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miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

sábado, agosto 03, 2024

Grillete 24/7

 














Uno de los asertos más socorridos y muchas veces pedantes de la crítica formal, llamémosle académica, es que la reseña de libros importa un reverendo pepino, pues no profundiza y es meramente cutánea, de ahí que sea lícito minusvalorarla, tenerla en muy muy poco o de plano en nada. Por el espíritu y la extensión de la reseña bibliográfica, claro, y porque su destino —la prensa— así lo exige, no profundiza, sino expone una idea con rapidez, sobrevuela un material y con ello desea motivar en los lectores la posibilidad de que tal o cual libro ingrese a sus zonas de interés. Pedir más al reseñista es cargar en su lomo aspiraciones que no le conciernen.

Así, gracias a que mi radar detecta el vuelo bajo de los reseñistas, he llegado a libros estimables. Un caso puede ser 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño (Paidós Entornos, 2015, Buenos Aires, 152 pp., traducción de Paola Cortés-Rocca), obra sobre la cual leí un breve comentario hace como cuatro años y de inmediato trepé a mi menú de potenciales. Luego hallé el libro en la FIL Guadalajara 2022, pero me pareció caro y omití el tarjetazo. Después, en mayo de este año, me lo topé usado con los buquinistas del parque Centenario de Buenos Aires a tres mil pesos argentinos, lo que al cambio de aquel mes equivalía a sesenta miserables pesos mexicanos (tres dólares), así que de inmediato lo eché al morral.

Tras leerlo agradecí la reseña que me lo puso en el camino. Es un gran, de veras gran gran libro, quizá el mejor que insumiré en 2024. Su autor es el norteamericano Jonathan Crary, profesor de Teoría y Arte Moderno en la Universidad de Columbia, y autor además de libros como Las técnicas del observador: visión y modernidad en el siglo XIX, Suspensiones del observador y Tierra quemada. Hacia un mundo poscapitalista.

Magistralmente prologado por el sociólogo Christian Ferrer, destaco de él cuatro afirmaciones sobre el trabajo de Crary referido a su exploración de las nuevas tecnologías de la comunicación: Una: “No habrá momentos de paz o de pausa, pues los ámbitos de trabajo, consumo y entretenimiento, la información y la gestión narcisista de la propia imagen se integran y coaligan entre sí en una misma temporalidad a lo largo de un mirador orbicular. Ya no habría ‘afueras’ [de internet, reitero]”. Dos: “Inducir a las poblaciones, quizá por medios farmacológicos, a no dormir a fin de que trabajen y consuman ininterrumpidamente es la fantasía definitiva del capitalismo y hay indicios suficientes de que muchos científicos en demasiados laboratorios se afanan en lograrlo, y de que la imaginación de este tiempo comienza a aceptar esa posibilidad. Cabe intuirla como una maldición que, si se cumple, podría volverse irreversible. El daño resultante sería incalculable”. Tres: “la mayor parte de las interacciones en red tienden a hacer que el individuo se vuelva compatible con las rutinas y pautas del trabajo y el consumo”. Y cuatro: “La sola disconformidad o siquiera la menor suspicacia con respecto a los desmanes causados por los procesos técnicos o sus menoscabos a la vida afectiva de la población le ameritan a quien se atreva a difundirla poco menos que el sambenito de hereje”.

En efecto, el hereje Crary espiga los rasgos adquiridos por la sociedad de nuestro tiempo debido al desarrollo del capitalismo desde su etapa industrial. La vigilancia y el castigo de los siglos XIX y XX, representados por la fábrica, la escuela y la penitenciaría (que introdujo el modelo del panóptico) como espacios ad hoc para ejercerlos, pasó a convertirse en lo que a su vez Bauman y Lyon han denominado “vigilancia líquida”, es decir, aquella que parece menos severa pero es ubicua gracias a la superabundancia de cámaras, bases de datos, interacciones por trabajo, entretenimiento y consumo, lo que asimismo supone la voluntaria “autodelación” del individuo que hoy deja, aquiescente, sus huellas digitales, faciales, oculares, laborales, familiares, intelectuales y pasionales por todos lados, como ocurre en esas aplicaciones que nos piden fotos para luego añadir en ellas caritas de conejo, gato o del mismo usuario pero más joven, más viejo, más caricatural o más hollywoodense, todo ello generado con infalible ridiculez.

Crary explica en 24/7 el desarrollo del control social y el manejo de la temporalidad trabajo-descanso. Allí está la vértebra de su exposición: hasta hoy, el pespunteo entre trabajo y descanso (necesario para restaurar fuerzas) era posible; los sistemas actuales de comunicación, empero, han alentado la posibilidad de que todo quede dentro de la órbita del trabajo y el consumo, y el anhelo de todo esto es que el descanso —el sueño, el recogimiento íntimo, la desconexión— también sea infiltrado por el trabajo, el entretenimiento y el consumo sin orillas o sin “afuera”, como dice Ferrer, o, como señala Crary, con el fin de que se convierta en “un universo con un botón de encendido para el cual no existe un botón de apagado”, un mundo 24/7 que “no elimina experiencias externas o independientes, pero las empobrece y las reduce”, tal y como se puede apreciar en los espectáculos “históricos” que el público no ve, pero sí graba, o con las demandas remotas e indoloras de firmantes que jamás pondrán el cuerpo ni para el más tibio mitin.

Además, propicia otras desconfiguaraciones, como lo anota en este párrafo: “Las formas de control que acompañaron el surgimiento del neoliberalismo en la década del noventa eran más invasivas en sus efectos subjetivos y en su destrucción de las relaciones compartidas y basadas en lo colectivo. La modalidad 24/7 presenta la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a la mano, de un tener y un conseguir aislados de la presencia de los otros. La responsabilidad respecto de otras personas que implica la proximidad ahora puede evitarse con facilidad a través de la gestión electrónica de las propias rutinas y los contactos diarios. O quizá más importante aún, la temporalidad 24/7 ha producido una atrofia de la paciencia y el respeto que son esenciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia para escuchar a los demás y esperar el turno para hablar”.

El trabajo, la vigilancia, la televisión precursora del embrutecimiento, el consumo, la desacreditación de las luchas colectivas, el infantilismo ante el espectáculo, la adicción a las anestesiantes redes y, en suma, “el asalto a la vida cotidiana”, todo apuntala el control y la anulación del quehacer político comunitario (real, no virtual) y la domesticación del individuo convertido en dócil usuario de la tecnología digital. Sólo falta por invadir el rejego territorio del sueño, pero hacia allá se encamina el dominio. Si eso se consigue, o si esto ya se consiguió, el neoliberalismo o como queramos llamarlo habrá alcanzado la más alta sofisticación conocida “para la gestión y el control de los seres humanos”, para su conversión en zombis de tiempo completo con el paradójico efecto de que se sientan libres y felices.

El repaso de Jonathan Crary es accesible, aunque también es verdad que tiene pasajes densos. Lo que al final queda claro es que el propósito es retener 24/7 nuestra atención, apoderarse de nuestra subjetividad, engrillarnos a las redes no con el fin de que la sociedad crezca y sea mejor con el acceso a la ciencia y la cultura, sino que la vida humana individual, fragmentada, insomne y molida por la estupidez, se diluya en los albañales de Peso Pluma, Karely Ruiz y Brincos Dieras, por citar sólo tres ejemplos de la más macuarra inmundicia aportada por nuestro país.

Espero que esta reseñita los aliente a buscar 24/7, un libro ciertamente aterrador aunque escrito con la serenidad del médico forense que examina los restos de un cuerpo recién atropellado por el tren.

martes, febrero 26, 2019

Un paseo por el monstruo




















Un paseo por el monstruo

Aitana Muñoz

Sabemos que existen, que viven entre nosotros y que nos acechan, ¿pero cómo identificar a los monstruos pentápodos? La respuesta es que a simple vista son irreconocibles. Extrañas criaturas con figura humana disfrazadas de sujeto promedio, estos monstruos están preparados para robar cualquier esperanza y deseo de vida a su víctima, en especial porque no saben jugar limpio, no conocen de reglas y mucho menos aceptan el meterse con alguien de su tamaño (o edad) porque eso significaría renunciar a sus deseos más profundos, a sus fantasías más prohibidas y sus instintos más primitivos.
Por otra parte, estamos los morbosos. Los que leemos sus historias y les damos infinitas vueltas en la cabeza. Surge la irremediable pregunta: ¿nacen o se hacen? Nos encanta ser perturbados por este tipo de fenómenos, nos asquea y nos disgusta pero no podemos dejar de mirar. Pues bien, el caso de El monstruo pentápodo (Liliana Blum, Tusquets, México, 2016, 237 pp.) no es la excepción. Con una narración alucinante la autora nos transporta sin dificultad a una humilde escuela de natación con montones de niños en traje de baño corriendo alegres; después, pasea al lector por las calles, parques y restaurantes duranguenses donde, una vez más, abundan los niños, y de ahí, a un sótano frío y oscuro en el cual la población se reduce a un pequeño individuo.
Además de la atmósfera elaborada con sumo cuidado por la autora, en esta novela encontramos personajes exquisitamente descritos, creados con preciso detalle y tan reales como cualquiera de nuestros conocidos. En primer lugar nos presenta, como es de esperarse, al monstruo. Dicho sujeto de mediana edad, ciudadano ejemplar, distinguido en la sociedad, con un único placer culposo del que no piensa privarse, es Raymundo Betancourt. Es tanto su deseo por una pequeña niña que, con una meticulosidad asombrosa, comienza a elaborar un plan de ataque del cual nos obliga a ser cómplices. Con pequeños fragmentos de su pasado, su contexto familiar y el desarrollo de su obsesión por las niñas, empezamos a comprender (sin dejar de aborrecer) a este personaje. Terminamos conociendo todos sus gustos, tanto los superficiales como los prohibidos, conocemos su forma de pensar, de hablar y de caminar, al igual que cada metro cuadrado de su casa: la entrada, la cocina, el cuarto, el baño, el sótano. Después, Blum nos deleita con el segundo personaje pilar de esta historia: Aimeé, una mujer que cumple con todos los requisitos necesarios para ser parte de la vida de Raymundo, o al menos eso creía ella, y con ella, los lectores. Primero, debido a su condición, cumple con la complexión necesaria para satisfacer parcialmente las fantasías del gran monstruo pentápodo. Segundo, no existe entre ellos una diferencia de edad alarmante para la sociedad por lo que, en ese aspecto, ambos están tranquilos. Y por último, Aimeé cuenta con un grave déficit de autoestima que facilita a Raymundo manipularla y moldearla a su gusto.
Ambos personajes terminan más relacionados de lo que su estabilidad mental podría soportar. Desafían su propio razonamiento lógico y moral, y rompen con cualquier vestigio de cordura que habitaba en ellos. Son estos factores los que mantienen corriendo la espeluznante narración y logran corroer la paz del lector.
El monstruo pentápodo es una novela que no puede dejarse inconclusa, página tras página retuerce cada fibra de nuestra sensibilidad y cuando uno cree que no puede estar más perturbado, únicamente es cuestión de seguir leyendo. Probablemente no es la historia que esperamos contar con ansias a los familiares y amigos, sino un relato privado, secreto y oscuro, tan macabro que convierte al lector en el segundo habitante del sótano de Raymundo Betancourt.
Por sus personajes dignos de un análisis psicológico profundo, una imaginación excepcional que cumple su objetivo en cada párrafo, una trama original ambientada en un contexto social actual, recomiendo ampliamente su lectura, si se atreven.


sábado, febrero 20, 2016

Segundo diario mínimo: humor ecológico




















Publiqué este comentario hace quince años. No estaba en el blog. La traigo ahora por razón evidente.

La vastedad intelectual de Umberto Eco no se puede medir con unos cuantos elogios. Arquitecto de una obra literaria y académica impar, Eco es hoy uno de los autores europeos más reconocidos por la crítica y, caso asombroso, uno de los más favorecidos por el éxito comercial. Pocos como él: libro tras libro convalida su tamaño como pensador y libro tras libro aumenta el número de sus receptores. Calidad (literaria) y cantidad (de lectores) reúne como pocos este autor nacido en Alessandria, Piamonte, en 1932.
Famoso sobre todo por El nombre de la rosa, la novela que lo colocó en las crestas de la fama, Eco es, como se sabe, un autor múltiple; de hecho, este autor es varios autores: hay un Eco semiota, un Eco literato, un Eco historiador, un Eco lingüista, un Eco periodista y un Eco etcétera. El penúltimo Eco es el que se manifiesta con toda su malicia y con todo su humor en el Segundo diario mínimo, racimo de colaboraciones aportadas a la revista L’Espresso, particularmente a la sección “La Bustina di Minerva” que desde 1986 es —o era, no sabemos— visitada por una legión de agradecidos seguidores.
El condimento fundamental del Segundo diario mínimo es, inevitablemente, el humor. Con humor, con inteligentísimo humor, Umberto Eco traza sus colaboraciones y sus decodificadores asistimos al banquete de la risa y la razón. Estos artículos parecen el reposet donde Eco se calza las pantuflas y se desanuda la corbata, donde deja de ser el erudito de los Grandes Temas y con su agudeza de siempre reflexiona sobre las minucias de la vida cotidiana que suelen ser desdeñadas por el mundo académico.
La sola lista de las colaboraciones parece un muestrario de inquietudes hilarantes: “Cómo sustituir un carnet de conducir robado”, “Cómo viajar con con salmón”, “Cómo comer en el avión”, “Cómo no hablar de futbol”... El autor de Obra abierta exhibe facultades humorísticas raras en un sabelotodo (esto es literal) de su talla, de donde se puede inferir que los intelectuales no necesariamente son momias ineptas para la risa. Es prudente advertir que los artículos contienen mucha información que demanda un contexto italiano, pues el periodismo exige siempre, quiérase o no, trabajar para un lector inmediato que en este caso es el transeúnte de Milán, Roma, Nápoles, de Italia toda.
No está de más traer algunos bocadillos; del artículo “Cómo usar al taxista”, probemos esto:

Si hacéis una carrera entre un taxista de Frankfurt con un Porsche y un taxista de Río de Janeiro con un Volkswagen abollado, llega antes el taxista de Río, entre otras cosas porque no se para en los semáforos. Si lo hiciera, se le acercaría un Volkswagen abollado, montado por chiquillos que estiran la mano y se os llevan el reloj (...) Por doquier, para reconocer a un taxista hay un medio infalible. Es una persona que nunca tiene cambio.

De “Lamentamos rechazar (informes de lectura para el editor)”, donde Eco juega con el anacronismo e imagina a un dictaminador —moderno y por tanto mercenario— que juzga obras ya célebres; veamos la parte donde enjuicia En busca del tiempo perdido y el asma de Proust:

Es, sin lugar a dudas, una obra que requiere un esfuerzo: quizá sea demasiado larga, pero si hacemos una serie de pockets se puede vender.
Sin embargo tal como está no funciona. Es necesario un vigoroso trabajo de edición: por ejemplo, hay que revisar toda la puntuación. Los periodos son demasiado trabajosos, hay algunos que necesitan una página entera. Con un buen trabajo de redacción, que los reduzca al aliento de dos o tres líneas cada uno, fragmentando más, poniendo punto y aparte más a menudo, el trabajo mejoraría con toda seguridad.
Si el autor no quisiera, entonces mejor dejarlo. Así el libro resulta —como diría yo— demasiado asmático.

No falta pues en el Segundo diario mínimo el buen humor, aunque a veces haya pinceladas del Eco menos conocido, un Eco que discurre por los laberintos de su nostalgia, un Eco que se nos aparece juvenil, tan sincero que apenas puede uno creer que quien así escribe es el autor de Semiótica y filosofía del lenguaje, por citar sólo un caso de obra densa. En “Cómo comer el helado” Eco destroza el consumismo con una situación vivida en su niñez, cuando sus padres le negaban cierto exceso:

Yo, sin embargo, estaba fascinado por algunos chicos de mi edad cuyos padres les compraban no un helado de cuatro reales, sino dos cucuruchos de dos reales (...) Ahora, habitante y víctima de la civilización del consumo y del derroche (como no era la de los años treinta), entiendo que aquellos seres queridos ya difuntos estaban en lo justo.  Dos helados de dos reales en lugar de uno de cuatro no eran económicamente un derroche, pero sin duda, lo eran simbólicamente. Precisamente por eso los deseaba: porque dos halados sugerían un exceso. Y precisamente por eso se me negaban: porque parecían indecentes, insulto a la miseria, ostentación de un privilegio ficticio, jactancioso bienestar. Comían dos halados sólo los niños viciados...

Como la naturaleza, el espíritu también requiere su cuidado ecológico. De allí la importancia del humor, de la escritura relajada que en el caso del Segundo diario mínimo refulge y nos anima a encarar nuestro estrés con una risilla en los labios y con la certeza de que la comicidad es una de las formas de la inteligencia. Al reír de sí mismo y del mundo que lo rodea, Eco nos da, quizá sin pretenderlo, una de sus mejores lecciones. Aprendámosla.

Segundo diario mínimo, Umberto Eco, Lumen, Barcelona, 2000, 323 pp.

miércoles, junio 17, 2015

Cuestión de enfoque: una autobiografía indeclinable




















Conocí a Lupita Urbieta gracias al libro que presentamos esta noche. Mediante Leonor Lobo, su tía, recibí el original impreso en hojas de máquina y en cuanto pude comencé a leerlo. Era evidente desde el principio que se trataba de un texto valioso, de un testimonio de vida absolutamente digno de ser compartido en formato de libro. Eso ocurrió a principios del 2014, y por aquellas mismas fechas la autora me contactó por la vía del correo electrónico. Lupita había sido advertida por su tía en el sentido de que yo podía ayudarla como lector y editor, así que comenzamos a trabajar con el original. No porque estuviera mal, sino porque deseamos que quedara muy bien, dedicamos varios meses a ese trabajo. Fue, si mi bandeja de entrada no me engaña, un ir y venir vertiginoso de mails, tantos que se trata de una correspondencia que casi da para otro libro.
Lupita estaba fuera de La Laguna, creo en Querétaro, cuando emprendimos la edición. Cartas y más cartas fueron y vinieron para precisar palabras, para colocar enmiendas, para descubrir mejores soluciones a una frase, para reconfigurar un título, para escoger otra foto. Fue una labor, como ya dije, de meses, pues ambos teníamos trabajo aledaño que nos impedía concentrar toda la atención en la autobiografía. Pero avanzamos. Poco a poco íbamos viendo la luz, el nacimiento de Cuestión de enfoque. Cuando terminamos, creo que al menos seis o siete meses después de haber iniciado la edición, sentí que el diálogo había rendido frutos: el libro mostraba a plenitud la entereza, la vitalidad, las cualidades y, sobre todo, la indoblegable voluntad de Lupita Urbieta, lagunera de la que muchos podemos tomar ejemplo para entender mejor lo que estamos obligados a saber ante la misteriosa oportunidad de vivir.
Lupita fue una autora receptiva, propositiva y autocrítica a la vez. En ningún momento sentí que tuviéramos un desacuerdo que nos llevara a la tensión, y esto ocurrió desde su primera carta. Noté en su diálogo a una persona que no se deja vencer por la impaciencia, que sabe escuchar y plantear sus opiniones, y que defiende sus ideas con indeclinable respeto por las ajenas. Leí su vida tres veces y supe que estaba ante un ser humano acostumbrado no al esfuerzo ordinario, el esfuerzo común que hacemos para adquirir las habilidades y condiciones que nos permiten vincularnos con la realidad. La paciencia de Lupita está en otra dimensión. Ella ha aprendido a esperar, a lograr todo o casi todo lo que ha sido posible luego de intentar innumerables veces, pacientemente. Una anécdota resume lo que digo. Luego de varios meses de trabajar en su libro, ella me escribió este mail: “Tengo tiempo queriendo pedirle algo, no me animaba pero creo que ante las circunstancias que se están presentando [se refiere a la inquietud de muchas personas por conocer su autobiografía] me veo en la necesidad de hacerlo. Quisiera que me diera su opinión profesional con respecto al libro, de alguna manera todos los que lo habían leído me conocen pero me son importante opiniones de personas ajenas y en especial de alguien profesional como usted; ojalá pueda decirme también si le parecen acertados los cambios que acabo de hacer junto con el texto extra...”.
Desde su nacimiento, Lupita tuvo que imprimir dos, tres, cuatro veces más esfuerzo que la mayoría en cada acción, en cada aprendizaje, en la búsqueda de cada meta trazada para su porvenir. A la desventaja física supo imponer una voluntad de granito, un alma que sin importar las adversidades aprendió a sobreponerse con una solidez que muchos jamás conoceremos. Estamos parados en una realidad que nos pone ineludibles desventajas en el camino, es cierto, pero en general no estamos capacitados para saber lo que son realmente las adversidades, lo que es vivir con la necesidad permanente de librar obstáculos de todos los tamaños y a cada segundo. Podemos vislumbrar, eso sí, lo difícil que es vivir cuando las circunstancias físicas no son favorables, y tras esto tratar de entender mejor el respeto que nos merecen las personas que pese a lo que sea logran ser mensajes vivientes, lecciones de esfuerzo sin fatiga.
Cuestión de enfoque es una autobiografía escrita desde la experiencia y la sinceridad, no desde el ánimo unilateral de ser edificante. Narrada en una primera persona que jamás busca nuestra compasión, nos enseña más de lo que quizá se ha propuesto. Por eso, cuando Lupita me preguntó vía mail que qué opinaba de su libro, les respondí por ese mismo medio estas palabras, con la carta del 4 de abril de 2014 que sirve ahora como cierre de mi presentación:

“Lupita estimada:
Vas a recibir buenos comentarios de la gente por tres razones importantes:
1) Porque te quieren.
2) Porque el corazón de la mayoría, aunque no te conozca, es sensible a la adversidad.
3) Porque tu libro es espléndido.
No es necesario que yo lo diga, pues el libro se defenderá solo. Tu testimonio es uno de los más auténticos, dolorosos e inspiradores que jamás he leído, y sospecho que la gente así lo va a percibir. No exagero si te expreso que me conmovió muchísimo tu lucha sin descanso (literal, sin descanso) por hacerte de un lugar digno en una realidad adversa, siempre difícil. Mi opinión es, por ello, de absoluto respeto y admiración al ejemplo de vida que compartes en cada página de Cuestión de enfoque. Ya quisiéramos muchos tener tu fortaleza para encarar los problemas que la vida pone en el camino. Si así fuera, el mundo sería otro, más generoso, más limpio, más noble para todos. Adelante, pues, que he trabajado con alegría y respeto en este proyecto. Tú al final pensarás que te ayudé. Creo que te equivocas. Tú me ayudaste a mí y ayudarás a muchos cuando te lean. Felicidades y mi gratitud.
Trabajaré en lo que falta del libro este fin de semana”.

Catorce meses después opino exactamente lo mismo.

Nota. Texto leído en la presentación de Cuestión de enfoque (Torreón, 2015, 238 pp.) celebrada en el auditorio del centro comercial Cimaco Cuatro Caminos, de Torreón, el 16 junio de 2015. Estuvimos en la mesa Mary Carmen Espada, Lupita Urbieta y yo.

sábado, junio 06, 2015

Ulanovsky en la gran Tenochtitlan




















—¿Usted es Ulanovsky? —pregunté al hombre que había llegado a sentarse casi junto a mí en el auditorio del pabellón argentino dispuesto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.
Faltaban todavía unos minutos para que comenzara la siguiente actividad organizada en el espacio usado por la comitiva Argentina, país invitado. Se trataba de una mesa compartida entre ciudadanos argenmex, argentinos que en los setenta habían llegado a México con sus padres exiliados, todos arrojados por el terrorismo de estado que echaron a andar, primero, la triple A y luego los milicos que autodenominaron su política de exterminio como “Proceso de Reorganización Nacional”. Los jóvenes —todavía jóvenes— que participarían eran Franco Vitali, Liza Casullo, Natalia Calcagno y Julieta Ulanovsky. Antes de saber que su hija estaría allí, trabé diálogo con Carlos Ulanovsky (Buenos Aires, 1943). Se sorprendió un poco de que alguien con acento mexicano lo reconociera. Para mí no fue tan difícil saber que él era él, pues en más de una ocasión oí sus programas de radio y dado que para hacerlo recurrí a internet, en la web pude ver su foto.
Mi idea era simple e impertinente. Pensé: “Es Ulanovsky, lo saludaré para ver si por su intermediación puedo hacer llegar uno de mis libros a Dolina”. Pregunté entonces: “¿Usted es Ulanovsky?”, y él afirmó que sí, que sí era, con una media sonrisa algo desconcertada. Le expliqué lo de la radio y noté que se sorprendía más. Luego, le pregunté que si de alguna manera Dolina le quedaba cerca. Me dijo que sí, que en ocasiones coincidía con él y tenían amigos comunes. Entonces le pedí el favor: “Lo que pasa es que hace poco publiqué un librito de cuentos y uno de los relatos se lo dediqué. Me gustaría hacerle llegar un ejemplar. ¿Hay manera de que pueda ayudarme? No se sienta comprometido si esto es muy complicado”. Ulanovsky entendió de inmediato la situación. Saqué el libro de mi mochila, lo dediqué a mano con mi pluma (birome, dirían los argentinos, en homenaje a Ladislao Biro, inventor de la esferográfica o bolígrafo) y se lo di. Al ver su portada, Ulanovsky reviró: “¿Y no tendrás otro para mí?”. Claro, le dije sorprendido, pues no pensé que le fuera a interesar mi narrativa sobre futbol. Saqué otro ejemplar, se lo dediqué y pensé que allí terminaba todo, pero no. Ulanovsky abrió su mochila y sacó un libro, lo dedicó y me lo dio. Se trataba de Seamos felices mientras estamos aquí, crónicas del exilio (Debolsillo, 2011). La dedicatoria era un aviso del contenido: “Para Jaime Muñoz, con sincero afecto argenmex. Carlos Ula, en la FIL, 4/12/2014”. Le prometí que lo leería con gusto y allí nos despedimos por el momento.
¿Por qué había escrito la palabra “argenmex”? Pensé que era un gesto de cordialidad binacional, pero pronto entendí que se trataba de algo más que eso. Cuando hablaron los hijos de los exiliados argentinos en México y tocó el turno a Julieta, supe lo que no sabía y de golpe quedé maravillado: Ulanovsky, el periodista e historiador Ulanovsky, había vivido seis años, su exilio, en la capital de nuestro país, y la larga crónica del libro que me obsequió era el testimonio de su paso por suelo azteca. Gracias luego a las palabras en la mesa redonda de Julieta, la hija del periodista, entendí que esos jóvenes habían pasado los primeros años de su vida entre nosotros, y que lejos de olvidarla, tal experiencia se había convertido en un poderoso dinamo de su nostalgia. Amaban a México, lo recordaban como la patria en la que abrieron sus ojos y sus oídos a la vida, y la vuelta con sus padres a la Argentina, luego de la salvaje noche dictatorial, no sólo no borró ese pasado mexicano, sino que lo amacizó hasta convertirlo en una querencia firme y bien bruñida por el recuerdo.
Cinco meses después de haberla recibido, en mayo pasado, leí la crónica de Ulanovsky con una mezcla de pasmo y alegría. Pasmo porque comprobé que el periodista repasó, casi como en una bitácora, uno por uno, los rasgos más salientes de la cultura mexicana, sus numerosos defectos y, acaso, sus más numerosas virtudes; y alegría porque —no sé la razón— me iba contentando al enterarme de que, pese a todo, mis paisanos no fueron tan malos anfitriones de los Ulanovsky y tal vez de muchos otros argentinos que llegaron luego de pasarla mal con el miedo y que la iban a pasar peor si allá hubieran permanecido.
Esta crónica del exilio tiene una estructura peculiar. Está conformada por 26 trancos, cada uno de ellos articulado en dos partes: la primera, escrita en 1982 todavía en el DF, y la segunda, escrita en 2001 —un año también traumático por razones principalmente económicas y políticas— ya en Buenos Aires. La primera parte de cada sección, digamos, es una crónica de lo (casi) inmediato, pues Ulanovsky describe aquello que ha ocurrido y sigue ocurriendo con él y su familia en la capital de México y otros puntos relativamente próximos, como Acapulco; las segundas partes —que en este caso sí son buenas— tienen una textura de memoria, de recuento, de balance sobre los años de radicación mexicana a la luz de un presente ubicado casi veinte años después.
Ante una realidad tan estimulante y barroca como la nuestra, y ante la enorme cantidad de preguntas que se hace el exiliado, Ulanovsky ha procedido con gran orden, un orden que impide el congestionamiento de la información. Así, hace recortes temáticos que posibilitan una lectura más ágil y comprensible en todo sentido. Los títulos de cada apartado ayudan también a esta claridad. Por ejemplo, el primero, “Varias vueltas posibles”, describe la persistencia de la idea del regreso y la dificultad que implicó el definitivo, cuando al volver la democracia al país de origen se abrió la posibilidad de abandonar el ajeno y concluir el exilio. Ya con una posición de periodista ganada con dificultad, Ulanovsky relata que tampoco fue fácil volver, a lo que se sumaba el hecho cierto de que en la Argentina se encontraría con otro difícil recomienzo.
Inmediatamente, en el segmento 2, “La artesanía”, el periodista explica la razón del título general del libro: es la frase ingenua, incluso mal redactada, inscrita en una modesta artesanía mexicana que se convirtió para él y su familia en una divisa de resistencia frente a la pesadumbre de la lejanía y el permanente desconcierto de no saber si la decisión del exilio había sido la mejor.
Más allá de hacer una crónica sobre la crónica, se puede ver de manera amplia que el relato de Ulanovsky es un engarzamiento de preguntas, de dudas, de vacilaciones, es cierto, pero también de certezas. El cronista mira su experiencia, como es lógico, atravesado por sentimientos polares: por un lado la aceptación, la terrible aceptación del miedo que lo obligó a salir y la culpa de saber que allá, en la Argentina, quedaba una realidad atroz como flagelo de la patria; y por otro, la gradual felicidad de haber encontrado en México un país hospitalario, lleno de oportunidades, relativamente pacífico y estable y en gran medida pintoresco hasta en sus errores.
Seamos felices mientras estemos aquí, el libro más argenmex que he leído en mi vida, es un honesto homenaje a México y es más que eso: una declaración de amor a dos realidades: una, la que recibió a Carlos Ulanovsky y su familia en el exilio; y otra, la realidad argentina que vio pasar una noche sangrientamente oscura de ocho años y que hoy, pese a los descalabros, sigue mirando hacia el futuro, un futuro que de 1977 a 1983 Ulanovsky —"periodista e hincha de Racing", como dice en su espectacular página web— imaginaba preocupado y nostálgico desde un departamento del DF y frente a una flor de yeso artesanal.

sábado, mayo 23, 2015

Cortázar y la "mecánica de chicle"
























Un campesino me describió la situación con esta metáfora: “Los que se van del rancho son como las sandías: crecen más allá de donde los plantan, pero no se despegan del origen”. Asombra la sencillez de la imagen porque describe a la perfección lo que frecuentemente pasa con quienes se van: que por más tierra o agua que pongan de por medio, se llevan la atmósfera de la niñez y la juventud adherida como un fantasma en el alma, y jamás terminan por desprenderse.

Entre los escritores hay muchos ejemplos de distanciamiento forzado o voluntario. Uno de los más famosos es el de Cortázar, quien luego de nacer, casi por accidente, en Bélgica (1914), pasó de niño a su espiritualmente natal Argentina. En Banfield, un suburbio del llamado Gran Buenos Aires, transcurrió su decisiva juventud y allí comenzó el largo camino que décadas después lo llevaría a convertirse en uno de los protagonistas de la literatura mundial.

En Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013), el escritor y periodista Diego Tomasi (Morón, 1982) rastrea el pasado del autor de Rayuela entre las calles, las amistades y los oficios que luego, cuando tomó la decisión de brincar definitivamente el Atlántico, alimentarían su nostalgia y sus papeles. Se trata entonces de un libro importante en la amplia bibliografía sobre Cortázar, ya que saca a la luz la enorme influencia que la Capital Federal tuvo sobre un autor que pese a su ulterior radicación europea jamás dejó de mirar con gratitud su pasado porteño.

Tomasi escudriña sobre todo en las amistades que sobreviven a Cortázar y en su abundante correspondencia. El trabajo de investigación, ciertamente complicado debido a que entre 1930 y 1950 el inmenso cuentista era un joven absolutamente desconocido, rinde frutos espléndidos, tantos que Tomasi puede incluso calcular los días exactos que Cortázar pasó en Buenos Aires: alrededor de seis mil días, “menos de una cuarta parte de su vida”. Sin embargo, más allá de ese cómputo a todas luces aproximado, apunta: “ese juego matemático es eso. Un juego. Un juego de números que no guarda relación con la enorme influencia que la ciudad ejerció sobre él”.

La gravitación de Buenos Aires en el espíritu de Cortázar tiene que ver directamente con lo desafiante y enriquecedor que fue, a un tiempo, su etapa de formación. La capital fue el primer estímulo de su voraz cosmopolitismo, el sitio donde halló la literatura francesa, el jazz, la pintura, el cine, el aprendizaje de la traducción profesional como trabajo alimenticio, los afectos para siempre.

Tomasi examina cronológicamente los pasos de Cortázar, sus estancias de trabajo en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, su relación con familiares y amistades, el encuentro con Aurora Bernárdez, su contacto con Borges, su trabajo en la Cámara del Libro, su despacho de traductor y en general su relación, entre tersa y áspera, con una ciudad que, sin que él lo sospechara, estaba marcando para siempre su literatura.

Es de suponer que la vivencia europea de Cortázar está mejor documentada que la porteña, pues la fama que construyó en París a partir de los sesenta propició una avalancha de entrevistas, reconocimientos, ensayos y fotografías. Se sabe menos, mucho menos, sobre la andanza cortazareana en el ámbito argentino, el de su juventud. Por ejemplo, sobre la nula relación con su padre. Tomasi la recuerda en un pasaje memorable, cuando Julio Cortázar padre le escribe a su hijo ya adulto y le pide que firme sus textos de prensa con el añadido del segundo nombre. El escritor, distante, le respondió así: “Con mi nombre Julio Cortázar he publicado un libro, y numerosos ensayos en revistas de B.A. Por una simple razón de mantenimiento profesional de mi nombre, sumándose a otra de eufonía que me interesa más que la anterior, no puedo incorporar mi segundo nombre, ni siquiera su inicial”. La inicial a la que se refiere es la “F”, de “Florencio”.

Cortázar tomó la decisión de abandonar Buenos Aires. Se va de allí en octubre de 1951, en barco y despedido por sus cercanos. Lo que siguió fue adueñarse de París, cierto, y comenzar el amplio armado de sus mejores libros. Pero no pudo evitar que los aires de Buenos Aires llegaran hasta su buhardilla y alimentaran sus relatos. La ciudad formativa y rechazada se convirtió entonces en una especie de chispa permanente para encender la nostalgia creativa. Lo expresó en una carta a su amigo Eduardo Jonquières, variante metafórica de la sandía que mencioné al principio: “Irse no es nada. La cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando”.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas, y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.

martes, mayo 12, 2015

Dos, dualidades que estallan
























Oriunda de Gálvez, Provincia de Santa Fe, Argentina, Giselle Aronson sigue sin tregua la configuración de una obra narrativa sólida y atractiva, espesa de sentido humano. Luego de publicar dos libros con microficción (Cuentos para no matar y otros más inofensivos, Macedonia Ediciones, 2011, y Poleas, Textos Intrusos, 2013) se lanzó al desafío de la novela y, por lo que puedo notar, salió bien librada. Dos, título de su relato, nos planta sin demagogia frente al tema del sometimiento y la liberación de la mujer en la vida cotidiana, asunto difícil porque coloca al autor, en este caso autora, en la peligrosa zona del panfleto en el que unos personajes —todos los hombres— son criaturas monstruosas, y otros —todas las mujeres— padecen inexorablemente el poder opresivo de los machos.
Aunque esto en efecto está cerca de la realidad o, si pasamos por alto las escasas excepciones, es la realidad, su planteo literario resulta complicado, pues si algo tiene el arte de la novela, de la buena novela, es que elude hasta donde es posible todo maniqueísmo y nos coloca en un espacio más ambiguo y entre personajes que, como el ser humano estándar, no son ni totalmente santos ni totalmente demonios. Aronson es hábil en Dos para no incurrir en tal maniqueísmo: nos cuenta, entrelazadas, dos o hasta tres historias de mujeres que ven sus destinos obliterados por el hombre, aunque en muy distinto grado. Es aquí entonces donde la novela adquiere densidad de vida real: la autora no quiere que veamos a sus mujeres como víctimas estandarizadas, uniformadas por la compasión del lector, sino como víctimas que de acuerdo a su circunstancia y su personalidad pueden zafar (este verbo es caro en el habla coloquial argentina) o no zafar, liberarse o quedar presas en la telaraña de poder tendida desde la dominación machista.
Construida como un pequeño mecano en el que zigzaguean dos planos narrativos, Dos cuenta la historia de Carmen, ama de casa y esposa de Sergio Foglia, intendente (en México sería presidente municipal) de Río Calmo, una pequeña ciudad de la provincia argentina donde en apariencia no debe ocurrir gran cosa más allá del transcurso (obviamente calmo) del tiempo. En realidad, sin que Carmen lo sepa, el lugar es un hervidero de chismes donde el chisme mayor la tiene a ella como protagonista: su marido, el sagaz y apuesto y exitoso político local, la engaña. Carmen no advierte, al parecer, ni los cuernos ni los chismes, pero gradualmente avanza, por su propia experiencia en casa, hacia la certeza radical del desamor. No se equivoca, pues Sergio, sin que veamos sus andanzas, denota en los encuentros domésticos y maritales el interés que puede tener un esquimal por la nieve. Aunque su mujer se afana al principio en creer que la relación sigue en pie, lo cierto es que Sergio ya no le da bola (otra expresión coloquial de allá) y hasta se ausenta en largos viajes de trabajo que mucho tienen de sospechoso. La vida de Carmen —madre de dos hijos, hombre y mujer, ya profesionistas y radicados lejos del sopor riocalmense, y esposa de un político que no la mira y mucho menos la toca— deviene desconcierto, aburrimiento, resentimiento y rabia, todo más o menos en este orden.
A la par, entre los capítulos correspondientes al borrón humano que va quedando de Carmen, se cuenta la historia de Silvia, empleada de un colegio donde trajina entre escobas y trapeadores. Ella es esposa de Ramón, un don nadie que ni siquiera es capaz de arrimar un peso para el gasto familiar y con quien no ha podido tener hijos. A diferencia de Carmen, Silvia tiene arrestos para cuestionar a su pareja, incluso para desafiarla y echarle en cara su ineptitud. Trabajadora casi insignificante, sin letras, sin “clase”, Silvia se muestra sin embargo vivaracha, astuta, intuitiva y, lo que no es poco significativo, económicamente independiente de Ramón.
En el pespunteo entre las historias vamos esperando lo que termina por ocurrir: el destino las junta, y ambas son una misma moneda, la cara y la cruz de un agravio casi idéntico.
No creo poco relevante mencionar un tercer personaje femenino. Contra lo que podamos pensar, Imelda, la sirvienta eterna de la familia Foglia, aparece en el relato no como personaje secundario, como fortuita compañía emocional de Carmen o como instructora en el arte de cebar mates. Imelda, quien tiene sus orígenes en el ámbito rural, es una mujer que está en el punto medio entre la sumisión atávica de la mujer y la total independencia: tiene un marido al que casi no menciona, ella gana su dinero, ayuda con el gasto familiar, trata de estar cerca de sus hijos y su vida jamás parece en shock. Esto es muy importante: un relato maniqueo —y ya dije párrafos atrás que éste de Aronson no lo es— hubiera agarrado parejo: todas las mujeres son humilladas y ofendidas, y no hay redención posible para ellas mientras los machos sigan actuando como actúan. Imelda deja entrever que todavía es posible, en estos tiempos de caos, que una mujer se encuentre al menos medianamente bien en su relación y que sea por ello imposible el uso de tabulas rasas para declarar la derrota total, por culpa de la barbarie masculina, de la monogamia o cualquier relación que se le parezca.
Ahora bien, salvado el caso de Imelda, es evidente que no son escasos los que se asemejan a la vivencia atroz de Carmen y no menos adversa de Silvia, de ahí la identificación (la mixtura, la dualidad) que se da entre ellas en cierto punto del relato. Es imposible avanzar en la descripción de la trama, al menos en su cierre, sin incurrir en la impudencia de insinuar el desenlace. No lo hago, pero sí traigo, para terminar, unas palabras de Juan Martini, el lujoso prologuista de este libro: “Los prejuicios del infierno grande, la solidaridad instantánea entre dos mujeres que pertenecen a diferentes segmentos sociales y que no se conocen, la humillación pública y privada, el rendirse ante los hechos consumados y una especie de locura liberadora actúan con  sincronización ejemplar, para hacer de esta novela, también, un relato al que no le tiembla el pulso cuando llega la hora de asomarse al abismo y, si es necesario, dejarse caer”.
Como pasó con Cuentos para no matar y otros más inofensivos, libro que a mi juicio jamás pareció primer libro, esta primera novela de Giselle Aronson tampoco parece primera experiencia con el género y augura, esto es lo mejor, nuevas historias de largo aliento tan eficaces, esperemos, como Dos.

Dos, Giselle Aronson, prólogo de Juan Martini, Milena Caserola, Buenos Aires, 2014, 177 pp.

sábado, febrero 15, 2014

Jano con sombrero charro
















Tarde ya, a poco más de un año de haberlo leído, invito con este comentario a que visiten un libro espléndido: Mexicanidad y esquizofrenia: los dos rostros del MexiJano (Océano, 2011, 196 pp.), de Agustín Basave (Monterrey, 1958). No sé si fue el mejor que despaché en 2012, pero seguro que puedo ubicarlo, aunque sea muy retrospectivamente, entre los mejores. Luego de apurar sus primeras páginas, vista la claridad y la contundencia de las afirmaciones que Basave ofrecía en los rounds de estudio, decidí recorrer todas las páginas con un lápiz a la mano. Así de interesante me pareció, así de logradamente agudos me resultaron sus capítulos.

No sé si la Argentina y México han sido en América Latina los dos países más tercos en eso de autoexplorarse para saber qué los define, pero es un hecho que allá no han parado desde Sarmiento, Lugones, Scalabrini Ortiz, Martínez Estrada, Jauretche y muchos otros hasta llegar, toda proporción, al ácido Caparrós de Argentinismos. En México no nos quedamos nada atrás, pues desde Fernández de Lizardi, de diferentes modos y con todos los géneros disponibles (como el poema en López Velarde), hemos querido saber qué demonios somos: Ramos, Paz, Zea, Ramírez, Garizurieta, Portilla y muchos otros nos han rajado la panza para examinar lo que guardamos en el interior, todo eso que en los cincuenta intentó recoger la colección “México y lo mexicano” de Porrúa y Obregón, S.A.

Basave (como hace poco, también, Heriberto Yépez con La increíble hazaña de ser mexicano) se suma a ese contingente y lo hace con un libro que no desentona. A diferencia de sus predecesores en el arte de descifrar el jeroglífico que es México, Basave reflexiona sobre un pasado con nuevos ingredientes. Mientras Ramos, Paz y demás pensaron en el México posrevolucionario, un México de partido único y por ello brutal componente autoritario, el autor de Mexicanidad y esquizofrenia escudriña lo que somos tras el luminoso advenimiento de una transición que en realidad nos deparó, dicho en elocuente náhuatl, puro camote.

Eso es lo que me resulta más interesante en este libro: tras los gobiernos de Fox y Calderón, que en teoría nos iban a colocar en un punto histórico ya distante de la mano dura y los modos tradicionales de hacer política (a la mexicana), nuestro país siguió enchufado a la misma corriente idiosincrática, casi como si no hubiera pasado nada.

De allí que el estudio tenga un cariz psicoanalítico desde su mismo frontispicio, esa palabra, esquizofrenia, que parece sólo relacionada con anomalías de la personalidad individual y en este caso es un padecimiento profundamente arraigado bajo la costra nostra: configuramos una sociedad en la que el decir y el hacer son dos realidades abismalmente distintas y distantes, vivimos una doble conducta social como si fuera algo natural, como si no constituyera el meollo de nuestros habituales desfiguros, desfiguros de Jano (el dios romano de las dos caras) con sombrero charro.

No es lo que importa en un libro de esta índole, pero es justo decir que la prosa de Basave tiene, al alimón, ductilidad y belleza. Es tan grato el estilo que también por ese rumbo podemos engancharnos a su contenido. No es infrecuente que apele, incluso, al humor, como cuando habla del “corrupto legal” como “campeón de la deshonestidad con estricto apego a derecho”. En resumen, un libro que con buena leche y sin piedad nos deja en cueros.