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miércoles, abril 23, 2025

Francisco a secas


 








Además de otros rasgos, lo que más me simpatizaba del papa recién ido era su pasión por el futbol. Lógica, por su país de origen. Como el gran Osvaldo Soriano, era hincha irreductible de San Lorenzo de Almagro, los Cuervos, y como tal sabía completas las viejas alineaciones de ese equipo. Para demostrar su fidelidad, invariable de por vida si en verdad se vive a fondo la identificación con una camiseta, hay un video en el que alguien le pide que bendiga a Boca porque va a jugar contra San Lorenzo. Sonriendo, el papa le responde: “Bendigo a los Cuervos”. O sea, antes que representante de la Iglesia católica en la tierra, era hincha de su equipo. ¿Destacar que le gustaba el fucho es frivolizar su papado? Al contrario, creo: es humanizarlo, es sacarlo del áureo trono del Vaticano para ponerlo en la vida, en la calle, en la conversación de todos los días, junto a la gente que siempre espera terrenalidad a los seres inalcanzables.

La orientación de su pontificado fue, a todas luces, la más progresista de los últimos sesenta años, tanto que no resultó nada simpático para las personas que dentro y fuera del catolicismo adoraron el papado de Juan Pablo II, de signo totalmente opuesto.

Como papa (“papa” se escribe con minúscula inicial, indica el DRAE), Bergoglio enarboló un discurso más que pertinente en esta hora del mundo. De hecho, la opción franciscana de Francisco tuvo un indudable efecto positivo entre todos los adherentes del flanco que de manera demasiado general podemos identificar con la izquierda, pero asimismo radicalizó a la derecha ya de por sí reaccionaria.

En todas partes se alzaron voces como las de Santiago Abascal en España o del tarambana Javier Milei en Argentina, voces que en más de una oportunidad mostraron la hilacha de su opción por la meritocracia, el consumo, la negación del daño al medio ambiente, el repudio a los migrantes y, en suma, el rechazo a todo lo que huela a la equidad propugnada por Bergoglio.

Hasta donde pudo desde el espacio de poder que le tocó encabezar en la última parte de su vida, el papa nacido en Buenos Aires tuvo una mirada que necesariamente chocó con la orientación actual de la política y la sociedad, marcada por el individualismo y la depredación. Las encíclicas Laudato sí’ y Fratello tutti son la evidencia más clara de su intento por avanzar en un sentido contrario a sus dos predecesores inmediatos en la Cátedra de San Pedro. No es poco si pensamos que hacer eso fue ponerse en un lado de la historia estigmatizado, visto por los medios más influyentes como temible “comunismo” sólo por enarbolar ideas de justicia.

Ya veremos qué nos depara quien suceda al principal hincha de San Lorenzo. Un continuador de su posicionamiento sería lo más deseable para el mundo, pero quizá esto es mucho pedir.

miércoles, abril 06, 2022

Heberto en mi memoria

 














En 1986 concluí la carrera profesional y comenzó mi trajinar laboral. Mientras me acomodaba en alguna chamba, la que fuera, me ocupaba ya muy en serio en leer todo lo posible y en borronear mis primeras cuartillas seudoliterarias. Al mismo tiempo, como ocupación periférica pero importante, militaba en lo poquito que quedaba del Partido Mexicano de los Trabajadores. Un año después, el PMT y el Partido Socialista Unificado de México se fusionaron y dieron origen al Partido Mexicano Socialista. Cerca estaba la elección federal del 88, y el PMS propuso como candidato al ingeniero Heberto Castillo Martínez, quien arrancó su campaña por toda la República.

En Torreón abracé con entusiasmo el trabajo político para el partido. Hice pintas en bardas, participé en mítines, repartí el periódico partidista y asistí a juntas maratónicas de organización y debate. Como había estudiado comunicación y tenía una cámara fotográfica más o menos profesional, la Pentax K1000, apoquiné servicios en algo que podemos llamar, aproximadamente, “área de información”, de modo que escribí boletines mal redactados y tomé fotos no tan deficientes. En algún fin de semana del 87 a punto de terminar, la dirigencia nacional avisó que nuestro candidato vendría de gira a La Laguna. No recuerdo con precisión cuándo vino, pero el hecho fue que, en efecto, los militantes laguneros recibimos al ingeniero Castillo y lo placeamos por diferentes rumbos de la región. Recuerdo particularmente un recorrido por la colonia FOCE, de Gómez Palacio, y una visita al ejido La Mina, donde comimos sopa y asado de puerco, como reliquia.

No había mucho dinero para nada, así que cuidaba con exagerado celo cada disparo de mi cámara fotográfica. Gasté todo el único rollo de la gira en imágenes del candidato, y hoy lamento no haberme tomado una sola fotito con él. Sabía para entonces quién era Heberto Castillo, pero me faltaba información para ponderar mejor su valía como político e intelectual, como hombre de lucha a esas alturas ya muy curtido frente a la adversidad de un régimen muy duro de roer, como lo dejó claro, entre otros, en Libertad bajo protesta, libro del 73 editado, vale añadir, por el lagunero Rogelio Villarreal Huerta.

Heberto Castillo Martínez, el inmenso Heberto, murió el 5 de abril del 97, hace 25 años.

sábado, abril 21, 2018

La izquierda anhelada




















Curioso, al menos resulta curioso que los ultramontanos son quienes más anhelan una izquierda como “la de antes”. Ellos son los que principalmente se quejan de que ya no haya bolcheviques de la vieja guardia, sino rábanos y reformistas, chairos pedorros que desdeñaron la bandera con la hoz y el martillo y prefirieron asir un trapo color guinda con el acrónimo MO-RE-NA. También curiosamente, no he visto que algún rojillo sienta nostalgia por una derecha como “la de antes”, aquélla que se autoimpuso la “brega de eternidad” y “mover almas”, como quería Manuel Gómez Morín.
Los anhelantes de la izquierda “deadeveras” son, entonces, quienes jamás simpatizaron con ella, los que toda la vida transitaron por la acera de enfrente. Hoy, raptados por un sueño embusteramente reivindicatorio, declaran que la izquierda actual no representa a la izquierda, que ya no alberga personajes como aquellos que llenaron páginas heroicas en la lucha por la liberación ¡Del Pueblo! Uy, qué triste, sollozan. Los zurdos buscavotos de este tiempo han renunciado a la rebeldía, a los ideales magníficos, al amor por la camiseta marxista-leninista-castrista-guevarista-subcomandantista, y son unos vulgares chairos. ¿En dónde está su consigna incendiaria, su amada bomba molotov, su saboteo de planta eléctrica, su reunión clandestina, su tomaidaca en la Sierra Maestra, su desvío de avión a Cuba, su entereza en Lecumberri, su Declaración de la Selva Lacandona?, se preguntan.
Los condolidos por esta pérdida lamentan el presente de la izquierda y aunque antes odiaron a Bartra, hoy lo tienen por gurú y hasta lo citan: la izquierda de esta hora es decepcionante, se ha entregado de pechito al pensamiento burgués, es pragmática, conservadora, snif, snif. Años antes, claro, la izquierda de cuño sesentero nacida en el caldo de cultivo de tiempos que alentaban otro tipo de lucha, era fácilmente acusada, perseguida y condenada a caminar por la cornisa. Aquella izquierda cometía los delitos de subversión, de “disolución social”, de ateísmo y canibalismo de bebés, así que sin chistar merecía su Batallón Olimpia, su Halconazo, su Miguel Nassar Haro, su Tehuacán y su apando. Eso quieren que siga mereciendo quienes anhelan la vuelta de aquella zurda radical.
Pero, así haya sido a los tumbos, con errores y tropiezos, perseguida, aquella izquierda abrió la rendija electoral y en el camino casi ha dejado de ser izquierda para convertirse en no sé qué corriente con énfasis redistributivo. Es lo que hay, son otras épocas, y si alguien merece extrañar a la izquierda de antes es el izquierdista de hoy, no el derechairo, por favor.