Mostrando las entradas con la etiqueta jorge arturo abascal andrade. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta jorge arturo abascal andrade. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 28, 2021

Por añadidura

 














Horacio Verbitsky, a mi parecer el mejor periodista vivo de América Latina, cuenta una anécdota que tuvo como protagonista a Rodolfo Walsh, su amigo. Asistían a una reunión social de escritores y periodistas, y alguien se acercó a Walsh para decirle que su cuento “Esa mujer” era muy bueno, pero que si alguna vez lo traducían, por ejemplo, al francés, era necesario modificarle varios detalles para que resultara entendible a los franceses. El autor de Operación Masacre contestó que no le importaba que los franceses lo entendieran, que su propósito era ser leído y apreciado por los suyos, los argentinos.

La respuesta de Walsh no fue descortés, sino la seca afirmación de una postura. Frente a la urgencia que abrazan algunos escritores por trascender fronteras y, como dicen desde hace un tiempo, con horripilante neologismo, “internacionalizarse”, el autor de Variaciones en rojo se mostró tenaz en la idea de ser leído y comprendido por sus lectores inmediatos, que para eso trabajaba.

Esta situación, la implícita en lo respondido por Walsh, me lleva a pensar en una circunstancia que encaro de manera recurrente. Debido a que ahora hay mil espacios chicos y grandes para publicar, no ha faltado que incluso a mí me inviten a colaborar allá donde no me conoce (ni conozco a) nadie. Mi respuesta es más o menos la misma: si se trata de algo esporádico, de una colaboración no fija, sino ocasional o única, adelante, mi respuesta es frecuentemente afirmativa. Así, en los meses recientes pude hacerme visible en una página digital de Chile, en un suplemento literario de Puebla, en la revista Casa del Tiempo de la UAM y en una web de Santiago del Estero. He optado conscientemente por no aceptar compromisos fijos debido a que ya en mi entorno lagunero tengo los suficientes: la columna de Milenio Laguna, el artículo para la revista Nomádica y la colaboración para Acequias de la Ibero Torreón. Con esto casi casi es demasiado, así que no deseo sumar entregas.

Tal decisión se debe fundamentalmente a que nunca se ha dado en serio, ni he buscado, un espacio fijo más allá de La Laguna. Mi interés se ha centrado en “dialogar” con la gente de aquí, en servir de enlace, sobre todo, entre los libros y los autores que leo y las personas que habitan esta parte de México. Esto ha provocado que sea rara la detección de mi trabajo más allá de los cerros calvos que delimitan nuestro espacio, hecho que a veces lamento sin llegar al desgarre de ninguna vestidura y sin abrigar ningún resentimiento. Finalmente es algo que yo mismo he promovido, así que sería necio quejarme de mis propias iniciativas.

Por esto es alentador que de vez en cuando, cada mucho, algo llegue a ser comentado más allá del que considero mi “lector modelo”, el lector lagunero. Es como oír un eco lejano del grito que uno pega. Esto me ocurrió dos veces seguidas hace poco en un par de radiodifusoras de la Ciudad de México. Una de ellas supuso una casualidad casi mágica. En la noche conversaba por Whatsapp con mi hija mayor y me comentó que tenía la inquietud de escribir cuentos. Me pidió algunos consejos prácticos, se los di y ahí terminó la charla. Al día siguiente, mientras ella preparaba su desayuno, bajó un podcast donde la escritora Mónica Lavín daba consejos para escribir cuentos, y, al referirse al libro colectivo Ligeros de equipajemencionó con énfasis el cuento de mi cosecha allí incluido. Mi hija quedó sorprendida, y yo más, por lo que ya dije: no es frecuente hallar lectores más allá de mi región. Otro tanto pasó ayer, cuando mi amiga Marcela Medina me envió un audio donde en un programa chilango comentaron una de mis columnas.

No es el fruto que busco al escribir, pero es grato advertir que a veces, muy a veces, por añadidura, estos párrafos respiran otros aires.


sábado, mayo 23, 2020

Continuidad de los virus













Durante la Fase 3 de la pandemia por Covid-19 fue publicado en SinEmbargo, revista digital mexicana, un dossier titulado "Voces desde el encierro"; contiene textos de varios escritores e imágenes de varios artistas. Comparto aquí su liga y el texto con el que colaboré a invitación de Jorge Arturo Abascal Andrade (Orizaba, Veracruz, 1964, actualmente radicado en Roma, Italia), a quien agradezco.

Continuidad de los virus

Escribo una veloz crónica sobre el virus y no sé por qué recuerdo un cuento de Cortázar, aquel sobre los conejitos blancos incluido en Bestiario, uno de sus primeros libros. Me la encargaron en la redacción con la misma premura de siempre y además, para agravar el asunto, como si yo supiera de todo. “Aborde cómo ha reaccionado la gente ante la contingencia, qué medidas ha tomado, los cubrebocas, el gel, el aislamiento, todo eso”. Como tampoco puedo salir, me he servido de las redes sociales y pregunté a parientes y conocidos, hice lo que pude para asir lo inasible: el sentimiento de la población ante la amenaza del invisible bicho.
Las respuestas se repiten entre todos los enclaustrados por la pandemia. Sólo sale un integrante de la familia, por lo general el padre si no es mayor de sesenta. Lo hace, de todos modos, con cubrebocas y el propósito firme de guardar distancia, y al volver no establece contacto con su familia hasta no cambiar de ropa y untar gel desinfectante en ambas manos. Pese a los cuidados, sin embargo, todos los encerrados no dejan de sentir que los ronda el fantasma de la peste, que por las rendijas de las casas se filtra el mal intangible. Una señora, por ejemplo, dijo sentir permanentemente alguno de los síntomas: ayer moqueaba, hoy tose y mañana de seguro sufrirá dolor de cabeza, pero sospecha que todo se debe a una especie de, por llamarla así, hipersensibilidad desarrollada en estos días para autodetectar el padecimiento antes de que sea demasiado tarde.
La paranoia colectiva me llevó a imaginar la presencia del virus como una sombra en el exterior. Imaginé, como lo han ilustrado muchos videos, su adherencia en los picaportes, en los pasamanos de las escaleras, en los botones del cajero automático, en la jaladera de los carritos dispuestos en el súper, en las monedas y los billetes del cambio. Leí lo que todos sabemos: que al hablar despedimos partículas que pueden contener el virus, un microorganismo algo pesado que por gravedad puede caer a dos metros de distancia. Leí también que el estornudo es más peligroso, pues disemina partículas más pequeñas y por ello capaces de navegar distancias menos cortas, hasta diez metros. Imaginé esas partículas voladoras, casi recién salidas de un estornudo, frescas y dispuestas a contaminar, lentas en su travesía, desesperadas por hallar un cuerpo humano en el cual alojarse. Imaginé, no pude no hacerlo, a ese virus atravesando la cuadrícula de una tela mosquitera hasta localizar un cuerpo humano, hasta encontrar a un tipo que, encorvado en su escritorio, escribe una veloz crónica sobre el virus.

domingo, diciembre 10, 2017

Migrar al mar: destinos convergentes




















La vida es caprichosa, laberínticamente caprichosa. Cada cual, la mía y la de cualquiera, es como una de aquellas canicas que ruedan azarosamente y cuesta abajo, como metaforizó Yáñez en Al filo del agua. Basta doblar una esquina del laberinto para que todo cambie, para que nuestro pobre destino individual tome caminos inesperados. La vida es pues un cúmulo infinito de accidentes, un río de circunstancias que sólo puede tener fin con la muerte.
Migrar al mar (Universidad Veracruzana, Xalapa, 2015), novela de Jorge Arturo Abascal Andrade (Orizaba, Veracruz, 1964), trabaja sobre esta idea mediante cuatro vidas que en efecto, desde distintos lugares, confluyen en el mar, específicamente en Acapulco. Antes de que se dé el encuentro, los personajes deambulan en sus realidades aisladas: Iris es una joven de carrocería imponente, una teibolera apremiada por traducir sus curvas en dinero; Tom es un gringo lácteo, un don nadie en su contexto, un pobre ser movido hacia el viaje —una especie de huida, más bien— por el fracaso sexual en su contexto; Antonella es una joven rica, acelerada, con la vida resuelta pero despojada de afecto familiar; por último, Winston es un pandillero salvadoreño, un mara que ya pasó por todo antes de llegar a la vida adulta. Esos cuatro picos forman el cuadrángulo de existencias que atraviesan Migrar al mar.
Con una prosa que en cada trazo se perfila hacia un tono poético de notable factura, Abascal nos inmiscuye en las vidas de sus personajes. En todos los casos, cada cual a su manera, hay una juventud, y presuponemos también que una infancia, deshilachada, particularmente en el caso de Iris y de Winston. Pese a que ya están instalados en la joven adultez, los cuatro dan la impresión de no saber qué son, qué desean, qué necesitan. La migración hacia Acapulco es pues, como la de los animales, algo instintiva, un viaje que les depara, quizá, un fruto venturoso o la consumación de sus desgracias individuales. El viaje del lector consistirá en llegar a la imbricación y la desembocadura de estos cuatro ríos.
El tono poético ya mencionado no se desvanece en ninguna circunstancia, lo que se convierte en una de las principales fortalezas de Migrar al mar. Es particularmente grato avanzar por pasajes ciertamente duros, como los que retratan la adolescencia de Iris o la vida atropellada de Winston, sin dejar de sentir que la narración ha puesto énfasis en el poder de la expresión literaria desde la primera hasta la última páginas. Hay, no sobra mencionarlo, trazos en los que la cachondería nos mueve hacia el antojo.
Abascal Andrade es autor de los libros De Fátima y otros cuentos y de varias antologías. Es maestro en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla, donde además es jefe de publicaciones. Su libro más reciente es la antología Próximamente en esta sala, cuentos de cine (Cal y arena, México, 2016). El prólogo de este libro puede ser leído íntegro aquí.
Migrar al mar puede ser buscada en La Laguna en la librería El Astillero (Morelos 559 poniente, zona centro, Torreón)que distribuye títulos de la Universidad Veracruzana.