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miércoles, marzo 19, 2025

Horror en el horror

 







En la edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017 asistí a una conferencia de Sergio Fajardo, el colombiano que había modificado la manera de enfocar la lucha contra el narcotráfico en pandemonios como Medellín. Al acto asistió Enrique Alfaro en calidad de alcalde, pero ya en campaña para ser gobernador de Jalisco. El político mexicano trató allí de lucirse, muy seguro de sí mismo en la ilusa autoconstrucción de su imagen de político moderno.

El auditorio, por la fama de Fajardo o quizá por el acarreo alfarista, estaba a reventar, como se dice en la crónica deportiva. Lejos, creo, nos encontrábamos de imaginar que en el mandato como gobernador de aquel joven calvo, fortachón y lenguaraz se asentaría, entre otras aberraciones, un campo de entrenamiento y exterminio como el rancho Izaguirre.

Al ver imágenes del sitio es imposible no pensar en perversas colusiones entre la delincuencia y el poder político. El rancho no tiene un metro cuadrado de extensión, sino que es un predio amplio y muy visible en un lugar de escasa vegetación. No detectarlo o no saber ni pizca de las monstruosidades que allí se perpetraban revela inaudito contubernio o crasa ineptitud de las autoridades por supuesto no sólo estatales en este caso, sino también federales e incluso municipales.

Tres sexenios llevamos sin abatir los índices de violencia cuyo mayor escándalo está, por supuesto, en la gráfica de las desapariciones, el horror en el horror, el horror al cuadrado. Los tres partidos políticos mayoritarios del país pueden repartirse la criminal irresponsabilidad, pero no lo harán, pues eso sería como reconocer un fracaso que nadie quiere asumir como estigma de su gestión y puerta de entrada a causas penales como la de García Luna. Más allá de distribuir culpas y muy utópicos castigos, la urgencia está en detener por fin la expansión del infierno, que se viabilicen medidas técnicas de inteligencia, búsqueda, captura y sanción efectiva de delincuentes, ya no la permanente politización de las inculpaciones mutuas.

No aceptar el fracaso de todas las medidas para acabar con el crimen organizado es una salida asimismo criminal, y andar el camino de la declaración analgésica es echar más combustible al fuego de la inseguridad.

miércoles, junio 22, 2022

Tren de la muerte

 








Recuerdo que hace como una década, cuando padecía mi mayor fiebre tuitera (por suerte ya curada hasta el abandono de esa lamentable red social), traté de resumir en 140 caracteres una idea que hasta la fecha me acompaña: los buenos formamos la inmensa mayoría, ciertamente, pero los otros tienen armas. Creía y sigo creyendo que de poco sirve ser o sentirnos parte de los mayoritarios “buenos” si de todos modos estamos desarmados.

No quiero decir con esto que se legalice/socialice el uso de armas a la manera norteamericana para que de tal libertad pasemos, sin solución de continuidad, a la ley de la selva. Quiero decir, más bien, que si preguntamos a los elementos de seguridad ellos también afirmarán que son parte de los “buenos”, quienes protegen a la ciudadanía, quienes velan por la integridad de las personas y sus bienes. El problema aquí es que ellos sí andan armados y al parecer no para intimidar/inhibir/detener/anular a los malos, sino para sumarse a ellos por acción u omisión. No garantizar la seguridad de la ciudadanía es, en el caso de las fuerzas del orden que en teoría deben tener el monopolio de la violencia, una forma nada velada de ser parte del problema y no de la solución.

Por lo anterior, y por el deplorable estado de la seguridad en el país, se puede afirmar que la estrategia prometida de mitigación de la violencia ya rebasó las colindancias del fracaso. Lejos de disminuir, los índices de delincuencia en todas sus modalidades, llámese robo, extorsión, secuestro, homicidio doloso, desaparición, han escalado, y las cifras revelan que se trata, acaso, del mayor revés a la actual administración federal encabezada por el presidente López Obrador. Más allá, pues, de la ingenua política de “abrazos, no balazos”, lo que la población necesita es alguna módica certeza de mejoría, el hecho irrefutable de saber que los “buenos” vamos ganando terreno para la paz social perdida varios sexenios ha.

En sentido contrario a este posible avance prometido por la actual administración federal (sexenios pasan y pasan sin que cambie nada), todos los días nos enteramos de homicidios, de masacres, incluso de fusilamientos de los cuales queda macabro registro en video. Al respecto, el asesinato de dos jesuitas en Chihuahua el lunes pasado tiene aspecto de estación última para el tren de la muerte, pero mientras no se tome en serio este problema, peores noticias nos seguirán acuchillando.

miércoles, agosto 01, 2018

Esas malditas llamadas
















Publiqué ayer en mis redes este post: “Por una política de autodefensa suelo no contestar llamadas telefónicas cuyo número no tenga registrado. Si alguien nos necesita con urgencia, pienso, para contactarnos antes de hablar tiene los caminos del Whatsapp, chat de FB, SMS, mail, MD de Twitter y demás. Hoy, contra mi costumbre, contesté una llamada proveniente de un número desconocido, el 5587416132. Se trataba de una extorsión con amenaza de secuestro. La voz de angustia inicial fue tan sorpresiva que sí me asusté, y mucho, pero por suerte pude maniobrar, corté rápido y comprobé que no pasaba nada mediante una llamada a otro teléfono”.

Es la primera vez que me pasa esto y se debió a un descuido, pues contesté a un número no almacenado en la memoria del teléfono. La técnica del delito es bien conocida: de repente recibí la llamada, contesté y por el auricular salió una voz angustiada en este caso de mujer. Como horrorizada, soltó siete u ocho palabras que por desagradables no reproduzco textualmente. Se trataba de un supuesto secuestro. Luego, sin cortar la llamada, se puso al teléfono un sujeto que con voz firme aseguraba tener a la víctima y poder lastimarla. Creo que maniobré bien para suspender el diálogo y marcar, obvio, a otro número para asegurarme de que nada había pasado.

La lógica de esas llamadas es marcar para ver quién pica el anzuelo. Si le llaman a una persona sin hijos y la primera frase que oye es “¡Papá, ayúdame!”, la extorsión se derrumba desde allí. Pero si da la casualidad de que el tal papá es en efecto padre de una joven, el oído tiende a asociar la voz querida con la voz embusteramente aterrorizada que sale del auricular y luego seguir la conversación con el delincuente que sin demora comienza a proferir amenazas y órdenes.
Yo oí la voz angustiada y de inmediato hice la monstruosa asociación. Tres segundos después desperté del aturdimiento para pensar que no, que esa no era la voz querida. Tras colgar y certificar que todo estaba bien, saqué algunas conclusiones que supongo cualquiera saca tras un sacudimiento de esta ruin naturaleza. El primero, y básico, es no contestar jamás llamadas de números desconocidos, menos si proceden de otras zonas y no tenemos mucho qué ver con lugares lejanos. El segundo, saber que si alguna vez contestamos esas llamadas (por error, prisa o lo que sea) conservar la calma y reflexionar de inmediato en el tono de la voz supuestamente querida. El tercero, en caso de duda buscar pronto a la persona teóricamente amenazada. El cuarto, denunciar de inmediato, al menos en la redes sociales, el número. Y el quinto: instruir a la familia sobre la manera de actuar en estos y otros casos.

Lo más importante, siempre, es mantener la calma y poner los cinco sentidos en el asunto. Nunca es fácil, pero ya estando en eso hay que intentarlo.

sábado, mayo 13, 2017

Un asedio a la violencia escolar




















Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón, ha llegado en estos días a su número 72 y contiene, como siempre, materiales de interés. Está en línea dentro de la web de la Ibero Torreón y si la visitan van a encontrar, también como siempre, artículos, reseñas, crónicas y más sobre muy variados temas. La revista abre con una peculiar serie de textos escrita por cuatro maestros de la Ibero. Digo peculiar en tanto bloque, en tanto conjunto de aportes que se refiere a un tema que caló profundo en la realidad mexicana: la violencia en las escuelas.
Su editorial observa lo siguiente: “Aquella inolvidable mañana el acontecimiento nos estremeció: en Monterrey, Nuevo León, un joven disparó a su maestra y a varios de sus compañeros en el salón de clases, y luego se suicidó. Inmediatamente después de pasada la primera conmoción, vinieron el morbo, el deseo de obtener más datos sobre el suceso y las especulaciones de sobremesa. En México, sobre todo en los ambientes estudiantiles, no dábamos crédito al hecho que —como casi todo lo que ahora se viraliza en internet— quedó registrado en un video. ¿Qué sucedió, por qué un adolescente pudo atentar así contra la vida de sus cercanos en un aula de secundaria?
Pasados pocos días, el terrible acto pasó al olvido. Otros mil acontecimientos lo opacaron y lo convirtieron en anécdota, en ‘algo’ que ocurrió en una escuela regiomontana. En la Ibero Torreón, sin embargo, fue pensada una mesa redonda para dialogar no tanto sobre lo que pasó aquella mañana aciaga, sino en sus posibles resortes, en las implicaciones de las conductas de alto riesgo en las escuelas y en lo que estamos haciendo mal como sociedad para encarar tales situaciones y, fundamentalmente, para prevenirlas. Los maestros e investigadores Sergio Garza, Francisco Rodríguez, Laura Orellana y Javier Ramírez escribieron un resumen de sus exposiciones…”.
Como ha ocurrido con muchos temas de esta o parecida gravedad social, el tiempo y la vertiginosidad de la información en la era de las redes sociales provocan que todo se diluya en la indiferencia. ¿Qué asunto sobrevive más de dos o tres días en el interés de los lectores? Al parecer, ninguno. Pese a tal situación, la violencia en el ámbito escolar no debe ser un tema pasajero. Acequias ha intentado ahora darle permanencia. Ojalá puedan leer esas opiniones.

miércoles, marzo 29, 2017

Plaga de júniors




















Como dos años trabajé de manera altruista en una cárcel y, obvio, fue una experiencia imborrable. De aquel pequeño esfuerzo obtuve in situ una conclusión que en México ya es lugar común: los pobres son la materia prima de nuestras cárceles. Quizá debo generalizar y decir lo mismo de Brasil, de Colombia, de Perú y de todo país rezagado, pero lo que vi lo vi en México y es aterrador. Aquellos sábados entraba al reclusorio para dirigir un taller literario y por los pasillos, en los patios, por todos los recovecos del lugar aparecían sujetos que a las claras se veían sumidos en la precariedad, eufemismo para no decir, simplemente, pobres.
Muchas veces intenté localizar algún preso que pusiera en crisis mi certeza de que allí, en el bote, sólo había jodidos. No lo logré. Seguramente los hay, algunos pocos, pero no me tocó verlos, escucharlos, saber que estaban tras las rejas, pese a su buena posición económica, por algún error de esos que cualquier ser humano puede cometer. Pero no, insisto: las cárceles sólo se alimentan de pobres, y en el envés de esta triste realidad está lo previsible: no es que los pudientes no delincan, sino que la posición económica es el factor clave para no morder barrote en el reino de la impunidad.
Por eso no me extraña que uno de los Porkys de Veracruz acusado de pederastia se haya salido con la suya. El júnior había sido detenido en junio pasado en Madrid, y luego de este lapso el juez consideró que no había quedado plenamente acreditado el delito de pederastia. La determinación tiene un aspecto churrigueresco: “… un roce o frotamiento no serán considerados como actos sexuales, de no presentarse el elemento intencional de satisfacer un deseo sexual a costas del pasivo”.
Pese a lo delicado que es examinar delitos sexuales de este tipo, es increíble que en la circunstancia en la que operaron los Porkys, y prófugos como estaban, no se considere que hubo un “elemento intencional”. El arabesco retórico se debe, creo, a la posición social de los acusados, bien ubicados como júniors de esos que hoy son plaga y se enorgullecen de su plata y de su estupidez y de su facilidad para librar cualquier lío con la justicia. De no haber sido pudientes, los acusados pasarían en automático a ser carne de presidio. Así es México. Punto.

sábado, marzo 25, 2017

El miedo cabalga de nuevo














En 1994 cubrí durante cuatro meses parte del proceso electoral en Chihuahua. Lo hice para El Diario de aquella entidad, y no recuerdo dónde conocí a Miroslava Breach, si en ruedas de prensa o en sesiones del IFE. No la traté, pero su peculiar nombre era fácil de memorizar y desde entonces la ubiqué como reportera respetada en el entorno de la capital chihuahuense. Luego, durante más el veinte años y un poco al azar de la lectura en internet, leí notas de esta periodista brutalmente asesinada el 23 de marzo pasado.
Este crimen me conmueve y me irrita por el antecedente que acabo de traer. No quiere decir que los otros valgan menos, sino que ese nombre estaba, como el de Eliseo Barrón, unido de alguna tenue forma a mi experiencia profesional: Miroslava trabajó para El Diario, donde yo publiqué en los noventa; y Eliseo, en Milenio Laguna, donde publico estas líneas. En ambos casos sus muertes se inscriben en el contexto ya largamente turbulento e ininterrumpido de la violencia que en grado superlativo padecemos desde 2006, es decir, desde el arranque del espuriato.
No estoy completamente seguro, sin embargo, sobre el origen de la descomposición que hoy se advierte al rojo vivo. Como ocurre en la escritura de la historia, en algún punto hay que hacer cortes artificiales para no comenzar todo desde el Big Bang; igual, para explicar el fenómeno de la violencia recargada en México debemos colocar un punto de arranque, una cota. Para mí es el 88. El régimen priísta ya se había agotado en ese momento y gracias a lo que ya sabemos y no es necesario recontar, fue mantenido a punta de garrote. Sorpresivamente, ese año no calcularon el efecto de la antipatía y fue necesario un golpe brusco de timón la misma noche del recuento de votos. Luego, en 1994, para prevenir otro escenario ochentayochero, sembraron antes el miedo, casi el terror, lo que derivó en el triunfo de Zedillo. Luego vino la farsa de la transición foxista y después, de nuevo, la siembra del miedo en 2006 que seis años después amerdizó en la vuelta pactada del PRI, es decir, en el retorno del apocalipsis.
Hoy, otra vez, en este mar de tsunamis recurrentes que es nuestra política, se va abriendo el expediente del miedo, ese viejo conocido electoral de los mexicanos.

sábado, enero 21, 2017

Digestión del horror














No me da el espacio para pormenorizar el reformateo mental de los adolescentes. Tengo, sin embargo, algunas ideas armadas a partir de lo que he conjeturado desde que comenzó a darse un acceso de amplio espectro a la información, a cualquier información. Para comentarlo necesito recordar —recordarme— qué era ser adolescente hasta antes de internet y, mejor aún, más precisamente, hasta antes de las redes sociales.
Para las generaciones anteriores al boom de las nuevas plataformas de la información ser adolescente consistía en aprender dosificadamente lo bueno, cierto, aunque también lo malo. Por la edad, los conocimientos eran administrados por instituciones inmediatas: más o menos, la familia formaba hábitos de conducta cotidiana (aseo, responsabilidad, respeto a los mayores), la escuela proveía de conocimientos en materias básicas como aritmética, redacción, biología y demás, y la iglesia se encargaba de infundir expectativas y temores trascendentes. Luego la calle, los amigos, iban aleccionando al joven en materias de sexualidad, malicia para defenderse y atacar, picardía varia.
Toda la información ingresaba al joven en módicas cuotas, poco a poco, hasta que, llegado a cierta edad, el joven era adulto y, se supone, alcanzaba una base axiológica firme para distinguir con toda claridad, o más o menos con toda claridad, “lo bueno” de “lo malo”. Así me formé yo y así se formaron, con las variantes que son del caso, miles de jóvenes aquí y en China. Digamos que algo tarde, cuando ya éramos maduros, nos enterábamos de las monstruosidades de la vida.
Pasa ahora que todo se ha precipitado. A una edad de suyo complicada, la adolescencia, se ha añadido una sobredosis de información muy difícil de digerir. Y no me refiero, claro, a la información constructiva, edificante, sino a toda la que, lo sabemos, es difícil que un joven pueda procesar sin atragantarse. Pienso en la información sexual, por ejemplo. ¿Cuándo vimos o nos enteramos nosotros, por ejemplo, de la penetración anal? ¿Sabemos que eso es ya pan de cada día en cualquier espacio pornográfico? ¿Qué piensa un joven sobre la sexualidad si cobra adicción por esas escenas?
No voy a caer en la moción reaccionaria de prohibir. Sólo diré que debemos acompañar más a los jóvenes, que hoy más que nunca estamos obligados a ayudarlos con la digestión del horror.

viernes, enero 08, 2016

Chapo reciclado




















Escribí este pequeño soneto (valga el pleonasmo) para no olvidar el bello día que estamos a punto de terminar. En México, como en cualquier parte del mundo, no hemos estado al margen de las cortinas de humo. Nuestra novedad, nuestra peculiaridad, en todo caso, está en la terca rehidratación del procedimiento, de manera tal que con esto nuestro gobierno ha inventado una forma completamente original del reciclaje. ¿Cuánto más podrá servir el mismo asunto para distraernos? No lo sabemos. Eso sólo pueden saberlo dios y la Secretaría de Gobernación.

Chapo reciclado
Atraparon al Chapo nuevamente
—a ese Chapo que dicen es el Chapo—
vaya historia sin par, sin referente
vaya manera de exprimir al capo.

Se afirma que el Estado delincuente
lo usa, le coloca cualquier trapo
y lo exhibe en el juego recurrente
del tipo que se cree muy listo y guapo.

En este laberinto de patrañas
con tanta información de nebulosa
debemos tratar de darnos mañas:
saber cuál es veraz, cuál falsa o sosa
evitar la tv, que no nos pierda
ni nos hunda entre tanta y tanta mierda.

sábado, octubre 17, 2015

Semana de videos














En la semana que acabamos de cruzar, tres videos hicieron las delicias del respetable público. Esta columna no se especializa en crítica de productos audiovisuales —de hecho, no se especializa en nada, pero fue particularmente notorio que en menos de seis días tuviéramos tres piezas que por su miserabilidad son dignas de comento. Quizá, por ello, no es ocioso hincarles el ojo. Veamos.
El “ya chole”. Se trata del espot de gobierno que ha durado menos tiempo al aire en la historia de la humanidad. Lo idearon, lo produjeron, lo editaron, lo pusieron a circular y al advertir que se trataba de una estupidez, lo sacaron de la circulación. Este mensaje presenta en escena a dos carpinteros pedroinfantescos, es decir, de natural alegre y dicharachero; uno de ellos, sin embargo, se queja de lo que hace el gobierno y termina por cansar al otro, que en un rapto de fervoroso peñanietismo le dice: “¡Ya chole con tus quejas!”, para luego dar paso a una pequeña lista de logros tangibles alcanzados por la actual administración federal. El escéptico, converso fast track a la verdadera fe, no deja pasar ni veinte segundos para transformarse en fan de las reformas. Una tontería.
El segundo video fue el tráiler —así les llaman ahora a lo que nosotros, los más rucos, denominábamos “cortos”— de La noche de Iguala, film que sería cómico-mágico-musical si no fuera porque trata un tema delicadísimo. De género ambiguo entre el documental, la dramatización y el quién sabe qué chingados, esta cinta refritea el guión de Jesús Murillo Karam como si hubiera sido una verdad revelada. Actuado con las pezuñas luego de un casting de manga muy ancha, todo comienza con esta frase de un chavo fresa, tan fresa que parece participante del Big Brother: “Cambio de planes, nos vamos a Iguala”. Nomás le faltó decir “o sea, ¿sí me entienden?”. La noche de Iguala tiene una peculiaridad demasiado enfática: todos los elementos relacionados con la autoridad visten de azul, son policías.
Por último, no podía faltar otro video del personaje más importante de México: el Chapo Guzmán, quien de nuevo ilumina las pantallas caseras con su magnífica presencia encarcelada y despuesito fugada. El medio, como dijo un famoso canadiense, es el mensaje, y aquí llama la atención que Televisa haya sido el depositario de esta “filtración” audiovisual. Todo parece un montaje, una representación, pero mientras los expertos empiezan a demostrarlo ya llegará otro video que nos distraiga de la monotonía y, principalmente, de lo importante: insistir en señalar que todo esto, todo, huele mal, muy mal.

miércoles, septiembre 30, 2015

A un año del 26/9
















He asistido dos años seguidos, en 2014 y 2015, al congreso de literatura detectivesca en español organizado por Texas Tech University y la UNAM. Ambos han sido organizados casi en las mismas fechas, de manera que pasé los 26 de septiembre de los dos años en el DF. En 2014 no supe sino hasta después, como casi todo México, que ese 26 había ocurrido algo grave, lo que ya sabemos, en Iguala. Ahora, un año después, el sábado, estaba en la capital del país cuando mi actividad recién había concluido.
Asistí pues a la marcha y a ras de suelo pude comprobar lo que ya sospechaba: que el talente de los manifestantes es harto mayoritariamente pacífico, que la ciudadanía canaliza su legítima indignación en una tesitura que los fachos de siempre se niegan a ver y, a partir de algunos vándalos reales o creados en laboratorio, se generaliza la idea de “los violentos”, “los anarcos”, para criminalizar la protesta.
Las fotos, mis fotos, no me mienten. No ver la marcha desde un edificio o en alguna fotografía ulterior impide que uno se haga una idea clara de la cantidad de personas que acudieron al llamado de reclamo. Frente a frente, codo con codo en medio de la manifestación no es posible ver el bosque, pero a cambio hay una ventaja: es posible ver los árboles, a las personas de carne y hueso recortadas en su individualidad.
¿Y qué árboles vi? Lamento contradecir a los hitlercillos de bisutería que ven en quienes marcharon una masa amorfa de violentos y revoltosos, o, en el más sereno de los casos, de ociosos atraídos por cualquier oportunidad para romper la rutina. Lo que yo vi y fotografié, con mi ojo algo extrañado de provinciano en la urbe, fue a hombres y mujeres de todas las edades, desde niños en carreola hasta ancianos en silla de ruedas. Vi también, por supuesto, numerosos contingentes de estudiantes, trabajadores sindicalizados, colectivos feministas, grupos artísticos, organizaciones campesinas, maestros. Por los trapos pude apreciar que no todo era raza del barrio o del campo. La manifestación también abrazó a ciudadanos que a leguas dejaban apreciar una condición económica más desahogada.
Enfatizo que todos, o la mayoría para no generalizar, gritaban, llevaban un cartel, las mejillas pintadas, el rostro convencido por la inquietud de protestar en paz. Así pues, no sé qué puede entenderse como reclamo civil legítimo y atendible. Si esto no lo es, ignoro qué pueda serlo.

miércoles, septiembre 23, 2015

70.10















Sigo sin entender por qué toleramos a estos ladrones y asesinos en el poder. Mientras contemplamos la fantasmagoría de gobierno que representan, el hombre “de pata en el suelo”, como diría Yupanqui, se debate ya no en la angustia por comprar unos zapatos nuevos o levantar otro cuarto en el patio para los niños que van creciendo, sino en lo elemental: en comer. El hijodeputismo que trasuda el nuevo salario mínimo sigue siendo la mejor muestra de que el país está roto, partido en dos: en un lado están ellos; en el otro, los trabajadores diariamente expoliados.
La Constitución dice lo que todos sabemos: “Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”. Con 70.10 pesos es imposible mantener no a una familia, sino a una persona, incluso si esa persona es el niño más austero del mundo. No es necesario hacer cuentas: es imposible convencer a alguien (a menos que ese alguien sea un cínico o un criminal) de que el salario mínimo alcanza siquiera para alimentar a una persona, de suerte que es vulgar y ofensivo argumentar desde el poder la viabilidad siquiera limitada e irrisoria del salario mínimo.
Ya sabemos que la Constitución dice una cosa y la realidad otra. Estamos en México, y en México lo más común es disociar la letra legal de los hechos cotidianos. La conclusión que saco de esto es, creo, la más simple y por ello la menos visible: nuestros gobernantes salen todos los días a convencernos de que están trabajando por los mexicanos, cierto; nosotros podríamos dudar y al final concederles el beneficio de esa duda. Pero lamentablemente no hay margen para la vacilación. Es imposible dudar de su ineptitud y su protervia en todos los sentidos. Si no han sido capaces de garantizar lo elemental, es decir, el abasto de comida suficiente y digna para una familia gracias al salario mínimo, ¿cómo van a garantizar otros derechos más complejos como la educación, la salud, la justicia y demás?
Los 70.10 pesos diarios de salario mínimo (4.10 dólares diarios) para el trabajador y sus dependientes son el agravio más grande que se le puede hacer a los mexicanos. Es un crimen que arrasa con todo mientras los cínicos que nos gobiernan todavía se atreven a hacer declaraciones.
El hambre no admite palabrerío. El hambre es un crimen.


miércoles, agosto 05, 2015

A carpetazo veloz




















Hacer periodismo nunca es fácil, pero hacerlo en tiempos dominados por el hampa es doble o triplemente peliagudo. Si el periodismo sirve en lo esencial para informar, sucede a veces, no siempre, que la información incomoda cuando en su difusión conlleva una denuncia, cuando expone las mentiras, las ineptitudes o todo eso junto sobre algún poder. En sociedades acostumbradas a la crítica, el periodismo se maneja con soltura y señala sin esperar a cambio más que réplicas civilizadas. Si un personaje no está de acuerdo con una nota, manda una aclaración y su respuesta exhibe el infundio o encamina el debate hacia nuevos rumbos. Nadie teme, digamos, por su vida, y ejercer el periodismo no supone riesgos extremos.
En México jamás ha sido tersa la relación poder-prensa. De hecho, uno de nuestros más grandes lastres sociales es la complicada relación establecida por esos dos espacios, una relación más que simbiótica: al poder le interesa cooptar al periodismo para no recibir señalamientos, y al periodismo le interesa estar cerca del poder para sobrevivir y hasta crecer. Lo ideal sería que ambos polos estuvieran separados, distantes uno del otro, sin más punto de contacto que el establecido mediante la ciudadanía consumidora de mensajes: los mensajes de la comunicación en sí y los mensajes del bienestar experimentado gracias a las políticas públicas.
Si a la cercanía entre poder político y medios añadimos el ingrediente del hampa, el resultado es desastroso sobre todo para la sociedad y el periodismo crítico. A la primera le tocará formarse opiniones a partir de mensajes adulterados y al segundo le tocará un rol casi residual aunque no por ello exento de peligro, como lo acabamos de ver con el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril y cuatro mujeres jóvenes en la Narvarte del DF.
En este contexto, nada más fácil que convertir un expediente de agresión mortal a un periodista en uno vinculado al crimen organizado. Así, con esta técnica, es prácticamente imposible articular un esquema de justicia, pues todos los hechos reciben el carpetazo veloz que los condena al olvido.
Entre otros muchos males, la delincuencia vino a ser funcional al poder político. Será quizá porque en muchos casos son lo mismo. Pare evitar dudas, hay que trazar en este desaguisado una línea de investigación exhaustiva hacia el gobierno de Veracruz, y que pague quien tenga que pagar.

miércoles, julio 15, 2015

Ficción del Chapo













Cuando lo atraparon pensé, quizá como muchos, que se trataba de una ficción. No he dejado de creerlo porque en México todo es posible, incluso que se diga la verdad. Como me quedé con esa idea en la cabeza (que la captura del Chapo había sido una ficción, una más entre las muchas que todos los días disemina nuestro gobierno para mantenernos entretenidos) sentí pertinente que yo también tenía derecho a escribir una. Se me ocurrió entonces la obvia: un hombre es chupado por las fuerzas de seguridad para representar el papel del c(h)apo.
Escribí el cuento unas semanas después de la “captura” en Mazatlán y lo tengo archivado, inédito porque en el fondo no me agrada el tema. Ahora, desde el sábado pasado, estoy en Buenos Aires y acá los noticieros han hecho eco de la fuga. Lo que me asombra es la imprecisión o la vaguedad que cunde en los mensajes, como eso de que Toluca es un estado. Para los informativos de acá todos los boletines oficiales mexicanos son verdad, casi como si los redactara dios. Yo, entretanto, leo y oigo atravesado por el peor de los escepticismos, el mismo escepticismo que en su momento me llevó a escribir un cuento sobre la extraña detención. He aquí, nomás, el segundo párrafo de mi relato:
Ni siquiera tomó la precaución de lanzar una mirada previa hacia la calle. Abrió la puerta de repente y así como la abrió, sin decir ni siquiera buenas tardes, unos gorilas entraron a su encuentro y lo rodearon. Otros os buscaron a la señora y la hallaron de pie, en su habitación, temblando, llorando contenidamente. Uno de los gorilas le hizo seña de silencio y otro movió las manos abiertas de arriba hacia abajo, rítmicamente, para indicarle que se calmara. Otro habló. No se preocupen. Somos elementos de seguridad nacional y no les haremos nada. Nomás cooperen.
Sentaron a Samuel en un sillón de la salita y dos gorilas lo flanquearon. Antes de que pudiera decir algo, uno de los que se mantuvo de pie, el que parecía de mejor facha, medio güero, de mostacho grueso, con saco azul marino y botones dorados, sin corbata, habló. A su derecha quedó un tipo flaco, de suéter verde claro y lentes redonditos a la Lennon, y un sujeto un tanto frágil, el único delicado de todo el lote. Desde este momento les aseguramos que no pasa nada, no se preocupen. Mis hombres y su servidor no venimos a golpear, ni a secuestrar, ni a extorsionar, ni a robar. Al contrario, venimos a traerles un beneficio…
El cuento llega más lejos, claro, como el Chapo ahora que ¿escapó?

miércoles, mayo 13, 2015

Ciudadano postergado




















Es un fenómeno común en México y en los países que, como el nuestro, padecen un registro alto de corrupción e impunidad. Me refiero a la eterna postergación del bienestar ciudadano. Aunque no sea parámetro pese a que debería serlo, en países civilizados el Estado de bienestar es la prioridad: que todos tengan todo lo que se requiere para pasar la existencia con dignidad, sin carencias ni sobresaltos de todos los colores.
Insisto en que no podríamos compararnos con Finlandia o Alemania, aunque no hay razón para no hacerlo al menos con el fin de colocar la mira donde la dignidad del ciudadano es respetada, porque terminaríamos llorando. No hay que soñar con tanto, es verdad, dado que si algo nos caracteriza es el rezago y acaso ya la imposibilidad de salvación, pero tampoco debemos ponernos demasiado laxos. Es intolerable, por ello, la propaganda que primero simula mesura, mediana insatisfacción, para luego arremeter con una sarta de logros que sólo son momentáneamente reales para los actores del anuncio. Son esos mensajes proselitistas, todos vulgares, que abren con un diálogo en teoría espontáneo, familiar, amiguero, y pronto brincan a la demagogia más desenfadada.
Que la electricidad está bajando, que la gasolina ya no va a subir, que los principales campos del narco ahora sí están cayendo, eso y mucho más suministran tales anuncios. ¿De veras la electricidad está bajando? Jamás lo he notado. ¿En efecto ya no subirá la gasolina? Ah, qué bien, como si fuera posible olvidar el megagazolinazo de enero. ¿Que están cazando a los capos más pesados? Uy, qué bárbaros, como si tuviéramos la certeza de que el Chapo es el Chapo.
Como los funcionarios que se hicieron cínicos cuando fueron pillados un fraganti haciéndose de casas en lo oscurito, los jefes de propaganda ya no tuvieron opción: o mentían pesado o mentían pesado, y es lo que están haciendo. En la vida real el ciudadano sigue comprando menos con lo que gana, sigue sufriendo servicios médicos y educativos de octava, sigue recibiendo pensiones de limosna, sigue zozobrando en la falta de seguridad, sigue, en suma, postergado como ciudadano, humillado y ofendido por quienes deberían servirlo.

sábado, abril 25, 2015

Futurología para víctimas













Según Benjamin Taylor, politólogo de la Universidad Intercontinental de Bratilonia, México está en peligro de alcanzar la máxima descomposición que un país puede sufrir si en él no se imprime una reforma sustancial del Estado. En su estudio “El futuro mexicano: de la miseria al cinismo absoluto”, míster Taylor vislumbra algunas posibles realidades para el porvenir de nuestro país. Son las siguientes:
1. Gobierno de rufianes. Si se da el caso de que los gobernantes comiencen a cometer actos de corrupción que son descubiertos y exhibidos públicamente y de todos modos no ocurre nada, puede ser que se alcance el más alto grado de podredumbre política, y esto es muy peligroso.
2. Poder legislativo sometido. Puede ser que en algún momento de su historia los mexicanos sean representados por legisladores que simulen oposición, contrapeso y debate pero en el fondo pacten y se repartan privilegios. Si esto se expresa en la realidad, las leyes y las reformas quedarán a merced de intereses particulares en perjuicio de la población.
3. Poder judicial anulado. En el futuro del país puede ocurrir que las principales instancias judiciales dependan en todo sentido de los grupos hegemónicos, lo que impedirá cualquier forma de castigo en caso de infracciones graves a la ley.
4. Institución electoral copada. Si no se hace algo pronto, la instancia encargada de organizar y contabilizar los votos en los procesos electorales no será más que comparsa directamente enchufada a los poderes fácticos, de manera que el juego electoral, indispensable como ingrediente de la vida democrática, quedará reducido a la instalación de periódicos sainetes.
5. Medios de comunicación incorporados. Si la prensa se alía con los poderes de turno y no cumple su función de investigar y criticar, es probable que se fortalezcan los monopolios y la realidad sea permanentemente matizada en connivencia con los grupos dominantes.
6. Delincuencia desatada. Si no se hace algo pronto, quizá aparezcan enclaves importantes de violencia perpetrada no sólo por los grupos delincuentes, sino infligida por el mismo Estado de manera sumaria. Algunos lugares pueden ser presas, por largo tiempo, de cárteles que detentarán el control económico y político de regiones enteras.
7. Economía destrozada. De no dar marcha atrás a las reglas impuestas por el Consenso de Washington, la economía mexicana quedará sostenida apenas con tachuelas, la moneda se devaluará (incluso pasará de la barrera de los 15 pesos por dólar), los salarios serán una burla y se perderá catastróficamente el poder adquisitivo.

sábado, diciembre 06, 2014

Eduardo Anguita en México















Eduardo Anguita, periodista argentino, estuvo en México para participar en la FIL de Guadalajara. Tuve la suerte de conversar con él y ver su interés por adentrar su mirada del sur en nuestra realidad del norte. La charla le permitió, según me dijo, precisar algunas ideas sobre la coyuntura mexicana. Unas horas después envió un artículo a su patria y me lo compartió vía mail ("México y sus 43 desaparecidos"). Por tratarse de una visión foránea y por eso interesante, creo, para nosotros, comparto el artículo completo:

El jueves pasado, cuando todavía todavía no era pública la restitución de identidad del nieto 116, hijo de Hugo Castro y Ana Rubel, nacido en la ESMA, Estela Barness de Carlotto recibía, conmovida, al padre de uno de los 43 estudiantes secuestrados en Iguala. El hombre contaba lo que era para él, un campesino con apenas segundo grado de primaria, que su hijo pudiera haber llegado a estudiar en la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde fue secuestrado el pasado 26 de septiembre. Hugo y Ana fueron secuestrados en 1977 y también eran estudiantes. Al rato, mientras en cada actividad de la Feria Internacional del Libro se pedía la aparición con vida de los 43, la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo daba la noticia del 116. No se trata de un juego de números, sino de la hermandad en la tragedia, de las formas más dignas de resistencia, del grito más íntimo de quien sufre como padre o abuela la política criminal de Estado de negar el derecho básico a saber dónde está una persona.
No es un juego de números, pero los números indican que la democracia formal y republicana puede hacer que la muerte sea un lugar común. El sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) llevó, según la mayoría de los defensores de los derechos humanos, a que unos 80.000 mexicanos cayeran bajo las balas de carteles de la droga o de la represión de las fuerzas de seguridad. En los dos años que cumplió días pasados al frente del Ejecutivo Enrique Peña Nieto, los muertos en esas circunstancias serían 20.000. Y hay muchos mitos alrededor de esto. Uno es que la violencia no está circunscripta a Ciudad Juárez y otras zonas fronterizas con los Estados Unidos. El Estado de Guerrero, que está en el centro del país y donde fueron secuestrados los 43, tiene una fiscalía especial para radicar denuncias sobre desaparecidos. Porque allí, una región donde en los setentas hubo una guerrilla indomable, quedó la costumbre de hacer desaparecer los rastros de las víctimas. Lucio Cabañas, líder de aquellas luchas, había estudiado en la Escuela Normal de Ayotzinapa. Dos de los chicos secuestrados, según se supo días pasados, son familiares directos de Cabañas. El jueves pasado, Peña Nieto viajó a Acapulco, lugar emblemático del turismo rico, cerca de Iguala, el lugar donde se produjo el asesinato de seis estudiantes y el secuestro de 43. El presidente, antes, ordenó un impresionante dispositivo militar y policial en Guerrero, Michoacán, Morelos y Edomex, cuatro estados cercanos a la capital mexicana. El operativo se llama Tierra Caliente y está destinado a garantizar la circulación de las carreteras y la seguridad de los destinos turísticos. Es la clásica respuesta de militarizar la sociedad sembrando un sentimiento confuso de control, que no se sabe si puede afectar a los carteles mafiosos o a los que piden por la aparición con vida de los desaparecidos. En los fundamentos del operativo Tierra Caliente no hay mención alguna al tema de fondo: ¿Dónde están los 43 estudiantes normalistas?

Desaparecer de los medios
La clase política mexicana vive un terremoto. Lo único cierto es que, esta vez, la sociedad reaccionó ante la barbarie. Desde el 26 de septiembre se producen cientos de actos y manifestaciones en todo el país, extensivos a la gran comunidad azteca en los Estados Unidos. Dado que tanto el alcalde de Iguala como el gobernador de Guerrero, responsables directos de la desaparición de los estudiantes, forman parte del opositor Partido de la Revolución Democrática (PRD), con el correr de las semanas se produjo la renuncia del máximo líder de esa fuerza, Cuauhtémoc Cárdenas. Es decir, la evidente pertenencia del alcalde Iguala, José Luis Abarca, actualmente detenido, con el narcotráfico y el secuestro de los normalistas, dejó al PRD sin argumentos para presentarse como una fuerza moralmente capaz de ser alternativa.
En cuanto al gobierno federal, es preciso reparar en que a dos semanas del secuestro de los estudiantes, el procurador general Jesús Morillo Karam fue la cara visible de un gran operativo mediático que daba por cerrado el caso. Un montaje burdo de tres arrepentidos mostrados ante las cámaras daba la versión oficial: los policías y los guerreros unidos (cara legal e ilegal del aparato montado en Iguala como en muchos otros distritos) habrían matado, calcinado y enterrado a los normalistas. La urgencia de Karam era que Peña Nieto no quería cancelar su viaje a China y Australia. La desmentida llegó días después de la mano del Equipo de Antropología Forense. Es decir, del grupo de argentinos expertos convocados como peritos de parte por los familiares de los estudiantes. De todos los restos óseos analizados, ninguno coincidía con el ADN de los estudiantes. Pero el despliegue mediático había sido montado cuando Karam dio su versión. Las protestas crecen pero el gobierno y su blindaje mediático, basado en el monopolio de Televisa del clan Azcárraga, apuntan a que con el correr de las semanas se desvanezcan sin que nada salga a luz. La información con otras fuentes circula por pocos medios de impacto masivo y son básicamente el diario La Jornada y CNN, cuya corresponsal jefe es Carmen Aristegui, una periodista de mucho prestigio, con presencia también en radio y en prensa gráfica. La pelea de la CNN con Televisa es histórica y posiciona a esa cadena norteamericana como una voz confiable contra la corrupción política. Un equilibrio solo posible por la presencia de Aristegui. Para ver cómo funcionan los medios en un país donde nunca se dio un golpe de Estado pero la clase política está contaminada de vínculos con los negocios del narco, basta ver que Telesur está prohibido en todas las cadenas de televisión paga. No es censura: es la libertad de empresa. Solo se la puede ver por internet. 
Demasiado lejos de Dios y demasiado cerca de los Estados Unidos, dicen aquí quienes no se resignan a naturalizar la barbarie. Es difícil para el extranjero entender cómo es México. Un país que creció en base al petróleo y que este año dio un paso hacia la entrega de las poderosas riquezas hidrocarburíferas a manos de las transnacionales al iniciar el proceso de privatización periférica de Pemex. Justo en un momento en el que el precio del barril de petróleo se desploma y con eso se pone en riesgo la principal fuente de divisas (legales). La otra, muestra el México lindante con el imperio: la segunda fuente de dólares son las remesas de los millones de trabajadores legales e ilegales que son mano de obra barata en Estados Unidos. Los mexicanos dan muestra de una hospitalidad y un orgullo patriótico increíbles. Tienen una vida cultural colorida, vivaz, alegre. Sin embargo, hay un manto de silencio sobre la violencia estatal que permitió naturalizar estos cien mil muertos ocurridos en menos de una década. El libro institucional de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde se presentan las voces más comprometidas por el cambio social, no tiene empacho en referirse a la masacre de Tlatelolco de 1968 como el trágico enfrentamiento entre policías y estudiantes, cuando se trató de una emboscada masiva por parte de los uniformados, orquestada desde el gobierno cuando Luis Echeverría era secretario de Gobernación. Luego, en 1970, fue electo presidente y tuvo un rol activo en dar asilo a miles de argentinos que huían de la represión en Argentina, en Chile o Uruguay. Es decir, sudamericanos militantes que, de haber estado en aquella plaza de las Tres Culturas, hubieran caído bajo las balas policiales. Ese México es el de un acendrado machismo: el jueves por la noche, cuatro argentinas que volvían de la Feria del Libro subieron por la noche a un taxi y pretendieron discutir el precio del viaje: el chofer, sin vueltas, arrancó y les dijo que no abrieran la boca hasta llegar al hotel, que no estaba dispuesto a que unas mujeres le hablaran en ese tono. El temor a un lugar desconocido hizo que la consigna del taxista fuera cumplida a rajatabla. El colorido de la cultura convive con la cultura de la imposición. Mande, es la primera voz que surge de cualquier empleado que cumple funciones en áreas de servicio. Esa aparente docilidad está acompañada de la militarización de miles y miles de jóvenes que se incorporan a agencias policiales. Un spot que grafica esto se ve cada rato en la televisión de Guadalajara (capital del Estado Jalisco): Únete a la Fuerza Única Jalisco, tu fuerza puede ser nuestra fuerza. Tanques, helicópteros, ametralladoras antiaéreas y hombres vestidos de negro armados hasta los dientes convocan a sumarse a la policía estatal, una de las tantísimas agencias estatales que circulan por los laberintos de un país convulsionado por el dolor.