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sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.

sábado, julio 26, 2025

Del libro veterano

 












Como una costumbre que obedece a mi necesidad de compartir el asombro ante el libro, muchas veces, dentro del aula o a la vera de alguna conversación despejada, describí a trazo veloz la historia del libro tal y como la he ido adquiriendo en diferentes páginas y documentales. Me gusta hablar del libro en tablillas (e incluso en piedras), del libro en rollos de papiro o en pergamino, del libro en papel y ahora en modalidad electrónica. La historia de este objeto es hasta ahora, si me apremian a ser breve, la parte mejor en la marcha de la civilización.

Las historias no difieren en lo sustancial, y si acaso hay desacuerdos, no pasan de ser leves, de un siglo o dos de diferencia, lo cual no significa gran cosa si reparamos en que se trata del examen a un pasado largo, de varios milenios. Lo básico es aprender y recordar que el libro ha tenido tres materias primas hasta la fecha, a las que podemos sumar una cuarta si por materia queremos sumar los flujos digitales del presente: papiro, pergamino y papel.

En Libros y libreros en la antigüedad (FCE, Letras Mexicanas, México, 1981, 48 pp.), Alfonso Reyes, tal vez el hombre que mejor ha usado los libros en nuestro país, hace un sucinto recorrido por los orígenes del libro en tanto objeto de conocimiento y, sobre todo, de intercambio comercial. Es recomendable este ensayo de divulgación porque el regiomontano describe los contornos del libro antiguo no sólo como estamos acostumbrados los acostumbrados a preguntarnos por el libro y su pasado, es decir, con énfasis en los materiales y las temáticas recurrentes. El ensayista se detiene entonces en la maraña de intereses productivos y económicos relacionada con el libro, en sus costos, resguardo y distribución, asunto que hasta la fecha, sin que lo notemos, es quizá la más saliente preocupación de los editores y libreros.

El viaje comienza con el papiro egipcio, lo cual es casi un pleonasmo (o sin casi): “El uso del papiro para la escritura es un temprano descubrimiento egipcio, aprovechado pronto, como tantos otros descubrimientos de aquel pueblo vetusto y admirable, por los griegos y los romanos (…) la Roma imperial consumía enormes cantidades de este precioso material: ocupaba toda la carga de algunos barcos, y se lo conservaba luego en almacenes especiales (…) Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega; cuando Grecia fue avasallada, los romanos adoptaron el producto, desde el siglo II a. C.”.

El manejo y aprovechamiento del material es descrito por Reyes: “raro que se escriba en los dos lados de la banda. Generalmente, la cara externa se deja en blanco. Y, a lo largo de la cara interna, la escritura se divide en columnas paralelas que corresponden a nuestras páginas y que, de hecho, se llamaron página. (…) En un volumen cabían dos cantos de la Ilíada. Las obras extensas se dividían en varios ‘libros’, a uno por rollo”. Cito en largo al polígrafo para destacar otro valor de su ensayo: el estilo claro, didáctico, preciso: “Para la lectura se usaban ambas manos: la izquierda asía el comienzo de la banda, y la iba enrollando al paso de la lectura, ‘página’ a ‘página’; la derecha sostenía el resto del rollo y lo iba entregando a la izquierda”.

El otro material destacado, aunque común en su momento, fue menos importante que el papiro: “el pergamino sólo fue una forma transitoria en el desarrollo del libro, por pesado e incómodo. De aquí que se pasara a la forma del códice, en hojas aparte, de donde proviene el libro moderno”. Al decir “códice”, Reyes se refiere al libro ya no en rollo, sino en cuaderno, cuadrado o rectangular, un invento que nació, como la cuchara o el martillo, perfecto, inmejorable.

Viene entonces un salto importante: el libro como objeto comercial, de intercambio: “Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo”. Así pues, “El que deseaba copias privadas, acudía a calígrafos especiales. Los copistas emprendedores procuraban juntar un fondo de las obras más solicitadas. Algunos, que disponían de capital suficiente, mantenían un cuerpo permanente de copistas auxiliares. Así, aunque dentro de estrechos límites, comenzó el negocio de las publicaciones”.

El trabajo de editor y librero, unido entonces, puede darnos la idea de que tomaba en cuenta al autor como parte de la cadena gananciosa. Al parecer no fue así ni por asomo: “La reproducción y distribución de las obras no significaba ganancia alguna para los autores. Se publicaban ‘por amor al arte’, y acaso por conveniencia política en ciertas circunstancias”, de modo que “En tanto que los editores se enriquecían, los autores de Roma, no menos que sus colegas de Grecia, tenían que conformarse con lo que llamaba Juvenal ‘la hueca fama’. Los autores antiguos nunca esperaron que su trabajo, con ayuda de los editores, les resultase remunerativo”.

Para copiar los libros, a veces dictados en grupo con el fin de multiplicar un mayor número de ejemplares, se apelaba, entre otros, a los “servus literatus”. Esta labor del editor-librero atendía las exigencias del mercado: “Una firma bien organizada [como la de un tal Ático, apoderado de Cicerón] podía en unos cuantos días lanzar al mercado cientos de ejemplares de un nuevo libro. Cicerón se muestra tan indignado que habla de ‘libros llenos de mentiras’, donde ‘mentira’ viene a ser nuestra ‘errata’”. Y “Así pues, para estos días el comercio del libro era ya muy importante y extenso. Pero no podemos presumir que los manufactureros fijaran de antemano, como se hace hoy, la cifra de las ediciones. Sin duda comenzaban por un número limitado de ejemplares, singularmente si el autor era aún poco conocido, para así tantear el comercio”.

Muchísimos más datos de interés contiene Libros y libreros en la antigüedad, como los que espiga sobre el plagio y la fama pública obtenida o no por quienes escribían: “Marcial, Juvenal y Plinio, todos ellos convienen en que ‘el escribir da renombre y nada más’. Tácito ni siquiera eso concede: ‘El versificar no da honor ni dinero —dice—. Aun la fama que tanto anhelan como único premio los poetas, a cambio de sus luchas y afanes, menos les sonríe a ellos que a los oradores públicos’”. O sobre el auspicio, el mecenazgo: “El sarcástico Sila concedió un sueldo a un mal poeta que le consagró un poema bombástico y bajamente laudatorio, pero imponiéndole la condición de que no escribiera más en su vida”.

Voy cerrando. No sé si en las palabras citadas de Alfonso Reyes se siente que han avanzado los siglos y no hay mucha diferencia entre aquel pasado y este presente. Significa entonces que quien abraza la tarea profesional de escribir debe saber que dos milenios no han servido para hacer de la profesión una forma de vida que le garantice nada, ni fama las más de las veces. Más vale pues saberlo desde ya para seguir con abnegación o abandonar a tiempo tal empeño.

miércoles, mayo 07, 2025

Los anticuerpos de siempre













Enrique Macías recién me ha compartido un artículo que en efecto aguijó mi interés. En él, Arturo Pérez-Reverte despotrica contra las editoriales y los autores que en asociación ilícita revientan el mercado con libros sin mérito alguno. El alegato es general, abierto, casi para que cualquier empresa productora de libros se sienta parte del problema. Es difícil, imposible más bien, no coincidir con el escritor español, aunque el riesgo de abrir tanto el abanico es que en él quepan libros como los del mismo crítico: novelas y sagas diseñadas para el éxito de ventas, que al parecer es el único éxito que hoy importa.

Afirma el padre del capitán Alatriste: “Dense una vuelta por las mesas de novedades y comprobarán que lo de Jeosm [un fotógrafo amigo suyo que fue invitado a escribir una novela de lo que sea con tal de venderla] no es anécdota suelta, sino indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura. Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta”.

¿No es este fenómeno similar al que se da en todas las artes? ¿Acaso no sobreabundan las propuestas de todos los pelajes? ¿Es posible frenar la avalancha de objetos culturales cuya única razón de ser es el propósito de lucro? Más adelante, observa: “No hay presentador de televisión, youtuber, influencer o famoso que, por iniciativa propia o inducida, en sus ratos libres, que por lo visto son muchos, no pruebe suerte con la tecla”. Particularizar, decir que los youtubers y los influencers son quienes infestan el mercado del libro es casi improcedente, pues en realidad el tumulto de los que hoy producen libros no se restringe a un tipo específico de persona. Es más fácil decir “cualquiera”, o al menos “cualquier famoso”.

Tampoco es un mal sólo atañedero a la literatura, al libro. Hoy, tras el boom de la comunicación digital, cualquiera que tenga un celular y una cuenta de red social puede ser actor, cantante, fotógrafo, estrella porno, politólogo, orientador vocacional, conferencista, científico, mago, cómico, chef... Un poco de fama previa y algo de suerte pueden facilitar cierto éxito, como pasa con los exfutbolistas que ahora se han autohabilitado de entrevistadores en streaming o perpetradores de tik toks.

En este mundo revuelto nos movemos ahora: el de los “creadores de contenido” que se reproducen como chancros. Lo que debemos invocar no es que desaparezcan equis o zeta productos, aspiración hoy imposible de satisfacer, sino alentar en los consumidores la procura de un cedazo con la cuadrícula más cerrada; es decir, lo de siempre. Quien lo logre al final terminará encontrando que lo bueno, lo meritorio, lo atendible, es lo mismo que ya había antes de que fuera tan fácil la multiplicación/exhibición de la estupidez. 

miércoles, abril 02, 2025

Trato de borrador

 










Hay escritores que escriben apenas amanece, otros prefieren trabajar de noche y algunos incluso de madrugada; hay escritores que aman los reflectores, otros prefieren vivir ocultos; hay escritores que beben para poder trabajar, otros lo evitan; hay escritores que escriben primero a mano, hay otros que van directo a la computadora. Cada cual sus gustos, cada cual sus métodos y sus manías. En cuanto a lo publicado, hay escritores que releen y corrigen, y hay otros que prefieren olvidarse por completo de volver a las páginas ya puestas en circulación. Hay, en suma, de todo.

Sabemos que José Emilio Pacheco fue de los obsesivos. Cada vez que se presentaba la oportunidad de reeditar alguno de sus libros, metía mano al contenido, pulía y repulía como si los textos fueran un borrador y no un producto definitivo. Más allá de que no simpaticemos con su política, es un hecho que en el fondo le asistía la razón: toda obra literaria publicada supone una renuncia al menos provisional, la del autor que en algún momento del trance creativo dice “hasta aquí” porque no tiene otro remedio, no porque de veras sienta que ha concluido tal o cual obra.

Esta es la razón por la que Alfonso Reyes, se dice, afirmó que publicaba para no pasarse la vida corrigiendo, o en otras artes, da igual, Leonardo al comentar que las obras no se terminan, sólo se abandonan. Si son ciertas esas afirmaciones, no se equivocaron, de ahí que por más terminada que parezca, la obra es susceptible de una eterna mejoría, lo que de paso supone la posibilidad de no mejorarla e incluso estropearla en el camino de los cambios.

En uno de sus incontables artículos, Pacheco dice que Jaime García Terrés opinó sobre una muestra con poemas de varios autores. Allí, al opinar sobre José Emilio Pacheco, el crítico señala: “cuando se poseen capacidades, como es el caso, es necesario no dejarse llevar por la facilidad, convertirse en el amo, y no el esclavo de la materia verbal”. Pacheco concluye: “Interioricé la advertencia y cada vez que se me presenta la oportunidad reviso ‘Árbol entre dos muros’ [su poema] y le doy trato de borrador aunque ya esté en varios libros”.

Dar “trato de borrador”, dijo, y vuelvo al inicio: unos creen que esto no es recomendable, pues multiplica las versiones publicadas. Otros no: quisieran corregir hasta que la vida, y no la obra, llegue a su punto final.

miércoles, febrero 19, 2025

De portadas

 












Todavía hoy, la palabra “portada” conserva en su segunda acepción un sentido casi muerto: “Primera plana de los libros impresos, en que figuran el título del libro, el nombre del autor y el lugar y año de la impresión”. Es hasta la cuarta acepción donde define lo que se entiende ahora de manera casi absoluta: “Cubierta delantera de un libro o de cualquier otra publicación o escrito”.

El primer significado se debe a que durante muchas décadas que incluso suman siglos, los libros no tenían portada en el sentido que damos actualmente a esta palabra. En la época del libro escrito y copiado a mano, las cubiertas solían carecer de datos, y no era sino hasta la primera o primeras páginas donde comenzó a asentarse la información general del libro. Tras la invención de la imprenta, este uso continuó de manera casi idéntica: el encuadernado exterior no identificaba al libro, así que los primeros datos básicos aparecían apenas se le abría.

Fue hasta el siglo XIX cuando los libros comenzaron a tener rasgos de identificación en su exterior, portadas tal y como las entiende el lector de hoy, aunque muchas, quizá la mayoría, eran sólo tipográficas, sin imágenes.

El siglo XX vio el estallido gradual de la imagen en todos los espacios impresos y con ello la llegada de portadas con diseños no sólo tipográficos, sino plenamente icónicos: los grabados, dibujos y fotografías se convirtieron en un rasgo ya no meramente accesorio del libro, sino en su “cara”, la mejor forma de individualizarlo.

Como la palabra lo insinúa, “portada” viene de “puerta”, y no es exagerado decir que por allí entra el primer flechazo que propina el libro a su potencial lector. En mi trato con ellos, siempre reparo en sus detalles, procuro identificar su estilo, y no me queda duda de que hoy las editoriales tienen equipos de diseño extraordinarios, expertos en la composición y el manejo del color y otros rasgos, como los troqueles y los suajes al estilo de los que usa en México la editorial Almadía. Sin embargo, soy un adicto demodé a las portadas tipográficas, sobre todo a las de los años cuarenta y cincuenta. Me coloco pues en medio de las dos definiciones de la RAE que cité en el primer párrafo, aunque sin dejar de admirar el trabajo impresionante en portadas como las de Alianza Editorial, por citar sólo un caso de evidente perfección y equilibrio entre lo icónico y lo tipográfico.

sábado, diciembre 14, 2024

Biblioteca de JLM

 











Si una bibliomanía juzgo bienvenida, esa es la bibliomanía ejercida al modo de José Luis Martínez (Atoyac, Jalisco, 1918-Ciudad de México, 2007). No la del enamorado de los libros que, sin ser del todo censurable, es más bien una de las mil maneras del coleccionismo, de la acumulación por el solo orgullo de poseer, en este caso libros. Aunque en algún punto cercana a la anterior, la otra posibilidad busca trascender la superficialidad de la mera tenencia bibliográfica por las utilidades intelectuales de un repositorio bien nutrido. JLM fue, entre los eruditos mexicanos, un hombre que acumuló cientos de libros cuyo fin no fue ornamental ni retentivo, sino generador de más conocimiento; es decir, su acervo acusó propósito de fábrica y no nomás de bodega.

Espigo la anterior idea sobre el afán libresco de JLM a partir de mi visita a La biblioteca de mi padre (Conaculta, 2010, Ciudad de México, 107 pp.), testimonio escrito por Rodrigo Martínez Baracs, hijo del gran ensayista atoyaquense. En las páginas de esta memoria filial, Rodrigo Martínez describe con minucia lo que promete su título, así que de un jalón recorremos setenta años de incansable búsqueda, clasificación, lectura y divulgación bibliográfica, la emprendida por el quizá y sin quizá principal conocedor de la literatura mexicana del siglo XX. Al final, y sobre esto no parece haber acuerdo en el mismo libro, JLM reunió en su casa de Rosseau 53, en la capital de nuestro país, poco más de 50 mil títulos.

Además de los paratextos introductorios y apendiculares (uno de ellos de Consuelo Sáizar), La biblioteca de mi padre contiene nueve capítulos. En ellos aborda “La formación de la biblioteca”, “Los grandes fondos”, “Historia”, “Arte y libros de formato mayor”, “Enciclopedias, diccionarios y libros de consulta”, “Filosofía”, “Estudios literarios y filológicos”, “Revistas y suplementos culturales”, “Ciencias y educación” y “Cocina”. A partir de tal índice ya podemos hacernos una idea de la biblioteca de aquel padre, un corpus que convirtió a JLM en una institución metida en el cuerpo de un ser humano elegante y generoso. Además de la descripción textual, Martínez Baracs añade algunas fotos de las habitaciones de la casa que al final no tuvo pared virgen, pues todas fueron usadas para empotrar anaqueles.

Casi idénticas son dos frases que campean en el libro: “mi padre” y “la biblioteca de mi padre”. No podía ser de otra manera, pues con la primera entra a cada acción de su progenitor en virtud del trabajo intelectual por él acometido (“Mi padre empezó a comprar libros sistémicamente a los 18 años  en Guadalajara…”) , y con la segunda ingresa a cada recoveco del repositorio instalado en la propia casa de los Martínez (“la biblioteca de mi padre incluye todo lo más importante que se editó y publicó sobre el tema [prehispánico] en los siglos XIX y XX”).

Cuenta el autor que JLM comenzó también muy joven con la pesquisa y resguardo de hemerografía. Para ganarse la vida, fue funcionario público en varias ocasiones, algunas de ellas como embajador. Para mí, su cargo más recordado y ceñido a su vocación será el de director del FCE, que asumió de 1977 a 1982. Allí prosiguió la benemérita labor editorial del Fondo, y entre sus mayores logros se incluye la creación de la serie facsimilar de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas cuyos originales fueron tomados del repositorio preservado por el propio director. Esta serie, para mí, es un tesoro.

Su hijo cuenta en el primer tramo del libro cómo y dónde su padre armó la biblioteca. Por supuesto, mucho de bibliómano había en él, pues hurgaba en catálogos, rastreaba en librerías de viejo, se suscribía a colecciones y compraba revistas y suplementos con rigurosa disciplina. La amistad y el contacto con escritores y editores le permitió recibir novedades, y en algunos casos los viajes facilitaron la consecución de más títulos raros o inconseguibles en México. Algunos, por cierto, no pudo tenerlos por lo estratosférico del costo.

Martínez Baracs explica que no sólo era reunir y llevar a casa. Luego de conseguir un libro, seguía la labor de ubicarlo en el sitio temático adecuado y a ritmo sostenido escribir los estudios que fraguó con rigor de inverstigador celoso del dato exacto y la aguda observación. Las disciplinas que lo apasionaron no fueron pocas: literatura mexicana desde el periodo previrreinal hasta el presente, historia, arte, lengua y estudios literarios, filosofía, antropología, entre otras.

El recorrido es, inevitablemente, un compendio de nombres propios famosos y no tanto. Escritores, editores, libreros, funcionarios remotos y cercanos en el tiempo y el espacio aparecen aquí en virtud de los libros a ellos vinculados. Describe su obsesión en la búsqueda de títulos para tener todo al menos en lo concerniente a sus intereses temáticos. El orden, la invasión de la casa, el intercambio, las compras, la autorización para que otros usaran la biblioteca, los robos de los que fue víctima, el rastreo en los viajes, las fotocopias cuando tal o cual libro no estaba a su alcance... una máquina, pues, de reunir, organizar y estudiar papeles para generar, a partir de esa labor hercúlea, trabajos que hoy constituyen parte de lo más valioso que tiene la cultura mexicana. Si ya en sí misma la configuración de la biblioteca-monstro era un gran servicio al país, JLM lo complementó con la hechura de sus libros, de ahí que la suya no fue una colección de bon vivant, egoísta, sino el motor de un trabajo cuyo fin estaba en la gestación de una obra inteligente y útil para los demás. La biblioteca de mi padre comparte algunas anécdotas, como ésta: en una ocasión Agustín Yáñez visitó a su paisano y amigo JLM, vio dos de sus libros primerizos y simplemente los tomó y se los llevó, “pues no quería que se leyeran ni que nadie los tuviera”. También contiene, para bien, la buena noticia de que la biblioteca no terminó despedazada en Donceles, sino adquirida por el gobierno mexicano para su resguardo, ampliación y consulta.

El paseo por estas páginas motiva en automático una reflexión sobre la tenencia de miles de libros. ¿Para qué?, se preguntarán quienes ven esto como una incomodidad. Tienen razón, es una incomodidad, pues los libros pesan, ocupan mucho espacio, se empolvan, demandan más cuidados que un jardín y, cuando son muchísimos, fuerzan la radicación fija de su dueño, dado que el embalaje y la mudanza son pavorosos. Sin embargo, aunque en escala amateur y en la casi Nada editorial que es La Laguna, entiendo el tipo de lucha que obsesionó a JLM: hay escritores que además de amar al libro como objeto, desean abarcar cuanto sea posible el rizoma de sus intereses. Por eso la ramificación, por eso el fervor de cruzado para llegar a la utopía de conquistar todo el conocimiento. Al igual que cualquier otra utopía, la del saber absoluto es imposible de consumar. Esto no fue obstáculo para el maestro JLM, como ya pudimos atisbarlo gracias a la crónica de su hijo.

miércoles, noviembre 13, 2024

Marcial Fernández en Torreón

 











No con todo el catálogo, pero sí con varios de sus títulos, la editorial Ficticia ha mostrado significativa presencia en las librerías de Torreón. Esto no es poco mérito si consideramos que la distribución es una de las flaquezas del aparato editorial independiente, así que no está de más subrayarlo y subrayar, de paso, que todos los más de 250 libros de este sello han pasado por el visto bueno de Marcial Fernández, creador de Ficticia, quien este viernes 15 de noviembre a las 7 de la tarde ofrecerá la conferencia “La magia de la palabra escrita” en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez.

Sería más que suficiente credencial hablar de todos los libros editados por Marcial, decir que se trata de un editor cuidadoso y tenaz en su propósito de apoyar, sobre todo, a los jóvenes escritores mexicanos. Pero Marcial es más que esto, pues junto a su labor como partero de libros ha construido una obra literaria en la que destacan el humor y la imaginación. Y no conforme, durante muchos años se dedicó, esto como periodista, a la crónica taurina y al artículo cultural. A todo lo anterior hay que sumar el futbol como pasión en dos facetas: como practicante amateur y como promotor de su escritura, pues Ficticia es el único auspiciante de una colección precisamente llamada Ediciones del Futbolista.

No puedo descreer de la semblanza que nos proporciona la web ficticiana: Marcial Fernández nació en la Ciudad de México en 1965. Durante dos décadas se dedicó a la crónica taurina con el seudónimo de Pepe Malasombra. Con dicho heterónimo publicó varios libros de tauromaquia, todos agotados, menos Citar, templar, mandar. Es fundador y editor de Ficticia Editorial, sello especializado en cuentística contemporánea. Con su nombre ha publicado los libros Museo del tiempo y otras ficciones, Máscara de obsidiana, Un colibrí es el corazón de un dios que levita, Los mariachis asesinos, Balas de salva y Andy Watson, contador de historias.

Se trata entonces de un tipo versátil en el sentido hoy más común del adjetivo, de un editor-escritor-periodista cuajado de experiencias, tantas que como conferencista tiene garantizada la gratitud de sus oyentes, como lo he advertido en ferias y encuentros de escritores. No podemos perdernos este viernes sus palabras.

martes, octubre 01, 2024

Iberia Editorial








Iberia Editorial, sello especializado en la publicación de libros y revistas, ofrece desde hace más de 25 años los siguientes servicios:

·        Dictamen de obras literarias

·        Revisión

·        Maquetación de libros (solo con texto o con texto e imágenes)

·        Diseño de portada

·        Escritura de prólogo y cuarta de forros (texto de contratapa)

·        Solicitud de ISBN y código de barras

·        Proceso de impresión y generación del documento en PDF

Ha editado más de 150 libros y más de 200 revistas; si se desea ver el acabado final de algunos libros, puede consultarse alguno de los siguientes tres enlaces:

https://rutanortelaguna.blogspot.com/2023/07/gilberto-prado-galan-exhumacion-de-su.html

https://rutanortelaguna.blogspot.com/2023/07/ecos-de-comala-y-el-llano.html

https://rutanortelaguna.blogspot.com/2023/07/dialogos-contrarreloj.html

El contacto puede establecerse en el siguiente mail: rutanortelaguna@yahoo.com.mx

miércoles, junio 12, 2024

La tentación de releer(me)

 











En una entrevista de radio fui impelido a decir, de memoria, al menos un fragmento de alguna de mis piezas literarias. Defraudé la petición con una verdad: jamás he memorizado nada de lo que he escrito, creo que ni una línea. Esto se debe a la mala memoria y al pudor: si voy a gastar tiempo y neuronas en retener literatura, prefiero, como le he hecho, que sea de algún escritor admirable, no incierto material propio.

Por supuesto que releer la obra personal —para corregirla, no para memorizarla— es parte ineludible del oficio. Esto que ahora escribo para la prensa lo reviso tres o cuatro veces antes de enviarlo al matadero de la publicación. No hay tiempo para más. Con los libros, la relectura para revisar y corregir da mayores márgenes, y sé, porque esto hago, que un libro puede ser leído quince, veinte veces o más cuando es posible o cuando no cede la inseguridad sobre el valor de su contenido.

Ya publicado, la cosa cambia. En mi caso, sufro una especie de aversión a su relectura, como si al llegar a la condición de libro la escritura se desprendiera para siempre de mi ser, tanto que el miedo a reencontrarla muta a pavor. Pero hay una excepción, debo reconocerlo. Ocurre cuando regalo algún libro (de mi autoría, digo) a alguien que admiro. Más de una vez —hace poco lo viví en un par de ocasiones— me veo tentado a pasar la vista por sus páginas para sentir en mi fuero íntimo si algún párrafo tomado y leído al azar no suena mal, para leer como si leyera quien recibió el obsequio. A veces me arrepiento, a veces no, y respiro aliviado como creyendo ingenuamente que al no decepcionarme no decepcionaré. Este es un lío en el que se mezcla la inseguridad, el ego, la incertidumbre, el deseo de ser grato y la tenaz sombra de la frustración.

Hay otro caso excepcional: cuando se abre la posibilidad de reeditar un libro. Esto lo he vivido al menos cinco veces, y en todos los casos por supuesto que aprovecho la circunstancia para releer y pulir con un criterio: sumar la menor cantidad posible de modificaciones, de preferencia todas leves. La labor en tales casos no ha sido traumática, y esto lo atribuyo al hecho obvio de que ya alguna vez, en su primera edición, el material fue celosamente revisado, con lupa a veces, de modo que la lectura previa a la reedición no es un trabajo áspero. Eso sí: jamás queda firme, sólida, la certeza de su calidad final. A lo mucho, el único dividendo obtenido es saber que se hizo lo que se pudo con mirada autocrítica, sin el chantaje interior dictado por la vanidad.

miércoles, enero 31, 2024

Libros de Calasso











He quedado satisfecho y justificado tras leer Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama, 2021), del editor y escritor Roberto Calasso (Florencia, 1941-Milán, 2021). Cierto que nacer donde él nació le da ventaja a cualquiera que apetezca hablar sobre libros, pero no es menos cierto que, si uno lo desea, incluso en una ciudad como la nuestra es posible nutrir una biblioteca digna de este nombre. Esto significa que quien acumula libros en algún momento de su empeño se topará con reflexiones similares a las de Calasso.

Por su aspecto de manual, Cómo ordenar una biblioteca es un título engañoso. No se trata entonces de un método para dar cuadratura decente al acomodo de los libros, sino de un ensayo relajado en el que su autor desarrolla una serie de ideas sueltas, todas enunciadas como en una sobremesa. En medio de la exposición aparecen temas y subtemas observados con inteligencia, serenidad y no escasa erudición, tanta que en algún momento me hizo recordar, así sea de lejos, al apabullante Umberto Eco de La memoria vegetal.

Tiene este libro de Calasso un montón de afirmaciones ideales para la cita textual, útiles para no estorbarlas con una reseña al uso. “Un lector que no sea capaz de fantasear frente a un catálogo es un lector improbable”, con lo que desea refutar la idea de los pocos libros. “Es esencial comprar libros que no vayan a ser leídos enseguida. Al cabo de uno o dos años, acaso de cinco, diez, veinte, treinta, cuarenta años, llegará el momento en el que se sentirá la necesidad de leer precisamente ese libro”, lo que refuerza la idea planteada en la primera cita y echa por tierra la azorada pregunta del visitante en casa: “¿Y ya los leíste todos?”.

Más adelante, brinca a otros subtemas. “No agregar a un libro huellas de la lectura es una prueba de indiferencia —o de mudo estupor—”, con lo que nos invita a leer con lápiz (así lo hago siempre, por eso marco lo que cito en este caso, y uso lápiz, no bolígrafo, que es lo que recomienda Calasso). También recomienda no salir de las librerías (de viejo, sobre todo) sin la sorpresa de lo que no esperábamos comprar. Y esto: “el orden de la biblioteca no encontrará nunca —no debería encontrar nunca— una solución. Simplemente porque una biblioteca es un organismo en permanente movimiento. Es terreno volcánico, en el que siempre está pasando algo, aunque no sea perceptible desde el exterior”.

En fin. Salí de este libro muy tranquilizado. Lo recomiendo.

miércoles, abril 26, 2023

Mesa de editores


 







El jueves 20 de abril pasado el IMCE de Torreón convocó a una mesa de editores laguneros a la que fuimos invitados Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y yo. La moderadora/organizadora fue Nadia Contreras, responsable del área de literatura en el ayuntamiento actual. Quienes asistimos no somos la totalidad de quienes trabajamos directa o lateralmente con lo editorial en La Laguna, pues hay colegas que, como Ruth Castro, se han relacionado aquí con la labor editorial, en este caso específico en la elaboración de libros y no de otro tipo de productos editoriales, como revistas o periódicos.

Por supuesto que una hora, lo que duró el “conversatorio”, es insuficiente para espigar todas las implicaciones que tiene una actividad tan delicada como la edición bibliográfica, pero algo logramos poner sobre la mesa (redonda) para saber en dónde estamos parados como cultores de este oficio. De entrada, creo que coincidimos en afirmar que en nuestra comunidad el trabajo editorial no tiene un perfil estrictamente empresarial, es decir, que no tenemos sellos que auspicien la publicación como apuesta comercial. Tenemos, eso sí, personas que pueden ayudar a los interesados en armar sus libros de acuerdo a los criterios exigidos para que este objeto cumpla con los requerimientos mínimos de calidad.

¿Y cuáles son esos requisitos? Primero, orientar al autor sobre lo que puede hacer de acuerdo a su propósito. Luego, si el autor desea seguir adelante, lograr que el documento se apegue lo más posible a la corrección gramatical, lo que en mucho depende del documento original creado en el mismo Word. Luego, diseñar las páginas con apego a las partes convencionales del libro, establecer su diseño en interiores y portada, y pensar en el tiraje pertinente. Al final, imprimirlo en el sistema que más convenga (por demanda u offset), lo que incluye la posibilidad hoy viable de distribuirlo sólo como producto digital.

Fue una mesa grata, y lo más importante es que permitió el diálogo sobre la confección actual de libros en La Laguna, un fenómeno que en este momento goza de su mayor auge en la historia de nuestra región.

sábado, noviembre 26, 2022

Del libro como vicio

 










Mucho he pensado en la bibliomanía asimilada a otras manías o flaquezas, como si fuera, quizá porque lo es, una adicción, aunque ésta no tiene mala prensa, es decir, que a diferencia, por ejemplo, del alcoholismo, el tabaquismo o la ludopatía, la necesidad de libros no suele provocar daños mayores. En efecto, se puede decir incluso que es socialmente observada como buena, pero esto no le quita el carácter de adicción. Como las otras manías, cuando se satisface con la compra de libros la gratificación es temporal, y por ello, forzosamente, debe repetirse. Como las otras manías, el límite de su ejercicio se encuentra en la disponibilidad de dinero, no en la ecuánime certeza de que la posesión de libros debe atenerse al límite que impone la posibilidad de leerlos, además, en efecto, del que establecen el poder adquisitivo y la capacidad instalada de entrepaños para conservarlos.

Puedo decir, por experiencia, que ni el bajo poder adquisitivo ni una casa de interés social son capaces de detener al buen bibliómano, pues si el dinero es poco, se aprende a cazar ofertas o a hurgar en las librerías de viejo e incluso a robarlos, y en cuanto al espacio, casi todos los entrepaños pueden acoger libros en doble fila, parados unos sobre otros, metidos en cajones e incluso he visto el caso —al que por fortuna no he llegado—  de albergar libros en la cocina y en los baños, libros que desplazan ropa, platos, productos de limpieza...

Esta también es la razón por la que alguna vez llegué a otra conclusión bibliomaniaca. Pasados los años caí en la cuenta de que nunca fui habitué de ninguna biblioteca. Claro que las considero necesarias o, como Borges, una modalidad del paraíso en la vida del lector, pero a mi juicio tienen un defecto: sus libros no son míos. Para un enamorado de los libros como instrumentos de lectura pero también como objetos, como posesiones valiosas en función de su materialidad, el lugar ideal no es, entonces, una biblioteca, sino una librería, sitio en el que los libros están a merced del que los compre.

Ahora bien, en este caso no es tan mala noticia carecer de una billetera ilimitada. Cuando eso ocurre, cuando al bibliómano le sobran los recursos, los antojos editoriales son, como bien lo describe Umberto Eco en su libro La memoria vegetal, permanentes y no pocas veces onerosos. Nosotros, gozadores del libro más o menos convencionales, no sabemos que en alguna parte del mundo hay, en este momento, un ejemplar raro, quizá un incunable, ofrecido al mejor postor y deseado por una jauría dispersa de adictos que lo quieren tener en su colección y son capaces de pagar cantidades de locura para lograr sus selectos propósitos.

No, lo mío no llega a tanto gracias a que mi cartera no da el ancho, y esta es una buena noticia. Lo mío son las librerías convencionales, no la cacería en las profundidades del coleccionismo de carísimas rareza, además de que tengo prohibido invadir mi casa, que es la de ustedes, con libros en donde no deben estar. Venturosamente, estos dos obstáculos me han contenido.


sábado, abril 30, 2022

Intermitencia de libros este martes

 










El ejercicio de la literatura y la necesidad me han llevado a conocer y practicar muchas actividades más o menos próximas. Soy por ello de esos escritores que a los tumbos, en el mundo de la hiperespecialización que hoy vivimos, se han inventado casi de la nada una capacidad, así sea mínima, para avanzar por todo tipo de terreno en el universo del libro. No es lo indicado, lo sé, pues el libro es un objeto que en su cadena de producción demanda competencias específicas para cada eslabón. Mi consuelo es, sin embargo, que nunca en La Laguna hemos tenido un flujo editorial capaz de acoger especialistas en todas las áreas, de ahí la pertinencia de saber un poco de todo a la hora de materializar un libro.

Algunos libros propios —las ediciones de autor por lo común aborrecidas— son la prueba fehaciente de que conozco el proceso en casi todos sus momentos. Es decir, los he escrito, revisado, maquetado, registrado, cuidado en la imprenta, presentado y distribuido, todo a una escala micro, la escala editorial de La Laguna. A los libros ajenos que varias personas han confiado a mis afanes de editor les he dado igual seguimiento: salvo escribirlos, trabajé en su proceso de elaboración con el mejor ánimo de alcanzar un buen producto impreso en forma y fondo, en continente y contenido.

Mi contacto con el trabajo editorial ha rebasado los treinta años, y en este lapso he sido actor y testigo del mundo bibliográfico en nuestra región. Por ello, tras recibir una invitación del Museo Regional de la Laguna para conferenciar sobre algún tema cercano a mis intereses y además atractivo (espero) para el respetable público, pensé en la vida editorial lagunera en los últimos cuarenta años, de 1980 a 2020. Diseñé entonces una conferencia titulada “Intermitencia de libros. Un vistazo al mundillo editorial lagunero (1980-2020)”.

Es, dicho en términos muy amplios, una breve exposición sobre el trabajo de las instituciones y los editores que durante los últimos cuarenta años han dedicado tiempo y recursos a la publicación de material bibliográfico en La Laguna. Se recuentan aquí los momentos y las colecciones impulsadas en este lapso, así como algunos títulos de libros y los nombres más sobresalientes de las personas que han asumido roles de editor en un contexto, el lagunero, habitualmente no muy ventajoso, pues aquí sigue siendo minoritario el hábito de la lectura y por ello la necesidad y posesión de libros.

No se trata de un examen sistemático y detallado de libros laguneros aparecidos en cuatro décadas, sino de una especie de sobrevuelo por algunos hitos y personajes que, por lo general con pocos recursos, han impulsado la presencia del libro local en los entornos del río Nazas.

“Intermitencia de libros. Un vistazo al mundillo editorial lagunero (1980-2020)” es una conferencia con duración de 45 minutos. Será aderezada por algunas imágenes y la ofreceré este martes 3 de mayo a las 7 de la tarde en el Museo Regional de la Laguna, dentro del bosque Venustiano Carranza, de Torreón. La entrada será libre. Ojalá puedan acompañarme.

No salgo de estos párrafos sin agradecer a Gretel de la Peña, directora del Museo Regional de la Laguna, y a Paola Blasio, coordinadora de Comunicación Educativa, por la amable invitación. Confío en que hablaré de algo interesante.

miércoles, junio 23, 2021

Árboles ayer, bosques hoy

 











Hace veinte años, en 2001, Ediciones del Ermitaño, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y la compañía Adobe publicaron El libro y las nuevas tecnologías. Los editores ante el nuevo milenio, obra colectiva en la que un numeroso contingente de profesionales de la edición espigó planteos de cara al momento que se venía encima. Desde entonces a la fecha sigue viva la discusión sobre los cambios provocados por el universo de la comunicación digital, cambios fortuitos y en algunos casos imprevisibles. En 2001 se hablaba todavía, como novedad, del correo electrónico y de la superabundancia de información en la red, pero parecía que estábamos aún lejos del smatrphone, de Whatsapp y de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram y Tik Tok. Era difícil anticiparlo, pero en el lustro que va de 2005 a 2010, y más recientemente en la década que abarca de 2010 a 2020, se han dado cambios mayúsculos en la forma de comunicarnos. Y más: de marzo de 2020 a marzo de 2021 acusamos, debido a la pandemia, un cambio radical en nuestra forma de interactuar, y descubrimos casi como revelación que en los quehaceres académicos e intelectuales era posible sobrevivir, nuevas tecnologías mediante, gracias al trabajo desde casa.

No voy a teorizar sobre la revolución digital ni nada que se le parezca; no tengo competencia para hacerlo y además hay mucho material en todos lados para seguir los hilos de ese debate. Lo único que haré será bordear algunas ideas que parten de mi experiencia de escritor, de editor y principalmente de lector, un lector radicado en la periferia cultural, en el centro-norte de México, específicamente en la Comarca Lagunera, región que, como sabemos, abarca dos porciones significativas de los estados de Coahuila y Durango, México.

Como mis coetáneos nacidos en los cincuenta y sesenta, llegué a la vida adulta pocos años antes de que comenzaran a zumbar en el ambiente las palabras Windows y Macintosh. Egresé de la carrera en 1986 y comencé a trabajar como escritor y periodista en un contexto donde sólo podíamos apoyarnos en soportes de papel. Escribía en máquinas de escribir mecánicas, llevaba personalmente mis cuartillas al diario o la revista, y veía publicados mis textos, con más pena que orgullo, en los medios concretos que tenía a mi alcance. En 1993 compré mi primera computadora, una Macintosh Classic II. La usé cinco años sin conexión de internet, así que me sirvió sólo para escribir, no para hacer todo lo que hoy hacen las computadoras. En aquel momento, a mediados de los noventa, no era infrecuente que a los escritores se les preguntara qué preferían: si la máquina de escribir mecánica o la computadora. Algunos todavía, los verdaderos románticos, y no por mucho tiempo ya, seguían apegados a las Remington o a las Olivetti.

En 1998 compré otra computadora, una Alaska de caja blanca, y en ella contraté por primera vez internet y tuve mi primer correo electrónico. Durante dos décadas yo había obtenido información sólo en papeles, en libros, periódicos y revistas. Por mi trabajo sentía el imperativo de conseguir todo lo que fuera posible, acumular papel como un castor acumula madera. No había nacido en una familia con biblioteca, así que la fui armando desde cero. Cuando comencé a editar más o menos en serio, en 1990, me convertí en adicto a las revistas y a los suplementos culturales. Semana tras semana, mes tras mes, compraba las siguientes publicaciones: las revistas Plural (1971), Vuelta (1976) y Nexos (1978), y los fines de semana varios periódicos de la capital para extraer de ellos los suplementos: Unomásuno (1977) por el suplemento Sábado (1977); La Jornada (1984) por La Jornada Semanal (1984); Novedades por El Semanario; Excélsior (1917) por El Búho (1985); Reforma (1993) por El Ángel (1993) y El País (1976) por Babelia (1991). Estos espacios, más los libros que conseguía básicamente en las tres o cuatro librerías de Torreón, constituyeron mis lecturas de aquellos años. Hoy, creo que los suplementos más llamativos son Confabulario de El Universal (1916) y Laberinto de Milenio (2000), pero sospecho que sin la influencia de los suplementos de hace veinte años.

Sin saberlo, fui uno de los últimos y asiduos consumidores de papeles de ese tipo en un siglo en el que se vivió el boom de las revistas y los suplementos culturales encartados en los diarios. Poco a poco supe que estas publicaciones se convirtieron en obsesión de los artistas, sobre todo de los escritores y los intelectuales, pues, al margen del libro, los espacios periódicos servían para desahogar asuntos y preocupaciones coyunturales, posturas políticas o producción literaria en marcha. Por mencionar sólo algunos casos representativos en el orbe hispánico, uno de los modelos fue la Revista de Occidente, fundada en Madrid hacia 1923 por Ortega y Gasset. En 1931 nació Sur, de Buenos Aires, fundada por Silvina Ocampo. En La Habana, José Lezama Lima y José Rodríguez Feo fundaron Orígenes hacia 1944, y, en México, entre los veinte y treinta nacieron varias revistas importantes como Contemporáneos, de 1928, dirigida por el poeta Bernardo Ortiz de Montellano. Hay, claro, muchas revistas más, como la peruana Amauta, de José Carlos Mariátegui, fundada en 1926, y la fiebre por tener un órgano de difusión no se diluyó durante todo el siglo XX. Esto se puede notar en la biografía sobre Paz escrita por Krauze, donde el historiador enfatiza que tener una revista fue una obsesión abrazada por el Nobel mexicano durante toda su vida (de alguna manera, pues, el fervor hemerográfico del siglo se puede medir en el arco vital de Paz: de 1914 a 1998). Aunque tarde y en el rango provinciano, La Laguna no estuvo ajena a este contexto, pues en el XX nacieron y desaparecieron las revistas Cauce, Suma, Estepa del Nazas, La Paloma Azul, los suplementos Opinión Cultural, La Tolvanera, entre otras publicaciones, cada una con una vida que frisó los diez años.

Estas publicaciones servían hacia afuera para informar y entretener al lector, y hacia adentro como dispositivos editoriales para aglutinar grupos más o menos afines en sus inquietudes estéticas y políticas. Luego de varias apariciones, el lector podía notar un aire de familia en cada publicación, cierta sintonía espiritual o ideológica, incluso asomaba en ellas alguna condición de secta con oficiantes algo sacralizados. Parecían muchas publicaciones, pero, como yo mismo lo experimenté durante casi veinte años, y aunque cada mes compraba tres revistas y cada semana me hacía de cinco o seis suplementos, no eran tantas, así que las iba leyendo poco a poco, durante la semana, de modo que vistas desde ahora me dan la impresión de que configuraban productos insumibles en una escala humana, material viable para ejercer en sus páginas una “lectura sosegada”, como la llama Álex Grijelmo.

Luego de este sucinto y algo aparatoso, aunque forzosamente incompleto, recorrido por las revistas y los suplementos, tengo hoy la impresión de que mucho ha cambiado. No digo que para mal; no digo, como el poeta, que todo tiempo pasado fue mejor, sólo consigno parte de lo que ha cambiado. El hecho de que hoy podamos acceder por la red a la revista digital de algún cuentista radicado en Huimanguillo, Tabasco, o a los contenidos de las revistas más prestigiadas en todos los países y de todos los idiomas, ha reducido a casi nada el estatus del colaborador de revistas, ha diluido la idea de grupo artístico compacto y nos ha llevado a pulverizar nuestros intereses en mil partículas editoriales. Digamos que ahora no tenemos revistas, sino enlaces a textos específicos que al multiplicarse por cantidades inhumanas, forzosamente torrenciales y fragmentarias, crean cierta anhedonia o falta de placer en el lector, de ahí que hoy padezcamos algo aproximado al síndrome del niño rico: tenemos todo, y como tenemos todo, nada nos exalta, nada nos entusiasma, nada nos sorprende.

Perdimos la visión de los árboles; hoy todo es bosque, infinito bosque, y en él tenemos que buscar la manera de volver a la sorpresa del hallazgo que nos seduce y nos obliga, como en los viejos tiempos, a leer con atención, sosegadamente.

sábado, mayo 15, 2021

Cómo publicar un libro

 








Hay una inquietud que con frecuencia me comparten en persona o mediante el mail o el teléfono: cómo publicar un libro. Varía mucho quien pregunta, y pueden ser el autor del libro o el padre, tío, abuelo, primo, amigo, vecino, hijo, nieto del autor. La edad de quien escribió el material susceptible de convertirse en libro puede ser la que sea, y también la profesión, el género, la solvencia intelectual y la posición económica. Las combinaciones son numerosas, pero su común denominador es básicamente el mismo: todos ignoran qué hacer para publicar un libro.

Vamos a descartar de estas variantes a dos tipos de autores: los que por su trayectoria, fama, prestigio y/o número de libros publicados tienen a merced un montón de editoriales comerciales ávidas de publicarles, como, pongo dos ejemplos descomunales, Mario Vargas Llosa o Shakira. La colombiana, que yo sepa, no ha publicado un libro, pero si lo escribiera no tendría que preocuparse de nada, pues cualquier editorial poderosa se lo contrataría y haría todo (incluso escribirlo). El otro caso descartable sería el de quienes sin ser Vargas Llosa o Shakira se dedican a escribir, tienen contactos en editoriales o saben que ciertos gobiernos y demás instituciones oficiales publican de vez en cuando. Ellos no tienen la inquietud que mencioné al principio, han aprendido a moverse en el mundillo cultural y no falta incluso que los inviten a publicar.

Para responder, pues, la pregunta disparadora de este apunte voy a proceder de manera muy general. Imaginaré a alguien que por primera vez escribe algo. En este caso no sabe nada sobre el proceso editorial, sólo tiene un archivo de Word con 150 cuartillas, por decir una cifra. Lo primero que se le debe preguntar es qué desea obtener con el libro. Es una pregunta que parece boba, pero no lo es tanto: se plantea porque algunas personas aspiran a ganar fama y dinero con su libro, y otras sólo a publicarlo. Si se desea lo primero, en un ingente número de casos se trata de una aspiración delirante. Quizá leyeron una nota sobre lo que ganó J.K. Rowling con su saga de Harry Potter y piensan: “Yo puedo hacer eso”, y lo intentan, escriben una historia y piensan que ser J.K. Rowling consiste nada más en escribir y ya, sin considerar ninguna de las mil combinaciones que llevaron a la creadora del Colegio Hogwarts a conseguir el codiciado éxito. No me gusta derrumbar sueños de ningún tamaño, pero escribir porque luego de escribir sobrevienen sin remedio el prestigio y la fortuna es más ilusorio que aspirar a ser Pavarotti luego de fungir como vocalista de La Trakalosa. Quien publica debe saber de entrada que tal vez no vaya a leerlo ni dios y, por ende, que sus ganancias económicas serán extraodinarias, pues se reducirán a cero.

El otro caso es el de quienes sólo desean publicar su libro sin ambicionar nada extra, quienes quieren cristalizar el anhelo de ver materializado el fetiche llamado libro y así, quizá, cerrar el círculo cursi según el cual también es imperativo tener un hijo y plantar un árbol. Se trata de una apetencia legítima, sin duda, y para satisfacerla se pueden seguir tres caminos.

El primero, tratar de buscar un dictamen favorable en una editorial comercial, institución que es una empresa y, por ello, para invertir en libros usa criterios de mercado ajenos por completo a la misericordia. Es una senda tortuosa, pero viable. Hay que enviar el libro y esperar lapsos kafkianos para recibir, en casi todos los casos, una negativa. A veces la respuesta es rápida: cuando la editorial indica, sin pelos en la lengua, que no recibe propuestas, es decir, que no hace obras de caridad.

El segundo es tratar de encontrar una institución pública (gobiernos, centros culturales, universidades…) que tenga presupuesto para publicar. Puede ser que aquí la cosa prospere, pero si es así es necesario olvidarse de cualquier ganancia económica para el autor. Su ganancia será publicar, si es que el proyecto cuaja.

Y última, autofinanciar el libro. En este caso el autor debe saber que el proceso para llegar a la satisfacción de su deseo, el libro, no es del todo económico, pues es recomendable pagar a un editor y luego la maquila del libro. No anoto nada sobre los costos totales, dado que dependen de muchísimos factores, como la urgencia, la calidad del editor, el desaseo o la pulcritud del manuscrito, el tamaño, el tiraje y los materiales del libro apetecido. Lo cierto es que hacerlo motu proprio provoca con frecuencia desaguisados bibliográficos.


sábado, diciembre 19, 2020

Ferias 2020 sin encanto


 








Si bien no he sido, como Juan Villoro o Paco Taibo, habitué de todas las ferias del libro que en el mundo hay, tampoco me considero un relegado/renegado de esos espacios. Al año, movido por una mezcla de obligación laboral y vocación de lector, asisto en promedio a tres o cuatro ferias desde hace al menos dos décadas. En estos espacios encuentro lo mismo que muchas personas vinculadas con el medio editorial: presento libros propios y ajenos, compro libros, establezco contactos editoriales vinculados con mi chamba y, lo fundamental, reencuentro amigos que para bien y para mal andan en los mismos ilusos trotes. Las ferias siempre son, por ello, como el beisbol: una cajita de sorpresas, así que si uno es lector/escritor/editor más vale apersonarse en tantas como sea posible.

Creo que antes del 2000 participé en una o dos ferias, aquéllas que organizábamos para ver si prendía entre nosotros, los laguneros, el amor por el libro. Los resultados jamás fueron halagüeños, pero la lucha se la hacía. Gracias a esos primeros intentos me quedó la idea de que las ferias en México eran veinte localitos con libros y unas diez presentaciones/conferencias de escritores. Sin otro punto de comparación, en 2001 fui invitado por primera vez a la FIL Guadalajara. El país invitado fue Brasil, y recuerdo que para llegar tomé un vuelo de AeroCalifornia, línea caracterizada por la precariedad de su servicio, lo que incluía el alto riesgo de sufrir percances. Poco antes de llegar a la FIL ya me había creado en la imaginación un cuadro de lo que encontraría, pero me quedé corto, cortísimo. Mi primer día en la FIL fue epifánico. Era inmenso el local para contener lo que se movía allí dentro, una turba incesante de editores, libreros, periodistas, escritores, organizadores y, como suelen llamarlo, “público en general”, en este caso adultos, muchos adultos, y cientos, miles y miles de jóvenes y niños. De modo que esta bestialidad es una feria, pensé, y entonces perdí el candor y supe lo que significa la convocatoria del libro en todos sus géneros y formatos.

Gracias a que recién había publicado una novela en Planeta, los encargados de prensa dispusieron que participara en dos mesas. En una de ellas, con jóvenes escritores mexicanos (todavía lo éramos en 2001), me tocó figurar, entre otros, junto a David Toscana y Eduardo Antonio Parra, quienes en aquel momento ya tenían buen cartel, aunque por supuesto no el que alcanzarían poco después.

Luego de esa primera feria le cobré cierta adicción al fenómeno, y digamos que ir a Guadalajara se convirtió año tras año en rito de noviembre/diciembre, y aunque es cansado y caro, el peregrinaje nunca ha dejado también de ser interesante.

Otras ferias me han ocurrido en medio de cada FIL: Minería, Arteaga, Monterrey, Hermosillo, Tijuana, Xalapa, Buenos Aires, Durango, Pachuca, y en todas he sentido el placer de estar en algo que me concierne así haya asistido en la faceta de mero público. Por eso ahora, en este año infausto y de ferias digitales, no es lo mismo. El esfuerzo se pone, participé en un par mediante las herramientas de la virtualidad, pero francamente no resultan atractivas. Basta sentir lo que se siente en las ferias vía internet para concluir que Zoom, Meet y todo lo que quieran son apenas tristes paliativos, y al menos en el corto plazo las ferias virtuales no serán capaces de suplir a las otras, las que convocan sudorosos tumultos de carne y hueso en torno al libro.