Hoy
el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para
ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos,
ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que
anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna
podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar
que ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios
del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un
poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo
XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la
educación, la vida comunitaria, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción
de verdad en el suministro de información…
Parte
de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura
del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y
de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente
que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen
concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara.
En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo
de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se
publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir
Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de
concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá
a una, que nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien.
Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la
“decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la
televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las
redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir mucho antes de que las
inventaran.
Por
eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales
sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro
que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente
diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no
abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector
incipiente al afirmar como un dogma que en los albores del hábito no
importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el
predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la
inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece
viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se
enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo
de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual.
No
soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la
lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea
alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando
y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado
“Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la
Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:
A
la opinión pública:
Durante
los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido
testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.
El
anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales
independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66
años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de
una problemática que afecta a toda la cadena del libro.
La
desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la
circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir,
distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública
integral y sostenida para el libro y la lectura.
Mientras
en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias
editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México
enfrenta un escenario cada vez más preocupante.
La
bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas,
géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las
expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.
El
acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender
únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del
Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y
al ejercicio de sus derechos culturales.
Por
ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores,
libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores,
bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores—
hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una
instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la
cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que
fortalezca el libro y la lectura en México.
Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

