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sábado, septiembre 30, 2017

Una aberración nacional




















Ayer viernes fue ofrecida en la Ibero Torreón la conferencia “La desaparición forzada de personas: a tres años de Ayotzinapa”. Su expositor fue el maestro Adalberto Méndez López, director del área de discapacidad de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. El tema de los 43 jóvenes desaparecidos —aunque enterrados oficialmente con una “verdad histórica” que se agiganta como burla a medida que transcurre el tiempo— fue detonante, en la ponencia, de una reflexión más amplia: México puede ser considerado, esto lo creo yo, una especie de paraíso de la desaparición forzada, un país con tantos casos de esta naturaleza que nos autorizan a pensar en la categoría de Estado fallido.
Méndez López expuso con detalle el contexto jurídico en el que se inscribe la desaparición forzada, y enfatizó que tal crimen supone la participación frontal o lateral del Estado mediante alguno de sus agentes, cualquiera que sea, y en ciertos casos su comportamiento omiso, el del Estado, también lo implica en este delito que, por otro lado, jamás prescribe.
Si bien es una calamidad global, el especialista subrayó datos mexicanos que llevan a pensar en un infierno sobre todo para los familiares de las víctimas. En la actualidad, dijo, hay más de 33 mil desapariciones forzadas, y este dato puede ser mayor si pensamos que todavía se carece de una estadística confiable en tal terreno.
Se trata, por ello, de uno de los principales problemas del país, no de un pequeño delito recurrente y venial. Al describirlo, el maestro Méndez mostró la gráfica mexicana de la desaparición forzada por entidades. Es aterradora, trágica por donde quiera que se le analice. En ella figuraban en primer lugar, hasta hace poco, Tamaulipas, Guerrero, Veracruz y Coahuila, y muy cerca Michoacán, el Estado de México y la capital. Esto no significa, empero, que otros estados de la apaleada República no padezcan el problema, pues se trata de un cáncer extendido —desigualmente, pero extendido al fin— por todo el mapa mexicano.
Tuve la oportunidad de preguntar al experto si nuestro gobierno no se encuentra rebasado, si este problema no ha desbordado ya los límites de la lógica que permite pensar todavía en la vigencia del famoso estado de Derecho. La respuesta fue cruda, pero con un fleco optimista: ciertamente el panorama es pavoroso, pero la presencia de muchas instancias dedicadas a velar por los derechos humanos es un avance. Lo que hay que lograr ahora es, entre otras cosas, que actúen, que actúen bien, con firmeza. 

sábado, octubre 31, 2015

Periodismo para rehacer vidas












He comentado ya que con mil burdas maniobras el gobierno mexicano ha tratado de convertir un delito que al menos presuntamente lo implica en un acto dizque perpetrado por la sola delincuencia. Lo ha intentado sin éxito, pues los resultados oficiales dados a conocer rebasan las fronteras de la lógica y sólo han parecido malabarismos retóricos, conclusiones con tufo a carpetazo. Buena parte de la sociedad, por ello, sigue demandando un esclarecimiento pleno de los hechos y castigo a los verdaderos culpables, no a chivos expiatorios. Ese es el jaque del actual gobierno ante la infausta noche de Iguala: que en el mejor de los casos aparece como inepto para investigar, esclarecer y castigar a quienes lo merecen.
El libro Ayotzinapa, la travesía de las tortugas, editado por el colectivo Marchando con Letras y Ediciones Proceso, es un documento ahora indispensable para acercarnos no sólo a lo ocurrido el 26 de septiembre de 2014, sino, de paso, a la realidad socioeconómica aledaña a la catástrofe del país en materia de procuración de justicia. Como miles y miles en México, los padres de los jóvenes normalistas de Guerrero siguen sin obtener una respuesta siquiera mínimamente satisfactoria sobre el paradero de sus hijos. Lejos de eso, la autoridad infligió, como sabemos, una “verdad histórica” que desde su pura enunciación se derrumbaba sobre todo en la parte del libreto que reconstruía la eficacísima e inverosímil incineración. Científicos de la UNAM y de la UAM, casi nada, han demostrado que las condiciones para cremar hasta convertir en nada los cuerpos al aire libre no pudieron darse en el basurero de Cocula, y así quedó desenmascarada la principal treta difuminatoria de la Procuraduría. Muy recientemente un documental producido a la medida —le llaman docudrama— quiso machacar, también sin éxito, la ficción esbozada por el procurador Murillo Karam, hoy prófugo de la noticia.
Ante la desaparición física y en muchos casos mediática de los normalistas —y más todavía: ante la criminalización a la que han sido sometidos como si algo hubieran tenido que ver con la delincuencia organizada—, varios periodistas articularon un colectivo que ha actuado de inmediato. Su primer logro, un logro nada despreciable pues habla no sólo de su solidaridad y su capacidad organizativa, sino también de su profesionalismo, es un libro transparente en su intención: reconstruir mediante la palabra los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos, enfatizar su calidad de jóvenes normalistas rurales, no de delincuentes, y hacer ver a la autoridad que las vidas segadas (éstas y las miles más que inundan de dolor el mapa del país) merecen investigaciones serias y resultados convincentes, no patrañas que luego son desestimadas en México y fuera de México incluso por organismos internacionales.
Héctor de Mauleón ha escrito en el prólogo que se trata de “un libro ejemplar en muchos sentidos. Porque devuelve los rostros a esos números que se desgastan de tanto repetirse, porque restituye a muertos y desaparecidos la vida que aquella noche les robaron”. En efecto, La travesía de las tortugas cuenta en 43 trancos la travesía individualizada de los 43 muchachos desaparecidos aquel día de septiembre en Iguala. Para lograrlo, y esto me asombra, 43 periodistas pusieron manos a la obra sin otro interés que el interés que debe alentar todo reporteo digno de este nombre: informar, reconstruir, aclarar, conseguir datos, edificar en suma documentos en los que asome el rostro de la verdad, cualquiera que éste sea.
Los periodistas de Marchando con Letras, tan solidarios como profesionales, avanzaron generosamente por diferentes brechas de Guerrero para dar con la familia, los amigos, las novias, los maestros de los normalistas, y ya frente a ellos entrevistarlos con el fin de configurar un gran fresco, el más amplio y claro hasta el momento, sobre la vida de cada uno de los jóvenes que no sólo tenían nombres propios y no sólo forman juntos un número, el 43. Más que eso —es decir, más que sus nombres propios y el número mencionado—, los estudiantes son en este libro vidas completas hoy desaparecidas, vidas que compartieron anhelos y frustraciones, juegos y tropiezos, esfuerzos y carencias de toda índole con quienes los rodeaban.
No hay un solo estudiante de este libro que haya gozado una situación económica boyante. Su condición, lo sabemos bien, es muy adversa, tanto que en el relato de cada vida asoma, como presencia ineludible, el fantasma de la imposibilidad de estudiar o el de la deserción. En medio de la total contracorriente material que implica vivir para la mayoría en Guerrero, muchos jóvenes se atreven a soñar con lo único que el mundo les ofrece para prepararse, de ahí que elijan estudiar en normales rurales como la de Ayotzinapa. Pues bien, los sueños de 43 están hoy suspendidos y en esos sueños puede advertirse una alegoría de lo que ocurre en México, no sólo en Guerrero: ¿cuántos jóvenes tienen hoy cancelado su futuro y cuántos, en vez de recibir alguna oportunidad, son víctimas de atropellos que lejos de ser esclarecidos son encarpetados en expedientes que los vinculan al mundo criminal?
En suma, debemos emprender, como lectores, esta travesía por dos razones: primera, para entender que los estudiantes eran jóvenes sanos, no delincuentes; y segunda, para pagar con nuestro acceso a este libro el gran esfuerzo de un colectivo de periodistas —en el que por cierto participa la lagunera Karina Nalda— que junto a Ediciones Proceso ha reconstruido periodísticamente 43 vidas cuyo regreso seguimos esperando.

Comentario leído en las presentaciones del libro Ayotzinapa, la travesía de las tortugas (la vida de los normalistas antes del 26 de septiembre de 2014), colectivo Marchando con Letras, con prólogo de Héctor de Mauleón y un apéndice fotográfico, Marchando con Letras-Ediciones Proceso, 2015, 327 pp., celebradas en el Sindicato de Telefonistas y en la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Unidad Laguna los días 29 y 30 de octubre, respectivamente, en Torreón. Participamos en ellas, como lo ilustra la foto que encabeza este post, Saúl Rosales, Nadia Sanders, Karina Nalda y yo.

jueves, octubre 29, 2015

Páginas sobre Ayotzinapa en Torreón
















He sido invitado a presentar un libro conmovedor. Su título es La travesía de las tortugas, y fue coeditado este año por el colectivo de periodistas Marchando con Letras y la revista Proceso. La idea que lo atraviesa desde la primera página hasta la 327 es esta: contar la vida de 43 jóvenes estudiantes desde que eran niños hasta el 26 de septiembre de 2014, día en el que desaparecieron. Para lograrlo, igual número de periodistas —también jóvenes— diseñaron un proyecto que es modelo de trabajo solidario: con recursos de cada uno, sin auspicios ajenos, los periodistas fueron a las comunidades de origen de los normalistas desaparecidos y allí conversaron con familiares y amigos de las víctimas. El resultado es un espacio en el que los lectores podemos dialogar con muchachos de carne y hueso que, desde abajo, soñaron con formarse para la educación popular.
Este libro, dice Héctor de Mauleón en el prólogo, “es un libro ejemplar en muchos sentidos. Porque devuelve los rostros a esos números que se desgastan de tanto repetirse, porque restituye a muertos y desaparecidos la vida que aquella noche les robaron”. En efecto, La travesía de las tortugas es un viaje a lo profundo y al mismo tiempo lo sencillo de 43 vidas segadas por un hachazo tan gratuito y destemplado que en México y fuera de México se ha convertido en parteaguas ominoso del actual régimen.
Con mil maniobras el gobierno mexicano ha tratado de convertir un delito que lo implica en un acto perpetrado por la sola delincuencia. Lo ha intentado sin éxito, pues los resultados oficiales dados a conocer rebasan las fronteras de la lógica y sólo han parecido malabarismos retóricos, conclusiones con tufo a carpetazo. Buena parte de la sociedad, por ello, sigue demandando un esclarecimiento pleno de los hechos y castigo a los verdaderos culpables, no a chivos expiatorios. Ese es el jaque del actual gobierno ante la noche negra de Iguala: que en el mejor de los casos aparece como inepto para investigar, esclarecer y castigar a quienes lo merecen.
La travesía de las tortugas será presentado en dos sedes de Torreón: el jueves 29 de octubre a las 19:30 horas en el Sindicato de Telefonistas (Javier Mina 257 sur), y el viernes 30 a las 18:00 horas en el auditorio de la Narro Unidad Laguna. Estas presentaciones contarán con la participación de dos de las jóvenes-periodistas-autoras: la lagunera Karina Nalda y Nadia Sanders Vázquez, quienes son parte de Marchando con Letras. La presentación contará además con los comentarios de Saúl Rosales y quien esto firma. Allí los esperamos.

martes, octubre 20, 2015

Presentación de La travesía de las tortugas





























La travesía de las tortugas, libro periodístico colectivo que describe la vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa hasta su desaparición el 26 de septiembre de 2014, será presentado en dos sedes de Torreón: el jueves 29 de octubre a las 19:30 horas en el Sindicato de Telefonistas (Javier Mina 257 sur), y el viernes 30 a las 18:00 horas en el auditorio de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Unidad Laguna.
Estas presentaciones contarán con la participación de dos de las autoras: la lagunera Karina Nalda Castro y Nadia Sanders Vázquez, quienes son parte de Marchando con Letras, agrupación de periodistas que promovió el armado de este libro junto con editorial Proceso. La presentación contará además con los comentarios de los escritores laguneros Jaime Muñoz Vargas y Saúl Rosales. Esas presentaciones han sido organizadas por el Centro de Terapias Alternativas y de Orientación a la Salud, La UAAANL, su Sociedad de Alumnos 2015-2016, Moreleando y Garcés.
A partir de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, la sociedad mexicana e internacional se solidarizó con el clamor de los padres de familia en jornadas de movilizaciones que convocaron a cientos de miles de personas a las calles. Desde diversos espacios se han construido iniciativas de acompañamiento: artistas gráficos han hecho retratos, músicos organizan conciertos y agrupaciones de la sociedad civil aportan sus esfuerzos a la demanda de esclarecimiento de los hechos.
Desde el periodismo se abre la posibilidad de contribuir a la búsqueda de los estudiantes a través de su tarea fundamental: contar historias. Convertir una lista de 43 nombres en 43 historias vivas. La masacre y desaparición forzada de Iguala fue el golpe más duro contra los estudiantes de Ayotzinapa, pero no fue el primero. El estado de Guerrero —de donde proviene la mayoría de los estudiantes de Ayotzinapa— ha sido escenario de una violencia sistemática desde hace décadas, tanto por la marginación social y económica como por la represión a sus movimientos sociales. Al contar la historia de cada uno de los estudiantes desaparecidos, y de los cuatro asesinados la noche del 26 de septiembre, el colectivo Marchando con Letras contribuye a la explicación de los hechos y a la memoria histórica.
Los periodistas que colaboraron en este libro no sólo no cobraron un sueldo por escribir en este libro, sino que cada uno financió la parte de la investigación que le tocó. Asimismo, las regalías obtenidas por la venta de La travesía de las tortugas serán destinadas a los padres de los normalistas desaparecidos.

sábado, octubre 17, 2015

Semana de videos














En la semana que acabamos de cruzar, tres videos hicieron las delicias del respetable público. Esta columna no se especializa en crítica de productos audiovisuales —de hecho, no se especializa en nada, pero fue particularmente notorio que en menos de seis días tuviéramos tres piezas que por su miserabilidad son dignas de comento. Quizá, por ello, no es ocioso hincarles el ojo. Veamos.
El “ya chole”. Se trata del espot de gobierno que ha durado menos tiempo al aire en la historia de la humanidad. Lo idearon, lo produjeron, lo editaron, lo pusieron a circular y al advertir que se trataba de una estupidez, lo sacaron de la circulación. Este mensaje presenta en escena a dos carpinteros pedroinfantescos, es decir, de natural alegre y dicharachero; uno de ellos, sin embargo, se queja de lo que hace el gobierno y termina por cansar al otro, que en un rapto de fervoroso peñanietismo le dice: “¡Ya chole con tus quejas!”, para luego dar paso a una pequeña lista de logros tangibles alcanzados por la actual administración federal. El escéptico, converso fast track a la verdadera fe, no deja pasar ni veinte segundos para transformarse en fan de las reformas. Una tontería.
El segundo video fue el tráiler —así les llaman ahora a lo que nosotros, los más rucos, denominábamos “cortos”— de La noche de Iguala, film que sería cómico-mágico-musical si no fuera porque trata un tema delicadísimo. De género ambiguo entre el documental, la dramatización y el quién sabe qué chingados, esta cinta refritea el guión de Jesús Murillo Karam como si hubiera sido una verdad revelada. Actuado con las pezuñas luego de un casting de manga muy ancha, todo comienza con esta frase de un chavo fresa, tan fresa que parece participante del Big Brother: “Cambio de planes, nos vamos a Iguala”. Nomás le faltó decir “o sea, ¿sí me entienden?”. La noche de Iguala tiene una peculiaridad demasiado enfática: todos los elementos relacionados con la autoridad visten de azul, son policías.
Por último, no podía faltar otro video del personaje más importante de México: el Chapo Guzmán, quien de nuevo ilumina las pantallas caseras con su magnífica presencia encarcelada y despuesito fugada. El medio, como dijo un famoso canadiense, es el mensaje, y aquí llama la atención que Televisa haya sido el depositario de esta “filtración” audiovisual. Todo parece un montaje, una representación, pero mientras los expertos empiezan a demostrarlo ya llegará otro video que nos distraiga de la monotonía y, principalmente, de lo importante: insistir en señalar que todo esto, todo, huele mal, muy mal.

miércoles, septiembre 30, 2015

A un año del 26/9
















He asistido dos años seguidos, en 2014 y 2015, al congreso de literatura detectivesca en español organizado por Texas Tech University y la UNAM. Ambos han sido organizados casi en las mismas fechas, de manera que pasé los 26 de septiembre de los dos años en el DF. En 2014 no supe sino hasta después, como casi todo México, que ese 26 había ocurrido algo grave, lo que ya sabemos, en Iguala. Ahora, un año después, el sábado, estaba en la capital del país cuando mi actividad recién había concluido.
Asistí pues a la marcha y a ras de suelo pude comprobar lo que ya sospechaba: que el talente de los manifestantes es harto mayoritariamente pacífico, que la ciudadanía canaliza su legítima indignación en una tesitura que los fachos de siempre se niegan a ver y, a partir de algunos vándalos reales o creados en laboratorio, se generaliza la idea de “los violentos”, “los anarcos”, para criminalizar la protesta.
Las fotos, mis fotos, no me mienten. No ver la marcha desde un edificio o en alguna fotografía ulterior impide que uno se haga una idea clara de la cantidad de personas que acudieron al llamado de reclamo. Frente a frente, codo con codo en medio de la manifestación no es posible ver el bosque, pero a cambio hay una ventaja: es posible ver los árboles, a las personas de carne y hueso recortadas en su individualidad.
¿Y qué árboles vi? Lamento contradecir a los hitlercillos de bisutería que ven en quienes marcharon una masa amorfa de violentos y revoltosos, o, en el más sereno de los casos, de ociosos atraídos por cualquier oportunidad para romper la rutina. Lo que yo vi y fotografié, con mi ojo algo extrañado de provinciano en la urbe, fue a hombres y mujeres de todas las edades, desde niños en carreola hasta ancianos en silla de ruedas. Vi también, por supuesto, numerosos contingentes de estudiantes, trabajadores sindicalizados, colectivos feministas, grupos artísticos, organizaciones campesinas, maestros. Por los trapos pude apreciar que no todo era raza del barrio o del campo. La manifestación también abrazó a ciudadanos que a leguas dejaban apreciar una condición económica más desahogada.
Enfatizo que todos, o la mayoría para no generalizar, gritaban, llevaban un cartel, las mejillas pintadas, el rostro convencido por la inquietud de protestar en paz. Así pues, no sé qué puede entenderse como reclamo civil legítimo y atendible. Si esto no lo es, ignoro qué pueda serlo.

sábado, enero 31, 2015

Los negocios son los negocios

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Mientras la situación está en calma sus opiniones contra “los políticos” suelen ser críticas, a veces hasta feroces, pero todo es que se desconfigure la situación del querido aliado para que asome la oreja de sus intereses, los intereses del poder tras el trono: el empresarial. Y con toda razón: ¿a quién que gana lo que ellos ganan le interesa que los vientos soplen para otra dirección? El cierre de filas empresarial en torno al gobierno “encabezado” por Peña Nieto no está pues para andar con miramientos. El interés económico, que todo siga como siempre, está por encima de la verdad y la justicia, está por encima de todo. El antecedente más cercano que recuerdo en este mismo ruin sentido, aunque radicalizado en aquel momento, se dio en 2006, cuando el CCE articuló aquella campaña en la que no se mordieron la lengua para decir que el candidato más aventajado era “un peligro para México”.
Mutatis mutandis, en la coyuntura actual han comenzado a opinar, obvio, para colocarse en la línea de golpeo y otra vez a favor, como siempre, de la satrapía en funciones. Con la confianza que da el control de inmensos capitales, sin un análisis que tome en cuenta la ya evidente actitud delincuencial del Estado, se muestran preocupados por los acontecimientos y vuelven a las andadas colaboracionistas: Ayotzinapa fue magnificado, no es para tanto, qué importan unos cuantos muertos cuando está de por medio la estabilidad del país.
Luego de reaparecer con toda la autoridad moral que apareja el éxito económico, siguió el carpetazo oficial y a renglón seguido, sin pausa mediante, comenzó a circular con fuerza la especie de los “desestabilizadores”. El mensaje fue claro: todos los que de aquí en adelante no hayan quedado conformes con “la verdad histórica” quedan automáticamente colocados en el casillero rojo que también automáticamente justifica el uso de la fuerza.
Para los dueños del capital, en suma, no hay versiones oficiales descabelladas, pistas revueltas, inconsistencias en cada hoja del legajo judicial. No hay abusos, no hay crímenes, no hay injusticias. No hay dolor, no hay incertidumbre, no hay quebranto del estado de derecho. Lo único que hay es un gobierno servil a sus intereses, un gobierno en estado de shock y muy necesitado de apoyo.
Dicho en una frase manoseada: los negocios son los negocios.

miércoles, enero 07, 2015

Punto de ruptura














El precio del crudo mexicano sigue en picada, el precio del dólar va en aumento, la violencia y la impunidad no amenguan pese al puente Guadalupe-Reyes y EPN regalará televisiones. Así el país, el surrealista país. Si al cierre de 2014 vimos turbulencias que amenazaban si no tormenta, sí un cambio en el clima político, tras el paso del periodo vacacional estamos donde mismo, con una sociedad parcialmente indignada, otra adormecida y un gobierno que sigue al pie de la letra el canon del sistema político mexicano: dejar que el tiempo corra, aspaventar con oratoria siempre redentorista y conservar inmóvil todo, todo, salvo las ganancias de unos cuantos.
En esta ocasión el discurso mesiánico (¿por qué Krauze no habla ahora del “mesías choricero”?) lleva como título “7 acciones a favor de la economía familiar”, texto “escrito”, según el portal de la Presidencia de la República, por EPN. A estas alturas, cada mensaje es dos mensajes: una pieza de humor involuntario, por un lado, y una canallada, por el otro. Leerlo con calma, sin aspavientos, sólo con el ánimo de comparar cada palabra con la realidad, es un ejercicio que mueve a risa y llano a la vez, ese llano que parece risa o esa risa que parece llanto cuando somos víctimas de fatalidades ante las que quedamos impotentes.
Miren, dice: “Terminó 2014, un año de contrastes. Tanto lo bueno como lo malo, nos dejaron una lección: México NO puede seguir igual. El país debe seguir cambiando para bien”. ¿Y quién opina lo contrario? ¿Los locos? ¿Los revoltosos enemigos de México? Obviamente, aquí hay una primera insinuación: ellos, EPN y sus secuaces, sólo quieren cambiar “para bien”, y quien no quiera cambiar en esa dirección estará cambiando “para mal”.
“Por eso, 2015 demanda lo mejor de todos nosotros. Este año que comienza, nos exige unidad y generosidad; trabajo en equipo y perseverancia. Es momento de renovar el ánimo; de recobrar la confianza y la esperanza.
En 2015, la mayor prioridad de mi gobierno, es que a las familias mexicanas les vaya bien. Por eso, este año lo estamos iniciando con 7 Acciones en favor de la Economía Familiar”. ¿De veras? ¿Cómo puede irnos bien con el aumento, el uno de enero, al precio de la gasolina? ¿Qué no empezamos mal empezando así?
Luego de echar flores a las reformas que en teoría detendrán los aumentos de siempre, e incluso provocarán decrementos, por ejemplo, a las tarifas eléctricas, el representante del poder económico nacional señaló que “jóvenes mexicanos, de 18 a 30 años, que quieran abrir un negocio o hacer crecer el que ya tienen, recibirán apoyos”.  De ser cierta esta utopía, ¿por qué están incluidos los jóvenes de 18 a 22 años que teóricamente deben estudiar. ¿No sería mejor “apoyarlos” con más escuelas y mejor educación?
Casi al concluir, señala: “Estas 7 acciones representan buenas noticias para la economía familiar y son el inicio de un mejor año para México”, e insisto: ¿cómo puede ser mejor un año para México en un contexto local y global en el que sólo se ven signos de deterioro? Soy, como cualquiera, responsable de una economía familiar, y no recuerdo mejoría desde hace treinta años. ¿Por qué ahora sí la gozaremos?
“Con unidad y ánimo renovado, demostremos la fortaleza y grandeza de los mexicanos”, remata. ¿Por qué si los mexicanos tenemos “fortaleza y grandeza” debemos recibir limosnas? Los discursos, como los sólidos, también se ajustan a las leyes de Hooke: podemos estirarlos y estirarlos, pero no al infinito. Siempre habrá pues un punto de ruptura que en el caso de EPN, por cierto, hace tiempo ya dio de sí.

sábado, diciembre 20, 2014

El monopolio de la pureza













Sé que no es su tesis doctoral, que se trata sólo de una columna y debe ser sintético, pero de todos modos Carlos Loret se pasó de lanza con el simplismo en su análisis a Twitter (“Historias de reportero”, El Universal, jueves 18 de diciembre de 2014). Para empezar, no dice nada nuevo a quienes tienen tres centímetros de convivencia con las redes sociales (en este momento, casi todos los que usamos internet). Es pues una sarta de lugares comunes en la que procura demostrar que es fácil esparcir mentiras impunes en esa red. Caray, qué novedad.
Comienza con una estrategia adecuada: cita ejemplos de mentiras flagrantes diseminadas en Twitter: “Ban Ki-moon exige la renuncia de Peña Nieto, científicos de la NASA dicen que ADN del normalista identificado en Innsbruck fue sustituido, (…) aquí está la foto de los chavos de Ayotzinapa tendidos en el suelo”. Luego de esto, reflexiona sobre el rumor que, “lo saben los políticos desde la antigüedad, es un arma poderosa”, “se esparce y causa daño”. De inmediato llega a una primera conclusión: “En la era digital, los profesionales del rumor han encontrado su mina de oro en las redes sociales”. Me detengo aquí, en la última afirmación, y planteo algunas preguntas: ¿de veras cree Loret que los “profesionales del rumor” han encontrado una “mina de oro”? Si lo señala así, categóricamente, ¿por qué no aclara quiénes son los “profesionales del rumor”? Luego de definirlos, ¿por qué no ofrece una descripción más minuciosa sobre la “mina de oro”, el desglose de, al menos, algunas cifras relacionadas con las ganancias de esos misteriosos “profesionales”? Y ya entrados en materia, ¿puede asegurar Loret que las ganancias, si las hay, de un rumorólogo en Twitter son equivalentes a las ganancias que pueden obtenerse con un rumor (o cualquier matiz informativo o el simple silencio) en horario triple A de televisión abierta? ¿Dónde estará pues la “mina de oro”?
Mientras avanza en su aparentemente equilibrada reflexión, Loret va dejando ver lo que en realidad defiende. Dice que la política en las redes sociales es articulada por “individuos que quieren participar y son espontáneos de una causa, pero también ejércitos pagados de rumorólogos”. Otra vez, dado que la afirmación es taxativa y no tiene siquiera un precavido adverbio de duda, se imponen algunas preguntas: ¿quién paga esos “ejércitos” de bots?, ¿son auspiciados sólo por sponsors de la oposición al régimen?; si no es así, ¿por qué en sus ejemplos de rumores (Ban Ki-moon, NASA, Ayotzinapa) no hay uno que parezca echado a andar por el gobierno? Sin querer queriendo (recuerden que el conductor de 1:N es devoto de San Chéspiro de los Barriles), en su crítica al destemplado y canallesco mundillo de las redes insinúa que la rumorología profesional (el jale de bot) sólo puede ubicarse en la oposición.
“Muy pronto la aparente inocencia de Twitter y Facebook, las más populares, se fue derrumbando para los más analíticos y observadores. Pero ante la masa, su poder positivo, democrático, de participación libre sigue intacto… y también su poder desinformador”, apunta, y por supuesto podemos deducir que sólo los medios tradicionales —la tele en primer término, de donde seguro salen “los más analíticos y observadores”—, no han perdido el monopolio de la pureza informativa y son y seguirán siendo benéficos para “la masa”.
Es fácil “Creer que la verdad o, peor aún, que la realidad está en Twitter”, agrega. Y sigo preguntando: ¿es fácil para quién?, ¿para los usuarios habituales de internet o para quienes sólo se han formado una idea de la verdad/realidad mediante la inmaculada televisión?
Al final, ya en plan buenísima onda, recomienda “vacunas contra las mentiras virales” a los obsesos de las redes. Tiene razón. Sólo añadiré que esas “vacunas” también deben ser inoculadas, principalmente y en muy altas dosis, a los usuarios de la mina de oro conocida asimismo como televisión abierta.

sábado, diciembre 13, 2014

El carpetazo viviente














Desde los primeros de octubre, hace ya dos meses y medio, la irritación social persiste emblemáticamente en el tag #TodosSomosAyotzinapa sin que se avizore una respuesta sensata y justa al estropicio que lo detonó. Antes bien, el primer intento oficial fue darle carpetazo para que Peña Nieto viajara en paz a China y Australia. Pero esta vez no ha sido posible sofocar el fuego de la inconformidad popular con las salidas tradicionales, al grado de que no ha habido semana sin noticias intensas sobre el tema. Ésta, por ejemplo, nos mostró las agallas del jovencito que en un gesto de valor y claridad colocó la bandera/protesta de millones de mexicanos; su breve solicitud (“Malala, please, México”) y su presencia en la entrega del Nobel de la Paz le dieron la vuelta al mundo con más fuerza que una marcha.
Asimismo, para atizar más el horno, se reveló que Luis Videgaray también ha recibido el cariño del Grupo Higa, lo que impulsó de nuevo hacia los primeros peldaños de la popularidad el nunca suficientemente aclarado tema del conflicto de interés que este gobierno ha lucido como si fuera una medalla.
La semana trajo además un mentís al carpetazo de Murillo Karam, un cuestionamiento severo hacia todas las “certezas” que quedaron sobre la mesa luego de que el cansino fiscal emitió la primera versión de los hechos. Me refiero a la investigación presentada por el doctor Jorge Antonio Montemayor Aldrete, investigador titular del Instituto de Física de la UNAM, y por Pablo Ugalde Vélez, maestro en Ciencias de Materiales y profesor investigador de la UAM Atzcapotzalco. Lo más valioso que aportaron ambos estudiosos no está tanto en las respuestas, sino en las preguntas, es decir, en la construcción de muchas hipótesis que hoy permiten entender esta verdad: que lejos de estar cerrado, el caso está más abierto que nunca, de ahí que me atreva a denominarlo “carpetazo viviente”.
La investigación encabezada por ambos expertos indagó sobre todo en las posibilidades de la combustión y la capacidad incineratoria. Mientras en la versión oficial fue fácil hablar de cremación masiva, en la de los investigadores hay una explicación científica. Si bien las palabras de Murillo Karam desataron el escepticismo de cualquiera, que todos nos preguntáramos, baste este ejemplo, por la columna de humo que nadie vio o por los grados de calor necesarios para convertir cuerpos en cenizas, no teníamos hasta ahora una opinión fundamentada, científica, sobre las posibilidades de cierto material combustible antes y después de ser usado.
El amplio reportaje de Shaila Rosagel (mi amiga, dicho sea de paso) publicado en el portal de SinEmbargo es elocuente desde su título: “Cocula: la versión del gobierno hace agua”. Y la hace porque la ciencia ha confrontado la palabrería elusiva. Ahora bien, como toda la presunta escena del crimen fue inaccesible y no hubo peritos ajenos a la oficialidad, el trabajo de los analistas, luego de explicar la enorme cantidad de madera y llantas necesaria para una incineración de tal tamaño, plantea preguntas a partir de la versión oficial: ¿quién arrimó las 33 toneladas de troncos y las 995 llantas para hacer la hoguera?, “¿Por qué no están quemadas las ramas de los árboles del perímetro del fondo de la barranca? ¿Por qué no se observan las rocas que según los acusados fueron utilizadas para hacer un círculo que encerrara el material a quemar? ¿Por qué no existen rocas en las cercanías que hayan sido rotas bajo el efecto de choques térmicos característicos de incendios prolongados a altas temperaturas durante los cuales escurren fluidos?”.
Como éstas, muchas otras preguntas se desprenden del informe Montemayor-Ugalde. Son pues demasiadas dudas, demasiadas hipótesis, y nula voluntad del gobierno para aclararlas.

sábado, diciembre 06, 2014

Eduardo Anguita en México















Eduardo Anguita, periodista argentino, estuvo en México para participar en la FIL de Guadalajara. Tuve la suerte de conversar con él y ver su interés por adentrar su mirada del sur en nuestra realidad del norte. La charla le permitió, según me dijo, precisar algunas ideas sobre la coyuntura mexicana. Unas horas después envió un artículo a su patria y me lo compartió vía mail ("México y sus 43 desaparecidos"). Por tratarse de una visión foránea y por eso interesante, creo, para nosotros, comparto el artículo completo:

El jueves pasado, cuando todavía todavía no era pública la restitución de identidad del nieto 116, hijo de Hugo Castro y Ana Rubel, nacido en la ESMA, Estela Barness de Carlotto recibía, conmovida, al padre de uno de los 43 estudiantes secuestrados en Iguala. El hombre contaba lo que era para él, un campesino con apenas segundo grado de primaria, que su hijo pudiera haber llegado a estudiar en la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde fue secuestrado el pasado 26 de septiembre. Hugo y Ana fueron secuestrados en 1977 y también eran estudiantes. Al rato, mientras en cada actividad de la Feria Internacional del Libro se pedía la aparición con vida de los 43, la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo daba la noticia del 116. No se trata de un juego de números, sino de la hermandad en la tragedia, de las formas más dignas de resistencia, del grito más íntimo de quien sufre como padre o abuela la política criminal de Estado de negar el derecho básico a saber dónde está una persona.
No es un juego de números, pero los números indican que la democracia formal y republicana puede hacer que la muerte sea un lugar común. El sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) llevó, según la mayoría de los defensores de los derechos humanos, a que unos 80.000 mexicanos cayeran bajo las balas de carteles de la droga o de la represión de las fuerzas de seguridad. En los dos años que cumplió días pasados al frente del Ejecutivo Enrique Peña Nieto, los muertos en esas circunstancias serían 20.000. Y hay muchos mitos alrededor de esto. Uno es que la violencia no está circunscripta a Ciudad Juárez y otras zonas fronterizas con los Estados Unidos. El Estado de Guerrero, que está en el centro del país y donde fueron secuestrados los 43, tiene una fiscalía especial para radicar denuncias sobre desaparecidos. Porque allí, una región donde en los setentas hubo una guerrilla indomable, quedó la costumbre de hacer desaparecer los rastros de las víctimas. Lucio Cabañas, líder de aquellas luchas, había estudiado en la Escuela Normal de Ayotzinapa. Dos de los chicos secuestrados, según se supo días pasados, son familiares directos de Cabañas. El jueves pasado, Peña Nieto viajó a Acapulco, lugar emblemático del turismo rico, cerca de Iguala, el lugar donde se produjo el asesinato de seis estudiantes y el secuestro de 43. El presidente, antes, ordenó un impresionante dispositivo militar y policial en Guerrero, Michoacán, Morelos y Edomex, cuatro estados cercanos a la capital mexicana. El operativo se llama Tierra Caliente y está destinado a garantizar la circulación de las carreteras y la seguridad de los destinos turísticos. Es la clásica respuesta de militarizar la sociedad sembrando un sentimiento confuso de control, que no se sabe si puede afectar a los carteles mafiosos o a los que piden por la aparición con vida de los desaparecidos. En los fundamentos del operativo Tierra Caliente no hay mención alguna al tema de fondo: ¿Dónde están los 43 estudiantes normalistas?

Desaparecer de los medios
La clase política mexicana vive un terremoto. Lo único cierto es que, esta vez, la sociedad reaccionó ante la barbarie. Desde el 26 de septiembre se producen cientos de actos y manifestaciones en todo el país, extensivos a la gran comunidad azteca en los Estados Unidos. Dado que tanto el alcalde de Iguala como el gobernador de Guerrero, responsables directos de la desaparición de los estudiantes, forman parte del opositor Partido de la Revolución Democrática (PRD), con el correr de las semanas se produjo la renuncia del máximo líder de esa fuerza, Cuauhtémoc Cárdenas. Es decir, la evidente pertenencia del alcalde Iguala, José Luis Abarca, actualmente detenido, con el narcotráfico y el secuestro de los normalistas, dejó al PRD sin argumentos para presentarse como una fuerza moralmente capaz de ser alternativa.
En cuanto al gobierno federal, es preciso reparar en que a dos semanas del secuestro de los estudiantes, el procurador general Jesús Morillo Karam fue la cara visible de un gran operativo mediático que daba por cerrado el caso. Un montaje burdo de tres arrepentidos mostrados ante las cámaras daba la versión oficial: los policías y los guerreros unidos (cara legal e ilegal del aparato montado en Iguala como en muchos otros distritos) habrían matado, calcinado y enterrado a los normalistas. La urgencia de Karam era que Peña Nieto no quería cancelar su viaje a China y Australia. La desmentida llegó días después de la mano del Equipo de Antropología Forense. Es decir, del grupo de argentinos expertos convocados como peritos de parte por los familiares de los estudiantes. De todos los restos óseos analizados, ninguno coincidía con el ADN de los estudiantes. Pero el despliegue mediático había sido montado cuando Karam dio su versión. Las protestas crecen pero el gobierno y su blindaje mediático, basado en el monopolio de Televisa del clan Azcárraga, apuntan a que con el correr de las semanas se desvanezcan sin que nada salga a luz. La información con otras fuentes circula por pocos medios de impacto masivo y son básicamente el diario La Jornada y CNN, cuya corresponsal jefe es Carmen Aristegui, una periodista de mucho prestigio, con presencia también en radio y en prensa gráfica. La pelea de la CNN con Televisa es histórica y posiciona a esa cadena norteamericana como una voz confiable contra la corrupción política. Un equilibrio solo posible por la presencia de Aristegui. Para ver cómo funcionan los medios en un país donde nunca se dio un golpe de Estado pero la clase política está contaminada de vínculos con los negocios del narco, basta ver que Telesur está prohibido en todas las cadenas de televisión paga. No es censura: es la libertad de empresa. Solo se la puede ver por internet. 
Demasiado lejos de Dios y demasiado cerca de los Estados Unidos, dicen aquí quienes no se resignan a naturalizar la barbarie. Es difícil para el extranjero entender cómo es México. Un país que creció en base al petróleo y que este año dio un paso hacia la entrega de las poderosas riquezas hidrocarburíferas a manos de las transnacionales al iniciar el proceso de privatización periférica de Pemex. Justo en un momento en el que el precio del barril de petróleo se desploma y con eso se pone en riesgo la principal fuente de divisas (legales). La otra, muestra el México lindante con el imperio: la segunda fuente de dólares son las remesas de los millones de trabajadores legales e ilegales que son mano de obra barata en Estados Unidos. Los mexicanos dan muestra de una hospitalidad y un orgullo patriótico increíbles. Tienen una vida cultural colorida, vivaz, alegre. Sin embargo, hay un manto de silencio sobre la violencia estatal que permitió naturalizar estos cien mil muertos ocurridos en menos de una década. El libro institucional de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde se presentan las voces más comprometidas por el cambio social, no tiene empacho en referirse a la masacre de Tlatelolco de 1968 como el trágico enfrentamiento entre policías y estudiantes, cuando se trató de una emboscada masiva por parte de los uniformados, orquestada desde el gobierno cuando Luis Echeverría era secretario de Gobernación. Luego, en 1970, fue electo presidente y tuvo un rol activo en dar asilo a miles de argentinos que huían de la represión en Argentina, en Chile o Uruguay. Es decir, sudamericanos militantes que, de haber estado en aquella plaza de las Tres Culturas, hubieran caído bajo las balas policiales. Ese México es el de un acendrado machismo: el jueves por la noche, cuatro argentinas que volvían de la Feria del Libro subieron por la noche a un taxi y pretendieron discutir el precio del viaje: el chofer, sin vueltas, arrancó y les dijo que no abrieran la boca hasta llegar al hotel, que no estaba dispuesto a que unas mujeres le hablaran en ese tono. El temor a un lugar desconocido hizo que la consigna del taxista fuera cumplida a rajatabla. El colorido de la cultura convive con la cultura de la imposición. Mande, es la primera voz que surge de cualquier empleado que cumple funciones en áreas de servicio. Esa aparente docilidad está acompañada de la militarización de miles y miles de jóvenes que se incorporan a agencias policiales. Un spot que grafica esto se ve cada rato en la televisión de Guadalajara (capital del Estado Jalisco): Únete a la Fuerza Única Jalisco, tu fuerza puede ser nuestra fuerza. Tanques, helicópteros, ametralladoras antiaéreas y hombres vestidos de negro armados hasta los dientes convocan a sumarse a la policía estatal, una de las tantísimas agencias estatales que circulan por los laberintos de un país convulsionado por el dolor.

miércoles, diciembre 03, 2014

Años y años de malaria














Junto con la información de coyuntura he leído en estos días, un poco por obligación y otro tanto por gusto, algunos ensayos que me han servido para reafirmar la certeza de que el presente convulso es consecuencia más que obvia de un pasado henchido de malos y sistemáticos resultados en las administraciones federales. ¿En qué momento comenzó a joderse no el Perú de Vargas Llosa sino el México de Paz?
La pregunta exige un corte temporal, porque de no ser así terminaríamos ubicando el principio de nuestras calamidades en la Colonia. No vayamos tan lejos, pues. Ubiquemos el proceso galopante de deterioro a partir del primer gran hurto electoral de nuestra historia: el 6 de julio de 1988. En ese año, como sabemos, aceleró el apisonamiento del camino para que pasara por allí un modelo que confía ciegamente en las bondades del mercado como eje del bienestar, la receta estrella del Consenso de Washington.
La imposición sin tregua del decálogo neoliberal durante treinta años ha traido consecuencias no funestas, sino verdaderamente terroríficas. Además, con una agravante: que no son curables con algún tónico sexenal, sino que, por ser "estructurales", requieren una transformación económica y social casi epopéyica. Esto significa que cualquier cambio que en el momento presente estemos atisbando sería el primer paso, sin hipérbole, de un maratón.
Veamos. En su columna de ayer, Carlos Fernández-Vega hace un resumen tenebroso del país que tenemos y ofrece muchos datos que nos ponen en perspectiva: "Para el año próximo a estrenar la oferta gubernamental es la de crecer 3.7 por ciento, ligeramente menor a la promesa inicial para 2014. Aun así, ya reformado todo y en el lejano caso de que esa estimación oficial se convierta en realidad, el promedio anual de crecimiento económico durante la primera mitad del actual gobierno sería de 2.2 por ciento, es decir, lo mismo que a lo largo de las últimas tres décadas, algo que, dicho sea de paso, desde entonces mantiene al país en la lona".
Ese nulo crecimiento, o dicho de otra manera, ese decrecimiento económico ha corroído la vida nacional hasta arraigarse estructuralmente, como si fuera el hueso de la realidad. Los programas sociales (aquí los datos son pavorosos) simplemente no han paliado nada y sólo han sido operados con un sentido residual y clienteler. En educación estamos rankeados en sitios cada vez menos halagüeños, y el deterioro del sistema de salud ha convertido este bien social en un sueño remoto de bienestar. Y ya para qué seguirle.
Así como treinta años de involución no pueden ser anulados por un discurso o una encuesta, tampoco puede serlo lo posibilidad de salir en poco tiempo de este abismo. El primer paso, parece, ya se está dando, pero la tarea es titánica y no sólo demandará talento y ganas. También será necesario tiempo, mucho tiempo, tanto como el que dejamos pasar haciéndonos los resistentes. Sacudirse la malaria, como llaman en el argot del futbol a las malas rachas que se eternizan, no es asunto de amanecer con el pie derecho y ya. Al contrario, hay que reconstruirlo todo y empezar, empezar en algún momento.

sábado, noviembre 29, 2014

Blablablá al alto vacío














En “El atroz redentor Lazarus Morell”, una de las estampas que componen la Historia universal de la infamia (1936), de Borges, hay un pasaje que jamás he olvidado desde que lo leí por primera vez, hace 25 años. Se refiere a la habilidad oratoria del protagonista, el señor Morell. Escribe Borges: “No desconocía las Escrituras y predicaba con singular convicción. ‘Yo lo vi a Lazarus Morell en el púlpito —anota el dueño de una casa de juego en Baton Rouge, Luisiana—, y escuché sus palabras edificantes y vi las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también mis ojos lloraron’”.
Así sea mediante la exquisita sorna borgeseana, lo que podemos ver aquí es la importancia de la oratoria y del carisma a la hora de persuadir o de conmover mediante la palabra. Maquiavélicamente hablando, un hombre que trabaja para la cosa pública y tiene la obligación de dirigirse a las masas debe acusar ciertas facultades, imponer con su forma discursiva el fondo, sus ideas.
Cierto que hace rato no contamos con presidentes persuasivos (¿los hemos tenido alguna vez?). Fox fue el último que logró, pese a su estilo deshilachado y sólo cuando se encontraba en la cresta de su popularidad (2000-2001), arrancar un poco de convencida emoción al respetable público. Pero su “espontaneidad” era más bien limitación, falta total de miras, improvisación, y ya sabemos en qué terminó su tragicómico periodo.
Cuando Peña Nieto comenzó su campaña todos notamos algo extraño, algo que Juan Villoro definió mejor que nadie y de botepronto: que era una especie de robot, alguien que desde su cascarón de figurín repite y repite y repite frases, frases enderezadas por un equipo que por más lucha que imprima, por más énfasis que redacte en el teleprompter (“Todos somos Ayotzinapa… Todos somos Ayotzinapa… Todos somos Ayotzinapa…”) no logra que el sujeto reproductor comunique alguna módica emoción.
Una buena parte del déficit de credibilidad que hoy padece EPN radica por supuesto en el pasado, en los gobernantes que sin medida ni clemencia han usado las mismas fórmulas, los mismos ademanes y más o menos el mismo estilo (roto un poco por Fox y sus ya señalados atrabancamientos), pero también es cierto que el mexiquense es el enemigo número uno de sí mismo. Al desgaste del discurso en clave de cambio y promesa debemos sumar sus limitaciones: falta notable de instrucción e incapacidad casi ejemplar para transmitir alguna emoción mínimamente cálida al ciudadano que lo escucha.
Esta, aunque parezca superficial, no es una incapacidad menor. El jueves se requería una conjunción vigorosa de fondo y forma, pero estoy seguro de que la mayoría esperaba confirmar sus expectativas: el fondo fue una ristra de rectificaciones al vapor y sin átomo de autocrítica, y la forma un personaje bien acicalado, de peinado exacto, con voz engolada y gélida, de orador que no ve al pueblo de frente (ni siquiera en televisión) porque está muy concentrado en leer bien el paso de las palabras sobre el teleprompter.
EPN se encuentra pues en una situación no grave, sino gravísima al concluir el primer tercio de este sexenio: nadie le cree. El espectáculo mal librado de las casas angelicales y del tren México-Querétaro, sumado a las dudas sembradas por Murillo Karam y demás turbulencias, han apuntalado la sensación de que el único camino para el ciudadano es el de la incredulidad, el escepticismo, la desconfianza y el consecuente rechazo.
Esto lo saben allá arriba, de ahí los movimientos ajedrecísticos en la sombra, la represión hoy por goteo, pero en peligro de arreciar.

domingo, noviembre 23, 2014

Más allá de las marchas














Luego de la marcha del 20 de noviembre es posible sacar algunas conclusiones pertinentes sobre la cobertura mediática que recibió y, principalmente, sobre la metodología de las protestas que vienen.
La marcha ha sido desde hace muchos años el medio de expresión más recurrente del descontento social. Suele tener como desenlace un mitin, a veces plantones e incluso asambleas, y sin duda representa una demostración de crítica que, más allá de las consignas específicas, pesa por sí misma sobre todo cuando en efecto convoca multitudes.
Pero junto con sus bondades, las marchas tienen también limitaciones. La principal es que pueden llegar a ser molestas para el ciudadano no sumado a ellas. Este fleco ha sido explotado por los medios adictos al poder para desacreditar el reclamo, como cuando elaboran “sondeos” callejeros que con una edición simple, ad hoc, dejan ver "claramente" que las manifestaciones obstruyen el libre tránsito y por ello se convierten en una “pesadilla”.
Una desventaja más de las marchas es su desgaste. Para que en realidad tengan un alto poder de convocatoria, las marchas, como la del 20 pasado, requieren una bandera poderosa, un punto de acuerdo fuerte, una idea-símbolo que aglutine el malestar y mueva a la manifestación. Pero aún en estos casos se puede dar el cansancio, el desgaste. Dado que en la naturaleza de ciertas marchas la convocatoria es abierta, acuden a ellas lo mismo sectores muy politizados que otros no tanto, de manera que la convocatoria a muchas marchas seguidas corre el albur de terminar en el desdén de quienes en un primer impulso se acercan al reclamo con convicción, pero sin ideas políticas arraigadas.
Otro problema de las marchas radica, y aquí esto es muy visible, en lo fácil que es "reventarlas" con infiltrados. El juego es, por supuesto, perverso, y se atiene a la lógica más elemental del aparato represivo: si las marchas derivan en violencia, en vandalismo, el Estado hará uso "legitimo" de la fuerza. Por más fotos que sean hoy mostradas con el antes (sobre camiones verde olivo) y el después (lanzando bombas molotov) de los infiltrados, poco se logra, pues la pinza para evidenciar el "vandalismo" de quienes marchan es cerrada por los medios adictos al poder. En la marcha del 20 esto fue obvio: asistieron miles de manifestantes pacíficos de todas las edades, incluso niños y ancianos, pero en ciertos medios no dejaron de destacar las imágenes de los "anarcos" y su encontronazo “inevitable” con el cuerpo de granaderos.
Asimismo, tras revisar en internet la prensa fuereña uno puede ver claramente que a ella le son más atractivas las imágenes de los disturbios focalizados en unos cuantos puntos que las de los miles de marchistas pacíficos, de manera que en el extranjero queda enturbiada, infectada por el vandalismo real o ficticio, la idea de protesta pacífica.
Si a todo esto añadimos el componente del castigo a los "revoltosos", la criminalización anticonstitucional de la protesta social con el argumento de la “desestabilización”, es fácil deducir que el recurso de la marcha está en permanente riesgo. Ayer mismo, de golpe, algunos detenidos en la marcha del 20 fueron acusados de “terrorismo” y llevados a cárceles de máxima seguridad, todo como obvio, dibujado, mensaje inhibitorio para futuros manifestantes. Ya muchos opinólogos en concierto, con una inquietud sospechosamente preocupada, habían escrito sobre la posibilidad de que apareciera la represión, y no se “equivocaron”.
Lo anterior mueve a pensar en la necesidad de articular la protesta con esquemas nuevos, creativos, no tan fácilmente saboteables. No sé cuáles pueden ser, pero intuyo que las marchas tienen puntos demasiado vulnerables y por ello un usufructo político limitado. Pueden seguir, claro, pero deben ser acompañadas por otras formas de lucha cívica. Y aquí es donde la creatividad debe aparecer, manifestarse y expresar con vigor el reclamo de los miles y miles de agraviados e inconformes.