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miércoles, agosto 02, 2023

Cajita de saldiuvas










El jueves escribí este post: En la Casa Juárez vi este hermoso adorno (una caja antigua de sal de uvas Picot) que detonó en mí, proustianamente, un recuerdo de la infancia. A la sal de uvas Picot la mencionábamos en masculino: “Tómate un sal de uvas”, y ya no decíamos “Picot”, pues se suponía que la única sal de uvas era la de esa marca. También recuerdo que no se oía “sal de uvas”, sino como una sola palabra: “saldiuvas”. Esa empresa produjo durante muchos años unos cancioneros con los éxitos musicales del momento, pero fueron famosos antes de que yo naciera. Lo que sí recuerdo, y conservo, es el cancionero Bimbo que circuló en los setenta, con prólogo y notas de Sergio Romano, un locutor con peluquín que luego saldría en programas de Imevisión. El librito me impresionaba, y por eso lo conservo: me parecía increíble poder leer las canciones famosas del repertorio mexicano, como si el sonido se materializara allí en papel y tinta. En un mundo ágrafo y sin publicaciones a la mano, ese cancionero fue para mí una forma de acceder a la literatura que se defiende sola, sin la muleta de la música. Todo lector comienza de algún modo: yo comencé con el periódico La Opinión (hoy Milenio Laguna), revistas de futbol y el cancionero Bimbo.

Las respuestas a este comentario fueron inmediatas.

Claudia Tellaeche, desde Chihuahua, señala que tiene una cajita idéntica: “Yo lo veo a diario en mi cocina, me encanta, es un tesoro obtenido de la tienda de mi bisabuelo”.

Juanjo Rodríguez, escritor mazatleco, agregó: “Sergio Romano acabó en la tele local de Hermosillo, ya sin peluquín, con un programa propio… y creo que lo anunciaba Lily Téllez. Por cierto, la empresa de sal de uvas Picot era un tejaban con unas señoras en la ciudad de México que revolvían las sales y pegaban ahí mismo las etiquetas. El dueño se hizo rico gracias un comercial de los inicios de la radio que lo invento Cri Cri, que era locutor y productor a ratos: ‘Cuando aprieta el ardor, y el calor es agobiante, tome algo refrescante, con sal de uvas Picot’. Se volvió un éxito ese anuncio y también el producto. Lo leí en las memorias de don Gabilondo Soler, que son muy divertidas”.

Zita Barragán, escritora de Durango, apuntó: “Debí conservar mis cancioneros Picot, no sé qué hice con ellos. ‘La mandíbula batiente, llaman a Chencho Mejía, porque come todo el día y luego se siente mal, atacado por agudo malestar estomacal. Oh, y ahora ¿quién me lo quita? Te lo quita Burbujita, de la sal de uvas Picot”.

Toda esta memoria colectiva por culpa de un adorno y la palabra “Picot”. 

miércoles, julio 10, 2019

Aquel querido libro















Suelo asociar a un libro específico el inicio de mi relación con la lectura. Supongo que no soy la excepción: quienes seguimos cerca de este hábito fuimos literalmente atrapados alguna vez, comúnmente en la infancia/adolescencia, por determinado libro. El que a mí me cupo en suerte lleva como título Maravillas del mundo: prodigios de la naturaleza y realizaciones del hombre, desde las cataratas del Niágara hasta las bases espaciales, una edición catalana en pasta dura. La ficha se completa con su autor, un tal Roland Gööck, y sus 250 páginas fueron publicadas por el sello Círculo de Lectores en 1968.
Hace cinco años, en 2014, escribí y no sé si publiqué esto: que el libro llegó a la casa familiar como regalo por la compra de una enciclopedia, la Británica o la Grolier, quizá la Salvat, no sé. (…) por su tamaño pesaba tanto que sólo podía ser hojeado en una base de apoyo, sobre una mesa. Las fotos hacían un recorrido por las edificaciones más importantes construidas por la humanidad y algunos portentos de la naturaleza: edificios, puentes, casas, presas, catedrales, museos, cataratas, ríos. De cada obra o escenario natural, varias tomas a full color desde distintos ángulos. Además, un texto aledaño, sencillo e instructivo. Para despachar cada zona del planeta, creo que su índice procedía por continentes, pero eso no puedo asegurarlo”.
El vicio de la bibliofilia implica apego fetichista a los libros, de modo que nunca dejé de sentirme mal por no saber a dónde fue a parar aquel ejemplar, si entre mis hermanos y yo lo habíamos destruido o qué. Pero llegó la revancha: Margarita Morales Esparza, mi excondiscípula de la universidad y experiodista de La Opinión radicada en España desde hace quince años, me avisó que venía de visita a La Laguna. Se ofreció para traerme algún encargo y, entre otros libros, le pedí buscar en librerías de viejo mis Maravillas del mundo. Lo que sigue es, para mí, fabuloso: Margarita lo halló, lo hizo atravesar el Atlántico y el lunes 8 de julio me reencontré con aquellas amadas páginas que, también lo he dicho, fueron como un internet en mi adolescencia. No exagero si afirmo que se trata de un libro sobre el que navegué reiteradas horas, y ahora que he vuelto a disfrutarlo noto que mi memoria retuvo muchísimos detalles. En suma ha sido como reencontrar a un ser querido; también los libros pueden serlo.

domingo, enero 12, 2014

Tres partidas















De uno fui amigo cercano, a los otros dos los traté poco, pero cordialmente. Los tres murieron esta semana.
José María Mena Rentería ejerció el periodismo en varias publicaciones laguneras. Lo recuerdo sobre todo como reportero de La Opinión; allí estuvo varios años. Cubríó diversas fuentes, y creo que la cultural fue la que más lo atrajo.
Gabino Martínez (en la foto que ilustra este post) fue maestro, periodista, escritor y editor. Militó en agrupaciones políticas de izquierda en Durango capital. En los últimos años de su vida fue responsable editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Lo traté poco, más por correo electrónico que en persona. Hacia 2011, en su casa comimos Saúl Rosales, Gabriel Castillo y yo, quienes fuimos a Durango a presentar el libro Madera, del profesor José Santos Valdés. La casa del anfitrión me pareció impresionante. Casi toda era un archivo/biblioteca, plena de estanterías adecuadas para la impecable organización de documentos.
A Fernando Martínez Sánchez lo traté mucho y a fondo. Puedo decir que fuimos buenos amigos. Tuve la suerte de verlo unas horas antes de su muerte.
Si no me equivoco, los tres nacieron entre 1936 y 1946.

miércoles, diciembre 29, 2010

Geografía de Jorge Valdés Díaz-Vélez



Sin advertirlo, de un modo casi natural, en 2010 he procedido cuatro veces como arqueólogo de nuestra literatura. Lo hice en una mesa sobre Paco Amparán, al desempolvar dos entrevistas de su juventud y La luna y otros testigos, su primer libro de cuentos; lo hice con Gilberto Prado, al exhumar la historia de su Exhumación de la imagen; lo hice hace poco con Saúl Rosales, al recordar sus Vestigios de Eros. Ahora, más o menos de la misma forma, rescato una lejana publicación de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez.
Ocurrió el domingo 9 de febrero de 1986, hace casi 25 años. Coordinado por Saúl Rosales, el suplemento cultural de La Opinión no podía ser llenado cada semana con colaboraciones locales e inéditas, así que su encargado hizo lo mejor que podía hacerse en esa circunstancia todavía distante del internet: tomar textos de escritores importantes y difundirlos para el conocimiento y el goce del respetable todavía un poco adormilado. Aquel domingo, los laguneros amanecimos pues con un tabloide de lujo (insisto: de lujo si pensamos que para entonces no había nada semejante en el periodismo local): Saúl recordó los aniversarios luctuosos de Cortázar (dos años) y de Sergei Eisenstein (38 años); lo hizo, en el caso del argentino, con el cuento “Queremos tanto a Glenda”, el poema “Una carta de amor” y el ensayito “Del sentimiento de lo fantástico”; en el caso del cineasta ruso, leímos el texto “México en la memoria de Einsestein”, fragmento del libro de memorias que por entonces preparaba Siglo XXI. De las ocho páginas, las centrales fueron para un escritor lagunero que acaso publicaba por primera vez en serio entre nosotros: era Jorge Valdés Díaz-Vélez.
El editor tuvo la cortesía de ofrecer una ficha biográfica para ubicar al joven escritor ante sus paisanos: “Jorge Valdés Díaz-Vélez obtuvo con una colección de poemas a la que pertenecen estos, el premio Plural 1985, de poesía; Jorge Valdés estudió en el colegio Cervantes y en la escuela Carlos Pereyra de Torreón. Es licenciado en psicología. Actualmente es agregado cultural de la embajada mexicana en Cuba. Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Plural, El Caimán Barbudo y La Parda Grulla. En 1984 recibió mención en poesía del mismo premio, con el poemario Voz temporal que será publicado próximamente en La Habana. Los poemas aquí reproducidos fueron tomados de Plural No. 172, enero de 1986”.
Por lo que se ve, en ese momento Valdés Díaz-Vélez no tenía libros publicados. Un cuarto de siglo después, la ficha actualizada del mismo escritor sería aproximadamente ésta: Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.
Ahora bien, ¿qué publicó aquel suplemento? En las dos páginas del tabloide cupieron ocho poemas, seis fotogramas de ¡Qué viva México! de Eisenstein y una foto del autor, además de la ficha ya citada. Si pensamos que Tiempo fuera (1988-2005) (UNAM, 2007) es el título antológico más importante de este autor, se puede afirmar entonces que de los poemas publicados en La Opinión hacia el 86 han sobrevivido dos en el libro de la Universidad: “Cardenche” y “Contra el paisaje”. En ambos casos, los poemas acusan leves modificaciones: dos o tres versos son encabalgados de manera distinta, se añade un par de palabras, se “bajan” algunas mayúsculas y se elimina un adjetivo. Esos escasos retoques permiten apreciar que en general el autor de cincuenta y pocos años está conforme con el trabajo del poeta que fue a los veititantos. En esos dos poemas apenas hay un tenue acercamiento correctivo, una especie de palmada en la espalda de aquel joven que ya hacía bien su trabajo y sólo necesita un leve enderezamiento.
En esos poemas iniciales se nota ya lo que reaparece con fijeza de petroglifo en la obra ulterior de Valdés Díaz-Vélez. Es la suya una poesía tercamente sensorial en la que, creo, reina la captación de dos sentidos: el visual y el táctil. Ya desde sus prometedores comienzos, el poeta lagunero ve con asombro los colores del mundo, los paisajes, la maravilla de los horizontes. Su percepción paisajística, empero, no es cuadro de Velasco en palabras, sino pretexto para dialogar consigo mismo, atajo hacia la introspección (“Casi nocturno): “Entre los pinos y el mar / elijo un pensamiento”. En los seis poemas del conjunto publicados por Plural y luego retomados en La Opinión, Valdés Díaz-Vélez se coloca pues como vigía, como explorador de territorios íntimos (“Trayecto de la permanencia”): “Desde el puente, mi voz resuena en ecos. / Los muertos de mi casa esperan / la señal de un faro, al borde de mi mesa”. O (“Cantos del alba”): “Mira la aurora / reptar sobre la teja / similar al ocaso que anticipa”.
Por otro lado, no parece casual que las manos, los dedos, la piel, los párpados y sus afines (el cuerpo en suma) aparezcan en los seis poemas inaugurales de Jorge Valdés; también aquí, como en el caso de la visión paisajística, la posibilidad de tocar es más bien una posibilidad de conocer, de conocerse. De hecho, es muy frecuente en estos poemas la derivación de las metáforas hacia imágenes geográficas o paisajísticas de lo íntimo (“Aguas territoriales”): “Desembarco en el sur de tu garganta / oceánico lindero del espacio”. O en “Cenit”: “Idéntica a mi mano. / La luz traza un vientre de heliotropos / y absorbe convertida en luz, ceniza blanca / donde oficia su pulso entre humedades / la repetición del mar al mediodía”.
La presencia de Jorge Valdés Díaz-Vélez en La Laguna ha sido esporádica debido a su trabajo en el Servicio Exterior de nuestro país. Lamentablemente no hemos sido justos con él, con su trabajo literario y profesional, sin duda un ejemplo para todos, sobre todo para los jóvenes con deseos de roce literario foráneo. Los poemas publicados por Saúl en 1986, alguna presentación de cuerpo presente en el Museo Regional, el diálogo con Gilberto Prado y alguna triste columnita mía han sido los únicos conatos de reconocimiento. Es momento de hacerle justicia, de difundir su trabajo entre los suyos, es decir, entre nosotros. Que sirva esta mesa para comenzar el aplauso que le adeudamos.
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Comarca Lagunera, 28, diciembre y 2010

jueves, septiembre 09, 2010

Boceto de Paco Amparán



Adentrarse en la vida y en la obra de Francisco José Amparán Hernández, Paco Amparán a secas, es ingresar a una de las trayectorias intelectuales más ricas y consistentes de la literatura lagunera. Ricas porque Amparán tocó muchos quehaceres vinculados con el pensamiento y la creación; consistentes porque desde su infancia fue un hombre que organizó su mundo par leer, escribir y transmitir sus múltiples saberes frente a diferentes públicos. Es difícil, por esto, aglutinar una vida tan fructífera en un puñado de cuartillas, y todavía es más difícil hacerlo cuando aún no nos reponemos de la sorpresa que causó su desaparición física la tarde del 4 de julio de 2010.
Paco Amparán nació en Torreón el 23 de octubre de 1957 a las 2.15 de la tarde en la Clínica Torreón. Fue registrado en Gómez Palacio el 6 de noviembre del mismo año. Sus padres fueron Francisco Amparán Hernández, oriundo de Durango capital, y de Josefina Hernández de Amparán, de Chihuahua. Por el lado de sus cuatro abuelos Paco Amparán tenía cepa chihuahuense: los dos paternos de Parral; los dos maternos de Chihuahua. En ese origen quiero imaginar que se basaba la índole de Paco: era trabajador, organizado, incansable como lo son la mayoría de los chihuahuenses. Sé que buena parte de su vida, la parte más fomativa, la vivió en Gómez Palacio, y que desde pequeño mostró una inclinación marcadísima por la lectura, pedestal en el que se apoyaría todo lo que hizo en el futuro.
Era un lector tan constante que ni los estudios en ingeniería química industrial consumados en el Tec de La Laguna lo separaron de los libros humanísticos. Su vocación, si pudiéramos resumirla en una palabra, era la de lector. Leía hasta caminando, como lo recuerda su amiga Asunción del Río al evocarlo como compañero de trabajo y amigo en el Tec de Monterrey Campus Laguna (caminaba, escribe Asunción, “a paso rápido y con la cabeza baja, cuando no metida en un libro”). Tal vez sus primeras lecturas, desde siempre la del National Geographic, gusto que heredó de su padre, despertaron en Amparán la obsesión de imaginar. Eran tiempos sin internet, claro está, pero él ya navegaba por el conocimiento del mundo gracias a su curiosidad sin freno, al contacto permanente con las revistas cultas y los libros igualmente nutricios.
Hay zonas de la vida de Amparán que desconozco, pero por lo que le oí, le leí o supe de terceros, sé que jamás cedió a la tentación de la inactividad. Su inquietud fue inquebrantable y por ello no es extraño que su último día de vida haya coincidido con un día más en la publicación de su columna. En efecto, siempre que lo vi estaba en contacto con un libro y desde que me recuerdo como lector de periódicos y libros por allí rondaba la firma de Paco Amparán. Cerca de treinta años, entonces, han pasado desde que leí algo de su cuño, así que no es exagerado afirmar que el tamaño de su obra completa, incluido el periodismo, constituye uno de los productos más destacados y abundantes de la escritura en La Laguna.
Gracias a mi manía de coleccionar papeles viejos di en mis incómodos archivos con dos entrevistas concedidas por Amparán, una a La Opinión, publicada en noviembre de 1983, y la otra a El Siglo de Torreón, en enero de 1989. Sé que luego le hicieron más entrevistas, pero en las que menciono habita la presencia de un escritor que apenas descuella, un muchacho de 26 y otro de 32 años que en ambos casos habla sobre sus gustos, sus filias y sus aspiraciones.
En el suplemento cultural de La Opinión que coordinaba Saúl Rosales, Amparán dialogó con María Teresa Duarte Salazar. La foto que adereza la página dos de aquel tabloide muestra a un joven de blusa beisbolera, de grandes lentes, fumando y levemente recargado en su librero; el entrevistado muestra allí una sonrisa tenue, segura, confiada. En la entrada la entrevistadora apunta lo siguiente: “confiesa sus afinidades profundas con Borges, Gunther Grass, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Graham Greene”. Como muchos sabemos, el gran salto de Amparán hacia la literatura de ficción se dio gracias al Talitla (Taller literario de La Laguna) que por varios años encabezó el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro en las Casas de la Cultura de Torreón y Gómez Palacio. La periodista le preguntó por ese espacio y el escritor respondió: “Me ha ayudado muchísimo. Considero que este taller literario es un instrumento muy bueno para que la gente que quiera escribir encuentre la manera de desarrollarse. Marco Antonio Jiménez es miembro de este taller. Él ganó el Premio Nacional de Poesía Joven (…) Ceo que este taller nos ha dado la oportunidad de crecer como escritores”.
Para entonces, el entrevistado es ya maestro volante de varias escuelas, como declaró a la reportera de La Opinión; daba clases en el Iscytac (donde fue mi maestro, por cierto), en la UIA (donde además dirigía la biblioteca) y en la Pereyra (donde asimismo orquestaba un taller de lectura). Pocos años después fijó su “residencia” magisterial, por decirlo así, en el Tec de Monterrey. Duarte Salazar le preguntó por qué daba clases de materias tan distintas a lo que estudió, y Amparán respondió: “Porque me ha gustado más lo que es la literatura, las lecturas. Me gusta muchísimo impartir clases”.
Más adelante, una pregunta sobre lo que le gusta escribir: “Escribo sobre lo mágico, lo extraordinario que pasa a diario (…) me gusta mucho abordar todos esos temas que implican cierto contenido fantástico”. Al final, la periodista lo interrogó sobre sus quehaceres extraliterarios: “Casi no tengo ratos libres, pero cuando salgo con amigos, voy a fiestas y participo en ‘fandangos varios’. Me gusta el futbol americano y te repito que me encanta dar clases, me gusta la educación, la investigación… y escribir”.
En 1989 lo entrevista Angélica Bustamente Archundia para El Siglo. Tiene allí 32 años y mantiene intacta, y creciente, su vocación de lector/escritor. Escribe la entrevistadora “Ingeniero Industrial Químico, soltero feliz, vive con su madre y su abuelita, tiene dos hermanas (…) siempre ha estado ‘bendito entre las mujeres’, afirmó [Amparán]. Cuando era niño, por ser el único hombre de la casa siempre jugaba solo, platicaba solo, ‘fue entonces que tuve mis primeras ideas de hablar y contestarme yo mismo (…) me gustaba leer, pero no escribía nada, fue hasta los catorce años que empecé a escribir”. Líneas después, Amparán observa: “He llorado la muerte de mi padre, por la injusticia y la impotencia, así mismo, por una novia de la que estaba muy enamorado”.
En esos diálogos asoma en suma la personalidad de Amparán. Ya tenía entonces varios de sus libros y estaba plenamente en marcha su encarrilamiento en tres quehaceres: la literatura, la docencia y el periodismo de opinión. La siguientes dos décadas solidificaron su actividad, Amparán se asentó en el ITESM-CL y ganó un espacio fijo en prensa y radio; además, siguió escribiendo literatura, su pasión máxima. Sus primeros libros fueron La luna y otros testigos, Los once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, títulos que hacían eco de algunos prohijados por el Boom como La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Del amor y otros demonios. El primero libro que conseguí y leí de él fue el que obtuvo el permio nacional de cuento convocado por el diario El Porvenir, de Monterrey. Ese concurso lo ganó en las mismas fechas en las que lo tuve como maestro, entre el 83 y el 84 más o menos. No recuerdo dónde lo compré, y ahora que le he releído encuentro en él tres detalles que deben ser resaltados: Amparán tenía 27 cuando lo publicó; o sea, si le quitamos al menos el par de años que se requieren para escribirlo, tallerearlo, mandarlo a un concurso, ganarlo y editarlo, se puede decir que el autor lo creó a los 24 o 25 años. Digo esto por esto: a esa edad uno suele escribir con titubeos, con ciertas impericias que delatan de inmediato al joven en el gemebundo trance de redactar. Pues bien, los cuentos de La luna y otros testigos acusan una prosa firme, dúctil, rica en matices poéticos y sin los descuidos formales de la juventud. Asimismo, los temas son diversos, no son sólo cuentos de personajes jóvenes, de vivencias cuasicalcadas de la propia experiencia del autor, sino historias en las que conviven adultos, ancianos, jóvenes, incluso niños. En esto veo la precocidad, el ojo afinado de Amparán para detectar los pliegues de la personalidad humana, el conocimiento de la conducta que puede tener, por ejemplo, un cuarentón como el profesor Esquerra del cuento “Sobre un listón solferino” o la añosa señorita Elisa de “Canción de amor pasada de moda”. Otra característica visible en los cuentos, los primeros cuentos de Amparán publicados por el periódico El Porvenir y su certamen literario, es la insistencia del autor por jugar con las estructuras narrativas; invadido por los fantasmas de Cortázar, Fuentes y Borges, Amparán hermana siempre dos historias: una con un cierto corte realista, cotidiano, “normal”, y otra en la que irrumpe lo anómalo, lo mágico, lo extraordinario o sobrenatural, como en el cuento “Chac-Mol” de Fuentes o en cualquiera de Cortázar y de Borges. Es verdad, dicho esto al margen nada más, que los finales lucen un poco flojos, o que a veces la descripción poética le gana demasiado terreno a la acción, pero es un hecho que los cuentos del primer Amparán reflejan la seguridad que iba a adquirir en el porvenir con libros como Cuatro crímenes norteños o Crónica para Hellen.

domingo, septiembre 06, 2009

25 años



Desde que comenzó este año sabía que agosto y septiembre iban a tener, para mí, dos momentos celebratorios. Uno de ellos ya pasó, y fue la publicación de la entrega número mil de Ruta Norte, como bien lo sabe mi extraordinario número de lectores (o sea, tres o cuatro). El otro se dará el próximo miércoles 9 de septiembre de 2009, día en el que exactamente cumpliré 25 años de publicar en periódicos y, luego, en revistas y libros. Sé la fecha porque vivo atento a las cronologías y porque padezco la costumbre heroicamente insana de almacenar papeles. En efecto, un periódico amarillento que obra en mi poder y que espero nunca se filtre al bajo mundo de la crítica literaria, muestra que el 9 de septiembre de 1984 publiqué cuatro “poemas” (las comillas me amparan ante cualquier extemporánea acusación de mala calidad) de cuyo contenido no quiero acordarme en el suplemento cultural de La Opinión que para entonces coordinaba Saúl Rosales. Los textos aparecen en la página 3 y son, obviamente, los primeros arpegios de un joven que vislumbraba lo que todavía, ya más que cuarentón, vislumbra: ser escritor.

La temeridad que nace de la ignorancia me llevó a dialogar con Saúl para ver si aquellos engendros que yo llamaba versos podían caber en el suplemento. Supongo que la pensé dos o tres veces, pero al fin, armado de ingenua valentía, le di las cuartillas escritas en una Remington de la segunda Guerra Mundial. Saúl las tomó, no me prometió nada y así pasó un tiempo hasta que llegó el domingo 9, día que sigo considerando uno de los más importantes de mi vida, dado que por primera vez sentí lo que es la exposición al ridículo, pero también, acaso, el pequeño orgullo de escribir y publicar. Aseguro sin inmodestias inútiles que Saúl me publicó más con criterios altruistas que literarios, pero quizá algo vio en mis conatos de literatura que se animó al fin a colocarlos en un ejemplar de la publicación que coordinaba, un tabloide con ocho páginas en blanco y negro y plasta de color sólo en la primera página.
Así pues, la portada de aquel suplemento anunciaba sus contenidos de la siguiente forma: “Poesía de lo doméstico, de Francisco González León”, “Pintura paisajística de Rafael G. Aguirre”, “Vinculación entre la teoría y la práctica cultural” y “Poemas de Jaime Eduardo Muñoz Vargas”. De esa manera, con el nombre completo al que después se le caería el “Eduardo”, comenzó esto de procurar el hilvanamiento de palabras que todavía no sé para qué sirve exactamente, pero que sin quererlo, poco a poco, se convirtió en una obsesión y luego en una forma de vida para mí.

La ficha biográfica colocada al pie de mis “poemas” es maravillosa, por lo pobrecita que se ve aunque ya quería mostrar que no tenía dientes de leche: “Jaime Eduardo Muñoz Vargas nació el año de 1964 en la ciudad de Gómez Palacio, Durango. Desde hace algunos años vive en Torreón [en esa fecha tenía como ocho años viviendo aquí]. Esta es la primera ocasión en la que publica sus obras. Escribe poesía y cuento. Entre sus autores preferidos están el poeta Pablo Neruda, el poeta y ensayista Octavio Paz y el cuentista Julio Cortázar. Muñoz Vargas estudió la primaria en la escuela Presidente Adolfo López Mateos, de Gómez Palacio; la secundaria en la escuela Ricardo Flores Magón, de Ciudad Lerdo; la preparatoria en la Prefedi, de Torreón. Actualmente cursa el quinto semestre de la carrera de comunicación en el ISCYTAC”. Es increíble la cantidad de información que ofrecen esos pocos renglones, cuánto comunican ahora que ha pasado un cuarto de siglo desde que fueron escritos. En efecto, nací en Gómez, pero prometo que ya no lo vuelvo a hacer; me llamo "Eduardo", nombre que heredé de mi abuelo por el lado materno; era, casi sin necesidad de aclararlo, la primera vez que publicaba; escribía poesía y cuento, géneros con los que empieza cualquier joven; mis autores favoritos eran ésos, aunque lo más cercano a la verdad hubiera sido afirmar que eran los únicos que había leído; y, por último, estudié en todas aquellas escuelas, por eso siempre afirmo que fui un alumno conurbado, casi como un camión Torreón-Gómez-Lerdo.

Exageré un poco cuando dije que Neruda, Paz y Cortázar eran los únicos escritores cuyos libros figuraban en mi estantería. Ya en 1984, a mediados de la carrera, trabé contacto con otros autores, pero se suponía que aquellos tres me subyugaban. Los sigo respetando, por supuesto, pero a ellos se han sumado otros no menos queridos. Por eso, precisamente por eso, creo tanto en el autodidactismo. Yo tuve un maestro, Saúl, que me orientó para llegar a los primeros libros de importancia; lo que siguió fue olfatear la tinta de las obras y los autores que andaban en la misma órbita. Un ejemplo: por consejo magisterial de Saúl leí a Cortázar en 1983, y tras leerlo e investigar un poco sobre él, por lógica llegué a Poe, el inventor del molde cuentístico con el que trabajaba el argentino. Por Cortázar llegué también a Chejov, tal vez el máximo cuentista de la historia, y a Borges, quien de alguna forma fue impulsor de Cortázar e hizo también inmejorables cuentos. De esa manera, gracias a Cortázar pasé a Poe, a Chejov, a Borges, y así, con efecto geométricamente expansivo, de Poe, Chejov y Borges pasé a otros escritores, de suerte que nunca requerí una escuela de Letras para ponerme a la sombra de un amplio domo literario.

Los libros, entonces, son el secreto de este trabajo. Fui un niño tímido que nació en Gómez sin muchas ventajas materiales, sin antecedentes literarios en la familia, sin escuelas de Letras a disposición, sin biblioteca personal, sin nada de eso que en ciertas biografías de escritores son circunstancias recurrentes. No digo nada extraño, pues en Gómez los mocosos de mi edad y de mi entorno sólo teníamos lo que traíamos puesto, los libros de texto, cuatro ladrillos para marcar las porterías y una pelota de hule anaranjado comprada en la juguetería El Gallito. Con esos bienes, los niños de mi generación y de mi cuadra teníamos que abrir los ojos a la vida. Supongo que algunos comenzaron a trabajar muy jóvenes, otros habrán estudiado, muchos ya serán, como yo, padres, e incluso no faltará el que sea abuelo más o menos prematuro. Hacia 1981 u 82, tentaleante en la errancia vocacional, sospeché que me gustaba leer; poco después sospeché que también me gustaba escribir, y más me gustó cuando el 9 de septiembre de 1984 vi mi nombre sobre una hoja de periódico.

Es muy extraño saber ahora que aquello siguió adelante, que seguí escribiendo y publicando con la misma pregunta, hasta hoy, clavada en la cabeza como púa de cardenche: ¿para qué sirve todo esto?

domingo, agosto 02, 2009

Mil rutas



De chiquito aprendí muy bien a ser desorganizado; lo he sido en todo, pero cuando empecé la aventura casi infructuosa de escribir vislumbré, solo y a tientas, que este oficio de tinieblas requería un poco de orden, un mínimo hilo ariadnesco para no extraviar el rumbo en el laberinto de papeles convocados por el trato con las palabras. Así, a los 17 comencé la compra y el acomodo de mis libros; poco después, a los veinte, los primeros borradores de mis malacuchos cuentos quedaron penosamente (lo que significa con vergüenza, no con dificultad) ordenados en cuadernos que sólo yo me atrevo a escudriñar. Recuerdo que emprendí un conato de fichaje bibliográfico, pero casi de inmediato desistí; hice resúmenes de lecturas, acomodé por fechas suplementos y revistas culturales, rotulé carpetas para guardar originales y copias con tachaduras de corrección. Con el paso del tiempo y la llegada de obligaciones adultas, las oportunidades para seguir un orden escasearon y fue entonces cuando el caos se apoderó, por lapsos, de mi silenciosa labor. Incómodo por no tener control, esbocé un plan de autoadministración literaria y cada cierto tiempo ajustaba tuercas, abría carpetas, ordenaba un tanto el feo caos que devoraba mis quehaceres.
La llegada de la computadora me permitió, en 1993, una mejor organización gracias a la virtualidad. Fue un poco más sencillo y, con el paso de los años, considero que he alcanzado experiencia para coordinar sin ningún auxilio externo una vida literario/periodística, la mía. En 2005 recibí de Marcela Moreno la invitación para abrir esta columna que, como muchos espacios de su tipo, amenazaba con dos futuros: durar unas cuantas semanas o sobrevivir un buen rato. Eso forzó la creación de una carpeta especial y un boceto de administración en el que quedara registro, así fuera para mi sola ayuda, del número, el título y la fecha de cada entrega. Nomás por eso sé que hoy, con esta entrega, Ruta Norte llega a mil apariciones. Empezó el 6 de marzo del 2005, y desde entonces ha cumplido sin falla con su frenética periodicidad.
Llegar a mil no es heroico, lo digo con franqueza, pues muchos columnistas hay que despedazan ese número. No es heroico, pero me tranquiliza haber acatado en tiempo y extensión un compromiso de colaboración, y más bajo el entendido de que mi obligación principal está con la celosa literatura. Pues bien, ni con ella ni con el periodismo he quedado tan mal, pues con una mano ha salido la columna y con la otra varias cuartillas de diverso pelaje. En suma, estoy contento, tranquilo, seguro de que siempre puede ser mejor lo que uno entrega, aunque por las prisas inherentes a la frecuencia del periodismo uno escribe lo que puede y como puede, no lo que quiere y como quiere.
Durante los casi cinco años de vida rutanorteña he querido abrirle un espacio al cuidado de la palabra. Por falta de talento, lejos estoy del estilismo, de la exquisitez azorineana o arroeolista, pero en todo momento he sido conciente de que aquí la forma importa tanto como el fondo: los pobres resultados obedecen a mi incapacidad, no a mi desinterés. En este caso, creí desde el principio lo que siempre he creído: que los temas insinúan el tono, que la seriedad, la solemnidad, la frialdad es digna de ciertos asuntos; y la jácara, la parodia, el jugueteo, de otros. Tal vez no ha sido la mejor decisión, eso no lo sabré nunca con claridad, pero he trabajado conciente de que he escrito tal o cual texto en tal o cual registro con el fin de ofrecer a los lectores una miscelánea de efectos que dependen ora del ritmo sintáctico, ora de la adjetivación, ora de la ironía, ora del arrebato deliberado, ora de una burlona erudición fina o callejera, y ora, por qué no, de cierta picardía que tal vez pudo comunicar al lector mi enamoramiento de las voces coloquiales, esas que acuña la gente con espontánea belleza y que muchas veces no tienen buena acogida en los medios.
En la primera entrega de la columna afirmé lo que reitero en esta especie de profesión de fe: “¿De qué escribir cuando a uno lo invitan a escribir?, esta pregunta es la primera que debe plantearse quien asume la responsabilidad de alimentar una columna. Como así es, escribo en esta primera entrega de Ruta Norte que escribiré sobre libros y escritores, sobre medios de comunicación, sobre arte y política, sobre asuntos misceláneos con algún discreto tinte antropológico. No quiero, sin embargo, pecar de solemnidad, incurrir en el soliloquio bostezante, sino aprovechar el espacio que generosamente me convida La Opinión para campechanear ideas con el tono oscilatorio del —me atrevo a denominarlo así— ‘periodismo lúdico’, un periodismo que sin renunciar a su responsabilidad social y política, a su gesto militante, atreve en todo momento el chispazo desenfadado y festivo, satírico a veces, que le dé al lector la posibilidad de encontrar amable lo sacralizado y serio lo mordaz”. Tengo la impresión de que, con altibajos o momentos de cierta fatiga, he cumplido con el propósito expresado en aquella ruta inaugural.
La llegada a estas mil rutas coincide con un aniversario que guardo, hasta hoy, con íntimo orgullo: el 9 de septiembre de 1984 publiqué por primera vez; fue en La Opinión Cultural, suplemento que coordinaba Saúl Rosales. Han pasado entonces 25 años de publicar, un lapso ya razonable para pensar que entre la literatura y el periodismo se fue la mejor etapa de mi vida. No creo ahora que haya sido una mala decisión elegir esto, más si consideramos que todo partió nebulosamente, sin un programa preciso ni un estímulo exterior que afianzara o empujara lo que conocemos como “vocación”, si es que alguna tengo. Por ello, he pensado en un proyecto viable gracias al poderío del internet: trepar las mil columnas, y su lista, al blog de Ruta Norte y, en lo que queda del semestre, presentar mis libros pendientes (Leyenda Morgan y Parábola del moribundo) en La Laguna, México, Saltillo, Durango y en algún lugar de España que estoy por confirmar.
Como se podrá adivinar, tengo una selecta lista de acreedores intelectuales: Saúl Rosales, Gilberto Prado, Gerardo García, Sergio Antonio Corona, David Lagmanovich y Juan Pablo Neyret. De ellos he aprendido el amor a las letras y al conocimiento, la fe en leer y en teclear. Hoy, a casi 25 años de escritura y en esta Ruta Norte mil, les doy las gracias a ellos, a mis amigos y a los lectores que han tenido a mal asomarse a estos renglones. Como son pocos, ya habrá tiempo de saludar de mano a cada uno.

jueves, mayo 07, 2009

Saúl Rosales editor



Hace un par de semanas Saúl Rosales ofreció una extraordinaria conferencia en la galería del Icocult Laguna. Trató sobre el boom, y hubo lleno. El abordaje que hizo fue sencillo: nos habló del movimiento literario en el que solemos agrupar, entre otros, a Vargas Llosa, a Cortázar, a García Márquez y a Fuentes, pero no con datos fríos, de libro, sino como parte de su vivencia como trabajador asalariado, como lector y como aprendiz de escritor. Los asistentes vimos pues, tras las palabras de Saúl, al joven lagunero que en la capital lidiaba con la supervivencia y al mismo tiempo comenzaba a leer, durante la década de los sesenta, suplementos, revistas y libros que en aquel momento sólo hablaban del vigor alcanzado por las letras latinoamericanas gracias al trabajo de algunos jóvenes novelistas. Fue, en suma, una conferencia amena, emotiva e inteligente.
Frente al público se me ocurrió decir que las doce cuartillas preparadas por Saúl merecían un foro periodístico, un lugar en el que otros lectores pudieran acercarse a ellas. Por el momento, señalé, en La Laguna no hay un espacio de papel que pueda acoger un texto tan largo, así que ofrecí mi blog; como se sabe, estos espacios no tienen límite para albergar textualidad digital. Saúl prometió darme el texto, y en su espera estoy. Cuando lo tenga, aquí avisaré sobre la dirección internética en la que podremos leerlo.
Avisaré, entonces, tanto como ahora aviso que Saúl me ha enviado su colaboración más reciente para Acequias, la revista de la UIA Laguna. Es aquella que trata sobre la edición en nuestra comarca y en la que también fui invitado a colaborar. Publico aquí el artículo completo. No olvido recordar, sin embargo, que su mejor versión es la que ofrece la revista en soporte de papel. Podemos pedirla en acequias@lag.uia.mx, o al teléfono 7051010, extensión 1135, con Édgar Salinas y/o Julio César Félix. Mientras, lo que opina Saúl sobre su vinculación con el trabajo editorial:

Edición corregida y no aumentada

Saúl Rosales

Haber empezado mi vida “adulta” en una imprenta determinó que ahora esté aquí tirando a la carrera líneas acerca del trabajo editorial. La imprenta es el mago que saca de su chistera una publicación que sale como la paloma a volar por el mundo. De la imprenta también puede salir un viejo tipógrafo a destilar ideas sobre el trabajo editorial y el de los editores. Aclaremos: el trabajo del editor es muy variado, tanto que a veces se confunde y se funde con el del impresor y aun con el del que invierte millones en una empresa de publicaciones. Por eso hasta se encuentran escritores que le dicen “editor” al impresor. Concluyamos algo: es editor alguien que posee una rica empresa editorial, pero también es editor quien para ganarse un salario prepara materiales que se convertirán en las publicaciones que salen a volar por el mundo como las palomas.
Para este lugar, definamos al editor como la persona que prepara (bien) materiales destinados a la publicación impresa. Se vuelve necesaria esta precisión porque sin el más pequeño interés en parecer racionales, los anunciantes que trasmiten sus mensajes por todos los medios de comunicación así como sus patrones hablan ahora de tal edición de tangas, de la equis edición del Oscar, de la edición para este año del automóvil fulano, de la edición de tal programa de televisión o radio cuando se refieren a una emisión. Sin embargo, la edición por antonomasia es la de publicaciones impresas.
Hablemos, pues, del editor que vende sus capacidades, no del que las compra, es decir, hablemos del que hace que los medios de producción saquen palomas, no del propietario de los medios de producción. Ese editor que vende sus capacidades para que por medios ajenos el mundo disponga de publicaciones que degustar y consumir, por necesidad impuesta o por placer seleccionado, pudo haber encontrado que sus conocimientos y habilidades de tipógrafo lo llevaban por un camino más o menos desbrozado y que al seguirlo aprendía más sobre el trabajo editorial. Aprendía, por ejemplo, cómo se producen en la imprenta libros, periódicos y revistas. Es mi caso.
Con el saber de tipógrafo que empecé a acumular en las imprentas de Torreón llegué al onceavo piso de la rectoría de la UNAM a editar de manera rudimentaria un compendio diario de noticias que volaba muy temprano a las altas oficinas de la Ciudad Universitaria. Encabezaba el grupo que producía la publicación con un impresor y cuatro seleccionadores de textos. Los materiales básicos eran matrices de papel especial que salían de la copiadora Xerox listas para ser montadas en una impresora offset Multilith para tamaño oficio y carta.
La misma labor de editor de noticias fotocopiadas me hizo volar a la SEP y allí mismo se amplió cuando el empleo me convirtió en editor de una colección de libros de propaganda oficial y de una revista también oficial de gris nombre oficial: Revista SEP. Para conservar un empleo como este de editor debe uno ser muy cuidadoso, lo que significa llevarse bien con la gramática y con la estética, tener conciencia de lo que son los contenidos que maneja y su presentación visual, cuidarse de los errores propios y cuidarse de los de otros. Lo bien hecho es imperceptible, lo malo es escandaloso. Un gazapo salta como fuego de artificio, la pulcritud se desliza semejante a la noche. La militancia política proletaria paralelamente me elevó a editor de la revista Insurgencia Popular. Por otros rumbos, las urgencias de un salario me llevaron a editar la revista Logos, de filosofía, publicada por la Universidad La Salle. (Allí leí, aún sin conocerlo, a mi amigo Mauricio Beuchot, a quien muchos años después conocí en Torreón. Escribía con frecuencia sobre los temas propios de la revista y todavía conservo algún ejemplar donde trató filosofía del lenguaje.)
El trote por las imprentas y la procuración de la calidad enriquecieron mi capacidad laboral de editor. Así dotado por la vida proletaria aterricé en Torreón y luego de pasar de ignoto editor de La Opinión de la Tarde ascendí a editor del suplemento dominical llamado Opinión Cultural. Hasta no hace mucho (supongo que todavía), el visionario Jaime Muñoz podía presumir su colección.
Como docente de periodismo en la institución que ahora es Universidad La Salle edité con un equipo de alumnos la página “Presencia / Enlace Universitario”, en El Siglo de Torreón. Salía cada domingo para cumplir las funciones que su cabezal pregonaba. También en el campo universitario me encargué de la edición de El Juglar, periódico mensual del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón. (Aquí otra salida del tema: en cada lugar que me acomodaba procuraba que aparecieran no sólo publicaciones, sino también concursos literarios. Quien revise mi biografía notará esa coincidencia.) Allí mismo en la UAC procuré (edité parcialmente) un libro de cuentos y uno de poesía. Este segundo lo concluyó Jaime Muñoz.
Para que se encargara de la impresión mi amigo Rogelio Villarreal, edité un par de libros fundacionales de una etapa importante de la literatura lagunera: Botella al mar. Crestomatía narrativa y Comarca de soles. Poesía de Botella al Mar. Seguramente Jaime Muñoz preferiría que ambos títulos se hubieran quedado en los abundantes hoyos negros de mi memoria pero para mí, a pesar de mi parcela vergonzante, son entrañables.
Cuando llegué a ganarme las quincenas en las oficinas del Teatro Martínez, en la comarca bullía una estimulante atmósfera literaria. Le comenté a la directora Sonia Salum que ya se podría sostener en la región una empresa editorial. Infaustas y gratas circunstancias parieron poco después la colección Cuesta de la Fortuna en cuya edición no participé. Sí me encargué luego de la edición de varios títulos que auspiciaron instituciones oficiales y privadas nucleadas por el TIM, ya dirigido por Márgara Garza. Crearon programas culturales conjuntos, en los cuales se consideró como tarea muy importante la publicación de libros. Con Márgara Garza en la Dirección del TIM fundamos la revista literaria Estepa del Nazas, cuya edición sigue a mi cargo.
Para ese tiempo se publicaba (y por necesidad se editaba) como, creo, no había sucedido antes en la comarca lagunera. Se puede decir que era copiosa la producción de libros, sobe todo publicados por instituciones oficiales. Aparecían coediciones en las que entidades privadas y públicas se complementaban y no faltaban las publicaciones de autor salidas de las capacidades de editores maduros o primerizos y de impresores que los suplían.
Se ha ampliado el campo editorial. Aunque se constriñe la producción de libros aparecen revistas y periódicos que ostentan los profusos recursos de las computadoras. Los editores de muchas de estas publicaciones los derrochan hasta producir portadas y páginas que parecen más nauseabundos intestinos que estéticas estampas. La plaga de la tipografía y la edición conocida como “diseñadores gráficos” es dispendiosa y estridente como nuevo rico. El fino trabajo de los editores cercanos a Gutenberg es desplazado por el macarrónico pegote de los “diseñadores gráficos” hijos de la computadora.