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miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

sábado, marzo 15, 2025

Diálogos contrarreloj


 











Prólogo a Diálogos contrarreloj, libro en PDF disponible gratuitamente en esta liga:

El género de la entrevista quizá nunca ha tenido gran visibilidad pese a que es, a mi modesto parecer, uno de los más importantes en el ejercicio periodístico. Tan valioso me parece que lamento su aparición tardía, su auge ya muy entrado el siglo XX. He fantaseado incluso sobre lo que sería de la civilización actual si la entrevista nos hubiera acompañado desde siempre. ¿Imaginan una entrevista a Sócrates? ¿Qué respondería Nerón frente a una grabadora? ¿Y Dante o Juana de Arco o Cervantes o Napoleón o Bolívar o Mary Shelley? Por supuesto que a partir de sus escritos y u o de los escritos de sus contemporáneos nos enteramos de sus ideas, de sus índoles, pero en tales aproximaciones se nos esconden pliegues de la personalidad capaces de perfilar los mejor, más ampliamente. Sólo como nota adicional señalo que no se me oculta la existencia histórica de un género, el coloquio, que puede ser considerado abuelo de la entrevista actual. Algunos casos famosos pueden ser los Diálogos platónicos o el Elogio de la locura.

La entrevista, pues, apareció tarde, y más la grabada en video, valiosa porque en ella no sólo escuchamos las respuestas, el ping-pong de preguntas y respuestas, sino también la gestualidad del entrevistado, su humor comunicado mediante la expresividad de las manos y la postura en el sofá. Es por esta razón por la que he visto casi completas las entrevistas de Joaquín Soler Serrano a muchos artistas famosos entabladas entre los setenta y parte de los ochenta. Escuchar y ver en esos programas la soltura de Fuentes y Vargas Llosa, la contención de Onetti y Rulfo, la lucidez de Borges y Carpentier, la excentricidad de Dalí, la calidez de Yupanqui y muchos artistas más es un goce que podemos repetir cuantas veces queramos gracias al repositorio de YouTube. E igual ocurre con las entrevistas fraguadas en otras lenguas: las disfrutamos gracias a la muleta de los subtítulos; oír/ver a Hannah Arendt, a Vladimir Nabokov, a Jean Paul Sartre, a Cioran, a Clarice Lispector, a Umberto Eco y muchos más es un privilegio de nuestro tiempo, un lujo para los devotos del periodismo esmaltado de perdurabilidad.

Ahora bien, debo aclarar que el gusto de la entrevista me nació por los libros. Es decir, la entrevista me sedujo primero en el papel antes que en el soporte audiovisual, y fue en los libros y no tanto en los periódicos donde hallé las mejores muestras del género. Recuerdo particularmente cincotítulos que todavía conservo, cómo no: Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo; Conversaciones con escritores, de Federico Campbell; Perspectivas mexicanas desde París. Un diálogo con Carlos Fuentes, de James R. Forston; Los nuestros, de Luis Harss, y El oficio de escritor, colectivo.

Fueron estos libros los que apuntalaron en mí una certeza: para el joven escritor autodidacto que fui, escuchar con los ojos, quevedianamente, aquellos diálogos era acopiar un amplio corpus de opiniones y posicionamientos estéticos, pero, más importantes aún, una cantidad inaudita de referencias a libros y autores. En otras palabras, leía las entrevistas más que nada para enterarme de lo que habían leído los entrevistados, para anotar en mi agenda innumerables pendientes bibliográficos. Luego, claro, vinieron más libros de la misma naturaleza: las dos largas entrevistas de Fernando Sorrentino a Borges y Bioy, el libro Conversaciones con interrogatorios a Cioran (colectivo) e incluso la saga Todo México de Elena Poniatowska y las charlas de Ricardo Rocha y Silvia Lemus con artistas e intelectuales. Y muchos más, incluidos los productos en video de Cristina Pacheco, Fernando Sánchez Dragó o Cristina Mucci, por citar sólo tres casos notables de buenas entrevistas televisivas.

Esta justificación de mi gusto por la entrevista no podría estar completa si no añado que tiene la apariencia de ser un género fácil, pero lejos está de serlo. Por supuesto, implica lo que ya sabemos: preparación del entrevistador, habilidad para preguntar y repreguntar, prudencia para no liarse a dimes y diretes con el entrevistado y, al final, oficio para desgrabar/transcribir adecuadamente las declaraciones cuando van a la prensa o al libro. Es una técnica, en suma. Obviamente, no todo entrevistado o no todo tema se abordan igual. En el caso del mundo artístico, a diferencia del político, la incisividad es menos imperativa, pues por lo general las opiniones son íntimas, personales, sin implicaciones vinculadas al interés concreto de las comunidades, el llamado “bien común”.

Incluso puede darse el caso de entrevistas a réprobos que no son severamente interrogados. Para explicar esto traigo el ejemplo de mi amigo Ricardo Ragendorfer, periodista boliviano-argentino, quien alguna vez declaró que al entrevistar a represores de la dictadura nunca los contradecía ni les repreguntaba con énfasis, sino que llevaba los diálogos apaciblemente. Lo contrario, enfrascarse con ellos en un toma y daca de posicionamientos, ponía en riesgo el desarrollo e incluso la viabilidad de la conversación, así que lo mejor era dejarlos hablar con un resultado paradójico y notable: los criminales soltaban la lengua y evidenciaban su monstruosidad no tanto porque se exhibieran como monstruos, sino como personas normales con familia, fervor religioso y despreocupación. En otros casos, no interrogarlos perrunamente permitía que, con preguntas bien orientadas, respondieran hasta llegar a zonas inquietantes de la condición humana. Es el caso de la esposa de un represor (está en YouTube como “Mujeres de lesa humanidad. Capítulo 1: El héroe”) que ya entrada en confianza habló sobre su truculento esposo como si se tratara de un querubín.

Las entrevistas con artistas o, más específicamente, con escritores suelen tener otra tonalidad. Hay excepciones, pero en general discurren sin sobresaltos. Los casos raros dependen más que nada de la personalidad del entrevistado o del entrevistador, como ocurrió en el diálogo trunco entre Nicolás Alvarado y James Ellroy (en YouTube aparece como “Cioran, James Ellroy, Nicolás Alvarado”). Fuera de estos casos disruptivos, la mayoría avanza bien, sin turbulencia.

He tenido el privilegio de entrevistar, pero he preferido leer entrevistas antes que hacerlas. Es, como tanto en la vida, una elección. Además, por mi trabajo de escritor me han sido planteadas varias entrevistas. Aunque sin exagerada frecuencia, desde hace casi treinta años me han buscado periodistas y estudiantes para dialogar sobre temas cercanos a mi enciclopedia y mi quehacer permanente o coyuntural. Por cuestiones de tiempo y espacio, y dadas las facilidades que hoy plantean las herramientas digitales, desde que recuerdo me acostumbré a aceptar las preguntas (no hay razón para no hacerlo) y las he solicitado por escrito para responderlas igualmente, mediante mi teclado, “a la mayor brevedad posible”, para decirlo con una manida fórmula de la burocracia. Completas o recortadas, muchas aparecieron en la prensa, algunas en libros y otras tantas, las estudiantiles, sólo sirvieron, supongo, para obtener calificaciones escolares. Salvo algunas pocas, no conservé las que fueron publicadas, pero dado que las respuestas fueron escritas directamente por mí, guardé los documentos en una carpeta digital y ahora los envaso en este libro. Gracias a las preguntas pude desarrollar ideas que están espigadas ya en textos más directos, como los de mi columna o mis artículos. Las entrevistas que aquí traigo pueden ser tomadas como testimonios más o menos rápidos que develan en algo lo que soy y pienso, así que su interés, si lo tiene, es complementario al interés, si lo tiene, que pueden despertar mis publicaciones literarias y periodísticas. En el título uso el adjetivo “contrarreloj” porque así fue como respondí, apremiado por la promesa de devolver a tiempo los cuestionarios respondidos.

En todos los casos he contestado las entrevistas con respeto, incluso las planteadas por estudiantes, pues siempre fui consciente de que los entrevistadores se acercaron confiados en mi competencia para contestar. Esto me recuerda que en no pocas ocasiones, cuando los temas no fueron de mi incumbencia, rechacé las entrevistas con pena y agradecimiento, nunca por menosprecio al entrevistador. Este libro es una edición nacida de mi pura iniciativa, casi puedo decir que engendrada sólo para hacer provechoso alguno de mis ocios vacacionales. La fecha de la primera entrevista que aquí traigo, 1999, coincide, no sé si casualmente, con el momento en el que opté por alejarme del ejercicio periodístico más intenso, el periodismo que no sólo trabaja con materiales propios de la actualidad, sino que también permite el estimulante diálogo con colegas en mesas de redacción e imprentas. Seguí en el periodismo, es verdad, pero desde entonces y hasta hoy sólo me avine a la modalidad opinativa, como articulista y columnista.

Decidí reunir las entrevistas porque son, sustancialmente, un diálogo con el sujeto que me habita, con el hombre que inevitablemente soy. Las respuestas aquí aglutinadas son, y también por ello las escribí y guardé, un intento por retener lo que pensé luego de recibir el estímulo de las preguntas. Hasta donde me fue posible, organicé cronológicamente el material; casi todo se relaciona con temas literarios, de modo que es importante tener en consideración que algunas ideas se trepan en la circunstancia que atravesaba yo al contestar un interrogatorio. Creo que nada más es necesario consignar, sólo agradecer desde ya a mis entrevistadores y, en este último renglón, a quien se tome el tiempo de leer lo que considere atendible.

jueves, marzo 06, 2025

Veinte años os contemplan


 








Conocí a un amigo que repetía con frecuencia esta frase: “Tuvo salida de pura sangre y llegada de burro”. Se refería a los entusiasmos efímeros, aquellos que prometen tragarse el mundo en un taco y al final se desinflan sin dejar un solo rastro de su fe inicial. Esto me pasó como editor de columnistas y articulistas sobre todo cuando tuve bajo mi responsabilidad la coordinación de un suplemento cultural. No faltó en aquellos noventeros años que de la nada me pidiera cita cualquier conocido o desconocido. Su idea era “colaborar”, escribir sobre “algo”, un “algo” que podría ser cine, teatro, literatura, música, historia… Antes de agarrar malicia, yo me emocionaba con esas propuestas, pues si algo alegra a un editor es la disposición ajena para escribir y colaborar.

Lo que venía inmediatamente después no requería ninguna espera, pues el potencial columnista o articulista, tras recibir la aceptación de su propuesta, desenfundaba el primer texto: una maravillosa colaboración de cinco cuartillas para nutrir su flamante columna. Allí mismo se acordaban los plazos de cierre, la extensión de los textos y todo lo que fuera necesario. Para la siguiente quincena, ante la demora, como editor debía llamar al columnista con el fin de recordar la entrega de su colaboración. Por lo común, su respuesta era que la estaba terminando y que la haría llegar en unas horas. En efecto, el texto llegaba, pero misteriosamente ya no sumaba las tres cuartillas convenidas, sino una y media. Y en fin, así se publicaba.

El desenlace habitual se daba en la tercera o cuarta colaboración: el columnista ya no respondía a las llamadas o, cuando lo hacía, de su ancha manga sacaba argumentos ciertos o ficticios, daba igual: “Se murió mi abuelita y anduve en los trámites”, “Me salió un viaje urgente y no pude escribir”, “No encontré tema, te lo debo para la próxima”. Así fue como obtuve la noción de los ya mencionados "entusiasmos efímeros" de muchos columnistas en cierne, colegas que a las dos o tres entregas notaban que una colaboración semanal o quincenal parece nada, pero como el tiempo tiene siempre la mala costumbre de avanzar hacia adelante y hacer que las fechas lleguen, pronto caían en la cuenta de que escribir para mantener un espacio recurrente no era enchilar sopes. Inevitablemente, el género periodístico llamado columna supone al menos la sencilla exigencia de vislumbrar sin pausa temas en la mente y sentarse a escribir antes de los cierres de edición.

Toda esta explicación sirve de intro al recordatorio de que hoy, 6 de marzo de 2025, la columna Ruta Norte cumple veinte años de ininterrumpida existencia. Nació gracias a la invitación que me hizo Marcela Moreno, responsable editorial de Milenio Laguna, para colaborar como columnista del diario. Acordamos el nombre, la frecuencia y las características del espacio. Yo ya colaboraba mucho como articulista en el matutino, pero jamás había sido columnista. Acordamos que serían cerca de tres cuartillas publicadas de miércoles a domingo, cinco entregas a la semana. Durante varios años, creo que cinco o seis, cumplí sin falla con el propósito, pero obviamente fue agotador, desgastante. La búsqueda de ideas terminó por obligarme a tomar una decisión: cambiar las frecuencias. Propuse entonces dos colaboraciones a la semana, miércoles y sábados, y con esta regularidad ya tengo cerca de quince años.

Como se podrá advertir, no fue un entusiasmo efímero. Lo que ya sabía antes de asumir la columna era que un espacio de esta naturaleza no podía tener como sostén la inspiración (si es que tal cosa existe) o el mero entusiasmo, sino el oficio. Oficio para tener presente las fechas de cierre, oficio para aprovechar los tiempos muertos en la elección de un tema, oficio para sentarse a teclear en cualquier circunstancia, oficio para tratar siempre de urdir algo digno pese a la premura inevitable del periodismo, oficio para no fallar ni enfermo con la colaboración. El oficio, no el entusiasmo, es pues la base de sustentación de cualquier espacio fijo en un diario, y sólo el tiempo dirá si el trabajo ha rendido algún fruto meritorio o fue un esfuerzo digno de mejores causas.

A lo largo de los veinte años que hoy se cumplen, he publicado alrededor de tres mil textos. La mayoría trata sobre libros y asuntos literarios, medios de comunicación, rollos de la vida cotidiana y miscelánea histórica, política, cinematográfica y hasta deportiva. Muy al tanteo, calculo en doce mil las cuartillas producidas, la mayoría disponibles gratuitamente en este espacio digital, recipiente último de la columna. Sé bien que la cantidad no es sinónimo de calidad, pero también sé que todo trabajo de escritura extenso al menos tiene el mérito de las horas-nalga. En cuanto al blog, no lo he sobrepoblado de imágenes y menos de videos, esto para destacar que su interés es la palabra, la austera pero indispensable palabra. Más de un amigo me he dicho que le imprima movimiento, videos, audios (podcasts), incluso más fotos, pero les he respondido que como creo en las palabras, sé que las palabras se defienden con palabras. Ya otros millones de sitios ofrecen en la web abundante confeti audiovisual; yo aquí ni siquiera he cambiado la plantilla verdiblanca con la que nació esta modesta aventura.

Me despido con agradecimiento a quienes han leído alguna vez lo que comparto; les hago la promesa de seguir hasta que el cuerpo y la creatividad aguanten. También, convido el acta de nacimiento de Ruta Norte, el texto inaugural de este espacio, un texto inaugural con el que, pese a los veinte años transcurridos, coincido hasta esta fecha.

De qué escribir

¿De qué escribir cuando a uno lo invitan a escribir?, esta pregunta es la primera que debe plantearse quien asume la responsabilidad de alimentar una columna. Como así es, escribo en esta primera entrega de Ruta Norte que escribiré sobre libros y escritores, sobre medios de comunicación, sobre arte y política, sobre asuntos misceláneos con algún discreto tinte antropológico. No quiero, sin embargo, pecar de solemnidad, incurrir en un soliloquio bostezante, sino aprovechar el espacio que generosamente me convida La Opinión Milenio para campechanear ideas con el tono oscilatorio del —me atrevo a denominarlo así— “periodismo lúdico”, un periodismo que sin renunciar a su responsabilidad social y política, a su gesto militante, atreve en todo momento el chispazo desenfadado y festivo, satírico a veces, que le dé al lector la posibilidad de encontrar amable lo sacralizado y serio lo mordaz. Agradezco, pues, a La Opinión Milenio la oportunidad de colocarme en su importante alineación, el feliz chance de saltar a su cancha de papel.

Ruta Norte sirve ahora como título de una columna que me ronda desde hace años. Obviamente, como lo saben muy bien quienes viven en La Laguna, esas dos palabritas las plagié de la realidad, pues forman el nombre de una línea de camiones caracterizada por hacer sus recorridos por o hacia el norte de Torreón. Desde que recuerdo, decir, pensar, leer “ruta norte” era para mí como una afirmación de nuestra condición geográfica, de nuestra norteñidad, si se me permite el sufijo filosoficoide.

Por razones de identidad y de querencia al terruño local, aunque sin chovinismos que cierren las compuertas de mi afecto a lo foráneo, he insistido por todos los medios a mi alcance que los laguneros debemos enfatizar nuestro orgullo por lo propio. Como lo ha demostrado el doctor Corona Páez en sus ensayos históricos (y ya habrá tiempo para desmenuzarlos con calma), la noción de “lo lagunero” nos viene de muy lejos, desde tiempos de la conquista, y no precisamente desde que se cruzaron unas vías de tren muy cerca del cerro de las Noas.

De ahí pues Ruta Norte, una línea de camiones, un rumbo preciso, una posición en la geografía del país, un nombre hermoso para esta columna periodística que se lanza a recorrer las calles de La Laguna con el único fin de repensar, a botepronto, algunas ideas. Trataré de añadir, cuando sea posible, cualquier imagen que roce lo que aquí vaya expresando, como ocurre en el caso de estas palabras inaugurales, lujosamente aderezadas con una foto (“La nave de los Guerreros”) obtenida gracias a mi asombrosa Fuji digital.

Aquí quedo, y espero que Ruta Norte sea un espacio digno de quienes quieran invertir tres minutos de su tiempo en estas líneas. Si no es así, envíe cualquier reclamación a mi Departamento de quejas instalado en la terminal rutanortelaguna@yahoo.com.mx

miércoles, agosto 02, 2023

Cajita de saldiuvas










El jueves escribí este post: En la Casa Juárez vi este hermoso adorno (una caja antigua de sal de uvas Picot) que detonó en mí, proustianamente, un recuerdo de la infancia. A la sal de uvas Picot la mencionábamos en masculino: “Tómate un sal de uvas”, y ya no decíamos “Picot”, pues se suponía que la única sal de uvas era la de esa marca. También recuerdo que no se oía “sal de uvas”, sino como una sola palabra: “saldiuvas”. Esa empresa produjo durante muchos años unos cancioneros con los éxitos musicales del momento, pero fueron famosos antes de que yo naciera. Lo que sí recuerdo, y conservo, es el cancionero Bimbo que circuló en los setenta, con prólogo y notas de Sergio Romano, un locutor con peluquín que luego saldría en programas de Imevisión. El librito me impresionaba, y por eso lo conservo: me parecía increíble poder leer las canciones famosas del repertorio mexicano, como si el sonido se materializara allí en papel y tinta. En un mundo ágrafo y sin publicaciones a la mano, ese cancionero fue para mí una forma de acceder a la literatura que se defiende sola, sin la muleta de la música. Todo lector comienza de algún modo: yo comencé con el periódico La Opinión (hoy Milenio Laguna), revistas de futbol y el cancionero Bimbo.

Las respuestas a este comentario fueron inmediatas.

Claudia Tellaeche, desde Chihuahua, señala que tiene una cajita idéntica: “Yo lo veo a diario en mi cocina, me encanta, es un tesoro obtenido de la tienda de mi bisabuelo”.

Juanjo Rodríguez, escritor mazatleco, agregó: “Sergio Romano acabó en la tele local de Hermosillo, ya sin peluquín, con un programa propio… y creo que lo anunciaba Lily Téllez. Por cierto, la empresa de sal de uvas Picot era un tejaban con unas señoras en la ciudad de México que revolvían las sales y pegaban ahí mismo las etiquetas. El dueño se hizo rico gracias un comercial de los inicios de la radio que lo invento Cri Cri, que era locutor y productor a ratos: ‘Cuando aprieta el ardor, y el calor es agobiante, tome algo refrescante, con sal de uvas Picot’. Se volvió un éxito ese anuncio y también el producto. Lo leí en las memorias de don Gabilondo Soler, que son muy divertidas”.

Zita Barragán, escritora de Durango, apuntó: “Debí conservar mis cancioneros Picot, no sé qué hice con ellos. ‘La mandíbula batiente, llaman a Chencho Mejía, porque come todo el día y luego se siente mal, atacado por agudo malestar estomacal. Oh, y ahora ¿quién me lo quita? Te lo quita Burbujita, de la sal de uvas Picot”.

Toda esta memoria colectiva por culpa de un adorno y la palabra “Picot”. 

sábado, mayo 23, 2020

Ríos Galeana, superstar ochentero














Rescate de un texto publicado en el diario Milenio Laguna el 15 de julio de 2005.

Ríos Galeana, superstar ochentero

La captura de Alfredo Ríos Galeana dio a nuestras autoridades la oportunidad de atizar el golpe mediático que suplicaban desde hace buena cantidad de días. Antes de atrapar al “enemigo público número uno” de la ochentera sociedad mexicana, nuestra policía equivocó feamente sus escándalos; primero, con la detención de Nahúm Acosta; segundo, con la del Chapito; y tercero, con la fallidísima comedia de enredos protagonizada por un actor involuntario, el arquitecto Joaquín Romero Aparicio, “confundido” con el hermano del supuestamente extinto Amado Carrillo.

Ya transformado, evangelista de voz grave y pausada, con playera polo que le da cierto aire de Perro Bermúdez pero con pelo, Ríos Galeana fue un treintañero que exhibió a la justicia mexicana. Aunque por aquellos ayeres ya se daba, el secuestro no era tan común como lo es ahora, y nuestros delincuentes alcanzaban su doctorado en criminalidad con el asalto a bancos. Lo hacían siempre a mano bien armada, siempre con saldo de muertos y de cajeras con irrefrenables y justificadas crisis nerviosas.

Alfredo Ríos Galeana, cómo olvidarlo, fue el símbolo de aquella generación de asaltabancos. Su vida y su obra pronto se convirtieron en referencia obligada de la nota roja mexicana; por ello, su imagen no tardó en rozar los talones de la leyenda, pues era considerado una especie de Robin Hood con todas las características de aquel arquero medieval, salvo en aquello de entregar sus botines a los menesterosos. Los pasquines de más baja estofa —sobre todo la Alarma!, súmmum del amarillismo delincuencial— pronto dejaron entrever que Ríos Galeana era un pillo heroico, pues robaba, sin ser capturado, a los ladrones de cuello blanco: los banqueros (esto de paso me recuerda las palabras de Bertold Brecht que Piglia usa como epígrafe para su novela Plata quemada: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”).

Ocho años después de su fuga definitiva ocurrida en 1986 —definitiva hasta el 12 de julio pasado—, el fenómeno Ríos Galeana fue examinado por el ubicuo Carlos Monsiváis en el librito Los mil y un velorios (Alianza cien/Conaculta, México, 1994, 96 pp.). Monsi le dedica un capítulo entero, el VIII, titulado “Nace una estrella”. En él, nuestro cronista por antonomasia describe e interpreta algunos pormenores de la extraordinaria carrera consumada por el personaje que ya para el 94, con una identidad falsa y convertido al cristianismo, pulía pisos en diversos establecimientos de South Gate, suburbio de Los Ángeles, California.

¿Y qué dice Monsiváis sobre el antihéroe Ríos Galeana? Veamos algunas pinceladas. Nacido en Arenal de Álvarez, Guerrero, en 1951, Alfredito quedó huérfano de padre en el 52, lo que a su vez dejó a su madre en condiciones de precariedad extrema. A los 17, empobrecido, el futuro asaltabancos viajó al DF, se alistó en el ejército, obtuvo el grado de sargento. Hay momentos borrosos en su currículum, pero Monsiváis apunta que salió del ejército para integrarse, en 1977, al Barapem (Batallón de Radiopatrullas del Estado de México) durante la gestión del profe Hank. En esa cosa podrida de nacimiento llamada Barapem, Ríos Galeana se distinguió por su astucia y su temeridad. Disparaba bien con ambas manos, boxeaba, daba clases de preparación física a sus colegas, era una especie de jaguar preparándose para el estrellato en la selva de concreto. Pronto el Barapem, cuyo cabecilla fue Ríos Galeana, azotó al Estado de México con ataques a obreros, robos, razzias y todo lo que una organización parapoliciaca podía perpetrar amparada en la charola. En 1978, Ríos Galeana renunció a esa institución para dedicarse de lleno a lo suyo, al delito, pero ahora sin credencial de la Barapem.

Con indiscutible pasta de líder, con una vocación para el crimen que aplaudiría el mismísimo Capone, Ríos Galeana sintió entonces que su vida transcurría en una película de los Almada; él mismo produjo, actuó y dirigió los golpes que dejaron limpias las bóvedas de muchas sucursales bancarias, todo con estrépito de balas y caídos. Orgulloso de sus atracos, echón como los actores de cine, Ríos Galeana se ufanaba de sus éxitos: del 78 al 81, nomás para darnos un quemón, sumó 26 asaltos a bancos, 6 asesinatos, 50 hurtos en casas-habitación, 27 en tiendas. Y sucede lo más asombroso: cae uno de sus cómplices, suelta la sopa (previa calentadita), y con esos datos se descubre el paradero de Ríos Galeana (Monsiváis recuerda “La carta robada”, el inmortal cuento de Poe): el líder asaltabancos se opera la nariz tres veces, es cantante de palenques, usa el nombre artístico de “Luis Fernando, el Charro Misterioso”, graba un LP y tres discos sencillos. Lo capturan en un palenque clandestino, se defiende, se queda sin parque y decide entregarse a Francisco Sahagún Baca, el siniestro segundón del Negro Durazo. La declaración de Ríos Galeana es una perla que todavía resume la minusválida condición de nuestros aparatos policiacos: “Yo estaba seguro de seguir atracando y burlando cualquier cerco policiaco, porque considero a la policía mexicana sumamente incapaz para aprehender a los auténticos asaltantes”. Ríos Galeana alardea, promete fugarse, y lo logra de inmediato. Delinque. Lo atrapan otra vez en 1982; se fuga de nuevo. Delinque, roba hasta en hospitales. Vuelve a ser capturado en 1985, y se estima que ha hurtado mil millones (de los de antes) durante siete años, todo con alto saldo de víctimas.

Siempre jactancioso, declara a los medios: “Soy el hombre que en México y en el mundo ha cometido más asaltos bancarios. Soy muy inteligente (...) Cuando salga de la cárcel creo que continuaré con mis actividades delictivas”. Es condenado a cuarenta años en el Reclusorio, vive rodeado de privilegios y se le cuadran hasta los custodios, sueña con escribir sus memorias o un guion de cine, pero de todos modos se aburre y el 22 de noviembre del 86, con menos de dos años a la sombra, se fuga como en un film, con sobornos, comando, metralletas, granadas y boquetes.

Desde entonces nada o casi nada se había vuelto a saber de él; su leyenda se apagó y el martes 12 de julio del 2005 quienes rebasamos los cuarenta años hicimos memoria, una memoria que nos trae, de nuevo, más que la imagen del malandro guerrerense, la triste película de los aparatos policiacos mexicanos, cloacas del hampa institucional.

Nota del 19 de enero de 2025. Alfredo Ríos Galeana murió el 4 de diciembre de 2019 en una penitenciaría de Oaxaca. Tenía 69 años. Las entrevistas al personaje (sobre todo una en la que aparece el Negro Arturo Durazo) disponibles en el repositorio de YouTube son un agasajo imperdible, pues mezclan la podredumbre institucional con el humor involuntario y cantinflesco de Ríos Galeana y la superioridad moral del reportero.

sábado, agosto 10, 2019

Gracias al fut














El escritor Rodrigo Márquez Tizano vino a La Laguna el jueves 8 de agosto, y Juan Gómez Junco y yo sostuvimos un diálogo con él en el Museo Arocena. Hablamos sobre futbol, literatura y periodismo, temas que siempre sentiré entrañables dado que, bien o mal, los he practicado en diferentes momentos de mi vida. Recordé mi niñez, que en mi casa no había libros ni antecedentes de lectura como fuente de placer. Lo que sí había era periódico, pues mi madre compraba a diario La Opinión, el periódico más antiguo de La Laguna, fundado en 1917. Gracias a esto, cuando al fin llegué a la primaria y aprendí a leer, las páginas del diario se complementaron con los libros de texto, así que de 1970 a 76, más o menos, no tuve contacto con otros papeles que no fueran esos. Los libros de texto de aquellos años que me gustaban más eran los de español e historia, y desde siempre me sentí lejos de los otros.

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol.

En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días.

Es extraño: muy probablemente comencé a leer con pasión gracias al futbol.

lunes, octubre 22, 2018

Acceso a Tomar la palabra*




















Las abundantes páginas que el lector tiene en sus manos son un testimonio bibliográfico, el segundo ya, emprendido por el profesor Gabriel Castillo Domínguez para pensar y ejercer la educación mediante la palabra escrita. Digo pensar y ejercer, al mismo tiempo, porque Tomar la palabra II es precisamente eso: un ejercicio de reflexión personal sobre la educación y sus orillas que a su vez se convierte en una manera de educar, de educar sobre el tema de la educación a partir de la escritura, que acaso es la menos perecedera forma de la enseñanza.
Armado de experiencias y lecturas parejamente ricas, Castillo Domínguez articula en las páginas de este libro un proyecto que alienta el imperativo de colocar a la educación en un pedestal que nos permita apreciar la relevancia que ella entraña. Porque querámoslo aceptar o no, todo pasa por el tamiz educativo, de suerte que nuestra sociedad empeora, se estanca o mejora en la medida en la que su sistema de enseñanza se anquilosa o se dinamiza.
En Tomar la palabra el autor ha querido enfatizar que su tema eje reviste una importancia central entre las prioridades del país. Por eso su examen acucioso de coyunturas políticas y de orientaciones y planes del Estado, y por eso también su mirada crítica en torno al rol de los maestros en la actualidad educativa mexicana. En este sentido, Castillo Domínguez interpela al maestro, al hombre de carne y hueso que trabaja en el aula y tiene la responsabilidad de formar; con él aspira dialogar, a él, principalmente, están dirigidas estas ideas que en su momento formaron parte de la columna Paideia publicada semana tras semana en el diario Milenio Laguna.
El autor ha articulado el conjunto de sus textos en cinco grandes apartados. “Magisterio”, “Educación”, “Sociedad”, “Política” y “Cultura”. En estas estancias, todas claramente delimitadas, son espigados comentarios que evidencian su preocupación por indagar en todos los recovecos posibles del quehacer magisterial. Dado que el asunto vertebral del libro es complejo, Castillo Domínguez secciona sus partes y permite a los lectores un adentramiento cuidadoso en cada subtema. Así, por ejemplo, en “Magisterio” aísla y discute el candente problema de la llamada “reforma educativa” que tanto ha dado de qué hablar durante el sexenio que va de 2012 a 2018; examina asimismo, en este rubro, la trascendencia del quehacer sindical serio y comprometido, el caso de las movilizaciones y la revaloración del profesor como agente de cambio.
En la segunda estancia, “Educación”, centra su mirada en la acción educativa en sí, en los variados ángulos desde los cuales podemos observar y discutir el imperativo de formar mejores generaciones de maestros que a su vez edifiquen mejores generaciones de estudiantes. No escapa a su examen, por supuesto, el debate sobre el papel de los nuevos modelos educativos en el contexto de la revolución informática, sobre el bullying como problema generalizado, sobre la lectura como urgencia y la matemática como rezago histórico, entre otras muchas preocupaciones.
No tan amplio como los anteriores aunque no por ello menos intenso, el apartado “Sociedad” trabaja en torno a tópicos de interés más abierto como la llamada “civilización del espectáculo” caracterizada, nos explica el autor, “por la actitud simplificadora de los individuos, orientada a la homogeneización, a la uniformidad y donde la gente padece una especie de adicción por el entretenimiento”, que, como se puede concluir, determina en grandísima medida el comportamiento y las expectativas del estudiante dentro del espacio escolar. Aquí mismo reflexiona sobre la juventud y la vejez actuales en relación con la falta de oportunidades y la desigualdad, estragos que representan dos de los lastres más dolorosos en el México contemporáneo.
“Política” es un tranco de larga zancada en esta segunda andanza de Tomar la palabra. No podía ser de otra manera, dado que la educación se ha visto atravesada en nuestro país por un sinnúmero de conflictos que la mayor parte de las veces obedece a intereses económicos de grupo y a reacomodos electoreros, de ahí las permanentes internas y la manipulación que en el espacio sindical han querido convertir al magisterio en un ente cautivo de la politiquería. Gabriel Castillo analiza, comenta, critica el acontecer político del país en relación con lo educativo y, siempre con argumentos, especula sobre aquello que más podría convenir a la sociedad en tanto recipiente de la educación, no a las camarillas que se disputan privilegios. En este terreno, pues, no desdeña la política, es obvio, pero la propone como instrumento de cambio por el bien del maestro y de la educación pública nacional, no como arma de logreros.
Por último, el apartado “Cultura” ara sobre una parcela temática que preocupa al autor tanto como las anteriores y orbita en la elipse de esta pregunta retórica: ¿es posible el renacimiento de maestros como los de la vieja guardia, es decir, profesores abiertos al infinito conocimiento adquirido por medio de las artes y las ciencias? El autor nos comparte comentarios sobre libros, música, pintura y personajes que nos invitan a pensar en la cultura general, plural, amplia, como una herramienta de transformación social que el maestro debe manejar si su propósito es alcanzar una “M” mayúscula, una “M” de Maestro.
Juzgo, en suma, que Tomar la palabra nos depara un recorrido placentero tanto por la pulcritud de su forma como por la hondura de su fondo. Si bien es el maestro su lector modelo, su lector meta, no dudo en afirmar que todos encontraremos aquí pues de alguna manera todos somos, al alimón, alumnos y maestros reflexiones estimulantes y muy agradecibles.
Bienvenidos a esta dilatada e inteligente conversación con Gabriel Castillo Domínguez.

*Prólogo a Tomar la palabra II, de Gabriel Castillo Domínguez, 2018, 388 pp.

miércoles, diciembre 30, 2015

Noventa bienvenidos pretextos




















Recién, el 24 de diciembre, cayó en mis manos El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación, de Heriberto Ramos Hernández. Tuve la fortuna de escribir para sus páginas unas palabras liminares, y son éstas:
Heriberto Ramos Hernández es mi amigo. No de esos amigos que llegan una vez e intercambian dos o tres chistes, dos o tres confidencias o dos o tres cervezas para luego esfumarse, sino de aquellos que aparecen para permanecer en el afecto, para proseguir en la cercanía de esa serena y generosa conversación que es, o debe ser, la amistad.
Desde mis primeros diálogos con él noté lo obvio y por lo tanto inevitable: provenimos de una misma generación y por ello compartimos la misma educación sentimental, las mismas canciones, el mismo cine, incluso la misma ramplona televisión, pero pertenecemos a dos ámbitos profesionales distantes; no hay entre lo suyo y lo mío, entonces, muchos puntos de contacto. Lo natural hubiera sido, por ello, enmudecer en una mesa de café o en la sobremesa de alguna fiesta, y no fue el caso. Heriberto, hombre de intereses misceláneos, supo colocar su charla en un punto para mí adecuado, el de la literatura y la política, de manera que en lugar del mutismo logramos establecer un ping-pong de ideas enriquecedor, ya que él no es sólo un tipo que-sabe-mucho, sino algo más importante: es un hombre que reflexiona mucho y con innegable profundidad, que bucea sin miedo en su interior y de tal pesquisa siempre obtiene ideas distintas, enfoques novedosos, puntos de vista que aclaran un concepto o van más allá de lo habitual, tanto que echan por tierra lugares comunes tenidos habitual y erróneamente como certezas, como duras y bien galvanizadas opiniones.
El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación es una evidencia de los saberes múltiples que carga Heriberto en el carcaj. Lector tan voraz como cuidadoso del detalle, del renglón, de la palabra y sus ingrávidas sutilezas, este lagunero es un buen ejemplo de que nada estorba a la hora de pensar. Los libros, es cierto, son frecuente catapulta de sus indagaciones, pero no es menos cierto que una canción popular, una película, un programa de televisión, una foto, una nostalgia, la sobremesa con su esposa y con su hijo, el diálogo con un jardinero, cualquier recuerdo y todo lo que rodea esto que llamamos vida detonan en él un parecer gratamente dicho y, mejor, lúcidamente angulado.
Las páginas que vienen a continuación no ocultan su matriz periodística, pero en su momento, cuando las piezas aquí reunidas fueron artículos semanales, no se atuvieron a la relampagueante coyuntura ni se tragaron la gambeta del ruido mediático. Antes bien nacieron con un extraño ánimo de ser útiles más allá del diario, de orientar hacia libros e ideas que en efecto sirvieron ayer y pueden servir hoy a quien las lea. Experto en lo suyo —las finanzas, las inversiones, la economía y sus, para muchos, esotéricos flecos—, Heriberto ha logrado atravesar por su experiencia profesional y sus lecturas para condensar en animados textos lo que para tantos es opacidad, confusión y a veces pleno misterio. No dudo que sus consejos, sus aerodinámicas conclusiones y su galería de buenas fuentes disuelvan dudas al lector poco avisado en estos temas y de paso acerquen, si fuera el caso, la simpatía del conocedor, su homólogo.
Los noventa artículos que pueblan estas páginas fueron en un primer momento preparados para la prensa lagunera. Heriberto los publicó semanalmente en su espacio del diario Milenio Laguna, y algunos aparecieron además en otros medios impresos como la revista Expansión.
Al volver las hojas de El interés más sincero veo en suma al amigo con el que he conversado, al Heriberto que me ha convidado ya tantas veces al amable flujo de su charla. Es difícil explicar lo que consideramos esencial, y una personalidad lo es. La de Heriberto es respetuosa, cordial, solidaria, optimista, luchona, como decimos por acá. Jamás lo he visto airado, jamás he oído de él una palabra de quejumbre y desaliento, jamás le he percibido mala leche contra nadie, ni siquiera contra quienes la merecen, aunque sí rabia ante la injusticia y puntiagudo sarcasmo ante los brutos que la ejercen. Creo que si lo miramos con atención —en el fondo y como quería Montaigne para sus Ensayos—, él, Heriberto, es el tema de este libro.
Accedamos pues al espíritu que guardan estas páginas. Dialoguemos con los noventa pretextos de Heriberto Ramos Hernández e iniciemos con ellos alguna conversación.
Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2015

Nota: El interés más sincero. Noventa pretextos para iniciar una conversación (Interamericana, Torreón, 2015, 262 pp.) es asequible en la librería El Astillero (Morelos 567 poniente, Torreón).

sábado, septiembre 19, 2015

Texto rescatado sobre el sismo del 85














Hace diez años —el 16 de septiembre de 2005— publiqué en mi columna este comentario sobre el sismo y la muerte que más vinculo con aquel desastre. Apareció en mi casi recién fundada columna Ruta Norte del periódico La Opinión Milenio (la había inaugurado en marzo de 2005), pero no aparecía aquí porque este blog lo abrí un año después, durante el proceso electoral de 2006.

El sismo y dos décadas sin Rockdrigo

Jueves 19 de septiembre de 1985, 8 am. Recuerdo con absoluta claridad ese momento, lo veo como si ocurriera en un presente ya perpetuo. Estoy en un aula del Iscytac, escuela donde rumio la carrera de comunicación y voy en el penúltimo semestre. El Iscytac está todavía en la colonia Bellavista, de Gómez, allá por donde sigue el Francés. Uno de mis maestros de periodismo, Juan Noé Fernández Andrade, llega al aula para dar su clase y las primeras palabras que nos dispara, sin “buenos días” mediante, son abrumadoras: “Acaba de temblar muy fuerte en la ciudad de México; parece que hay miles de muertos”.
Todos en el salón escuchamos esa mala nueva sin demasiado azoro; tuvimos la primera clase a las 7 de la mañana, así que todavía no carburábamos lo suficiente como para digerir una noticia de tamaña dimensión. Después de todo, con triste frecuencia los periódicos y la tele emiten noticias sobre temblores en la capital. Por supuesto, los alumnos de Juan Noé —Adrián Valencia, Saúl Vargas, Chuy Sánchez, Carlos Ezquerra, Ana Zúñiga, Mary Tere Murra, Rocío Lazalde, Cecy Santibáñez, Roberto Fernández, Valentín Botello, Juan Carlos Cabello, Margarita Morales, Mary Montelongo, Araceli Espinoza y yo— no sospechamos que aquella era una nota estremecedora, un parteaguas en la historia del México moderno, pues a partir de allí muchos estudiosos de nuestro país desprenden el surgimiento de la llamada “sociedad civil”.
Unos minutos bastaron para que dimensionáramos con precisión el quebranto sufrido por la capital. La naturaleza había hecho de las suyas con violencia incomparable y el DF era un caos de sangre, lágrimas y desesperación, pero también de valentía y en no pocos casos de heroicidad. Pronto, demasiado pronto si hacemos una comparación con lo recientemente acontecido en Nueva Orleáns, los anónimos actores de la sociedad civil se organizaron y pusieron manos al rescate. Como en el actual régimen de la Casa Blanca frente al desastre de Katrina, en Los Pinos de De la Madrid la reacción ante el siniestro fue morosa, negligente, absurda (poco menos de un año después, en la inauguración del Mundial 86, el Estadio Azteca le dedicaría al atolero propulsor de la “Renovación moral” una inmensa rechifla transmitida en cadena mundial, acaso la más cerrada de la historia y sólo comparable a la que pudiera recibir Judas Iscariote si se presentara en público).
Aquellos estudiantes de comunicación vimos en la cafetería del Iscytac, borroso en la pantalla de una anciana tele, el terror sembrado por el sismo, y entonces comprendimos bien que la naturaleza había excedido la violencia tolerada por las obras humanas, por los edificios y sus moradores. Calles enteras, avenidas completas mostraban a sus costados el estrago de aquel sacudimiento tectónico. Era el Desastre, con mayúscula, como con mayúscula lo es ahora el cataclismo del Golfo. Nunca más, desde entonces, creo, he tomado a la ligera las noticias relacionadas con la furia de la naturaleza, y hasta hoy lamento profundamente la falta de previsión y la ineptitud de las autoridades a la hora de socorrer las víctimas.
Luego de aquel sacudimiento pasó un par de años, y allá por el 88 o el 89, en una reunión de amigos, el futuro jesuita Javier Prado Galán, que tocaba bien la lira, se echó unas rolas que llamaron sensiblemente mi atención. Pregunté de quién eran, y Prado detalló que las había compuesto un tal Rockdrigo González, apodado El Profeta del Nopal, oriundo de Tamaulipas, muerto muy prematuramente en el sismo del 85. Poco tiempo después, gracias a mi amigo Miguel Teja, voraz consumidor de casetes con música de artistas marginales, me hizo una copia (todavía la conservo) de los únicos discos que pudo grabar Rockdrigo, todos en condiciones casi artesanales.
Así lo pude oír completo, o casi completo, pues abiertamente me confieso profano en rock, en cualquier rock. Pese a mi falta de mejores referentes, la voz, la guitarra, la “trompeta” (el cogote), la armónica y el ingenio letrístico de Rockdrigo pronto se adueñaron de mi más profundo aprecio. ¿Y qué encontré en ese tipo? Todo lo que se le puede pedir a un auténtico artista popular. Fuera del mercado, distante a kilómetros-luz de la publicidad que enceguece y plastifica, sin un centavo de éxito comercial, el gran Rockdrigo era capaz, es capaz, de hacer lo insólito: matar a su público con una espina, pintar hermosos frescos sin pintura y con los dedos, sembrar flores en la piedras. No por nada, el suyo se erigió de inmediato en el mejor, ¿en el único?, emblema del “rock rupestre”, un rock que no necesita de aracles ni performancismos opulentos, un rock que no demanda luces ni sonido para imponer su ley, la ley de la calle, la ley del artista que nada tiene y sin embargo edifica maravillas, émulo del trovador que embrujaba con el laúd y la palabra en los mercados del Medievo.
Muchas muertes, pues, todas dolorosas y terribles, dejó el sismo del 85. Dejó también herido de muerte al sistema que en el 88 naufragó con la derrota del PRI y el triunfo del ingeniero Cárdenas. En ese México que cambiaba, en ese México inconforme y todavía muy bronco, las rasposas letras de Rockdrigo evidenciaban a sus casi secretos admiradores que la composición de letras para el rock y el blues no necesariamente debía ser surrealosa y solemne o humorística y pendeja. Rockdrigo fue, verso tras verso, un compositor en el que convergió la idiosincrasia del mexicano casi en pleno, desde el humor ácido y salaz (“Rock del Ete”, “Asalto chido”, “El feo”), hasta el vuelo existencial con sabor a borrachera en el lóbrego tugurio (“Vieja ciudad de hierro”, “Distante instante”, “Acerca de ti, acerca de mí”, “No tengo tiempo”), pasando por el hábil pincelazo coloquial (“Susana de la mañana”, “Metro Balderas”, “Los intelectuales”, “Buscando trabajo”) y la crítica social sin excesos de panfletarismo (“La máquina del tiempo”, “Balada del asalariado”, “Ratas”).
La página web http://www.rockdrigo.com.mx/ consigna que para el veinte aniversario de su muerte se sucederán homenajes y tributos en varios foros del DF. Será una merecida forma de reconocer el misterioso talento de ese genio callejero y de reiterar que aquel 85 de triste y a la vez noble memoria es una fecha ya imborrable para México.
Pese al dolor, dolor que él experimentó en muchas ocasiones, Rockdrigo no hubiera estado contento con la solemnidad de este apunte, por eso bien puede terminar con la arenga improvisada que se aventó alguna vez en una de sus tocadas. Aunque a veces esas palabras han sido tomadas en serio, vistas como lo que son, el irónico preámbulo de una rola, parecen insuperables, ajenas completamente al misticismo almidonado de muchos rockeros que se la creen y que componen letras vaporosas, tan malditas como malitas, tan deshuesadas como inservibles. Venga, pues, Rockdrigo, cierre la puerta de esta Ruta Norte: “Ha llegado la hora de apausar el tiempo, de detener las estructuras para hacer una entrada dimensional hacia los mensajes del sacerdote del rock, aquel que se preocupa por el bienestar y la salud mental de todo el personal… El padre rockanrolero les manda unos mensajes desde su iglesia cósmica… para todos aquellos chavos acelerados y a todas las personas que creen que el rockandroll es nada más vicio, violencia, sexo, anarquía.... no es cierto... el rock renace últimamente como un sistema espiritual, lástima que todavía no salga nadie que le haya agarrado la onda, pero… ahi les va…”.

miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.