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sábado, enero 16, 2021

A merced


 






La metáfora del Big Brother suponía un estado totalitario, vigilante e intimidador. La idea era un tiro directo, ni siquiera chanfleado, contra el fantasma del estalinismo que poco a poco, en los tiempos de Orwell, luchaba por dominar una parte significativa del mundo. Caído en desgracia, el fantasma (por un tiempo rojo) del gran hermano pasó a desvanecerse, a desaparecer durante diez o quince años hasta la popularización de los celulares inteligentes, esos aparatos que nos acompañan incluso a, literal, cagar. No fueron las computadoras ni el internet en sí los que potenciaron el renacimiento del Big Brother, sino los móviles que, como su nombre lo indica, pueden moverse y hacer de la portabilidad el más grande invento de la comunicación humana hasta la fecha: con un celular en mano, cualquier sujeto puede estar en contacto con el mundo, enterarse de todo.

Esta ventaja sobre todos los demás sistemas de comunicación inventados por el ser humano ha hecho del smartphone una tremenda fuente de placer, lo ha convertido en el fetiche erótico más sofisticado de la vida contemporánea. En un celular está todo: mi trabajo, mi música, mis textos, mis amigos, mis fotos, mis agendas, mis transas, mis pasiones, mis ahorritos, mis compras, mis preferencias ideológicas, todo, absolutamente todo. Un celular es, así, el alma y el cuerpo vicarios de su dueño, de ahí que cuando nos lo roban, lo perdemos o lo olvidamos en casa o en el auto, una emoción muy cercana al desamparo nos invade y sólo es posible evaporarla con la recuperación del objeto, como si con ello nos volviera el alma al cuerpo.

La ventaja de llevar nuestra existencia en la palma es, mirado así, un privilegio que alcanzó el homo sapiens desde que buscó comunicarse con señales de humo o de tambor. Por fin podemos saber todo, hasta la ruta por la que vamos al súper, lo que ha abatido las enormes lagunas de incertidumbre que hasta la llegada del celular parecían infranqueables. Imaginemos a cualquier peregrino o navegante de la antigüedad, digamos que del siglo XVI: al salir, no sabían con exactitud nada. Se despedían de sus seres queridos y si el viaje duraba semanas, meses, años, no había en el ínterin ni una foto, ni una palabra, nada que diera noticia sobre el paradero del viajante. Asimismo, en el camino los viajeros accedían a mares sin nombre, a geografías vírgenes en las que todo era desconocido y por ello amenazante. El hombre se movía a oscuras, su vida diaria era un permanente especular sobre lo ignoto.

Hoy, si queremos saber el clima de cualquier parte del mundo, abrimos la aplicación. Lo mismo si queremos saber una definición, leer una noticia, conocer un precio, saber qué rostro tiene alguien. Esta ventaja, sin embargo, nos ha puesto de frente a un Big Brother que no requiere hacernos manita de puerco para que soltemos información: nosotros mismos, hechizados por la utilidad/vistosidad de las aplicaciones, somos nuestros propios delatores, y un gran hermano, Facebook o Google, da lo mismo, sabe gracias a nuestra propia iniciativa todo lo que nos atañe.

El debate sobre el agandalle de datos privados es una necedad de estos días, pues no hay duda de que es necesaria una escalera grande y otra chiquita para luchar contra las grandes corporaciones internéticas. Temo que nos apasiona estar a su merced, saber que con sus algoritmos se anticipan a nuestros gustos. No digamos pues que nos vamos de Whatsapp o de Tiktok si nos fascina estar allí, delatándonos.


miércoles, noviembre 15, 2017

"El arreo" de noche














Hoy queremos la letra de alguna canción, escribimos su título o un verso en Google, y ya está, fin de la inquietud. No necesito decir que antes no era así. Había cancioneros —los de Guitarra Fácil o el Picot, por ejemplo—, pero en el Gómez Palacio de mi niñez sin libros era difícil conseguir las letras. Yo escuchaba las canciones de las radiodifusoras locales y debía esperar a que las repitieran para escribir, poco a poco, alguna estrofa o toda la canción. Ya grande, como de 18 o 20 años, y con reproductora de casetes a la mano, recuerdo la proeza de transcribir con máquina mecánica dos largos temas: una buena parte de las “Coplas del payador perseguido”, de Yupanqui, y toda “Guitarra negra”, de Zitarrosa.
Sé qué son los versos de la lírica popular, jamás los he confundido con obras de Pessoa, y los aprecio porque, pese a su humildad, o quizá precisamente por ello, constituyeron mis primeros acercamientos a la literatura castellana. Les guardo pues una profunda querencia, me gustan porque en ellos he tratado de encontrar las palabras, el fraseo, los sentimientos, las apetencias, las pulsiones que nos caracterizan, y todo eso es, en suma, nos agrade o no, parte de nuestra educación sentimental.
Anoche apagué la luz y me tiré a la cama, pero asombrosamente no tenía tanto sueño. En la oscuridad me llegó una tonada a la cabeza y encendí el celular para escuchar “El arreo” de Lorenzo Barcelata, huapango que atesoro en cinco versiones distintas. Suma seis estrofas, cada una de cuatro versos perfectamente octasilábicos. La rima es desigual, pero se da bien en los versos segundo y cuarto de cada estrofa. El desarrollo es un poco deshilachado, sin apretada continuidad, como si procediera por acumulación de imágenes poéticas sin línea argumental.
Bien observado, es una pieza con defectos, pero asombrosamente esos defectos ayudan a su frescura, a su autenticidad, pues se notan espontáneos, como van saliendo, sin escuela.
Las versiones que tengo corresponden a Miguel Aceves Mejía, los tríos Calaveras y Delfines, Jorge Negrete y Juan Záizar. Cada versión es igual y es diferente, y todas me remiten a lo mismo: a un mundo simple en el que un tipo arrea ganado y va pensando. Mientras piensa, sospecho lo que ve: las montañas al fondo, el verde en todos lados y el azul inabarcable del cielo decorado con nubes de Gabriel Figueroa, es decir, un mundo que no tengo e imagino mexicano y hermoso.

miércoles, octubre 20, 2010

Traductores de internet



Las mil y una reflexiones sobre la traducción y sus orillas debe agregar ahora el caso de los traductores internéticos. ¿Son fieles? ¿Sirven para un trabajo literario o sólo para sacar de apuros? ¿Todavía es necesario aprender idiomas o poco a poco nos vamos acercando al esperanto de la digitalidad? ¿Es posible convertirse en políglota sin haber tomado una sola clase con maestros de carne y hueso? ¿Cuántos idiomas podremos traducir en el futuro gracias a internet? Las preguntas pueden multiplicarse y llegar incluso a la filosofía, pues, como en todo, la revolución del conocimiento también toca el problema de la traducción. Algo pasará con ella, lo sabemos, pero yo no sé que vaya a ser exactamente.
Hice por lo pronto un experimento entre muchos que podemos intentar con, por ejemplo, el traductor de Google. Redacté un parrafito soso, sin literatura, y lo pasé del español al inglés al italiano al francés al alemán al chino y al final, otra vez, lo que quedó del párrafo, al español original. El resultado no es perfecto, pero algo quedó del castellano primigenio, así sea un poco disparatado. Veamos:
La casa de mi hermano es bonita. Tiene cuatro habitaciones, dos baños, cocina y sala. Además, tiene un amplio jardín. En la sala hay una televisión y tres sillones muy grandes. El baño principal es color azul. En la recámara más importante tiene un equipo de sonido, pues a él le gusta mucho oír música. También ve películas. En la cochera guarda su coche y afuera de la casa hay un gran árbol que da mucha sombra.
My brother's house is pretty. It has four bedrooms, two bathrooms, kitchen and living room. It also has a large garden. The living room has a television and three large chairs. The main bathroom is blue. The largest room has a stereo, because he enjoys listening to music. Also watch movies. In the garage keeps your car and out of the house is a large tree that gives lots of shade.
La casa di mio fratello è abbastanza. Ha quattro camere da letto, due bagni, cucina e soggiorno. Essa ha anche un grande giardino. Il soggiorno ha una televisione e tre sedie di grandi dimensioni. Il bagno principale è il blu. La sala più grande dispone di un impianto stereo, perché gli piace ascoltare la musica. Anche guardare i film. Nel garage perfettamente alla tua macchina e fuori la casa è un grande albero che dà un sacco di ombra.
La maison de mon frère assez. Il dispose de quatre chambres, deux salles de bains, cuisine et salle de séjour. Il dispose également d'un grand jardin. Le salon a une télévision et trois grandes chaises. La salle de bains principale est bleu. La plus grande salle a une chaîne stéréo, parce qu'il aime écouter de la musique. Également regarder des films. Dans le garage maintient votre voiture et à l'extérieur de la maison est un grand arbre qui donne beaucoup d'ombre.
Das Haus meines Bruders genug. Es hat vier Schlafzimmer, zwei Badezimmer, Küche und Wohnzimmer. Es hat auch einen großen Garten. Das Wohnzimmer hat einen Fernseher und drei Stühlen. Das Badezimmer ist blau. Der größte Raum hat eine Stereoanlage, weil er gerne Musik hören. Auch Filme. In der Garage hält Ihr Auto vor dem Haus ist ein großer Baum, der viel Schatten gibt.
我的兄弟的家就好了。它有四个卧室,两个卫生间,厨房和客厅。它也有一个大花园。客厅里有电视和三把椅子。浴室是蓝色的。最大的房间里有一个立体的,因为他听音乐。甚至电影。在车库,你的车停就是一棵大树,让大量的阴影在房子前面。
La casa de mi hermano está muy bien. Tiene cuatro dormitorios, dos baños, cocina y sala de estar. También tiene un gran jardín. Sala de estar con TV y tres sillas. El baño es de color azul. La sala más grande tiene tres dimensiones, porque no puede escuchar la música. E incluso películas. En el garaje, el coche es un árbol grande, así que un montón de sombras en la parte delantera de la casa.