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sábado, abril 25, 2026

Uruguay es tan mucho

 








Estas palabras tendrán algún sabor a crónica. Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.

En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente, el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y desde la terminal Tres Cruces un taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la iconografía turística montevideana.

Yo me mantenía contenidamente emocionado porque al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.

Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.

Había tiempo para toparme con lo requerido luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.

Así, con la canción en la cabeza, esperaba encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó el registro de una foto en su exterior.

La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La bibliografía fetiche había sido completada.

Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba “Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré el libro.

Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada. La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas: lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.

Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:

Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.

Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

miércoles, abril 03, 2024

Regreso de Zitarrosa











El título es, adrede, polisémico. Me refiero con él a tres ideas, al menos. Una, a la recurrente vuelta de Zitarrosa en mi soledad; dos, a que el que regresa a Zitarrosa soy yo, quien enuncia, como sucede en la hipálage “Fervor de Buenos Aires”, en la que quien enuncia es el que siente fervor; y tres, al cuarenta aniversario de la vuelta de Zitarrosa a su país, Uruguay, luego de los ocho años del exilio al que se viera condenado, exilio que por cierto lo trajo a vivir por un tiempo a México.

Montevideano, Alfredo Zitarrosaallí nació (1936) y allí murió (1989), en la capital del “paisito”, como le dicen los uruguayos no para minusvalorarlo, sino con cariño por el peculiar tamaño de la República Oriental. Cuando volvió al Uruguay, esto el 31 de marzo de 1984, lo recibió una multitud rendida que es difícil imaginar para un cantautor de su tipo. Eran otros tiempos, por supuesto, más abiertos a una participación, sobre todo juvenil, en causas impregnadas de intencionalidad política. La Guerra Fría seguía en pie, aunque ya en sus estertores últimos, y no es exagerado afirmar que los jóvenes, que por el acceso a la cultura eran permeados de alguna ilustración, tendían a identificarse con la izquierda. Pero Zitarrosa en Uruguay y en otras muchas partes no perteneció ni pertenece sólo a las capas leídas, sino a todos hasta hoy, como lo muestra la fusión del grupo Bajofondo titulada “Zitarrosa”.

Cantaba piezas de muchos compositores, la mayoría acompañadas por un conjunto de guitarras. Pero también componía. Los géneros que abordó fueron variados, y en ellos destacan, claro, la milonga, la vidala, la zamba y otros más, incluido el tango (hay versiones excepcionales de “Malevaje” y “Tinta roja” con un fondeo de guitarras como el de Gardel con Barbieri, sin bandoneón). La variedad de sus temas fue mucha, y les dio unidad el canto. Pocos casos retengo de un color de voz como ese, grave y dolorido, pesado y dulce a la vez, enérgico siempre.

Otro rasgo de su impronta está, obvio, en las letras, en su modo de fundirse con la colectividad, en la manera de desearse parte de un todo, como en este fragmento de “Guitarra negra”, su obra mayor, con el que cierro mi aplauso: “Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero / el amor del que me aguarda lastimado / falta mi cara en la gráfica del pueblo / mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar / mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo / los ojos míos en la contemplación del mañana / mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra / mi lengua en el idioma de todos / el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.

miércoles, marzo 21, 2018

Zitarrosa persiste
























Tras ir el fin de semana a la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2018 me topé con varios libros estimables editados por la “Uni”, como le dicen allá. Uno de ellos es Alfredo Zitarrosa. La biografía (UANL, Monterrey, 2017), obra de Guillermo Pellegrino. No hay en México, que yo sepa, mucho publicado de/sobre el enorme cantor charrúa. Lo que tengo, como El cantante de la flor en la boca, de Enrique Estrázulas, lo hallé acá en una librería de viejo, y tres más comprados directamente en algún pabellón uruguayo de la FIL Guadalajara. Cuatro libros apenas, y todos encontrados un poco de casualidad.
Por eso celebré íntimamente que al fin una institución mexicana se animara a imprimir algo sobre el también compositor y periodista. Ciertamente no fue, ni es ni será una estrella pop, pero intuyo que somos muchos los que todavía sentimos admiración y respeto por aquel cantor, suma y espejo, a mi parecer, del canto que se abrió cancha con buenas letras en la memoria latinoamericana.
A título personal puedo decir que desde su muerte, ocurrida en 1989, no lo he abandonado. Con más que frecuente regularidad lo busco para acompañarme ratos de silencio, y para ello me sirvo del repositorio infinito de internet. La voz grave (“viril”, la etiquetaban) de Zitarrosa y el tono entre melancólico y firme en su serena tristeza me inclinan siempre hacia una sensación de gratitud. Repaso, pues, no tan de vez en cuando, canciones cuya factura, por alguna extraña razón, así en milongas como en zambas, triunfos, tangos y vidalas, me acercan al uruguayo. Difícilmente podría prescindir, por ejemplo, de “Milonga de pelo largo”, “El violín de Becho”, “A José Artigas”, “Zamba por vos”, “Candombe del olvido”, “Qué pena”, “Flor de cartón”, “Garrincha”, “Milonga por Beethoven”, “Esta canción” y, claro, indefectiblemente, de “Guitarra negra”, acaso su poema más logrado.
Por esto y más ha sido un placer encontrar una biografía del oriental impresa en México. El libro lo recorre completo en nueve secciones, desde su nacimiento e infancia difíciles, sin padre, hasta su regreso del exilio al Uruguay y su prematura muerte, a los 52. En medio de esto, su trabajo como periodista, su casi accidental derivación —en 1964— hacia el canto y los viajes forzados por la fama y la penumbra política padecida por su país en los sesenta-setenta.
Zitarrosa persiste para muchos en sus interpretaciones; me da gusto que ahora también lo haga acá, en México, mediante la palabra impresa de una notable biografía.

miércoles, noviembre 15, 2017

"El arreo" de noche














Hoy queremos la letra de alguna canción, escribimos su título o un verso en Google, y ya está, fin de la inquietud. No necesito decir que antes no era así. Había cancioneros —los de Guitarra Fácil o el Picot, por ejemplo—, pero en el Gómez Palacio de mi niñez sin libros era difícil conseguir las letras. Yo escuchaba las canciones de las radiodifusoras locales y debía esperar a que las repitieran para escribir, poco a poco, alguna estrofa o toda la canción. Ya grande, como de 18 o 20 años, y con reproductora de casetes a la mano, recuerdo la proeza de transcribir con máquina mecánica dos largos temas: una buena parte de las “Coplas del payador perseguido”, de Yupanqui, y toda “Guitarra negra”, de Zitarrosa.
Sé qué son los versos de la lírica popular, jamás los he confundido con obras de Pessoa, y los aprecio porque, pese a su humildad, o quizá precisamente por ello, constituyeron mis primeros acercamientos a la literatura castellana. Les guardo pues una profunda querencia, me gustan porque en ellos he tratado de encontrar las palabras, el fraseo, los sentimientos, las apetencias, las pulsiones que nos caracterizan, y todo eso es, en suma, nos agrade o no, parte de nuestra educación sentimental.
Anoche apagué la luz y me tiré a la cama, pero asombrosamente no tenía tanto sueño. En la oscuridad me llegó una tonada a la cabeza y encendí el celular para escuchar “El arreo” de Lorenzo Barcelata, huapango que atesoro en cinco versiones distintas. Suma seis estrofas, cada una de cuatro versos perfectamente octasilábicos. La rima es desigual, pero se da bien en los versos segundo y cuarto de cada estrofa. El desarrollo es un poco deshilachado, sin apretada continuidad, como si procediera por acumulación de imágenes poéticas sin línea argumental.
Bien observado, es una pieza con defectos, pero asombrosamente esos defectos ayudan a su frescura, a su autenticidad, pues se notan espontáneos, como van saliendo, sin escuela.
Las versiones que tengo corresponden a Miguel Aceves Mejía, los tríos Calaveras y Delfines, Jorge Negrete y Juan Záizar. Cada versión es igual y es diferente, y todas me remiten a lo mismo: a un mundo simple en el que un tipo arrea ganado y va pensando. Mientras piensa, sospecho lo que ve: las montañas al fondo, el verde en todos lados y el azul inabarcable del cielo decorado con nubes de Gabriel Figueroa, es decir, un mundo que no tengo e imagino mexicano y hermoso.

sábado, enero 03, 2015

Acá entre nos, también














El brinco del 2014 al 15 me agarró leyendo El camino de Ida (Anagrama, 2013), novela de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940). Se trata de un relato en el que Emilio Renzi, personaje recurrente en la obra pigliana, es invitado a dar un curso sobre Hudson en la academia norteamericana. Como se trata en realidad de un alter ego, ese viaje abre la oportunidad para que el narrador argentino despliegue dos de sus principales virtudes: la configuración de un relato que se ramifica en microhistorias y su agudeza observadora. En efecto, Piglia es un atentísimo mirón, un hombre que radiografía con buena prosa lo que ve.
Al cruzar la página 44 hallé un pasaje de esos que llegan al hueso de una realidad: Renzi anda en una calle de EU y dice esto:
“Cuando me separé de los estudiantes volví a casa y en la esquina de Nassau Street y Harrison encontré a un hombre, con jeans y campera de franela a cuadros, que hacía propaganda política aprovechando el semáforo largo de la avenida. Alzaba un cartel de apoyo al candidato republicano en las elecciones legislativas de mayo. Le había agregado una banderita norteamericana, señal de que pertenecía a la derecha patriótica. Nunca había visto el acto proselitista de un solo hombre. Todo se individualiza aquí, pensé, no hay conflictos sociales o sindicales, y si a un empleado lo echan de la oficina de correos en la que trabajó más de veinte años, no hay posibilidad de que se solidaricen con un paro o una manifestación, por eso, habitualmente, los que han sido tratados injustamente se suben a la terraza del edificio del antiguo lugar de trabajo con un fusil automático y un par de granadas de mano y matan a todos los despreocupados compatriotas que pasan por allí. Les haría falta un poco de peronismo a los Estados Unidos, me divertí pensando, para bajar la estadística de asesinatos masivos realizados por individuos que se rebelan ante las injusticias de la sociedad”.
Parece, o es, apenas una pincelada, una observación al paso del protagonista por la calle, pero me asombró porque resume un rasgo más de la mentalidad apolítica del norteamericano estándar: ¿para qué participar, para qué manifestarse, para qué criticar si todo está relativamente bien, hay trabajo y todo mundo, con un poco de esfuerzo, puede hacerse de lo necesario para, al menos, irla pasando? No me alarmó tanto, sin embargo, que un hombre hiciera solitario proselitismo en esta novela “norteamericana” de Piglia, sino que la escena me llevó a recordar lo que ocurre en México. ¿Qué oscuro colonialismo nos ha sido impuesto, por qué descreemos de toda participación política? ¿Hay causas por las que valdrá la pena luchar, manifestarnos, o todo está perdido y serán sólo unos cuantos necios los que harán evidente la inconformidad? ¿Es suficiente ripostar en las redes sociales o hacen falta, como diría Zitarrosa, nuestras piernas en la marcha y nuestra voz en la consigna? ¿Los gasolinazos, el aumento de impuestos, la invención de gravámenes leoninos son algo que debemos asumir ya con total normalidad? ¿Pueden quedar en evidencia de corrupción el presidente y sus colaboradores cercanos y seguiremos mirando hacia otro lado? ¿Continuarán saqueando las arcas municipales y estatales y con todo y eso pagaremos nuestras cuotas en silencio?
Mediante Renzi y de manera burlona, Piglia señala que a la sociedad yanqui le hace falta un poco de peronismo, por lo que entiende lucha popular, manifestación abierta y colectiva de la oposición. Acá entre nos, a nosotros también, sobre todo en este 2015 decisivo y aún más importante que el pasado 2014.

domingo, octubre 04, 2009

Fauna para cantar



Deambula con sus gratos materiales el número 44 de Nomádica, revista sobre “Ecodiversidad, arte e historia del norte de México”. Es la salida que corresponde a septiembre, y de nuevo conviene acercarse a su contenido. Además de otros valiosos, hay al menos tres textos imperdibles: 1) El titulado “Amenaza al hábitat”, reportaje de Héctor Esparza sobre el saqueo de agua a las pozas de Cuatro Ciénegas; 2) Sobre las mismas aguas, aunque enfocado desde la biología, “Las bacterias monjitas de Cuatro Ciénegas”, firmado por Valeria Souza, especialista de la UNAM cuyos trabajos científicos son, per se, testimonio de activismo ambiental; y 3) De Paco Valdés Perezgasga, “Pringle y Vavilov en La Laguna”, comentario sobre dos viajeros (uno norteamericano, otro ruso) que alguna vez, a finales del XIX y principios del XX, pasaron por nuestras estepas. Hay, por supuesto, más textos y abundantes fotos. Yo colaboré con lo que aquí arrimo:
Recuerdo una charla de hace como cinco años, vía MSN, con mi amigo Juan Pablo Neyret; él estaba en Mar del Plata, Argentina; yo, en Torreón. Entramos al tema del tango, cruzamos dos o tres opiniones, y en algún momento reparamos en los animales que aparecen en las letras de ese género. “De momento no me viene a la cabeza alguna que mencione animales”, escribió Neyret; yo, no sé cómo, le respondí con un rechiflado verso de “Mano a mano”: “Quizá los más famosos animales tangueros son el gato maula que juega con el mísero ratón”. “Sí —dice Neyret—, cómo los estaba olvidando”. Eso me hizo ver claros dos hechos: que mi memoria no es, o era, tan mala, y que puedo conversar con un argentino al menos sobre generalidades de su patria. Traigo la anécdota como pretexto para pensar sobre lo mismo: los animales en la lírica popular.
Las canciones con o sobre animales incorporados por la musa callejera a las letras tienen generalmente un cariz cómico. No todas, pero sí la mayoría. A veces son abordados en sentido estricto, es decir, la letra menciona al animal y debemos pensar en él como lo que es, un animal equis. En otras, el animal es una metáfora del hombre, como en las fábulas. Difícilmente, eso sí, el animal puede aparecer en un tema sin provocar que la sonrisa florezca en quien escucha. Es raro, pues, que el animal se haga presente en un tema dramático, como acontece en “La Comparsita”, otro tango: “Y aquel perrito compañero, / que por tu ausencia no comía, / al verme solo el otro día, / también me dejó”.
Lo común es, más bien, que sea actor en canciones jocosas, bullangueras, festivas. En muchos casos, por muy terrorífico que sea el bicho la música anula el efecto trágico, como en el famoso tema de Mike Laure: “Tiburón, tiburón / tiburón, tiburón / tiburón a la vista, bañista // Un tiburón quiere agarrar / carnita buena / para almorzar. // Vente a la playa mujer / vente a la arena a jugar / que un tiburón te puede alcanzar”. Pasa casi lo mismo con la risible desgracia del cornudo que habita “El venao” de Wilfrido Vargas: “Y que no me digan en la esquina / el venao, el venao / que eso a mí me mortifica, / el venao, el venao”.
A diferencia de lo que sucede en Argentina y Uruguay, en la letrística latinoamericana restante hay una tendencia a reír con la mención de fauna doméstica o salvaje. Las milongas de Zitarrosa y Yupanqui admiten al animal como compañero de vida y tras su muerte, por ello, recibe versos dolidos. El cantor uruguayo dice: “[Hablado] El 28 de diciembre, de madrugada, me encontré con Juanita muerta; con las patitas abiertas sobre sus huevitos, como recogida y pensativa sobre el nido, había quedado fría y rígida como una cascarita de naranja, tal vez recordando el perfume del verano y el canto de sus hijos, ya nacidos. [Cantado] Dulce Juanita, dulce Juanita, mi tierna pajarita, ay, / cómo pudo caberte en el cuerpecito toda la muerte, ay, / tristecita y helada, empollando nada, tu vida entera. / Duró una primavera y quedó acabada de madrugada”. Por su parte, Yupanqui expresa en “El alazán”, canción que por cierto elogió Borges, lo cual no es poco decir: “[Sobre el caballo que muerte tras caer en un barranco] En el fondo del abismo / ni una voz para nombrarlo, / solito se fue muriendo / ¡mi caballo, mi caballo! // En una horqueta del tala / hay un morral solitario, / y hay un corral sin relincho. / ¡Mi alazán te estoy nombrando! // Si como dicen algunos / hay cielo pa’l buen caballo, / por ahí andará mi flete / galopando, galopando”. Los corridos mexicanos de caballos también tienen ese tono oscuro, pero sospecho que la pátina que los cubre no es nostálgica, sino bravía.
El sentimiento trágico de la lucha es evidente en las canciones sobre toros y gallos. Aborrezco esas contiendas armadas y defendidas artificiosamente por el hombre, pero su lírica no deja de contener vigor expresivo: [Sobre el niño que por el deseo de torear entra de noche y clandestinamente a un corral con toros] “De pronto la noche hermosa ha visto algo / y está llorando, / palomas, palomas blancas / vienen del cielo, vienen bajando; / mentira si son pañuelos, pañuelos blancos / llenos de llanto / que caen como blanca escarcha / sobre el chiquillo que agonizando... // Toro, toro asesino / ojalá y te lleve el diablo, / toro, toro asesino / ojalá y te lleve el diablo”. Desde el punto de vista meramente poético, es difícil superar una estampa octasilábica como la de “Pelea de gallos”: “Ya comienza la pelea, / las apuestas ya casadas, / las navajas amarradas / centellando bajo del sol. / Cuando sueltan a los gallos / temblorosos de coraje / no hay ninguno que se raje / para darse una agarrón. // Con sus plumas relucientes / y aventando picotazos / quieren hacerse pedazos, / pues traen ganas de pelear, / y en el choque cae el giro / sobre el suelo ensangrentado / ha ganado el colorado / que se pone ya a cantar”.
Se quedan en el tintero muchos animales, tantos que dan para desear una ampliación a este breve repaso. Estoy pensando en el “Gavilán pollero”, en “Paloma querida”, en “Gavilán y paloma” y en muchas otras. Los animales no podían escapar al acecho imaginativo y a los estados anímicos del hombre que hace letras para el canto.

domingo, abril 12, 2009

Magia y decadencia de Garrincha



Veo a mi hija más pequeña, de casi siete años, metida en el YouTube; busca sus canciones favoritas, toda esa basura pop que difunde el canal de Disney. La veo y pienso en lo que siempre pienso cuando pienso en el poder de internet: para los niños es normal que exista esa monstruosidad de información al alcance de unos cuantos clicks. Nacieron con eso, así que su percepción del entretenimiento y del aprendizaje (en este orden) es muy distinta a la nuestra. Los pequeños no se asombran; nosotros, los adultos, creo que sí, pues de golpe pasamos de una edad lenta y algo escasa de información al torrencial mundo de datos que la red nos ofrece.
En tal contexto soy, como tantos, cliente distinguido de YouTube. Gracias a esa bárbara ventana he podido ver a mis ídolos artísticos y deportivos de los sesenta, setenta y ochenta. Qué placer escuchar y ver allí a Yupanqui, a Los Ángeles Negros, a los Creedence y a tantos y tantos otros que fueron para mi generación iconos formativos (o deformativos), el ruido que servía de fondo en las fiestas o en cualquier lugar. Pero hay más: todo lo que tenga audio o video, o audio y video, ha ido cayendo poco a poco en el YouTube, de suerte que el concepto de almacenaje audiovisual fue radicalmente modificado en unos cuantos años.
Y hay más: puedo ver ahora lo que jamás vi, y paso a dar un ejemplo. Durante años he escuchado a los viejos cronistas futboleros hablar de “la magia de Garrincha”. A retazos, sin concierto, supe que Garrincha fue un innovador del balompié, que sus gambetas llegaron a un atrevimiento descarado, lo que sirvió para que muchos estadios se llenaran de público atraído por la fama de ese extremo verdaderamente volador. Tiempo después, en un disco de Alfredo Zitarrosa hallé una canción titulada “Garrincha”, donde el cantor uruguayo hizo una especie de homenaje a la figura del brasileño que improvisaba quiebres de cintura y hacía trucos inusitados con el balón. El tema cantado por Zitarrosa me llevó a buscar material sobre Garrincha; encontré, entre otros, una especie de boceto mal escrito (le he pulido al menos la ortografía), pero que sirve lo suficiente para sacar de apuros: “Cuando murió Garrincha lloró todo Brasil y el mundo del futbol perdió al que ha sido un mago del balón y posiblemente el mejor extremo derecho que ha habido nunca. Cuando era pequeño (le apodaron Garrincha, que quería decir pajarito feo e inútil) sufrió poliomielitis y los médicos le dijeron que nunca podría andar con normalidad, de hecho era zambo (tenía los pies girados 80 grados hacia dentro) y tenía una pierna 6 cm. más larga que la otra, pero se equivocaron, y esas piernas le sirvieron para ser el rey del regate (amagaba hacia el centro y se iba por la derecha). Nunca nadie ha tenido la valentía de hacer los regates, las fintas, los amagos y las jugadas hasta la línea de fondo que hizo Garrincha. Tenía una clase individual prodigiosa y aprovechó la banda derecha como nadie. Daba igual el marcador que le pusieran, Garrincha siempre le regateaba una, dos o tres veces antes de poner el balón al compañero mejor colocado. Jugo 60 partidos con la selección brasileña, esa selección que nunca perdió con él y Pelé en el campo. Debutó como profesional en el Botafogo con 20 años con el que llegó a marcar 232 goles (el día de su debut ya marcó 3). Por aquella época los partidos contra el Santos de Pelé eran memorables. Sus problemas con el alcohol y las mujeres le llevaron a la decadencia futbolística. Se vio envuelto en un escándalo cuando dejó a su mujer y a sus 8 hijos para casarse con una cantante. También tuvo problemas con Hacienda. Su muerte que se dio el 20 de enero de 1983 en Río”.
He indagado, claro, en la despensa de YouTube y corroboro lo que describen las palabras ya citadas: Garrincha operó sobre la cancha con una especie de descarada alegría. Se nota en los videos que en todo momento intentó engañar a sus rivales con fintas y dribles que hoy son habituales, pero que en su época resultaban desconcertantes para los defensivos contrarios y regocijantes para la tribuna. Con razón se hizo de tal mito. Era tan escurridizo que debían marcarlo dos o tres defensas, pero con todo y eso lograba eludirlos. Un futbolista que juega con ese voltaje lúdico no puede ser cualquier cosa ni ayer ni hoy. Zitarrosa cantó el candombe que compuso Manuel Picón para Manuel Dos Santos, Garrincha (1933-1984):
“Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, / lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre, / y le pega tan suave, tan corto, tan bello, / que el balón es palomo de comba en el vuelo, / y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo, / que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // Lo lleva unido al pie, como un equilibrista unido va a la muerte, / lo esconde —no se ve—, le infunde magia y vida y luego lo devuelve, / y se escapa, lo engaña, lo deja, lo quiere, / y el balón le persigue, le cela, le hiere, / y se juntan y danzan y grita la gente, / y se abrazan y ruedan por entre las redes, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? / Ya no es usted, señor, ya no es usted. // El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme, / lo mira y sólo ve cenizas del amor que estremeció a la gente, / y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida, / no lo quiere, le teme, no puede, no atina, / y se siente de nuevo enterrado en la vida, / el balón se le escapa entre insultos y risas, / ¡y se enfurece la gente, y le abuchea la gente! / ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? // Ya no es usted, señor, ya no es usted…”.

domingo, enero 18, 2009

Fervor de “Guitarra negra”



Busqué ayer el eco periodístico mundial sobre el vigésimo aniversario luctuoso de Alfredo Zitarrosa. El mejor camino para hacer ese sondeo es, hoy, el Google, y grande fue mi sorpresa al ver que los resultados referían casi exclusivamente a medios uruguayos y argentinos. Salvo uno, el primero en la lista arrojada por el más poderoso buscador de la web: mi texto de ayer ocupó el sitio inicial en la búsqueda mundial de “Zitarrosa” por el lado del Google (lo guardé, para conservarlo en mi egoteca internética). Eso sí me enorgullece, pues le debía al cantor uruguayo un texto de agradecimiento y lo hice a tiempo, tanto que coincidió con las magníficas notas que le dedicaron, por ejemplo, en Clarín y Página 12, ambos de Buenos Aires.
Dije ayer que todo o casi todo Zitarrosa es memorable. El respeto que cosechó y que sobrevive no se basa sólo en el prestigio que esculpe en mármol la nostalgia, sino en la poderosa vigencia de sus composiciones y en la prestancia de una voz que hizo todavía más grandes los versos que enunció. De todo, dije y remarco, “Guitarra negra” (1977) es y será lo mejor, y conste que es difícil destacar de Zitarrosa algo que visiblemente brille sobre lo demás, dado que su producción es de muy pareja excelente calidad. Pero “Guitarra negra” está más allá, lejos de tantas obras suyas y ajenas, en un punto indeterminado de la belleza y el compromiso musical, poético y humano. En estricto sentido no es una canción, sino un poema en prosa recitado con leve acompañamiento de bolero raveliano. Su fuerza está en la música de las palabras, en el acento convencido que trasmiten desde su mismo arranque: “Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía. Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas... Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan... Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos...”.
Dividida en partes irregulares, los “motivos” van variando hasta completar un cuadro general y al mismo tiempo íntimo, la realidad de afuera y de adentro sometida al escrutinio del cantor: “Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quien que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas. Y que pastando nunca había dolido... Haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... Y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: ‘Uruguay for export’... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... Y cayó detrás también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res murió temblando de dolor y de miedo... De un marronazo en plena frente, ‘for export’ del Uruguay...”
El poeta, horrorizado ante el espectáculo gris y mortal de la ciudad, observa: “La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente... Y yo vi que no era a mí a quien buscaba, sino a la muerte... Y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso... Sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente... buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento... Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida, ya bebida... Eso no es tan triste... Triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento... Su cadena de huevos de seda...”.
Y al final, unido como puño en un párrafo inmortal, el remate de “Guitarra negra”, el gesto irrenunciablemente solidario del cantor: “Hago falta... Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo, los siete ojos míos en la contemplación del mañana... Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.
A veinte años de su muerte, Alfredo Zitarrosa está más vivo que nunca y sus ojos siguen contemplando hacia el futuro, siempre hacia el futuro.

sábado, enero 17, 2009

Dos décadas sin Zitarrosa



En mi memoria se pierde el momento y el lugar en el que escuché por primera vez aquella voz. Sé que fue aquí, en Torreón, pero no recuerdo exactamente dónde y gracias a quién tuve acceso a un casetito cuyo puñado de canciones me acompañó durante años. La voz era de Alfredo Zitarrosa (1936), periodista, locutor y cantor uruguayo, figurón indiscutible para quienes le guardamos afecto a la milonga y sus géneros hermanos. Murió en su natal Montevideo el 17 de enero de 1989, hace veinte años justos. Para entonces yo lo escuchaba con una emoción que asombrosamente se mantiene incólume: pasan los años, las décadas ya, y Zitarrosa me parece lo que es: sinónimo de canto inteligente, de canto bien plantado sobre la cáscara del mundo.
Hoy, gracias a internet, cualquiera puede darse una idea en audio y video de lo que hacía Zitarrosa o cualquier otro cantante comercial o no comercial. En el tiempo de mi primer contacto con las canciones del uruguayo no era así. Hacerse de sus discos LP o de sus casetes no era labor sencilla. Llegaba poco material a La Laguna. Recuerdo que, sumados, tuve cuatro o cinco álbumes que luego caducaron con la llegada del disco compacto. Pero, aunque fuera escasa la música disponible de su magistral hechura, mucho tiempo sentí veneración por aquel montevideano de pelo engominado, trajes oscuros y rostro existencialista, autor de letras sólidas, poéticas y bien enraizadas en el pensamiento.
Pasó una vez que, entre tantas y tantas reuniones literarias en casa de Saúl Rosales, alguien esculcó sus discos y casetes. Entre los muchos de Beethoven y Stravinski y Vivaldi y otros tantos que tanto le gustan a Saúl, saltó un LP de Zitarrosa. Extrañado, le pregunté la razón de aquella rareza metida entre los grandes de su colección. He olvidado la respuesta exacta que me dio, pero obviamente ponderaba como excelentes los arreglos y las letras de todas las canciones (Coplas del canto, era el título del disco).
Por aquellos meses cayó en mis manos un caset casero con la grabación de “Guitarra negra”. No era buena la reproducción, pero de todos modos quedé aturdido con la hermosura de esa obra, la mejor, sin duda, de Zitarrosa, su Quijote. Fue tan alta la belleza y el propósito que me trasmitió que de inmediato capturé la letra entera a punta de máquina mecánica, algo que jamás hice con ninguna otra canción y algo que ahora cualquiera puede ahorrarse con un simple copy-paste internético. El asunto fue que el hallazgo de “Guitarra negra” coincidió con la publicación de mi primer libro, eso en 1990. Yo estaba invadido de “Guitarra negra”, de su amplia letra combativa y poética, así que no desaproveché la coyuntura para citarla elípticamente en mi librito: fue una paráfrasis a Zitarrosa: “A mi madre, con todo mi torpe amor”, dije con cursivas delatoras, calcando casi el inicio de la canción-poema: “Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía…”. Esa primera dedicatoria fue un homenaje para mi madre, pero también, veladamente, para el poeta-cantor uruguayo al que todavía respeto y oigo con delectación de niño.
Los años pasaron como suelen: haciéndonos viejos. Y llegó abril de 2008. Por obligaciones laborales ese año debí atender la visita del poeta uruguayo Eduardo Milán, quien vino a dar un curso en Torreón. En una larga charla sostenida entre cerveza y whisky, le confesé, no sin timidez de anticuado fan, mi admiración a su paisano. Milán, entonces, estalló de gusto, pues en muchos momentos coincidió con Zitarrosa y conversó con él de todo. Fue su amigo.
En el veinte aniversario de su muerte, Alfredo Zitarrosa sigue cantando con su voz viril, esa voz de hombre a la manera quijotesca: poética, enderezadora de entuertos y desfacedora de agravios.