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sábado, mayo 23, 2020

Continuidad de los virus













Durante la Fase 3 de la pandemia por Covid-19 fue publicado en SinEmbargo, revista digital mexicana, un dossier titulado "Voces desde el encierro"; contiene textos de varios escritores e imágenes de varios artistas. Comparto aquí su liga y el texto con el que colaboré a invitación de Jorge Arturo Abascal Andrade (Orizaba, Veracruz, 1964, actualmente radicado en Roma, Italia), a quien agradezco.

Continuidad de los virus

Escribo una veloz crónica sobre el virus y no sé por qué recuerdo un cuento de Cortázar, aquel sobre los conejitos blancos incluido en Bestiario, uno de sus primeros libros. Me la encargaron en la redacción con la misma premura de siempre y además, para agravar el asunto, como si yo supiera de todo. “Aborde cómo ha reaccionado la gente ante la contingencia, qué medidas ha tomado, los cubrebocas, el gel, el aislamiento, todo eso”. Como tampoco puedo salir, me he servido de las redes sociales y pregunté a parientes y conocidos, hice lo que pude para asir lo inasible: el sentimiento de la población ante la amenaza del invisible bicho.
Las respuestas se repiten entre todos los enclaustrados por la pandemia. Sólo sale un integrante de la familia, por lo general el padre si no es mayor de sesenta. Lo hace, de todos modos, con cubrebocas y el propósito firme de guardar distancia, y al volver no establece contacto con su familia hasta no cambiar de ropa y untar gel desinfectante en ambas manos. Pese a los cuidados, sin embargo, todos los encerrados no dejan de sentir que los ronda el fantasma de la peste, que por las rendijas de las casas se filtra el mal intangible. Una señora, por ejemplo, dijo sentir permanentemente alguno de los síntomas: ayer moqueaba, hoy tose y mañana de seguro sufrirá dolor de cabeza, pero sospecha que todo se debe a una especie de, por llamarla así, hipersensibilidad desarrollada en estos días para autodetectar el padecimiento antes de que sea demasiado tarde.
La paranoia colectiva me llevó a imaginar la presencia del virus como una sombra en el exterior. Imaginé, como lo han ilustrado muchos videos, su adherencia en los picaportes, en los pasamanos de las escaleras, en los botones del cajero automático, en la jaladera de los carritos dispuestos en el súper, en las monedas y los billetes del cambio. Leí lo que todos sabemos: que al hablar despedimos partículas que pueden contener el virus, un microorganismo algo pesado que por gravedad puede caer a dos metros de distancia. Leí también que el estornudo es más peligroso, pues disemina partículas más pequeñas y por ello capaces de navegar distancias menos cortas, hasta diez metros. Imaginé esas partículas voladoras, casi recién salidas de un estornudo, frescas y dispuestas a contaminar, lentas en su travesía, desesperadas por hallar un cuerpo humano en el cual alojarse. Imaginé, no pude no hacerlo, a ese virus atravesando la cuadrícula de una tela mosquitera hasta localizar un cuerpo humano, hasta encontrar a un tipo que, encorvado en su escritorio, escribe una veloz crónica sobre el virus.

sábado, diciembre 13, 2014

El carpetazo viviente














Desde los primeros de octubre, hace ya dos meses y medio, la irritación social persiste emblemáticamente en el tag #TodosSomosAyotzinapa sin que se avizore una respuesta sensata y justa al estropicio que lo detonó. Antes bien, el primer intento oficial fue darle carpetazo para que Peña Nieto viajara en paz a China y Australia. Pero esta vez no ha sido posible sofocar el fuego de la inconformidad popular con las salidas tradicionales, al grado de que no ha habido semana sin noticias intensas sobre el tema. Ésta, por ejemplo, nos mostró las agallas del jovencito que en un gesto de valor y claridad colocó la bandera/protesta de millones de mexicanos; su breve solicitud (“Malala, please, México”) y su presencia en la entrega del Nobel de la Paz le dieron la vuelta al mundo con más fuerza que una marcha.
Asimismo, para atizar más el horno, se reveló que Luis Videgaray también ha recibido el cariño del Grupo Higa, lo que impulsó de nuevo hacia los primeros peldaños de la popularidad el nunca suficientemente aclarado tema del conflicto de interés que este gobierno ha lucido como si fuera una medalla.
La semana trajo además un mentís al carpetazo de Murillo Karam, un cuestionamiento severo hacia todas las “certezas” que quedaron sobre la mesa luego de que el cansino fiscal emitió la primera versión de los hechos. Me refiero a la investigación presentada por el doctor Jorge Antonio Montemayor Aldrete, investigador titular del Instituto de Física de la UNAM, y por Pablo Ugalde Vélez, maestro en Ciencias de Materiales y profesor investigador de la UAM Atzcapotzalco. Lo más valioso que aportaron ambos estudiosos no está tanto en las respuestas, sino en las preguntas, es decir, en la construcción de muchas hipótesis que hoy permiten entender esta verdad: que lejos de estar cerrado, el caso está más abierto que nunca, de ahí que me atreva a denominarlo “carpetazo viviente”.
La investigación encabezada por ambos expertos indagó sobre todo en las posibilidades de la combustión y la capacidad incineratoria. Mientras en la versión oficial fue fácil hablar de cremación masiva, en la de los investigadores hay una explicación científica. Si bien las palabras de Murillo Karam desataron el escepticismo de cualquiera, que todos nos preguntáramos, baste este ejemplo, por la columna de humo que nadie vio o por los grados de calor necesarios para convertir cuerpos en cenizas, no teníamos hasta ahora una opinión fundamentada, científica, sobre las posibilidades de cierto material combustible antes y después de ser usado.
El amplio reportaje de Shaila Rosagel (mi amiga, dicho sea de paso) publicado en el portal de SinEmbargo es elocuente desde su título: “Cocula: la versión del gobierno hace agua”. Y la hace porque la ciencia ha confrontado la palabrería elusiva. Ahora bien, como toda la presunta escena del crimen fue inaccesible y no hubo peritos ajenos a la oficialidad, el trabajo de los analistas, luego de explicar la enorme cantidad de madera y llantas necesaria para una incineración de tal tamaño, plantea preguntas a partir de la versión oficial: ¿quién arrimó las 33 toneladas de troncos y las 995 llantas para hacer la hoguera?, “¿Por qué no están quemadas las ramas de los árboles del perímetro del fondo de la barranca? ¿Por qué no se observan las rocas que según los acusados fueron utilizadas para hacer un círculo que encerrara el material a quemar? ¿Por qué no existen rocas en las cercanías que hayan sido rotas bajo el efecto de choques térmicos característicos de incendios prolongados a altas temperaturas durante los cuales escurren fluidos?”.
Como éstas, muchas otras preguntas se desprenden del informe Montemayor-Ugalde. Son pues demasiadas dudas, demasiadas hipótesis, y nula voluntad del gobierno para aclararlas.