Mostrando las entradas con la etiqueta uruguay. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta uruguay. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 11, 2026

Pausa de hidratación


 











Entre libro y libro de literatura y otras yerbas, por estos días metí a la lista de lecturas en trámite un título recientemente conseguido: Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017, 232 pp.), póstumo de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015). Le traía ganas luego de insumir hace varios años su clásico El futbol a sol y sombra (1995), editado también por Siglo XXI. Los dos forman el corpus de la obra futbolística, por así decirlo, de uno de los escritores más leídos de América Latina, y no sólo se parecen en su tema y su armadura fragmentaria, sino en el enfoque sustancial: ambos celebran el futbol y ambos remarcan la viscosidad de su manejo en las altas esferas dirigenciales de un deporte convertido desde hace décadas en la droga más adictiva de la sociedad del espectáculo.

Como Galeano, muchos acusamos una especie de vaivén al convivir con el futbol: sabemos que su control es poco menos que una mierda, vemos a diario los chanchullos que perpetra la cosa nostra eufemísticamente denominada FIFA, conocemos o al menos intuimos los flecos delictivos de su administración, pero aun así vivimos pendientes de jugadores, equipos, torneos, partidos y resultados como si algo importante nos fuera en ello, incluso con una pasión que no se manifiesta en el consumo de otras golosinas mediáticas o en la puesta en práctica de creencias religiosas o políticas. El futbol como negocio, lo sabemos, es una calamidad espesa de intereses vidriosos, pero con todo y esto le somos leales, miramos a otro lado y seguimos encontrando justificaciones que nos consuelan del vicio incontrolable. Los Mundiales —como el Mundial que en este momento atravesamos— son una oportunidad inmejorable para quienes, porque suponemos tener un mínimo de autocrítica, atestiguamos en estos días nuestra oscilación entre el amor y el odio.

Cerrado por fútbol es un título elocuente, revelador de adicción irreprimible. Se dice que el escritor uruguayo colocaba en la puerta de su casa, durante los torneos mundialistas, el letrero “Carrado por Mundial”, indicador de asueto. Establecía pues un lapso necesario para ver partidos, para mendigar belleza sobre la cancha. No parece haber tenido muchas esperanzas de éxito con la selección de su país —apodada la “garra charrúa”, una forma distinta de decir futbol con poca técnica y ultradefensivo—, pero su apetito se podía detener, dice, y no sin admiración, por cualquier otro equipo o jugador digno de merecer elogios por la calidad estética de su desempeño. Galeano, entonces, postergaba todo mientras los Mundiales organizados por una mafia orquestaban el suministro de droga en las pantallas.

El libro fue organizado luego de la muerte de Galeano. Carlos E. Díaz reunió textos dispersos en revistas, diarios y libros para armar el segundo libro futbolero del también autor de Las venas abiertas de América Latina (1971). Contiene una explicación sobre lo anterior del mismo Díaz, y también una especie de prólogo del periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores, quien en alguno de sus párrafos sostiene que la de Galeano por el futbol “era una pasión ‘sin talibanismos’, aunque sí con desesperación por el buen juego”.

Al final de su amplia presentación, Fernández Moores cita a Galeano en un párrafo que transparenta bien la idea general del uruguayo en torno al futbol: “Pero también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, ‘es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad’. Para este libro redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol. Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. ‘¿Qué pasión popular no es objeto de manipulación?’, preguntó a sociólogos, médicos, intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como si la corrupción en el deporte ‘puro y noble’ fuera algo de otro mundo. ‘¿Existe algo que no sea negocio?’, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo Democrático. ‘El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser’. Y pese a todo, seguimos celebrando el fútbol. Porque ‘las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

Tras las prefaciones vienen en cadena los textos recuperados de Galeano sobre futbol. Son muchos apuntes breves (algunos brevísimos), una entrevista, el discurso ya mencionado de Copenhague y una tanda como de cuatro ensayos algo más desarrollados. El género que destaca es, por denominarlo de algún modo, el de la estampa: el autor toma una anécdota y la convierte es pequeño relato (de no más de una página cada uno) para mostrar alguna de las innumerables marcas que el futbol deja en la vida privada y pública de jugadores y espectadores, todos (los textos) atravesados por la mirada crítica/conmovida del autor.

No será el libro fundamental de Galeano, pero es atendible por la agudeza del autor al observar las gestas menores y mayores de un deporte cuya grandeza en la práctica es inversamente proporcional a la miseria de sus turbios administradores, de ahí el pendular amor/odio mencionado hace tres o cuatro párrafos. Puede ser leído entonces como “pausa de hidratación” autocrítica mientras se dan los partidos de cierre en el Mundial 2026.

viernes, julio 10, 2026

30. Recoba









Al futbolista uruguayo que más he admirado por su espléndida manera de jugar y principalmente por sus golazos es Álvaro Recoba (Montevideo, Uruguay, 1976). Su friolera de anotaciones, alrededor de 150, corresponde a la de un mediocampista con buena llegada al arco, pero más allá de la cantidad, la calidad, sobre todo, de sus disparos desde fuera del área es lo más parecido a un lanzador de misiles en acción sobre las canchas de futbol. El Chino, como le apodaron por sus ojos rasgados y su pelo de cantante pop coreano, tenía mira telescópica: donde ponía el ojo, ponía el torpedo. Sus mejores tantos fueron disparos de treinta o cuarenta metros, riatazos que delataban a un pateador perfecto. Tenía, por supuesto, otras habilidades, como hacer pases filtrados, tirar paredes y driblar con solvencia, como se puede apreciar en un gol maradonesco urdido con la camiseta del Nacional en el estadio más importante de la capital uruguaya: en el video se ve que recoge la pelota en el área de su equipo y elude rivales hasta llegar a las narices de arquero para también esquivarlo y luego embutir inmisericordemente el balón en la portería. Fue un futbolista carente de goles feos.

viernes, junio 26, 2026

16. Francescoli








 

Alto y espigado, Enzo Francescoli (Montevideo, 1961) es a mi juicio el delantero más fino que ha dado la República Oriental del Uruguay, país fecundo en futbolistas. Numerosos goles llenos de elegancia son evidencia de que el cuerpo no le estorbó para, además de alcanzar gran eficacia frente al arco, transmitir belleza. El apodo de Príncipe le calzó, pues, con total justicia. En su carrera marcó 250 tantos, la mitad con River Plate, donde ganó todo y se convirtió en una de sus figuras más salientes. Con la selección grande jugó dos mundiales, ambos sin mucha fortuna, pero ganó tres copas América. El estilo de su ataque combinaba todos los recursos que puede apetecer un delantero: tenía gambeta, disparo fuerte o delicado, anticipo, resolución de primera, rapidez, cabeceo, encare e incluso se dio el lujo de exhibir firuletes como la célebre chilena contra la selección de Polonia: Ruggeri baja de cabeza una pelota casi perdida, en segunda jugada Francescoli la mata de pecho pero queda de espalda a la portería y de repente se eleva para anidarla en el rincón del segundo poste. Fue un atacante completo, con todos los atributos para convertirse en jugador respetado hasta por sus rivales.

miércoles, junio 17, 2026

Futbol como tópico

 







No está de más pensar un poco en la evolución del futbol como tema intelectual. Sé que en contextos como el inglés o el francés ha sido observado desde los sesenta por algunos estudiosos de “la sociedad del espectáculo”, pero en América Latina sospecho que su interés como tópico no sólo deportivo, sino cultural en su sentido más amplio, ocurre a partir de la década de los noventa. Como motivo de relatos literarios data de más atrás, pero como fuente de reflexión más o menos frecuente apenas alcanza un periodo algo mayor a tres décadas.

Una explicación tal vez atendible, así sea nada más a manera de hipótesis, sobre el rechazo al futbol como tema atractivo al pensamiento, quizá tiene algún nexo con la rigidez de los intelectuales a la hora de aproximarse a la cultura de masas, o hacerlo tibiamente y muchas veces con obligado desprecio. El futbol como espectáculo popular, simple, irracional, frívolo, provocaba culpa en los estudiosos, más si en ellos había simpatía por su práctica. Es la tensión destacada por Umberto Eco entre los “apocalípticos” y los “integrados”. Los intelectuales, predominantemente de izquierda en los sesenta, setenta y ochenta, tal vez eran aficionados de clóset, y, si mucho, mostraban alguna adhesión en revistas y periódicos, nunca en el objeto sacralizado del libro.

Esto cambió como una distensión, podemos imaginar por qué, en los noventa. Más allá de las renuncias o las constancias ideológicas de la izquierda, lo ciento es que se acusó un nuevo clima para el despliegue del pensamiento. Si el futbol era atractivo para las mayorías, más que un fenómeno puramente deportivo o espectáculo con estatus de nuevo opio del pueblo, en buena hora los estudiosos decidieron explorarlo. Por eso no me parece poco sintomático que Fútbol argentino, El futbol a sol y sombra, Los once de la tribu y La era del fútbol hayan aparecido en 1990, 1995, l995 y 1998, en este orden. El trazo de esta idea es muy grueso, pero precisamente por ello más visible, digno de un hilado más fino en el futuro.

¿Por qué el anarquista Osvaldo Bayer, gran relator en los setenta de las masacres en la Patagonia, decidió publicar un libro sobre futbol en 1990? ¿Por qué el zurdo Eduardo Galeano elogió el futbol en 1995 cuando Las venas abiertas de América Latina era ya un clásico del saqueo colonialista en nuestro continente espiritual? ¿Por qué Juan Villoro se arriesgó en el 95 a ser excluido del canon mexicano por escribir sobre futbol? ¿Por qué Juan José Sebreli emprendió su sesudo y severo alegato contra el futbol en 1998? Insisto: tanto para elogiarlo como para repudiarlo, el futbol alcanzó en esa década el rango de tema a indagar. Han pasado 35 años en los que, a un ritmo constante, aparecen libros sobre futbol encarados desde distintas disciplinas, muchos colectivos, como Área penal: el futbol en tiempos de globalización, publicado por la UNAM y coordinado por Federico Fernández Christlieb (hermano del exportero del Atlante). No es necesario resaltar que la sanción editorial de la UNAM da carta total de naturalización al futbol como tema académico.

jueves, junio 11, 2026

1. Abreu


 







Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.

sábado, abril 25, 2026

Uruguay es tan mucho

 








Estas palabras tendrán algún sabor a crónica. Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.

En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente, el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y desde la terminal Tres Cruces un taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la iconografía turística montevideana.

Yo me mantenía contenidamente emocionado porque al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.

Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.

Había tiempo para toparme con lo requerido luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.

Así, con la canción en la cabeza, esperaba encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó el registro de una foto en su exterior.

La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La bibliografía fetiche había sido completada.

Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba “Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré el libro.

Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada. La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas: lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.

Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:

Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.

Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

martes, julio 30, 2024

Crónica sudamericana

 







Nota inicial. No soy de cargar cuaderno de anotaciones, pero me he valido de la herramienta “block de notas” del celular para recoger impresiones que después servirán en la hechura de la crónica. Dado que esto de trepar información a Facebook es fundamentalmente un divertimento y no una obligación, me he dado un cacho de las vacaciones para trabajar en la selección de las palabras y las fotos. Han pasado dos meses desde que terminó el viaje cuya crónica viene a continuación.

Ciudad de México

Dejamos suelo lagunero el lunes 15 de abril a las 6 de la tarde. Las dos maletas grandes iban retacadas de ropa, libros, revistas y algunas chucherías para regalar, lo justo para no desbordar el peso límite determinado por la línea aérea. Llegamos a la Ciudad de México y nos instalamos en el hotel Marlowe, a media cuadra del barrio chino, en el corazón de la capital. Pese a la temporada baja, el hormiguero de ese rumbo parecía incesante, lleno de burócratas mezclados con turistas. Curiosamente, el lunes de nuestra llegada se había alcanzado una temperatura récord de calor, casi como si nosotros lo hubiéramos arrastrado desde La Laguna. La primera noche de hotel fue atroz: la cama pequeña que nos asignaron y el calor invencible casi no me permitieron dormir. A la mañana siguiente pedí con cara de náufrago un cambio de habitación a cama doble, que por suerte pudimos conseguir. Durante las tres mañanas de la estancia en la capital el calor no dio tregua. Avancé asuntos de trabajo (revisiones y edición) y casi en las noches caminamos los ya conocidos rumbos de la alameda, Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral. Comimos tacos, enchiladas, caldos tlalpeños y demás delicias de la gastronomía chilanga. Envié cuatro paquetes con libros y revistas por correo desde el hermoso edificio postal, y vi tres veces a mi hija, quien por su trabajo sólo podía encontrarse conmigo durante las noches. Así los días, salimos el jueves 18 por Avianca hacia Bogotá. El vuelo fue espantoso, incómodo. Probé suerte con esa empresa colombiana, pero sin duda está, en la relación precio-servicio, muy por debajo de Aeroméxico. Los asientos no se reclinan (al menos en la nave que nos llevó a Bogotá) y no dan nada para comer, sino que lo venden como Oxxo aéreo, con el mismo pintoresquismo de VivaAerobús. Fueron poco más de cuatro horas de tortura. Ya en el aeropuerto Eldorado casi perdemos nuestro vuelo de conexión. La razón es simple: aunque el pasajero no salga del aeropuerto pierde mucho tiempo en un filtro de revisión, como si uno no hubiera sido revisado ya en el vuelo de salida. Está bien que en Eldorado revisen a quien entra y a quien sale de allí, pero me parece una grosería que revisen también a quienes van de paso, en tránsito, pues si no confían en la revisión de la ciudad de origen, ¿para qué dejan volar a los recién llegados? Pese a las innecesarias carreras dentro del aeropuerto, llegamos a tiempo para abordar el siguiente avión, el de Bogotá a Santiago de Chile. También por Avianca, fue apenas mínimamente mejor que el anterior.

Santiago de Chile, Ñuñoa, Viña Del Mar, Valparaíso y Concón

Aterrizamos en la capital chilena al mediodía del 19 de abril, y rápido debí cambiar dólares a pesos chilenos. Como su moneda tiene muchos ceros, el desconcierto inicial fue inevitable.

Llegamos con un hambre de caníbales y luego de establecernos en el departamento salimos en busca de cualquier comida. La encontramos en una pollería casi contigua al edificio. El encargado de la tienda se asustó cuando le pedimos medio pollo para cada uno. Nos persuadió de que era suficiente un medio pollo para los dos. Y así fue: el medio pollo era en realidad medio guajolote y venía acompañado por un kilo de hermosas papas a la francesa que devoramos sin mucha elegancia. Luego de esa ingesta urgente, descansamos un poco, pues debíamos prepararnos para mi presentación en la biblioteca pública de Ñuñoa. Ñuñoa es una comuna de la Región de Santiago, y una comuna es algo así como una municipalidad, aunque la verdad todavía no entiendo bien la división administrativa chilena. Llegamos en punto de la hora luego de vivir cierta tensión sobre un taxi que tomó Vicuña Mackenna, luego la larga avenida Irarrázaval y parecía que no llegaba, pues era hora pico, viernes por la noche. Al fin aparecimos en la biblioteca y allí estaban ya Diego Muñoz y Gabriela Aguilera, nuestros anfitriones, además de varios amigos de la corporación Letras de Chile. El diálogo entablado fue muy cordial. Hablé de mi trabajo literario y de libros y autores mexicanos, todo en un ambiente de calidez extraordinaria. Al final, muy cansados ya, Maribel y yo compramos lo básico en un súper para preparar unos sándwiches que también nos supieron a milagro.

A la mañana siguiente, la del sábado 20 de abril, Diego pasó muy temprano por nosotros para viajar a Valparaíso, Viña del Mar y Concón, tres ciudades unidas en la costa del Pacífico chileno. En la carretera pudimos apreciar que la orografía de Chile casi no permite las planicies, y todo es cerros, subidas y bajadas.

Llegamos a Viña y paramos en la Quinta Vergara, espacio en cuyo museo tendría mi segunda presentación, esta sobre literatura negra y literatura a secas. Antes, nuestro anfitrión, Jorge Ramírez de Arellano, del Grupo Cultural Vórtice, nos condujo al anfiteatro (el famoso “Monstro de la Quinta Vergara”) donde se celebra cada año el Festival Internacional de Viña del Mar. Luego, entramos al museo del Palacio Vergara y en uno de sus salones ofrecí mi exposición en diálogo con Diego. Nuevamente el público se mostró muy atento a mis palabras. Al final buscamos un lugar donde comer: lo encontramos en El Faro de los Compadres, un restaurante con vista al aneblado Pacífico. Diego y Maribel despacharon albacora, un pescado al parecer maravilloso, y yo no pude dejar pasar la oportunidad para acceder a uno de los platos favoritos de Neruda: caldillo de congrio (que es una especie de pez anguila, alargado), delicia de la gastronomía marítima de Chile. El regreso a Santiago fue igualmente placentero, pues la conversación con Diego es imposible que se derrumbe en la monotonía. ¿No será de interés saber que su padre homónimo, también escritor, fue compañero de escuela y amigo de Neruda y que el mismo Diego niño conoció y trató al Nobel chileno y a decenas de escritores más?

El domingo se dio nuestro primer día descansado en Santiago. Decidimos ir al estadio La Cisterna de Palestino para ver al equipo local contra la Universidad de Chile, mi querida “U”. No pudimos entrar, el estadio es muy muy muy pequeño y todos los boletos sólo habían sido vendidos por internet. Tampoco fue traumático, rondamos por el entorno del estadio (los grafitis tienen una actitud política muy combativa), compramos algún souvenir y vimos dos escenas en las que los temibles carabineros a caballo perseguían aficionados remisos a quedar fuera del estadio. Mejor fue tomar un taxi y alejarnos. Decidimos entonces ir al Palacio de la Moneda, para las fotos oficiales en el santuario laico del querido presidente Salvador Allende. Caminamos la Alameda, nombre que los chilenos dan a la avenida Libertador Bernardo O’Higgins. Comimos por allí, pizza esta vez, y terminamos con un cafecito y una vuelta a casa con algo de confusión, pues al ver el mapa uno sigue las calles sin saber que en Santiago, ciudad hermosa y cosmopolita, pueden cambiar de nombre de un crucero a otro.

El lunes despertamos otra vez temprano; a las 9 pasaría por nosotros Eduardo Contreras, escritor de novela negra que nos llevaría a la Universidad de Chile, donde yo conversaría con alumnos. Nos recibió la maestra Ximena Vergara, quien amablemente había preparado un amplio abanico de preguntas sobre mi trabajo literario. Dos horas de diálogo con estudiantes se fueron sin notarlo y sin duda fui feliz con el interrogatorio de los jóvenes. Al terminar, optamos por volver al departamento pues por la noche tendríamos una cena organizada para nosotros en el restaurante Las Trancas, frente al parque de Ñuñoa, donde fuimos agasajados por Eduardo Contreras, Cecilia Arancibia, Josefina Muñoz, Max Valdés, Diego Muñoz y Paola Villa, entrañables amigos de la corporación Letras de Chile que días después, en un alarde de generosidad y casi al final del viaje, por cierto, me invistió como primer miembro honorario extranjero de la admirada institución.

Al día siguiente, martes 23, salimos tarde en busca de los recuerditos chilenos. Los hallamos en la Feria Artesanal Santa Lucía, y luego de las compras y tramitar una comida rápida subimos al cerro de Santa Lucía, una edificación portentosa desde la cual es posible admirar la extensión plena de Santiago. Pese a mi rodilla algo maltrecha, ascendí y junto con Maribel gozamos de las vistas disponibles desde aquel laberinto de escaleras y hermosos miradores. Aquí, como en todos los rumbos a los que recalamos, hice práctica de un oficio que estudié y me apasiona sin que haya sido mi profesión, aunque secretamente siempre quise abrazarla: la fotografía, arte que, más allá de la foto ocasional o de la inevitable y precaria autofoto, me permite jugar con el ritmo, la perspectiva y la composición en tercios y zonas áureas, y evitar a toda costa los horizontes caídos, los excesos de aire mal distribuido o los pies amputados por poquito.

Al día siguiente, el noveno de nuestro periplo, trabajamos en casa durante toda la mañana. Pese a la temporada del año, el sol seguía picando, así que salimos hasta que la tarde lo mitigó. Esta vez fuimos al Parque Metropolitano, un inmenso espacio (el cuarto bosque urbano más grande del mundo) que sirve como pulmón de la capital chilena. Allí, subimos por el teleférico a la cresta del Cerro San Cristóbal en cuya cumbre destaca la escultura monumental de la virgen de la Inmaculada Concepción. La vista desde ese punto es periférica, abarcadora de todo el valle santiaguino, urbe más poblada de edificios de lo que yo recordaba, pues había estado allá en 2011.

Al siguiente día fue menos agitado. Era el último en Santiago, y ante la inminencia del viaje decidimos tomar el día con calma. Trabajé todo el día en edición y ya muy tarde erramos para el rumbo del parque Bustamante, donde comimos en uno de los establecimientos ubicados en la avenida Ramón Carnicer. Por allí también compré libros. Apenas oscureció, volvimos a nuestro reducto en la calle Gral. Jofré para preparar maletas.

Agradecidos por la hospitalidad del país, partimos de Chile el viernes 26 de abril, nuestro décimo día de viaje. Tomamos el Cata Internacional, asientos 1 y 2 de la parte alta en un bus de dos pisos para tener una panorámica frontal de la cordillera andina. Poco a poco salimos de Santiago y poco a poco se nos fue revelando el inmenso universo de roca que nos esperaba durante seis o siete horas. El viaje es corto, pero se alarga en función de la sinuosidad del trayecto. Lo que más esperábamos era atravesar el Paso de los Caracoles, un zigzag de 29 curvas cerradas a una altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Como el trayecto es lento, pude hacer varias fotos a medida que ascendíamos aquel ir y volver en una de las incontables montañas de Los Andes en el lado todavía chileno. Hizo un día pleno de sol, y gracias a esto pudimos ver todas las tonalidades cordilleranas: ocres, grises, azulados, rojizos, verdosos, púrpuras, amatistas, una paleta apabullante de matices bajo el azul intenso del cielo. Llegamos a Mendoza cuando comenzaba a anochecer, y allí comenzó la segunda parte de nuestro viaje sudamericano de 2024.

Mendoza

En la capital argentina del vino fuimos recibidos, en contraste, por el verdor incansable de sus calles. Era otoño, pero el inusitado sistema de acequias que en red abarca toda la ciudad, mantiene incólumes las arboledas. Nos hospedamos frente al parque principal mendocino. Caminamos por su noche, hambrientos, y en la peatonal Sarmiento encontramos una gran oferta de platillos. Elegimos unas exquisitas milanesas de ternera acompañadas con “fideos”, lo que para nosotros son espaguetis.

Al día siguiente comenzamos tarde la visita a las cuatro plazas equidistantes de la principal. Lo hicimos caminando, así que sólo pudimos con tres. Recalamos en el Mercado Central, un lugar bello y limpio donde encontramos un negocio llamado El Mercadete, donde insumimos una parrillada de lujo y una cantidad excesiva de malbec. Allí conocimos y conversamos largamente con Barbie y Carlos, mendocinos radicados en Puerto Madryn, a donde, así como así, nos invitaron en un viaje próximo.

El domingo recorrimos el bosque San Martín. Había un maratón, lo vimos un momento y continuamos con una visita al lago. Luego comimos bifes. En la noche nos recibió en su casa, con su familia, nuestro amigo Leandro Hidalgo, escritor. Además de empanadas, nos regaló con un malbec espectacular de la marca Alegoría.

Pasamos el lunes en el armado de maletas y en trabajo en casa, y sólo salimos a comer pizza y a preparar la salida de Mendoza. Viajamos toda la madrugada a Buenos Aires, donde seguí con mi trabajo de edición. Caminamos un poco en los rumbos clásicos de la Avenida de Mayo. Era de algún modo una pausa en el viaje, y nos hospedamos en las inmediaciones de Monserrat, no lejos de la Casa Rosada, donde el primero de mayo, por cierto, pudimos ver el aparato represivo para disuadir la manifestación de los trabajadores, pues en este momento —la absurda presidencia de Milei— la manifestación y la protesta públicas son allá delitos que de entrada merecen gas, balas de goma y macanazos.

Colonia del Sacramento y Montevideo

El jueves 2 partimos de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Lo hicimos en el ferry de la empresa Colonia Express. Hacía frío, pero eso no impidió que saliéramos a la borda para ver desde allí el avance por el Río de la Plata. Llegamos a Colonia al mediodía, y allí pasaríamos una tarde casi completa. Visitamos el rumbo antiguo de la ciudad, en donde, pese a mi rodilla, ascendimos al faro que es su símbolo. De allí partimos el día 3 a Montevideo, en bus. Lo hicimos por el sur del Uruguay, bordeando el lado charrúa del Río de la Plata. Al llegar a la capital nos hospedamos en el Palacio Salvo, quizá el edificio más famoso de la capital uruguaya, un espacio lleno de leyendas que provocaron en Maribel —y en mí no— el gusto de convivir con fantasmas. Primero tuvimos dos días soleados, y entre otros lugares, erramos por la peatonal Sarandí, por la Rambla, fuimos al Café Brasilero (reducto archiconocido porque allí concurría —casi vivía— Eduardo Galeano) y por el mercado de la calle Tristán Narvaja, donde en un restaurante llamado Lo de Molina dialogamos con el brillante escritor y cantautor uruguayo Martín Palacio Gamboa, con quien discurrimos sobre literatura, música y política hasta llegar al intercambio de libros; con él recuerdo un detalle que me pareció significativo de la hermandad latinoamericana: al hablar con mutuo elogio sobre el dueto treintaitresino Los Olimareños, mencionamos a Braulio López y Pepe Guerra, esto el 5 de mayo en Montevideo; pues bien, el 13 de junio, un mes después, murió allá Guerra, lo que me llevó a pensar en el sincero homenaje binacional que le tributamos en el café de la calle Tristán Narvaja. Los dos días finales en el Uruguay fueron grises, onettianos, plenos de una neblina que al mirar por nuestra ventana del piso 14 anulaba la anchura del Río de la Plata. No pude no pensar que estaba en la ciudad del gran Mario Benedetti, escritor que puebla con su rostro los grafitis de muchas paredes montevideanas, y también en la ciudad de Zitarrosa, uno de mis ídolos de siempre, a cuya Fundación fui aunque estuviera cerrada.

Buenos Aires

Volvimos a Buenos Aires el martes 7 ya muy tarde, otra vez en el ferry de Colonia Express. Llegamos cansadísimos, y esta vez nos hospedamos en un edificio del barrio Caballito, cerca del parque Centenario. Hicimos la compra de los víveres para el consumo diario y así pasó el día 8, en el acomodo. El 9 participé en la Jornada de Minificción de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Me sentí muy bien recibido por un público que, pese al paro nacional de labores de ese día, hizo una entrada numerosa a la Sala Julio Cortázar, donde se dio la reunión organizada por Raúl Brasca y Martín Gardella. En las mesas participaron escritores como Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Laura Nicastro, Leo Mercado, Claudia Cortalezzi y Dina Grijalva (mexicana). La cena colectiva se celebró en el restaurante Juana de Oro, cerca de la Feria, en el barrio de Palermo.

Los días siguientes tuvieron menos agitación. Fuimos un sábado al estadio Francisco Urbano, del Partido de Morón, para ver, con Fabián Vique, Jorge Figueroa y Ezequiel Gerace, un juego de la liga de ascenso. Tuvimos invitaciones a cuatro programas de radio (con Daniel Ovín, Ezequiel Gerace, Víctor Hugo Morales y Celia Carnovale, en este orden), una cena con Laura Nicastro y su esposo Quique Ruslender, un asado dominical en casa de la escritora Celina Aste y su esposo Maxi, una comida también dominical en casa de Andrea Burucua (donde además estaban Figueroa, Vique, Carlos Dariel y José Luis Bulacio) y otra comida en casa de Víctor Hugo Morales y Beatriz de Nava, su esposa, con quienes también fuimos a comer a La Dorita de Palermo (donde por cierto nos topamos con Ricardo Darín, en una anécdota que merece relato aparte); en la noche fuimos también con Beatriz y Víctor Hugo al teatro Trilce para ver la puesta de Luz de gas y allí mismo cenar, pues el Trilce tiene restaurante. Además de todo esto y más, pude charlar en distintos cafés con amigos como Enrique Medina y Ricardo Ragendorfer, y extrañé no poder saludar a Giselle Aronson, Fernando Veríssimo, Sandra Bianchi y Rodolfo Chisleanschi, José Juan Zapata y Jessica Jaramillo, Mario Berardi, Javier Ramponelli, Hugo Alejandro Gómez y Alejandro Dolina. Como dijo Favio: otra vez será.

La vitalidad cultural de Buenos Aires nos permitió ver varias obras de teatro, ir tres veces al cine Goumont (amenazado como tantas otras instituciones por el actual gobierno de allá) y comprar libros sobre todo entre los maravillosos bouquinistas del parque Centenario, donde también visitamos el museo de Ciencias Naturales y fuimos público del concierto de tango ofrecido por el Quinteto La Grela, con cuyo magnífico violinista, Diego Tejedor, quedamos de amigos.

Fue un viaje, pues, productivo en todo sentido, pues conjugó literatura, trabajo, vida cultural, amistad y setenta libros pescados en tres países a los que queremos mucho: Chile, Uruguay y Argentina, a los cuales, por supuesto, siempre estaremos volviendo troileanamente en el recuerdo y quizá, por qué no, en un futuro no distante, de nuevo en la realidad de carne y hueso.

Nota. Texto publicado originalmente en Facebook.

miércoles, abril 03, 2024

Regreso de Zitarrosa











El título es, adrede, polisémico. Me refiero con él a tres ideas, al menos. Una, a la recurrente vuelta de Zitarrosa en mi soledad; dos, a que el que regresa a Zitarrosa soy yo, quien enuncia, como sucede en la hipálage “Fervor de Buenos Aires”, en la que quien enuncia es el que siente fervor; y tres, al cuarenta aniversario de la vuelta de Zitarrosa a su país, Uruguay, luego de los ocho años del exilio al que se viera condenado, exilio que por cierto lo trajo a vivir por un tiempo a México.

Montevideano, Alfredo Zitarrosaallí nació (1936) y allí murió (1989), en la capital del “paisito”, como le dicen los uruguayos no para minusvalorarlo, sino con cariño por el peculiar tamaño de la República Oriental. Cuando volvió al Uruguay, esto el 31 de marzo de 1984, lo recibió una multitud rendida que es difícil imaginar para un cantautor de su tipo. Eran otros tiempos, por supuesto, más abiertos a una participación, sobre todo juvenil, en causas impregnadas de intencionalidad política. La Guerra Fría seguía en pie, aunque ya en sus estertores últimos, y no es exagerado afirmar que los jóvenes, que por el acceso a la cultura eran permeados de alguna ilustración, tendían a identificarse con la izquierda. Pero Zitarrosa en Uruguay y en otras muchas partes no perteneció ni pertenece sólo a las capas leídas, sino a todos hasta hoy, como lo muestra la fusión del grupo Bajofondo titulada “Zitarrosa”.

Cantaba piezas de muchos compositores, la mayoría acompañadas por un conjunto de guitarras. Pero también componía. Los géneros que abordó fueron variados, y en ellos destacan, claro, la milonga, la vidala, la zamba y otros más, incluido el tango (hay versiones excepcionales de “Malevaje” y “Tinta roja” con un fondeo de guitarras como el de Gardel con Barbieri, sin bandoneón). La variedad de sus temas fue mucha, y les dio unidad el canto. Pocos casos retengo de un color de voz como ese, grave y dolorido, pesado y dulce a la vez, enérgico siempre.

Otro rasgo de su impronta está, obvio, en las letras, en su modo de fundirse con la colectividad, en la manera de desearse parte de un todo, como en este fragmento de “Guitarra negra”, su obra mayor, con el que cierro mi aplauso: “Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero / el amor del que me aguarda lastimado / falta mi cara en la gráfica del pueblo / mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar / mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo / los ojos míos en la contemplación del mañana / mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra / mi lengua en el idioma de todos / el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.

miércoles, enero 27, 2021

Dejen todo en sus manos

 














Sin mucho encarecimiento, más bien con un velo de misterio, me habían recomendado pasar los ojos por Mario Levrero. Salvado el ítem, ahora me toca hacer lo posible por entusiasmar a otros para que lo lean. De veras, no cometan el error de postergar su acercamiento al libro que aquí convido: Dejen todo en mis manos (Random House, México, 2017, 121 pp.), novela corta cuyo buen sabor se expande y queda en el recuerdo como sólo pueden hacerlo ciertos ingredientes poderosos (el cilantro y la vainilla, por ejemplo).

Mario Levrero nació en Montevideo, Uruguay, en 1940, y murió allí mismo en 2004. En medio de esas dos fechas se dedicó a los oficios de librero, guionista de cómics, humorista y creador de crucigramas y de una obra literaria campechaneada entre el cuento, la novela y el ensayo. Según el editor, y le creo, se trata ahora de un escritor “de culto”, bien conocido y mejor admirado por una secta de lectores que lo considera un maestro. Con Dejen todo en mis manos, la novelita de su cuño que leí en diciembre, adherí sin trabas al contingente de sus fieles y casi secretos admiradores.

Dejen todo en mis manos está fechada en 1993, así que fue escrita en la madurez de Levrero. Destaco, entre sus muchas virtudes, dos que saltan a la sensibilidad del lector: la bella sencillez de su prosa y el encuadre tristón e involuntariamente humorístico de su protagonista. Cierto que abundan las historias de escritores fracasados o, si no fracasados, al menos lo suficientemente amarguetas como para llevarnos al sinsentido de la existencia y demás arañas. En el caso de este relato, el protagonista es un escritor de medio pelo, un hombre que ha hecho su chamba sin recibir mucho a cambio, ni dinero ni fama. La novela empieza por ello en un momento crítico: el novelista necesita un poco de plata para sobrevivir, y es por esto que acepta un ofrecimiento de su editorial: por dos mil dólares, accede a buscar al autor de un manuscrito sin firma.

No es común que en las editoriales aterricen propuestas deslumbrantes, pero aquí lo que detona el desarrollo de la acción es un gran libro. El editor sabe que se trata de una obra valiosa, e invita al protagonista, también escritor, a emprender la búsqueda mercenaria del autor desconocido. Están en Montevideo, “y aquí no existe la profesión de escritor, y el escritor está obligado a hacer cualquier cosa, excepto —naturalmente— escribir, si quiere seguir sobreviviendo”.

Cuando lee el manuscrito confirma que, en efecto, el desconocido es mejor que García Márquez (sic): “El argumento estaba construido en torno a un protagonista más bien contemplativo; y esa contemplación se refería mayormente al progresivo derrumbe de nuestras instituciones, nuestros valores, nuestra economía y nuestra cultura (…) Pero había mucho más, una visión profunda del mundo y del ser humano, e incluía piedad por el ser humano, reafirmación del individuo y exaltación del espíritu”.

El protagonista sale, pues, a la caza del fantasma que escribió tal maravilla. Su olfato lo lleva a un pueblo olvidado de la provincia charrúa, y es allí, mientras se desarrolla la pesquisa literaria, donde vemos que se despliega la personalidad del sabueso, su mirada sardónica de la vida y el tremendo imán que tiene la cercanía del amor descubierto a los tumbos en la aventura.

Dejen todo en mis manos es una gran novela. La leí y de inmediato sentí que le debía este piropo.


sábado, septiembre 12, 2020

Cien de Benedetti



















En los años recientes se ha expandido como uña de gato cierta mala prensa contra Mario Benedetti. La opinión negativa se concentra básicamente en su poesía, o en alguna parte de su poesía, tildada de cursi. Por supuesto, a todo lector le asiste el derecho a rechazar y compartir su aversión como le venga en gana. Esta es una de las prerrogativas que tiene, que tenemos todos, frente al mar de libros, y por otro lado ningún escritor es, como dijo Cuco Sánchez, monedita de oro pa’caerle bien a todos. Lo que pretendo aquí no es, pues, hacer una defensa de Benedetti frente a las opiniones que lo devalúan, sino una muestra de agradecimiento personal, en el centenario de su nacimiento, a varios de sus libros.
Benedetti nació en Paso de los Toros, Uruguay, el 14 de septiembre de 1920 y murió en Montevideo hacia 2009. Trabajó en prácticamente todos los géneros literarios y periodísticos, y entre estos los que más cerca me quedan son los de narrativa y de ensayo. Aprecio menos el flanco de su poesía, y nada, porque no lo conozco, el de su dramaturgia. Entre sus más de cincuenta libros, por ello, hay un puñado para mí entrañable. Es verdad que con el paso de los años se hizo más esporádica mi frecuentación de esos títulos, pero siempre viviré con el agrado de mi lectura juvenil de sus cuentos y, poco más adelante, de sus ensayos.
No sé si rememoro mal al decir que el primero de los libros que le leí fue La muerte y otras sorpresas. Eso ocurrió alrededor de 1982. Me lo encargaron en el primer semestre de la carrera y cuando fui a buscarlo en las librerías de La Laguna no había ejemplares. Mi padre tenía amigos traileros y se lo encargó a uno que viajaba hacia Guadalajara. Los cuentos de aquel volumen son sencillos y eficaces, como en general deben ser los cuentos. Luego, no sé cómo, accedí a las páginas de Montevideanos, otro libro de relatos breves. Allí encontré mejor expresados los microcosmos de Benedetti: pequeños dramas familiares, laborales y afectivos en la atmósfera clasemediana y burocrática de la capital uruguaya. A los mencionados libros regresé parcialmente en mi condición de maestro, pues no pocas veces usé en el aula alguno de sus cuentos.
No fue nunca mi escritor favorito, pero sé que en su momento logré disfrutar su literatura sin prejuicios. Sé que hoy, quizá, alguno de los libros que en aquellos años me gustó podrá no retenerme, pero igualmente sigo creyendo, cuando ya rebasé la edad de Martín Santomé, que La tregua es una hermosa novela sobre el amor en el crepúsculo de la vida. La misma querencia siento por Quién de nosotros o La borra en el café.
Adrede dejé para el final un párrafo sobre sus ensayos. El mundo, o la postura de cierta parte del mundo, ha cambiado muchísimo desde que fueron publicados El escritor latinoamericano y la revolución posible o Letras de osadía, pero la distribución del poder económico, político y cultural sigue en las mismas manos, así que son libros que aún pueden comunicar varias verdades. Igual pasa con el flanco de la crítica literaria expresada en títulos como El ejercicio del criterio y El recurso del supremo patriarca, apreciable en muchos sentidos, sobre todo por su ánimo divulgativo.
A cien años de su nacimiento, Benedetti sigue junto a muchos que ejercemos en sus páginas el derecho a releerlo.

miércoles, julio 17, 2019

Una lágrima para Barbosa
















“Apestar” es un verbo espantoso, y de él deriva el sustantivo “apestado”, es decir, el que, por culpa de la peste, es marginado, relegado. Por supuesto, su sentido ahora no es estricto, sino figurado, ya que no es necesario portar ninguna peste para ser un apestado. Como tal, como apestado, vivió el portero Moacir Barbosa Nascimento, quien alineó bajo los tres palos para la selección brasileña en el mundial celebrado hacia 1950 en el país de la samba.
Conocida por medio mundo, su historia siempre me ha estrujado. De todos es sabido que el punto de inflexión en la vida de Barbosa se dio el 16 de julio del 50, día en el que Brasil y Uruguay disputaron la final de la Copa del Mundo, en aquel tiempo llamada Jules Rimet. Para el país fue un desastre, el famoso “maracanazo”, pues la verde-amarilla perdió 2 a 1 contra la celeste charrúa. El desastre golpeó a los jugadores, a los 200 mil espectadores que atestaban las gradas del estadio y a todo Brasil. Hubo suicidios, llanto, una frustración colectiva que no acarrean ni las debacles económicas. Así es —y así era ya a mediados del siglo XX— el futbol en países que lo han elevado a la categoría de religión. Tras los goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, el resultado del partido se convirtió en bomba atómica, así que un culpable debía ser localizado. No fue difícil hallarlo: fue Barbosa, el portero, quien murió en 2000. Esto significa que cargó un injusto sambenito durante medio siglo, el brutal castigo de ser un apestado. Son muchas las tristes anécdotas sobre el ninguneado Barbosa, como aquélla en la que se propuso saludar a los seleccionados brasileños poco antes del mundial de Estados Unidos, todo para que no lo dejaran acercarse porque contagiaba la mala suerte.
Muchos grandes jugadores han merecido canciones. Maradona, por ejemplo, la que Rodrigo hizo grande, o Garrincha, cuyo tema en la voz de Zitarrosa es inmenso. Barbosa tiene también su canción. La compuso Tabaré Cardozo, y en alguna de sus estrofas dice: “Cuida los palos Barbosa / del arco del Brasil / la condena de Maracaná / se paga hasta morir. // Quema los palos Barbosa / del arco del Brasil / la condena de Maracaná / se pega hasta morir. // Un viejo vaga solo / la gente sin piedad / señala su fantasma sin edad / por la ciudad”.
Pues bien: mis palabras son una lágrima solidaria y respetuosa a la memoria de Barbosa. Descansa al fin, admirado Moacir.

miércoles, marzo 21, 2018

Zitarrosa persiste
























Tras ir el fin de semana a la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2018 me topé con varios libros estimables editados por la “Uni”, como le dicen allá. Uno de ellos es Alfredo Zitarrosa. La biografía (UANL, Monterrey, 2017), obra de Guillermo Pellegrino. No hay en México, que yo sepa, mucho publicado de/sobre el enorme cantor charrúa. Lo que tengo, como El cantante de la flor en la boca, de Enrique Estrázulas, lo hallé acá en una librería de viejo, y tres más comprados directamente en algún pabellón uruguayo de la FIL Guadalajara. Cuatro libros apenas, y todos encontrados un poco de casualidad.
Por eso celebré íntimamente que al fin una institución mexicana se animara a imprimir algo sobre el también compositor y periodista. Ciertamente no fue, ni es ni será una estrella pop, pero intuyo que somos muchos los que todavía sentimos admiración y respeto por aquel cantor, suma y espejo, a mi parecer, del canto que se abrió cancha con buenas letras en la memoria latinoamericana.
A título personal puedo decir que desde su muerte, ocurrida en 1989, no lo he abandonado. Con más que frecuente regularidad lo busco para acompañarme ratos de silencio, y para ello me sirvo del repositorio infinito de internet. La voz grave (“viril”, la etiquetaban) de Zitarrosa y el tono entre melancólico y firme en su serena tristeza me inclinan siempre hacia una sensación de gratitud. Repaso, pues, no tan de vez en cuando, canciones cuya factura, por alguna extraña razón, así en milongas como en zambas, triunfos, tangos y vidalas, me acercan al uruguayo. Difícilmente podría prescindir, por ejemplo, de “Milonga de pelo largo”, “El violín de Becho”, “A José Artigas”, “Zamba por vos”, “Candombe del olvido”, “Qué pena”, “Flor de cartón”, “Garrincha”, “Milonga por Beethoven”, “Esta canción” y, claro, indefectiblemente, de “Guitarra negra”, acaso su poema más logrado.
Por esto y más ha sido un placer encontrar una biografía del oriental impresa en México. El libro lo recorre completo en nueve secciones, desde su nacimiento e infancia difíciles, sin padre, hasta su regreso del exilio al Uruguay y su prematura muerte, a los 52. En medio de esto, su trabajo como periodista, su casi accidental derivación —en 1964— hacia el canto y los viajes forzados por la fama y la penumbra política padecida por su país en los sesenta-setenta.
Zitarrosa persiste para muchos en sus interpretaciones; me da gusto que ahora también lo haga acá, en México, mediante la palabra impresa de una notable biografía.