miércoles, abril 03, 2024

Regreso de Zitarrosa











El título es, adrede, polisémico. Me refiero con él a tres ideas, al menos. Una, a la recurrente vuelta de Zitarrosa en mi soledad; dos, a que el que regresa a Zitarrosa soy yo, quien enuncia, como sucede en la hipálage “Fervor de Buenos Aires”, en la que quien enuncia es el que siente fervor; y tres, al cuarenta aniversario de la vuelta de Zitarrosa a su país, Uruguay, luego de los ocho años del exilio al que se viera condenado, exilio que por cierto lo trajo a vivir por un tiempo a México.

Montevideano, Alfredo Zitarrosaallí nació (1936) y allí murió (1989), en la capital del “paisito”, como le dicen los uruguayos no para minusvalorarlo, sino con cariño por el peculiar tamaño de la República Oriental. Cuando volvió al Uruguay, esto el 31 de marzo de 1984, lo recibió una multitud rendida que es difícil imaginar para un cantautor de su tipo. Eran otros tiempos, por supuesto, más abiertos a una participación, sobre todo juvenil, en causas impregnadas de intencionalidad política. La Guerra Fría seguía en pie, aunque ya en sus estertores últimos, y no es exagerado afirmar que los jóvenes, que por el acceso a la cultura eran permeados de alguna ilustración, tendían a identificarse con la izquierda. Pero Zitarrosa en Uruguay y en otras muchas partes no perteneció ni pertenece sólo a las capas leídas, sino a todos hasta hoy, como lo muestra la fusión del grupo Bajofondo titulada “Zitarrosa”.

Cantaba piezas de muchos compositores, la mayoría acompañadas por un conjunto de guitarras. Pero también componía. Los géneros que abordó fueron variados, y en ellos destacan, claro, la milonga, la vidala, la zamba y otros más, incluido el tango (hay versiones excepcionales de “Malevaje” y “Tinta roja” con un fondeo de guitarras como el de Gardel con Barbieri, sin bandoneón). La variedad de sus temas fue mucha, y les dio unidad el canto. Pocos casos retengo de un color de voz como ese, grave y dolorido, pesado y dulce a la vez, enérgico siempre.

Otro rasgo de su impronta está, obvio, en las letras, en su modo de fundirse con la colectividad, en la manera de desearse parte de un todo, como en este fragmento de “Guitarra negra”, su obra mayor, con el que cierro mi aplauso: “Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero / el amor del que me aguarda lastimado / falta mi cara en la gráfica del pueblo / mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar / mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo / los ojos míos en la contemplación del mañana / mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra / mi lengua en el idioma de todos / el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.