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viernes, junio 26, 2026

16. Francescoli








 

Alto y espigado, Enzo Francescoli (Montevideo, 1961) es a mi juicio el delantero más fino que ha dado la República Oriental del Uruguay, país fecundo en futbolistas. Numerosos goles llenos de elegancia son evidencia de que el cuerpo no le estorbó para, además de alcanzar gran eficacia frente al arco, transmitir belleza. El apodo de Príncipe le calzó, pues, con total justicia. En su carrera marcó 250 tantos, la mitad con River Plate, donde ganó todo y se convirtió en una de sus figuras más salientes. Con la selección grande jugó dos mundiales, ambos sin mucha fortuna, pero ganó tres copas América. El estilo de su ataque combinaba todos los recursos que puede apetecer un delantero: tenía gambeta, disparo fuerte o delicado, anticipo, resolución de primera, rapidez, cabeceo, encare e incluso se dio el lujo de exhibir firuletes como la célebre chilena contra la selección de Polonia: Ruggeri baja de cabeza una pelota casi perdida, en segunda jugada Francescoli la mata de pecho pero queda de espalda a la portería y de repente se eleva para anidarla en el rincón del segundo poste. Fue un atacante completo, con todos los atributos para convertirse en jugador respetado hasta por sus rivales.

jueves, marzo 10, 2016

Encuentro con Roberto Perfumo














Reviso en mi agenda retrospectiva que el jueves 16 de julio de 2015 a las dos de la tarde fui invitado por el periodista Eduardo Anguita a grabar su programa de radio. Desde Morón, luego de hora y media de viaje en bus, tren y subte, llegué puntual a la cita en el edificio de Radio Nacional ubicado en Maipú 555, casi el ombligo de la capital argentina. El programa de Anguita pasaría diferido el sábado siguiente, 18 de julio, a las ocho de la noche, y se trataba de una mesa en la que sería abordado el tema del narcotráfico en Argentina y en México. El Chapo se había fugado el día 11, así que para mi amigo Anguita resultaba interesante que un mexicano opinara particularmente sobre ese asunto. En el panel estarían también Eduardo Sguiglia —economista, ex embajador y escritor que durante la dictadura vivió exiliado en México— y Alberto Calabrese, experto en materia de narcotráfico.
Grabamos el programa, dije lo que quise, escuché con atención a mis interlocutores y todo quedó listo, sin mayor problema, para el sábado. Anguita fue muy cordial, y no quedaron a la zaga ni Sguiglia ni Calabrese, con quienes seguí la charla en los pasillos de Radio Nacional. En eso estábamos cuando pasó cerca de nosotros Roberto Perfumo, símbolo del futbol argentino. El ex jugador de Racing y River, ex mundialista y desde hace mucho periodista deportivo cuyo apodo, el Mariscal, describe perfectamente su manera de liderar en las canchas, saludó al colega Anguita y a sus acompañantes. Para los ahí reunidos era normal, supongo, ver y saludar a Perfumo, pero para mí no; estaba frente a un tótem especialista en secar rivales sobre el césped con una dureza pocas veces vista (tenía “una personalidad de su puta madre”, como dijo alguna vez Maradona) y no dudé en hacer lo que hice: saludarlo con efusividad, decirle que había leído su libro Hablemos de futbol (armado junto a Víctor Hugo Morales) y solicitarle una foto. Saqué mi celular y le pedí a no sé quién que me ayudara. Perfumo accedió sin problema, aunque lo noté algo cansado, con una sonrisa apenas insinuada y voz bajita. Luego de la foto se me ocurrió comentarle algo, lo que fuera, y me salió un elogio un poco extraño: delante de todos, de frente, le confesé que para mí hubiera sido un honor recibir una patada suya. Todos rieron, y más el Mariscal, y eso me hizo sentir muy bien.
Minutos después, al revisar la imagen, vi algo raro. Hay a nuestra espalda una pizarra para pegar anuncios, y en ella destaca la cara de otro argentino algo famoso. Es como si estuviéramos tres en esa foto.
Escribo este breve recuerdo porque hoy murió Roberto Perfumo (Sarandí, 1942-Buenos Aires, 2016). Descanse en paz.

miércoles, mayo 20, 2015

Esos imbéciles












En menos de cuatro o cinco días vimos, gracias a la magia de la comunicación chirinolera y global, tres escenas imbéciles relacionadas con el fanatismo futbolero. La primera en la Bombonera, estadio de Boca Juniors; la segunda en el Jalisco, sede del Atlas de Guadalajara, y la tercera en el aeropuerto de El Prat, de Barcelona. A su modo, de bulto, esas tres manifestaciones equivalen a lo mismo: la intolerancia estúpida a la que ha llegado cierta afición para demostrar que su equipo es “el mejor” y para evidenciar que en el negocio de la supremacía no sólo se requieren goles y campeonatos cosechados en la cancha por los jugadores, sino también la participación directa de los aficionados dispuestos a cualquier barbaridad con tal de lastimar a quienes los contradigan, léase jugadores o aficionados de los equipos rivales.
Vistos por partes, advertimos que en los tres hechos hay un componente de frustración gratuita. Al medio tiempo del Boca-River iban 0 a 0, marcador que en la vuelta de la Libertadores clasificaba a los llamados Millonarios gracias al 1-0 obtenido en la ida. ¿Y qué pasó? Que algunos “barras” (apócope de “barrabrava” o hincha radical) de Boca no pudieron esperar el segundo periodo y con gas pimienta decidieron ayudar a los enemigos, pues era lógico que el agente químico impediría la continuación del partido. Eso pasó, y junto con el escándalo, la eliminación de Boca sin segundo tiempo, la obligación de jugar cuatro partidos a puerta cerrada y una multa, todo por la crasa imbecilidad de cinco o seis pelotudos, dicho esto en el caló de allá.
Durante el domingo de Liguilla en México algunos aficionados del Atlas, atravesados por una frustración legítima pero que jamás merecerá importancia, saltaron a la cancha cuando las Chivas ya habían aplicado cuatro vacunas al atlismo. En lugar de enojarse y gritar con toda la energía de sus pulmones, límite al que debe llegar cualquier catarsis futbolística, los macacos acometieron con el fin de lastimar. El resultado: una mayúscula ridiculización y un veto al estadio Jalisco, o sea, nula ayuda a su equipo.
Y por estos mismos días, lo del aeropuerto levantino, lugar donde unos aficionados del Madrid atacaron a sus homólogos y archirrivales catalanes. En suma, una bestialidad absurda y muy ingenua, pues sólo un cabeza chata puede atacar físicamente a otro por motivos de futbol. Imposible concebir mayor descenso a la agresividad —sin asideros lógicos— de parte de la mente humana, por adjetivar de algún modo la bicoca gris de esos imbéciles.