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miércoles, enero 21, 2026

Cascabel en el espacio

 











Tengo un par de amigos (Alberto de la Fuente y Fernando Fabio Sánchez) con inquietudes astronómicas, de esos tipos que hasta se han comprado un telescopio para husmear en el vecindario sideral. Yo, por supuesto, en este tema y en mil más, no soy más que un lejano interesado por mera cultura general, sin un interés que vaya más allá de lo superficial. Datos duros sobre el espacio no podría dar, pero cada vez que veo un programa sobre el cosmos siento en estremecimiento por mi pequeñez dentro de la pequeñez del mundo.

Esta es la razón por la que vi con asombro un breve documental sobre la sonda espacial Voyager 1. Como sabemos, fue lanzada en 1977, y desde entonces se aleja de la Tierra a no sé qué velocidad. En este 2026 cumplirá la distancia de “un día-luz”, por lo que obviamente se trata del objeto humano más alejado del género humano. No me pregunten las distancias en cifras o algún otro detalle técnico, pues, como ya dije, eso me abruma. Otro aspecto del asunto me emocionó más que lo propiamente científico.

El Voyager —en cuyo diseño destaca una antena parabólica que emite información a la Tierra— lleva un disco de oro similar en su tamaño y forma a los discos de vinilo que nos servían hasta los noventa para escuchar música. Su nombre es “The sounds of earth”. Este objeto lleva información diversa como fotos, saludos en distintas lenguas, escritura humana en muchos códigos, todo escogido por Carl Sagan y un equipo de trabajo. Se supone que el contenido busca comunicar algo a una civilización remota en caso de que ocurra el hipotético contacto.

Entre los datos que lleva el disco figuran varios fragmentos musicales de distintas culturas. En español contiene “El cascabel”, son veracruzano compuesto por Lorenzo Barcelata (Tlalixcoyan, Veracruz, 1889-Ciudad de México, 1943). Es una pieza alegre, bailable y ciertamente hermosa. Lo que me pasmó fue imaginar al compositor mexicano metido en la escritura de la letra: “Yo tenía mi cascabel / con una cinta morada / y como era de oropel / se lo di a mi prenda amada”, sin imaginar que sus versos —nunca mejor usado el lugar común— “iban a llegar tan lejos”. Estas notas, interpretadas por Antonio Maciel y Las Aguilillas con el mariachi México de Pepe Villa, estarán en noviembre de 2026 a un día-luz (26 mil millones de kilómetros) de nosotros, una distancia que emociona y apabulla.

miércoles, noviembre 15, 2017

"El arreo" de noche














Hoy queremos la letra de alguna canción, escribimos su título o un verso en Google, y ya está, fin de la inquietud. No necesito decir que antes no era así. Había cancioneros —los de Guitarra Fácil o el Picot, por ejemplo—, pero en el Gómez Palacio de mi niñez sin libros era difícil conseguir las letras. Yo escuchaba las canciones de las radiodifusoras locales y debía esperar a que las repitieran para escribir, poco a poco, alguna estrofa o toda la canción. Ya grande, como de 18 o 20 años, y con reproductora de casetes a la mano, recuerdo la proeza de transcribir con máquina mecánica dos largos temas: una buena parte de las “Coplas del payador perseguido”, de Yupanqui, y toda “Guitarra negra”, de Zitarrosa.
Sé qué son los versos de la lírica popular, jamás los he confundido con obras de Pessoa, y los aprecio porque, pese a su humildad, o quizá precisamente por ello, constituyeron mis primeros acercamientos a la literatura castellana. Les guardo pues una profunda querencia, me gustan porque en ellos he tratado de encontrar las palabras, el fraseo, los sentimientos, las apetencias, las pulsiones que nos caracterizan, y todo eso es, en suma, nos agrade o no, parte de nuestra educación sentimental.
Anoche apagué la luz y me tiré a la cama, pero asombrosamente no tenía tanto sueño. En la oscuridad me llegó una tonada a la cabeza y encendí el celular para escuchar “El arreo” de Lorenzo Barcelata, huapango que atesoro en cinco versiones distintas. Suma seis estrofas, cada una de cuatro versos perfectamente octasilábicos. La rima es desigual, pero se da bien en los versos segundo y cuarto de cada estrofa. El desarrollo es un poco deshilachado, sin apretada continuidad, como si procediera por acumulación de imágenes poéticas sin línea argumental.
Bien observado, es una pieza con defectos, pero asombrosamente esos defectos ayudan a su frescura, a su autenticidad, pues se notan espontáneos, como van saliendo, sin escuela.
Las versiones que tengo corresponden a Miguel Aceves Mejía, los tríos Calaveras y Delfines, Jorge Negrete y Juan Záizar. Cada versión es igual y es diferente, y todas me remiten a lo mismo: a un mundo simple en el que un tipo arrea ganado y va pensando. Mientras piensa, sospecho lo que ve: las montañas al fondo, el verde en todos lados y el azul inabarcable del cielo decorado con nubes de Gabriel Figueroa, es decir, un mundo que no tengo e imagino mexicano y hermoso.