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miércoles, septiembre 09, 2026

Sumar lecturas


 










En una entrevista ya no tan reciente le preguntaron a César Aira qué leía. No un libro específico, sino en general. Respondió que desde hace aproximadamente veinte años ya no lee novelas, sólo poesía. Esto me llevó a pensar una vez más en las peculiaridades de la vida literaria, en que cada escritor-lector va construyendo sus hábitos de una manera secreta e imprevisible, y muchas veces son las entrevistas el tirabuzón que jala hacia la superficie lo que cada autor tiene por cotidiano o preferido.

Eso de leer sólo un tipo de libros, sólo un género, jamás se me dio. Quizá es una deformación, una costumbre que dispersa y provoca la pérdida de foco, pero nomás no pude nunca con un solo tipo de libro. La lectura entonces se me disparó hacia muchos puntos, tantos que no es cómoda su clasificación. Se dio incluso un fenómeno muy curioso: en lugar de limitar uno o dos caminos a esta altura de la vida, cuando se supone que ya no hay tanto tiempo para perder, sumé una gran línea temática que denomino “del pensamiento”.

Por supuesto, seguí muy arbitrariamente con las novelas, los libros de cuento, la poesía, el ensayo literario, el periodismo y la historia, y en este menú sumé a sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos y en alguna medida filósofos, esto como resultado no tanto de una preocupación espontánea, nacida dentro de mí, sino por exigencia de la realidad exterior. Hasta hace quince años, por decir, yo estaba cómodo con mis libros, mis géneros y mis autores, y este gusto permanece vivo, pero algo pasó y sigue pasando.

Los vertiginosos cambios que trajo la comunicación digital, y hoy la revolución incierta de la IA, me han hecho manita de puerco para tratar de encontrar explicaciones a lo que considero en varios sentidos desastroso. No dejo de leer ficciones o poemas, eso está siempre a la mano, pero en alguna etapa me pareció insuficiente. Allí fue donde entraron los pensadores, esos analistas de la realidad que en muchos casos pueden ser densos e intragables, y en otros tantos verdaderas luminarias del análisis que necesitamos para tratar de asir una explicación en medio del caos que es nuestra época. Explicar, por ejemplo, que sea posible burlarse de la invalidez en las redes sociales, explicar que se crea en la teoría del derrame, explicar el auge de la meritocracia... No sé. Hay mucho, muchísimo que explicar en todos los rincones de la vida cotidiana, y la única forma de hacerlo, o al menos de intentarlo, es añadiendo lecturas, no restándolas.

miércoles, agosto 12, 2026

Abuso de la literatura


 







En un soneto de Borges, no el más famoso, la voz poética imagina durante los primeros versos una posibilidad de encontrarse con el ser amado. Pocas líneas más adelante sobreviene la fea realidad: “Esas cosas no son”, dice, y después confiesa: “Otra es mi suerte”. Entre lo que sí tiene todos los días, ciertamente menos valioso que la posesión imposible del ser amado, es “el abuso de la literatura” y la certeza de que morirá tarde o temprano, como cualquiera.

La expresión “el abuso de la literatura” mueve a pensar en lo que significa insumir literatura en un mundo que jamás la apreció mucho y que para agravar la situación poco a poco se ha vuelto más pragmático, más vinculado a tareas y habilidades que, a diferencia de la literatura, buscan convertirse sin subterfugios morales en dinero. En el universo del éxito no es muy común que aparezcan los escritores serios, aquellos que dicen no venderse.

“El abuso de la literatura” es, creo, por ejemplo, leer mucho. ¿Qué beneficio inmediato arroja esta práctica que no sea el espiritual? Se podrá decir que, tal vez, quien lee un libro literario tiene en términos prácticos un conocimiento que luego puede intercambiar, convertir en moneda de cambio en cursos o reseñas, pero afirmar esto no deja de ser una idealización demasiado optimista y una conversión del acto puro de leer en una chambita.

“El abuso de la literatura” se ha convertido en muy pocos casos en estabilidad material. Leer o escribir mucho no se traduce ni a corto ni —mucho menos— a largo plazo en tanque de oxígeno para quien abusa de las dos actividades. Al contrario, las dos suelen sumarse a las que ya de por sí soporta el sujeto literario, pues por defender su abuso de la literatura termina manteniendo la lectura y la escritura como quien mantiene estómagos voraces e improductivos.

En este escenario, quien decida el camino de la literatura y su abuso sostenido debe contar con un escudo para guarecerse de la frustración, alimaña que siempre acecha, sobre todo al término de cada mes, cuando llegan las cuentas por pagar. Quien no lo haga puede terminar en un pozo hondo y oscuro. Ahora bien, y esto es curioso y paradójico, allí abajo sólo podrá defenderse con aquello que lo hundió: el abuso de la literatura.

sábado, agosto 01, 2026

Viaje al fondo del Fondo

 











Desde hace muchos años, quizá cuarenta o poco menos, tengo dos o tres devociones bibliográficas irrenunciables. Una de ellas es, sin duda, la que guardo por el Fondo de Cultura Económica, el sello editorial más importante de México y, si me apuran, de Latinoamérica toda. Un viejo artículo de 1994, creo que ya perdido, testimonió en las páginas de un suplemento cultural mi fervor por los libros del Fondo y el enorme servicio que han brindado desde el 4 de septiembre de 1934, fecha de su fundación. Vamos pues, ya, encaminados a su primer siglo de vida y el Fondo, más allá de cualquier turbulencia coyuntural, sigue firme como una casa editorial enorme para el conocimiento y la imaginación, para toda forma de expresión escrita y gráfica, humanística en suma. El FCE me enorgullece en la materialidad de los muchos, de los muchísimos libros que de su catálogo figuran en mis entrepaños, más de los que la biología me dará tiempo de leer.

No poco de proeza tiene recorrer la historia de una institución como el FCE. Las editoriales grandes, y ésta lo es, ramifican su hacer de tal manera que en potencia su historia podría llenar muchos tomos, una enciclopedia. Del Fondo, por ejemplo, cabría explorar la historia de su origen (e incluso de la situación previa del libro y la edición en México), sus directores, sus autores, sus editores, sus colecciones, sus sucursales, su producción y su distribución, por enumerar los ítems más amplios y salientes en un estudio potencial. De hecho, ya hay libros que se internan en el pasado del Fondo, como Historia de la Casa (FCE, 1994), de Víctor Díaz Arciniega, o, más recientemente, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México (FCE, 2016), de Javier Garciadiego.

Ya compraba y leía libros del FCE cuando llegaron a mis manos las Memorias (Joaquín Mortiz, 1976) de Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo. Dado el género del libro, el economista e historiador dedicó algunas páginas a recordar cómo nació la casa editorial. Al final del “Tramo octavo” (Cosío Villegas dividió su memoria en “tramos”), dice lo siguiente: “El hecho es que en enero de 1935 apareció nuestro primer libro, El dólar plata (¡traducido por un poeta! [Salvador Novo]), y que de allí seguimos hasta hacer del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a la educación y la cultura de México y de todos los países de habla hispana. Valdría la pena hacer su historia, pues el libro que la recogiese resultaría sumamente aleccionador”.

Libros hay ahora, entonces, abocados a bucear en el pasado del Fondo, y uno de ellos es De México para América entera. Pequeñas historias del Fondo de Cultura Económica (Grano de Sal, 2019, México, 300 pp.), escrito por Rafael Vargas Escalante y prologado por José Woldenberg. El subtítulo insinúa un abordaje modesto (“pequeñas historias”), pero sólo admite, quizá, y eso a veces, el adjetivo nomás por la extensión de cada estancia, no por la espesura y el valor de su contenido. Si no conté mal, son 37 textos que equivalen, cada uno, a una ventana para asomarnos al pasado de la casa editorial creada en México “para América entera”. Quienes nada sepan sobre el FCE, lo digo desde ya, este libro es la más grata introducción a su andanza desde 1934 a la actualidad.

¿Por qué la más grata? Porque Rafael Vargas articuló las piezas de este libro luego de haberlas publicado en diferentes espacios de la prensa cultural, es decir, desde su concepción estaban destinadas al público no necesariamente especializado. Tiene mucho, pues, de ameno y anecdótico, de ágil y bien escrito, pero al margen de sus valores más visibles hay debajo de sus párrafos un arduo trabajo de investigación periodística, de data contante y sonante.

De México para América entera configura pues un fresco textual que puede llevar al recuerdo de Rivera: en un plano aparecen, juntos pero no revueltos, los protagonistas de la aventura editorial que comenzó como una mera idea para publicar traducciones de libros sobre Economía y terminó siendo el emprendimiento de carácter bibliográfico más grande de América Latina.

Vargas Escalante, en textos breves e independientes, explora distintos momentos de una sola historia, a varios protagonistas y numerosos hitos. Por supuesto desfilan en sus páginas Cosío Villegas, la labor crucialísima de Arnaldo Orfila, el peso de Joaquín Díez-Canedo, la impagable participación de los republicanos españoles, la disciplina bibliográfica de José Luis Martínez, el empuje de Jaime García Terrés y el talento de muchos y muchas como María Elena Satostegui, Magda Portal y Camila Henríquez Ureña, responsables de sucursales fuera de México. Asimismo, recoge casos específicos de libros y autores como Reyes (Obras completas), Paz (Piedra de sol), Fuentes (La región más transparente), El Popol Vuh, Selma Ancira, Wenceslao Roces, Leonora Carrington, Vicente Rojo y muchos más, todos vinculados de una forma u otra a la sigla FCE. Son particularmente interesantes, por poco conocidos en México, los apuntes del autor sobre las mujeres que fungieron como embajadoras de la editorial fuera de México: las mencionadas Satostegui (España y Argentina), Portal (Perú) y Henríquez Ureña (Cuba y Estados Unidos).

Otra virtud de este libro, por si le faltara una, es la de compartir sutilmente un panorama general de la escritura y de la edición mientras ilumina pasajes del FCE. Dos ejemplos, entre muchísimos otros, podrían ser el de Orfila, quien luego de su injusta salida del FCE, creó Siglo XXI, o el de Díez-Canedo, quien cuando dejó el FCE (1962) lo hizo para fundar su propia casa editorial, Joaquín Mortiz. Así pues, el libro tiene derivaciones, ramas, vertientes hacia muchos puntos del mundo editorial mexicano, latinoamericano e incluso español. Por todo, no vacilo al afirmar que el paseo por sus páginas termina siendo una grata y fructífera inversión de tiempo.

Rafael Vargas Escalante (Ciudad de México, 1954) ha publicado una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Conversaciones (1979), Signos de paso (1994) y Pienso en el poema (2000). Ha colaborado en revistas como Proceso, Nexos, Biblioteca de México, Artes de México y La Gaceta del FCE; en la última revista fue, por cierto, donde publicó previamente gran parte de las piezas aglutinadas en De México para América entera. Las escribió en la época durante la que La Gaceta fue dirigida por Tomás Granados Salinas, quien, hasta donde sé, es el esmerado editor del sello Grano de sal.

miércoles, junio 03, 2026

Abarcar, apretar


 








Estoy en la librería del FCE Octavio Paz, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo de la Ciudad de México. Al ladito, sabemos, se ubica la matriz de Gandhi, su competencia. Tras recorrerlas me ha golpeado, como siempre, una pregunta hostil: ¿qué hacer como lector más o menos contumaz frente a la desmesurada oferta de libros? ¿Cómo soportar el caleidoscopio de portadas y cuartas de forros que se ofrecen a la vista? La respuesta es fácil para el no lector o para el lector bien definido en sus temáticas, pero no para quien cometió el error, como creo haberlo cometido, de interesarse por demasiados temas y autores. Explico.

Cuando uno comienza a leer, habitualmente en la infancia o la juventud, no sabe qué le gusta. El paso del tiempo y de los libros afinan los intereses, y es casi seguro que en pocos años sea claro el tipo de volúmenes que el lector puede ubicar como potencialmente suyos. Es en ese momento cuando se presenta una disyuntiva: elegir uno, dos o tres temas o abrir el radar a diez, quince, veinte o más asuntos. Cualquiera de las dos opciones tiene pros y contras, como todo.

Elegir pocos temas de interés ayuda a enfocar mejor la mirada, a no dispersarse, a alcanzar un cierto grado de especialización, pero también a perderse una tremenda parte del menú. Elegir muchos temas, al contrario, apunta a la erudición aunque no se logre, abarca panorámicamente, permite al menos un conato de cultura general, pero dispersa al lector, pulveriza su tiempo en ínsulas de saber. Y lo peor: fuerza la entrada a librerías bien nutridas con el sentimiento de que no da la vida para insumir todo lo disponible/apetecible sobre las mesas, lo que provoca fascinación y horror al mismo tiempo, además de que siempre deja en ridículo al presupuesto disponible en el bolsillo. Y un golpe adicional, si el lector abraza además la utopía de escribir: deprime al mostrarle lo minúsculo de su capacidad frente a los miles de libros urdidos por espíritus y mentes con talento y en algunos casos con verdadero genio.

Al salir de la librería cargué con cinco libros nuevos, todos temáticamente distintos, todos correspondientes a cinco zonas de interés que me persiguen desde hace varias décadas y reavivan el fantasma de la frase condenatoria: el que mucho abarca...

sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

miércoles, mayo 06, 2026

Cómo comprar un libro

 







Por supuesto que el título de manual que exhibe esta entrega es sólo un gancho, el gancho habitual de lo que quiere ser leído. Nadie sabe con exactitud cómo comprar un libro literario, aunque es evidente que un lector más o menos entrenado no se guía sólo por las conversaciones de sobremesa para interesarse en un volumen y luego ir a comprarlo. Un lector ya no digamos experto, pero sí cuidadoso de sus adquisiciones, toma en cuenta elementos que en general no son atendidos por el lector esporádico o meramente ocasional, aquel que compra un libro cada que ocurre el milagro de que lo seduzcan con algún detalle digno de su más recóndito interés. Digamos que aquí, en estos renglones, no voy a pensar en ese lector complicadísimo, sino en alguien que no es voraz de libros pero sí siente el apetito de comprar y leer con alguna voluntad de esas que se apagan y de repente se reencienden, como la voluntad de las dietas.

El lector más o menos suspicaz en el que estoy pensando, un lector que cuida sus pesos pero no al grado de incurrir en la cicatería, toma en consideración, primero, el aspecto del libro, la editorial que lo produjo. Digo esto para advertir sobre todo que los libros de autores extranjeros clásicos (digamos Shakespeare) se nos aparecen con innumerables sellos editoriales. No todos son lo mismo. De preferencia, por ejemplo, debemos considerar que sea una buena traducción y que tenga algún mínimo aparato crítico, como introducción y notas. En español, un caso de buenas ediciones de clásicos lo hallamos en los libros de Cátedra, pero hay muchos, aunque menos que ediciones chafas.

Siempre al comprar un libro es recomendable leer los paratextos: título, autor, texto de contratapa, solapa, prólogo... Todos estos ingredientes añaden algo, así sea poco, a la valoración del libro antes de comprarlo. Un método muy útil para tener mejor idea sobre el libro y el autor es rascar un poco al internet. No falta, cuando el escritor tiene un mínimo camino recorrido, que encontremos opiniones, reseñas. A veces no son muy favorables, y eso puede desalentar la compra, pero esto no debe ocurrir necesariamente así. Luego de indagar lo que ya dije, tanto en la búsqueda presencial como en la pesquisa en línea es pertinente leer un poco. Mi método fuerza explorar algunos párrafos del principio y, si se puede, unos cuantos aleatorios más. Si en la librería el libro tiene celofán, hay que solicitar quitárselo. Este es un derecho del lector antes de hacer su compra. En las ventas en línea las editoriales suelen darnos un adelanto de páginas muy útil. Lo que sigue para tomar la decisión de compra queda aquí en último lugar, aunque en realidad puede ser lo más importante: el precio. Esto merece otras consideraciones que por ahora no hago para no agüitarlos.

sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.

sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

miércoles, diciembre 10, 2025

Pequeño antídoto antiolvido

 







Entre otras, una de las tragedias de la mente humana es su poca capacidad para memorizar. Esto es más evidente para la persona con hábitos de lectura algo voraces. Por más que se ponga empeño en retener, por más que la página se pueble con notas o en hojas aparte se asienten comentarios, pasado un tiempo a veces nada largo lo leído se diluye de la mente hasta no quedar ni un mínimo vestigio de lo que, en teoría, se iba a mantener incólume ante los embates corrosivos del olvido.

Escrita por George Steiner en alguno de sus demasiados ensayos, leí una defensa de la memorización como parte del aprendizaje, habilidad a veces desdeñada por ciertas pedagogías que la sienten anticuada, indigna de fomento entre los estudiantes. ¿Para qué memorizar, si todo está al alcance de un telefonito con internet? No sin sorpresa de mi parte, algunos alumnos han celebrado la buena memoria que supuestamente exhibo. Agradezco la amable percepción, pero lejos estoy de sentir que tengo buena memoria. Tampoco es mala, y creo que se muestra mejor en las secciones improvisadas de las clases o las conferencias, allí donde uno debe responder de botepronto, sin asomarse al Google. Sé que hay portentos de buena memoria, y que en el pasado hubo incluso generales capaces de saber el nombre propio de cada uno de sus cientos de soldados, y de hecho la rima en la poesía tenía un fin mnemotécnico, de allí que muchos poemas de largo aliento quedaran sujetos en la mente de los antiguos. Lo he dicho y escrito varias veces: los dos amigos más Funes que he conocido son Gerardo García y Gilberto Prado: ambos me han dejado boquiabierto con su capacidad de retención.

He notado que en los años recientes mi memoria de un libro se pierde a las pocas semanas, quizá a los pocos días. Lo que queda es un relente de lo leído, apenas un lejano vapor de recuerdo, y por supuesto nada de orden textual. Si vagamente recuerdo que en tal o cual libro había una frase memorable y la necesito exacta, debo buscar el subrayado, pues me resulta imposible reconstruirla sin merma o tergiversación.

Ante la realidad del olvido que en corto tiempo arrasa las maravillosas frases e ideas que encuentro en los libros, frases e ideas que tienen toda la apariencia de ser inolvidables, he optado por un camino tranquilizador, el único que se me ocurrió para no desembocar en la amargura: gozar en estricto tiempo real y resignarme a subrayar lo que es o parece imborrable y sé que terminará olvidado. Mientras no olvide que lo subrayé, el olvido no se saldrá del todo con la suya.

sábado, agosto 09, 2025

Enfermos de libros













Los algoritmos son implacables. Con más olfato que el de los sabuesos, detectan y siguen la pista de lo que nos gusta, y de inmediato comienzan con el bombardeo. Nunca como ahora se llegó a esto, y sin duda es el más resonante logro del marcado: saber qué queremos sin necesidad de tocarnos a la puerta. Con un celular basta para que dejemos en todos lados las huellas digitales de nuestros apetitos, tanto los superficiales como aquellos que supuestamente mantenemos agazapados en las cloacas más profundas de nuestro ser. El algoritmo nos conoce desnudos, es un invasor indetenible de la intimidad.

Además de ofrecimientos de entretenimiento estúpido, el algoritmo suele aguijar mi interés por los libros. Prácticamente no hay visita a mis redes sin que aparezca algo de esto por allí. Por supuesto, es tan grande el menú que apenas me detengo en lo ofrecido. Pero a veces no es así. Esta semana llegó, por ejemplo, la publicidad de un libro que por desgracia sólo venden en España, y mi bolsillo no gasta tan lejos. Parece excelente, pero, a menos que algún día llegue a México, por ahora me contentaré con la sinopsis comercial de Bibliopatías, bibliomanías y otros males librescos (Antonio Catronuovo, Trama, Madrid, 2024, 304 pp.). Dice la publicidad: “Quien se adentra en estas páginas se hunde de inmediato en el lazareto de las enfermedades producidas por los libros, en medio de las monomanías, las fobias, la codicia y los desvaríos desmesurados que afligen a sus maniáticos acaparadores y perseguidores. Un mundo lleno de obsesiones, frenesíes, caprichos y excentricidades desmedidas. Los variados tipos de locura, las numerosas historias de personas reales, los episodios extravagantes y a menudo al borde de lo increíble que aquí se revelan, permiten al autor asumir la figura de «bibliopatólogo», que le sirve para diagnosticar la enfermedad que él mismo padece: la enfermedad incurable de la bibliofilia”.

La misma página promocional ofrece una estupenda reseña del blog Libros de Cíbola, así que no abundo sobre este antojable título, además de que, como no lo tengo, no sabría qué más decir.

Ahora bien, la referencia sobre las patologías librescas me llevó a recordar La memoria vegetal, libro de Umberto Eco, más exactamente un pasaje de ese volumen alguna vez comentado en esta columna. Lo que recordé se encuentra en el apartado “Reflexiones sobre la bibliofilia” bajo el subtítulo “Robar libros”. La explicación es genial: “El bibliómano roba libros. Podría robarlos también el bibliófilo, llevado por la indigencia, pero el bibliófilo suele considerar que, si para poseer un libro no ha llevado a cabo un sacrificio, no experimenta el placer de la conquista (la diferencia entre tener una mujer porque la has fascinado y tenerla violentándola). Por otra parte, se cuenta de un gran anticuario que habría dicho: «Si no consigues vender un libro, en el próximo catálogo redobla su precio». El bibliómano roba libros con gesto desenvuelto mientras habla con el librero: le indica una edición rara en el estante alto y hace desaparecer otra igual de rara bajo la chaqueta; o roba partes de libros merodeando por bibliotecas donde corta con una cuchilla de afeitar las páginas más apetecibles. Yo estoy orgulloso de poseer una Crónica de Nuremberg con la anhelada lámina trece de los monstruos, mientras que en una biblioteca de Cambridge he visto un ejemplar sin esa lámina, cortada por un bibliómano endemoniado”.

El apartado no es muy largo y vale traer más palabras de Eco: “Hay personas de buena cultura, satisfactoria condición económica, fama pública y reputación casi inmaculada que roban libros. Los roban por incontenible pasión, y gusto por el escalofrío, como los ladrones gentilhombres que roban solo joyas famosas. El ladrón bibliómano se avergonzaría de robar una pera en la frutería, pero juzga excitante y caballeresco robar libros, como si la dignidad del objeto excusara su robo. Si pudiera, robaría tantos libros que no tendría ni siquiera el tiempo de mirárselos. Le corroe el frenesí de su posesión”.

Llegó por fin a la anécdota que recordé del libro de Eco. Es breve, no necesito resumirla, sino permitir que sea el italiano quien nos ayude a recorrerla con su erudita ironía: “El mayor ladrón de libros que la historia de la bibliomanía recuerda es un señor que, nomen omen, se llamaba Guglielmo Libri. Era un insigne matemático italiano del siglo pasado que se convirtió en eminente ciudadano francés (Legión de Honor, Collège de France, miembro de la Academia, inspector general de Bibliotecas). Es verdad que Libri llegó a ser benemérito porque visitó todas las bibliotecas más desvalidas de Francia, encontró y clasificó obras rarísimas que yacían abandonadas; pero quizá se comportó como esos grandes arqueólogos que dedican su vida a sacar a la luz tesoros perdidos de los países del tercer mundo y consideran una honesta recompensa a todos sus esfuerzos llevarse a casa una parte de lo que encuentran. Libri debió de exagerar: el caso es que hubo un escándalo público, perdió todos sus cargos y su reputación y acabó su vida en el exilio, perseguido por órdenes de captura. También es verdad que algunos de los mejores nombres de la cultura francesa e italiana, como Guizot, Mérimée, Lacroix, Guerrazzi, Mamiani y Gioberti, se batieron por la inocencia de un hombre tan célebre y estimado, todos ellos dispuestos a jurar que Libri había sido víctima de una persecución política. No sé realmente hasta qué punto Libri era culpable de veras, pero el caso es que había acumulado cuarenta mil textos antiguos, entre libros y manuscritos rarísimos y, desde luego, la cantidad induce a sospechar. Libri era, sin duda alguna, un bibliófilo: creyó que esos libros estaban mejor en su casa, mimados y amados, que en cualquier biblioteca de provincias donde nunca nadie iría a buscarlos. Pero al haber amado demasiados, seguramente no pudo haberlos amado uno a uno. Sepultados en su origen, volvían a estar sepultados en la meta”.

El caso es que tener libros, muchos libros comprados, regalados o robados es un buen tema ya, al parecer, de numerosos libros. Por increíble que parezca, hay personas que se convierten en adictos a los libros como objetos preciosos, atesorables como las joyas o el dinero, con voracidad y celo. A veces esta adicción no incluye leerlos, dado que la pura posesión es, como observa Eco, el fin, igual que tener joyas y no usarlas o dinero y no gastarlo. Se trata en suma de una patología, no le exijamos mucha lógica.

sábado, julio 26, 2025

Del libro veterano

 












Como una costumbre que obedece a mi necesidad de compartir el asombro ante el libro, muchas veces, dentro del aula o a la vera de alguna conversación despejada, describí a trazo veloz la historia del libro tal y como la he ido adquiriendo en diferentes páginas y documentales. Me gusta hablar del libro en tablillas (e incluso en piedras), del libro en rollos de papiro o en pergamino, del libro en papel y ahora en modalidad electrónica. La historia de este objeto es hasta ahora, si me apremian a ser breve, la parte mejor en la marcha de la civilización.

Las historias no difieren en lo sustancial, y si acaso hay desacuerdos, no pasan de ser leves, de un siglo o dos de diferencia, lo cual no significa gran cosa si reparamos en que se trata del examen a un pasado largo, de varios milenios. Lo básico es aprender y recordar que el libro ha tenido tres materias primas hasta la fecha, a las que podemos sumar una cuarta si por materia queremos sumar los flujos digitales del presente: papiro, pergamino y papel.

En Libros y libreros en la antigüedad (FCE, Letras Mexicanas, México, 1981, 48 pp.), Alfonso Reyes, tal vez el hombre que mejor ha usado los libros en nuestro país, hace un sucinto recorrido por los orígenes del libro en tanto objeto de conocimiento y, sobre todo, de intercambio comercial. Es recomendable este ensayo de divulgación porque el regiomontano describe los contornos del libro antiguo no sólo como estamos acostumbrados los acostumbrados a preguntarnos por el libro y su pasado, es decir, con énfasis en los materiales y las temáticas recurrentes. El ensayista se detiene entonces en la maraña de intereses productivos y económicos relacionada con el libro, en sus costos, resguardo y distribución, asunto que hasta la fecha, sin que lo notemos, es quizá la más saliente preocupación de los editores y libreros.

El viaje comienza con el papiro egipcio, lo cual es casi un pleonasmo (o sin casi): “El uso del papiro para la escritura es un temprano descubrimiento egipcio, aprovechado pronto, como tantos otros descubrimientos de aquel pueblo vetusto y admirable, por los griegos y los romanos (…) la Roma imperial consumía enormes cantidades de este precioso material: ocupaba toda la carga de algunos barcos, y se lo conservaba luego en almacenes especiales (…) Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega; cuando Grecia fue avasallada, los romanos adoptaron el producto, desde el siglo II a. C.”.

El manejo y aprovechamiento del material es descrito por Reyes: “raro que se escriba en los dos lados de la banda. Generalmente, la cara externa se deja en blanco. Y, a lo largo de la cara interna, la escritura se divide en columnas paralelas que corresponden a nuestras páginas y que, de hecho, se llamaron página. (…) En un volumen cabían dos cantos de la Ilíada. Las obras extensas se dividían en varios ‘libros’, a uno por rollo”. Cito en largo al polígrafo para destacar otro valor de su ensayo: el estilo claro, didáctico, preciso: “Para la lectura se usaban ambas manos: la izquierda asía el comienzo de la banda, y la iba enrollando al paso de la lectura, ‘página’ a ‘página’; la derecha sostenía el resto del rollo y lo iba entregando a la izquierda”.

El otro material destacado, aunque común en su momento, fue menos importante que el papiro: “el pergamino sólo fue una forma transitoria en el desarrollo del libro, por pesado e incómodo. De aquí que se pasara a la forma del códice, en hojas aparte, de donde proviene el libro moderno”. Al decir “códice”, Reyes se refiere al libro ya no en rollo, sino en cuaderno, cuadrado o rectangular, un invento que nació, como la cuchara o el martillo, perfecto, inmejorable.

Viene entonces un salto importante: el libro como objeto comercial, de intercambio: “Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo”. Así pues, “El que deseaba copias privadas, acudía a calígrafos especiales. Los copistas emprendedores procuraban juntar un fondo de las obras más solicitadas. Algunos, que disponían de capital suficiente, mantenían un cuerpo permanente de copistas auxiliares. Así, aunque dentro de estrechos límites, comenzó el negocio de las publicaciones”.

El trabajo de editor y librero, unido entonces, puede darnos la idea de que tomaba en cuenta al autor como parte de la cadena gananciosa. Al parecer no fue así ni por asomo: “La reproducción y distribución de las obras no significaba ganancia alguna para los autores. Se publicaban ‘por amor al arte’, y acaso por conveniencia política en ciertas circunstancias”, de modo que “En tanto que los editores se enriquecían, los autores de Roma, no menos que sus colegas de Grecia, tenían que conformarse con lo que llamaba Juvenal ‘la hueca fama’. Los autores antiguos nunca esperaron que su trabajo, con ayuda de los editores, les resultase remunerativo”.

Para copiar los libros, a veces dictados en grupo con el fin de multiplicar un mayor número de ejemplares, se apelaba, entre otros, a los “servus literatus”. Esta labor del editor-librero atendía las exigencias del mercado: “Una firma bien organizada [como la de un tal Ático, apoderado de Cicerón] podía en unos cuantos días lanzar al mercado cientos de ejemplares de un nuevo libro. Cicerón se muestra tan indignado que habla de ‘libros llenos de mentiras’, donde ‘mentira’ viene a ser nuestra ‘errata’”. Y “Así pues, para estos días el comercio del libro era ya muy importante y extenso. Pero no podemos presumir que los manufactureros fijaran de antemano, como se hace hoy, la cifra de las ediciones. Sin duda comenzaban por un número limitado de ejemplares, singularmente si el autor era aún poco conocido, para así tantear el comercio”.

Muchísimos más datos de interés contiene Libros y libreros en la antigüedad, como los que espiga sobre el plagio y la fama pública obtenida o no por quienes escribían: “Marcial, Juvenal y Plinio, todos ellos convienen en que ‘el escribir da renombre y nada más’. Tácito ni siquiera eso concede: ‘El versificar no da honor ni dinero —dice—. Aun la fama que tanto anhelan como único premio los poetas, a cambio de sus luchas y afanes, menos les sonríe a ellos que a los oradores públicos’”. O sobre el auspicio, el mecenazgo: “El sarcástico Sila concedió un sueldo a un mal poeta que le consagró un poema bombástico y bajamente laudatorio, pero imponiéndole la condición de que no escribiera más en su vida”.

Voy cerrando. No sé si en las palabras citadas de Alfonso Reyes se siente que han avanzado los siglos y no hay mucha diferencia entre aquel pasado y este presente. Significa entonces que quien abraza la tarea profesional de escribir debe saber que dos milenios no han servido para hacer de la profesión una forma de vida que le garantice nada, ni fama las más de las veces. Más vale pues saberlo desde ya para seguir con abnegación o abandonar a tiempo tal empeño.

sábado, julio 12, 2025

La ciudad del español


 









Muchas veces he pensado en lo que significa desaparecer, en ser escritor, publicar una buena cantidad de libros y pasados algunos años luego de la muerte, si no es que inmediatamente, terminar en el olvido. Es el destino de la mayoría, lo sé, y más en estos tiempos atiborrados de ofrecimientos. Hoy es imposible valorar una novedad porque de inmediato hay otras mil para desplazarla. Es esta la paradoja del consumismo: lo que se ofrece para complacer al cliente no debe complacerlo totalmente, porque, si lo hace, el cliente deja de serlo y de lo que se trata es de que siempre lo sea.

En fin. El olvido. La desaparición, el hecho cierto de que ese es el destino con o sin literatura. De tal olvido he rescatado un librito del cual comparto el colofón, para que se vea claramente que es un acto de resucitatorio: “Se terminó de imprimir esta edición el día 15 de octubre de 1965 en los talleres de ‘Editorial Enigma, S. A.’ bajo la dirección de Marco Antonio Millán y José Revueltas, coordinadores de la Subsecretaria de Asuntos Culturales de la Secretaría de Educación Pública. El tiro consta de 10,000 ejemplares, impresos en papel Tablet de 50 k. y de 1,000 en Bond de 80 k, La portada y el retrato inserto en la segunda página de forros, son obra del grabador Adolfo Quinteros”.

Tiene casi mi edad, y lo reencuaderné para que agarrara un segundo y casi milagroso aire. Su papel, (“Tablet”) era el más corriente del mercado por aquel entonces, tanto que en el trayecto se puso amarillento-casi-marrón y quebradizo, aunque no lo suficiente: calculo que con mi encuadernado todavía será legible unos veinte años más antes de convertirse en polvo.

Su título es Genio y figura de nuestro idioma, y fue parte a un proyecto de la SEP que se llamó “Cuadernos de Cultura Popular”, colección “La honda del espíritu”. En el 65 nuestro país tenía poco más de 40 millones de habitantes, así que un tiraje de diez mil ejemplares era de los grandes, de índole popular.

He guardado el nombre del autor hasta este párrafo: Mauricio Gómez Mayorga. La Enciclopedia de Literatura de México consigna que nació en 1913 y murió en 1992, en ambos casos en la Ciudad de México, y que “estudió Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Inició su labor como crítico y divulgador de arquitectura y el urbanismo en 1939. Ha impartido las cátedras de Teoría del Arte, Arte Contemporáneo e Historia de la Ciencia en diferentes instituciones; de Teoría de la Arquitectura y de Planeación Social y Urbanismo en la UNAM. En 1954 residió como becario en Italia para estudiar Urbanismo y recorrió Europa. En 1957 organizó la representación de México en la Trienal de Milán; trabajó en Atenas en 1961 en una investigación de Urbanismo Teórico. Colaboró en las revistas Taller y Examen. De 1958 a 1973 fue asesor técnico de organismos públicos y privados. Mauricio Gómez Mayorga, poeta y prosista desde 1930. Perteneció al grupo de Taller que encabezaran Octavio Paz, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez y Neftalí Beltrán. Su poesía se caracteriza por una fuerza expresiva de bien acabada factura. Palabra perdida reúne poemas breves de intenso contenido trágico. El ángel del tiempo es un poema en prosa con aliento metafísico”.

Me sorprendió la calidad del ensayo y me dio gusto haberlo rescatado. En él, Gómez Mayorga plantea lo que nunca imaginé: asimilar nuestra lengua a una ciudad. Una metáfora extraña, pero curiosamente útil, por lo gráfica. Así como una ciudad tiene sus edificios más suntuosos, sus bulevares, sus calles, sus plazas, sus barrios, sus arrabales, nuestra lengua contiene lo mismo. Dice por ejemplo que los verbos son las avenidas, lo que permite el movimiento de las ideas, y que las manzanas y los edificios son, como los sustantivos, lo fijo. Los adornos (plazas, monumentos, fuentes) se relacionan con lo adjetivo o lo adverbial. Por allí camina la comparación.

Lo más grato de la reflexión se da cuando el autor recorre “los barrios” o las colonias del idioma: el griego, el latín y el árabe para lo patrimonial, el francés y el italiano para lo suntuoso o lo artístico, el inglés para lo técnico y lo moderno, el náhuatl para lo más próximo a nuestro ser nacional. También, las orillas o los arrabales del idioma: las groserías y los modismos.

Todo el librito es agradecible, pero el pasaje que más me gustó es el dedicado a los arabismos. Es un privilegio de nuestra lengua tener esas palabras encantadoras. Va una cita: “Es desde luego muy probable que ciertos arabismos caigan en desuso, incluso algunos que citamos en nuestro ejercicio anterior, como ‘alarife’, pero otros parece que llegaron al idioma para quedarse. ¿Por cuánto tiempo más estarán en pie algodón, alarido, albacea, arancel, albayalde, almuerzo, arroz, arsenal, máscara, asesino, ataud, zafiro, zaguán y zanja? Pero la importancia de esta zona del idioma, aparte la indudable belleza de muchas de las palabras moriscas, es que constituye una de las características absolutamente propias del español, ya que las demás lenguas romances, por no haber sufrido la multicentenaria ocupación de los árabes, no cuentan en este hermoso acervo de voces orientales, salvo las de uso universal como azufre, alcohol, cero, cifra, tabique, adobe y varias más”.

Mauricio Gómez Mayorga: asiento su nombre para hacerlo viajar desde el olvido hacia esta pequeña anotación. Es poco, es nada, pero Es.

miércoles, mayo 07, 2025

Los anticuerpos de siempre













Enrique Macías recién me ha compartido un artículo que en efecto aguijó mi interés. En él, Arturo Pérez-Reverte despotrica contra las editoriales y los autores que en asociación ilícita revientan el mercado con libros sin mérito alguno. El alegato es general, abierto, casi para que cualquier empresa productora de libros se sienta parte del problema. Es difícil, imposible más bien, no coincidir con el escritor español, aunque el riesgo de abrir tanto el abanico es que en él quepan libros como los del mismo crítico: novelas y sagas diseñadas para el éxito de ventas, que al parecer es el único éxito que hoy importa.

Afirma el padre del capitán Alatriste: “Dense una vuelta por las mesas de novedades y comprobarán que lo de Jeosm [un fotógrafo amigo suyo que fue invitado a escribir una novela de lo que sea con tal de venderla] no es anécdota suelta, sino indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura. Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta”.

¿No es este fenómeno similar al que se da en todas las artes? ¿Acaso no sobreabundan las propuestas de todos los pelajes? ¿Es posible frenar la avalancha de objetos culturales cuya única razón de ser es el propósito de lucro? Más adelante, observa: “No hay presentador de televisión, youtuber, influencer o famoso que, por iniciativa propia o inducida, en sus ratos libres, que por lo visto son muchos, no pruebe suerte con la tecla”. Particularizar, decir que los youtubers y los influencers son quienes infestan el mercado del libro es casi improcedente, pues en realidad el tumulto de los que hoy producen libros no se restringe a un tipo específico de persona. Es más fácil decir “cualquiera”, o al menos “cualquier famoso”.

Tampoco es un mal sólo atañedero a la literatura, al libro. Hoy, tras el boom de la comunicación digital, cualquiera que tenga un celular y una cuenta de red social puede ser actor, cantante, fotógrafo, estrella porno, politólogo, orientador vocacional, conferencista, científico, mago, cómico, chef... Un poco de fama previa y algo de suerte pueden facilitar cierto éxito, como pasa con los exfutbolistas que ahora se han autohabilitado de entrevistadores en streaming o perpetradores de tik toks.

En este mundo revuelto nos movemos ahora: el de los “creadores de contenido” que se reproducen como chancros. Lo que debemos invocar no es que desaparezcan equis o zeta productos, aspiración hoy imposible de satisfacer, sino alentar en los consumidores la procura de un cedazo con la cuadrícula más cerrada; es decir, lo de siempre. Quien lo logre al final terminará encontrando que lo bueno, lo meritorio, lo atendible, es lo mismo que ya había antes de que fuera tan fácil la multiplicación/exhibición de la estupidez.