno de los establecimientos ubicados en la avenida Ramón Carnicer. Por allí también compré libros. Apenas oscureció, volvimos a nuestro reducto en la calle Gral. Jofré para preparar maletas.

Agradecidos por la hospitalidad del país, partimos de Chile el viernes 26 de abril, nuestro décimo día de viaje. Tomamos el Cata Internacional, asientos 1 y 2 de la parte alta en un bus de dos pisos para tener una panorámica frontal de la cordillera andina. Poco a poco salimos de Santiago y poco a poco se nos fue revelando el inmenso universo de roca que nos esperaba durante seis o siete horas. El viaje es corto, pero se alarga en función de la sinuosidad del trayecto. Lo que más esperábamos era atravesar el Paso de los Caracoles, un zigzag de 29 curvas cerradas a una altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Como el trayecto es lento, pude hacer varias fotos a medida que ascendíamos aquel ir y volver en una de las incontables montañas de Los Andes en el lado todavía chileno. Hizo un día pleno de sol, y gracias a esto pudimos ver todas las tonalidades cordilleranas: ocres, grises, azulados, rojizos, verdosos, púrpuras, amatistas, una paleta apabullante de matices bajo el azul intenso del cielo. Llegamos a Mendoza cuando comenzaba a anochecer, y allí comenzó la segunda parte de nuestro viaje sudamericano de 2024.

Mendoza

En la capital argentina del vino fuimos recibidos, en contraste, por el verdor incansable de sus calles. Era otoño, pero el inusitado sistema de acequias que en red abarca toda la ciudad, mantiene incólumes las arboledas. Nos hospedamos frente al parque principal mendocino. Caminamos por su noche, hambrientos, y en la peatonal Sarmiento encontramos una gran oferta de platillos. Elegimos unas exquisitas milanesas de ternera acompañadas con “fideos”, lo que para nosotros son espaguetis.

Al día siguiente comenzamos tarde la visita a las cuatro plazas equidistantes de la principal. Lo hicimos caminando, así que sólo pudimos con tres. Recalamos en el Mercado Central, un lugar bello y limpio donde encontramos un negocio llamado El Mercadete, donde insumimos una parrillada de lujo y una cantidad excesiva de malbec. Allí conocimos y conversamos largamente con Barbie y Carlos, mendocinos radicados en Puerto Madryn, a donde, así como así, nos invitaron en un viaje próximo.

El domingo recorrimos el bosque San Martín. Había un maratón, lo vimos un momento y continuamos con una visita al lago. Luego comimos bifes. En la noche nos recibió en su casa, con su familia, nuestro amigo Leandro Hidalgo, escritor. Además de empanadas, nos regaló con un malbec espectacular de la marca Alegoría.

Pasamos el lunes en el armado de maletas y en trabajo en casa, y sólo salimos a comer pizza y a preparar la salida de Mendoza. Viajamos toda la madrugada a Buenos Aires, donde seguí con mi trabajo de edición. Caminamos un poco en los rumbos clásicos de la Avenida de Mayo. Era de algún modo una pausa en el viaje, y nos hospedamos en las inmediaciones de Monserrat, no lejos de la Casa Rosada, donde el primero de mayo, por cierto, pudimos ver el aparato represivo para disuadir la manifestación de los trabajadores, pues en este momento —la absurda presidencia de Milei— la manifestación y la protesta públicas son allá delitos que de entrada merecen gas, balas de goma y macanazos.

Colonia del Sacramento y Montevideo

El jueves 2 partimos de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Lo hicimos en el ferry de la empresa Colonia Express. Hacía frío, pero eso no impidió que saliéramos a la borda para ver desde allí el avance por el Río de la Plata. Llegamos a Colonia al mediodía, y allí pasaríamos una tarde casi completa. Visitamos el rumbo antiguo de la ciudad, en donde, pese a mi rodilla, ascendimos al faro que es su símbolo. De allí partimos el día 3 a Montevideo, en bus. Lo hicimos por el sur del Uruguay, bordeando el lado charrúa del Río de la Plata. Al llegar a la capital nos hospedamos en el Palacio Salvo, quizá el edificio más famoso de la capital uruguaya, un espacio lleno de leyendas que provocaron en Maribel —y en mí no— el gusto de convivir con fantasmas. Primero tuvimos dos días soleados, y entre otros lugares, erramos por la peatonal Sarandí, por la Rambla, fuimos al Café Brasilero (reducto archiconocido porque allí concurría —casi vivía— Eduardo Galeano) y por el mercado de la calle Tristán Narvaja, donde en un restaurante llamado Lo de Molina dialogamos con el brillante escritor y cantautor uruguayo Martín Palacio Gamboa, con quien discurrimos sobre literatura, música y política hasta llegar al intercambio de libros; con él recuerdo un detalle que me pareció significativo de la hermandad latinoamericana: al hablar con mutuo elogio sobre el dueto treintaitresino Los Olimareños, mencionamos a Braulio López y Pepe Guerra, esto el 5 de mayo en Montevideo; pues bien, el 13 de junio, un mes después, murió allá Guerra, lo que me llevó a pensar en el sincero homenaje binacional que le tributamos en el café de la calle Tristán Narvaja. Los dos días finales en el Uruguay fueron grises, onettianos, plenos de una neblina que al mirar por nuestra ventana del piso 14 anulaba la anchura del Río de la Plata. No pude no pensar que estaba en la ciudad del gran Mario Benedetti, escritor que puebla con su rostro los grafitis de muchas paredes montevideanas, y también en la ciudad de Zitarrosa, uno de mis ídolos de siempre, a cuya Fundación fui aunque estuviera cerrada.

Buenos Aires

Volvimos a Buenos Aires el martes 7 ya muy tarde, otra vez en el ferry de Colonia Express. Llegamos cansadísimos, y esta vez nos hospedamos en un edificio del barrio Caballito, cerca del parque Centenario. Hicimos la compra de los víveres para el consumo diario y así pasó el día 8, en el acomodo. El 9 participé en la Jornada de Minificción de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Me sentí muy bien recibido por un público que, pese al paro nacional de labores de ese día, hizo una entrada numerosa a la Sala Julio Cortázar, donde se dio la reunión organizada por Raúl Brasca y Martín Gardella. En las mesas participaron escritores como Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Laura Nicastro, Leo Mercado, Claudia Cortalezzi y Dina Grijalva (mexicana). La cena colectiva se celebró en el restaurante Juana de Oro, cerca de la Feria, en el barrio de Palermo.

Los días siguientes tuvieron menos agitación. Fuimos un sábado al estadio Francisco Urbano, del Partido de Morón, para ver, con Fabián Vique, Jorge Figueroa y Ezequiel Gerace, un juego de la liga de ascenso. Tuvimos invitaciones a cuatro programas de radio (con Daniel Ovín, Ezequiel Gerace, Víctor Hugo Morales y Celia Carnovale, en este orden), una cena con Laura Nicastro y su esposo Quique Ruslender, un asado dominical en casa de la escritora Celina Aste y su esposo Maxi, una comida también dominical en casa de Andrea Burucua (donde además estaban Figueroa, Vique, Carlos Dariel y José Luis Bulacio) y otra comida en casa de Víctor Hugo Morales y Beatriz de Nava, su esposa, con quienes también fuimos a comer a La Dorita de Palermo (donde por cierto nos topamos con Ricardo Darín, en una anécdota que merece relato aparte); en la noche fuimos también con Beatriz y Víctor Hugo al teatro Trilce para ver la puesta de Luz de gas y allí mismo cenar, pues el Trilce tiene restaurante. Además de todo esto y más, pude charlar en distintos cafés con amigos como Enrique Medina y Ricardo Ragendorfer, y extrañé no poder saludar a Giselle Aronson, Fernando Veríssimo, Sandra Bianchi y Rodolfo Chisleanschi, José Juan Zapata y Jessica Jaramillo, Mario Berardi, Javier Ramponelli, Hugo Alejandro Gómez y Alejandro Dolina. Como dijo Favio: otra vez será.

La vitalidad cultural de Buenos Aires nos permitió ver varias obras de teatro, ir tres veces al cine Goumont (amenazado como tantas otras instituciones por el actual gobierno de allá) y comprar libros sobre todo entre los maravillosos bouquinistas del parque Centenario, donde también visitamos el museo de Ciencias Naturales y fuimos público del concierto de tango ofrecido por el Quinteto La Grela, con cuyo magnífico violinista, Diego Tejedor, quedamos de amigos.

Fue un viaje, pues, productivo en todo sentido, pues conjugó literatura, trabajo, vida cultural, amistad y setenta libros pescados en tres países a los que queremos mucho: Chile, Uruguay y Argentina, a los cuales, por supuesto, siempre estaremos volviendo troileanamente en el recuerdo y quizá, por qué no, en un futuro no distante, de nuevo en la realidad de carne y hueso.

Nota. Texto publicado originalmente en Facebook.