Mostrando las entradas con la etiqueta carlos ulanovsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta carlos ulanovsky. Mostrar todas las entradas

miércoles, febrero 05, 2020

Traducir lo que parece obvio




















Comparto un grupo de Whatsapp con algunos amigos argentinos y allí me preguntaron una vez el significado de la locución “ni modo”. Antes de recibir esa pregunta, jamás había reparado en que “ni modo” debía ser traducida al español de otro país. Les respondí lo que pude: que es una frase usual en el español de México, que contiene, en diferentes grados y ante los más diversos hechos, cierto fatalismo, una especie de resignación sin tragedia. Con ella, los mexicanos solemos dar vuelta a la hoja de los desaguisados, de los acontecimientos funestos, de los herrores propios y ajenos. Por ejemplo, si ya publicada fuera imposible corregir la fea errata de la palabra “error”, yo, como buen mexicano, podría decir “ni modo” y todos aquí me entenderían.
Pero lo que es obvio para un hablante no necesariamente es lo mismo para otro. “Ni modo” es un mexicanismo. Al recordar esta anécdota pensé en un libro que reseñé en 2015: Seamos felices mientras vivamos aquí (crónicas del exilio), del periodista argentino Carlos Ulanovsky. Grosso modo, allí narra su exilio en México luego de que la dictadura militar lo obligó a salir junto con su familia. Acá, Ulanovsky ejerció el periodismo hasta su regreso al sur tras el fin de la etapa genocida. En el libro suma un glosario para el lector argentino, y es allí donde reparo en lo difícil que resulta trasfundir una cultura en otra. Yo siento conocer más o menos bien una parte del caló argentino, pero es obvio que, si intento explicar algo por acá, se me escaparán muchos matices que sólo puede conocer quien ha vivido de tiempo completo, acaso sin darse cuenta, en aquella cultura.
Por ejemplo, vemos que la definición de “ahorita” es “Ahora mismo, ya, inmediatamente”, y creo que si bien entre los mexicanos puede significar aproximadamente eso, es entre nosotros una forma ambigua de medir el tiempo. Cuando los mexicanos decimos “ahorita” no nos referimos a un tiempo preciso, sino a un lapso elástico que con el diminutivo disculpa de antemano nuestra impuntualidad. Pasa algo similar con la definición de “chingue su madre” que traduce como “hijo de puta”, y no sé si dicho traslado es preciso. Ulanovsky no tiene la culpa al tratar de definir este santo y seña de los mexicanos. Aunque yo mismo lo uso, no podría definirlo, como San Agustín con el tiempo. En otras palabras, si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé. Aquí nos movemos en el terreno más profundo de la cultura, en lo que nos es esencial y por ello intraducible.

sábado, junio 08, 2019

El pasado y Stanley















Leí hace algunos días un libro de Ricardo Ragendorfer, mejor conocido como el Patán. Este sujeto es el cronista latinoamericano que más admiro en el rubro del periodismo policial, una autoridad en esta viscosa materia. Nació en Bolivia, pero ha vivido la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde radica hasta la actualidad. Sé que alguna vez deambuló por el DF, ciudad en la que por cierto consiguió algunas chambas de reportero gracias a mi amigo Carlos Ulanovsky, quien también pasaba su exilio en nuestro país.
En el libro de RR (Crónicas de la vida turbia) hay una pieza que no se refiere a la realidad argentina, sino a la mexicana: su título es “El narco enamorado” y trata sobre la captura de Rafael Caro Quintero. Al atravesar esos renglones volvieron a mí algunos datos que tenía olvidados. No recordaba por ejemplo que lo pescaron en Costa Rica, y que el escándalo mayor fue que Sara Cosío lo había defendido como pareja sentimental. Pensé en lo cerca y lo lejos que nos va quedando todo cuando comenzamos a ser viejos: todo es cuestión de que veamos ciertos datos para rehidratar los recuerdos aparentemente erosionados de la memoria.
Eso me pasó hoy, o sea ayer 7 de junio. Al azar, entre las noticias que aparecen cuando uno abre cualquier web, vi que el asesinato a Paco Stanley cumplía veinte años de edad, y aunque he olvidado pormenores, el hecho fue tan explotado en los medios que inevitablemente lo relaciono con un momento exacto de mi vida.
Cuando Stanley fue acribillado yo andaba en el DF por razones laborales. Era padre primerizo y buscaba la manera de afinar mis medios de vida. Ya editaba libros, pero siempre batallaba para imprimirlos bien y a precios bajos. Alguien, no recuerdo quién, me puso en contacto con una buena imprenta del DF, llamé, acordé una cita y organicé un viaje en camión. Recuerdo que me hospedé en un modesto hotel del centro histórico y el 7 de junio de 1999, luego de desayunar ya tarde, salí en busca de la imprenta. Tenía la dirección y por preguntas supe que debía tomar el metro hasta una estación remota y luego un microbús que me llevaría al fin del mundo chilango. En el camino vi periódicos amarillistas en las manos de todas las personas: habían atestado de plomo a Paco Stanley. En un puesto callejero de comida levanté la cabeza hacia una tele en la que linchaban a Cuauhtémoc Cárdenas. Luego de dos horas, llegué asqueado a la imprenta y con la sensación de que todo se había podrido un poco más en nuestro país.

sábado, junio 06, 2015

Ulanovsky en la gran Tenochtitlan




















—¿Usted es Ulanovsky? —pregunté al hombre que había llegado a sentarse casi junto a mí en el auditorio del pabellón argentino dispuesto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.
Faltaban todavía unos minutos para que comenzara la siguiente actividad organizada en el espacio usado por la comitiva Argentina, país invitado. Se trataba de una mesa compartida entre ciudadanos argenmex, argentinos que en los setenta habían llegado a México con sus padres exiliados, todos arrojados por el terrorismo de estado que echaron a andar, primero, la triple A y luego los milicos que autodenominaron su política de exterminio como “Proceso de Reorganización Nacional”. Los jóvenes —todavía jóvenes— que participarían eran Franco Vitali, Liza Casullo, Natalia Calcagno y Julieta Ulanovsky. Antes de saber que su hija estaría allí, trabé diálogo con Carlos Ulanovsky (Buenos Aires, 1943). Se sorprendió un poco de que alguien con acento mexicano lo reconociera. Para mí no fue tan difícil saber que él era él, pues en más de una ocasión oí sus programas de radio y dado que para hacerlo recurrí a internet, en la web pude ver su foto.
Mi idea era simple e impertinente. Pensé: “Es Ulanovsky, lo saludaré para ver si por su intermediación puedo hacer llegar uno de mis libros a Dolina”. Pregunté entonces: “¿Usted es Ulanovsky?”, y él afirmó que sí, que sí era, con una media sonrisa algo desconcertada. Le expliqué lo de la radio y noté que se sorprendía más. Luego, le pregunté que si de alguna manera Dolina le quedaba cerca. Me dijo que sí, que en ocasiones coincidía con él y tenían amigos comunes. Entonces le pedí el favor: “Lo que pasa es que hace poco publiqué un librito de cuentos y uno de los relatos se lo dediqué. Me gustaría hacerle llegar un ejemplar. ¿Hay manera de que pueda ayudarme? No se sienta comprometido si esto es muy complicado”. Ulanovsky entendió de inmediato la situación. Saqué el libro de mi mochila, lo dediqué a mano con mi pluma (birome, dirían los argentinos, en homenaje a Ladislao Biro, inventor de la esferográfica o bolígrafo) y se lo di. Al ver su portada, Ulanovsky reviró: “¿Y no tendrás otro para mí?”. Claro, le dije sorprendido, pues no pensé que le fuera a interesar mi narrativa sobre futbol. Saqué otro ejemplar, se lo dediqué y pensé que allí terminaba todo, pero no. Ulanovsky abrió su mochila y sacó un libro, lo dedicó y me lo dio. Se trataba de Seamos felices mientras estamos aquí, crónicas del exilio (Debolsillo, 2011). La dedicatoria era un aviso del contenido: “Para Jaime Muñoz, con sincero afecto argenmex. Carlos Ula, en la FIL, 4/12/2014”. Le prometí que lo leería con gusto y allí nos despedimos por el momento.
¿Por qué había escrito la palabra “argenmex”? Pensé que era un gesto de cordialidad binacional, pero pronto entendí que se trataba de algo más que eso. Cuando hablaron los hijos de los exiliados argentinos en México y tocó el turno a Julieta, supe lo que no sabía y de golpe quedé maravillado: Ulanovsky, el periodista e historiador Ulanovsky, había vivido seis años, su exilio, en la capital de nuestro país, y la larga crónica del libro que me obsequió era el testimonio de su paso por suelo azteca. Gracias luego a las palabras en la mesa redonda de Julieta, la hija del periodista, entendí que esos jóvenes habían pasado los primeros años de su vida entre nosotros, y que lejos de olvidarla, tal experiencia se había convertido en un poderoso dinamo de su nostalgia. Amaban a México, lo recordaban como la patria en la que abrieron sus ojos y sus oídos a la vida, y la vuelta con sus padres a la Argentina, luego de la salvaje noche dictatorial, no sólo no borró ese pasado mexicano, sino que lo amacizó hasta convertirlo en una querencia firme y bien bruñida por el recuerdo.
Cinco meses después de haberla recibido, en mayo pasado, leí la crónica de Ulanovsky con una mezcla de pasmo y alegría. Pasmo porque comprobé que el periodista repasó, casi como en una bitácora, uno por uno, los rasgos más salientes de la cultura mexicana, sus numerosos defectos y, acaso, sus más numerosas virtudes; y alegría porque —no sé la razón— me iba contentando al enterarme de que, pese a todo, mis paisanos no fueron tan malos anfitriones de los Ulanovsky y tal vez de muchos otros argentinos que llegaron luego de pasarla mal con el miedo y que la iban a pasar peor si allá hubieran permanecido.
Esta crónica del exilio tiene una estructura peculiar. Está conformada por 26 trancos, cada uno de ellos articulado en dos partes: la primera, escrita en 1982 todavía en el DF, y la segunda, escrita en 2001 —un año también traumático por razones principalmente económicas y políticas— ya en Buenos Aires. La primera parte de cada sección, digamos, es una crónica de lo (casi) inmediato, pues Ulanovsky describe aquello que ha ocurrido y sigue ocurriendo con él y su familia en la capital de México y otros puntos relativamente próximos, como Acapulco; las segundas partes —que en este caso sí son buenas— tienen una textura de memoria, de recuento, de balance sobre los años de radicación mexicana a la luz de un presente ubicado casi veinte años después.
Ante una realidad tan estimulante y barroca como la nuestra, y ante la enorme cantidad de preguntas que se hace el exiliado, Ulanovsky ha procedido con gran orden, un orden que impide el congestionamiento de la información. Así, hace recortes temáticos que posibilitan una lectura más ágil y comprensible en todo sentido. Los títulos de cada apartado ayudan también a esta claridad. Por ejemplo, el primero, “Varias vueltas posibles”, describe la persistencia de la idea del regreso y la dificultad que implicó el definitivo, cuando al volver la democracia al país de origen se abrió la posibilidad de abandonar el ajeno y concluir el exilio. Ya con una posición de periodista ganada con dificultad, Ulanovsky relata que tampoco fue fácil volver, a lo que se sumaba el hecho cierto de que en la Argentina se encontraría con otro difícil recomienzo.
Inmediatamente, en el segmento 2, “La artesanía”, el periodista explica la razón del título general del libro: es la frase ingenua, incluso mal redactada, inscrita en una modesta artesanía mexicana que se convirtió para él y su familia en una divisa de resistencia frente a la pesadumbre de la lejanía y el permanente desconcierto de no saber si la decisión del exilio había sido la mejor.
Más allá de hacer una crónica sobre la crónica, se puede ver de manera amplia que el relato de Ulanovsky es un engarzamiento de preguntas, de dudas, de vacilaciones, es cierto, pero también de certezas. El cronista mira su experiencia, como es lógico, atravesado por sentimientos polares: por un lado la aceptación, la terrible aceptación del miedo que lo obligó a salir y la culpa de saber que allá, en la Argentina, quedaba una realidad atroz como flagelo de la patria; y por otro, la gradual felicidad de haber encontrado en México un país hospitalario, lleno de oportunidades, relativamente pacífico y estable y en gran medida pintoresco hasta en sus errores.
Seamos felices mientras estemos aquí, el libro más argenmex que he leído en mi vida, es un honesto homenaje a México y es más que eso: una declaración de amor a dos realidades: una, la que recibió a Carlos Ulanovsky y su familia en el exilio; y otra, la realidad argentina que vio pasar una noche sangrientamente oscura de ocho años y que hoy, pese a los descalabros, sigue mirando hacia el futuro, un futuro que de 1977 a 1983 Ulanovsky —"periodista e hincha de Racing", como dice en su espectacular página web— imaginaba preocupado y nostálgico desde un departamento del DF y frente a una flor de yeso artesanal.

miércoles, diciembre 24, 2014

Respuesta de Forster
















En la pasada Feria Internacional del Libro pude asistir a una mesa argentina en la que se habló sobre medios y poder. La compartieron el periodista Eduardo Anguita, el filósofo Ricardo Forster y como moderador estuvo el también periodista (e hincha de Rácing) Carlos Ulanovsky. Pude hacerles dos preguntas en público, y la segunda fue ésta: “Si bien es cierto México y Argentina tienen simetrías, también tienen grandes asimetrías; una de ellas tiene que ver con los medios de comunicación hegemónicos. En México, los dos grandes consorcios de televisión y radio están totalmente aliados al poder del gobierno federal. En Argentina esto no sucede desde hace algunos años a la fecha. En ambos casos noto un problema: cuando están, como en México, muy cerca del poder, evidentemente nos engañan, la maquillan. En Argentina tienen dos grupos mediáticos poderosísimos, sobre todo el de Clarín, que se dedica a sabotear con la información todo lo que hace el gobierno federal encabezado por Cristina Fernández. Mi pregunta es ésta: ¿en dónde debe ubicarse el periodismo, cuál es la zona que debe ocupar?”
Ricardo Forster, autor de varios libros, dirigente del grupo Carta Abierta y uno de los intelectuales más salientes de Argentina en este momento, respondió algo que, creo, calza bien a México; por ello lo reproduzco aquí en un solo párrafo, íntegro, tal y como lo “redacto” Fortser de botepronto casi al final de la mesa redonda:
“Es muy difícil abrir la caja de Pandora de los medios de comunicación, es un poder sellado, cifrado, entramado con intereses que siempre aparecen como en una zona de niebla. Creo que hay momentos de las sociedades donde se producen rupturas. En Argentina eso ocurrió a partir del 2008 por distintos motivos que no es importante narrar ahora, pero que generaron algo insólito: que una parte no menor de la sociedad comenzara a preguntarse por su manera de ver la realidad a través de los medios de comunicación. Cuando una sociedad comienza a preguntarse eso, cómo mira el mundo mediado por los medios, y cuando pierde, entre comillas, la inocencia, cuando deja de ser virgen frente a una verdad y una objetividad y una autoridad que determinaba su manera de ver el mundo, algo importante está sucediendo en esa sociedad, algo se rompe y algo se abre; a mí me parece que hoy gran parte de la sociedad argentina, esté con quien esté, ya no puede inocentemente ver un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, porque sabe que es parte de una gran disputa, porque sabe que es parte de una enorme querella de interpretaciones, que ya no hay una realidad narrada de manera objetiva o verdadera, sino que la realidad también es un campo de batallas, de ideas contrapuestas, que hay poder en el modo de representar la realidad. Entonces yo creo que eso es fundamental. Me parece que lo que está pasando en México ahora, a partir de un desgarramiento muy profundo y de un acontecimiento atroz, puede generar también que una parte importante de la sociedad mexicana salga de una cierta aceptación de lo irrevocable de un orden. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es sentir que el orden es irrevocable, y los medios de comunicación, sobre todo los medios de comunicación concentrados, que representan poder económico o político, pero sobre todo representan poder cultural-simbólico, se encargan de señalar que el mundo fue y será una porquería. Bajo esa lógica, la catástrofe, la tragedia, el horror, la miseria, el crimen, la violencia, la corrupción dominan todas las esferas de la vida, y al dominar todas las esferas de la vida ya no hay ninguna oportunidad para imaginar que la sociedad puede ser distinta, que es posible construir derechos, ampliarlos, que se puede construir una democracia que no esté vaciada, sino que la democracia puede ser un ámbito de participación real, que hay un presente que no es el lugar del agobio, de la miseria cotidiana en todos los órdenes, porque el dispositivo mediático es una máquina cultural. Entonces cuando se abre esa máquina cultural y una parte de la sociedad puede discutirla, algo importante está pasando, y en nuestros países, cada uno con su historia, de algún modo esto se está notando, lo están notando los brasileiros, los bolivianos, los venezolanos, los argentinos… los mexicanos ya no aceptan que los cuerpos que se hallan cada día en fosas comunes sean parte de eso irrevocable que seguirá siendo así. Me parece que este es un punto de inflexión para la sociedad mexicana, y que descubrir en la complejidad del lenguaje de los medios de comunicación una parte de la responsabilidad en sostener esa suerte de velamiento es un paso extraordinariamente significativo, que amplía democracia, amplía derechos y le devuelve a la política un lugar tremendamente importante. No es lo mismo sentirse afín a un gobierno que representa intereses democráticos, populares, y hacerlo desde un trabajo periodístico, que estar en disputa por un gobierno encerrado en una visión autoritaria, represiva y antipopular. Esto es parte de lo que se está discutiendo en América Latina y también en otras partes del mundo. No deja de ser sorprendente que en Europa los medios llamados ‘progresistas’ tengan una visión espantosa sobre América Latina. Todo lo que sucede en América Latina bajo experiencias populares, democráticas, es inmediatamente tachado de (y la palabra para ellos es horrible) populista, demagógico, autoritario, una especie de Macondo invertido, digamos, no sólo el exotismo macondiano sino el exotismo de la barbarie latinoamericana. Es interesante invertir esos términos, también preguntar cómo narra El País de España lo que pasa en México y lo que pasa en la Argentina, cómo narra Le Monde, cómo lo hace el New York Times, porque ahí también hay que quebrar la idea de una prensa seria, objetiva, que quiere decirnos lo que sucede. Esto, me parece, es lo que está pasando, en parte, en estos momentos sudamericanos y que en México implica una pregunta inquietante: ¿cómo se abre, desde el horror, la posibilidad de una reparación? Me parece que este punto es central, cómo es posible la reparación de una historia que hoy llegó a un límite. No es fácil”.