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sábado, septiembre 07, 2024

Fervor de Vasconcelos

 











En mi infancia, y en la infancia de todos mis contemporáneos, era común que consumiéramos reiteradamente los mismos productos audiovisuales, llámense películas o programas de televisión. No era posible, claro, que eligiéramos el día y la hora para ver tal o cual obra ante la pantalla de la sala familiar o de la sala cinematográfica, pues todavía no disponíamos de sistemas de reproducción (videocaset o DVD) o programación a la carta del tipo de Netflix, así que nos contentábamos con lo que estaba disponible en el horario habitual de la tele o en la cartelera de las salas de cine. Además, la cantidad de contenidos no parecía, como hoy, infinita, así que podíamos ver año tras año algunas películas de cajón: todos mis contemporáneos nos echamos al menos diez veces las de Pepe el Toro o, en semana santa, Marcelino pan y vino, cinta que nos hacía llorar aunque ya supiéramos desde el principio que nos haría llorar. Esta es la razón por la que mis contemporáneos guardan en su memoria lo mismo que yo guardo.

Uno de los recuerdos compartidos es, quizá, el nombre de Mauricio Magdaleno, quien en muchas películas del Indio Fernández aparecía en los créditos como guionista. Y sí, lo fue de filmes como Flor silvestre, María Candelaria, Pueblerina y muchos más. Como Gabriel Figueroa en la fotografía, Magdaleno era el otro brazo del cineasta coahuilense a la hora de trabajar una película, y fuera del fugaz crédito al inicio de las cintas (antes los créditos totales aparecían cuando arrancaba la obra) nada conocía yo con certeza sobre él. Sólo sabía,  sin haberlos leído hasta ahora, que era autor de los libros de narrativa El resplandor y El ardiente verano.

En los días recientes he subsanado en parte tal laguna con la lectura de Las palabras perdidas (FCE, México, 224 pp.), que insumí en su primera edición (intonsa) de 1956, libro que además tiene un apéndice con fotos y cada capítulo, de los 24 que suma, ofrece un hermoso grabado del maestro Alberto Beltrán. Ha sido una sorpresa redonda, tanto que ya la tengo considerada mi mayor placer literario de agosto/2024. Con una prosa intensa, elegante, ágil y no desprovista de contrapuntos entre la desolación y el humor, Magdaleno reconstruye la odisea emprendida para instalar a José Vasconcelos en la silla presidencial. Aquello ocurrió hace casi cien años, en 1929, y, como bien lo sabemos, terminó en fracaso.

No creo que sea flaco elogio afirmar que la prosa de Magdaleno es parecida, al menos para mí, a la de su coetáneo Martín Luis Guzmán. Lo digo por el ritmo de crónica en caída libre, por el fondo temático vinculado a los golpeteos en el primer momento posrevolucionario, por los ambientes físicos que describe y por apelar muy principalmente a un repertorio acabado de mexicanismos. Al leerlo, uno siente la oralidad del país en muchos trazos, en palabras y locuciones que para nosotros han sido frecuentes en la conversación familiar, en el cotilleo con aire todavía algo rural pero hoy, por desgracia, aplanado por esa máquina uniformadora del habla y la mala escritura llamada internet, sobre todo en su vertiente de las “redes antisociales”, como las llama Horacio Verbitsky, el mejor periodista vivo de América Latina. Por expresiones de cuño mexicano me refiero a algunas como “la carabina de Ambrosio”, “alborotar el huacal”, “pelar gallo”, “aguantar a chaleco”, “echar al plato” y decenas más, acaso cientos que se apiñan en un estilo que no deja de parecer moderno, actual, aunque todavía impregnado de giros un tanto ampulosos, medio declamatorios.

Magdaleno nació en Tabasco, un pequeño municipio del estado de Zacatecas, en 1906, y murió en la Ciudad de México hacia 1986, justo a los ochenta de su edad. Su padre acusó inquietudes políticas, fue simpatizante de Obregón, así que sus hijos Mauricio y Vicente, apenas atravesados los veinte años y junto a varios veinteañeros más, habían sido arrastrados por la pasión política en un México de rebatingas por el poder que tuvo como momento señero el magnicidio en La Bombilla perpetrado contra la figura del presidente electo, lo que fortaleció a Calles y alebrestó a sus opositores de cara al proceso electoral del 29.

Parte de los alebrebrestados de marras (“de marras”, así escribían los articulistas de endenantes) eran los grupúsculos que idearon candidatear a Vasconcelos. En ellos participaban los hermanos Magdaleno, y es sobre la campaña en favor del oaxaqueño en lo que trabaja Las palabras perdidas. El proyecto comenzó casi de casualidad, cuando en 1928 los estudiantes de la capital vieron que se aproximaban las elecciones e intuyeron, sin posibilidad de errar, que el futuro Jefe Máximo manipularía todo para quedar él a la sombra pero sin soltar los hilos que le permitirían controlar el movimiento de sus títeres. Los jóvenes y varios viejos nostálgicos del maderismo pensaron en un posible gallo para la Grande. Calles, quien ya tenía de factótum a Portes Gil, importó a Ortiz Rubio de la diplomacia en Brasil para que actuara como “aspirante” del oficialismo. Allí aparece la figura de Vasconcelos, quien acepta la posibilidad y recibe un respaldo minoritario aunque confiado en su crecimiento conforme avanzara la campaña. La idea era, ya desde entonces, hacer valer los postulados justicieros de la revolución, renovar moralmente las estructuras de poder secuestradas por una cáfila de gandallas con discurso dizque revolucionario y pistola al cinto por si la demagogia no apaciguaba a los rejegos.

El problema, el inmenso problema para los vasconcelistas, como se desprende de la crónica urdida por Mauricio Magdaleno, era que su propósito suponía múltiples obstáculos: no eran muchos los convencidos, tenían pocos recursos, el país era enorme y, sobre todo, estaba plagado de cacicazgos adictos al callismo que podía poner palos en la rueda a las actividades de la campaña o de plano apelar a métodos más taxativos, como las madrizas o los balazos.

Magdaleno escribió su crónica un cuarto de siglo después de ocurridos los hechos que de joven le incumbieron. Cuando vivió lo que allí cuenta tenía 23 años, y Vicente, su hermano, 22. Eran casi unos chamacos, e igual muchos de sus correligionarios, quienes con ahínco juvenil, cuenta el autor, desplegaron sus trajines políticos por la capital y varios estados de la República sobre todo del norte, como deja ver la crónica, ya que casi todo el relato se mueve en la capital, el Bajío y el noreste del país. El proselitismo exigía viajes, pega de carteles, repartición de volantes y mítines en los que la oratoria, todavía una actividad muy apreciada, servía para enfervorizar a los ciudadanos y convencerlos sobre la valía del “Maestro”, como llamaban a quien escribió el Ulises criollo, quien asimismo era un temible orador, ducho para la cita erudita y más ducho todavía para zaherir a sus enemigos con la filosa verba que igualmente se dejó sentir en muchos de sus agrios libros poselectorales, ya cuando por su exilio y su amargura adhirió al nazismo.

“Trato de recoger mis pasos, no de deformarlos. Aquello fue así”, dice Magdaleno a la mitad de su abultada relación. ¿Y qué fue “aquello”? Pues los recorridos, las conversaciones, las actividades proVasconcelos, los errores y más que nada las pocas garantías que los militantes tenían, por ejemplo, al celebrar un mitin, ya que no fueron esporádicas las ocasiones en las que anónimos matones a sueldo los bajaran del estrado a plomazos y en plena efusión oratoria para después hospedarlos, si bien les iba, en alguna celda abundantemente provista de chinches. “Han mandado manadas de asesinos a todas partes a fin de hacernos saltar antes de que los derrotemos en las urnas”, dijo por esos días Vasconcelos según Magdaleno. No era mentira decir eso en el México de entonces, cuando ya comenzaba a cocerse, con la fundación reciente del PNR, el sistema presidencialista del que Calles fue primer mandamás, un sistema de jefatura todopoderosa, revolucionaria de dientes para afuera y para la que los comicios sólo representaban una pantomima de envergadura nacional.

En realidad, Vasconcelos aparece poco en Las palabras perdidas. Los jóvenes dialogan con él en escasas ocasiones y Magdaleno lo muestra como hosco, apenas cordial, pero, pese a esto, ninguno de sus seguidores le regateó una estimación que rayó en la idolatría basada esencialmente en la ponderación de su pasado como secretario de Educación, promotor de colecciones bibliográficas y de revistas como El Maestro (1921-1923). La idea vertebral del plan era, como ya señalé, un sueño guajiro: regenerar el sistema político, abatir en él la podredumbre moral de quienes habían salido gananciosos en la tómbola de la revolución e instaurar un gobierno probo bajo el lema, por cierto muy vasconceleano, “Trabajo, Creación, Libertad”. Si Renato Leduc escribiría años después que “la Revolución degeneró en gobierno”, una idea similar alentaba los esfuerzos de quienes empujaron la candidatura de Vasconcelos: la administración de la cosa pública estaba en manos (garras) de unos pocos buitres en detrimento de las inmensas mayorías, lo cual urgía la implantación de la nueva moral explícita en el ideario electoral vasconcelista.

El final es triste, diríase que hasta dramático. El día de los comicios fue el 17 de noviembre del 29, y con él llegó la derrota cimentada en el chanchullo más directo: la inhibición del voto mediante la fuerza. El callismo, o su instrumento, el portesgilismo, distribuyó saboteadores armados en todos los puntos del país donde sentían que había prendido la prédica vasconcelista, y así el desenlace fue anticlimático porque ni Vasconcelos ni nadie dio respuesta armada al obvio fraude, de donde se deduce que sus intenciones eran buenas, pero mala la organización y pésima la falta de un plan B a sabiendas de que el enemigo impondría sí o sí su plan A. Mauricio Magdaleno, quien vivió la jornada electoral en el noreste —por Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila—, anduvo en ascuas, a salto de mata y en espera del levantamiento por un tiempo, pero nada ocurrió.

Conocemos la historia que vino poco después: Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez fueron impuestos por Calles, quien mantuvo así su poder hasta que se topó con el bigote de Lázaro Cárdenas. Luego, Mauricio Magdaleno se metió a guionista del Indio, escribió novelas, hizo periodismo, dio clases, participó en actividades de divulgación como integrante del Seminario de Cultura Mexicana, fue investido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y llegó a diputado y funcionario público. Entretanto, en 1956 publicó Las palabras perdidas, crónica de una derrota electoral que quizá fue más que eso: una derrota histórica, una derrota que continuó siendo derrota durante varias décadas en un país caracterizado más por los tumbos y por el revoltijo de intereses repugnantes que por la equidad, para decirlo con un estilo que no por oratorio es falaz.

Nota 1. No aguanto las ganas de compartir algunos grabados, ocho nomás, del maestro Alberto Beltrán. Como digo en el comentario, cada una de estas imágenes y 16 más abren cada uno de los capítulos de Las palabras perdidas. No fueron escaneados, sino que les tomé foto con mala luz. Pese a la técnica rupestre que usé para captar cada imagen, es innegable que su calidad plástica conserva gran poder de comunicación. Un dato adicional y asombroso: en 1999 o 2000, no lo recuerdo con precisión, alcancé a conocer en el DF al maestro Beltrán en un encuentro convocado por el Seminario de Cultura Mexicana del que él era miembro. Yo también lo era, pero de la modesta corresponsalía de Torreón. El grabador moriría un par de años después en la misma capital del país. Aquí parte de su obra:




















Nota 2. El libro es completamente asequible, pues ha sido reimpreso y reeditado varias veces desde su publicación hasta la fecha. Puede ser conseguido nuevo o usado, y en este caso, incluso, la primera edición de 1956. Esta es la portada de la edición más reciente: FCE, México, 2006, de fácil localización en línea.



miércoles, octubre 05, 2022

Apodos del mal

 








Un tic de nuestro folclor sangriento está en los apodos de quienes se han dedicado con honda vocación al narcotráfico. Cuando estos personajes llegan al estrellato mediático no falta que parte de su encanto, por decirlo así, radique en el apodo que los peculiariza. Sé que la lista es inmensa e inabarcable, lo que de paso da una clara idea sobre la solidez de esta fuente inagotable de riqueza y violencia. Allí donde hay un narco, casi es seguro que exista un alias, un sobrenombre que se convierte casi casi en escudo de armas. Observo algunos, ocho nomás.

El Canicón, alias de Sigifredo Nájera Talamantes. Por aludir a la canica, juguete infantil, resulta oximorónico. El aumentativo lo hace casi insuperable.

El Cochiloco, de Juan Manuel Salcido Uzeta. Diríase sin temor a errar que es uno de los apodos emblemáticos en el santoral narco mexicano.

El Señor de los Cielos, sobrenombre de Amado Carrillo Fuentes. Pocos arraigaron más profundamente en el imaginario del país, esto quizá porque se impregna de un marcado tinte religioso.

El Güero Palma, de Héctor Luis Palma Salazar. De sonoridad seca, uno de los más célebres. “Güero”, sabemos, es la forma popular mexicana de llamar al rubio. He tratado de indagar su origen y quizá es una deformación de la palabra “huero”, vacío, en este caso de color. Pero no me animo a asegurarlo.

La Barbie, mote de Édgar Valdez Villarreal. De los sobrenombres mexicanos para hombre con forma femenina (el apodo), como La Güera Rodríguez Alcaine (líder charro), La Chiquita González (boxeador), La Chofis López (futbolista). La Barbie fue apodado así por su tez blanca y rasgos de gringo. De hecho nació en Laredo, Texas, aunque ejerció su carrera profesional del lado mexicano.

La Tuta, de Servando Gómez Martínez. Semejante al anterior. La Tuta es el único mexicano que ha compatibilizado sin conflicto los oficios de profesor, narco y youtuber.

The Winnie Pooh, de Óscar Eduardo Guerrero Silva. Acaso el más paradójicamente tierno de cuantos apodos narcos han sido y serán. Sólo podría ser superado por alguien a quien motejaran Hello Kitty.

Tony Tormenta, Antonio Ezequiel Cárdenas. Hermano de Osiel y dueño de un alias que envidiaría cualquier luchador del bando rudo.

sábado, mayo 04, 2019

La tropa lagunera cuenta




















Deliberadamente he titulado mi comentario con una frase bisémica: “la tropa”, en este caso los periodistas de La Laguna, “cuentan” en el sentido de narrar o declarar, y también “cuentan” en el sentido de que debemos tomar en cuenta su experiencia a la hora de reconstruir los años del plomo padecidos por nuestra región entre 2007 y 2012, poco más o poco menos. Gracias al trabajo académico emprendido por José Carlos Nava Vargas, La tropa del silencio. Memorias periodísticas desde un campo de batalla (UA de C, Torreón, 2019), podemos acceder a la voz viva de quienes por su profesión fueron testigos —y en ciertos casos víctimas— inmediatos de la violencia.
Mirado desde un dron, La tropa del silencio ha sido articulado con tres textos de carácter introductorio firmados por el doctor José Luz Ornelas López y los periodistas Julián Parra Ibarra y Lucina Melesio; luego, el autor hace su propia contextualización para ofrecer después la miga del libro: 18 diálogos con periodistas que nos comparten en off su contacto con la realidad violenta del calderonato y las huellas que aquella experiencia les dejó. Cierra el documento con dos anexos, uno estadístico y otro fotográfico, y un epílogo. Se trata pues de una mirada que además de humana y conmovedora pone sobre la mesa datos duros que permiten configurar una idea de aquel pasado atroz.
Sustancialmente, La tropa del silencio es un libro de entrevistas, género que permite sentir la inmediatez del declarante. José Carlos Nava ha querido aquí que sean los propios periodistas laguneros, mujeres y hombres, quienes nos pinten el mural de la violencia padecida por toda nuestra comunidad. Como sabemos, casi de la noche a la mañana, sin metáfora, pasamos de un estadio de cierta, de relativa tranquilidad, a otro en el que ningún ciudadano podía estar en paz ni en su casa. Los reporteros, los fotógrafos, los camarógrafos, quienes hacen periodismo a ras de suelo, fueron sorprendidos por una nueva dinámica cuando quedaron destrozados todos los códigos de respeto a su trabajo: de golpe, ya no iban a poder desempañar su oficio sin poner en riesgo su integridad y la de sus familias. Mientras en las guerras existen protocolos que de alguna manera salvaguardan la seguridad de quienes reportean, en la vorágine de la lucha contra el narcotráfico se rompe todo sobrentendido: los periodistas, así, quedaron en medio de una refriega que en La Laguna dejó saldos todavía no cuantificados, y este libro es entonces, desde la perspectiva de los reporteros, uno de los primeros empeños por digerir lo que nos ocurrió, lo que vimos, vivimos y a la distancia sentimos que pasó.
En  los testimonios de cada periodista los lectores laguneros podemos escuchar ecos de los que sufrimos. Al leerlos, sentí un retortijón de miedo. Recordé, por ejemplo, el pavor del 2010, el peor que recuerdo. En aquel año se dieron al menos, si la memoria no me defrauda, cinco masacres. La del Ferrie, la del Juanas, la del Italia Inn, la de un centro de readaptación juvenil de Torreón y otro de Gómez Palacio. Cinco, todas con un saldo alto de muertos, por eso las llamamos masacres. ¿Y qué pasó entonces en la prensa nacional? Nada. Tuve y sigo teniendo la impresión, acaso demostrable, de que La Laguna significaba poco para la prensa nacional dedicada a cubrir la violencia durante aquellos años. Otras zonas del país gozaban del paradójico glamour que las ubicaba como lugares violentos: Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, Reynosa, Acapulco… y por ello tenían cobertura permanente en los medios nacionales. Allí, su periodismo había creado ciertos anticuerpos, ya se había calado en las lides contra la delincuencia. En La Laguna, la violencia en tono subido cayó de sorpresa, y mientras se procesaba una reacción del periodismo ante la realidad, esperamos mucho tiempo a que la prensa de la capital acercara su interés a nuestra tierra. Yo comenté entonces, de manera elíptica, que tras la masacre de la quinta Italia Inn, por primera vez Torreón ocupaba primeras planas incluso en la prensa internacional (18 julio 2010); socorrido por el traductor de Google, di con notas publicadas en la prensa de cinco países (Italia, Brasil, Inglaterra, Alemania, Francia y China) y en armé una columna. Por fin éramos tenidos en cuenta:

Teatro della strage Torreon, capitale dello Stato di Coahuila, una zona a ridosso della frontiera con il Texas. Il bilancio potrebbe aggravarsi, poiché alcuni dei ragazzi feriti, condotto negli ospedali della zona, sarebbero in condizioni molto critiche. L'attacco è avvenuto all'una e trenta del mattino nel centro Quinta Italia Inn. Il commando, che secondo gli investigatori appartiene con ogni probabilità a un gruppo di narcotrafficanti, è arrivato sul posto a bordo di cinque veicoli e ha subito iniziato a sparare all'impazzata. I sicari avevano armi pesanti (Ar15 e Ak-47, i fucili automatici preferiti dai narcos messicani)…

La masacre ocurrió en Torreón, capital (sic) del estado de Coahuila, un área cercana a la frontera de Texas. El presupuesto podría empeorar, ya que algunos de los niños lesionados, atendidos en los hospitales de la zona, estarían en condiciones muy críticas. El ataque tuvo lugar a la una y media de la madrugada en la céntrica Quinta Italia Inn. El comando, que según los investigadores probablemente fue perpetrado por un grupo de narcotraficantes que llegó a bordo de cinco vehículos e inmediatamente comenzó a disparar. Los asesinos tenían armas pesadas (Ar15 y Ak-47, los rifles automáticos favoritos de los narcos mexicanos).

Años después bajó el caudal de agresiones a la ciudadanía en general y a los reporteros en perticular, pero no ha terminado. Libros como La tropa del silencio son agradecibles porque, ya con la perspectiva del tiempo, dan cuenta de un momento que nadie quiere volver a vivir.

Comarca Lagunera, 3 de mayo de 2019

Nota. Texto leído en la presentación de La tropa del silencio. Memorias periodísticas desde un campo de batalla, de José Carlos Nava, UA de C, Torreón, 2019, 113 pp., celebrada el 3 de mayo de 2019 en el auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Participamos Ana María Ávila, Sara Carrillo, Pablo Chávez, Lucina Melesio, Julián Parra, el autor y yo.

miércoles, abril 18, 2018

Miseria de la violencia




















Escribí alguna vez, en la desesperación de los años laguneros más violentos, que la garantía primordial que debe procurar el Estado a los ciudadanos es la seguridad. ¿De qué sirven el alimento, la vivienda, el vestido, el trabajo, la salud, la educación, si uno está muerto? Tal era el eje de mi angustiado y baldío razonamiento, pues recién habían asesinado a uno de mis sobrinos. Hoy, algunos años después, me entero de un crimen entre los miles que produce este país maldito y otra vez ya no sé ni para dónde hacerme. Sobre el caso, un grupo de escritores dirigió una carta al fiscal general de Sinaloa, Juan José Ríos Estavillo. La carta describe la fatalidad y reclama lo que en México suele no existir, justicia:
“El pasado lunes 26 de marzo de 2018 asesinaron a Sebastián Quezada Ramos, de 13 años de edad y sobrino de nuestro amigo, el escritor Hilario Peña. El niño regresaba del gimnasio de box donde entrenaba y se dirigía a su hogar cuando fue asaltado. Su pecado fue haber dejado el teléfono celular en casa. Su homicida no se lo perdonó. 
El infanticidio fue llevado a cabo con arma punzocortante en una avenida (Gabriel Leyva) céntrica de Mazatlán, Sinaloa. Sebastián fue ingresado al Hospital General a las 19:55 horas, presentando dos heridas cortantes, una en la región abdominal y otra en la región hipocondria derecha. El niño falleció horas después.
Pareciera que vivimos en un estado fallido, sin garantías para aquellos que nos atrevemos a vencer el miedo y osamos hacer uso de los espacios públicos. Pareciera que hay individuos con licencia para matar, que ejercen este privilegio sin temor a sufrir consecuencia alguna. Esto no es lo que queremos para el estado de Sinaloa ni para México. Es por ello que solicitamos su ayuda para esclarecer este infanticidio y procesar judicialmente a la persona o personas que le quitaron la vida a Sebastián, actuando siempre conforme a derecho.
Contamos con que la fiscalía a su cargo hará todo lo posible por comprobar la validez de las actas de nacimiento y demás documentos que acrediten la supuesta minoría de edad de los tres “probables responsables”, como usted los llamó en conferencia de prensa, el pasado 15 de abril. 
Por último, le informamos que tanto escritores como periodistas seguiremos muy de cerca este caso que ha conmocionado a la comunidad artística y a todo el estado de Sinaloa”. 

sábado, mayo 20, 2017

Otro sexenio inolvidable














Sin novedad: vivimos bajo la mirada de la delincuencia con fuero. No sé cuántos más piensen lo mismo, pero creo que nos hemos instalado desde hace muchos años, décadas incluso, en una realidad en la que sin ambages ni misericordia, pero sí con ampulosos discursos, nuestro gobierno extiende su poder en el tiempo y en el espacio (real y simbólico) aunque los resultados sean catastróficos. El gobierno es, pues, una manga de bucaneros, el ente que con mayor depravación se hace de riqueza a costa de las personas a las que en teoría deben servir. No por nada la miseria material y espiritual luce hoy en todos los desgarrados parches del (disculpen la sobada metáfora sastreana) tejido social.
La muerte de Javier Valdez, como la de Miroslava Breach en marzo y tantas más, ha vuelto a poner sobre la mesa de debate los alcances del actual gobierno federal en materia de seguridad. Para mí son nulos, tanto que el de Peña Nieto compite cerradamente en ineptitud con el de Felipe Calderón, lo cual, al principio de este sexenio, parecía una comparación imposible. Pues no: la vuelta del PRI a Los Pinos, vendida como quimioterapia capaz de arrasar con los cánceres panistas, ha traído como consecuencia una brutal agudización de la penuria. Tan mal estamos que, para seguir con el campo semántico de la medicina, muchos ciudadanos ya se han aplicado una especie de eutanasia política, no desean participar pues “todos los partidos son iguales”. Esta desesperanza no es menos dolorosa que los otros flagelos del país.
A poco más de año y medio de que termine este sexenio inolvidable y luego de decenas de periodistas asesinados, es inaudito que el responsable del poder ejecutivo tome apenas la palabra para referirse al caso. Cabría otra vez la pregunta: ¿habrá algún país civilizado en el que maten a tantos periodistas y su presidente no dé la cara? ¿Por qué en México sí ha ocurrido esto? ¿Qué maldita mala suerte ha sido capaz de jugarnos tal broma? No entiendo, no entiendo nada.
Vi, como todos, el momento en el que EPN pidió, luego de las alocuciones leídas con voz grave, un minuto de silencio por los periodistas caídos. Oí los tímidos gritos de algunos reporteros que pedían justicia y no discursos. Los funcionarios de un lado, inalcanzables, los periodistas del otro, invisibles, encorsetados por el cordón de seguridad marcado por el EMP.
Esa pequeña situación, creo, pinta al país.

miércoles, febrero 01, 2017

Un poco de memoria














Hace escasos lustros, cuatro o poco menos, la capacidad de resguardo escrito y audiovisual era privilegio de unos cuantos. Sólo ciertas instituciones —o individuos pudientes y muy obsesivos— podían presumir acervos documentales dignos de ese nombre. Muchos poderosos, por ello, podían mentir en paz o contradecirse sin riesgo de ser exhibidos. Si algún candidato, por ejemplo, prometía algo en campaña y durante su gobierno no lo cumplía, nadie aparecía con la evidencia escrita o (peor) audiovisual que lo balconeara.
Con la popularización de las computadoras e internet llegó la posibilidad de que cualquier hijo de vecino con malicia y curiosidad pueda armar o acceder a todo tipo de documentos aptos para evidenciar públicamente, sobre todo, a los gobernantes desmemoriados. Hoy podemos ver una edición casera en Youtube con Peña Nieto prometiendo con énfasis que no habrá aumento a los combustibles, y en el mismo video el anuncio y la justificación de los incrementos. También podemos ver a EPN, sonriente, al lado del prófugo Javier Duarte, o elogiándolo en televisión, y luego, en el último acto donde coincidieron, con el ex gobernador de Veracruz mañosamente colocado lejos, ya como apestado, para que no saliera en las fotos.
Esta época desbordante de evidencias sobre corrupción y otros excesos no ha tenido como correlato una respuesta honorable de quienes son pillados con las manos en la mierda. Antes bien, se han hecho más cínicos, más tercos en la práctica de un caradurismo que los pinta como especímenes de otra era en la historia de la impudicia política. Es lo que pienso, sin dudarlo un momento, sobre el cinismo de Calderón, quien, pese a la gráfica de la revista Emeequis en la se enlistan las abundantes masacres ocurridas durante su sexenio fúnebre, sigue impulsando la campaña de Margarita Zavala, su esposa. Si en este país hubiera justicia, una simple imagen, o sea, un poco de memoria sobre la tragedia nacional que representó el periodo que va de 2006 a 2012, debería ser suficiente no solo para votar por Margarita, sino para encarcelar de inmediato a su marido. Pero no. Lo que en realidad sucede es que Calderón goza de su millonaria pensión y, en el colmo del cinismo, quiere de nuevo la presidencia ahora por la vía conyugal.

sábado, enero 07, 2017

Héroes congelados














Cada dos o tres meses practicamos algún ritual para venerar a nuestros héroes. Desde el gobierno, por la vía de la SEP, los niños son sumariamente informados sobre las gestas de personajes que de una manera u otra, a veces sin mucha claridad, “nos dieron patria”. Nos enteramos por lo general, con un maniqueísmo y un vaciamiento contumaces, de que los héroes se rebelaron contra alguna tiranía, contra algún déspota adecuado, encarnación de la perversidad. No vemos nada mal que así haya sido: el pueblo, encabezado por líderes henchidos de convicciones, tuvo todo el derecho a reclamar justicia, libertad, bienestar, soberanía, etcétera, y si algún autócrata se opuso no hubo más remedio que defenestrarlo. Esa es la didáctica general de las efemérides inscritas en el santoral patrio.
Lo curioso de este respeto irrestricto a la heroicidad es su abstracción. Los próceres y sus hazañas son objetos de museo, son parte del injusto pretérito y hoy sólo sirven para que en los patios escolares y en las plazas públicas les mostremos gratitud. Las injusticias contra las que lucharon aquellos hombres probos ya no existen, como tampoco los tiranos que las impusieron. En el presente, pues, gozamos de las instituciones conquistadas gracias a hombres y mujeres bien acaudillados.
Soy de los que creen (y lo creo así desde hace al menos treinta años) que en México padecemos un régimen cuya esencia es beneficiarse a sí mismo y crear injusticias de todos los colores y de todos los sabores. Atrincherada en la hueca historia de bronce y en el “respeto a las instituciones”, una manga de pillos ha prevaricado el servicio público hasta convertirlo en acto ya visiblemente peligroso. Para lograrlo, se ha apoderado de todos los instrumentos que tiene la República para legitimar sus trapacerías y permitir su impunidad. Con algunas pálidas excepciones, son dueños, mañosamente dueños, de todos los hilos: la presidencia, las secretarías, las cámaras, el INE, el aparato económico, el sistema de seguridad, los gobiernos estatales… y no se han saciado.
No digo que calquemos a los héroes, pero sí que pensemos en lo obvio: las injusticias, la opresión, la falta de respeto a la ciudadanía, el despotismo en suma, no son padecimientos del ayer, lepras del pasado. Los vivimos hoy, y hay que hacer algo.

miércoles, noviembre 18, 2015

Barbarie y solidaridad










A lugar común ha llegado la opinión que tenemos sobre las noticias de cada día: la mayoría trata sobre desastres, calamidades, hecatombes, cataclismos, crímenes, delitos, política local e internacional. No parece haber rincón del globo sin saqueos, ecocidios e inagotables derramamientos de sangre. Pero hay de noches a noches, como la del viernes 13 que fue particularmente brutal por los atentados en París y la resonancia mediática que inmediatamente tuvieron.
Es imposible no sentir una mezcla de irritación, asco e impotencia al ver las imágenes de los actos terroristas. Si la violencia es repudiable, más lo es aquella que ataca indiscriminadamente, es decir, la que dispara o hace estallar explosivos sin calcular la presencia de inocentes, muchos de ellos jóvenes, niños y ancianos que simplemente están allí, ajenos por completo a los conflictos políticos y religiosos.
No creo ilegítima la solidaridad expuesta en las redes sociales (la más recurrente desde el viernes es la que exhibe fotos de perfil con la bandera de Francia o la estilización del signo “amor y paz” con la torre Eiffel), aunque parece más movida por el efecto de shock catapultado desde los medios que por una genuina identificación con las víctimas. Dada la importancia de Francia, país ejemplar en muchísimos sentidos, no falta que en automático queramos manifestarle apoyo así sea con una modesta foto de perfil en Facebook. Reitero que esa solidaridad al país agredido es legítima y no podemos tomarla a broma.
Lo que también me parece legítimo es reclamar iguales muestras de indignación y solidaridad ante los hechos que no necesariamente difunden los medios hegemónicos, como las permanentes intromisiones y agresiones cuasi (o sin cuasi) terroristas de países como Estados Unidos en otros que en teoría son “enemigos de la libertad”. A esos países los han golpeado por décadas, han diezmado su población y destruido sus economías sin que la comunidad internacional repare en su calidad de víctimas. Igualmente, los preocupados y ya casi resignados por la violencia que no aplasta más de cerca, como la mexicana, somos casi exclusivamente nosotros mismos. Miles de muertos en México no han motivado una denuncia internacional en forma, y tal parece que a los países con intereses económicos en México les importa más el gobierno mexicano que los mexicanos. No se trata, claro, de regatear la solidaridad, sino de hacerla congruente, más pareja, y México necesita mucha.

miércoles, septiembre 09, 2015

Renovadas largas al asunto















El mecanismo de procuración de justicia en México es un engranaje perfectamente lubricado para entorpecer, embrollar, dilatar, opacar y, al final, desaparecer toda posibilidad de encontrar culpables sobre todo cuando hay indicios de participación del Estado o intereses del grupo mafioso habitualmente conocido en México como gobierno. Lo ha demostrado en muchas ocasiones: ocurre algo —por ejemplo el asesinato perpetrado contra Colosio— y el engranaje actúa de inmediato: se resguarda a los implicados, se altera la escena del crimen, se emiten datos a cuentagotas, se siguen líneas de investigación que sólo tienen de serio llamarse “líneas de investigación”, se adulteran los peritajes forenses, se invoca al narco y se eligen “fiscales especiales” que equivalen a muppets con corbata.
El caso de la masacre en Iguala no es la excepción. Cuando el procurador (hoy ex) Murillo Karam dio a conocer las conclusiones a las que llegó el trabajo de la PGR, es decir, la famosa “verdad histórica”, era obvio que se trataba de una versión torcida, pues su dato esencial, la incineración de los cuerpos, no se atenía técnicamente a nada, salvo a la más siniestra ficción. La lógica lo contradecía: cremar un cuerpo, convertirlo en cenizas, requiere condiciones peculiares y tan ceñidas a cierto procedimiento que pensar en la incineración de 43 al aire libre parecía, porque lo es, un dislate macabro y una falta de respeto criminal a los mexicanos.
La idea del gobierno se apegó a la lógica anotada en su manual de operaciones: dar una versión que pareciera concluyente, la que fuera, para sofocar la irritación social en ascenso, luego remover al procurador, apuntalar mediáticamente la fabulación y ganar tiempo, todo el tiempo que fuera posible y con la fe puesta en el olvido, ese olvido que en México suele curar todos las dolencias políticas.
Por la gravedad de los hechos y lo grotesco de su “solución”, sin embargo, miles de mexicanos siguieron inconformes tanto en las calles como en algunos medios periféricos y en las redes sociales. Ayotzinapa no se apagó con el carpetazo disfrazado de Murillo Karam. Ahora, tras el informe del GIEI, terminó el tiempo ganado gracias a la “verdad histórica”, y el engranaje ha vuelto a operar: el señor presidente de los Estados Hundidos Mexicanos ya ordenó que sean tomados en cuenta los “elementos” de la investigación independiente que al final, de todos modos, cierto que tiene diferencias con respecto de la oficial, pero nada que no pueda ser “superado” sobre todo si se le dan renovadas largas al asunto.

miércoles, diciembre 24, 2014

Respuesta de Forster
















En la pasada Feria Internacional del Libro pude asistir a una mesa argentina en la que se habló sobre medios y poder. La compartieron el periodista Eduardo Anguita, el filósofo Ricardo Forster y como moderador estuvo el también periodista (e hincha de Rácing) Carlos Ulanovsky. Pude hacerles dos preguntas en público, y la segunda fue ésta: “Si bien es cierto México y Argentina tienen simetrías, también tienen grandes asimetrías; una de ellas tiene que ver con los medios de comunicación hegemónicos. En México, los dos grandes consorcios de televisión y radio están totalmente aliados al poder del gobierno federal. En Argentina esto no sucede desde hace algunos años a la fecha. En ambos casos noto un problema: cuando están, como en México, muy cerca del poder, evidentemente nos engañan, la maquillan. En Argentina tienen dos grupos mediáticos poderosísimos, sobre todo el de Clarín, que se dedica a sabotear con la información todo lo que hace el gobierno federal encabezado por Cristina Fernández. Mi pregunta es ésta: ¿en dónde debe ubicarse el periodismo, cuál es la zona que debe ocupar?”
Ricardo Forster, autor de varios libros, dirigente del grupo Carta Abierta y uno de los intelectuales más salientes de Argentina en este momento, respondió algo que, creo, calza bien a México; por ello lo reproduzco aquí en un solo párrafo, íntegro, tal y como lo “redacto” Fortser de botepronto casi al final de la mesa redonda:
“Es muy difícil abrir la caja de Pandora de los medios de comunicación, es un poder sellado, cifrado, entramado con intereses que siempre aparecen como en una zona de niebla. Creo que hay momentos de las sociedades donde se producen rupturas. En Argentina eso ocurrió a partir del 2008 por distintos motivos que no es importante narrar ahora, pero que generaron algo insólito: que una parte no menor de la sociedad comenzara a preguntarse por su manera de ver la realidad a través de los medios de comunicación. Cuando una sociedad comienza a preguntarse eso, cómo mira el mundo mediado por los medios, y cuando pierde, entre comillas, la inocencia, cuando deja de ser virgen frente a una verdad y una objetividad y una autoridad que determinaba su manera de ver el mundo, algo importante está sucediendo en esa sociedad, algo se rompe y algo se abre; a mí me parece que hoy gran parte de la sociedad argentina, esté con quien esté, ya no puede inocentemente ver un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, porque sabe que es parte de una gran disputa, porque sabe que es parte de una enorme querella de interpretaciones, que ya no hay una realidad narrada de manera objetiva o verdadera, sino que la realidad también es un campo de batallas, de ideas contrapuestas, que hay poder en el modo de representar la realidad. Entonces yo creo que eso es fundamental. Me parece que lo que está pasando en México ahora, a partir de un desgarramiento muy profundo y de un acontecimiento atroz, puede generar también que una parte importante de la sociedad mexicana salga de una cierta aceptación de lo irrevocable de un orden. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es sentir que el orden es irrevocable, y los medios de comunicación, sobre todo los medios de comunicación concentrados, que representan poder económico o político, pero sobre todo representan poder cultural-simbólico, se encargan de señalar que el mundo fue y será una porquería. Bajo esa lógica, la catástrofe, la tragedia, el horror, la miseria, el crimen, la violencia, la corrupción dominan todas las esferas de la vida, y al dominar todas las esferas de la vida ya no hay ninguna oportunidad para imaginar que la sociedad puede ser distinta, que es posible construir derechos, ampliarlos, que se puede construir una democracia que no esté vaciada, sino que la democracia puede ser un ámbito de participación real, que hay un presente que no es el lugar del agobio, de la miseria cotidiana en todos los órdenes, porque el dispositivo mediático es una máquina cultural. Entonces cuando se abre esa máquina cultural y una parte de la sociedad puede discutirla, algo importante está pasando, y en nuestros países, cada uno con su historia, de algún modo esto se está notando, lo están notando los brasileiros, los bolivianos, los venezolanos, los argentinos… los mexicanos ya no aceptan que los cuerpos que se hallan cada día en fosas comunes sean parte de eso irrevocable que seguirá siendo así. Me parece que este es un punto de inflexión para la sociedad mexicana, y que descubrir en la complejidad del lenguaje de los medios de comunicación una parte de la responsabilidad en sostener esa suerte de velamiento es un paso extraordinariamente significativo, que amplía democracia, amplía derechos y le devuelve a la política un lugar tremendamente importante. No es lo mismo sentirse afín a un gobierno que representa intereses democráticos, populares, y hacerlo desde un trabajo periodístico, que estar en disputa por un gobierno encerrado en una visión autoritaria, represiva y antipopular. Esto es parte de lo que se está discutiendo en América Latina y también en otras partes del mundo. No deja de ser sorprendente que en Europa los medios llamados ‘progresistas’ tengan una visión espantosa sobre América Latina. Todo lo que sucede en América Latina bajo experiencias populares, democráticas, es inmediatamente tachado de (y la palabra para ellos es horrible) populista, demagógico, autoritario, una especie de Macondo invertido, digamos, no sólo el exotismo macondiano sino el exotismo de la barbarie latinoamericana. Es interesante invertir esos términos, también preguntar cómo narra El País de España lo que pasa en México y lo que pasa en la Argentina, cómo narra Le Monde, cómo lo hace el New York Times, porque ahí también hay que quebrar la idea de una prensa seria, objetiva, que quiere decirnos lo que sucede. Esto, me parece, es lo que está pasando, en parte, en estos momentos sudamericanos y que en México implica una pregunta inquietante: ¿cómo se abre, desde el horror, la posibilidad de una reparación? Me parece que este punto es central, cómo es posible la reparación de una historia que hoy llegó a un límite. No es fácil”.

sábado, noviembre 22, 2014

Clamor con eco global














En julio de 2010 publiqué aquí uno de los muchos textos editoriales que en esta columna se han referido, con o sin estilo elíptico, al problema de la violencia en La Laguna o en México. Llevaba como título “Madrugada internacional” y, como todo lo que aparece con mi firma en estas páginas, está archivado y visible en el blog Ruta Norte Laguna desde 2006 a la fecha. En aquel texto, recuerdo, hice notar con un  recurso sencillo que por fin la violencia lagunera era nota no sólo local, pues la información sobre la matanza de la Quinta Italia Inn, una de las más brutales que han sacudido nuestras vidas, apareció en periódicos de todo el planeta.
Mi preocupación en aquel momento, también documentada en varios textos de esta columna, era que la violencia padecida por los laguneros no trascendía informativamente los cerros grises y pelones de nuestra región, que aquí era posible matar por puños y apenas aparecía algo, una arrinconada notita, en los periódicos de la capital. Luego de algún crimen multitudinario, como acto casi reflejo yo hurgaba durante las mañanas en El Universal, La Jornada, Excélsior, Reforma y Milenio, y lamentablemente no sentía el mismo eco periodístico que sí tenían ciudades igualmente violentadas como Juárez, Tijuana, Culiacán, Reynosa, Laredo y demás. Mi pregunta era obvia, y la hice: ¿por qué si en La Laguna caen acribillados por decenas no hay una cobertura periodística nacional? ¿Qué no tenemos la misma importancia que otras regiones del mapa mexicano? Mi inquietud, obvio, no tenía que ver con el ansia de glamour, sino con la urgencia de que muchos ojos del exterior vieran el infierno en el que vivíamos y quizá lo denunciaran.
Pero ocurrió la masacre de la Quinta Italia Inn, recordamos, y fue entonces cuando no sólo pasamos a ocupar las primeras planas de los diarios nacionales, sino de decenas de periódicos y portales de internet en todo el mundo. Pude comprobarlo con el traductor de Google: La Laguna era noticia internacional, por fin veían nuestro calvario más allá de Bermejillo y León Guzmán. Así, armé  mi columna con la transcripción de los primeros párrafos de notas publicadas en diferentes idiomas. Por ejemplo, en italiano decía así (con todo y el error, que no debería serlo ya, sobre la capital de Coahuila): “Diciassette morti e una ventina di feriti. Questo il bilancio drammatico dell'ennesimo fine settimana di sangue in Messico. Dove un commando armato ha fatto irruzione in un centro residenziale dove era in corso una festa alla quale partecipavano tutti giovani fra i venti e i trent'anni. Teatro della strage Torreon, capitale dello Stato di Coahuila, una zona a ridosso della frontiera con il Texas. Il bilancio potrebbe aggravarsi, poiché alcuni dei ragazzi feriti, condotto negli ospedali della zona, sarebbero in condizioni molto critiche”.
El jueves 20 de noviembre de 2014, lo vimos todos salvo quienes habitualmente no ven esto, decenas de medios de comunicación en el mundo fueron testigos del clamor que hasta la fecha, creo, es el más sonoro entre todos los que alguna vez han jalado la atención del planeta hacia nuestro país. Esto es importante, insisto, no por caché geopolítico, sino porque da fe internacional de que se ha manifestado una inquietud generalizada y legítima entre los mexicanos, lo que a su vez posibilita la presencia de organismos y más medios foráneos que puedan luego exhibir las condiciones en las que se mata, se ejerce la justicia y se distribuye la riqueza en nuestro país.
Por último y a propósito del 20-11, un diario alemán comienza su nota del 21 con estas palabras: “Tausende gingen aus Solidarität auf die Straße”, lo que en el romance del traductor Google significa “Miles de personas salieron a las calles en solidaridad”.