Mostrando las entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas

sábado, agosto 29, 2026

Agonías del libro

 






Hoy el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos, ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción de verdad en el suministro de información…

Parte de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara. En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien. Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la “decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las inventaran.

Por eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.

No soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado “Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:

A la opinión pública:

Durante los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.

El anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66 años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de una problemática que afecta a toda la cadena del libro.

La desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir, distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública integral y sostenida para el libro y la lectura.

Mientras en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México enfrenta un escenario cada vez más preocupante.

La bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas, géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.

El acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y al ejercicio de sus derechos culturales.

Por ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores, libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores, bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores— hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que fortalezca el libro y la lectura en México.

Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

miércoles, agosto 19, 2026

Gravitación de Era


 











El lunes fue un día especial en el mundillo editorial mexicano. De golpe se desató una ola de opiniones alrededor de la noticia, ciertamente triste, de que la editorial Era bajará su cortina dentro de muy poco. Según su comunicado oficial, el mercado, o la falta de, provocó números rojos en sus cuentas y derrumbó sus ingresos y su sostenibilidad. Un año después de la pandemia, la situación, parece, ha abierto un boquete que hace inexorable el hundimiento de la nave. Saber esto provocó que muchos lectores y escritores mexicanos expresaran su consternada opinión, y yo mismo me sumé a tal coro.

La razón de las lamentaciones entre lectores y escritores es justificada. Hablo por mi experiencia, seguramente similar a la de mis contemporáneos. Cuando abrí los ojos a los libros, a principios/mediados de la ochenta, las editoriales más identificables por un lector de La Laguna eran las mexicanas más famosas como Porrúa, el Fondo, Trillas, Joaquín Mortiz y extranjeras como Planeta, Plaza y Janés, Bruguera, Sudamericana y La Oveja Negra. Entre las nuestras, como un sello más chico aunque importante, estaba Era. Su notoriedad se debía no tanto al número de sus publicaciones, sino a la calidad de su catálogo.

Entre algunos autores extranjeros, Era reunió varias de las firmas que poco tiempo después se convertirían en clásicos modernos de nuestra bibliografía: Revueltas, Pacheco, Poniatowska, González Casanova, Monsiváis, Blanco, Pitol, Fuentes, Coral Bracho y muchos más, y hasta Reyes publicó allí póstumamente.

La solvencia de los contenidos se apoyó asimismo en la belleza de sus continentes. Los libros de Era aparecían diseñados de acuerdo al gusto de Vicente Rojo, artista que sin duda añadió a los libros que pasaron por sus manos un estilo poco visto en el mercado mexicano. Además de estas dos virtudes, no pocas ediciones de Era reflejaban el clima de época que en lo político atraía lectores con adhesión a la izquierda. Fue durante muchos años, y de hecho todavía lo es, un sello que cualquier lector mexicano asocia con la manufactura del libro serio y bien curado.

El debate de las redes tuvo, por todo, el denominador común de la sorpresa y el lamento, y la explicación sobre el cierre se dividió en dos grandes bandos: el primero, que achaca a la misma editorial errores de adaptación a los nuevos tiempos que corren para el libro; y el otro, que subraya la emergencia atroz de un público al que le interesa un rábano leer.

Yo ignoro qué pasó, pues me queda muy lejos el jet set editorial mexicano. Lo único que puedo concluir es que Era, como hace poco Ediciones de la Flor en la Argentina, deja un hueco enorme que no sé quién o qué podría llenar, si es que tal salvataje es posible en estos tiempos de nubarrones para el libro y la lectura.

viernes, junio 30, 2023

sábado, diciembre 04, 2021

Hawking para principiantes

 











He leído con entrecortado placer Breve historia de mi vida (Crítica, México, 2014, 148 pp.), autobiografía de Stephen Hawking (Oxford, 1942). Como queda claro en el número de páginas que anoté hace quince palabras, es un libro efectivamente corto, y más corto se siente porque viene bien aderezado con una abundante cantidad de fotos del autor y su familia. No tengo por hábito leer semblanzas de personajes ajenos a la literatura o al arte, pero en este caso la vida del científico inglés me ha intrigado desde que supe algo sobre él. Por esta misma razón, y contra mi rechazo más o menos visceral a las biopics, vi alguna vez la película que también lo aborda.

Adjetivé como “entrecortado” al placer que sentí durante la lectura de la bio. Por supuesto, esto no se debió a la calidad de libro, sino a mi absoluta incompetencia para entender la física teórica (y de hecho cualquier física). Ni siquiera vista por encimita, de pasada, como lo hace Hawking, esa ciencia es asequible para mí y supongo que para muchos que, como yo, carecen de la inteligencia casi inhumana que se requiere para volar tan alto en el universo de la especulación científica. Admitimos que Hawking y sus colegas son lo que son o fueron lo que fueron porque en los textos o programas divulgativos los han etiquetado como genios, no porque entendamos los conceptos entre los que se movieron. Admirarlos es, pues, casi casi, un acto de fe, precisamente lo menos apegado a los métodos de la ciencia. Con Einstein pasó exactamente lo mismo.

¿Y entonces qué me gustó del libro? Pues todo lo demás, que no es poco. El autor recorre a grandes trazos las etapas más significativas de su vida. No se detiene mucho en detalles, y el libro da, por ello, la impresión de que fue escrito con alguna urgencia. Era lógico. Para la segunda década del nuevo milenio se había tornado casi segura la muerte del genio, una muerte que gracias a su tenacidad y a la ciencia (médica en este caso) logró ser pospuesta mucho más allá del lapso que décadas atrás se había pronosticado. Si a los veinte años comenzaron a aparecer en Stephen los primeros síntomas de la esclerosis lateral amiotrófica y los malos augurios sobre su supervivencia, no deja de parecer milagroso que en 2010 todavía estuviera vivo y escribiendo a la mayor rapidez posible.

A los neófitos como yo pueden seducirnos más, entonces, los contornos de su vida familiar. Su niñez feliz y ciertamente desahogada, atravesada por la influencia de un padre médico e investigador. O su natural tendencia de joven al relajo y la relajación festiva, lo que puede notarse en la famosa foto que figura en la portada, aquella en la que el veinteañero Hawking aparece, en pose de burlón triunfador, junto a sus amigos, los integrantes del club de remo. No deja de llamar la atención, claro, su dura vida privada, la relación que debió truncarse con Jane Wilde, su paternidad, su encuentro amoroso con Elaine Mason, enfermera que lo rescató en lo físico y en lo espiritual.

Hawking dedica un capítulo a contar la historia de su libro más famoso: Historia del tiempo (1988), que a la postre se convertiría en bestseller y lo catapultaría a la celebridad mundial.

Salvo por algunas páginas difíciles, Breve historia de mi vida es un libro interesante y apto para todo público.

sábado, marzo 13, 2021

Aira en un no-libro












Me ocurrió una vez más esta semana, pero es frecuente que me encuentre en la misma situación: converso con alguien y ese alguien me descarga la siguiente confidencia: “Siempre he querido escribir un libro”, o esta aproximada: “Tengo un tío [o hermano o primo o cuñado o medio hermano o suegro o sobrino o exnovio o compañero de trabajo o vecino o lo que sea, en masculino o en femenino] que quiere escribir un libro”. En ese momento, mientras escucho con la amabilidad y la cautela que me caracterizan en tales diálogos, especulo íntimamente en el tipo de libro que mi interlocutor hospeda en la cabeza. En este caso, un libro puede ser cualquier objeto que parezca libro, es decir, un puñado de hojas pegadas en uno de los lados a una cubierta de cartulina. No imagino algo diferente, pues con frecuencia noto que el contenido es borroso: el libro puede ser algo aproximado a una novela, una memoria, una biografía o autobiografía, un manual, un poemario, un anecdotario, una crónica de viaje, una historia o un libro con aforismos al que la gente suele llamar “de pensamientos”, como si todos los libros no implicaran, así sea rudimentariamente, el acto de pensar. La confesión suele ir acompañada de otra frase: “Mi tío [o etcétera] ya tiene un escrito, pero no sabe qué hacer con él”. Y pienso: he aquí la indefinición genérica, la vaguedad del proyecto abrazado en la gaseosa expresión “un escrito”.

Bien. Punto y aparte. Mi amigo y maestro David Lagmanovich me enseñó sin querer, en alguno de nuestros muchos diálogos, su noción del no-libro, lo que para él era, creo, un libro deshuesado, genéricamente difuso y organizado sin un criterio más o menos visible de estructura. Arrejuntar (este verbo mexicano es hermoso) papeles sueltos, tomar cualquier “escrito” y reunirlo con otros tantos no configura necesariamente un libro, de ahí que David, consumado académico al fin, pusiera tanto énfasis en la arquitectura del libro, en su temática, su estilo y sus apretadas partes.

En función de lo anterior, ¿dónde podemos colocar Continuación de ideas diversas (Jus, México, 2017, 109 pp.) de César Aira (Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires, 1949)? De entrada, apoyado en la noción ya expuesta, parece un no-libro, pues los criterios de unidad se sienten demasiado laxos, sin trabes que unan la miscelánea de microtextos. Cierto que podemos destacar la unidad del estilo y la extensión de las piezas, parejamente similar, casi todas breves, de media página la mayoría, pero esto puede parecer insuficiente. Sin embargo, hay un hilo conductor acaso muy sutil, pero firme y elegante. No sé cómo definirlo, pero para darnos una idea se relaciona con el, digamos, emplazamiento de la mirada: Aira reflexiona sobre temas diversos, así importantes como banales, siempre desde una perspectiva peculiar. Hay en él una especie de obsesión por los planteos extraños, por mirar el costado menos saliente y obvio de los temas. Desde tal emplazamiento de la mirada se engarzan las piezas de Continuación de ideas diversas, y el resultado es un cajón de sastre que no por caótico carece de interés. Puede ser que no sea el mejor libro de Aira, y de hecho no le es, pero es interesante por su agudeza y por algo mejor: su desenfado, casi el desacato de pergeñar un libro con los espontáneos tanteos de la sobremesa o el insomnio, como en este ejemplo brevísimo porque ya agoté mi espacio: “Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”.

“Y así”, como dicen hoy los jóvenes. 

sábado, diciembre 19, 2020

Ferias 2020 sin encanto


 








Si bien no he sido, como Juan Villoro o Paco Taibo, habitué de todas las ferias del libro que en el mundo hay, tampoco me considero un relegado/renegado de esos espacios. Al año, movido por una mezcla de obligación laboral y vocación de lector, asisto en promedio a tres o cuatro ferias desde hace al menos dos décadas. En estos espacios encuentro lo mismo que muchas personas vinculadas con el medio editorial: presento libros propios y ajenos, compro libros, establezco contactos editoriales vinculados con mi chamba y, lo fundamental, reencuentro amigos que para bien y para mal andan en los mismos ilusos trotes. Las ferias siempre son, por ello, como el beisbol: una cajita de sorpresas, así que si uno es lector/escritor/editor más vale apersonarse en tantas como sea posible.

Creo que antes del 2000 participé en una o dos ferias, aquéllas que organizábamos para ver si prendía entre nosotros, los laguneros, el amor por el libro. Los resultados jamás fueron halagüeños, pero la lucha se la hacía. Gracias a esos primeros intentos me quedó la idea de que las ferias en México eran veinte localitos con libros y unas diez presentaciones/conferencias de escritores. Sin otro punto de comparación, en 2001 fui invitado por primera vez a la FIL Guadalajara. El país invitado fue Brasil, y recuerdo que para llegar tomé un vuelo de AeroCalifornia, línea caracterizada por la precariedad de su servicio, lo que incluía el alto riesgo de sufrir percances. Poco antes de llegar a la FIL ya me había creado en la imaginación un cuadro de lo que encontraría, pero me quedé corto, cortísimo. Mi primer día en la FIL fue epifánico. Era inmenso el local para contener lo que se movía allí dentro, una turba incesante de editores, libreros, periodistas, escritores, organizadores y, como suelen llamarlo, “público en general”, en este caso adultos, muchos adultos, y cientos, miles y miles de jóvenes y niños. De modo que esta bestialidad es una feria, pensé, y entonces perdí el candor y supe lo que significa la convocatoria del libro en todos sus géneros y formatos.

Gracias a que recién había publicado una novela en Planeta, los encargados de prensa dispusieron que participara en dos mesas. En una de ellas, con jóvenes escritores mexicanos (todavía lo éramos en 2001), me tocó figurar, entre otros, junto a David Toscana y Eduardo Antonio Parra, quienes en aquel momento ya tenían buen cartel, aunque por supuesto no el que alcanzarían poco después.

Luego de esa primera feria le cobré cierta adicción al fenómeno, y digamos que ir a Guadalajara se convirtió año tras año en rito de noviembre/diciembre, y aunque es cansado y caro, el peregrinaje nunca ha dejado también de ser interesante.

Otras ferias me han ocurrido en medio de cada FIL: Minería, Arteaga, Monterrey, Hermosillo, Tijuana, Xalapa, Buenos Aires, Durango, Pachuca, y en todas he sentido el placer de estar en algo que me concierne así haya asistido en la faceta de mero público. Por eso ahora, en este año infausto y de ferias digitales, no es lo mismo. El esfuerzo se pone, participé en un par mediante las herramientas de la virtualidad, pero francamente no resultan atractivas. Basta sentir lo que se siente en las ferias vía internet para concluir que Zoom, Meet y todo lo que quieran son apenas tristes paliativos, y al menos en el corto plazo las ferias virtuales no serán capaces de suplir a las otras, las que convocan sudorosos tumultos de carne y hueso en torno al libro.


miércoles, octubre 30, 2019

Feria lagunera en puerta




















El lunes 4 de noviembre por la mañana comenzará uno de los proyectos culturales más importantes emprendidos recientemente en La Laguna: la Primera Feria del Libro Región Laguna, actividad a la que se han sumado numerosas instituciones públicas y privadas de ambos lados del Nazas. No podía ser de otra manera, dado que las ferias de esta índole demandan el concurso de muchos y muy variados esfuerzos, todos enderezados hacia el propósito de alentar el contacto con la imaginación y el pensamiento crítico a partir, sobre todo, del contacto con el libro.
Esta feria tiene un valor, para mí, doble: en primer término, tiene como sede la ciudad de Gómez Palacio, donde nací; y en segundo, que aspira a reproducir (hoy dicen “replicar”, verbo que jamás usaría así) la dinámica de otras ferias con probada eficacia en el contexto nacional, de ahí que hoy prácticamente no haya estado o ciudad importante que no las organice. En efecto, las ferias del libro han echado raíces hondas en varias partes porque en torno al libro se desarrolla un montón de actividades cuyo fin es fomentar no sólo la lectura, sino el orgullo comunitario y la cohesión social. La FIL de Guadalajara es el más alto ejemplo de lo que digo, pues año tras año logra lo que ya enuncié y de paso, lo cual no es poco logro, dinamiza de manera notable la economía de aquella zona.
Como digo, la Feria del Libro Región Laguna intenta, a una escala mucho más pequeña pero ya significativa y valiosa, establecer en nuestra comarca el accionar de las ferias de su tipo: traer editoriales, presentar libros, conferencias, mesas redondas, talleres, cursos y otras actividades cercanas como conciertos, obras de teatro, proyección de películas y demás, todo con el fin de ofrecer al ciudadano, principalmente al niño y al joven, una oportunidad de acceder a un tipo distinto de educación y entretenimiento.
Parte fundamental del éxito de las ferias radica en los intelectuales convocados. La que se celebrará en Gómez Palacio, por ejemplo, rendirá homenaje a Hugo Hiriart, uno de los más importantes escritores mexicanos, y, entre otros, recibirá a escritores como Martín Solares, Rogelio Guedea, Laura Baeza, Jaime Mesa, Socorro Soto, Zita Barragán, José Reveles, Saúl Rosales, Lucila Navarrete, Nadia Contreras y Vicente Alfonso.
Del 4 al 9 de noviembre en la ExpoFeria de Gómez Palacio. Entrada Libre (a todo) de 9 am a 6 pm. Vayan.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas, y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.

sábado, octubre 18, 2014

Darnton contra cinco mitos














Leí por primera vez, y única, a Robert Darnton (Nueva York, 1939) en 1995, poco después de haber comprado en mi rancho La gran matanza de los gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (FCE, 1987). Quedé maravillado, pero luego pasaron los años y los años y jamás tuve a merced algún otro libro suyo. En aquel tiempo supe que Darnton ya era considerado una autoridad en materia de siglo XVIII francés y especialista —al nivel de Roger Chartier— en el apasionante tema de los libros y la lectura. Entre otros blasoncillos, egresó de Harvard e hizo su doctorado en Oxford, y entre sus reconocimientos destaca que fue nombrado caballero de la Legión de Honor por el gobierno francés.

Pese a que no conseguí otro libro de su cuño, con frecuencia hallaba su nombre en la prensa cultural, siempre asociado al universo dieciochesco franchute o al tema siamés libro/lectura, como en el artículo “Cinco mitos sobre la era de la información” publicado por la revista Nexos con traducción del torreonense Antonio Saborit. Allí Darnton enlista falacias que, esto lo afirmo yo, en cierto grado pueden contener algo o mucho de verdad, no ser tan míticas como parecen, y por tanto podrían merecer, al menos, una mínima objeción. Por provenir de alguien que sabe de lo que habla, quiero comentarlas, dado que también se refieren a algo que me atañe como profesional y como transeúnte: qué tanto se publica hoy y qué tanto se lee.

El primer mito que Darnton desea echar abajo es este: “El libro está muerto”. Con datos duros muestra que eso es falso de toda falsedad, como dice el filósofo Santiago Creel. El experto norteamericano señala que nunca se habían publicado tantos libros como en este tiempo (un millón de nuevos títulos en 2011) y que la tendencia es que la producción aumente año tras año, no que decrezca. Pues sí, el mito de que el libro está muerto es eso, un mito, pero a la hiperproducción demostrada con un criterio cuantitativo se le puede enfrentar el cualitativo. No es necesario ser un entendido para apreciar, con accesos frecuentes a las librerías, que la producción en efecto es incesante, pero también que una muy gorda parte de ese total la ocupan libros cuya importancia es nula en casi todos los términos, menos en el de subrayar su adscripción a uno de los varios nichos ocupados por el libro de ocasión.

Al segundo mito, que “Hemos accedido a la era de la información”, lo despacha con total facilidad; para él, todas las eras son las eras de la información, cada una con los medios asequibles en su momento. El tercero, que “Toda la información está en línea”, lo rebate diciendo que es absolutamente falso, pues nomás de pensar en todos los millones de papeles sin digitalizar contenidos en miles de archivos da para asegurar en que se trata de un mito. El cuarto, que “Las bibliotecas son obsoletas”, lo plantea en estos términos: no lo son en la medida en la que han pasado de ser sólo bibliotecas de papel a bibliotecas digitales o híbridas, o sea, con funciones que van más allá del control y préstamo de libros. Por último, que “El futuro será digital”; él cree que no, que lo digital no desplazará al papel, sino que la digitalidad enriquecerá, sin matarlo, al soporte físico.

Estemos o no de acuerdo, lo cierto es que no es un asunto menor el planteado por Darnton. La lectura, el libro, la información, internet, en todo eso fluye información casi como si allí fluyera la sangre de la humanidad.

domingo, abril 24, 2011

Asombro de los libros



En 2001 fui invitado por primera vez como expositor a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Tuve tres actividades en el mismo viaje: participé en una mesa sobre literatura y nuevas generaciones (o algo así), presenté un libro y por último me llevaron a una preparatoria para echar rollo frente a chorrocientos mil alumnos jalisquillos que, para mi sorpresa, sí preguntaban con desenvoltura y hasta ponían en aprietos. Fue un viaje espléndido para mí, por todo.
Recuerdo que para la tercera actividad preparé un choro que a la hora de la hora no leí, o leí sólo en parte, pues dada la disposición del público resultaba más pertinente improvisar. El texto al que me refiero, en su primera versión, llevaba el título que conserva: “Asombro de los libros”, y es el que hoy hospedo en el blog de Ruta Norte. En ese puñadito de párrafos hice una especie de elogio personal, personalísimo, mío nomás, del libro. Conté grosso modo mi relación con él, los años invertidos en su pesquisa y su lectura.
Como todos los escritores que se tienen respeto y algo saben de su talento y sus fuerzas frente al talento y las fuerzas de los antiguos, sé que uno nació, quizá, sólo para lector y de allí pasó a escribir nomás por curiosidad, tedio o cinismo. Con el paso de los años, aunque uno escriba mucho se afina esa certidumbre: tenga los libros que tenga como autor, los verdaderamente importantes son los ajenos, los leídos con admiración, los que en ciertos pasajes de la vida nos acompañaron para darnos todo lo bueno que suelen dar los grandes libros, esos que uno lee sentado o de pie, según la binaria nomenclatura vasconceleana.
Mi vida, pues, desde 1981 más o menos, ha ido llenándose de libros. Comencé con los que describo en el artículo, y así, poco a poco, casi sin freno, edifiqué una biblioteca respetable en los parámetros del lugar donde nací y radico. Si bien he comprado libros en el DF, Guadalajara, Saltillo, Monterrey, Xalapa, Oaxaca, San Luis, Chihuahua, Tijuana, Buenos Aires, Tucumán, Rosario, Madrid, El Paso, Phoenix y otros lugares de México y de fuera, la mayoría de los que tengo han sido hallados aquí, en nuestras magras librerías laguneras. Desde el 80, las he recorrido todas. Comencé con Librolandia (hoy Del Estudiante); compré muchos libros en la De Cristal, recién cerrada; pasé por la Unicornio, antecedente en el TIM de la del FCE; hallé varios en la Del Maestro, en las de usados, en la de la UIA; más recientemente, en las de Gonvill, La Terraza y Gandhi. Creo que cuando afirmo haber comprado libros en La Laguna más bien debo decir “en Torreón”, ya que en Gómez Palacio y Lerdo jamás he hallado nada.
Parte de mi biblioteca es selecta, diría que hasta exquisita. El único fetichismo que me he permitido es el de los libros. No colecciono nada, salvo libros que ostenten algún prestigio o me comuniquen algo como objetos casi talismánicos. Con o sin intención, han llegado a mí algunas joyas, primeras ediciones de libros famosos, libros firmados por autores importantes. Mi libro más antiguo es el hermoso Diccionario de la Academia, tercera edición fechada en 1791 e impresa por el ilustre tipógrafo Joaquín Ibarra y Marín. Mi lista de primeras ediciones incluye Zozobra de López Velarde, Vrbe y Poemas interdictos de Maples Arce, Cuestiones gongorinas de Reyes, Pedro Páramo de Rulfo, La feria de Arreola, Para las seis cuerdas, de Borges; Archipiélago de mujeres de Yáñez, Los relámpagos de agosto de Ibargüengoitia, El reino de este mundo de Carpentier, Historias de cronopios y de famas de Cortázar, y varios más. Entre los que lucen firmas de los autores, presumo con devoto orgullo libros de Borges, de Reyes, de Paz, de Vargas Llosa, de Arreola, de Yáñez, de Nandino y de otros tantos autores todavía vivos, algunos de ellos mis amigos.
No pocas veces he oído que las bibliotecas personales terminan como pitanza de la polilla o en los depósitos de segunda mano luego de que muere quien las organizó. No sé qué vaya a pasar con la mía, pero no importa, aunque lo más probable es que la done. Mis libros, si se desperdigan y se pierden cuando ya no los pueda cuidar más, habrán hecho para entonces su labor: darme muchas horas de alegría y muchos rayos de luz en la espesa e inabarcable oscuridad. Lo único que tengo para ellos son palabras de emoción y agradecimiento. Trato, sin embargo, de no excederme en su elogio, ya ven que siempre suena pedante confesar este tipo de amoríos. Lo cierto es que tengo treinta años buscándolos, leyéndolos, queriéndolos, y nunca me han defraudado, como a continuación trato de expresarlo. Como nota adicional apunto que no he actualizado el texto, salvo en un dato: el del número de libros míos mencionado por allí.

Asombro de los libros

Jaime Muñoz Vargas

Uno de los asombros que nunca me abandona es el de la palabra escrita. Creo que fue a los diez años cuando advertí por primera vez que los signos sobre el papel eran algo más que palabras, mucho más que simples estructuras de tinta sobre la superficie de la hoja. Sin conciencia plena de ese deslumbramiento inaugural, como a los quince años llegaron a mi vida los primeros libros no obligatorios, aquéllos que no eran de texto gratuitos. He olvidado los títulos, pero sé que dichos volúmenes amarillentos tenían un contenido religioso pues mi hermano los había interceptado en un descarte de parroquia y, no sé con qué razón, me los regaló en una caja de galletas Marías. Aquéllos, como ya dije, fueron mis primeros libros no obligatorios, no escolares; eran como veinte o treinta piezas descabaladas, mordidas por los años y todas con páginas color ocre. Recuerdo que los limpié, los pegué, los forré, los ordené y mucho antes de leerlos ya me había enamorado de los libros, de los objetos llamados libros. Así, con la simpleza del azar, empezó mi relación con esos objetos sagrados que hasta la fecha busco y ordeno con la misma emoción infantil que me sobrecoge cuando vuelvo a conseguir alguna novedad editorial.
A mí, pues, me llegó la pasión del libro por una razón menos etérea que material, y tal vez por eso, en mis ratos libres, como caro pasatiempo, me dedico a editar gratis los libros de mis cuates. Junto con la lectura me invadió la ingente necesidad de tener libros. Tan aguda fue durante muchos años esa rara patología que la he comparado con el alcoholismo, una enfermedad incurable, según afirman los folletos y los espots de la organización doble “A”. Estaba en mis 18 años, eso sí lo recuerdo muy bien, cuando se manifestó sin ambages la urgencia de ingresar a las librerías con la misma impaciencia del alcohólico que busca como náufrago el rincón de una cantina. Si pasaba a un lado de la Librería de Cristal, por ejemplo, cedía con harta facilidad a la tentación de entrar. Desde entonces soy especialista en detección de maravillas editoriales, y si de algo puedo presumir ahora es, precisamente, de mis libros. Toda proporción tomada, como Borges puedo afirmar esto: que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo, modestamente, me enorgullezco de los que, con ánimo de gambusino, he comprado y leído.
En veinte años[ya treinta en 2011], aislado en la resolana de la comarca lagunera, con apenas cuatro mal surtidas librerías a mi merced, he despreciado otros gastos, no tengo todavía casa liquidada, tengo un coche modesto, pero la inversión en libros nunca ha sido mitigada. Si uno vive en Guadalajara o en el DF, con toda facilidad tiene a su alcance lo viejo y lo nuevo, lo raro y lo conocido. En Torreón, cualquier bibliófilo, cualquier lector apasionado agarra un callo desmesurado para localizar libros de valor en medio de la nada. Eso es, insisto, lo único que puedo presumir: mi olfato de perro para comprar libros, mi curiosa destreza para escarbar en los saldos, para pepenar maravillas de papel. Esa manía pesquisatoria ha provocado que, bajita la mano, mi biblioteca personal cuente a la fecha con cerca de seis mil volúmenes, o tal vez siete mil. No sé realmente para qué demonios quiero tanto libro, pues mi ritmo de lectura y mis preferencias podrían conformarse con una cuarta parte de ese total; para un enfermo de papirofagia, empero, no hay límite de volúmenes, y el que lo dude pude interrogar al maestro Chumacero, dueño él solo de un arsenal que rebasa, según se sabe, los cuarenta mil títulos.*
Por supuesto, la agudeza para husmear en las librerías se afina con el tiempo. Cuando empecé en estos trotes, lo hice sin guía, sin maestro, sin lazarillo que me orientara hacia los buenos autores. Como todos, tenía una visión sacralizada de los clásicos, pero los sentía tan lejanos que preferí dejarlos para más delante. Así comenzaron a llegar, lo recuerdo con precisión, libros de autores jóvenes, casi todos mexicanos. Leí fantasmas, obviamente, escritores que ahora nadie recuerda, pero el azar es dadivoso y me puso enfrente de quienes poco a poco depurarían mis gustos literarios.
La Librería de Cristal ya no es lo que era, por lo menos en Torreón. Hace veinte años, allí fue donde inicié mis primeras compras masivas. No me abandonará nunca el recuerdo de aquel lote de saldos que sobre un mesón exhibía cincuenta o sesenta títulos diferentes de la Serie del Volador, todos baratísimos, tan asequibles que hasta un estudiante sin recursos, como yo, podía adquirirlos. Lo mejor, lo más fresco de la literatura mexicana contemporánea estaba albergado en esos libros; descubrí a Arreola, a Pacheco, a Agustín, a Monterroso, a Ibargüengoitia, a Fuentes, a Elizondo y a tantos otros autores que encontraron en Mortiz, y siguen encontrando, un trampolín hacia el lector. Ése fue, digamos, mi primer deslumbramiento como sabueso de textos literarios.
Luego vino un pasaje de mi vida que no puedo traer a la memoria sin incurrir en el desliz de la emoción. Conocí durante mi etapa de universitario a Saúl Rosales Carrillo, mi maestro, mi amigo hasta la fecha. Gracias a él trabé contacto con la gran literatura de nuestro continente espiritual y con lo mejor de la escuela europea. Por Saúl me endrogué con la obra completa del inmenso Alejo Carpentier, publicada por Siglo XXI. Por Saúl alcancé a ver que la lectura de los cronistas y descubridores era necesaria para entender el arranque de la literatura latinoamericana, y así llegaron a mi vida las Cartas de relación, los Cuatro viajes del Almirante, la Historia verdadera, los Comentarios reales y tantos otros libros que la Sepan cuantos... de Porrúa siempre tenía, como hasta la fecha, a precios cómodos.
Simultáneamente, el Boom llegó a mi vida con todos sus nombres emblemáticos: Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, Borges, Sabato, Onetti, Lezama, García Márquez, al indispensable y eternamente relegible Rulfo, y a esas alturas ya no había necesidad de orientación. Con puro instinto o con los mismos libros como caminos hacia otros libros —las entrevistas a los escritores suelen ser muy útiles en este caso—, la suma de autores se agrandó, y con ella el placer de mi lectura. Con aprecio insuperable rememoro esas jornadas junto a Papini, o Schwob, o Zweig, o Nabocov, quienes junto con Cervantes y Quevedo me regalaron mil y una tardes de insuperable ocio.
No lo mencioné adrede, porque he querido que ocupe un lugar especial y por eso lo dejé en el colofón de este sucinto recorrido por mis libros. Leída muy a saltos, dispareja, anárquicamente, a veces sin ton ni son pero siempre fascinado por su esplendidez, la obra de Alfonso Reyes me alegra la existencia desde hace quince años. A él de debo la mesura, el tacto, lo poco bien peinado que pueda encontrarse en mi desgreñada obra. Reyes significa para mí la cúspide, el equilibrio y la desmesura, el autor mexicano en el que debemos abastecernos para centrar bien la pupila y lubricar el engrane productor de obra. Su apertura, su generosidad, su erudición, su totalidad no tienen coto. Por eso, si me preguntaran ahora a quién tengo ganas de leer, diría que a Reyes, siempre a Reyes.
La literatura, en fin, es infinita. No me considero un buen lector, pero sí un buen relector. Las páginas que me han gustado las visito y las revisito cuantas veces me parece necesario. He leído “La intrusa”, por ejemplo, sesenta ocasiones y nunca deja de agradarme. Lo mismo pasa con otros tantos cuentos, con otros tantos poemas, con otros tantos ensayos. El caso es que los libros han sido acompañantes de mi soledad, el único objeto que reconozco como indispensable, así que ustedes ya imaginarán que en ésta mi primera incursión a la FIL me siento, para visitar un viejo lugar común, como chucho en carnicería, largando babas y con el colmillo deseoso de morder.

Comarca Lagunera, 27, noviembre y 2001

*Don Alí Chumacero acaba de morir; luego cuento una anécdota de cuando lo vi en Torreón. Comento aparte que al terminar una de mis participaciones en la FIL 2001 encontré a Gustavo Sáinz y le pregunté cuántos libros albergaba su biblioteca, en realidad una monstruoteca. La cifra que me dio es escalofriante, inaudita, un alarde de bibliomanía inmanejable: “Sesenta mil títulos, y sigo comprando”. Como añadido de 2011, comento lo que seguramente ya sabemos: que Sáinz ha donado su monstruoteca a Coahuila. Ojalá y sea manejada con respeto, bien catalogada y disponible de alguna manera para su consulta. Otro detalle: en los últimos quince años mi biblioteca ha acusado una tenue orientación temática; son muchos, bastantitos ya, los libros que ella acoge de literatura argentina.

miércoles, septiembre 17, 2008

Feria del Libro en Saltillo



Del 12 al 21 de septiembre Saltillo gozará, está gozando, una feria del libro digna de ese nombre. Su organizador principal es Armando Sánchez Quintanilla, coordinador general de bibliotecas, publicaciones y librerías, y uno de los pocos funcionarios que conozco verdaderamente interesados en el libro. Digo esto no por cebollear, sino porque suena, de entrada, lógico que nuestras bibliotecas sean coordinadas por un avisado lector, en este caso Sánchez Quintanilla.
Varias instituciones públicas se han sumado a la aventura de organizar, por primera vez en la entidad, esta feria notable por la cantidad de sellos editoriales participantes, por la cantidad de libros presentados y por la calidad de la cátedra de conferencias que aquí fue inaugurada: la Alejo Carpentier, espacio que tributa un homenaje coahuilense a la máxima figura de la literatura neobarroca latinoamericana.
El número de locales (conocidos como stands) dispuestos para vender es importante. Conté por lo menos unos treinta, lo cual no es pobre si pensamos en que este es el primer montaje de la feria. Océano, Mondadori, Larousse, Fondo de Cultura Económica, Conaculta, Ediciones B, Santillana, entre otras, permiten que haya un menú bibliográfico variado, como casi no se ve por el norte del país.
Y si la oferta bibliográfica es rica, no lo es menos la presencia de personalidades de la literatura mexicana que desfilan en estos días por los foros del Museo del Desierto, sede de la feria. La suma de escritores convocados da idea de que ha sido muy serio, en este caso, el propósito de organizar un encuentro del libro y el lector. Vicente Leñero, Anamari Gomís, Carlos Monsiváis, Agustín Monsreal, Sergio Pitol, Adolfo Castañón, Daniel Sada, José Agustín, Gonzalo Celorio, Francisco Hinojosa, Miriam Moscona, Marianne Toussaint, Alejandro Páez Varela, Fabrizio Mejía Madrid, Humberto Musacchio, Ricardo Castillo, son algunos de los autores foráneos que desfilan en estos días por Saltillo, y junto a ellos ha sido programada la presentación de escritores coahuilenses y académicos como Julián Herbert, Claudia Luna, Sergio Antonio Corona, Carlos Manuel Valdés, Julio César Félix, Jesús de León, Fernando Martínez, Gilberto Prado, Alejandro Pérez Cervantes, Lucas Martínez, Jesús Cedillo, Alfredo García, Antonio Malacara, Juan Martínez Tristán, Saúl Rosales Carrillo, Jaime Torres Mendoza, Alfredo Aguilar, Blanca Chong, María Luisa Iglesias, entre muchos más.
Hoy, miércoles 17, continúa la feria, y no es tan mala idea, quizá, que algunos torreonenses programen un viaje a la capital de Coahuila por lo menos este fin de semana. En la página www.feridadellibrosaltillo.com.mx podemos informarnos sobre las actividades que faltan en los siguientes cinco días. Tuve la oportunidad de apersonarme allá un par de días; el motivo, la presentación de Ojos en la sombra, mi más reciente libro de cuentos. Fue muy grata la sorpresa que me llevé al sentir en obra propia, que es casi como sentir en carne propia, las palabras de una presentadora que trabaja en la red de bibliotecas del estado. La idea es sencilla, y, si cuaja, se habrá dado un paso de importancia en el desarrollo de la cultura bibliográfica en Coahuila: según los organizadores, este plan de presentaciones consiste en acercar a los funcionarios de la dirección de bibliotecas con los autores de la entidad, de manera que en el futuro sean más estrechos los lazos entre quienes conciben los libros y quienes se encargan de ponerlos al alcance de los lectores gracias al sistema bibliotecario coahuilense.
Vaya una felicitación a los organizadores por este excelente emprendimiento; en lo personal, un abrazo para Gerardo Segura, Gerardo Carrera y Claudia Berrueto, quienes en todo momento mantuvieron el contacto para cristalizar mi apersonamiento por allá, en la Feria del Libro de Saltillo.