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sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

miércoles, junio 08, 2022

Miguel, umbrío por su pena












Fue un amor a primera vista y mal correspondido. Mal correspondido por mí, no por su poesía. Todo partió de un verso. Hacia 1987 u 88 estaba en una reunión con mis amigos del grupo literario Botella al mar, aquel que conformamos, en su base, Saúl Rosales, Gilberto Prado, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y yo. Pablo ocupaba un sillón ubicado a mi derecha y a propósito de cualquier conversación volteó a mi lado y enunció una frase: “Como dijo Miguel Hernández: ‘¡cuánto penar para morirse uno!’”. En aquel lejano entonces yo no sabía quién era el tal Hernández, pero el verso citado por Pablo quedó rebotándome en la cabeza: “¡cuánto penar para morirse uno!”.

Como ocurría (y ocurre hasta la fecha), una de mis costumbres era escuchar con atención a los amigos de literatura que el destino me había puesto al lado y también leer con cuidado las entrevistas a escritores inalcanzables. Lo hacía, y lo hago todavía, por muchas razones, entre ellas por sus referencias a otros escritores y lecturas. Así, cuando Pablo citó el verso de Miguel Hernández anoté en mi mente la obligación de hallar alguno de sus libros. No tardé en encontrar una antología bastante decorosa, casi su obra poética completa si consideramos que no pudo ser muy grande.

También accedí a su semblanza, a su nacimiento en Orihuela, a su amor por Josefina Manresa, a la tragedia que tras la Guerra Civil española segó muy prematuramente su vida. Di con el soneto íntegro: “Umbrío por la pena, casi bruno, / porque la pena tizna cuando estalla, / donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno…”, al que también puso música Serrat.

Pasaron los años, se acumularon las décadas y volví sólo con la memoria a ciertos versos de Hernández. Hace poco, luego de no tenerlo a la mano muchos años, reencontré mi edición argentina y casi destruida de El rayo que no cesa (Buenos Aires, 1942), y pedí a Arturo Robles, amigo encuadernador, que me la restaurara. Ya vuelto a su salud material, releí ese libro y quedé asombrado. ¿Cómo fue posible escribir un libro de tal calibre a los 26 años? No me lo explico: “Tengo estos huesos hechos a las penas / y a las cavilaciones estas sienes: / pena que vas, cavilación que vienes / como el mar de la playa a las arenas”. Sigo sin creerlo. No se puede ser mejor poeta así se viva “Umbrío por la pena, casi bruno”.

sábado, diciembre 26, 2020

Treinta años luego

 












Hace treinta años, en 1990, publiqué mi primer libro individual. La historia de ese racimo de cuentos se remonta a 1980 u 81, años en los que decidí —este verbo hay que leerlo con reserva pues a los 16 años es difícil que uno decida claramente algo— dedicarme a escribir. Estaba en la prepa, era un alumno muy inconstante, tanto que cada semestre reprobaba al menos un par de materias que luego, no sé cómo, lograba salvar en exámenes extraordinarios. Pero mientras mis estudios formales avanzaban a los tumbos y mi vida se desplegaba en la esquina de la cuadra con mis amigotes, en las noches ya leía libros que en nada se relacionaban con las obligaciones. Recuerdo con vaguedad haber leído Los de abajo y Más cornadas da el hambre (de Spota), títulos que llegaron a mis manos gracias a un motivo que hasta la fecha desconozco, pues en mi entorno no había libros. Gracias a esas primeras lecturas y otras no menos azarosas intuí que aquello me gustaba. Fue así como pensé que podía dedicarme a la literatura.

La prepa me torturó, cierto, pero gracias al via crucis supe lo que no quería estudiar. En los cinco primeros semestres sufrí mucho, reprobé once materias, fui un pésimo alumno, casi (o sin casi) un burro, pero en el sexto semestre, cuando los estudiantes podíamos optar por la rama de humanidades y llevar sólo materias de esta índole, destaqué y casi alcancé el diez de promedio. Lo mío, si es que alguna vez hubo algo “mío” en el rubro educativo, eran las materias humanísticas. Recuerdo el gran placer que me produjo la clase de Etimologías grecolatinas, o lo mucho que disfruté Historia de México y Derecho. Fui feliz en el último semestre de la prepa, así que cuando derivé en la carrera de Comunicación, que en el Iscytac contaba con muchas materias de literatura en su programa, mi desempeño fue el de un muy buen alumno, un alumno con promedio siempre arriba del nueve.

A mediados de la carrera, es decir, hacia 1984, ya había escrito algunos textos de autoconsumo. Eran “poemas” (las comillas son imprescindibles en este caso) y “cuentos” (ídem) de cuyo contenido no quiero acordarme, aunque más que su contenido, era su forma, su ejecución, lo que delataba mi verdor de aquellos años. Gracias a Saúl Rosales, quien era mi maestro de literatura en el Iscytac, en 1984 publiqué algunos poemas y un par de cuentos en el suplemento cultural de La Opinión, lo que de cierta manera sirvió para que me creyera “escritor” y así tener derecho a figurar en el grupo literario Botella al Mar formado por el mismo Saúl (como quarterback), Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas y varios amigos más que con el tiempo se sumaron al empeño de escribir en serio. Fue allí, en el seno de aquel grupo, donde obtuve mayor información sobre los secretos del cuento como género literario y donde compartí mis relatos más logrados. Nunca me sentí particularmente hecho, seguro de mi trabajo. Al contrario: la sombra de la insatisfacción jamás dejó de amagarme, y la terca no se ha ido.

Poco a poco, cayendo y levantando, como dice la canción, escribí los diez cuentos que constituyen El augurio de la lumbre. Con él gané un premio nacional de narrativa joven en 1989 y fue publicado por Felipe Garrido en 1990. Ya impreso, recuerdo que me arrepentí, pero aunque sea un libro que no me agrada, sé que gracias a él seguí intentando hacer literatura. Hasta hoy, treinta años luego.


martes, mayo 19, 2020

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco




















Hace un cuarto de siglo, en 1996, publiqué esto. Recién habíamos pasado el tercer centenario luctuoso de Sor Juana, yo coordinaba el suplemento cultural La Tolvanera de la revista Brecha, de Torreón, y además de pescar aquí y allá textos ajenos, sobre las rodillas escribía los propios. Se trata entonces de un rescate, de un viejo apunte, y ahora que lo pienso es mejor resucitarlo en lugar de que se quede guardado en arrumbados discos duros. Algo novedoso podrá aportar todavía. Reitero una disculpa por mi prosa de aquella etapa. Le he purgado algunas fealdades, pero ya preveo que el despiojamiento no ha sido suficiente.

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco

En todo quanto escrives, engrandezes
con tu estilo el Idioma Castellano,
pues con frases muy cultas establezes
vn escrivir, y hablar tan cortesano,
que tu sola entre todos resplandezes
quedando de tu ingenio soberano
excedidos en sabias discreciones
los Senecas, Plutarcos, y Platones.
                      Ioseph Zatrilla y Vico

Hace 301 años, en 1695, murió Sor Juana. Los homenajes que bien mereció en 1995 dieron un torrente de publicidad —acaso siempre pobre si consideramos el tamaño mitológico de la jerónima— a su figura. En innumerables artículos, ensayos y reseñas desparramados en revistas y periódicos de México y de otros sitios, una legión de admiradores se puso al servicio de la monja. Los Alatorres, los Buxós, los Fernández, los Garridos, los Quirartes, en la capital, y los Prados, los Garcías Muñoz, los Martínez, los Rosales y otros en La Laguna, dedicaron papel y tinta emocionados a la recordación del tricentenario. Como lo requería, la efemérides también alcanzó la propaganda del cine, del teatro y el estímulo oficial por medio de varias mesas redondas y demás organizados en instituciones de cultura. No sin gusto, leí y publiqué en las páginas quincenales de La Tolvanera algunas aproximaciones al tema sorjuanino. Sin embargo, no escribí una sola línea sobre el asunto. Como en otras tantas ocasiones, el tema rebasaba mis posibilidades de originalidad. ¿Qué decir más o menos novedoso en torno a la autora del Primero Sueño? ¿En dónde hallar un hilo desconocido en el inmenso tapiz que es la obra de la poeta mexicana? ¿Con cuáles herramientas trabajar frente a los instrumentos de precisión empleados por aquellos afamados sorjuanistas? ¿Para qué robar el tiempo del lector con algún comentario ya trabajado por la mano del erudito? ¿Qué no parece suficiente la cordillera levantada, sea un ejemplo, por Octavio Paz? Con esas preguntas uno —tal vez sólo yo— queda paralizado, maniatado sin metáfora. Así dejé pasar el 95, sólo como espectador enfebrecido de cuanta página sobre la escritora novohispana me llegó.
Pero en febrero del 96, a 24 pesos y perdido en una librería de viejo chihuahuense, encontré un libro curioso que, desde el principio, supe me deparaba la emoción de un comentario quizá útil. No un ensayo sobre un asunto del que me sé imperito, pero sí unas cuantas palabras sobre un documento que al menos entiendo poco dado a la publicidad en La Laguna y del cual no he visto alguna alusión en otros libros, hecho que me permite aventurar los renglones que aquí avanzan. Se trata, pues, de una obra casi desconocida y para comenzar a mostrarla traslado su portada original, reveladora en sí misma:
POEMA HEROYCO  /  AL MERECIDO / APLAVSO DEL VNICO / ORACVLO DE / Las Musas, glorioso assombro de los Ingenios, y / célebre Phenix de la Poesía, la esclarecida, y Ve-  /  nerable Señora, Soror / IVANA INES DE LA / CRVZ Religiosa professa en el Monasterio / de San Geronimo de la Imperial / Ciudad de Mexico / DEDICASE / AL EXCELENTISSIMO SEÑOR / Conde de Altamira, Marqués de Almazán y Poza, / &c. Gentilhombre de la Camara del Consejo de / su Magestad, Virrey, y Capitan General de este / Reyno de Cerdeña, y electo Embaxador / de Roma / ESCRIVIÓLE / EL CONDE DE VILLASALTO, / Cavallero del Orden de Alcantara, &c. vezino / de la Ciudad de Caller. / BARCELONA: En Casa Cormellas, por Thomàs / Loriente, Año 1696 / Vendese en casa Balthasar Ferrer Librero.
Las portadas antiguas tenían el discreto encanto de la prolijidad. En ésta, agradecemos a Ioseph Zatrilla y Vico, Conde de Villasalto, la abundancia de pincelazos que bocetan desde la fachada el tema y el tono de su obra. Sor Juana es, sin más rodeos, “el único oráculo de las musas”. Zatrilla y Vico no titubea en una sola de sus líneas, mucho menos en las que darán la cara al lector: la monja nacida en Nueva España es un trofeo de las letras castellanas. Zatrilla y Vico, lejos de cualquier contención admirativa, se desborda apenas iniciado su libro, desde el mismo pórtico y sin esperar siquiera el primer verso. En 1696, hace tres siglos, la jerónima no sólo había atravesado con su obra la muralla erigida por la indiferencia peninsular a la literatura que muchos creadores urdían en las colonias ultramarinas, sino que, además, logró devotos, como Zatrilla, cuya fascinación por la autora rozaba el enceguecimiento. Para sentar testimonio acerca de la fama y el respeto que en lejanos círculos se había ganado la escritora, el Poema Heroyco se eleva a la condición de prueba por su contundente aspiración al monumento: Sor Juana, la musa recordada y admirada y homenajeada con justicia en 1995 sobre todo en México, tenía ya, en Europa, sus adictos hacia 1696, y acaso Ioseph Zatrilla y Vico sea, por la estatua de palabras que dedicó a la monja, el inaugurador de un hábito: el de rendirse ante la obra de la religiosa.
El Poema heroyco al merecido aplavso de Soror Ivana Inés de la Crvz, publicado exactamente hace  tres siglos, es como un torreón de cien firmes hiladas. Al centenar de octavas reales (ocho versos endecasílabos por estrofa y rimados A-B-A-B-A-B-C-C como en el modelo que sirve como epígrafe a este texto) no contiene ningún miedo a la comisión de hipérboles: Sor Juana, o más bien su obra, merecen cien octavas reale  —tambián llamadas octavas rimas o heroicas, dado que, además de rimar con un rígido metro, se utilizaron para componer poemas caballerescos, mitológicos y épicos cultos como La Araucana de Ercilla o El Bernardo de Balbuena— de pura admiración . Parece demasiado lo que Zatrilla y Vico siente por una escritora retirada en la paz de sus desiertos.
Pese a la importancia del merecido aplauso de Zatrilla, la edición fascímile de 1993, preparada y prologada por Aureliano Tapia Méndez, alcanzó apenas los dos mil ejemplares. Contiene, además del poema, un retrato del escritor sardo y su escudo de armas. Esto es curioso: el icono muestra a Zatrilla exactamente bajo la misma pose y circunstancia que guarda Sor Juana en el célebre lienzo de Miranda. Al parecer, era una costumbre de la época, ya que “Además de la similitud en la composición de ambos retratos —señala Tapia— y de la actitud de los dos personajes, advertimos la pluma en la mano derecha y la posición de la mano izquierda; dos tinteros, uno con una pluma dentro; los libreros con tres entrepaños; sobre la mesa de la Fénix, los tres tomos de sus obras poéticas: bajo la mano del Conde, el libro abierto y otro cerrado que lleva en el lomo parte del título de sus obras ‘Engaños y Desengaños del profano amor...’ (...) Por último son muy semejantes los cortinajes y la borla colgante en ellos.”
Poco conocido, José Zatrilla y Vico, Dedoni y Manca (Cáller —Cagliari—, Cerdeña, 1648-¿?) fue un novelista de la literatura sardo-hispánica del siglo XVII. Dado que Cerdeña perteneció al reino aragonés-catalán (lo mismo que Nápoles y Sicilia), el castellano cundió en aquella isla y sirvió como instrumento para el quehacer intelectual de Zatrilla, novelista cuya celebridad, aunque mínima, se apoya en sus Engaños y desengaños del profano amor, historia ubicada en Toledo que describe los enredos amorosos entre el duque Federico y la casquivana doña Elvira. Cien por ciento moralizante, esta obra, según su autor, intenta “reprehender el vicio” con unas “razones muy christianas” ya que “Rara es la mujer que no haga tal vanidad de su hermosura, que por ella no atropella gran parte de su modestia, dando lugar a que la festejen y celebren por singular, y de aquí se sigue su resvalo, mostrándose agradecida en ofensa de su honor”. Como soldado de la verdadera fe, Zatrilla aprovecha los Engaños... para defender, de paso, su credo y fustigar a los luteranos, dedica su obra a Carlos II y pide que “nuestro Señor guarde la Catholica y Real persona de V.M. para asombro y terror de los infieles, y gloriosa exaltación de nuestra santa fe, como la Christiandad ha menester”. Por su parte, la descomunal Enciclopedia Vniversal Ilustrada Evropeo Americana (Espasa-Calpe, Madrid, 1991, p. 1126, tomo 70), apenas entrega una lacónica biografía: “Escritor español del siglo XVII, n. en Córcega, al que se debe: Engaños y desengaños del profano amor, deducidos de la amorosa historia que á este intento se describe del duque don Federico de Toledo (Nápoles, 1687-88; Barcelona, 1737 y 1756), y Poema Heroyco (Barcelona, 1696)”. Es todo; la minificha, aparte de arrojar poca luz sobre la vida de Zatrilla, yerra de isla: no es Córcega, sino Cerdeña como ya se vio, la patria original del autor sardo-español.
Aún inéditos, existen algunos manuscritos de Zatrilla conservados en la Biblioteca de la Universidad de Cerdeña; sólo Engaños... y el Poema Heroyco han alcanzado el favor de las prensas. Este último libro, como dije, cumple 300 años y es, casi seguro, el primer gran homenaje de este tipo dirigido a la figura de Sor Juana, y claro que Zatrilla labró sus endecasílabos sin saber que su personaje estaba a punto de morir o había muerto recién. El tema dorsal que yergue a cada octava heroica es la exaltación de la inteligencia usada por la monja para tejer toda su obra en prosa y en verso. Zatrilla —con puntual examen— advierte que Sor Juana aspiró a la universalidad del conocimiento y, para asombro de sus lectores, lo logró en un mundo dominado, sobre todo en el terreno intelectual, por varones. El Poema Heroyco, entonces, apunta hacia el dibujo de una personalidad, la de Sor Juana, con plurales intereses que, habida cuenta de su talento y su condición de mujer, consiguió lo que unos cuantos: mostrarse íntegramente dueña de variados saberes y ducha como pocos(as) para la creación en los géneros de moda: poesía, teatro y prosa expositiva.
La edición príncipe, de la cual se sospecha sólo existe un ejemplar, es propiedad de The Hispanic Society of America, de Nueva York, y está catalogada por esa agrupación entre sus Manuscripts and Rare Books. Mide el libro 20.5 por 15 cms. Según consigna el prologuista y editor, Zatrilla conocía, dada la rápida comunicación entre España y sus colonias, algunas obras de la monja como la Inundación Castálida (Madrid, 1689)  y el Segundo volumen de las Obras de Soror Juana Inés de la Cruz (Sevilla, 1692). Pero si nos atenemos a la bibliografía listada por Anita Arroyo, es muy probable que Zatrilla haya conocido, también, Poemas de la Unica Poetisa Americana, musa dézima, Soror Juana Inés de la Cruz..., religiosa professa del Monasterio de San Gerónimo, de la imperial ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios assumptos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración (Madrid, impresa por García Infanzón en 1690) y el Segundo tomo de las Obras en la edición barcelonesa de 1693 impresa por Joseph Llopis “y a su costa”. Esto es un hecho: el escritor sardo había leído muy bien, aunque parcialmente, a la escritora  mexicana (¿por qué no decirle así, mexicana, si todos sabían que radicaba en “la imperial ciudad de México” ?) y por eso le esculpe su Poema Heroyco. A él le cabe la gloria de ser el primer gran devoto no americano de la monja y esa admiración generó cien octavas reales de rendido amor.
La herramientas retóricas de las que más se vale Zatrilla para levantar su elogio son la acumulación y el símil. Desde su arranque hasta el final, el autor va añadiendo partes homogéneas al poema como quien agrega ladrillos a cualquier edificación. El Conde de Villasalto escribe con un orden que denota, claramente, una preconcepción escrupulosa; así, por ejemplo, en varias octavas el último verso concluye con una enumeración y cada una de sus partes fungirá después como idea base de las siguientes octavas. En otros casos, el poeta alude en una estrofa a cierto grupo (“Las Musas”, por ejemplo) y en las estrofas venideras cada parte de ese grupo (cada musa) será comparada con Sor Juana de acuerdo al área del arte de que trate (teatro, historia, música, etcétera). El resultado ya podemos imaginarlo: un monumento de admiración a las discreciones, la agudeza y el ingenio de la escritora, un poema que se abisma en la gozosa comparación de las más grandes mujeres —y a veces de los más grandes hombres— con la mexicana. Cualquier lector notará, es cierto, que los versos de Zatrilla apelan, también, al uso frecuentísimo de la hipérbole. De hecho, el poema, si lo vemos como un todo, es una apretada hipérbole que se endereza a la gracia de Sor Juana. Así como Ercilla construyó La Araucana (esa cascada de octavas heroicas) para reconocer el coraje de los guerreros que sirvieron al cacique Colocolo, el Conde de Villasalto arma sus cien octavas para elogiar a la jerónima sin ahorro de imágenes que pueden aparecer al lector actual como sobreponderaciones. ¿Acaso Sor Juana superó de veras a Séneca, Plutarco y Platón? Claro que este no es el punto de la discusión; lo que Zatrilla y Vico quiso significar es que en Sor Juana se conjugaron virtudes literarias y filosóficas de diferente cuño, virtudes cuya diversidad la convirtieron en un personaje rarísimo no sólo de su tiempo, sino del pasado y del futuro. Vico parece preguntarse esto durante todo su recorrido: ¿cómo una mujer puede ser tan lúcida, cómo pudo Nueva España producir un fruto de tan alta calidad? Ya que no hay respuestas a este misterio, el Conde hace acopio de todos sus aplausos y se los encamina a la mujer que lo ha flechado con sus discreciones. Para él, Sor Juana es dechado de universalidad, ya que casi ningún área del conocimiento la arredró y, al contrario, en cada género y en cada disciplina mostró sus hechuras en un tiempo y en una sociedad no muy propicios para que la mujer alcanzara reconocimiento intelectual. Por todo eso, Zatrilla abulta su poema de lisonjas. Para lograr su propósito, y como buen lector del barroco, no desdeña el arsenal culterano de ninphas, musas, famas y demás seres fabulosos. Así, el autor del Poema Heroyco trabaja con los instrumentos de la “culterana hispanoparla” para levantar su estatua a la summa de discreción que fue Sor Juana para él.

sábado, enero 26, 2019

Lunas de Arcelia Ayup














Como cualquier género literario, el cuento puede ser practicado de manera intuitiva, guiado sólo por el olfato, por la inercia humana de recurrir al arte narrativo para contar historias breves. Esto es legítimo, por supuesto, pero dado que el cuento —también como los demás géneros— es una especie de mecanismo, resulta mejor articulado cuando supone un conocimiento previo del engranaje que orienta el desarrollo de las peripecias. Así sea sencilla, la técnica del cuento servirá para que los lectores obtengan lo mejor de cada historia, sin desviaciones innecesarias que diluyan el “efecto unitario” que es, a final de todo, el más alto propósito al que debe aspirar el hacedor de cuentos.
Arcelia Ayup, comunicóloga y autora principalmente de libros sobre gastronomía y cultura, ha escrito y publicado Escondrijos de luna,* su primer libro de cuentos, como parte del aprendizaje obtenido en la maestría en creación literaria impartida en la Casa Lamm de la Ciudad de México. El resultado son trece cuentos en los que se despliegan microuniversos emotivos y personajes dignos de recuerdo. Es en estos casos, como dije al principio, donde se puede notar si el autor o la autora redondearon el conocimiento de la técnica del cuento para urdir relatos eficaces o insatisfactorios.
Escondrijos de luna (UAdeC, Saltillo, 2018, 116 pp.) muestra que Arcelia Ayup ha imaginado cada cuento para convidarnos trozos de experiencia trasmutados en literatura. Su voluntad de estilo es permanente y da con imágenes nutridas de poesía. Asimismo, la diversidad temática del libro permite que accedamos a espacios y personajes misceláneos. Las piezas, por ello, exploran lo mismo barriadas que ámbitos de clase media, esto acompañado de un tono discursivo que no desdeña ciertas asperezas del habla cotidiana.
Los libros de cuentos tienen siempre la peculiaridad de abrirnos la puerta a una especie de selección, así que en Escondrijos de luna yo también puedo intentarla. Me gustan mucho varios de sus relatos, muy destacadamente “El no cuento”, obra en la que se trabaja metaliterariamente con el acto de imaginar y escribir; igual me gusta “Las hojas de otoño”, cuyo dramatismo alcanza un registro desgarrador, y por supuesto “Luna”, texto que resume la violencia de otras piezas contenidas en el primer y bienvenido libro de cuentos de Arcelia Ayup.
Dije ya que los cuentos oscilan en dos espacios: los populares y los de, por llamarlos de algún modo, clase media. Debo precisar que es en los primeros en los que se hace mayor énfasis, de suerte que la mayor parte de los relatos arracimados en Escondrijos de luna transcurren en ambientes en los que la brutalidad de la vida es motivada por factores estrechamente vinculados con la pobreza, esa precariedad que con frecuencia lima la sensibilidad hasta —a veces— desaparecerla. Ahora bien, en esos entornos también es posible el heroísmo invisible de los que nada tienen y sin embargo se imponen a la contracorriente, como ocurre muy notablemente en el cuento “Luna”.
En resumen, este primer libro de cuentos de Arcelia Ayup Silveti me deja la buena impresión de encontrar a una narradora con impulso poético en las venas y deseo de no atravesar por la literatura como quien hace un paseo cómodo. Las historias de Escondrijos de luna nos llevan a convivir con el dolor, con la pena, acaso el rasgo más sobresaliente, por desgracia, de la vida humana tal y como se despliega en sociedades como la nuestra, ceñidas al egoísmo y la ruindad, muy poco o nada solidarias con el otro. La literatura también puede evidenciar eso.

Comarca Lagunera, 25, enero y 2019

*Texto leído en la presentación de Escondrijos de luna celebrada en la Infoteca de la UAdeC, Torreón, el 25 de enero de 2019. Participamos, como comentaristas, Gilberto Prado Galán, la autora y yo.

miércoles, diciembre 29, 2010

Geografía de Jorge Valdés Díaz-Vélez



Sin advertirlo, de un modo casi natural, en 2010 he procedido cuatro veces como arqueólogo de nuestra literatura. Lo hice en una mesa sobre Paco Amparán, al desempolvar dos entrevistas de su juventud y La luna y otros testigos, su primer libro de cuentos; lo hice con Gilberto Prado, al exhumar la historia de su Exhumación de la imagen; lo hice hace poco con Saúl Rosales, al recordar sus Vestigios de Eros. Ahora, más o menos de la misma forma, rescato una lejana publicación de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez.
Ocurrió el domingo 9 de febrero de 1986, hace casi 25 años. Coordinado por Saúl Rosales, el suplemento cultural de La Opinión no podía ser llenado cada semana con colaboraciones locales e inéditas, así que su encargado hizo lo mejor que podía hacerse en esa circunstancia todavía distante del internet: tomar textos de escritores importantes y difundirlos para el conocimiento y el goce del respetable todavía un poco adormilado. Aquel domingo, los laguneros amanecimos pues con un tabloide de lujo (insisto: de lujo si pensamos que para entonces no había nada semejante en el periodismo local): Saúl recordó los aniversarios luctuosos de Cortázar (dos años) y de Sergei Eisenstein (38 años); lo hizo, en el caso del argentino, con el cuento “Queremos tanto a Glenda”, el poema “Una carta de amor” y el ensayito “Del sentimiento de lo fantástico”; en el caso del cineasta ruso, leímos el texto “México en la memoria de Einsestein”, fragmento del libro de memorias que por entonces preparaba Siglo XXI. De las ocho páginas, las centrales fueron para un escritor lagunero que acaso publicaba por primera vez en serio entre nosotros: era Jorge Valdés Díaz-Vélez.
El editor tuvo la cortesía de ofrecer una ficha biográfica para ubicar al joven escritor ante sus paisanos: “Jorge Valdés Díaz-Vélez obtuvo con una colección de poemas a la que pertenecen estos, el premio Plural 1985, de poesía; Jorge Valdés estudió en el colegio Cervantes y en la escuela Carlos Pereyra de Torreón. Es licenciado en psicología. Actualmente es agregado cultural de la embajada mexicana en Cuba. Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Plural, El Caimán Barbudo y La Parda Grulla. En 1984 recibió mención en poesía del mismo premio, con el poemario Voz temporal que será publicado próximamente en La Habana. Los poemas aquí reproducidos fueron tomados de Plural No. 172, enero de 1986”.
Por lo que se ve, en ese momento Valdés Díaz-Vélez no tenía libros publicados. Un cuarto de siglo después, la ficha actualizada del mismo escritor sería aproximadamente ésta: Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.
Ahora bien, ¿qué publicó aquel suplemento? En las dos páginas del tabloide cupieron ocho poemas, seis fotogramas de ¡Qué viva México! de Eisenstein y una foto del autor, además de la ficha ya citada. Si pensamos que Tiempo fuera (1988-2005) (UNAM, 2007) es el título antológico más importante de este autor, se puede afirmar entonces que de los poemas publicados en La Opinión hacia el 86 han sobrevivido dos en el libro de la Universidad: “Cardenche” y “Contra el paisaje”. En ambos casos, los poemas acusan leves modificaciones: dos o tres versos son encabalgados de manera distinta, se añade un par de palabras, se “bajan” algunas mayúsculas y se elimina un adjetivo. Esos escasos retoques permiten apreciar que en general el autor de cincuenta y pocos años está conforme con el trabajo del poeta que fue a los veititantos. En esos dos poemas apenas hay un tenue acercamiento correctivo, una especie de palmada en la espalda de aquel joven que ya hacía bien su trabajo y sólo necesita un leve enderezamiento.
En esos poemas iniciales se nota ya lo que reaparece con fijeza de petroglifo en la obra ulterior de Valdés Díaz-Vélez. Es la suya una poesía tercamente sensorial en la que, creo, reina la captación de dos sentidos: el visual y el táctil. Ya desde sus prometedores comienzos, el poeta lagunero ve con asombro los colores del mundo, los paisajes, la maravilla de los horizontes. Su percepción paisajística, empero, no es cuadro de Velasco en palabras, sino pretexto para dialogar consigo mismo, atajo hacia la introspección (“Casi nocturno): “Entre los pinos y el mar / elijo un pensamiento”. En los seis poemas del conjunto publicados por Plural y luego retomados en La Opinión, Valdés Díaz-Vélez se coloca pues como vigía, como explorador de territorios íntimos (“Trayecto de la permanencia”): “Desde el puente, mi voz resuena en ecos. / Los muertos de mi casa esperan / la señal de un faro, al borde de mi mesa”. O (“Cantos del alba”): “Mira la aurora / reptar sobre la teja / similar al ocaso que anticipa”.
Por otro lado, no parece casual que las manos, los dedos, la piel, los párpados y sus afines (el cuerpo en suma) aparezcan en los seis poemas inaugurales de Jorge Valdés; también aquí, como en el caso de la visión paisajística, la posibilidad de tocar es más bien una posibilidad de conocer, de conocerse. De hecho, es muy frecuente en estos poemas la derivación de las metáforas hacia imágenes geográficas o paisajísticas de lo íntimo (“Aguas territoriales”): “Desembarco en el sur de tu garganta / oceánico lindero del espacio”. O en “Cenit”: “Idéntica a mi mano. / La luz traza un vientre de heliotropos / y absorbe convertida en luz, ceniza blanca / donde oficia su pulso entre humedades / la repetición del mar al mediodía”.
La presencia de Jorge Valdés Díaz-Vélez en La Laguna ha sido esporádica debido a su trabajo en el Servicio Exterior de nuestro país. Lamentablemente no hemos sido justos con él, con su trabajo literario y profesional, sin duda un ejemplo para todos, sobre todo para los jóvenes con deseos de roce literario foráneo. Los poemas publicados por Saúl en 1986, alguna presentación de cuerpo presente en el Museo Regional, el diálogo con Gilberto Prado y alguna triste columnita mía han sido los únicos conatos de reconocimiento. Es momento de hacerle justicia, de difundir su trabajo entre los suyos, es decir, entre nosotros. Que sirva esta mesa para comenzar el aplauso que le adeudamos.
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Comarca Lagunera, 28, diciembre y 2010

domingo, octubre 03, 2010

Exhumación de un poemario



Hace un par de meses recibí un mail del escritor Armando Oviedo; me pedía una colaboración para un número especial de Arteletra, revista de literatura que dedicaría todas sus páginas a reflexionar sobre la vida y la obra de Gilberto Prado Galán a propósito de su cincuenta aniversario. La idea era armar la publicación sin decir nada al homenajeado y por sorpresa entregarle los ejemplares en la cena de su cumpleaños, lo que ocurrió el pasado lunes 20 de septiembre en el DF. Allí estuve, acompañado a Gilberto y sumado a la festiva nómina de colaboradores —Alejandro González Acosta, Ignacio Trejo Fuentes, Jorge Valdés Díaz Vélez, Joseba Buj, Javier Prado, entre otros— que elogian su trayectoria literaria. El texto que preparé lleva como título completo (el PDF con toda la revista puede ser solicitado a mi mail: rutanortelaguna@yahoo.com.mx):

Exhumación de un poemario:
el primero libro de Gilberto Prado Galán

Jaime Muñoz Vargas

Conozco a Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 20 de septiembre de 1960) desde agosto de 1982. Recuerdo el mes y hasta el día, un 9, porque en aquel momento entré al primer semestre de la carrera de comunicación en el ya extinto Instituto Superior de Ciencia y Tecnología A.C., mejor conocido como Iscytac. Aunque físicamente no lo parecía, ese instituto tenía rango de universidad y ofrecía cinco carreras a toda la Comarca Lagunera: diseño gráfico, arquitectura, ingeniería civil, psicología y comunicación; su campus (por llamarlo de algún modo) estaba en la colonia Bellavista, de Gómez Palacio, al lado del lasallista Instituto Francés de La Laguna. Gilberto estaba en séptimo semestre de psicología cuando comencé a estudiar mi licenciatura, pero como la infraestructura de la escuela era notablemente modesta todos nos topábamos con todos. En aquellos días vi pues, sin tratarlo todavía, a Gilberto. No fue difícil ubicarlo ya que en su salón sólo él y otro compañero se sumaban a un grupo mayoritario de mujeres. En los pasillos del Iscytac, en su austera cafetería, en sus escasas bancas de descanso, Gilberto aparecía muchas veces acompañado por Jorge Rodríguez Pardo, su único condiscípulo.
La apariencia del Gilberto estudiante era muy simple y se mantiene igual hasta la fecha: camisa de vestir de manga larga, pantalón de mezclilla sin cinturón y zapatos negros. Lucía entonces una mata abundante de pelo crespo, look que podría seguir usando pues jamás ha perdido ni perderá población capilar. No tenía coche, viajaba en los feos camiones urbanos de La Laguna y a todos lados cargaba con un libro. En nuestras feroces temporadas de calorón, la clara tez del poeta enrojecía como si fuera la de un nórdico.
Creo que pasó un año antes de que trabáramos alguna conversación. En mi segundo semestre —y octavo de Gilberto— varios jóvenes alumnos habíamos aprovechado la oportunidad de publicar en el suplemento cultural del periódico La Opinión gracias a que Saúl Rosales, maestro del Iscytac, era editor de aquellas páginas. Cada cual por su cuenta, Gilberto y yo nos acercamos a Rosales y le ofrecimos textos. Él poesía y breves ensayos; yo mis primeros rounds de sombra con el cuento y algo de poesía hoy sonrojante. Poco después, otra vez cada cual por su cuenta, le dijimos a Rosales que si formábamos una especie de taller literario. Fue así como en 1984, convocados por el asediado Saúl Rosales, celebramos la primera reunión del grupo que denominamos Botella al mar; esa primera sesión, y muchas otras ulteriores, ocurrió en la casa de Enrique Lomas Urista, en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, de Torreón. Asistimos los que formaríamos la base del grupo: Saúl, Gilberto, Enrique y yo. Luego se sumaría Pablo Arredondo, de suerte que el Botella al mar tuvo en esencia cinco miembros fijos y un cuantioso número de fugaces transeúntes.
Creo que la madurez literaria de Gilberto fue evidente para todos. Si no, lo fue muchísimo para mí. Yo había leído sus primeros poemas y acercamientos críticos en las páginas de La Opinión, y me bastó escucharlo en las sesiones del taller para considerarlo el más dotado escritor de nuestra generación y de nuestro entorno. Gilberto escribía bien, demasiado bien, desde que comenzó a publicar. Sus poemas eran algo herméticos para los lectores de a pie, pero de inmediato se notaba que detrás de los versos se agazapaba un joven con genio. Cada poema irradiaba riqueza metafórica, música, hondura reflexiva y una cierta entonación que hacía pensar en un artífice cargado de experiencia intelectual, de lecturas. Y sí, Gilberto era a sus 22 o 23 años un escritor que había leído poesía —a López Velarde, a Cuesta, a Villaurrutia, a Paz, a Gorostiza, a Neruda, a los clásicos del Siglo de Oro y muchos más— y a eso sumaba un océano de obras filosóficas: Aristóteles, Platón, San Agustín, Kant, Hegel, Descartes, Kikergaard, Unamuno, Ortega, Wittgenstein, y por sus estudios profesionales a Freud, Skinner, Reich, Sacher-Masoch. Gilberto tenía dos capacidades envidiables para los que habíamos decidido vivir de y con las palabras: leía como loco y lo memorizaba todo. En efecto, era una bodega de información, de citas, de referencias, todas precisas y muchas veces apabullantemente textuales, como si las hubiera grabado en una computadora. En la bodega almacenaba la materia prima que combinaba con su labor de fábrica: poemas y poemas, largos y bellos poemas además de sesudos asedios ensayísticos salían de su Remington y a varios nos dejaba boquiabiertos. Rarísimo pues era aquel Gilberto: en las reuniones del Botella al mar, entre cerveza y ginebra, reía, bromeaba, jugaba con las palabras, colocaba apodos, hacía excelentes imitaciones, lanzaba sarcasmos, citaba canciones de ídolos populacheros y al mismo tiempo mostraba textos de una precocidad que jamás he vuelto ver. Fue por ello, para mí, el paradigma de escritor dotado, un ejemplo de lo que era combinar la soltura y el humor en el trato oral con la belleza y la densidad intelectual de la palabra escrita. La mixtura de gracia e inteligencia se notaba en las reuniones; junto a un poema perfecto ofrecido a la ponderación de sus compañeros, Gilberto instalaba, en la charla espontánea, juegos de palabras que también trasudaban una malicia endiablada. Recuerdo algunos de sus malabares burlones: alguien dijo que la horrible música de órgano Yamaha a veces servía para amenizar bodas y que el máximo usuario de ese instrumento era Juan Torres; Gilberto de inmediato lo rebautizó: Juan Torres Bodet. Cuando platicábamos del pelotazo que un futbolista recibió en los bajos, nuestro poeta acuñó un luminoso calambur: “Le pegaron en calva sea la parte”. A un amigo apellidado Guerra Estrella lo renombró Star Wars. De un sujeto resentido con no sé quién dijo que “tenía un odio serval” (con “s” de siervo, esto para aprovechar la casi homofonía del lugar común “miedo cerval”). A un tipo le dieron un puntapié en el trasero y Gilberto retruecaneó que le pegaron en “el ojo del rabillo”. Estas chispas de ingenio hay que multiplicarlas por cientos, y eran apenas la manifestación satírica de una mente en permanente lucha con y contra las palabras, lo que hoy es ostensible en su Amazonas de palíndromos. Lo asombroso es, insisto, la manera como amalgamaba los ratos de jocosidad con su infatigable búsqueda de sentido en la poesía y en la “filos”, como apocopaba a la filosofía.
Recién titulado de psicólogo, sin una economía desahogada, ejerció en un consultorio por un breve periodo; creo que no era lo suyo. Fue entonces cuando aceleró su pesquisa de espacios para trabajar como maestro. Peregrinó por numerosas escuelas, por prepas de refugiados (reía de sí mismo por haber dado clases en la Pedro de Gante, institución donde los alumnos quemaban mota hasta en las aulas), por universidades fantasma y, ya fogueado, en universidades serias. Con los recursos pepenados en el trajín docente, Gilberto fue uno de los principales auspiciadores de la fiesta; de natural desprendido, no reparaba en gastos cuando de cafetear, comer o beber se trataba. Tal fue su vida entre los 23 y los 28 o poco más: dar muchas clases, leer en su casa de Oyemel y Lirios de Torreón Jardín y verse todos los días con los cuates de literatura en el café o en las siempre venturosamente abundantes cantinas de Torreón. Los sábados eran sagrados para nosotros: ese día nos reuníamos desde las cinco hasta la una o dos de la madrugada, bebíamos, compartíamos lo escrito y lo leído y nos solazábamos con la chismografía del mundillo literario local y nacional. En esas sesiones Gilberto destacaba en todo: como creador, como crítico y como sabroso comentarista de nuestra picaresca cultural. Además, como destacado proveedor de los elíxires que escanciábamos para que las reuniones no perdieran jiribilla.
Previsiblemente, Gilberto fue el primero en organizar materiales para un libro. Por desgracia, Torreón pasaba por una situación editorial penosa. Ni las universidades, ni los centros culturales ni las instancias de gobierno impulsaban proyectos de publicación. Fue por eso que Gilberto decidió orientar recursos obtenidos con su trabajo y pagar una edición de autor. En aquel tiempo nos veíamos casi a diario, así que, como testigo privilegiado, varias veces lo acompañé a una imprenta (hoy llamada Río Nazas) ubicada en la avenida Hidalgo, entre las calles Mariano López Ortiz y Niños Héroes, para recoger galeras o llevarlas ya tupidas de enmiendas. Recuerdo que aquella fue la única vez que vi un linotipo, máquina que entonces ya había recibido la puñalada de muerte asestada por las computadoras.
Gilberto y yo no sabíamos editar ni folletos, así que el poemario Exhumación de la imagen apareció sin página legal, sin colofón y casi sin portadilla. De milagro sabemos la fecha aproximada de su salida gracias a que el prólogo de Saúl Rosales termina con un “Torreón, Coah., noviembre de 1985”. Rosales, como dije hace algunos párrafos, era nuestro mánager, la figura que nos convocaba y nos daba seguridad para crecer, así que sus palabras liminares eran un imprescindible espaldarazo al joven poeta. El libro de 65 páginas tenía en su tapa un dibujo de Cesáreo Aguilera y en la cuarta una foto de Gilberto en clave mística y una ficha biográfica que a falta de mayor currículum apeló a una cita del autor (“Situado al pie de la montaña, debo reconocer que apenas inicio la avanzada en el dificultoso alpinismo de la poesía”), otra del prologuista y los nombres de quienes configuraban el grupo literario Botella al mar, fueran o no miembros de planta. La dedicatoria fue plural: a su padre fallecido hacía doce años, a su madre (nuestra querida doña Licha), a sus hermanos y a sus amigos (los “náufragos terrestres”) del Botella al mar.
En el prólogo, Rosales Carrillo destacó la solvencia literaria de Gilberto; resaltó que en sus poemas “hay riqueza metafórica que opera en el ánimo de sus lectores como sucesión de luces. Ostentan también la revigorización del sustantivo y el redescubrimiento de las posibilidades de la adjetivación aprendida en un maestro de ella, en Ramón López Velarde”. Luego, un rasgo caro en el hacer del joven escritor: “La fe de Gilberto Prado Galán en la palabra poética es tan grande como el recipiente de la imaginación”. En el cierre de su acercamiento, el prologuista observó que Gilberto “es exhumador de imágenes, de evocaciones que provocan evocaciones que provocan evocaciones y así ilimitadamente porque la imaginación del poeta no tiene linderos”.
Las palabras de Saúl Rosales subrayaron desde ese primer libro las virtudes de un escritor lagunero que unos años después conquistó, casi de la nada y con las solas armas de su razón, sin relaciones, sin internet, con su pura fe en la palabra, los premios más importantes del país en el género de ensayo (como el Lya Kostakowsky que dictaminaron Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano). Alguien opinará que entre la poesía y el ensayo hay un abismo; es cierto en muchos casos, pero lo asombroso es que Gilberto logró hermanar la crítica con una prosa en registro tercamente poético, el mismo registro que reverbera en Exhumación de la imagen.
El primer libro de Gilberto fue además el primer libro del Botella al mar. Como empezábamos en el oficio, todos nos sentimos orgullosos con el logro, lo compartimos y lo festejamos. Contra lo que podamos calcular cuando ha pasado un cuarto de siglo de aquel brote inaugural, no se trataba de un trabajo inmaduro. Quizá podamos decir de algunos pocos poemas que en efecto delatan la edad de su creador, su estatus de artista en formación; la mayoría, sin embargo, enseña un temple sorprendente, una garra de escritor ya hecho. Gilberto tenía apenas 22 o 23 años cuando armó su Exhumación… Eso no le impidió escribir con una belleza y una penetración literalmente inéditas en La Laguna. Debido a su condición de libro marginal, Exhumación… es el libro menos conocido de Gilberto y creo que habita en él no el boceto de lo que luego albergarían otros libros de su cosecha, sino la evidencia incontestable de que su autor había nacido al mundo editorial con filo de katana.
Fue compuesto en tres partes: “Primer recuento amoroso”, “Libertad sin brazos” y “Tres poemas no agrupados”. En la primera aparecen trece poemas donde el autor explora su todavía breve pero ya significativa experiencia afectiva; la segunda propone ocho piezas de corte reflexivo y cuestionador, y, la última, tres largos y poderosos poemas donde el poeta, un joven muy adelantado, se descara como propietario de las herramientas verbales, conceptuales y sonoras óptimas para realizar un peritaje a sus vivencias más entrañables, las vinculadas a la muerte y a su condición de hombre frente a los espinosos enigmas de la vida.
No quiero parecer exagerado ni profeta a destiempo, pero desde aquellos primeros frutos del talento y la vocación, con mis modestas luces de joven condiscípulo, sabía que en el porvenir de Gilberto estaban ya dispuestos, en este orden, muchas obras importantes y reconocimiento. Ahora, cuando ha llegado a los cincuenta y su Exhumación… a los 25, lo felicito y me felicito por haber cultivado su lúcida y generosa amistad.
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Comarca Lagunera, 27, agosto y 2010