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sábado, febrero 28, 2026

La tiranía del merecimiento

 











Una versión abreviada y comentada de este texto fue expuesta como conferencia en la Cafebrería La Tinta, de Torreón, el 26 de febrero de 2026. La acompañé con algunas imágenes ad hoc, que aquí omito.

La tiranía del merecimiento: un estudio de Paula Sibilia

Jaime Muñoz Vargas

Hice un experimento inocuo para convidar a esta exposición. Al difundirla, añadí una frase a la invitación digital. “Serán bienvenidos los amigos y los enemigos”. Contra lo habitual, que es invitar a los amigos, invitar a “los enemigos” es un guiño cínico si queremos casi insignificante, pero no por ello raro, más si su lector carga sobre la espalda cinco o seis décadas. ¿Qué pasó para que el cinismo fuera admitido como valor convencional en un mundo que antes lo marginaba? ¿Por qué ahora es posible exhibir frases o actitudes cínicas como maneras de relacionarnos con los demás? Algo cambió, sin duda, para que un político cambie de partido como quien cambia de camisa o para que una joven provinciana revele con total desenfado su ascenso económico con la creación de “contenido para adultos”? Pisamos un nuevo “suelo moral”, una mutación antropológica gigantesca que Paula Sibilia (Buenos Aires, 1967) analiza en Yo me lo merezco. De la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024), libro que comparto con agradecimiento en este sobrevuelo.

Radicada en Brasil, Sibilia nació en Buenos Aires y vive en Río de Janeiro, donde es docente de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense (UFF) e investigadora de las agencias públicas brasileñas CNPq y FAPERJ. Su producción ensayística aborda temas culturales contemporáneos bajo la perspectiva genealógica, centrándose en las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Estudió las licenciaturas de Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Comunicación (UFRJ), otro en Salud Colectiva (UERJ), y posdoctorados en París VIII y la UBA. Es autora de El hombre postorgánico (2005), La intimidad como espectáculo (2008) y Redes o paredes (2012).

En Yo me lo merezco, la autora subraya el cambio de “suelo moral” que nos hizo pasar de la etapa moderna a la era actual, la del mundo digital. Señala que “La sociedad moderna se fundó bajo la égida de un ‘contrato social’ imaginario, un pacto mítico firmado por todos los ciudadanos de un determinado Estado nacional, que habría instaurado la democracia representativa con sus dignísimas promesas de igualdad, libertad y fraternidad entre los signatarios”. Para preservar su cohesión, la colectividad moderna apeló a una normatividad estricta y a la hipocresía burguesa como mecanismo de freno a las pulsiones individuales, aunque “las prácticas inspiradas en esos reglamentos no lograban disfrazar sus fisuras, solían estallar en serios dilemas morales, destilando un malestar que fue interpretado como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la civilización”. Una triada logró aherrojar los ímpetus del yo: “el sentimiento de culpa, la represión de las pulsiones y el respeto a la ley”, lo que trajo, a decir de Freud, el “malestar en la cultura”. Foucault la llamó “sociedad disciplinaria”, y en ella participaban todos los colectivos y sus reglamentaciones internas: la familia, la escuela, la iglesia, la fábrica, el sindicato, el club, las leyes y demás.

Citado por la autora, el mismo Foucault detectó a mediados de los setenta un astuto desplazamiento del “control-represión” al “control-estimulación”, truco consistente en no frenar las pulsiones individuales de libertad desatadas en los sesenta y setenta, sino dejarlas ser pero canalizadas al consumo y la libertad individuales. Rebasado por la insubordinación juvenil que demandaba acabar con las instituciones burguesas “hipócritas” impuestas en dos siglos de dominación, el capitalismo, sistema plástico si los hay, se reinventó con la llegada del neoliberalismo en cuyo seno se asentó la satisfacción del deseo sin las trabas de la contención defendida por la hipocresía burguesa. El individuo y su amplia carga de apetitos pasó a escena para ser sobrestimulado y puesto de cara al mercado y al consumo: si todo está disponible y hay libertad, no tengo límite, lo merezco todo.

La libertad de tenerlo y merecerlo todo en el universo del consumo, sin más cortapisa que la que uno se quiera imponer, permitió que florecieran “otras yerbas”, hordas de seres (los nuevos cínicos) que “lo merecen todo” y “desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia, mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”. Tras el paso de las herramientas analógicas a las digitales y la creación de las redes sociales, “Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente. (…) Con el aliento que brinda el apoyo mutuo, se sintieron habilitadas a capitalizar la (in)moralidad de los algoritmos para imponer sus insultos, memes, teorías conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los rivales”.

Yo me lo merezco se divide en cuatro capítulos (“De la represión a la excitación”, “Del deber al querer”, “De lo analógico a lo digital” y “De la hipocresía al cinismo”), a su vez segmentados en trancos breves. Luego de explicar la mutación del “suelo moral”, el paso del control-represión al control-estimulación y el encumbramiento del sujeto que lo merece todo en el mercado y puede expresarse como guste de lo que guste gracias a las redes, Sibilia apunta que en este nuevo contexto “la felicidad se ha convertido en una meta indiscutible”. Los medios digitales y los tradicionales exaltaron la búsqueda del goce individual y promovieron la construcción del sujeto emprendedor. Allí, la felicidad individual es “Tanto un derecho como una especie de ‘deber’ al cual nos consagramos; una misión que, de no consumarse, delataría un fracaso humillante: la incapacidad de ser felices”.

De esa manera, “Tras las reformulaciones de la segunda mitad del siglo XX empezaron a germinar desconsuelos imprevistos, frutos de una cultura que exalta y persigue el goce individual, en vez de posponerlo en nombre de entidades colectivas consideradas superiores o trascendentes. Hacer siempre y solamente lo que se desea, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal, por ejemplo, dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso —asociado a la soberbia, la vanidad o el egoísmo— para volverse una meta orgullosamente prioritaria”.

A diferencia de las dinámicas actuales, la sociedad moderna entrañaba “insumos tan valiosos como el honor, la lealtad, el compromiso mutuo, la austeridad, los deberes cívicos, la rectitud moral y la constricción sexual. Preceptos como esos operaban en áspera armonía bajo la tutela de una instancia superior, importantísimo pilar de la esfera pública burguesa: el respeto” mediante el que “los sujetos modernos fueron llevados a ‘interiorizar’ la disciplina que se les exigía, promoviendo un obstinado autogobierno sobre sus actos. Eso los instaba a renunciar a ciertos placeres y soportar el infortunio resultante de tal abdicación en nombre de valores superiores como el bien común, la familia, el trabajo, la patria o la democracia”. En este punto, la autora recuerda a Weber y La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905).

La abdicación a las pulsiones íntimas tenía como centro la construcción de un yo vigilante en el interior de la persona: “De modo que el verdugo más feroz no era el Estado ni el padre de familia, tampoco las múltiples figuras jerárquicas que comandaban las instituciones: profesores, directores, jefes, supervisores o patrones. Ese papel quedaba a cargo del alma de cada cual en aquella sociedad ambiguamente materialista. O bien, recurriendo a un concepto central para el psicoanálisis, ese rol lo asumía el superyó de cada psiquismo”, de allí que “se angustiaban con sus propios actos o deseos cuando estos se desviaban de la buena senda. Al autoevaluarse, se sentían culpables por no estar a la altura y por no ser tan buenos o normales como deberían. En consecuencia, temían la punición —considerada justa por las supuestas mayorías y las ordenanzas comunes— de caer en alguna de las terribles categorías de anormalidad. O sea, aquellas cristalizadas en el polo negativo de clasificaciones binarias como correcto o incorrecto, moral o inmoral, saludable o patológico, legal o criminal. (…) el superyó no daba escapatoria”.

Sin embargo, “Los jóvenes de los años 1960 y 1970 se movilizaron en varios países de Europa y América para insurgirse contra ese ‘sistema’ considerado opresor y autoritario, porque tendía a la normalización de los comportamientos y a la asfixia de los deseos individuales”, y así “El dócil soterramiento de las pulsiones ilícitas fue perdiendo sentido, así como la fabricación cotidiana de culpas envueltas en añejos pudores. Cambiaron las reglas del juego, diversos corsés ardieron en plazas públicas, cayeron varias rejas y se decretó la ilegitimidad de (casi) cualquier prohibición”.

Tras sacudirse el yugo de la hipocresía burguesa, los jóvenes tocaron la anhelada libertad históricamente oprimida. En las décadas de los ochenta y noventa, “Los ímpetus contestatarios de los rebeldes pronto serían secuestrados por los renovados tentáculos del capital, que les sacarían provecho sin necesidad de reprimirlos sino convirtiéndolos en el nuevo combustible de la maquinaria”, y de ese modo “Los deseos dejaron de ser mal vistos y ahora se canalizan productivamente, cebando sin nunca saciar la sed de dominación continua del capital”.

Tan fijo quedó el credo individualista de desear y conseguir todo, que se erigió el “emprendedurismo” como dogma: “‘Fuera de la empresa económica, fuera del trabajo productivo, fuera de los negocios, parece no haber ningún otro deseo, ninguna vitalidad’, sintetiza Franco Berardi. El espíritu empresarial penetró en todas las instituciones, incluso en el substrato molecular de las subjetividades, capitalizando las energías vitales de modos cada vez más generalizados y naturalizados, como si no hubiera ninguna alternativa a esa cosmovisión mercantilista”,

El problema de una sociedad que libera así los deseos y la búsqueda de satisfacción a toda costa, es “no lograr ni siquiera acercarse a los altos parámetros que se aspiran, con la consecuente estigmatización de quienes quedan descalificados como perdedores o fracasados cuando sus tropiezos se vuelven públicos, también se incuban resentimientos, aislamientos y violencias que envenenan la cohesión social. La explosión puede quedar latente, pero va incubándose y se presiente en todas partes”, “el ‘vicio’ de quererlo todo y la pesadumbre de no poder casi nada”.

Una buena cantidad de páginas dedica Sibilia al examen del uso que hacemos a los aparatos de comunicación digital, sobre todo al celular y las redes. He afirmado alguna vez algo que no dejo de pensar: el smartphone, por su portabilidad, es el aparato determinante, el más revolucionario, en la configuración de la sociedad actual, así que merece reflexión aparte, pues “intentan colmar los deseos de espectacularizarse para lograr visibilidad y repercusión con la aduladora compañía de una multitud de ‘amigos’ o seguidores”. Lamentablemente, el celular impide asentar conocimientos, ideas, experiencias: “cuando no se efectúan las operaciones capaces de sedimentar cada experiencia, suspendiendo la multiplicación desenfrenada de flujos informáticos y consumistas, cuando no se da lugar al pensamiento capaz de hilvanar algún sentido, queda solo un exceso de estimulación que suele girar en el vacío y ahogarnos en un sopor obnubilado”. En esta dinámica, hasta “El tiempo de descanso está amenazado” y ya sólo falta que el mercado conquiste la temporalidad del sueño, como lo comentó Jonathan Crary en su libro 24/7.

Lo curioso es que son los mismos espacios digitales los que miden nuestro exceso y recomiendan contención, obviamente sin lograrla: “el uso que solemos hacer de los celulares o las redes sociales es siempre ‘excesivo’, ya que de eso se trata, para eso se los inventó y con ese objetivo se fueron perfeccionando: es así como funcionan (y nos hacen funcionar). Ese uso considerado desmedido, abusivo o adictivo es precisamente el uso que esos dispositivos suponen, proponen y estimulan. Esos artefactos son fruto de esta época, nuestra sociedad los imaginó y los asimiló para ser usados compulsivamente” si no queremos caer en el llamado FoMO, “fear of missing out” (“miedo a perderse algo”).

En este escenario lleno de tentáculos que disputan nuestra atención, perdemos además la idea de espaciotemporalidad tal y como la conocimos en la era analógica. El trabajo, el descanso y todas las actividades humanas estaban limitados a un espacio y a un tiempo determinados; con los aparatos digitales de deslocalizó todo y perdió sus límites temporales, sobre todo el consumo, como comprar a toda hora en línea o ver maratones de programas de series y poder suspenderlas o acelerarlas a capricho, aunque “Al multiplicarse tanto las opciones disponibles como las chances de concretarlas, aumenta también la lista de deseos frustrados y, en consecuencia, la deuda que jamás logrará saldarse. Entre otros motivos, porque termina siendo funcional al nuevo régimen: el consumidor es, por definición, alguien insatisfecho; aunque su voracidad sea constantemente excitada, nunca deberá colmarse”.

Sibilia expone que en el escenario planteado al consumidor actual, “La publicidad, género cínico por excelencia, encontró tierra fértil en esa subjetividad liberada de la lógica represiva moderna y lanzada al torbellino del deseo capitalizable. Tú puedes o Vos podés, dice el lema básico de cualquier anuncio, sintonizando con el eufórico Yo quiero y el consecuente Yo lo merezco del potencial consumidor. Yes, you can, o bien Just do it, y todo así: puro estímulo, cero represión”.

En sus afirmaciones finales, la antropóloga resume las implicancias de los dos suelos morales, el moderno y el actual: “Las liberaciones que se dieron tras la descompresión de los deberes disciplinarios son evidentes y muy bienvenidas, pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la razón, la patria, la familia, el trabajo, inclusive el decoro y el ‘bien común’ encarnado en la civilización; la igualdad, la libertad, la fraternidad, la democracia, etcétera. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones en este nuevo suelo moral detentan una vocación centrifuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando caos, rupturas y conflictos. (…) Al poner al yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal como siempre, pero ahora mucho más, son los otros, que siguen existiendo y también reivindican su derecho a ser yo”, y concluye con una afirmación optimista pese al panorama todavía más desolador que a mi parecer se nos abre en el futuro: “A pesar de la desesperanza que este cuadro puede inspirar, vale recordar que crisis profundas como la actual tienen una ventaja: corroboran que un universo entero se puede desmoronar, por más sólido e inquebrantable que pudiera parecer poco tiempo atrás, para dar a la luz a otra era histórica. Lo cual no deja de ser una rara oportunidad”.

Aunque no se ve una luz de cambio en el fondo del túnel, aunque todos los signos del presente anuncien un futuro aún más negro, vale aprehender el párrafo final de Paula Sibilia en Yo me lo merezco: tomarlo como quien abraza una tabla en el naufragio para no morir de pesimismo en el preciso ahora.

sábado, septiembre 21, 2024

Silvio, aniversario y después

 













“Si te dieran a escoger a qué cantante escuchar y te pagaran todos los gastos para ir a su concierto, ¿a quién escogerías, papi?”. Recuerdo esta pregunta de una de mis tres hijas, pero no recuerdo cuál. La motivaba una conversación en la que concluí tajantemente, sin ninguna concesión, que no me interesaba ir a ningún concierto, que no me interesaba escuchar a nadie en ningún tumulto. “¿Pero a nadie a nadie a nadie, papi?”, insistió mi hija. “No, a nadie”, rematé, y esto incluía principalmente los conciertos de cualquier música de pop o de rock, por espectaculares que parecieran. Sé que si la propuesta fuera real, dudaría. ¿Javier Solís, Pavarotti, Zitarrosa, Lola Beltrán, Serrat, Mercedes Sosa, Albano Carrisi, Adriana Varela, Atahualpa Yupanqui, Anna Netrebko, Ibrahim Ferrer? Tal vez, pero de solo imaginar las implicancias de un concierto, el hecho de desplazarme a no sé dónde y de convivir a veces apretujadamente, me lleva a desear no desearlo, conformarme con la reproducción hoy dispensada por las plataformas digitales.

Mi negativa parte de que los experimenté alguna vez: jamás me sentí cómodo ni me estremeció un pelo ver en vivo a un “famoso”. No me pregunten por qué, pero por razones de trabajo, de gratuidad o compromiso vi a Bosé, Tropicalísimo Apache, Juan Gabriel, Marco Antonio Solís, Los Cadetes de Linares, Óscar Chávez, Los Ángeles Negros, Facundo Cabral, Celso Piña, Depeche Mode, Caetano Veloso, Plácido Domingo y Calle 13, y en ninguno de los casos hallé un motivo poderoso para enamorarme de la modalidad “en vivo”. Por esta razón y no otra es por la que percibo muy extraña a la gente que sigue el ritual de comprar boletos en línea y moverse a veces hasta de país para escuchar a tipos abiertamente frívolos o embusteramente densos, como si fueran filósofos de nuestra era sólo porque desean la paz mundial.

Dado lo antecedente, sonará raro que el 25 de mayo de 2004, hace ya dos décadas, amaneciera inquieto ante la inminencia del maratón que me esperaba en la Plaza de Mayo. Había llegado el 15 a Buenos Aires, era mi primer viaje para allá, y dos días después, o tres, no recuerdo, me chuté un recorrido de quince horas por tierra para estar en San Miguel de Tucumán, a donde había sido invitado por David Lagmanovich para participar en un encuentro de escritores. Además de conocer a David, allí conocí también a Juan Pablo Neyret y a Rogelio Ramos Signes, y crucé dos palabras con un par de invitados importantes: María Rosa Lojo y el español Rafael Chirbes. Cumplí cuarenta años casi al final de mi estancia tucumana, el día 23. Esa misma noche, Neyret y yo, que nos hicimos amigos de inmediato, nos fumamos las quince horas del bus a Buenos Aires. Bajamos en la capital argentina, convivimos el 24 en algunas caminatas y restaurantes del microcentro, y esa misma tarde Neyret siguió a su tierra, Mar del Plata. De nuevo quedé solo en Buenos Aires; me hospedé en el Grand Hotel España, un vetusto edificio art déco de la calle Tacuarí número 80, a una cuadra de la avenida 9 de Julio, cerca del legendario Café Tortoni.

El 25, digo, amanecí inquieto. A mi primer viaje argentino le quedaban unos tres días de vida, así que decidí aprovecharlos en andanzas que me dieran una visión más clara del plano porteño. Sabía ya que el día era feriado por la Revolución de Mayo, así que opté por acercarme a la plaza para ver cómo lo celebrarían. Temprano, todavía sin público en la plancha histórica, vi que varios trabajadores hacían los últimos arreglos a dos grandes escenarios: uno frente a la Casa Rosada y otro al lado opuesto, cerca de la catedral, por la calle Bolívar. Creo que con algunas preguntas pude saber que la celebración conllevaría discursos y un desfile de grupos y cantantes, todo con el remate de Silvio Rodríguez. Deambulé un rato más por el rumbo, sin separarme mucho de la plaza. Cuando vi que comenzó a poblarse me aproximé al escenario más grande, el aledaño a la Rosada. Primero quedé como a cincuenta metros, pero como pude me fui escurriendo hacia adelante, poco a poco. Mi idea era no quedar tan lejos, pues mi cámara digital Fuji (aquello ocurrió en el breve momento en el que se usaron las cámaras digitales) no tenía zoom y temí que las fotos quedaran muy borrosas. Al final logré acomodarme como a veinte metros del punto principal. La Plaza de Mayo quedó llena, gobernaba Néstor Kirchner, allí estaba Cristina Fernández y nadie podía saber en ese momento que la Argentina viviría poco más de diez años de desendeudamiento, de mejoría económica y, por ello también, de feroz persecución mediática contra la pareja que provocó aquel respiro de bienestar social.

No recuerdo cuánto duró todo, pero sí que llegué como a las cinco de la tarde y a las nueve todavía no me iba de allí. Muchos cantantes pasaron antes del plato principal. Todos desahogaban dos o hasta tres piezas, la gente los aplaudía con entusiasmo y el animador los presentaba con elogios y vítores por el día conmemorado. Pero la gente esperaba el número fuerte: Silvio.

Cuando el cubano apareció en escena, pensé que su paso duraría lo mismo que todos los demás, pero no: cantó una hora y aquello me dio la impresión de ser hipnótico: la gente coreaba sus canciones y yo entre dientes también las expresaba. En los ochenta había sido adicto a su música y en general a la nueva trova, pero poco a poco me había alejado de él. Lo que no sabía es que me sabía aún todas las piezas, al menos las famosas, y esto sobrevive hasta hoy, fecha en la que algunos de sus versos me parecen algo débiles, algo forzados o innecesariamente herméticos, aunque conservo el gusto por casi todos sus arreglos y por supuesto de sus muchísimas estrofas brillantes. Así de terca es la memoria.

De aquel concierto hay video en YouTube, y aunque no me veo entre el público oscurecido por la noche, estuve cerca de la bandera del Che que ondeó durante todo aquel concierto, tal vez el único al que he asistido con un sentimiento parecido al gusto.

Nota. Como la que encabeza este post, las siguientes fotos fueron tomadas la tarde referida en la crónica.













sábado, agosto 03, 2024

Grillete 24/7

 














Uno de los asertos más socorridos y muchas veces pedantes de la crítica formal, llamémosle académica, es que la reseña de libros importa un reverendo pepino, pues no profundiza y es meramente cutánea, de ahí que sea lícito minusvalorarla, tenerla en muy muy poco o de plano en nada. Por el espíritu y la extensión de la reseña bibliográfica, claro, y porque su destino —la prensa— así lo exige, no profundiza, sino expone una idea con rapidez, sobrevuela un material y con ello desea motivar en los lectores la posibilidad de que tal o cual libro ingrese a sus zonas de interés. Pedir más al reseñista es cargar en su lomo aspiraciones que no le conciernen.

Así, gracias a que mi radar detecta el vuelo bajo de los reseñistas, he llegado a libros estimables. Un caso puede ser 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño (Paidós Entornos, 2015, Buenos Aires, 152 pp., traducción de Paola Cortés-Rocca), obra sobre la cual leí un breve comentario hace como cuatro años y de inmediato trepé a mi menú de potenciales. Luego hallé el libro en la FIL Guadalajara 2022, pero me pareció caro y omití el tarjetazo. Después, en mayo de este año, me lo topé usado con los buquinistas del parque Centenario de Buenos Aires a tres mil pesos argentinos, lo que al cambio de aquel mes equivalía a sesenta miserables pesos mexicanos (tres dólares), así que de inmediato lo eché al morral.

Tras leerlo agradecí la reseña que me lo puso en el camino. Es un gran, de veras gran gran libro, quizá el mejor que insumiré en 2024. Su autor es el norteamericano Jonathan Crary, profesor de Teoría y Arte Moderno en la Universidad de Columbia, y autor además de libros como Las técnicas del observador: visión y modernidad en el siglo XIX, Suspensiones del observador y Tierra quemada. Hacia un mundo poscapitalista.

Magistralmente prologado por el sociólogo Christian Ferrer, destaco de él cuatro afirmaciones sobre el trabajo de Crary referido a su exploración de las nuevas tecnologías de la comunicación: Una: “No habrá momentos de paz o de pausa, pues los ámbitos de trabajo, consumo y entretenimiento, la información y la gestión narcisista de la propia imagen se integran y coaligan entre sí en una misma temporalidad a lo largo de un mirador orbicular. Ya no habría ‘afueras’ [de internet, reitero]”. Dos: “Inducir a las poblaciones, quizá por medios farmacológicos, a no dormir a fin de que trabajen y consuman ininterrumpidamente es la fantasía definitiva del capitalismo y hay indicios suficientes de que muchos científicos en demasiados laboratorios se afanan en lograrlo, y de que la imaginación de este tiempo comienza a aceptar esa posibilidad. Cabe intuirla como una maldición que, si se cumple, podría volverse irreversible. El daño resultante sería incalculable”. Tres: “la mayor parte de las interacciones en red tienden a hacer que el individuo se vuelva compatible con las rutinas y pautas del trabajo y el consumo”. Y cuatro: “La sola disconformidad o siquiera la menor suspicacia con respecto a los desmanes causados por los procesos técnicos o sus menoscabos a la vida afectiva de la población le ameritan a quien se atreva a difundirla poco menos que el sambenito de hereje”.

En efecto, el hereje Crary espiga los rasgos adquiridos por la sociedad de nuestro tiempo debido al desarrollo del capitalismo desde su etapa industrial. La vigilancia y el castigo de los siglos XIX y XX, representados por la fábrica, la escuela y la penitenciaría (que introdujo el modelo del panóptico) como espacios ad hoc para ejercerlos, pasó a convertirse en lo que a su vez Bauman y Lyon han denominado “vigilancia líquida”, es decir, aquella que parece menos severa pero es ubicua gracias a la superabundancia de cámaras, bases de datos, interacciones por trabajo, entretenimiento y consumo, lo que asimismo supone la voluntaria “autodelación” del individuo que hoy deja, aquiescente, sus huellas digitales, faciales, oculares, laborales, familiares, intelectuales y pasionales por todos lados, como ocurre en esas aplicaciones que nos piden fotos para luego añadir en ellas caritas de conejo, gato o del mismo usuario pero más joven, más viejo, más caricatural o más hollywoodense, todo ello generado con infalible ridiculez.

Crary explica en 24/7 el desarrollo del control social y el manejo de la temporalidad trabajo-descanso. Allí está la vértebra de su exposición: hasta hoy, el pespunteo entre trabajo y descanso (necesario para restaurar fuerzas) era posible; los sistemas actuales de comunicación, empero, han alentado la posibilidad de que todo quede dentro de la órbita del trabajo y el consumo, y el anhelo de todo esto es que el descanso —el sueño, el recogimiento íntimo, la desconexión— también sea infiltrado por el trabajo, el entretenimiento y el consumo sin orillas o sin “afuera”, como dice Ferrer, o, como señala Crary, con el fin de que se convierta en “un universo con un botón de encendido para el cual no existe un botón de apagado”, un mundo 24/7 que “no elimina experiencias externas o independientes, pero las empobrece y las reduce”, tal y como se puede apreciar en los espectáculos “históricos” que el público no ve, pero sí graba, o con las demandas remotas e indoloras de firmantes que jamás pondrán el cuerpo ni para el más tibio mitin.

Además, propicia otras desconfiguaraciones, como lo anota en este párrafo: “Las formas de control que acompañaron el surgimiento del neoliberalismo en la década del noventa eran más invasivas en sus efectos subjetivos y en su destrucción de las relaciones compartidas y basadas en lo colectivo. La modalidad 24/7 presenta la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a la mano, de un tener y un conseguir aislados de la presencia de los otros. La responsabilidad respecto de otras personas que implica la proximidad ahora puede evitarse con facilidad a través de la gestión electrónica de las propias rutinas y los contactos diarios. O quizá más importante aún, la temporalidad 24/7 ha producido una atrofia de la paciencia y el respeto que son esenciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia para escuchar a los demás y esperar el turno para hablar”.

El trabajo, la vigilancia, la televisión precursora del embrutecimiento, el consumo, la desacreditación de las luchas colectivas, el infantilismo ante el espectáculo, la adicción a las anestesiantes redes y, en suma, “el asalto a la vida cotidiana”, todo apuntala el control y la anulación del quehacer político comunitario (real, no virtual) y la domesticación del individuo convertido en dócil usuario de la tecnología digital. Sólo falta por invadir el rejego territorio del sueño, pero hacia allá se encamina el dominio. Si eso se consigue, o si esto ya se consiguió, el neoliberalismo o como queramos llamarlo habrá alcanzado la más alta sofisticación conocida “para la gestión y el control de los seres humanos”, para su conversión en zombis de tiempo completo con el paradójico efecto de que se sientan libres y felices.

El repaso de Jonathan Crary es accesible, aunque también es verdad que tiene pasajes densos. Lo que al final queda claro es que el propósito es retener 24/7 nuestra atención, apoderarse de nuestra subjetividad, engrillarnos a las redes no con el fin de que la sociedad crezca y sea mejor con el acceso a la ciencia y la cultura, sino que la vida humana individual, fragmentada, insomne y molida por la estupidez, se diluya en los albañales de Peso Pluma, Karely Ruiz y Brincos Dieras, por citar sólo tres ejemplos de la más macuarra inmundicia aportada por nuestro país.

Espero que esta reseñita los aliente a buscar 24/7, un libro ciertamente aterrador aunque escrito con la serenidad del médico forense que examina los restos de un cuerpo recién atropellado por el tren.

martes, julio 30, 2024

Crónica sudamericana

 







Nota inicial. No soy de cargar cuaderno de anotaciones, pero me he valido de la herramienta “block de notas” del celular para recoger impresiones que después servirán en la hechura de la crónica. Dado que esto de trepar información a Facebook es fundamentalmente un divertimento y no una obligación, me he dado un cacho de las vacaciones para trabajar en la selección de las palabras y las fotos. Han pasado dos meses desde que terminó el viaje cuya crónica viene a continuación.

Ciudad de México

Dejamos suelo lagunero el lunes 15 de abril a las 6 de la tarde. Las dos maletas grandes iban retacadas de ropa, libros, revistas y algunas chucherías para regalar, lo justo para no desbordar el peso límite determinado por la línea aérea. Llegamos a la Ciudad de México y nos instalamos en el hotel Marlowe, a media cuadra del barrio chino, en el corazón de la capital. Pese a la temporada baja, el hormiguero de ese rumbo parecía incesante, lleno de burócratas mezclados con turistas. Curiosamente, el lunes de nuestra llegada se había alcanzado una temperatura récord de calor, casi como si nosotros lo hubiéramos arrastrado desde La Laguna. La primera noche de hotel fue atroz: la cama pequeña que nos asignaron y el calor invencible casi no me permitieron dormir. A la mañana siguiente pedí con cara de náufrago un cambio de habitación a cama doble, que por suerte pudimos conseguir. Durante las tres mañanas de la estancia en la capital el calor no dio tregua. Avancé asuntos de trabajo (revisiones y edición) y casi en las noches caminamos los ya conocidos rumbos de la alameda, Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral. Comimos tacos, enchiladas, caldos tlalpeños y demás delicias de la gastronomía chilanga. Envié cuatro paquetes con libros y revistas por correo desde el hermoso edificio postal, y vi tres veces a mi hija, quien por su trabajo sólo podía encontrarse conmigo durante las noches. Así los días, salimos el jueves 18 por Avianca hacia Bogotá. El vuelo fue espantoso, incómodo. Probé suerte con esa empresa colombiana, pero sin duda está, en la relación precio-servicio, muy por debajo de Aeroméxico. Los asientos no se reclinan (al menos en la nave que nos llevó a Bogotá) y no dan nada para comer, sino que lo venden como Oxxo aéreo, con el mismo pintoresquismo de VivaAerobús. Fueron poco más de cuatro horas de tortura. Ya en el aeropuerto Eldorado casi perdemos nuestro vuelo de conexión. La razón es simple: aunque el pasajero no salga del aeropuerto pierde mucho tiempo en un filtro de revisión, como si uno no hubiera sido revisado ya en el vuelo de salida. Está bien que en Eldorado revisen a quien entra y a quien sale de allí, pero me parece una grosería que revisen también a quienes van de paso, en tránsito, pues si no confían en la revisión de la ciudad de origen, ¿para qué dejan volar a los recién llegados? Pese a las innecesarias carreras dentro del aeropuerto, llegamos a tiempo para abordar el siguiente avión, el de Bogotá a Santiago de Chile. También por Avianca, fue apenas mínimamente mejor que el anterior.

Santiago de Chile, Ñuñoa, Viña Del Mar, Valparaíso y Concón

Aterrizamos en la capital chilena al mediodía del 19 de abril, y rápido debí cambiar dólares a pesos chilenos. Como su moneda tiene muchos ceros, el desconcierto inicial fue inevitable.

Llegamos con un hambre de caníbales y luego de establecernos en el departamento salimos en busca de cualquier comida. La encontramos en una pollería casi contigua al edificio. El encargado de la tienda se asustó cuando le pedimos medio pollo para cada uno. Nos persuadió de que era suficiente un medio pollo para los dos. Y así fue: el medio pollo era en realidad medio guajolote y venía acompañado por un kilo de hermosas papas a la francesa que devoramos sin mucha elegancia. Luego de esa ingesta urgente, descansamos un poco, pues debíamos prepararnos para mi presentación en la biblioteca pública de Ñuñoa. Ñuñoa es una comuna de la Región de Santiago, y una comuna es algo así como una municipalidad, aunque la verdad todavía no entiendo bien la división administrativa chilena. Llegamos en punto de la hora luego de vivir cierta tensión sobre un taxi que tomó Vicuña Mackenna, luego la larga avenida Irarrázaval y parecía que no llegaba, pues era hora pico, viernes por la noche. Al fin aparecimos en la biblioteca y allí estaban ya Diego Muñoz y Gabriela Aguilera, nuestros anfitriones, además de varios amigos de la corporación Letras de Chile. El diálogo entablado fue muy cordial. Hablé de mi trabajo literario y de libros y autores mexicanos, todo en un ambiente de calidez extraordinaria. Al final, muy cansados ya, Maribel y yo compramos lo básico en un súper para preparar unos sándwiches que también nos supieron a milagro.

A la mañana siguiente, la del sábado 20 de abril, Diego pasó muy temprano por nosotros para viajar a Valparaíso, Viña del Mar y Concón, tres ciudades unidas en la costa del Pacífico chileno. En la carretera pudimos apreciar que la orografía de Chile casi no permite las planicies, y todo es cerros, subidas y bajadas.

Llegamos a Viña y paramos en la Quinta Vergara, espacio en cuyo museo tendría mi segunda presentación, esta sobre literatura negra y literatura a secas. Antes, nuestro anfitrión, Jorge Ramírez de Arellano, del Grupo Cultural Vórtice, nos condujo al anfiteatro (el famoso “Monstro de la Quinta Vergara”) donde se celebra cada año el Festival Internacional de Viña del Mar. Luego, entramos al museo del Palacio Vergara y en uno de sus salones ofrecí mi exposición en diálogo con Diego. Nuevamente el público se mostró muy atento a mis palabras. Al final buscamos un lugar donde comer: lo encontramos en El Faro de los Compadres, un restaurante con vista al aneblado Pacífico. Diego y Maribel despacharon albacora, un pescado al parecer maravilloso, y yo no pude dejar pasar la oportunidad para acceder a uno de los platos favoritos de Neruda: caldillo de congrio (que es una especie de pez anguila, alargado), delicia de la gastronomía marítima de Chile. El regreso a Santiago fue igualmente placentero, pues la conversación con Diego es imposible que se derrumbe en la monotonía. ¿No será de interés saber que su padre homónimo, también escritor, fue compañero de escuela y amigo de Neruda y que el mismo Diego niño conoció y trató al Nobel chileno y a decenas de escritores más?

El domingo se dio nuestro primer día descansado en Santiago. Decidimos ir al estadio La Cisterna de Palestino para ver al equipo local contra la Universidad de Chile, mi querida “U”. No pudimos entrar, el estadio es muy muy muy pequeño y todos los boletos sólo habían sido vendidos por internet. Tampoco fue traumático, rondamos por el entorno del estadio (los grafitis tienen una actitud política muy combativa), compramos algún souvenir y vimos dos escenas en las que los temibles carabineros a caballo perseguían aficionados remisos a quedar fuera del estadio. Mejor fue tomar un taxi y alejarnos. Decidimos entonces ir al Palacio de la Moneda, para las fotos oficiales en el santuario laico del querido presidente Salvador Allende. Caminamos la Alameda, nombre que los chilenos dan a la avenida Libertador Bernardo O’Higgins. Comimos por allí, pizza esta vez, y terminamos con un cafecito y una vuelta a casa con algo de confusión, pues al ver el mapa uno sigue las calles sin saber que en Santiago, ciudad hermosa y cosmopolita, pueden cambiar de nombre de un crucero a otro.

El lunes despertamos otra vez temprano; a las 9 pasaría por nosotros Eduardo Contreras, escritor de novela negra que nos llevaría a la Universidad de Chile, donde yo conversaría con alumnos. Nos recibió la maestra Ximena Vergara, quien amablemente había preparado un amplio abanico de preguntas sobre mi trabajo literario. Dos horas de diálogo con estudiantes se fueron sin notarlo y sin duda fui feliz con el interrogatorio de los jóvenes. Al terminar, optamos por volver al departamento pues por la noche tendríamos una cena organizada para nosotros en el restaurante Las Trancas, frente al parque de Ñuñoa, donde fuimos agasajados por Eduardo Contreras, Cecilia Arancibia, Josefina Muñoz, Max Valdés, Diego Muñoz y Paola Villa, entrañables amigos de la corporación Letras de Chile que días después, en un alarde de generosidad y casi al final del viaje, por cierto, me invistió como primer miembro honorario extranjero de la admirada institución.

Al día siguiente, martes 23, salimos tarde en busca de los recuerditos chilenos. Los hallamos en la Feria Artesanal Santa Lucía, y luego de las compras y tramitar una comida rápida subimos al cerro de Santa Lucía, una edificación portentosa desde la cual es posible admirar la extensión plena de Santiago. Pese a mi rodilla algo maltrecha, ascendí y junto con Maribel gozamos de las vistas disponibles desde aquel laberinto de escaleras y hermosos miradores. Aquí, como en todos los rumbos a los que recalamos, hice práctica de un oficio que estudié y me apasiona sin que haya sido mi profesión, aunque secretamente siempre quise abrazarla: la fotografía, arte que, más allá de la foto ocasional o de la inevitable y precaria autofoto, me permite jugar con el ritmo, la perspectiva y la composición en tercios y zonas áureas, y evitar a toda costa los horizontes caídos, los excesos de aire mal distribuido o los pies amputados por poquito.

Al día siguiente, el noveno de nuestro periplo, trabajamos en casa durante toda la mañana. Pese a la temporada del año, el sol seguía picando, así que salimos hasta que la tarde lo mitigó. Esta vez fuimos al Parque Metropolitano, un inmenso espacio (el cuarto bosque urbano más grande del mundo) que sirve como pulmón de la capital chilena. Allí, subimos por el teleférico a la cresta del Cerro San Cristóbal en cuya cumbre destaca la escultura monumental de la virgen de la Inmaculada Concepción. La vista desde ese punto es periférica, abarcadora de todo el valle santiaguino, urbe más poblada de edificios de lo que yo recordaba, pues había estado allá en 2011.

Al siguiente día fue menos agitado. Era el último en Santiago, y ante la inminencia del viaje decidimos tomar el día con calma. Trabajé todo el día en edición y ya muy tarde erramos para el rumbo del parque Bustamante, donde comimos en uno de los establecimientos ubicados en la avenida Ramón Carnicer. Por allí también compré libros. Apenas oscureció, volvimos a nuestro reducto en la calle Gral. Jofré para preparar maletas.

Agradecidos por la hospitalidad del país, partimos de Chile el viernes 26 de abril, nuestro décimo día de viaje. Tomamos el Cata Internacional, asientos 1 y 2 de la parte alta en un bus de dos pisos para tener una panorámica frontal de la cordillera andina. Poco a poco salimos de Santiago y poco a poco se nos fue revelando el inmenso universo de roca que nos esperaba durante seis o siete horas. El viaje es corto, pero se alarga en función de la sinuosidad del trayecto. Lo que más esperábamos era atravesar el Paso de los Caracoles, un zigzag de 29 curvas cerradas a una altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Como el trayecto es lento, pude hacer varias fotos a medida que ascendíamos aquel ir y volver en una de las incontables montañas de Los Andes en el lado todavía chileno. Hizo un día pleno de sol, y gracias a esto pudimos ver todas las tonalidades cordilleranas: ocres, grises, azulados, rojizos, verdosos, púrpuras, amatistas, una paleta apabullante de matices bajo el azul intenso del cielo. Llegamos a Mendoza cuando comenzaba a anochecer, y allí comenzó la segunda parte de nuestro viaje sudamericano de 2024.

Mendoza

En la capital argentina del vino fuimos recibidos, en contraste, por el verdor incansable de sus calles. Era otoño, pero el inusitado sistema de acequias que en red abarca toda la ciudad, mantiene incólumes las arboledas. Nos hospedamos frente al parque principal mendocino. Caminamos por su noche, hambrientos, y en la peatonal Sarmiento encontramos una gran oferta de platillos. Elegimos unas exquisitas milanesas de ternera acompañadas con “fideos”, lo que para nosotros son espaguetis.

Al día siguiente comenzamos tarde la visita a las cuatro plazas equidistantes de la principal. Lo hicimos caminando, así que sólo pudimos con tres. Recalamos en el Mercado Central, un lugar bello y limpio donde encontramos un negocio llamado El Mercadete, donde insumimos una parrillada de lujo y una cantidad excesiva de malbec. Allí conocimos y conversamos largamente con Barbie y Carlos, mendocinos radicados en Puerto Madryn, a donde, así como así, nos invitaron en un viaje próximo.

El domingo recorrimos el bosque San Martín. Había un maratón, lo vimos un momento y continuamos con una visita al lago. Luego comimos bifes. En la noche nos recibió en su casa, con su familia, nuestro amigo Leandro Hidalgo, escritor. Además de empanadas, nos regaló con un malbec espectacular de la marca Alegoría.

Pasamos el lunes en el armado de maletas y en trabajo en casa, y sólo salimos a comer pizza y a preparar la salida de Mendoza. Viajamos toda la madrugada a Buenos Aires, donde seguí con mi trabajo de edición. Caminamos un poco en los rumbos clásicos de la Avenida de Mayo. Era de algún modo una pausa en el viaje, y nos hospedamos en las inmediaciones de Monserrat, no lejos de la Casa Rosada, donde el primero de mayo, por cierto, pudimos ver el aparato represivo para disuadir la manifestación de los trabajadores, pues en este momento —la absurda presidencia de Milei— la manifestación y la protesta públicas son allá delitos que de entrada merecen gas, balas de goma y macanazos.

Colonia del Sacramento y Montevideo

El jueves 2 partimos de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Lo hicimos en el ferry de la empresa Colonia Express. Hacía frío, pero eso no impidió que saliéramos a la borda para ver desde allí el avance por el Río de la Plata. Llegamos a Colonia al mediodía, y allí pasaríamos una tarde casi completa. Visitamos el rumbo antiguo de la ciudad, en donde, pese a mi rodilla, ascendimos al faro que es su símbolo. De allí partimos el día 3 a Montevideo, en bus. Lo hicimos por el sur del Uruguay, bordeando el lado charrúa del Río de la Plata. Al llegar a la capital nos hospedamos en el Palacio Salvo, quizá el edificio más famoso de la capital uruguaya, un espacio lleno de leyendas que provocaron en Maribel —y en mí no— el gusto de convivir con fantasmas. Primero tuvimos dos días soleados, y entre otros lugares, erramos por la peatonal Sarandí, por la Rambla, fuimos al Café Brasilero (reducto archiconocido porque allí concurría —casi vivía— Eduardo Galeano) y por el mercado de la calle Tristán Narvaja, donde en un restaurante llamado Lo de Molina dialogamos con el brillante escritor y cantautor uruguayo Martín Palacio Gamboa, con quien discurrimos sobre literatura, música y política hasta llegar al intercambio de libros; con él recuerdo un detalle que me pareció significativo de la hermandad latinoamericana: al hablar con mutuo elogio sobre el dueto treintaitresino Los Olimareños, mencionamos a Braulio López y Pepe Guerra, esto el 5 de mayo en Montevideo; pues bien, el 13 de junio, un mes después, murió allá Guerra, lo que me llevó a pensar en el sincero homenaje binacional que le tributamos en el café de la calle Tristán Narvaja. Los dos días finales en el Uruguay fueron grises, onettianos, plenos de una neblina que al mirar por nuestra ventana del piso 14 anulaba la anchura del Río de la Plata. No pude no pensar que estaba en la ciudad del gran Mario Benedetti, escritor que puebla con su rostro los grafitis de muchas paredes montevideanas, y también en la ciudad de Zitarrosa, uno de mis ídolos de siempre, a cuya Fundación fui aunque estuviera cerrada.

Buenos Aires

Volvimos a Buenos Aires el martes 7 ya muy tarde, otra vez en el ferry de Colonia Express. Llegamos cansadísimos, y esta vez nos hospedamos en un edificio del barrio Caballito, cerca del parque Centenario. Hicimos la compra de los víveres para el consumo diario y así pasó el día 8, en el acomodo. El 9 participé en la Jornada de Minificción de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Me sentí muy bien recibido por un público que, pese al paro nacional de labores de ese día, hizo una entrada numerosa a la Sala Julio Cortázar, donde se dio la reunión organizada por Raúl Brasca y Martín Gardella. En las mesas participaron escritores como Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Laura Nicastro, Leo Mercado, Claudia Cortalezzi y Dina Grijalva (mexicana). La cena colectiva se celebró en el restaurante Juana de Oro, cerca de la Feria, en el barrio de Palermo.

Los días siguientes tuvieron menos agitación. Fuimos un sábado al estadio Francisco Urbano, del Partido de Morón, para ver, con Fabián Vique, Jorge Figueroa y Ezequiel Gerace, un juego de la liga de ascenso. Tuvimos invitaciones a cuatro programas de radio (con Daniel Ovín, Ezequiel Gerace, Víctor Hugo Morales y Celia Carnovale, en este orden), una cena con Laura Nicastro y su esposo Quique Ruslender, un asado dominical en casa de la escritora Celina Aste y su esposo Maxi, una comida también dominical en casa de Andrea Burucua (donde además estaban Figueroa, Vique, Carlos Dariel y José Luis Bulacio) y otra comida en casa de Víctor Hugo Morales y Beatriz de Nava, su esposa, con quienes también fuimos a comer a La Dorita de Palermo (donde por cierto nos topamos con Ricardo Darín, en una anécdota que merece relato aparte); en la noche fuimos también con Beatriz y Víctor Hugo al teatro Trilce para ver la puesta de Luz de gas y allí mismo cenar, pues el Trilce tiene restaurante. Además de todo esto y más, pude charlar en distintos cafés con amigos como Enrique Medina y Ricardo Ragendorfer, y extrañé no poder saludar a Giselle Aronson, Fernando Veríssimo, Sandra Bianchi y Rodolfo Chisleanschi, José Juan Zapata y Jessica Jaramillo, Mario Berardi, Javier Ramponelli, Hugo Alejandro Gómez y Alejandro Dolina. Como dijo Favio: otra vez será.

La vitalidad cultural de Buenos Aires nos permitió ver varias obras de teatro, ir tres veces al cine Goumont (amenazado como tantas otras instituciones por el actual gobierno de allá) y comprar libros sobre todo entre los maravillosos bouquinistas del parque Centenario, donde también visitamos el museo de Ciencias Naturales y fuimos público del concierto de tango ofrecido por el Quinteto La Grela, con cuyo magnífico violinista, Diego Tejedor, quedamos de amigos.

Fue un viaje, pues, productivo en todo sentido, pues conjugó literatura, trabajo, vida cultural, amistad y setenta libros pescados en tres países a los que queremos mucho: Chile, Uruguay y Argentina, a los cuales, por supuesto, siempre estaremos volviendo troileanamente en el recuerdo y quizá, por qué no, en un futuro no distante, de nuevo en la realidad de carne y hueso.

Nota. Texto publicado originalmente en Facebook.

sábado, julio 20, 2024

Carlos Dariel, poeta

 











Hace poco menos de dos meses estaba por concluir mi pasado viaje a la Argentina. Por razones que no viene al caso detallar, no había visto a Carlos Dariel y fue él quien insistió en organizar una reunión. Finalmente, luego de algunas dificultades para cuadrar agendas y sede, nos vimos en Castelar junto a Fabián Vique, Jorge Figueroa, José Luis Bulacio y Andrea Burucua, nuestra anfitriona, quien preparó algunas delicias porque la reunión tenía de fondo mi cumpleaños sesenta. Durante la reunión quedé al lado de Carlitos, hablamos sobre literatura y futbol, nuestros dos temas favoritos, y me regaló Bocas de ceniza, su último libro. Dialogamos de pasada sobre el prólogo que me pidió para su siguiente libro, otro poemario.

A Carlos lo conocí en 2010. Me lo presentó Vique, y de inmediato hice click con él, con su conversación amable y culta, con su amor por la literatura, los viajes, la psicología, el budismo y, claro, el futbol que en su caso era algo entrañable, una pasión inmensa e intensa aunque se expresara con mesura. Fue devoto de muchos poetas, pero para reducir el censo de sus preferencias, sé que admiraba hasta el tuétano al Teuco Castilla, a Juan Carlos Bustriazo, Whitman, Miguel Hernández, Vallejo, Borges y Juan L. Ortiz. En música, fue el más enfático johnlennonista que conocí en mi vida, y en futbol tenía dos ídolos: Rojitas, de Argentina, y Pelé, del mundo.

Carlos Di Rosa (el apellido “Dariel” era un seudónimo) nació en Buenos Aires en 1956. Trabajaba en el área contable de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales, algo así como el Pemex de Argentina), y en su carrera como escritor participó en ciclos literarios, encuentros, lecturas y presentaciones de libros sobre todo en la zona oeste del llamado Gran Buenos Aires. Como autor, público los poemarios Según el fuego, Cuestión de lugar, Donde la sed y Bajo el fulgor, y en la Primera antología de poetas de Morón, Antología sin fronteras (en México) y en la antología Cartas desde el Maule-Cartas desde Buenos Aires. Su último libro fue Bocas de ceniza, publicado en 2023. Fue padre de un hijo, Joel, especializado en sistemas de cómputo. Gran conocedor del futbol y del tenis (que practicó hasta más allá de los sesenta años), Carlos fue hincha irreductible de Boca y de la selección argentina, cuyo último campeonato, el de la Copa América, todavía pudo ver.

En 2011 estuvo en un encuentro de escritores en el estado de Hidalgo y aprovechó aquel periplo mexicano para conocer el sur, nuestras civilizaciones prehispánicas; en mayo de 2019 vino a la Feria del Libro de Coahuila, así que estuvo en Saltillo y Torreón, donde realizamos varias actividades literarias y se ganó el cariño de escritores y periodistas. Lamentablemente, un encadenamiento de malestares lo hostigó durante los meses recientes. Los encaró con sabiduría y entereza enormes, pero el jueves 18 de julio lo vencieron.

Obviamente, un hombre no cabe en una semblanza ni en los flashazos de la amistad que describí. Lo esencial de Carlos se me escapa, es cierto, pero creo que en el lapso de nuestra cercanía logré al menos vislumbrar, y esto es suficiente, al hombre sensible, inteligente y bueno que fue.

A Joel, su amado hijo, a sus amigos escritores y no escritores, mi pésame y la certeza de que Carlitos nos seguirá acompañando ahora dentro, en el “cuore” que ya es su morada en nosotros.

Descanse en paz.

sábado, junio 08, 2024

David, mail y conclusiones

 











Como humilde tributo, tuve dos veces la oportunidad de mencionar a David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010) durante mi reciente viaje a la Argentina. La primera y más importante, el 9 de mayo en una mesa organizada dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La verdad es que desde el año 2000 tengo muy presente a David. Además de vernos tres veces en persona, recibí su lúcida amistad, por mail, durante la década final de su vida, y no dudo en confesar que, como amigo y maestro, fue un ser humano decisivo en mi vida.

David practicaba la buena y ya casi olvidada buena costumbre de enviar cartas. Por correo electrónico, obvio. De haberse dado en estos tiempos, aquel diálogo virtual quizá se hubiera visto entorpecido por Whatsapp, que, sospecho, acelera y atropella tanto la interlocución que al final es imposible saber de qué se habló, hallar un hilo conductor en las conversaciones. Por mail todavía era, y es, posible dialogar con cierta morosidad y hondura, como lo hacía David y como yo trataba de corresponderle (aunque, claro, sin su sabiduría).

Veo un ejemplo de los muchos que quedaron resguardados en la bandeja de mi correo electrónico. En una carta de enero de 2008, escribió: “Acabo de terminar de leer la tercera de las tres novelas de Ross Macdonald, protagonizadas por el detective Lew Archer, que forman un volumen encuadernado de la colección de la Biblioteca de Letras. Las tres novelas son: The Galton Case, The Chill, y Black Money. A veces tienden a ser demasiado enredadas, pero están llenas de inteligencia y de un agudo estudio de la naturaleza humana. También, de momentos y frases dignos de ser recordados.

Anteriormente leí una selección de cuentos tempranos de Raymond Chandler —el nombre del libro es Trouble Is My Business, y se completa con otro titulado Red Wind, que no saqué de la biblioteca por error— y en donde los protagonistas son varios detectives, todos parecidos entre sí, y anteriores al definitivo Philip Marlowe”.

Sin detenerse mucho, pero con agudeza, David comenta sus lecturas de aquellos días. En sus palabras se nota el deseo de compartir algunas veloces impresiones de lector. Sigue:

“Otra cosa que leí, como parte de estos entretenimientos del verano, fueron los Aforismos de Lichtenberg, que antes había consultado algunas veces, pero ahora lo leí íntegramente. Verdaderamente notable.

Ahora me queda por leer el último libro que me traje de la BdeL, también un ‘omnibus’ como los llaman en Estados Unidos, y que contiene tres novelas de mi admirada Ruth Rendell. Estoy disfrutando de estas lecturas, porque en los últimos años casi no he leído nada que no fuera por obligación, es decir, en relación con algún trabajo que estuviera haciendo. Esto, en cambio, es esparcimiento”.

Dos o tres conclusiones de mi parte: extraño aquel tipo de charla epistolar, los maestros son maestros para siempre y uno debe leer también, aunque sea de vez en cuando, por puro esparcimiento.

sábado, mayo 25, 2024

Teatro, juventud y talento

 









Es la tarde del miércoles 22 de mayo y no sabemos con exactitud el destino de la noche. “Vamos de nuevo al teatro”, le digo a Maribel. Buenos Aires, se sabe, es una ciudad abarrotada de teatros. Por ejemplo, las grandotes de la avenida Corrientes, y muchos pequeños a veces levantados con menos plata que ilusión, como dice algún tango. Elegimos otra vez el Nun, un espacio pequeño y acogedor donde a diario hay una puesta diferente y cada una se repite cada ocho días durante cierta temporada. Leí en la web del Nun los comentarios de Tardamos diez años en llegar al corazón, la obra del día, y todos eran elogiosos. Ante los piropos uno entiende que pueden ser excesivos, pero era para el caso lo de menos: la obra nos quedaba cerca, a cuatro cuadras, y las caminamos con el deseo de pasar un buen rato. Esto decía su sinopsis: “Tardamos diez años en llegar al corazón es la historia de dos niñas que deciden matar a su pez llamado Naná. Este pequeño crimen será el fin de la calma de esta familia. Una madre triste, un padre cansado, una tía poco querida y dos niñas muy atentas. Las verdades irán saliendo a flote y la pregunta será: ¿qué hacemos con ellas?”

Pero el buen rato apetecido no lo fue bueno, sino maravilloso. La obra, escrita por Maga Rosu cuando tenía 18 años, cuenta una historia intensa, escrita con precisión y fluidez, con pasajes que pasan de lo cómico a lo tierno y de lo tierno a lo doloroso, todo sin solución de continuidad, a un ritmo emocional de vértigo. Si a la altura del texto se colocan además, como es menester en una obra de teatro, la puesta y sobre todo las actuaciones, el resultado es redondo, podría decirse que cercano a la perfección.

En este punto es necesario destacar las actuaciones. Las cinco son espléndidas, de tan alta calidad que ninguna se queda corta ni desbordaba a las demás: todas lucen una exactitud que pasma, una entonación y una gestualidad en sintonía con la condición del personaje y su situación en cada secuencia.

Juana (Maia Lis) y Elena (Anna Fantoni) son las dos hijas de la familia. La primera es involuntariamente graciosa, inquisitiva, imprudente; la segunda, claridosa, aguda, precozmente adulta. Cada cual desde su trinchera, acribillan con preguntas y respuestas sorprendentes a su padre (Gabriel Schapiro) y a su madre (Maru Belli), que son, él, un tipo abrumado por la vida y las responsabilidades, un tanto tibio en la autoridad con sus hijas; y ella, una mujer atravesada por una melancolía de origen incierto, una pesadumbre que la mantiene en el rincón de los afligidos. El catalizador de un estallido en esa familia algo convencional llega con la aparición en escena de la atractiva y medio lagartona tía Silvia (Susana Giannone), lo que detona un conflicto urticante en el hogar.

Pero, más allá de la trama y de las impecables actuaciones, asombra que se trate de una obra escrita por una joven de 18 que hoy tiene 22, y que ella misma sea la responsable de la dramaturgia y la dirección. Lo dicho: hoy muchos jóvenes viven extraviados en la Absoluta Nada del celular, pero los que sí están sacando provecho a la era de la información pueden tener veinte años y exhibir una madurez de cuarenta. Es el caso de Maga Rosu, autora y directora de Tardamos diez años en llegar al corazón.

sábado, mayo 18, 2024

Veinte años no es nada










Hace veinte años, el 15 de mayo de 2004, pisé por primera vez suelo argentino. Entre esa fecha y el presente ha cabido, creo, casi una decena de viajes al mismo país, del que además de la Capital Federal he podido visitar las ciudades de Tucumán, Santiago del Estero, Morón, Tigre, Hurlingham, Ituzaingó, La Matanza, Mendoza, Córdoba y Altagracia, hasta donde recuerdo. Acá tengo muchos amigos, casi todos relacionados con la literatura y el periodismo. Sobre muchos de ellos, y sobre diversas realidades del país, he escrito decenas de textos diversificados en crónicas, reseñas, artículos e incluso algunos cuentos, casi todos publicados en esta ya longeva columna.

Mi relación con la Argentina no cuajó de una manera intencional. Se fue dando sin querer, más bien. Un día por el futbol, otro por la música y uno más por la literatura o la política, noté que me atraían su historia y su cultura, y cuando me di cuenta ya estaba inmiscuido en un conocimiento más o menos amplio sobre su realidad pasada y actual, tan convulsa como estimulante.

En 2004 cumplí 40 años en la ciudad de Tucumán. Ahora, el jueves 23 de mayo, cumpliré 60 en la Capital Federal. Así, habrán pasado ya veinte años de viajes, libros y conversaciones en un país que luego me he esforzado en conocer, no en querer, que esto se ha dado sin obstáculos, como se da todo en las amistades largas y leales.

Los primeros tres viajes fueron ideados originalmente por mi amigo David Lagmanovich, escritor y académico con quien comencé una amistad epistolar, de mail, a partir del nuevo siglo. Durante diez años, desde el 2000 hasta el 2010, cuando murió, los mensajes entre David y yo se cruzaron abundantemente, al ritmo de dos o tres cartas por semana. Nuestro diálogo comenzó por la literatura, pero poco a poco avanzó hacia la confianza que permite el adentramiento en lo personal, incluso en lo familiar. Fue en una de esas cartas donde David me convidó a visitarlo, a conocernos. Él era pieza fundamental en la organización de un encuentro de escritores que se celebraría en Tucumán, y me envió la invitación oficial y los detalles de la cita literaria. David era ya un hombre entrado en edad. Había nacido en la provincia de Córdoba, en 1927, se habían criado en la de San Miguel de Tucumán, y había pasado buena parte de su vida, junto a su esposa y sus hijos, trabajando en universidades de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, hasta que ya jubilado volvió a las tierras tucumanas. A mi parecer, su erudición lo abarcaba todo, de manera que yo me sentía —porque lo era— privilegiado con su amistad de viejo lobo literario.

Viajé de Torreón a la Ciudad de México el 14 de mayo de 2004; el avión a la Argentina voló de día, así que llegué a su capital en la madrugada, el 15 de mayo. Seguí al pie de la letra las instrucciones que por la vía del correo electrónico me dio David, y ya en Buenos Aires amanecí en un pequeño hotel casi aledaño a la Avenida de Mayo, en la calle Tacuarí. Los dos o tres primeros días los pasé en ese entorno, fui al café Tortoni, caminé la Plaza de Mayo, la peatonal Florida, el café London City que era frecuentado por Cortázar, el rumbo del Obelisco, las incesantes librerías de Corrientes. Ese mundo me fascinó y me asustó al mismo tiempo. Luego llegó el día de apersonarme en la terminal de Retiro para tomar un autobús a Tucumán, donde me fumé quince horas de madrugada por territorio argentino.

Así conocí personalmente a David, y en el encuentro de escritores cuya sede fue la Universidad Nacional de Tucumán, comencé a trabar amistad con otros escritores con quienes hasta hoy tengo contacto, como Rogelio Ramos Signes, Julio Estefan y Juan Pablo Neyret.

Al viaje de 2004 le siguieron otros, y en cada uno se sumaron experiencias, anécdotas, presentaciones, amigos, libros, palabras e incluso partidos de futbol. Hoy estoy de nuevo acá, y como pasa siempre que estoy acá y a punto de partir a La Laguna: pienso que puede ser el último viaje, el último saludo de mano a la Argentina. Pero ojalá no, pues siempre que me voy quiero —como dice el tango insignia de Gardel— volver.

Nota. La foto, tomada frente al Congreso de la Nación por mi hija mayor, es de uno de los dos viajes que hice en 2011.

sábado, octubre 07, 2023

Sebreli en el futbol

 











El nombre Juan José Sebreli (Buenos Aires, 1930) quizá diga muy poco o nada en México, país endogámico como todos en América Latina. Lo lamento, pues se trata de uno de los intelectuales más lúcidos y polémicos de nuestro continente, autor de una obra que sin duda debería ser observada más allá de la Argentina. Sebreli es esencialmente filósofo, pero creo que podemos ampliar los recipientes de su pensamiento hasta la sociología, la antropología, la política y el arte. Identificado en su juventud con el grupo de la revista Contorno (1953-1959) encabezada por los hermanos Ismael y David Viñas, Sebreli no ha cesado de publicar en periódicos, revistas y libros desde la década de los cincuenta hasta la fecha. Hacia la mitad del XX formó un tridente de enfants terribles junto a sus amigos Óscar Masotta y Carlos Correas.

En Torreón tengo tres de los casi treinta libros de su autoría. Uno de ellos, al que le dedicaré estos párrafos, es extraordinario, y si agregara que es brillante sería poco elogiarlo. Se trata de La era del fútbol (Debolsillo, 2005, 349 pp.), tal vez la más pormenorizada y fría golpiza propinada alguna vez al deporte que muchos, muchísimos, más amamos, el futbol (en el título del libro dice “fútbol”, con prosodia argentina; yo me referiré a él como “futbol”, pues así lo pronunciamos en México). Quizá no debo decir “al futbol”, al futbol en sí, sino a lo que gradualmente, desde el siglo XIX a la actualidad, se ha hecho con él: convertirlo en una mezcla de vidrioso y multimillonario negocio, en un espectáculo útil para la manipulación de masas y, por ende, en arma servicial a la política de peor talante.

Adhiero a todo o casi todo lo que describe Sebreli en su sondeo a las viscosas profundidades del futbol. Es difícil no estar sustancialmente de acuerdo con lo que afirma, es verdad, pero después de leerlo no me he convertido al ateísmo futbolístico. La era del fútbol me ha servido, sí, para pensar mejor en esta actividad que es pasión de multitudes, pero no me la ha quitado de encima, pues es, como la poesía para el Quijote, una “enfermedad incurable y pegadiza”.

Tal vez la clave recóndita de su poder aunque se diga con lasitud que en este juego interviene la inteligencia, acaso una inteligencia de lo motriz y lo espacial, y el placer que genera en quienes lo practicaron y lo practican, e incluso en quienes no, se basa en la irracionalidad de su ejecución, en el uso del cuerpo para desarrollar una danza que, como dijo el poeta Antonio del Toro, al final terminó siendo la emancipación del pie frente a la dictadura de la mano, el concurso y el dominio de una parte del organismo humano, el pie, que antes del futbol sólo había servido básicamente para apoyarnos en el suelo y desplazarnos. En otras palabras, es en la irracionalidad de su práctica, en el instinto del pie, la zona más lejana del cerebro, de donde brota su poder, el raro goce de saber que todo el pie —todo: talón, empeine, punta, planta…— tiene capacidad para “manipular” (“manipular” viene de “mano”) la pelota como si fuera un trabajo artesanal. Desde el nombre de esta práctica (foot) hay un homenaje al pie, de suerte que es la única actividad humana que lo tiene como centro.

Al margen de mi digresión seudoesencialista y de seguro errabunda, asombra la hondura y el rigor con el que Sebreli encaró el análisis del futbol como fenómeno de nuestro tiempo. Su libro se divide en trece amplios capítulos, todos apoyados en una profusa máquina de referencias documentales. Todas las secciones del libro son lapidarias, todas desmontan el engranaje del futbol como devoción popular, como mafia económica, como abuso del infantilismo, como madriguera de vándalos, como herramienta política, como teatro de la brutalidad, como espectáculo vacuo.

Bajo la exposición podemos pensar que fluyen, entre otras, estas dos preguntas: ¿por qué el futbol se convirtió en el juego más importante del planeta y por qué muchos intelectuales "irracionalistas", en lugar de encararlo como summum de la frivolidad y los negocios turbios, lo han justificado y empinado incluso al estatus de arte? Sebreli las responde y más allá de persuadirnos o no, nos calza nuevos ojos para observar con menos candidez lo que ya hemos naturalizado como intrínsecamente bueno, sano y heroico.