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miércoles, marzo 19, 2025

Horror en el horror

 







En la edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017 asistí a una conferencia de Sergio Fajardo, el colombiano que había modificado la manera de enfocar la lucha contra el narcotráfico en pandemonios como Medellín. Al acto asistió Enrique Alfaro en calidad de alcalde, pero ya en campaña para ser gobernador de Jalisco. El político mexicano trató allí de lucirse, muy seguro de sí mismo en la ilusa autoconstrucción de su imagen de político moderno.

El auditorio, por la fama de Fajardo o quizá por el acarreo alfarista, estaba a reventar, como se dice en la crónica deportiva. Lejos, creo, nos encontrábamos de imaginar que en el mandato como gobernador de aquel joven calvo, fortachón y lenguaraz se asentaría, entre otras aberraciones, un campo de entrenamiento y exterminio como el rancho Izaguirre.

Al ver imágenes del sitio es imposible no pensar en perversas colusiones entre la delincuencia y el poder político. El rancho no tiene un metro cuadrado de extensión, sino que es un predio amplio y muy visible en un lugar de escasa vegetación. No detectarlo o no saber ni pizca de las monstruosidades que allí se perpetraban revela inaudito contubernio o crasa ineptitud de las autoridades por supuesto no sólo estatales en este caso, sino también federales e incluso municipales.

Tres sexenios llevamos sin abatir los índices de violencia cuyo mayor escándalo está, por supuesto, en la gráfica de las desapariciones, el horror en el horror, el horror al cuadrado. Los tres partidos políticos mayoritarios del país pueden repartirse la criminal irresponsabilidad, pero no lo harán, pues eso sería como reconocer un fracaso que nadie quiere asumir como estigma de su gestión y puerta de entrada a causas penales como la de García Luna. Más allá de distribuir culpas y muy utópicos castigos, la urgencia está en detener por fin la expansión del infierno, que se viabilicen medidas técnicas de inteligencia, búsqueda, captura y sanción efectiva de delincuentes, ya no la permanente politización de las inculpaciones mutuas.

No aceptar el fracaso de todas las medidas para acabar con el crimen organizado es una salida asimismo criminal, y andar el camino de la declaración analgésica es echar más combustible al fuego de la inseguridad.

viernes, septiembre 29, 2023

A cincuenta años de la Liga









La publicación que esta tarde nos reúne nació hace varios meses, en septiembre del año pasado. En aquellas fechas, Saúl y yo sabíamos ya que muy probablemente en 2023 sería convocado un encuentro para recordar el nacimiento de la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S). También sabíamos que sería casi en el arranque del año y se celebraría en Guadalajara, pues la Liga fue constituida en marzo de 1973 en la capital de Jalisco. Proyectamos que, pese a cualquier contingencia, debíamos asistir, y así fue: en marzo de este año nos apersonamos en al auditorio Salvador Allende de la Universidad de Guadalajara para estar presentes en la conmemoración.

Tras el viaje, ambos acordamos escribir un cuento que tuviera al menos dos propósitos: recordar el quincuagésimo aniversario de la Liga y el acto público que lo conmemoró en Guadalajara. En realidad, era una pauta muy abierta, de manera que en nuestros relatos sólo planteamos esos dos mínimos bordes, apenas una tenue exigencia para el soporte argumental. El resultado que obtuvimos fue “Guerra prolongada” y “Cincuenta años de la LC23S”, relatos que hoy hospeda Dos relatos ligados a la Liga, opúsculo que, como decimos en la presentación, ofrecemos “En un tiempo que demoniza y en el más benévolo de los casos olvida a los jóvenes militantes de la LC23S [lo que constituye un] modesto tributo a su valor”.

Decimos que este tiempo “demoniza” a la Liga y es seguro que debemos ampliar el espectro temporal: si los demoniza ahora, ya podemos imaginar el tamaño de la demonización cuando se puso en marcha su acción política. La persecución fue brutal, y no tomó en cuenta la legitimidad de los reclamos que palpitaban en la superficie y en el fondo de aquella lucha. La Liga se radicalizó por dos razones que explica la coyuntura de dos décadas, la de los sesenta y los setenta: por un lado, en la primera se expandió en América Latina y en otros continentes el ejemplo de la revolución cubana, lo que atizó las ya de por sí fuertes tensiones de la Guerra Fría, y, en México, el régimen había sofocado las posibilidades de otra lucha política que no fuera la de la simulación en elecciones que se caracterizaban por el carro completo. El 2 de octubre y el Jueves de Corpus fueron los hitos que mostraron lo difícil que sería avanzar ante un gobierno ya enmohecido y ebrio de autoritarismo.

En el mismo marco internacional y con especificidades locales, en casi todos los países latinoamericanos se dio un fenómeno similar al mexicano, de ahí que no debamos llamarnos a extrañeza por la aparición de la Liga en 1973. Por mencionar sólo unos casos, en Uruguay los Tupamaros; en Argentina los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo; en Chile el Frente Patriótico Manuel Rodríguez; en Ecuador la lucha de Alfaro vive, carajo; en Nicaragua el Frente Sandinista y en El Salvador el Frente Farabundo Martí. Era la guerrillera una vía común entre la juventud, y su sujeto político más importante fue el estudiante universitario, aunque no el único.

En México, la respuesta del régimen, en aquel momento encabezado por Luis Echeverría, fue la cacería despiadada de revolucionarios en la llamada Guerra Sucia. Además de poner en guardia al Ejército, se diseñó un aparato parapoliciaco especial y con todos los recursos para perseguir, torturar, matar y en muchos casos desaparecer a los opositores armados. Los medios, todavía sometidos a un férreo control del régimen, propalaban que los guerrilleros eran delincuentes comunes, guiñoles de ideologías extranjerizantes, incluso terroristas. La labor de estigmatización fue tan tenaz que hasta la fecha sobrevive la idea de que la Liga en particular y el comunismo en general son dos entes que debemos colocar, para siempre, en el basurero de la historia. Obviamente, ni Saúl ni yo coincidimos con ese destino, y aunque podamos tener diferencias de matiz en cuanto al papel de la Liga en la historia de México, ambos creemos que no es el que actualmente se le da, que es, en el más benévolo de los casos, repito, el del olvido, un olvido que no merecen porque de alguna forma las luchas radicales forzaron una apertura gradual del régimen en lo político y en lo periodístico, pues no es casual que los partidos de izquierda salieran a la luz a finales de los setenta y que tres de los medios de comunicación más críticos, como Unomásuno, Proceso y La Jornada, aparecieran entre 1976 y 1983.

Y también a propósito del olvido, un dato curioso nacido de mis afanes bibliográficos. Hace unos meses encontré la edición facsimilar del Plan de San Luis redactado por Madero y algunos cercanos a su lucha. Como sabemos, este documento llamaba al pueblo mexicano a levantarse en armas (reitero: en armas) contra el gobierno federal, turbiamente legitimado en las urnas, de Porfirio Díaz. La fecha elegida para el levantamiento fue, lo sabemos de memoria, el 20 de noviembre de 1910. El facsímil que comento dice lo siguiente en su colofón: “Se terminó la impresión de este libro el día 9 de abril de 1976…”. Lo extraño es que en el clímax de la Guerra Sucia, a ocho meses de que concluyera el echeverriato, fuera publicado un documento en el que Madero señala: “… he designado el DOMINGO 20 del entrante Noviembre, para que de las seis de la tarde en adelante, todas las poblaciones de la República se levanten en armas bajo el siguiente PLAN”. El sello editorial es del PRI, es decir, del poder en aquel momento.

Lo contradictorio es que por un lado el régimen recordaba con mirada nostálgica la gesta de Madero y, por otro, perseguía a jóvenes que, mutatis mutandis, seguían la misma ruta, la de las armas, para echar abajo una tiranía. En fin, no resistí la tentación de mostrar esta paradoja de nuestra historia.

Mi relato, “Guerra prolongada”, es una ficción total, aunque por allí usa dos o tres datos de mi propia experiencia, como casi siempre. Sus protagonistas son sustancialmente dos personajes, además del narrador. No tiene como fin aleccionar, sino, en un bastidor de obligada ambigüedad, urdir una historia que desea ser congruente con los datos que suministro sobre los personajes. Termino con la lectura de un pasaje:

“Supe entonces que algunos veteranos de la agrupación y de la izquierda organizarían en Guadalajara un encuentro de recuerdo y reflexión. Lo programaron exactamente para mediados de marzo con el fin de hacerlo coincidir con el nacimiento del grupo guerrillero medio siglo antes. Confirmé que el encuentro estaría abierto al público y viajé de madrugada las diez horas del trayecto. Algo molido por el mal sueño me apersoné en el auditorio Salvador Allende de la Universidad de Guadalajara. Soy malo para tantear el cupo de un recinto, pero calculo que entre el presídium y el público había como 150 personas, la mayoría viejos. Entré pensando que me pedirían identificación o algo así, pero no ocurrió nada. A los costados de la butaquería varias mantas (les siguen llamando así aunque ya no sean de manta, sino de plástico) exponían consignas revolucionarias y rostros de exguerrilleros abatidos o desaparecidos. Acompañados por una joven que fungía como maestra de ceremonias, en el presídium figuraba Victoria Montes, viuda de Raúl Ramos Zavala, y a su lado Camilo Valenzuela, exguerrillero sinaloense. Además de una conferencia del historiador Pedro Salmerón, el grueso de la ceremonia lo constituyó un desfile de más de veinte oradores que, cada uno a su modo, recordó avatares de la Liga, la lucha armada y la brutal represión de los setenta. Se habló de todo, en exposiciones leídas o comunicadas ad libitum, varias con el tono exaltado de la antigua oratoria política. Escuché con atención el desfile de participantes, muchos de ellos exguerrilleros, militantes de la Liga, varias mujeres.

Cerca de mi butaca hacía lo mismo, escuchar, un hombre como de ochenta años. Sin saber cómo, en un receso comenzamos, entre café y galletas, una conversación muy informal. Asombrosamente, me dijo que también era lagunero, de Gómez Palacio, pero vivía en Durango y desde allá había hecho el viaje hasta Guadalajara. No pregunté mucho más, pero de él salió decirme que se llamaba Carlos Oropeza y era profesor jubilado. Hacía cinco años que vivía en la ciudad de Durango, con su hija, pues ya viudo y solo fue atacado por un padecimiento cuya terquedad lo tenía amagado. Su hija era la única persona que podía cuidarlo y vigilar su régimen alimenticio y sus medicamentos. Por mi parte, le dije que me dedicaba a la docencia universitaria, al trabajo editorial y un poco al periodismo. No quedamos de amigos esa primera vez, pero al menos cruzamos datos como lo hubiera hecho cualquier otro par de laguneros que se saluda en el exterior”.

Comarca Lagunera, 27, septiembre, 2023 

Texto leído el 27 de septiembre de 2023 en la presentación de Dos relatos ligados a la Liga celebrada en la librería La Tinta, Torreón. Participamos Saúl Rosales y yo. El documento presentado puede bajarse en este enlace.

sábado, marzo 04, 2023

Polémico Paz

 











Las guerras culturales de Octavio Paz (El Colegio de México, México, 2014, 191 pp.), ensayo de Armando González Torres (México, D.F., 1964), resume las estaciones de Octavio Paz como protagonista de la vida pública mexicana. Se trata, debo decirlo desde ya, de una exploración documental tan minuciosa que no deja dudas acerca de la permanente necesidad de Paz por participar, y en muchos casos detonar, el debate cultural y político en nuestro país, una necesidad que acaso, si nos asomamos a su biografía, le era congénita, herencia de su abuelo y de su padre.

El libro está segmentado en cuatro grandes apartados con secuencia cronológica. Gracias a su introducción podemos acceder al resumen apretado de sus partes: “En el primer capítulo, se pasa breve revista a la formación de la figura pública de Paz y a la adquisición de su significativa influencia cultural antes del 68. El segundo se centra en la relación de Paz con el ánimo radical de los años sesenta y, particularmente, con el movimiento estudiantil mexicano de 1968. El tercero aborda la trayectoria política de Paz en los años setenta, periodo en el cual el poeta se transforma en un tribuno y define su conflictiva relación con gran parte de la izquierda mexicana e internacional. Finalmente, el cuarto capítulo se ocupa del itinerario polémico que recorrió Paz en los años ochenta y noventa, y recoge las disputas en torno a temas como el papel y el tamaño del Estado, la democracia en México, la política exterior, la caída del socialismo y el controvertido gobierno de Carlos Salinas”.

Esta inmejorable síntesis del libro, rasgo del ensayo académico que muchas veces se maneja como si a los lectores no les importaran las introducciones compendiosas, no observa al menos en la parte citada que Las guerras culturales de Octavio Paz no nomás sigue la pista del escritor mexicano y su presencia en los foros a su alcance, sino que reconstruye el clima de época que le tocó vivir, de modo que González Torres nos adentra en las ideas, las corrientes y los hitos sociopolíticos —Guerra Civil Española, Segunda Guerra Mundial, Matanza de Tlatelolco, caída del Muro de Berlín…— que marcaron la atmósfera intelectual respirada por Paz más o menos desde finales de los veinte hasta el ocaso del siglo XX. Inscribir la participación del autor de Libertad bajo palabra en entramados más amplios y complejos ayuda a tener una mayor inteligencia de sus afanes, no incurrir en el yerro de suponer que sus filias y sus fobias nacieron y vivieron encerradas en una cápsula.

Como quedó indicado por el propio González Torres, el primer segmento del libro describe la construcción de su mirada crítica. Cuando Paz da sus primeros pasos como autor, no tardará en evolucionar “de la crítica literaria como afición a la crítica como profesión: pasa de ser un comentarista marginal y a veces intransigente a convertirse en una especie de institución beligerante”. Esta etapa cubre, más o menos, de 1930 a 1968, cuando el estado de las ideologías en el mundo, la posición del intelectual y el 68 mexicano obligan a un reposicionamiento de Paz, quien para entonces extremó su choque con la izquierda.

En los setenta Paz ya es una figura pública con fama mundial, y en México fundó Vuelta, la revista que se convirtió en su búnker. Al final de la década se dio su encontronazo más conocido: el que en Proceso tuvo contra Monsiváis sobre el papel de la izquierda nacional. El capítulo final, ya en las épocas del Nobel, describe la identificación de Paz con la llamada “sociedad abierta”, la cercanía con Salinas y Televisa además de la pugna Vuelta-Nexos.

Más allá de cualquier simpatía o diferencia pasada o actual con el poeta, el libro de Armando González Torres es una magnífica oportunidad para recorrer la película del siglo XX con Octavio Paz como protagonista.

miércoles, julio 13, 2022

Viejo recuerdo de LEA

 










El sábado por la mañana llegué al desayuno con Saúl Rosales y un poco después de saludarnos y hacer el pedido de las gorditas para la ocasión me soltó una frase como quien deja caer una roca sobre la mesa: “¿Supiste que murió Echeverría?”. Lo primero que me vino a la mente fue una visión fugaz de mi infancia.

El recuerdo es vago, pero sobrevive a mi olvido si es que no fue un sueño. En 1970 o 71 yo estaba en el jardín de niños Pdte. López Mateos, de la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio, Durango, México, cuando la maestra nos dijo que pronto veríamos al presidente. Se refería a Luis Echeverría Álvarez, quien recién había asumido el Poder Ejecutivo del país. Quizá miento y apenas estaba en campaña, lo que en aquellos tiempos equivalía, tal cual, a ser ya el presidente de facto. El caso es que, recuerdo, todos mis compañeros de salón y yo fuimos acomodados en un fragmento de la avenida Victoria, en Gómez Palacio, junto a otros muchos niños de otras escuelas acomodados como nosotros, al lado de la carretera y con banderitas de México en las manos. La medición del tiempo no existe a esa edad, pero supongo que esperamos buen rato bajo el sol con la expectativa puesta en el suceso que estábamos a punto de vivir. Pasaron varios minutos hasta que una ola de emoción cuajó en gritos (“¡Ya viene, ya viene!”) porque allá, en el sur de la avenida Victoria, se veía avanzar un camión de pasajeros que pocos minutos después pasó al lado del lugar que yo ocupaba en la rectilínea muchedumbre de niños. De una ventanilla asomaba, saludando, sonriente, un señor pelón, de lentes y camisa blanca, seguramente guayabera. Como una década después, ya en la prepa, comencé a enterarme de que aquel señor había tenido mucho que ver con la matanza de Tlatelolco y con el llamado Halconazo del 71, además de la Guerra Sucia contra los movimientos radicales y no tan radicales del país. Desde entonces soñé con algún juicio por crímenes de lesa humanidad o algo así, pero jamás ocurrió nada contra él, quien prolongó su ominosa vida hasta poco más de cien años. Y un hecho curioso: el viernes por la noche fui a una cena con compañeros y compañeras de la Ibero Torreón. En algún momento de la conversación y por un capricho de los muchos que tiene cualquier diálogo informal, algo dije sobre la impunidad de LAE. Sin que yo lo supiera, supongo que dije eso cuando el expresidente estaba llegando ya a las puertas del infierno, impune.

miércoles, abril 13, 2022

Los años de plomo: reprimir era el verbo

 











Fue la década de los setenta, y particularmente el sexenio de Luis Echeverría Álvarez, el momento más represivo en la historia del México posrevolucionario. Autoritarismo del poder mexicano siempre hubo, pero el ejercicio de la violencia física quizá nunca se había expresado con mayor sistematicidad que en aquellos años signados por dos rasgos del poder: la cerrazón política a ultranza, por un lado, y la brutalidad, por el otro. Si el 68 dejó ver con claridad el rostro intransigente del gobierno, los años que siguieron agudizarían su endurecido talante, inviable ya para los vientos que soplaban en el interior y el exterior de México. Al cerrarse la vía de la política, varios mexicanos, sobre todo jóvenes, optaron por el camino de las armas que, como sabemos, se había convertido en una posibilidad importante de cambio social y económico principalmente en Asia, África y América Latina, aunque también se manifestó, no sin sorpresa, en países como Estados Unidos con organizaciones como el Partido Panteras Negras, de autodefensa ante el abuso de la fuerza policial.


La novela Los años de plomo (UANL, 2021), de Hugo Esteve Díaz, recorre el doloroso sexenio que va del 70 al 76, el echeverriato. Hugo Esteve Díaz (Ciudad de México, 1955) es escritor, analista político y profesor. Ha publicado Las corrientes sindicales en México (1990), Los movimientos sociales urbanos, un reto para la modernización (1992), El sector social de la economía (1994), Las armas de la utopía. Tercera ola de los movimientos guerrilleros en México (1996) y Amargo lugar sin nombre. Crónica del movimiento armado socialista en México 1960-1990 (2013), entre varios libros más, como las compilaciones Recordanzas sobre René Avilés Fabila (2017), Antecedentes de la razón. Antología del cuento guerrillero (2018). Autor además, en literatura, del libro de cuentos Las dichosas vocales (2018) y ahora de la novela Los años de plomo (2021). Licenciado en Derecho con especialidad en Ciencia Política por la UVM-UNAM. Autor de una decena de libros. Ha sido articulista en varios periódicos y revistas, así como catedrático y expositor en diversas instituciones. En paralelo a estas actividades, es especialista en desarrollo de recursos humanos, relaciones de trabajo y gestión legal laboral.


Cierto que el presente de la historia aterriza en la declinación de ese sexenio, más o menos entre agosto y octubre del 76, pero todos sus protagonistas ocuparon la escena política durante aquel periodo. Se trata de una historia peculiar, una novela que llega hasta los bordes del género, si es que los tiene. Lo habitual es, sabemos, identificar a un protagonista y avanzar por una ruta argumental definida, un propósito. En este caso no los hay, o los hay de un modo inhabitual. En cuanto a los personajes, ninguno destaca sobradamente de los demás, aunque quizá sea Manuel Nazario Herro el más definido; hay otros relevantes, pero ninguno ocupa un lugar en la escena narrativa al grado de que lo consideremos “protagonista”. En cuanto al asunto, es viable decir que un motivo poderoso y de flujo algo soterrado es el de la sucesión presidencial del 76. En efecto, varios capítulos (del 2 a 5) de Los años de plomo tienen ese trasfondo: hay un presidente a punto de dejar el poder y otro a punto de asumirlo, y debajo de esto, en el drenaje profundo, cunde la rebatinga política entre los que van de salida y quienes desean agarrar buen hueso en el sexenio por venir. Otra línea de fuerza argumental, claro, está en la mirada y en el riesgoso trajín de los guerrilleros (del 6 a 10).

Como dije, la ubicación del presente en esta novela es precisa: el 27 de octubre del 76, día en el que un grupo guerrillero (innominado en la novela) intenta secuestrar a la hermana del presidente electo que asumiría el poder ejecutivo un mes después. El desarrollo de este hecho es abordado en los capítulos 1 y 11, primero y último, como si esto fuera el marco dentro del cual se desarrollarán los capítulos que van del 2 al 10. Con este recurso, Esteve Díaz parece sugerir que mientras varios jóvenes emprendieron acciones de alta peligrosidad, en otros ámbitos de la vida nacional el interés de los políticos se centraba en disputar como chacales la posibilidad de acomodarse bien en nuevos cargos públicos. El desfile de logreros abarca, como digo, varios capítulos, todos ellos atravesados por el cinismo de un sistema que ya para entonces pedía a gritos alguna bocanada de oxigenación democrática y en lugar de permitirlo reprimía sin ahorrar recursos económicos o métodos de sometimiento.

A esta altura de la reseña se habrá notado que Los años de plomo trabajó con la arcilla de la realidad. No sólo fue así, sino que es posible definirla como novela de no ficción, o de casi no ficción, pues la mayor parte de los hechos y los personajes se ajustan fielmente a los actores y a los acontecimientos de aquella terrible etapa. Se trata entonces de un repaso a la pantanosa vida política del echeverriato con un énfasis especial en el tic que lo caracterizó: su obsesión por aniquilar, sin que se notara mucho, según las autoridades, a los grupos rebeldes nacidos a partir del halconazo y otros que ya venían del sexenio precedente. La organización más importante fue, como sabemos, la Liga Comunista 23 de Septiembre cuya fundación se dio en Guadalajara en marzo del 73. Su aparición marcó a su vez el desbordamiento de la guerra sucia, el uso extrajudicial del Estado para aplastar oponentes mediante operativos de la Dirección Federal de Seguridad aceitados desde la Secretaría de Gobernación. Sobre esto, en su prólogo Hugo Valdés señala que “El interés de Hugo Esteve Díaz por la llamada guerra sucia que asoló al país hace medio siglo no se limita a los exhaustivos trabajos de investigación que ha venido publicando en años recientes: su gusto por la literatura lo condujo a escribir Los años de plomo para dar cuenta de pormenores de esa etapa desde un registro novelístico que mucho se agradece, en vista de cómo la narrativa revela aspectos y matices que inevitablemente escapan en una pieza ensayística y aun en el testimonio y el documento de denuncia”.

Digo pues que Hugo Esteve escribió una novela de casi no ficción y no creo errar en su encuadramiento. Pongo el adverbio de aproximación “casi” porque si bien los hechos calcan lo sucedido en la realidad, al menos en la realidad documentable, el autor ha querido difuminar algunos datos sobre todo vinculados con los nombres propios de personas, instancias políticas y medios de comunicación. Fuera de estas modificaciones, la narración camina de la mano de la historia, de los hechos que en verdad ocurrieron.

Para efectos prácticos no es tan importante saber quién es quién y qué es qué en este mosaico de nombres ficticios, pero en automático el lector (el lector mexicano de edad algo avanzada) tiende, creo, como tendí yo, a tratar de identificarlos. El autor colocó marcas que ayudan a ubicar a la mayoría de los personajes. Enumerar quiénes aparecen con antifaz ayuda a darnos una idea de los sujetos que pueblan estas páginas. Si el animal Manuel Nazario Herro es Miguel Nazar Haro, esta es la clave para identificar a los demás: Alejando González Calleja es Fernando Gutiérrez Barrios, Josué Márquez Perales es Jesús Reyes Heroles, Octavio (en contraposición a un tal Regino) es Julio Scherer, Manuelita es (por el contexto) Margarita López Portillo, Maya Valencia es Mario Moya Palencia, Raúl Echegaray Ávila es Luis Echeverría Álvarez, Juan Pérez Murillo es José López Portillo, Luciano es Lucio Cabañas, Rubén Gamboa es Rubén Figueroa, “la doña” (por el contexto) es Rosario Ibarra, Miqueas es Oseas (es decir, Ignacio Arturo Salas Obregón, el fundador de la Liga Comunista 23 de Septiembre), Los Robles son Los Pinos, El Infame es El Móndrigo, El Mundial es El Universal y Minera es Madera. Dos intelectuales ocupan una sección de la novela: uno de ellos es el siniestro erudito Tulio Bernárdez, es decir, el siniestro erudito Emilio Uranga, y otro es German Kutman, en quien distingo al Güero Jorge Castañeda Gutman.

Pero más allá de estos cambios nominales, la novela grafica en su fragmentación y mediante el uso variable de las tres perspectivas del narrador, la fisonomía del momento en el que el Estado mexicano estaba ya en las patadas de ahogado y, dada la oposición justificadamente armada de grupos radicalizados, “cedió” la reforma electoral del 77 que a la postre permitiría orear gradualmente la vida democrática del país. No podía ser de otra manera dado que, como se puede suponer gracias a los pasajes de la novela, el poder político se edificaba desde la presidencia para abajo sin la menor oportunidad de cuestionamiento a su hegemonía y sus rituales. La práctica del dedazo, del acomodo de compadres en la nómina pública, del control de los medios, de la corrupción sin coto y la represión con altas cuotas de tortura y muerte habían colmado la paciencia de la juventud, que actuó sin remedio, desesperada.

Todavía faltaba —y aún falta— mucho para tener un país justo y respirable, pero quizá si en algunos ámbitos comparamos este tiempo con el que reconstruye la novela de Hugo Esteve Díaz, quizá concluyamos que algunas luchas de aquel pasado tuvieron una profunda significación pese a que hasta hoy padecen los estigmas de la mala prensa o, en el mejor de los casos, el olvido. Los años de plomo cierra con un colofón en el que el autor expone grosso modo algunos hechos que vinieron lustros después del traumático echeverriato y una sección cuasifascimilar de documentos.

Ojalá que todo esto sirva de estímulo para que muchos la lean.

Comarca Lagunera, 18, febrero y 2022

*Comentario leído el 18 de febrero de 2022 en la presentación de Los años de plomo (UANL, Monterrey, 139 pp.), novela de Hugo Esteve Díaz. Esta actividad se celebró en el Teatro Alfonso Garibay de Torreón; en la mesa participamos Saúl Rosales, el autor y yo.




miércoles, abril 06, 2022

Heberto en mi memoria

 














En 1986 concluí la carrera profesional y comenzó mi trajinar laboral. Mientras me acomodaba en alguna chamba, la que fuera, me ocupaba ya muy en serio en leer todo lo posible y en borronear mis primeras cuartillas seudoliterarias. Al mismo tiempo, como ocupación periférica pero importante, militaba en lo poquito que quedaba del Partido Mexicano de los Trabajadores. Un año después, el PMT y el Partido Socialista Unificado de México se fusionaron y dieron origen al Partido Mexicano Socialista. Cerca estaba la elección federal del 88, y el PMS propuso como candidato al ingeniero Heberto Castillo Martínez, quien arrancó su campaña por toda la República.

En Torreón abracé con entusiasmo el trabajo político para el partido. Hice pintas en bardas, participé en mítines, repartí el periódico partidista y asistí a juntas maratónicas de organización y debate. Como había estudiado comunicación y tenía una cámara fotográfica más o menos profesional, la Pentax K1000, apoquiné servicios en algo que podemos llamar, aproximadamente, “área de información”, de modo que escribí boletines mal redactados y tomé fotos no tan deficientes. En algún fin de semana del 87 a punto de terminar, la dirigencia nacional avisó que nuestro candidato vendría de gira a La Laguna. No recuerdo con precisión cuándo vino, pero el hecho fue que, en efecto, los militantes laguneros recibimos al ingeniero Castillo y lo placeamos por diferentes rumbos de la región. Recuerdo particularmente un recorrido por la colonia FOCE, de Gómez Palacio, y una visita al ejido La Mina, donde comimos sopa y asado de puerco, como reliquia.

No había mucho dinero para nada, así que cuidaba con exagerado celo cada disparo de mi cámara fotográfica. Gasté todo el único rollo de la gira en imágenes del candidato, y hoy lamento no haberme tomado una sola fotito con él. Sabía para entonces quién era Heberto Castillo, pero me faltaba información para ponderar mejor su valía como político e intelectual, como hombre de lucha a esas alturas ya muy curtido frente a la adversidad de un régimen muy duro de roer, como lo dejó claro, entre otros, en Libertad bajo protesta, libro del 73 editado, vale añadir, por el lagunero Rogelio Villarreal Huerta.

Heberto Castillo Martínez, el inmenso Heberto, murió el 5 de abril del 97, hace 25 años.

jueves, febrero 03, 2022

Cantata-homenaje por Raúl Ramos Zavala

 

















En largas charlas sabatinas con Saúl Rosales hemos atravesado una diversidad de temas cuya enumeración aquí sería tediosa. Sobre literatura han deambulado las conversaciones más frecuentes, pues esta actividad, la de leer/escribir textos inscritos en el rubro de lo literario, es la más cercana a nuestras vidas. En otros intereses, Saúl venía comentándome desde hace algunos meses su deseo de recordar —lo que hizo en 2020-2021 con artículos y ahora, recién amanecido el 2022, con un libro— la figura de Raúl Ramos Zavala, lagunero muy poco conocido en su tierra. Supe y leí algunos de los artículos que Saúl compartió en la revista Siglo Nuevo, de suerte que hoy, con la publicación del libro Cantata por Raúl Ramos Zavala. Polifonía para un héroe comunista, su proyecto llega a una especie de culminación y al mismo tiempo se convierte en punto de partida para nuevas indagaciones.

Saúl Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004 y la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila. En 2019 el Proyecto Cultural Revueltas le otorgó la medalla José Revueltas. Ha publicado una veintena de libros.

En el proceso de edición el autor me ha pedido el texto de la contraportada, nombre que habitual y erróneamente se le da a la “cuarta de forros”; la traigo aquí, a esta presentación-reseña, por su carácter de sinopsis más que por cualquier otra razón: “Cantata por Raúl Ramos Zavala, de Saúl Rosales, es un libro que fluye hacia dos vertientes: por un lado, arroja luz biográfica sobre Raúl Ramos Zavala, sobre su oriundez lagunera, sobre su formación de economista en Monterrey y sobre su notable participación en la lucha que desde la izquierda se libró durante las décadas, ambas sangrientas para México, de los sesenta y setenta; por otro, enfatiza la importancia que tuvo y tendrá el arrojo de jóvenes que, como Ramos Zavala, encararon el riesgo de morir por su decisión de agrietar el pétreo autoritarismo de un sistema político y económico que intoxicaba la vida del país y no vacilaba, como acto reflejo ante cualquier cuestionamiento, en hacer de la represión su método fijo de exterminio. Como sabemos, la brutalidad y la cerrazón se manifestaron con mayor violencia ante las demandas populares y estudiantiles, y es ante esta realidad frente a la que Ramos Zavala emergió como ideólogo/militante de una vanguardia que subrayó el imperativo de enfrentar al poder por medio de la lucha armada, lo que a la postre derivó en el nacimiento, entre otras agrupaciones, de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Raúl Ramos Zavala, quien nació en Torreón, Coahuila, el 25 de octubre de 1947, fue abatido por balas enemigas el 6 de febrero de 1972 en el Distrito Federal, cuando apenas tenía 25 años. En el aniversario cincuenta de su sacrificio, esta Cantata… nos aproxima a su memoria”.

En efecto, nos aproxima a la memoria de Ramos Zavala y simultáneamente a la reconstrucción de un pasado no tan lejano en el que México vivía una realidad incomparable con la actual, dicho esto sin el ánimo de afirmar que hoy se ha conseguido la configuración de una sociedad justa, más equitativa. En aquel pasado no tan remoto, 1970, nuestro país se encontraba ya en las puertas de la catástrofe económica; tendríamos pronto la primera gran devaluación de los últimos cincuenta años y comenzaría una escalada de crisis cada vez más agudas. Los sexenios de Echeverría, López Portillo y De la Madrid fueron el largo crack de un sistema ya podrido, pero reacio a extinguirse. En el echeverriato, periodo que tenía el vidrioso antecedente del sexenio que lo precedió, un sexenio caracterizado por luchas de trabajadores y de estudiantes sofocadas a punta de bayoneta, se apuntaló la maquinaria represiva ante las demandas populares, muchas de las cuales se relacionaban con la exigencia de apertura política y procesos electorales confiables. El régimen respondió a esto con más simulación democrática y persecución cruenta a opositores. En un entorno así de hermético ante cualquier cambio, y sobre todo porque el clima de época internacional no desdeñaba la posibilidad de la vía armada como método de lucha, muchos jóvenes mexicanos siguieron el camino de las armas. Ni así, ni ante la evidencia del colapso económico-político que urgía la necesidad de cambios, el gobierno respondió con algo más que no fuera violencia. Pronto llegarían el famoso “halconazo”, la “guerra sucia”, la Brigada Blanca y, en suma, el esplendor del macartismo mexicano, así como la aparición de sujetos como Miguel Nazar Haro y otros muchos perros de presa amaestrados para vigilar y aplastar cualquier demanda que contradijera al régimen sobre todo desde la izquierda. En América Latina cundían luchas populares semejantes y, como respuesta, métodos análogos al mexicano para aniquilarlos, como lo mostró el Plan Cóndor en el Cono Sur o la larga fila de brotes rebeldes y represión en Centroamérica. Es de destacar que en todos los casos, como denominador común, el poder hablaba de “conjura internacional” desestabilizadora, y nunca aceptó que las condiciones de explotación, miseria y clausura del debate político locales eran las razones de fondo que impulsaban las réplicas de los disidentes.

En tal ambiente creció y llegó a la mayoría de edad Raúl Ramos Zavala. Había nacido, como ya quedó dicho hace dos párrafos, en 1947, en Torreón, y fue hijo de Emilia Zavala, enfermera del IMSS. Saúl Rosales consigna que Ramos Zavala estudió en la secundaria federal número 1, y que hizo la carrera de economía en Monterrey, para luego residir en el Distrito Federal, donde, entre otras actividades, trabajó en la UNAM. A partir de los datos reunidos, no sin dificultad, por Saúl Rosales, sabemos que entre 1970 y 1971 se incrementó la actividad político-organizativa de Ramos Zavala, quien viajó por varios estados del país para tomar el pulso de la situación y pensar en un camino para la izquierda ya radicalizada.

En su caso, y en el de muchos, el Jueves de Corpus fue un parteaguas, pues ese día quedó claro que estaba cancelado todo diálogo con el gobierno. Los medios de comunicación estaban obturados, la economía amenazaba con desplomarse, las elecciones eran una farsa y el poder perseguía/torturaba/mataba opositores políticos, todo lo cual preparó el escenario a la insurgencia que en efecto se afianzó en el campo y comenzaba a aparecer cada vez con más fuerza en las ciudades mediante su expresión de guerrilla urbana. Ramos Zavala fue uno de los jóvenes que propuso seguir esta ruta, la de la lucha armada contra la tiranía, la más peligrosa de todas en cualquier contexto político. “El proceso revolucionario en México”, documento en el que planteó esto (“el tobogán de la clandestinidad y la lucha armada”, subraya el autor), es considerado base para el surgimiento, en 1973, de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Cantata… es, por todo, un primer acercamiento en libro a la vida de un joven representativo de la izquierda mexicana de los sesenta y setenta: el lagunero Raúl Ramos Zavala.

Comarca Lagunera, a 3 de febrero de 2022








Texto leído en la presentación de Cantata por Raúl Ramos Zavala. Polifonía para un héroe comunista celebrada en el Teatro Alfonso Garibay el 3 de febrero de 2022; el libro está disponible en El Astillero Librería, Morelos entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón.


sábado, mayo 23, 2020

Ríos Galeana, superstar ochentero














Rescate de un texto publicado en el diario Milenio Laguna el 15 de julio de 2005.

Ríos Galeana, superstar ochentero

La captura de Alfredo Ríos Galeana dio a nuestras autoridades la oportunidad de atizar el golpe mediático que suplicaban desde hace buena cantidad de días. Antes de atrapar al “enemigo público número uno” de la ochentera sociedad mexicana, nuestra policía equivocó feamente sus escándalos; primero, con la detención de Nahúm Acosta; segundo, con la del Chapito; y tercero, con la fallidísima comedia de enredos protagonizada por un actor involuntario, el arquitecto Joaquín Romero Aparicio, “confundido” con el hermano del supuestamente extinto Amado Carrillo.

Ya transformado, evangelista de voz grave y pausada, con playera polo que le da cierto aire de Perro Bermúdez pero con pelo, Ríos Galeana fue un treintañero que exhibió a la justicia mexicana. Aunque por aquellos ayeres ya se daba, el secuestro no era tan común como lo es ahora, y nuestros delincuentes alcanzaban su doctorado en criminalidad con el asalto a bancos. Lo hacían siempre a mano bien armada, siempre con saldo de muertos y de cajeras con irrefrenables y justificadas crisis nerviosas.

Alfredo Ríos Galeana, cómo olvidarlo, fue el símbolo de aquella generación de asaltabancos. Su vida y su obra pronto se convirtieron en referencia obligada de la nota roja mexicana; por ello, su imagen no tardó en rozar los talones de la leyenda, pues era considerado una especie de Robin Hood con todas las características de aquel arquero medieval, salvo en aquello de entregar sus botines a los menesterosos. Los pasquines de más baja estofa —sobre todo la Alarma!, súmmum del amarillismo delincuencial— pronto dejaron entrever que Ríos Galeana era un pillo heroico, pues robaba, sin ser capturado, a los ladrones de cuello blanco: los banqueros (esto de paso me recuerda las palabras de Bertold Brecht que Piglia usa como epígrafe para su novela Plata quemada: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”).

Ocho años después de su fuga definitiva ocurrida en 1986 —definitiva hasta el 12 de julio pasado—, el fenómeno Ríos Galeana fue examinado por el ubicuo Carlos Monsiváis en el librito Los mil y un velorios (Alianza cien/Conaculta, México, 1994, 96 pp.). Monsi le dedica un capítulo entero, el VIII, titulado “Nace una estrella”. En él, nuestro cronista por antonomasia describe e interpreta algunos pormenores de la extraordinaria carrera consumada por el personaje que ya para el 94, con una identidad falsa y convertido al cristianismo, pulía pisos en diversos establecimientos de South Gate, suburbio de Los Ángeles, California.

¿Y qué dice Monsiváis sobre el antihéroe Ríos Galeana? Veamos algunas pinceladas. Nacido en Arenal de Álvarez, Guerrero, en 1951, Alfredito quedó huérfano de padre en el 52, lo que a su vez dejó a su madre en condiciones de precariedad extrema. A los 17, empobrecido, el futuro asaltabancos viajó al DF, se alistó en el ejército, obtuvo el grado de sargento. Hay momentos borrosos en su currículum, pero Monsiváis apunta que salió del ejército para integrarse, en 1977, al Barapem (Batallón de Radiopatrullas del Estado de México) durante la gestión del profe Hank. En esa cosa podrida de nacimiento llamada Barapem, Ríos Galeana se distinguió por su astucia y su temeridad. Disparaba bien con ambas manos, boxeaba, daba clases de preparación física a sus colegas, era una especie de jaguar preparándose para el estrellato en la selva de concreto. Pronto el Barapem, cuyo cabecilla fue Ríos Galeana, azotó al Estado de México con ataques a obreros, robos, razzias y todo lo que una organización parapoliciaca podía perpetrar amparada en la charola. En 1978, Ríos Galeana renunció a esa institución para dedicarse de lleno a lo suyo, al delito, pero ahora sin credencial de la Barapem.

Con indiscutible pasta de líder, con una vocación para el crimen que aplaudiría el mismísimo Capone, Ríos Galeana sintió entonces que su vida transcurría en una película de los Almada; él mismo produjo, actuó y dirigió los golpes que dejaron limpias las bóvedas de muchas sucursales bancarias, todo con estrépito de balas y caídos. Orgulloso de sus atracos, echón como los actores de cine, Ríos Galeana se ufanaba de sus éxitos: del 78 al 81, nomás para darnos un quemón, sumó 26 asaltos a bancos, 6 asesinatos, 50 hurtos en casas-habitación, 27 en tiendas. Y sucede lo más asombroso: cae uno de sus cómplices, suelta la sopa (previa calentadita), y con esos datos se descubre el paradero de Ríos Galeana (Monsiváis recuerda “La carta robada”, el inmortal cuento de Poe): el líder asaltabancos se opera la nariz tres veces, es cantante de palenques, usa el nombre artístico de “Luis Fernando, el Charro Misterioso”, graba un LP y tres discos sencillos. Lo capturan en un palenque clandestino, se defiende, se queda sin parque y decide entregarse a Francisco Sahagún Baca, el siniestro segundón del Negro Durazo. La declaración de Ríos Galeana es una perla que todavía resume la minusválida condición de nuestros aparatos policiacos: “Yo estaba seguro de seguir atracando y burlando cualquier cerco policiaco, porque considero a la policía mexicana sumamente incapaz para aprehender a los auténticos asaltantes”. Ríos Galeana alardea, promete fugarse, y lo logra de inmediato. Delinque. Lo atrapan otra vez en 1982; se fuga de nuevo. Delinque, roba hasta en hospitales. Vuelve a ser capturado en 1985, y se estima que ha hurtado mil millones (de los de antes) durante siete años, todo con alto saldo de víctimas.

Siempre jactancioso, declara a los medios: “Soy el hombre que en México y en el mundo ha cometido más asaltos bancarios. Soy muy inteligente (...) Cuando salga de la cárcel creo que continuaré con mis actividades delictivas”. Es condenado a cuarenta años en el Reclusorio, vive rodeado de privilegios y se le cuadran hasta los custodios, sueña con escribir sus memorias o un guion de cine, pero de todos modos se aburre y el 22 de noviembre del 86, con menos de dos años a la sombra, se fuga como en un film, con sobornos, comando, metralletas, granadas y boquetes.

Desde entonces nada o casi nada se había vuelto a saber de él; su leyenda se apagó y el martes 12 de julio del 2005 quienes rebasamos los cuarenta años hicimos memoria, una memoria que nos trae, de nuevo, más que la imagen del malandro guerrerense, la triste película de los aparatos policiacos mexicanos, cloacas del hampa institucional.

Nota del 19 de enero de 2025. Alfredo Ríos Galeana murió el 4 de diciembre de 2019 en una penitenciaría de Oaxaca. Tenía 69 años. Las entrevistas al personaje (sobre todo una en la que aparece el Negro Arturo Durazo) disponibles en el repositorio de YouTube son un agasajo imperdible, pues mezclan la podredumbre institucional con el humor involuntario y cantinflesco de Ríos Galeana y la superioridad moral del reportero.

sábado, septiembre 07, 2019

Migrar y volver, doloroso pespunte




















Como podemos ver, todos los días escuchamos o leemos alguna noticia relacionada con la migración. En todos los casos, es visible el componente del dolor y de impotencia, pues con su fuerza arrolla familias y destinos individuales. Se trata pues de uno de los problemas internacionales —como el hambre, el desempleo y el tráfico de drogas y armas, por citar los más salientes— más urgidos de atención. Según la ONU, “En 2017, el número de migrantes internacionales (personas que residen en un país distinto al de su país de nacimiento) alcanzó los 258 millones en todo el mundo, frente a los 244 millones de 2015. Las mujeres migrantes constituyeron el 48% de estos. Asimismo, se estima que hay 36,1 millones de niños migrantes, 4,4 millones de estudiantes internacionales y 150,3 millones de trabajadores migrantes. Aproximadamente, Asia acoge el 31% de la población de migrantes internacionales, Europa el 30%, las Américas acogen el 26%, África el 10% y Oceanía, el 3%”.
Estas cifras contrastan, creo, con la indiferencia generalizada de gobiernos y ciudadanos de a pie ante el fenómeno, hecho que quizá puede tener la siguiente explicación: los gobiernos no quieren acercarse mucho al tema porque eso los compromete a destinar presupuestos y a establecer políticas de respeto a los derechos humanos que en última instancia determinen la aceptación de migrantes que luego pueden poner en peligro el empleo y otros rubros económicos y sociales del país que recibe; en cuanto a los ciudadanos, porque en general tendemos a invisibilizar la situación del otro, más si ese otro es un marginado, un nadie, como el migrante. Así entonces, para los gobiernos y los ciudadanos el migrante forzado es un sujeto incómodo y peligroso, alguien al que debemos rechazar, un tipo que debe irse pronto.
La migración forzada tiene un origen variado. Se da por razones económicas, étnicas, religiosas, bélicas o por una combinación de todas ellas, de manera multifactorial, y es tan antigua como el hombre. Hoy, sin embargo, en esta etapa del capitalismo llamado neoliberal, muchas sociedades se han visto marcadas por un deterioro económico inaudito y expulsivo, lo que ha provocado que miles de seres humanos huyan para resolver o al menos paliar su situación. Es el caso de muchos mexicanos en relación a los Estados Unidos. De rancherías y de barrios, pero sobre todo de las primeras, miles de compatriotas han emprendido el viaje hacia el llamando “sueño americano”.  La razón principal de ese éxodo por goteo ha sido económica, y sospecho que en todos los casos, así sea en los más venturosos, es decir, cuando el cruce no fue traumático y hay parientes del otro lado, siempre hay un desgarramiento, el golpe que produce el desarraigo luego visible en la nostalgia y el deseo de volver aunque sea episódicamente.
El libro Empezar de Cero. Historias de vida y experiencias en el retorno a México editado por la Coordinación Sistémica con Migrantes y Sistema Universitario Jesuita en 2018, nos remite al fenómeno de la migración, ciertamente, pero más específicamente al del retorno, al “comenzar de cero” cuando por alguna razón se abre un paréntesis en la vida del migrante o queda definitivamente clausurada. Su valor como documento radica pues en dos méritos: por un lado, focaliza su atención en un costado de la migración, el de la vuelta, menos estudiado y atendido que el de la ida; por otro, no indaga de manera general o abierta, sino mediante “historias de vida” que permiten atisbar cómo se vivieron los sentimientos particulares de la ajenidad en suelo extraño y el shock que muchas veces imprime la reaclimatación en suelo propio.
En términos de estructura, Empezar de cero contiene tres apartados, digamos, preparatorios: la “introducción”, los “Conceptos clave sobre la migración de retorno” y “Contexto de migración México-Estados Unidos”.  Luego, la almendra del libro, las “Historias de vida” divididas en tres regiones: Norte (seis historias), Occidente (siete historias) y Centro-Sur (seis historias). La estancia 4 del libro contiene los “Análisis de los testimonios” y la 5 ha sido titulada “México frente al retorno de personas migrantes”, a su vez segmentada en “Legislación en materia de migrantes de retorno”, “Planes y programas gubernamentales” y “Ejecución de planes y programas gubernamentales: perspectivas de la sociedad”. Grosso modo, visto con ojo de dron, esto es el libro.
Un rasgo que puede ser de marcado interés para nosotros está en el apartado Norte, pues hay tres testimonios de laguneros (Jesús, José Luis y Rubén) que tuvieron la experiencia de la ida y la vuelta y ahora trabajan en la Ibero Torreón. Estas y todas las historias de vida que configuran Empezar de cero fueron organizadas de acuerdo a un cuestionario basado en cuatro líneas de indagación: 1. La salida del lugar de origen y el tránsito. 2. Las dificultades para integrarse a la vida en Estados Unidos. 3. El momento del retorno y 4. Los problemas para la reintegración en México y la vida actual de estas personas.
El resultado es un muestrario de visiones sobre un tema que el SUJ no ha querido pasar por alto ya que implica un acto de justicia: acoger a quienes por equis y zeta razones han vuelto a buscar una segunda oportunidad de vida en nuestra patria.

sábado, junio 01, 2019

Trato a Trump





















Como ocurre ya no con frecuencia, sino siempre, la carta de López Obrador a Donald Trump provocó una epidemia de especialistas en diplomacia que en todos los soportes a su merced explicaron por qué sí y por qué no habían sido correctas las líneas dirigidas por nuestro presidente al de los Estados Unidos. Colocado al margen, lo más que puedo, de la simpatía por lo que sigue quedando del proyecto de reconfiguración nacional emprendido por el actual gobierno mexicano, leí la carta y salvo dos o tres frases innecesarias, no veo mal su contenido ni su forma, y tampoco veo mal algo más sutil: su tono, la coloratura del tratamiento que la anima.
Lo primero que uno debe preguntarse es elemental: ¿cómo puede ser tratado Donald Trump? Por supuesto, si somos mexicanos de a pie, ciudadanos como usted y como yo, la tentación de la dureza es muy grande, casi el único camino: señalar con toda solidez al mandatario norteamericano que se equivoca y que México juzga inaceptable la medida propuesta, la de los aranceles escalonados ¡y blablablá! Enrique Krauze dio una brillante idea: “Al tirano no se le apacigua, Al tirano se le enfrenta. En todo tiempo, en todo lugar”. Así, de golpe, el autor de Biografía del poder pasó de ser empresario de la comunicación a Che Guevara en las Naciones Unidas. El problema de esa afirmación está en la ambigüedad del verbo “enfrentar”, literalmente “ponerse en frente de”. ¿Qué significa en este caso? ¿Levantar los puños como boxeador? ¿Amenazar con romper relaciones? ¿Blindar la frontera? ¿No mandarles aguacate? No sé. Lo único que sé es que enviar una carta inmediata y respetuosa es una forma de enfrentar, por poco que parezca (que en términos diplomáticos es, de hecho, lo primero y lo único que debe proceder, no declarar la guerra).
Leí la carta de López Obrador e, insisto, salvo dos o tres frases que quizá yo quitaría, lo demás me parece atinado. La postura es la misma, ciertamente, que en un caso análogo podría asumirse si fuera Haití el país que nos amenaza. AMLO y sus asesores recurren a la historia para no dejar la respuesta en un párrafo taxativo, hacen aseveraciones sobre personajes de los dos países y se colocan con firmeza ante el interpelado, no con bravatas. Es verdad que no se logra mucho aterciopelando la palabra frente a Trump, tipo de suyo atrabiliario, pero menos se obtendría si el tono fuera vidrioso. En resumen, ante un toro que embiste hay que sacar el trapo y tratar de hacer la faena.

sábado, marzo 30, 2019

Arrumbar lo accesorio
















Cierto que todavía está lejos de haber perdido el enorme capital simbólico que le fue dado en las urnas, pero creo que AMLO y su equipo deben atender mejor, como en los diques, las zonas fisuradas así sea levemente. A cuatro meses de gobierno ya hay grietas y una crítica que no cederá ante los errores grandes ni pequeños. No me refiero aquí a las lecturas desde siempre negativas de sus “adversarios”, legítimas como lo fueron, en otro momento, las enderezadas por sus adictos contra lo que genéricamente fue etiquetado como “mafia del poder”. Es, pues, obvio que las andanadas le granicen desde todos los espacios y a propósito de cualquier tema, con o sin humor, sensatas o grotescas. Los temas de la guardia nacional, del nuevo aeropuerto y del tren maya, enormes en términos de importancia, eran pasto suficiente para que brillaran todos los colmillos en la acera contraria. No ha sido necesario, entonces, crear más pistas en el circo, es decir, abrir trincheras para batalla innecesarias.
No sé si sea una táctica o qué, pero eso de encabezar la agenda periodística sí o sí terminará por derivar en el hartazgo, en el desgaste semántico que produce todo mensaje reiterado. Si el ejercicio del poder genera, per se, desgaste, no veo pertinente que se añadan combates y métodos que a simple vista dan la impresión de ser ociosos, sacados de una chistera poco práctica. Pienso por ejemplo en la exposición sobre la cuenca lechera. Al oír el hilo de ese discurso percibo que nació en ese momento para, de botepronto, ofrecer a Tabasco una cuenca lechera y desaparecer la lagunera más allá de los miles y miles de asegunes que todo gran proyecto implica. No tenía caso decir eso, así como no tiene caso enunciar decenas de palabras en las mañaneras o exponerse en aeropuertos a reclamos individuales que luego son carne de meme.
En este último caso, está bien la austeridad, no desplegar, por ejemplo, la onerosa movilización de una aeronave descomunal para cada viaje a la provincia, pero creo que nadie vería mal el uso de un avión pequeño y no ostentoso. Eso no sólo agilizaría los desplazamientos del presidente, sino que le evitaría gritos, demandas y solicitud de selfies que hacen poco ejecutivo al Ejecutivo, quien lo es para encauzar las líneas generales de un gobierno y un país, no para escuchar felicitaciones y reclamos personales en pasillos públicos.
Igualmente, las “mañaneras” son necesarias, pues veníamos de la opacidad total. Sin embargo, hay demasiado tiempo invertido en declaraciones que no vienen a cuento. En fin. Ojalá AMLO arrumbe pronto lo accesorio y enfoque sólo lo central. Tiene sobrado tiempo para corregir.

sábado, diciembre 01, 2018

Expectativas y temores













Hoy comienza un nuevo gobierno federal para nuestro país y, cómo es lógico, con esto se abre un arco pleno de expectativas y temores. Para muchos se trata no sólo de un cambio de corte, digamos, habitual, es decir, de un cambio de nombres en la cúpula del poder político y la cereza de un nuevo tlatoani a la punta de la prámide, sino de una mutación de régimen que en teoría viene a barrer con los vicios de la polaca a la mexicana.
Fui y soy de los que creen en la posibilidad de que, en efecto, haya cambios significativos en las reglas escritas y principalmente no escritas del quehacer político y económico del gobierno. Cómo los esperanzados con Fox en 2000, siento que hay una oportunidad propicia, dada la sanción del voto mayoritario, para impulsar una agenda en verdad renovadora, una agenda que mitigue la corrupción y la impunidad, que abata las cifras terribles de violencia, que en realidad vea por los pobres y reconfigure y dignifique los servicios de educación, salud y trabajo. Es mucho soñar, por supuesto,  dado que las malas prácticas están muy enquistadas en el ser del gobierno y constituyen rasgos que se reproducen por inercia, de ahí la necesidad de diseñar un plan de choque nada fácil, por otro lado, de poner en marcha. Ya se verá si AMLO es el líder político que necesita México en esta coyuntura o un mesías tropical que viene a repetir historias ya conocidas de podredumbre y saqueo.
El triunfo arrasador del morenismo no fue del todo una buena noticia para el hoy flamante gobierno. Al quedar EPN y su grupo en la periferia, hubo una especie de cesión del poder simbólico hacia AMLO, casi, pues, unas vacaciones anticipadas para Peña Nieto, lo que expuso y desgastó innecesariamente, durante cinco largos meses, al nuevo gobierno.  Hoy comienza la realidad de gobernar para AMLO y su equipo. Deseo que les vaya bien, pero ya sabemos que en materia de deseos sobre gobiernos entrantes más vale andar con tiento; la historia nos ha enseñado que las esperanzas ciudadanas pueden convertirse en catástrofes. Ojalá este no sea el caso.