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sábado, junio 22, 2024

Una pinacoteca en libro

 











Pinacoteca del Ateneo Fuente. 100 años (UAdeC, Saltillo, 2019, disponible en PDF gratuito en la web de la Secretaría de Cultura de Coahuila) es un libro que recoge la historia y en fotos gran parte del contenido resguardado en la institución nombrada en el título. Se trata pues de un documento compendioso, un resumen acabado de la colección de su tipo más valiosa de nuestra entidad, como en el libro lo señala Marco Antonio Contreras, director del Ateneo Fuente: “nuestra pinacoteca se sitúa como la sala de arte más grande de Coahuila de Zaragoza, lo que representa un orgullo para el Ateneo Fuente y para la Universidad Autónoma de Coahuila”.

La publicación cuenta con tres textos introductorios firmados por Salvador Hernández Vélez, el mencionado Marco Antonio Contreras y la casa editora (Quintanilla). En su turno, Hernández Vélez apunta que “El Ateneo Fuente resguarda la historia de la procedencia de las obras que se fueron integrando a la colección original, proveniente en su mayor parte de la antigua Academia de San Carlos, posteriormente enriquecida por aportaciones de estudiantes de la Academia de Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente y por donaciones de don Artemio de Valle Arizpe”.

La tarea de describir el origen, la evolución y la actualidad de la obra plástica contenida en el Ateneo saltillense recayó en Sylvia Georgina Estrada, periodista, quien trazó una investigación que en el libro es apuntalada por imágenes de documentos relacionados con la fundación del acervo. Dato de suyo interesante es el que se refiere al primer motor que viabilizó la creación de este espacio (Venustiano Carranza): “Se dice que el cieneguense estuvo atrás de las gestiones que dieron forma a la Pinacoteca del Ateneo Fuente. Carranza estudio en la escuela fundada en 1867 y que entonces dependía directamente del Gobierno del Estado. Fue uno de sus hombres de confianza, Gustavo Espinosa Mireles, gobernador de Coahuila, junto al escritor Artemio de Valle Arizpe, quienes se dieron a la tarea de reunir una colección de pinturas para la institución de la que también eran exalumnos”.

El desarrollo de la investigación resalta los momentos y las personalidades vinculadas al origen y primer asentamiento de la pinacoteca. Destaca allí Rubén Herrera, zacatecano que fue fundamental en la creación de la sala además de la encomienda de organizar una academia, lo que a la postre será otro pilar en el que se sostendrá la muestra: “Después de 13 años de estudios en Europa, Rubén Herrera regreso en 1920 a su alma mater con el propósito de crear la Academia de Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente. En los archivos ateneístas se encuentra una carta, fechada el 13 de enero de 1921, en la que el secretario general del gobierno presidido por Luis Gutiérrez le pide al artista que organice ‘una fiesta literario musical para celebrar debidamente la inauguración de la Academia’”. Igualmente se pone énfasis en la figura de Artemio de Valle Arizpe como gestor del primer acervo con obras de gran valor, muchas de ellas traídas de Europa.

El libro suma 239 páginas, y como corresponde a los volúmenes de este tipo, la mayor parte de ellas está dedicada a la muestra de la colección, que comienza a partir de la página 41 con las reproducciones (fotos de Ramón Zertuche) y las cédulas preparadas por Érika Flores Padilla.

En suma, un libro de lujo puesto gratis en PDF a la vista del lector.

sábado, noviembre 11, 2023

Vindicación de Malinche

 











Malinche y la conquista de México (UA de C, Saltillo, 2023, 171 pp.), nuevo libro de Saúl Rosales, cumple lo que su título promete: por un lado, varios de sus ensayos recorren la circunstancia de la indígena que sirvió principalmente como traductora al regimiento español y, por el otro, nos acerca a varios momentos de la empresa que tuvo como eje a Hernán Cortés. Es, el del escritor y maestro lagunero, un libro trazado durante los años del quinto centenario de la conquista europea al suelo mexicano, los que van de 2019 a 2021.

El tema de este título no es cómodo, pues bien sabemos que el debate sobre la conquista de América en general y de México en particular se ha extendido por décadas y la paleta de opiniones va, hasta la fecha, del blanco al negro con todos los grises posibles en el medio. La polémica se da desde lo nominal: ¿cómo debemos llamarle? ¿Conquista? ¿Genocidio? ¿Choque de dos mundos? ¿Encuentro inevitable? ¿Proyecto civilizatorio? ¿Conmemoración? ¿Efemérides? ¿Pesadilla? Por esto digo que no es un libro cómodo, ya que, si lo miramos bien, los acontecimientos ocurridos a partir de 1492 en el territorio que luego sería llamado América conjugan todas o casi todas las posibilidades de la denominación: lo mismo fue un encuentro inevitable que un genocidio y un culturicidio de los pueblos originarios y, en algún otro punto y con asegunes, un proyecto civilizatorio. Pero todo es y será debatible, claro, y qué no lo es cuando hablamos del pasado y las desventuras de la humanidad. Ahora bien, en el libro que nos ocupa es destacable una suerte de equilibrio en la ponderación: más que exaltar a unos o a otros, el autor resalta, subraya, enfatiza que todo ese proceso fue una hazaña de indígenas y españoles. Hay figuras señeras, obviamente, pero a ellas debemos sumar miles de rostros anónimos que en el ataque y la defensa se mostraron bizarros en el primer sentido —el único que debería tener— de esta palabra.

En sus ensayos —ensayos de interpretación, preciso—, Saúl Rosales interroga sobre todo los tres libros más salientes escritos en torno a la conquista de México: las Cartas de relación, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España, de Cortés, Bernal Díaz y Bernardino de Sahagún, respectivamente. Junto a ellos, convida una batería no muy amplia pero sí valiosa de especialistas en el tema como Miguel León Portilla, Christian Duverger y Camilla Towsend.

Creo seriamente que lo sustancial en Malinche y la conquista de México no está en el aparato erudito, sino en la destreza de su autor para cuadrar los asuntos que acomete. Los textos que componen este libro son por ello excelentes ejemplos de ensayo libre, subjetivo, de interpretación. En todos asoma asimismo la buena prosa y la originalidad del abordaje, rasgos clave a la hora de valorar los trabajos de este género y acaso de todo tipo de escritura. Dividido en tres partes tituladas “Malinche”, “Variaciones sobre la conquista de México” y “Más variaciones, 1519-1521”, contiene 29 piezas y una acuciosa presentación escrita por Salvador Hernández Vélez. En la parte inicial, Rosales focaliza su atención en la figura de Malinche, y, sin aspavientos, más que simpatizar, empatiza con ella, para decirlo con una palabra hoy tan de moda.

Al insistir en la eliminación, por su retintín minusvalorativo, del artículo “la” al nombre Malinche, el autor habla sobre la inmerecida carga de injurias perpetrada contra la figura de la indígena. Lo expone así:

Tal vez también contribuya, para atribuirle capacidad denigrante al artículo, el hecho de que a Malinche se le quiso ver desde hace siglos como una traidora. Se supone que traicionó a sus connacionales, cuando México no existía como nación; que habría traicionado a los mexicas, cuando ella no era mexica. Hasta se creó el mexicanismo malinchismo para significar la preferencia por lo extranjero.

Me detengo a pensar en la sutileza de ensayista con la que Rosales ha percibido el tufo a desdén que hay en un artículo: “la Malinche” —le parece y es así— no es lo mismo que “Malinche”, como no es lo mismo “el Roberto” que “Roberto” o “la Susana” que “Susana”. Abolir un monosílabo es el comienzo de su vindicación. Y por supuesto no para allí: los primeros textos del libro dan cuenta del personaje fascinante que es Malinche. Con todo en contra desde niña, va rebotando en su escarpada biografía hasta terminar como pago en especie (humana) a las huestes de Cortés luego de la batalla de Centla. No rebasa los veinte años y ya el barroquismo de su destino la ha zarandeado hasta convertirla en casi nada.

El azar, sin embargo, le juega a favor cuando se convierte en propiedad de los soldados españoles, y más particularmente de Cortés: por nacimiento y luego por haber sido vendida a una comunidad que no era la suya, Malinche sabe náhuatl y maya, y como el capitán lleva a Gerónimo de Aguilar, recién rescatado en tierras de la península yucateca, hay un español que sabe maya; así la cadena de transmisión comunicativa queda establecida con dos traductores que serán fundamentales en las órdenes a los aborígenes aliados y en los tratos o desavenencias con los enemigos: Malinche recibe la información en náhuatl, la comunica en maya a De Aguilar y éste la pasa en español a Hernán Cortés. Este flujo verbal tripartita no duró mucho, pues Malinche, virtuosa políglota al fin, pronto se hizo de la lengua española y por su medio comenzó a pasar toda la información del náhuatl para Cortés y del español para sus interlocutores indígenas, de ahí que fue ella la principal bisagra entre las dos lenguas, que es como decir entre las dos cosmovisiones.

El libro de Saúl Rosales es una vindicación de Malinche, es verdad, como lo evidencia en este ilustrativo pasaje:

La idea de que Malinche es —digo que es, porque sobrevive a pesar de todo—  una traidora de los mexicanos perdura como herida amarga en la sociedad. Pero Malinche no traicionó ni a los mexicas. Malinche era de otro pueblo, era popoluca, de un lugar alejado cientos de kilómetros de Tenochtitlan y, más aún, sujeto a hostilidades de los súbditos de Moctezuma.

Malinche es el ejemplo del ser humano que se sobrepone a las adversidades y se alza hasta un destino luminoso. Malinche es digna de resplandecer en la memoria con brillo de bronce lustrado; de permanecer entre quienes han sido inmortalizados con los más sólidos materiales y en las páginas imborrables. Su biografía es de símbolo nacional.

Esto puede hacer pensar en un deslumbramiento exclusivo del autor por la figura de la “lengua” o “faraute” de Cortés, pero no es así. En todas las páginas de su libro hay un relente de admiración por aztecas, tlaxcaltecas y españoles por igual, lo que nos lleva a reconsiderar odios retroactivos. Rosales hace el planteo en estos términos:

Juntos, el poder de los siempre insumisos y aguerridos tlaxcaltecas y el poder de los europeos y sus aliados indígenas se encaminan a Tenochtitlan. Los súbditos del poderoso imperio azteca se les oponen con armas y diplomacia, como hicieron desde que los extranjeros se instalaron en Veracruz. Estas tres fuerzas del siglo XVI, mexicas, tlaxcaltecas y europeos, son las que deberían estar presentes en el espíritu mexicano.

La civilización azteca cuya energía bélica y creadora dejó incontables testimonios en la historia y en la geografía; el poderío tlaxcalteca que sobrevivió insumiso a pesar de estar cercado por el imperio mexica y la potencia europea que había tenido la suficiencia para cruzar el Atlántico y explorar y colonizar vastedades no imaginadas son el trío de fuerzas nutricias que debían alimentar la psicología de los mexicanos.

Por todo, este de Saúl Rosales es uno más de sus valiosos libros, “un testimonio —como señala Salvador Hernández Vélez en el prólogo— que documenta fielmente (…) el pulso de la vida nacional durante el inicio y la consumación de la conquista de México a quinientos años de distancia”.

Torreón, Coahuila, 10, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Malinche y la conquista de México. Participamos Salvador Hernández Vélez, el autor y yo. Se celebró en el Centro de Transferencia de la Ciudad Universitaria de la UA de C, Torreón, el 10 de noviembre de 2023.

sábado, septiembre 03, 2022

Adiós a Héctor Becerra

 








En noviembre de 1987, hace 35 años, la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón premió a los ganadores de los concursos de literatura Magdalena Mondragón (cuento y ensayo) y de caricatura política Eduardo del Río, “Rius”. La ceremonia se celebró en el edificio del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, ubicado, en aquel entonces, sobre la calle 12, entre Juárez y Morelos, Torreón. Entre otras personalidades, asistieron Ignacio Trejo Fuentes, jurado de ensayo que eligió como ganador un trabajo de Gilberto Prado Galán, y Salvador Castañeda, escritor lagunero radicado en el Distrito Federal, quien evaluó a los participantes en cuento.

Estuve en la ceremonia como reportero de El Juglar, órgano informativo del departamento cultural de la Universidad pública de nuestra entidad. Me tocó, por ello, escribir la nota principal, y en aquella época todavía sumaba mi segundo nombre, “Eduardo”, en la firma. Uno de los ganadores en caricatura fue Héctor Becerra Delgado, y fue allí, en aquella ceremonia, donde lo conocí. Luego nos encontraríamos muchas veces en la Ibero Torreón (de donde egresó y fue maestro), en actividades culturales diversas o en la radiodifusora en la que tantos años trabajó y donde se convirtió en un referente lagunero del comentario sobre rock y cine.

Recién, como sabemos, la radiofonía y la cultura laguneras han perdido a Héctor Becerra. La noticia de su partida fue un sacudón entre nosotros, una de esas malas nuevas que no podemos creer a la primera. Tenía 55 años, y por su actitud y hasta por su modo de vestir siempre nos daba, creo que a todos, una impresión de frescura juvenil poco o nada próxima a la idea de la muerte. Por esto no fueron pocas las expresiones de sorpresa que cundieron sobre todo por las redes sociales, ámbito en el que Héctor también se manejaba con soltura. Amigas y amigos, incluso personas que lo conocían sólo como voz detrás de un micrófono, expresaron de inmediato y por varios días el sentimiento que los/nos embargaba. Ante tantas y tan variadas manifestaciones de cariño y respeto era imposible no afianzar una certeza: Héctor había labrado bien la tierra de la amistad, se había dado a querer por todos los que alguna vez tuvimos la oportunidad de tratarlo en cualquier parte.

La última vez que pude conversar con él se dio hace poco más de un año. Invitados ambos por nuestra común amiga Lucila Navarrete a un breve campamento en La Flor de Jimulco, el contingente viajó en dos autos. No recuerdo por qué, en el regreso yo venía con mayor disponibilidad de espacio en mi vehículo y le dije a Héctor que me acompañara. Conversamos durante ese retorno a Torreón y confirmé lo que ya intuía: que a diferencia de otras personas ante las que mi realidad suele no importar y en situaciones de ese tipo (un viaje) me obligan a preguntar irremediablemente sobre sus vidas para no caer en incómodos baches de silencio, Héctor no dejó de mostrar genuino interés por mis actividades, por mis hijas, por mis amigos de literatura. Era un entrevistador nato, amable, respetuoso.

Hoy ya no está entre nosotros, pero es seguro que su recuerdo nos acompañará a todos los que alguna vez, poco o mucho, lo tratamos. Descanse en paz Héctor Becerra Delgado, y gracias por su inteligencia y su cordialidad.

miércoles, noviembre 17, 2021

Periodismo cultural de Lucila Navarrete









Regresar del silencio (UAdeC, 2020, Saltillo, 158 pp.) es el título del libro sobre el que conversaré hoy con su autora, Lucila Navarrete Turrent. No se tratará entonces de una presentación al uso, sino de un diálogo cuyo detonador será el periodismo cultural que tanto ella como yo, en diferentes momentos y en diferentes trincheras, hemos practicado. Desde ya es para mí una estupenda oportunidad de interpelar a una académica que ha decidido no encerrarse en el cubículo de la investigación documental y ha desplegado quehaceres que transitan por el ejercicio del periodismo, por el activismo cultural y por la actividad deportiva en las vertientes del ciclismo y el senderismo.

Es difícil definir a Lucila. Ya lo intenté una vez, pero su hiperactividad desborda las semblanzas y obliga a sumar ítems. Por ejemplo, recién ha venido trabajando en el rescate del canto cardenche en la región de Jimulco. ¿Cómo lo hace? ¿A qué hora añade nuevas inquietudes? No lo sé. Lo que sí sé es que ella abraza todos sus emprendimientos con una mezcla equilibrada de entusiasmo, responsabilidad y competencia, de suerte que siempre obtiene resultados que no dudo en calificar como notables.

La semblanza que funge como paratexto en la solapa de Regresar del silencio busca establecer, creo que sin lograrlo, como ya dije, los límites de Lucila: “Investigadora, docente y periodista cultural. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la categoría de ensayo. Realizó su doctorado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM y se ha desempeñado como docente en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de esta misma institución, en el Instituto Superior Intercultural Ayuuk, y en la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha colaborado en diversos medios impresos y digitales de la región, como la revista Acequias, Milenio Laguna, Red es Poder y Vanguardia. Ha dictado conferencias y cursos especializados sobre crítica, teoría y géneros literarios latinoamericanos. Reparte su vida entre la docencia, la maternidad, la escritura, la investigación y el ciclismo”.

El diálogo está programado para este miércoles a las 11 am en la Sala Kino de la Ibero Torreón. La entrada es libre.

Regresar del silencio está disponible también en línea. Pulse aquí.

miércoles, enero 30, 2019

Caza de poetas




















La casa abierta. Conversaciones con 25 poetas, es un libro de entrevistas publicado en 2016 por la Secretaría de Cultura de Coahuila (Saltillo, 281 pp.) Se lo debemos al trabajo disciplinado y paciente de la periodista cultural Sylvia Georgina Estrada, quien al ejercer su oficio de reportera ha seleccionado estos 25 diálogos con poetas; ellos, los poetas en general, señala en su presentación, “han llamado mi atención [entre muchos otros artistas] de una forma particular”. Así, al asumirse cercana al mundo de la poesía, la autora hizo la criba luego de diez años dedicada a la práctica de la entrevista.
Recuerdo al menos otros dos libros valiosos editados en Saltillo y dedicados a la conversación con escritores: Todos somos culpables, de Gerardo Segura, con escritores de policial; y Puntos cardinales, de Raúl Olvera, de charlas con escritores de diferentes géneros. Ahora, La casa abierta de Sylvia Georgina Estrada hace una recorrido específico por las opiniones de poetas nacidos y radicados en diferentes épocas y lugares, respectivamente. La nómina de autores es sorprendente y por ello atractiva: Alí Chumacero, Tomás Segovia, Juan Gelman, Eduardo Lizalde, Gioconda Belli, Ricardo Yáñez, Raúl Zurita, Eduardo Milán, Marianne Toussaint, Javier Sicilia, Minerva Margarita Villarreal, entre muchos otros.
Para ser equitativa con sus interlocutores, la entrevistadora procedió de acuerdo a un esquema que reitera en todos los diálogos: luego de una introducción compendiosa en la que destaca algún rasgo sobresaliente en la trayectoria de cada poeta, da lugar a la formulación de las preguntas y al espacio de las respuestas generalmente breve, pues las entrevistas estuvieron destinadas originalmente al formato cada vez más estricto de la prensa diaria.
Pese a la vertiginosidad de cada diálogo, o precisamente por ello, el lector puede tener opiniones harto concisas sobre el quehacer poético particular de cada escritor y sobre temas aledaños surgidos a la vera de la conversación, como la afirmación de Francisco Hernández sobre la poesía con la cual cierro esta pequeña nota: “La poesía es una forma de respirar, de estar vivo, y no podemos olvidarla aun en tiempos de zozobra. La poesía está ahí y estará ahí aunque no se escriba, aparecerá donde la veas, donde la sueñes”.

sábado, enero 26, 2019

Lunas de Arcelia Ayup














Como cualquier género literario, el cuento puede ser practicado de manera intuitiva, guiado sólo por el olfato, por la inercia humana de recurrir al arte narrativo para contar historias breves. Esto es legítimo, por supuesto, pero dado que el cuento —también como los demás géneros— es una especie de mecanismo, resulta mejor articulado cuando supone un conocimiento previo del engranaje que orienta el desarrollo de las peripecias. Así sea sencilla, la técnica del cuento servirá para que los lectores obtengan lo mejor de cada historia, sin desviaciones innecesarias que diluyan el “efecto unitario” que es, a final de todo, el más alto propósito al que debe aspirar el hacedor de cuentos.
Arcelia Ayup, comunicóloga y autora principalmente de libros sobre gastronomía y cultura, ha escrito y publicado Escondrijos de luna,* su primer libro de cuentos, como parte del aprendizaje obtenido en la maestría en creación literaria impartida en la Casa Lamm de la Ciudad de México. El resultado son trece cuentos en los que se despliegan microuniversos emotivos y personajes dignos de recuerdo. Es en estos casos, como dije al principio, donde se puede notar si el autor o la autora redondearon el conocimiento de la técnica del cuento para urdir relatos eficaces o insatisfactorios.
Escondrijos de luna (UAdeC, Saltillo, 2018, 116 pp.) muestra que Arcelia Ayup ha imaginado cada cuento para convidarnos trozos de experiencia trasmutados en literatura. Su voluntad de estilo es permanente y da con imágenes nutridas de poesía. Asimismo, la diversidad temática del libro permite que accedamos a espacios y personajes misceláneos. Las piezas, por ello, exploran lo mismo barriadas que ámbitos de clase media, esto acompañado de un tono discursivo que no desdeña ciertas asperezas del habla cotidiana.
Los libros de cuentos tienen siempre la peculiaridad de abrirnos la puerta a una especie de selección, así que en Escondrijos de luna yo también puedo intentarla. Me gustan mucho varios de sus relatos, muy destacadamente “El no cuento”, obra en la que se trabaja metaliterariamente con el acto de imaginar y escribir; igual me gusta “Las hojas de otoño”, cuyo dramatismo alcanza un registro desgarrador, y por supuesto “Luna”, texto que resume la violencia de otras piezas contenidas en el primer y bienvenido libro de cuentos de Arcelia Ayup.
Dije ya que los cuentos oscilan en dos espacios: los populares y los de, por llamarlos de algún modo, clase media. Debo precisar que es en los primeros en los que se hace mayor énfasis, de suerte que la mayor parte de los relatos arracimados en Escondrijos de luna transcurren en ambientes en los que la brutalidad de la vida es motivada por factores estrechamente vinculados con la pobreza, esa precariedad que con frecuencia lima la sensibilidad hasta —a veces— desaparecerla. Ahora bien, en esos entornos también es posible el heroísmo invisible de los que nada tienen y sin embargo se imponen a la contracorriente, como ocurre muy notablemente en el cuento “Luna”.
En resumen, este primer libro de cuentos de Arcelia Ayup Silveti me deja la buena impresión de encontrar a una narradora con impulso poético en las venas y deseo de no atravesar por la literatura como quien hace un paseo cómodo. Las historias de Escondrijos de luna nos llevan a convivir con el dolor, con la pena, acaso el rasgo más sobresaliente, por desgracia, de la vida humana tal y como se despliega en sociedades como la nuestra, ceñidas al egoísmo y la ruindad, muy poco o nada solidarias con el otro. La literatura también puede evidenciar eso.

Comarca Lagunera, 25, enero y 2019

*Texto leído en la presentación de Escondrijos de luna celebrada en la Infoteca de la UAdeC, Torreón, el 25 de enero de 2019. Participamos, como comentaristas, Gilberto Prado Galán, la autora y yo.

sábado, abril 28, 2018

Dos malicias narrativas en Chernóbil
























Son muchas las virtudes que es posible destacar en Chernóbil (México, 2018, 177 pp.), primera novela de Ileana Olmedo, obra con la que ganó el Premio internacional de narrativa Siglo XXI-UNAM-Colegio de Sinaloa 2017. Entre otras, la habilidad para contar simultáneamente el destino de varios personajes cuyas vidas, unidas al principio, estallan y se disparan hacia realidades completamente distintas, se desperdigan y se convierten en jirones hasta desconfigurar la llamada (sé que de manera conservadora) “célula fundamental de la sociedad”: la familia.
Chernóbil es una ficción articulada en formato de diario personal. Daniela Arenas, fotógrafa de la Ciudad de México, es quien lo escribió durante, al menos, tres décadas, de 1986 a 2016. Decir, empero, que se trata de “un diario personal” es engañoso, pues en realidad se trata de muchos diarios, todos escritos, eso sí, por la misma mano. En el amanecer de la narración, Daniela recibe la noticia de que su hermana Paula se ha suicidado, lo que la obliga a viajar. Al volver a casa, reencuentra los diarios acumulados durante varios años y es allí donde se nos insinúa la estrategia de lectura para este libro: Daniela, quien en el presente narrativo sigue llevando un diario, consigna allí que vagabundea entre las páginas de sus viejos diarios y es por ese medio que accedemos a su mundo y al de su familia. Nosotros somos, por ello, los ojos de Daniela leyendo los antiguos diarios de Daniela.
Turbada por la muerte de su hermana, la autora ficcional de los diarios deja errar la mirada, a saltos, por su propia escritura. Todo comienza en el primer diario, regalo de su padre. La fecha inaugural del registro coincide con la hecatombe de Chernóbil, y a partir de allí, simbólicamente, la catástrofe de la planta nuclear ucraniana avanza tomada de la mano de la catástrofe vivida por la familia Arenas y acotada en los diarios.
Iliana Olmedo tenía dos caminos para adentrarse en el contenido de su escritura, el cronológico y el no cronológico. Suena simple, pero de esta decisión dependía gran parte del efecto que debía producir, y produce, el libro. Quizá para el lector hubiera sido más cómodo seguir una línea uniforme de tiempo, de pasado a presente, pero la autora optó el camino no cronológico. El pespunte entre las páginas de los distintos diarios, justificado, como digo, al principio de la historia, compromete al lector en el armado del rompecabezas y le crea una sensación de incertidumbre y dislocamiento, lo mismo que acaso siente Daniela al deslizar su mirada por el pasado retenido en los volúmenes que ella misma fue colmando de palabras. La historia, por todo, avanza a trancos cortos, de un año a otro, que son como rendijas que se abren y se cierran para que vislumbremos la fragmentación de la familia Arenas constituida por las mencionadas Daniela y Paula, además de Rafael, su hermano, y sus padres Fernando y Patricia. El efecto de la composición entrecortada es el de, si se pudiera decir así, un sutil caos. Los personajes están bien delineados, son inconfundibles en términos de carácter (como en el caso de la madre y su neurosis), pero su andanza por la vida se nos va iluminando con estroboscopio, a marchas y contramarchas. No podía ser de otra manera, pues los diarios de Daniela son ojeados por Daniela, como ya lo señalé, sin un orden preciso, azarosamente, como quien, en la perplejidad del luto, quiere abrazar el sentido de su pasado y el de su familia de un solo vistazo. Este recurso supone, por todo, un lector cómplice, lo que no sería tan necesario si la novela se hubiera ajustado a una cronología convencional, del antes al ahora.
Digno de resaltar en Chernóboil es el estilo. Como en la estructura temporal cronológica o no cronológica, aquí nos enfrentamos a otro dilema: el que siempre nos plantea el narrador en primera persona. ¿Cómo debe hablar (o escribir) un narrador en primera persona? Es común, lo sabemos, que como lectores demos ciertas permisos a este narrador, como que escriba/piense con cierto vuelo lírico, o que reflexione con imágenes literarias y demás, siempre y cuando no se torne inverosímil sobre todo en el plano del léxico. Es un artificio, una convención literaria, y por esto los lectores muchas veces debemos suspender nuestra incredulidad o al menos mitigarla, pues de otra manera el relato no cuajaría. Ileana Olmedo resolvió la disyuntiva entre lo lírico y lo no lírico de una manera harto sensata: si lo que leemos es escritura en un diario, justo era que el estilo se apegara a la sencillez, a la economía de recursos, para que fuera creíble. Y más allá de esto, otra malicia: Chernóbil no tiene un estilo, sino varios, pues entre segmento y segmento de los diarios hay matices, tonalidades, registros que se ciñen a la madurez de quien vacía sus experiencias en los diarios: no es lo mismo, claro, una página de 1986 a otra de 2000 a otra de 2016. Uno siente el cambio, la simplicidad o la agudeza de las observaciones según convenga a la edad de la Daniela que “redacta”.
Por supuesto, muchas otras virtudes fortalecen las páginas de Chernóbil, como su sentido general relacionado con el tema, creo, de la desconfiguración social, de la disolución y de la pérdida simbolizada por el extinto pueblo de Príapiat (colmena de los trabajadores de Chernóbil) y por la familia de Daniela Arenas, principalmente de Fernando, el padre, especialista mexicano en energía nuclear que termina siendo arrasado, pese a la distancia y aunque parezca increíble, por el desastre ucraniano, símbolo del desastre científico. Eso y más contiene la novela, pero basten estas palabras para alentar a que todos seamos pronto sus azorados cómplices.

Nota. Comentario leído el jueves 26 de abril de 2018 ante estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Coahuila, Torreón. Acompañé en la mesa a Iliana Olmedo, la autora, y a Vicente Alfonso, quien presentó junto conmigo. Esta actividad fue organizada por el Instituto de Educación y Cultura de Torreón a través de Ruth Castro, su coordinadora de literatura.

domingo, febrero 19, 2012

Antologías de literatura coahuilense



La Universidad Autónoma de Coahuila sigue publicando literatura desde Saltillo. Además de la cuarta serie de escritores coahuilenses, en 2011 organizó una minicolección de cuatro títulos con la reedición de Antologías de literatura coahuila. Se trata de una caja bellamente armada con cuatro libros que en su momento fueron selecciones, muestras o antologías de la producción literaria en nuestra entidad. Los libros lucen un acabado harto profesional, diríase que hasta lujoso. En ningún caso se trata de ediciones facsimilares, sino de reediciones completas.
Once poetas de Nueva Extremadura, organizado por Federico Berrueto Ramón y Jesús Flores Aguirre, es el tomo 1. Fue publicado originalmente en 1927 y reunió poemas y prosemas de Margarita Arizpe Rodríguez, Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre, Otilio González, Ponciano Guerrero G., Luis Laxoux Madariaga, Raúl Neira Hernández, Felipe Sánchez Jr., María Suárez, Rosalinda Valdés (Dina Rosalimo) y Sergio R. Viesca.
El tomo 2 es Todos juntos, organizado por Armando Javier Guerra y Abraham Nuncio; fue publicado en 1971, y reunió textos narrativos breves de Javier Ortiz de Montellano, Armando Fuentes Aguirre, Jesús Oranday Cárdenas, Armando Javier Guerra, Ildefonso Villarello, Gustavo Solís Campos, Abraham Nuncio, Roberto Orozco Melo, Óscar Rodríguez Flores, Eduardo Montenegro Morones, Javier Villarreal Lozano, Mario Dávila, Óscar Nuncio y Melchor de los Santos.
Once de Coahuila, narrativa/ poesía/ teatro, es el tercero de la serie. Su primera edición apareció en 1987 y arracimó escritores de casi toda la entidad como Jesús de León, Francisco José Amparán, José Carlos Mireles Charles, Alfredo García Valdez, José Domingo Ortiz, Alberto Madero, Martha Tamez, Marco Antonio Jiménez, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Héctor Cabello y Armando Alanís.
El último es Botella al Mar, crestomatía narrativa, publicado en 1990. Contiene relatos de Saúl Rosales Carrillo, Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y el autor de este blog.
Cada uno de los cuatro tomos alberga además una presentación que describe las características del contingente literario allí reunido. Esas presentaciones fueron preparadas por Julián Herbert, Miguel Gaona, Luis Jorge Boone y el autor de este blog. La coordinación del proyecto, el diseño y la corrección fueron obra, respectivamente, de Julián Herbert, Ignacio Valdez y Miguel Gaona. 4 Antologías de literatura coahuilense fueron publicadas por la Coordinación General de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la UAdeC a cargo en 2011 de Alfonso Vázquez Sotelo.
Con permiso del coordinador del proyecto, publico aquí la presentación del cuarto tomo, la que escribí para Botella al mar, crestomatía narrativa.

Andadura del Botella al Mar

Jaime Muñoz Vargas

La causa remota del grupo literario Botella al Mar se encuentra en el regreso de Saúl Rosales Carrillo a la Comarca Lagunera. Luego de veinte años de radicación en el Distrito Federal, Rosales Carrillo volvió a Torreón en 1981 y de inmediato comenzó, quizá sin darse cuenta, a configurar un movimiento literario cuyo valor sigue vigente, produciendo. En aquel momento, el autor de Iniciación en el relámpago consiguió un empleo modesto en La Opinión y, casi simultáneamente, cursos de literatura y periodismo en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C. (Iscytac, hoy La Salle, en Gómez Palacio, Durango). El azar, a veces no tan mezquino, permitió que en el periódico le encomendaran la coordinación del suplemento cultural dominical, un tabloide de ocho páginas.
Ya allí, Rosales Carrillo hizo de las suyas, habilitó lo aprendido como editor, escritor, periodista y maestro en la capital del país. Dado que la producción local era escasa y/o de poco valor, las páginas de la Opinión Cultural fueron generosamente habitadas por textos de autores que en tales tiempos preinternéticos no deambulaban habitualmente en los diarios de La Laguna. Dueño de una biblioteca personal bien nutrida y armada con exigente gusto en la capital del país, el joven editor —tenía entonces cuarenta años— puso a merced del lector lagunero, del lector de a pie, los nombres de Carpentier, Cortázar, Vallejo, Vargas Llosa, Lezama, Borges, Faulkner, Hemingway y muchos más, de quienes publicó fragmentos de obras famosas o aproximaciones críticas que servían para medir el tamaño de sus importancias como artistas de calibre subido.
Junto a los tótems, no faltó la presencia de escritores laguneros, algunos de ellos jóvenes a los que en poco tiempo se les abrieron páginas frecuentes donde pudieron publicar sus poemas, cuentos y ensayos. Rosales Carrillo operó pues en dos ámbitos bien combinados: el periodismo cultural y la docencia. Gracias a sus clases universitarias de literatura y periodismo trabó contacto con alumnos que a veces escribían algo lo suficientemente decoroso como para ser publicado, y gracias a su trabajo como editor del suplemento consiguió desahogar un considerable número de textos que de otra manera hubieran terminado en una simple calificación escolar. Fui, y perdón que me ponga de caso, uno de los beneficiarios de aquella dinámica: recibía clases formales de Saúl Rosales y como sabía que además coordinaba el suplemento cultural de La Opinión, un día cualquiera lo abordé con unas temblorosas cuartillas. Eran tres o cuatro poemas, por llamarlos así, de mi primeriza hechura. Mi maestro las tomó, sin duda vio que no servían pero tal vez quiso, apiadado, estimular al joven aprendiz de escritor. Así, un septembrino domingo del 84 vi y sentí lo que muchos contemporáneos y coterráneos míos de aquella época: mis poemas aparecieron en una página del tabloide y, tras esa felicidad inaugural, no he dejado de publicar en todos los medios al alcance de los dedos que aquí teclean esto.
Lo que cuento no me ocurrió sólo a mí. Sé, porque la vi y la leí y conservo gran parte de aquella hemerografía, que varios tundemáquinas en cierne procedieron igual con Saúl Rosales: lo sabían editor de un suplemento, percibían su generosidad y aprovechaban la coyuntura para arrimar textos que en la mayor parte de los casos aparecían poco después en alguna de las ansiadas páginas.
Fue por esos días cuando se dio una feliz coincidencia: en momentos distintos, cada cual por su lado, algunos escritores recién publicados en la Opinión Cultural le pedimos a Saúl que nos reuniéramos para formar una especie de grupo literario, acaso un taller. Recuerdo que Enrique Lomas y yo, estudiantes de comunicación de tercero y quinto semestres en el Iscytac, respectivamente, además del psicólogo Gilberto Prado Galán y el ingeniero Héctor Matuk, propusimos a Saúl idéntico plan: la creación de un grupo literario. Lo hicimos sin ponernos de acuerdo, casi como si fuera una necesidad que el mismo maestro y editor nos inspiraba. Fue así como a mediados de los ochenta, creo que en agosto del 84, para ser preciso, nos reunimos por primera vez en casa de Enrique Lomas. Esa casa estaba en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, al lado de una peluquería de las de antes, con caramelo rojiazul y toda la cosa. Asistimos Saúl, Gilberto, Enrique, Héctor y yo. Aquello se dio de maravilla y a partir de allí no dejamos pasar un sábado sin la reunión ordinaria que con el tiempo ya ni convocatoria requirió. Todos sabíamos que los sábados de cinco de la tarde a doce o una de la mañana, los integrantes de aquel grupo literario debíamos apersonarnos en determinado sitio para, con el pretexto de tallerear, dedicarnos a beber, reír y chismorrear sobre temáticas misceláneas, además de literatura y muchas veces, con énfasis muy zurdo, de política.
Aunque siempre supimos aceptar nuevos integrantes, pues el Botella al Mar jamás se manejó formalmente como grupo ni gozó de apoyo oficial ni privado de ninguna índole, los nuevos asistentes solían ir unos cuantos sábados y luego, sin decir más, desaparecían. Recuerdo especialmente a dos de los participantes fugaces en el grupo: María Elena Niño, una buena poeta lerdense, y Rodrigo Marrero, un jovencito que muy pronto optó por la música. Poco después de fundado, eso sí, pasó que Héctor Matuk, uno de los originadores del Botella al Mar, dejó de asistir y se integró Pablo Arredondo Rodríguez. Así, entre la entrada y la salida de interesados que luego identificaríamos como “población flotante”, el grupo literario Botella al Mar trabajó cerca de seis o siete años con una base de cinco miembros tercos: Saúl: poeta, narrador y ensayista; Gilberto: poeta y ensayista; Enrique: poeta y narrador; Pablo: poeta; y yo: narrador. Años después, ya en el ocaso del taller, llegaron tres amigos a los que tal vez les tocó vivir el fin definitivo: los escritores Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez y Édgar Valencia.
Cada sábado era entonces, como insinué, nuestro día más esperado, pues durante sus tardes-noches podíamos convivir en torno a la literatura, el trago y las carcajadas que nunca escasearon dada la gracia y la inteligencia de, sobre todo, Gilberto y Enrique. Mentiría si dijera que todo el tiempo hablábamos solemnemente sobre cuentos o poemas, sobre autores o estilos. Más bien ocurría lo contrario: nada, ningún tema propiciaba que nos pusiéramos graves. Si alguien leía, por ejemplo, un poema, comentábamos sus virtudes y sus defectos, sí, pero siempre con un tono que estaba cerca de la risa y a veces, cuando el texto era indefendible, de la franca y amistosa burla, si se puede decir así. Lo extraño es que entre nosotros no nos enojábamos. Sé que la “población flotante” se desconcertaba, en efecto, con los análisis zumbones, pero nosotros nos acostumbramos pronto a tolerar cualquier puyazo siempre y cuando proviniera de alguno de los nuestros. El fuego amigo, en suma, nunca nos lastimó.
En cuanto a las personalidades y los talentos que yo percibía entonces, es claro que la voz más autorizada y casi incontestable la ostentaba Saúl, eso con absoluto derecho. Él no se imponía, sin embargo; antes bien nos dejaba hablar, nos dejaba reír hasta que al final de cada análisis remataba con comentarios centrados y no pocas veces severos, demoledores. Por su formación y su edad, era obvio que sus referencias fueran mayores y mejores. Por eso no faltaba que Saúl, ante tal o cual texto ingenuo de alguno de nosotros, recordara a tal o cual autor casi para recomendarnos/enjaretarnos su obligada lectura (fue así como hice mi lista personal de autores desconocidos y por conocer). Saúl bebía poco (sobre todo ginebra), nunca fumó, casi se sentaba recostado en los sofás y siempre disfrutó mucho, se le notaba en el gesto, la conversación de los otros, los amigos/alumnos que estaban bajo su discreta tutela.
Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, casi treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento. Tenía otra virtud: era dispendioso y no lo arredraba ningún trago.
A Enrique Lomas Urista lo conocí en agosto de 1983, cuando ingresó a la misma escuela en la que yo simulaba estudiar la carrera de comunicación, el Iscytac. No sé quién nos presentó, pero el caso es que juntos pedimos a Saúl Rosales el armado, así fuera con las uñas, de un taller literario. Lomas —siempre le dijimos así: “Lomas” a secas— era un jovencito de buena facha, con voz grave aparentemente solemne y hecha para decir poesía y prosa terriblista, dolorida, existencial. Lo extraño de Lomas, lo paradójico de Lomas, es que su visión penumbrosa de la vida no abortó nunca su humor, su humor denso y negro, siempre cuajado en metáforas que en su agrio surrealismo conllevaban gestos rayanos en la hilaridad. Cada cuento, cada poema leído por él y juzgado por nosotros era un festín: a veces era tan solemne y cargado de tintes fatalistas que no podíamos pasar de las primeras líneas sin reír a cántaros; y no era tanto el texto, sino el seco dramatismo que el autor imprimía en la lectura lo que nos movía a disfrutar como niños sus participaciones. Lomas jamás pareció ofendido, pues a cada miembro se le aplicaba una quebradora similar: leía y todo motivaba no pocas bromas, un examen de taller que jamás condescendió al almidonamiento.
Ya comenté que Pablo Arredondo llegó al grupo un poco después. No sé quién lo invitó, pero desde el principio se mostró como lo que es: un tremendo poeta, un hombre esencialmente discreto, silencioso, hasta tímido. Era sin duda el integrante del Botella al Mar con menos inclinación humorística. Cierto que sabía sonreír con las bromas, que jamás se quejó del clima zumbón que reinaba en las reuniones, pero en sus poemas campeó siempre una fuerza literaria capaz de penetrar cualquier escondrijo del dolor humano. Siempre me impresionó de Pablo, y me impresiona aún, que detrás de su modesta apariencia, de su bajo perfil, de su sosegada manera de ser, se esconde un ser que grita con los versos, un poeta que sabe expresar con imágenes hermosas la deshumanización del hombre y su envés: la generosidad, el amor, la honradez, que también eso es el ser humano aunque más escasamente.
En cuanto a mí, sólo anoto que crucé de lado a lado los años del Botella al Mar. Fui para todos un narrador de ambos costados, y aunque de vez en vez intenté hacer versos, la verdad es que en poesía jamás pude tomarme muy en serio. Al formar el grupo mis lecturas eran harto pobres y apenas había escrito algunos cuentos, o desahogos, de autoconsumo. Como ninguno, eso sí, creo que fui conciente de que algo importante o presuntamente valioso estábamos haciendo, o al menos deseaba creer en eso, así que guardé papeles, configuré una especie de archivo con varias de las publicaciones que fuimos haciendo en aquellos años de calistenia. Y no me engaño: para mí el Botella al Mar no fue lo poco que escribí y aproximé al rudo dictamen de los amigos, sino lo que oí: los comentarios de todos, y más los de Saúl, llevaban implícito el nombre de escritores y de libros, así que me di a la obligación de comprar y leer lo que era citado como valioso e imprescindible. El taller fue entonces, para mí, una verdadera escuela de literatura, la desenfadada carrera de Letras que jamás hemos tenido en La Laguna pero que yo hallé entre mis amigos del Botella al Mar.
Presentados los coequiperos, ¿qué pasó para que llegáramos a la primera publicación colectiva? Antes de que perpetráramos dicho libro todos habíamos publicado algunos de nuestros ejercicios en las páginas de revistas y periódicos. No muchas, no muchos, pues La Laguna no se caracterizaba en los ochenta, ni ahora, por contar con un gran número de publicaciones accesibles a lo literario. Entre el 86 y el 89, con el taller en su apogeo, ganamos algunos concursos locales (el Magdalena Mondragón, los juegos florales —¡juegos florales, qué cursilería!— del Iscytac) y dos premios nacionales del INBA: el de ensayo para crítica de arte que ganó Gilberto en Monterrey y el de narrativa joven que me agencié yo en Aguascalientes. Para entonces, lo único que teníamos publicado o por publicar en esas mismas fechas eran tres opúsculos de Saúl (uno de poesía y dos de ensayo histórico) y un libro de cuentos; Gilberto uno de poesía y yo uno de cuento. Era poco, así que no nos desagradó la invitación de Rogelio Villarreal Huerta para publicar en la recién abierta editorial Enorme.
Villarreal Huerta, editor que trabajó añales en el DF, volvió a principios de los ochenta a su tierra, Torreón, y allí continuó con la confección de libros. Lanzó un primer lote y el libro Botella al Mar, crestomatía narrativa, llevó el número 1. De todos, creo recordar con vaguedad que Pablo fue el que más sufrió, pues su producción era básicamente poética y de golpe debió habilitarse como cuentista. Saúl juntó el material, lo organizó y fue él quien nos pidió escribir una especie de autopresentación burlona como puerta a cada una de las estancias del libro. Hoy me sonroja la mía, sobre todo esa primera afirmación en la que se nota que me obligaba burocráticamente a ser desdichado, que me autoflagelaba con la idea romanticoide de que la desolación es requisito sine qua non para trabajar en el arte. En fin, nada se puede hacer ahora para remediar mis juveniles estropicios.
No comento en esta presentación ruborizada y quizá irremediablemente nostálgica los contenidos del libro que no fue, obvio, una antología, sino una simple muestra, pues ya Gilberto Prado se extendió en el brillante prólogo de la edición original (febrero del 90). Sólo añado que Botella al Mar testimonia la amistad vivida en el grupo homónimo que trabajó e hizo una fiesta de la literatura durante cerca de siete años, poco más o poco menos. Tras el cese gradual, impensado, nebuloso de las reuniones, los integrantes seguimos adelante casi en lo mismo o en actividades afines: formamos talleres, publicamos, ganamos concursos, dimos clases, presentamos libros, editamos revistas, editamos libros, publicamos libros, alimentamos columnas, obtuvimos grados académicos, conferenciamos, nos casamos, tuvimos hijos, viajamos y padecimos/gozamos los altibajos que cualquiera padece/goza. Venturosamente, no hemos concluido, pues creo que seguimos en la práctica de lo mismo ya con más colmillo; y bueno, algún día sacaremos las cuentas definitivas de lo que fue y logró hacer, unido o disperso, el grupo literario Botella al Mar, esa extraña conjunción de “náufragos terrestres”, como nos rotuló uno de los nuestros.

Comarca Lagunera, 17, septiembre y 2011

viernes, diciembre 31, 2010

Novedad 2



El enigma y la conspiración: del cuarto cerrado al laberinto neopoliciaco, ensayo de Gerardo García Muñoz, Universidad Autónoma de Coahuila, Siglo XXI Escritores Cohuilenses, Saltillo, 259 pp. De venta en la librería ubicada en la Coordinación de la UAdeC en Torreón, bulevar Revolución y Comonfort.

Novedad 1



Las elegías del desahuciado, poesía de Pablo Arredondo, Universidad Autónoma de Coahuila, Siglo XXI Escritores Cohuilenses, Saltillo, 96 pp. De venta en la librería ubicada en la Coordinación de la UAdeC en Torreón, bulevar Revolución y Comonfort.

domingo, marzo 07, 2010

Jorge recordado por Raúl



Jorge Méndez, nuestro querido amigo Jorge, recibirá, organizado por la UAdeC, un primer y merecido homenaje el próximo miércoles 10 de marzo a las 7:30 de la noche en el auditorio de la FCA. Todavía no tengo detalles, pero supongo que será un acto sentido, otra forma de agradecer a Jorge lo mucho que hizo por el teatro universitario lagunero. Como sencillo aporte a la valoración de su trabajo, entrevisté a Raúl Méndez, actor lagunero que alguna vez fue dirigido por Jorge y ahora destaca, sobre todo, en el cine mexicano con películas como Amar a morir, Km 31, Matando cabos y El Tigre de Santa Julia. Acordé este diálogo con Raúl el sábado 27 de febrero, luego de la misa a la que asistió, como muchos, dolido por la partida de su maestro y amigo. Esto fue lo que respondió:

¿Cómo y dónde conociste a Jorge Méndez?
Lo conocí en 1993, cuando me invitó a un montaje que estaba preparando (La carpa, de Vicente Leñero); con esa puesta tuvimos la oportunidad de ser parte de la muestra regional, estatal y de zona norte; fue la primera vez que entendí la dimensión de una compañía de teatro y sus alcances.

¿Cuáles fueron los consejos o recomendaciones o enseñanzas que recuerdes te haya dado?
Más que consejos, Jorge lo que lograba con la gente que estaba a su alrededor era contagiarla de la pasión por el teatro; a mí en lo personal me dejó muy claro que el ser actor no es una “profesión” o una “carrera”, sino una condición de vida y por lo tanto creo hasta el día de hoy, como él también lo creía, que el teatro lleva de la mano una gran responsabilidad, la de ser honestos al momento de estar en el escenario, la de no “actuar”, sino abandonarnos al mundo del personaje en el tiempo en el que la obra se lleva a cabo.

¿Alentó en alguna medida tu carrera actoral?
Por supuesto, me hizo advertir, gracias a su enorme pasión por el teatro, que vivir de la ficción por el resto de mi vida implicaba un mayor crecimiento y preparación, y fue por lo que decidí emigrar a la Ciudad de México, para empezar mis estudios profesionales. Eso es algo que siempre me dejó muy claro: un buen actor nace y se hace.

¿Tenías contacto con él luego de tu salida a la capital?
Tuve la oportunidad de regresar a Torreón con un par de obras que eran parte del repertorio que teníamos en nuestra compañía llamada Los Endebles; Jorge asistió a las dos puestas en escena. Hay una anécdota que te quiero compartir. Todos sabemos que Jorge nunca se callaba las cosas y tenía una manera muy ácida de hablar de la vida; cuando venimos por primera vez con la obra Los Endebles la presentación fue en el teatro Isauro Martínez; como lagunero me sentía más responsable de que el teatro tuviera espectadores, a las dos de la tarde salí a la taquilla para preguntar cómo iba la venta y la persona me comentó que había ochenta boletos vendidos, el Teatro Martínez tiene capacidad para ochocientas; diez minutos antes de empezar la función, nosotros estábamos calentando en el escenario, concentrados en lo nuestro y de pronto una voz bastante conocida (la de Jorge Méndez) se vuelve protagónica y grita: “¡Tenían que regresar estos cabrones para ver este teatro de nuevo lleno!” En ese momento nos detuvimos y fuimos todos a los rincones del teatro para asomarnos por el telón: el teatro no solo estaba lleno, sino que tuvieron que improvisar doscientas butacas más. Al terminar la obra nos encontramos con Jorge y sin decirnos una sola palabra se acercó y vimos sus ojos llorosos por una indescriptible emoción.

¿Qué significa para ti la muerte de Jorge?
La muerte de Jorge me significa la pérdida de un gran amigo, maestro y director, pero lo que más me preocupa en estos momentos es el hecho de que queda un enorme hueco en el quehacer teatral; a una ciudad que actualmente está destruida por el ambiente de violencia lo que mejor le podría venir es tener el pretexto o la posibilidad de que por medio del teatro la gente lograra, por un par de horas, adentrarse en un mundo imaginario para alejarse de la cruda realidad actual de nuestra comarca. Habrá que hacer un ejercicio profundo que venga de quienes están en Torreón y fueron discípulos de Jorge para que no dejen que el tiempo pase y el teatro caiga en un letargo. Hay que seguir luchando por el teatro lagunero como Jorge lo hizo por tantos años.
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¿Cuál crees que es el mejor homenaje que la Universidad y La Laguna pueden dedicarle?
El mejor homenaje no creo que esté en un discurso, no creo que en la teoría, sino en la práctica, en el acto teatral en sí; creo que es momento de que aquellos que por años recibieron las enseñanzas de Jorge busquen la manera de montar varias obras, que se vuelva un hecho histórico el tener la posibilidad de ver en siete días de la semana siete obras diferentes; hay que pensar que sí se pueden hacer las cosas.

sábado, junio 20, 2009

Bunge estuvo aquí



Siempre he tenido la impresión de que los laguneros no sabemos apreciar lo que tenemos y, menos todavía, lo que esporádicamente nos llega de fuera. Doy un ejemplo; hace dos años, en mayo de 2007 si mi memoria no cascabelea, vino a Torreón, traído por la UAdeC, el doctor Mario Bunge. La invitación se la hizo el doctor Roberto Tuda Rivas, de la Facultad de Economía. Ignoro por qué razón no había un auditorio lleno a tronar para ver y oír a Bunge, sino un aula con apenas quince personas que, me cuento, lo atendimos deslumbrados. Puedo presumir, no me apena, que me tomé una foto con él, que es un intelectual de peso apabullantemente completo.
Lo mismo o algo similar pasó en noviembre de 2007, cuando vino el poeta Juan Gelman. Los alcaldes laguneros no fueran a recibir a esa eminencia, lástima, y se perdieron así el privilegio de codearse con quien poco después sería reconocido con el premio Cervantes. En otro momento contaré la anécdota sobre el libro que me envió.
Vienen muy de vez en vez esos tipazos y nos pasan de noche, así que cuando encuentro comentarios como el que citaré, no puedo no pensar que andamos muy lejos del aprecio por lo verdaderamente valioso. Cito algunos párrafos de la reseña “La fuerza de Mario Bunge” publicada recién (13, junio, 09) en el suplemento cultural Babelia del El País de España; su autor es Jesús Mosterín, quien se refiere al libro Filosofía política: Solidaridad, cooperación y democracia integral (Gedisa, 2009): “Mario Bunge, que en septiembre cumple 90 años, es el filósofo hispano (en sentido amplio) más importante de su generación. Nacido en Argentina, se doctoró con el físico austriaco Guido Beck, aunque pronto dejó la física por la filosofía. Después de sonados encontronazos con peronistas y militares, en 1963 tuvo que abandonar Argentina. Tras una estancia en Estados Unidos y en Alemania, se estableció definitivamente en Canadá, en Montreal, en cuya Universidad McGill él y Marta, su mujer, obtuvieron sendas cátedras de filosofía y matemáticas. Trabajador infatigable, todavía no ha reducido su pasmoso ritmo de producción. Su ingente obra está destinada a promover una visión sistémica y materialista del mundo. Todavía su penúltimo libro, A la caza de la realidad (Gedisa, 2006), constituye una vigorosa y penetrante defensa del realismo materialista, entendiendo por materia lo mutable o cambiante, por contraposición a la inmutabilidad de las ficciones y de los constructos abstractos de la matemática. (…) La obra está dedicada a su padre, médico, parlamentario e impulsor de la justicia social en Argentina, que transmitió sus ideales progresistas al joven Bunge, cuya primera empresa consistió en fundar una Universidad obrera. Cuando ya estaba en Canadá, durante la dictadura del general Onganía, sus obras fueron quemadas en el patio de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, junto a las de Marx. Cuando en 1982 los militares argentinos invadieron las islas Malvinas, y muchos intelectuales blandengues, como el mismo Ernesto Sabato, se dejaron llevar por un patrioterismo irracional a apoyar la acción de la dictadura, los realmente lúcidos, como Borges y Bunge, mostraron su completo desacuerdo. (…) En el prólogo leemos que ‘la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros’. Este reproche nadie se lo haría a Bunge, que no tiene pelos en la lengua y es lo contrario de un escolástico: es un auténtico surtidor de ideas originales, iluminadoras a veces y otras insuficientemente digeridas y precisadas. El matiz no es lo suyo y con frecuencia se lo ha comparado al elefante en la cristalería, pero hay que reconocer que se trata de un elefante filosófico magnífico, lleno de fuerza y empuje intelectual”. Y pensar que Bunge estuvo en Torreón. Tal vez sea el hombre más lúcido que ha pisado estas tierras y ni cuenta nos dimos.
o
Nota del editor: en la imagen, Roberto Tuda con Mario Bunge en la UAdeC-Torreón. La foto es mía.

sábado, junio 06, 2009

Palabras para una colección



Tomo un fragmento de las palabras que Saúl Rosales escribió para presentar, el jueves pasado, la segunda serie de la colección de libros auspiciada por la UAdeC. Quiero insistir en un hecho irrefutable que por cierto aprendí años ha de Saúl: la importancia que tiene la publicación de libros por parte de las universidades. Van pues las palabras de Saúl:
"Con la proverbial tenacidad (terquedad) de los habitantes del norte árido, mi admirable amigo Gerardo Segura me insistió para que yo presentara, junto con Claudia Berrueto, la segunda serie de libros de la Colección Siglo XXI Escritores Coahuilenses, publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila. Yo me resistí. En general evito salir de mi catacumba si no es para ir a ganarme los maravedíes de la quincena. Pero sobre todo eludía el compromiso de la presentación porque mi condición de milusos me ata a muchas obligaciones asalariadas y porque mi condición de milusos me deja cada día como minero de Pasta de Conchos, sin fuerzas ni para escribir mi testamento. A mi edad es una obligación asentar el ocio en el bosque, en la playa o en la nada.
Sin tiempo ni energía disponibles tenía la justificación para resistirme a la insistencia de Gerardo. No me estimulaba ni la tentación de convivir en esta mesa con Claudia Berrueto, amiga de mi especial aprecio. Pero triunfaron sobre mí, es decir, me derrotaron, el tesón de vencedor del desierto de Gerardo y mi vergüenza porque parecía que quería poner a mi amigo en el papel de Jorge Negrete en la canción de El rogón. Por eso estoy ahora participando en esta presentación de libros publicados por nuestra Universidad, lo que es un mayúsculo motivo de júbilo hasta para mi osamenta y mi ánimo minados.
Sé que no escribí nada bueno para hablar de tan buenos libros publicados por la Universidad Autónoma de Coahuila, por eso esta larga introducción trata de disculparme.
No lo hice bien. Si no me creen, escuchen lo que alcancé a redactar con mi mente constreñida (y estreñida) por la falta de tiempo y energía.
Es motivo de júbilo la presentación de libros de autores que conocemos y de autores que desconocemos. Sin embargo esta vez prefiero encomiar el que sea una universidad, la Universidad Autónoma de Coahuila, quien patrocina una segunda serie de volúmenes de Escritores Coahuilenses. Y no por la calidad de los autores, que en general es extremadamente meritoria, sino porque nuestra Universidad –nuestra porque es de nuestro estado y nuestra porque me honra permitiéndome ejercer el magisterio en sus aulas– nuestra Universidad, digo, cumple la noble tarea de dar cause a un caudal editorial mientras instancias que también debieran hacerlo no incluyen esta labor entre sus afanes. A la institución que la sociedad conoce como universidad se le ha asignado la difusión cultural como una de sus funciones fundamentales. La publicación de libros es una de las más trascendentes formas de la difusión cultural y en proporción con las casas de estudios superiores que nos adornan puede decirse que no existe.
En nuestro tiempo tan alejado de los libros y tan encaminado a la incultura y la barbarie, es un acto de fe en la potencia del espíritu publicar libros de literatura como los de la colección que la Universidad Autónoma de Coahuila presenta ahora. Gracias a la serie de volúmenes que la Universidad pone a disposición de todos los lectores disfrutaremos la convivencia con autores que nos son cercanos y con otros que lo serán gracias a la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses. Recordemos que en la primera serie otra buena camada de laguneros tuvimos la oportunidad de aparecer publicados.
Mediante los volúmenes de esta colección, la Universidad nos da a los lectores la oportunidad de conocer y reconocer una parte significativa de las letras coahuilenses. Tenemos en la nueva serie el ensayo, con su lucidez; la poesía, con su esencialidad; la narrativa, con su riqueza y aun el guión cinematográfico que más allá de las imágenes previstas nos instala, con el empleo de la palabra, en un momento y un espacio de nuestra lengua, la del coloquio cotidiano.
Si pretendemos “comprender nuestro interior y nuestro exterior”, como en su lúcido libro de esta colección (Microcosmos. El hombre como compendio del ser) propone Mauricio Beuchot, entre los mejores instrumentos para lograrlo encontraremos los libros, y entre ellos, los que son como los que nos ofrece la Universidad en esta serie.
La paranoia de aficionado a la lectura me lleva como a otros a ver no pocos indicios de acechanzas contra el libro. No ataques directos que pretendan desterrarlo, sino la promoción y la protección desmedidas de competidores que restan el tiempo que antes se le dedicaba. Por eso a la menor provocación, quienes creemos en el libro como valioso invento de la humanidad que conviene preservarse, debemos resaltar sus bondades y los esfuerzos de quienes lo producen y que, a pesar de todo, lo mantienen en una robusta vida.
Libros de literatura como los de esta serie nos llevan a extremos lingüísticos en los que la palabra es cieno o manjar, armonía o estridencia, experimento fallido o mezcla revolucionaria; y también a geografías remotas o imaginarias; a todos los tiempos y a las complejidades floridas o erosionadas de las sociedades y de las almas, y en sus viajes los lectores encontramos el refugio de mundos si no mejores, sí distintos y completamente abiertos.
El libro de literatura además de entretener a desocupados y ocupados, como dice el Quijote, ayuda a pensar y no sólo estimula el raciocinio sino excita la imaginación y agiliza la mente, por lo que es antídoto contra el irracionalismo que los altos poderes mundiales están inoculando en las sociedades para convertirlas en masas productoras de riqueza que no reclamen más que diversión fútil, sexo abundante e hipocresía litúrgica. Estas tres cosas, se puede apreciar fácilmente, tienen como común denominador el irracionalismo.
Celebremos esta memorable tarea editorial institucional. Y aunque sueno como vocero oficial y puede parecer que lo soy, sin serlo, hablo como hombre que ha encontrado en los libros muchas explicaciones para las interrogaciones internas y para las que me arroja el exterior, quiero decir, hablo como ser humano agradecido por lo mucho que los libros me han ayudado para aligerar el peso de sobrellevar la vida.
Esta segunda serie de la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses de la Universidad Autónoma de Coahuila con sus volúmenes me ayudará a seguir resolviendo enigmas de la vida y a embeberme sin magnetismos pragmáticos con el goce de la lectura. Supongo que lo mismo hará con todos los que se adentren en sus páginas. Compartamos el júbilo por los nuevos libros".

miércoles, junio 03, 2009

La caída de los signos



La caída de los signos
Prólogo a De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales
de Fernando Fabio Sánchez

Por Ignacio Corona
The Ohio State University
corona.7@osu.edu
http://people.cohums.ohio-state.edu/corona7/

Escribir sobre el crimen en ámbitos en que la burla de toda certeza e indagatoria legal parece ser la norma constituye no solo un ejercicio crítico sino, tal vez, catártico. Ello adquiere mayor importancia en sociedades en franca crisis o que experimentan accidentados procesos de transición. Sociedades que podrían caracterizarse por una galopante cultura de la ansiedad, a juzgar por la identificación de la inseguridad como la principal preocupación ciudadana en encuestas y otros instrumentos de opinión pública; o en las que apenas uno de cada diez crímenes es sometido a debido proceso judicial y el o los culpables castigados; o en las que los despojos de mujeres jóvenes se descubren en parajes desérticos como si, al igual que la arena y las piedras, formaran parte del árido ecosistema; o en que las evidencias de los inefables “ajustes de cuentas” regularmente amanecen entre la basura de calles o lotes baldíos; o en las que poderes al parecer mejor armados y adiestrados que las fuerzas de seguridad desafían a voluntad los aparatos de seguridad y las redes de protección del Estado. Por más que la escritura sobre el crimen se abstraiga de tales realidades o solo represente un fantasioso divertimento para el escritor “serio” –como algunos autores lo han señalado-, es difícil no interpretarla en relación a la experiencia colectiva en que se inscribe, tanto en el ámbito de la escritura informativa, como en el de la ficción literaria, en especial de la literatura policíaca.
Por contraparte, si nos enfocamos en los destinatarios de tal literatura, bien se podría inquirir sobre lo que éstos buscan en ella. Puede que sea el goce de una violencia permitida en que se sublime la agresividad o la confección de crímenes simbolizados; tal vez la solución analógica de casos que, con demasiada frecuencia, quedan sin resolver en la realidad; o el incremento del desasosiego personal a veces rayano en el masoquismo; o la estimulación de la violencia mimética sino es que el morbo, aunque para ello reinen supremos los medios audiovisuales; o, por el contrario, la pretensión de familiarización con relatos de crímenes en una especie de conjuro de la sensibilidad, aunque para ello existan muchas otras opciones de escapismo y cultivo del ocio. No obstante, los ejemplos más acabados de literatura policíaca, en sus diversas acepciones y estilos, sugieren una clave de otro tipo, la cual comparte con la supuesta literatura “con mayúscula”: una oferta epistemológica. Es decir, se acude también a ella aspirando crear un sentido de algunos de los aspectos más oscuros y perturbadores de la realidad psicológica y social. Aspectos que si bien parecen representar un rebase de la cultura o el germen de su destrucción, al mismo tiempo resultan inherentes a ésta pues –a menos que los etólogos nos desdigan- el crimen solo puede definirse como un fenómeno humano. Es cierto que en la práctica del género hay anchas avenidas hacia el escapismo y no escasean elementos que, sino resultan francamente reaccionarios, reafirman de forma acrítica todo tipo de prejuicios y actitudes sexistas, clasistas y racistas. Empero, hay también un buen número de obras que cuestionan en el lector anquilosados esquemas éticos, cognitivos, sociales y culturales. En tales casos, la narrativa policíaca constituye un instrumento de sondeo de la realidad social, cultural y política y, para ello, no requiere de prescindir de fórmulas establecidas o revolucionar por necesidad el género.

Cuente el texto policíaco con un detective como protagonista central o no, el crimen o el delito siempre aparece de forma prominente y, por ello, constituye, en realidad, su elemento definitorio. Si bien, dicho crimen no deja de asociarse con lugares físicos comunes, mayormente cerrados o marginales, o de adscribirse a ciertos ámbitos sociales que metafóricamente corresponden a los llamados sótanos de la sociedad, otro rasgo de la mejor literatura policíaca es el de hacer visible, además de la violencia física, los contextos de violencia social en que aquélla se genera. Tal hecho de hacer visible lo invisible pone en juego no solo el propio acto de la violencia, su móvil y sus medios, sino que evidencia los mecanismos identificatorios por los cuales una víctima llega a ser tal. Según lo ha visto Josefina Ludmer en su estudio de la literatura argentina, el cuerpo del delito es aquél en que coinciden las razones del Estado y las de la cultura: “solo puede constituirse el corpus delicti (cuerpo de la evidencia) cuando se le considera una unidad de ficción desde la perspectiva del estado y, a su vez, desde el interior de la cultura”.1 Razones culturales y políticas se entremezclan, entonces, en la asunción de la evidencia en el discurso literario. De ahí también, la importancia de éste con respecto a la comprensión del crimen, pues conforma un terreno idóneo para detectar cierto tipo de condiciones sociales y capturar las tensiones que operan en contextos de alta violencia social.
La colección de historias “De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales” de Fernando Fabio Sánchez emerge apelando a algunos de los contextos sociales antes mencionados. Su propuesta narrativa ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios. Al viabilizarse la narrativa a través de una “estructura de convergencia”, las “siete historias (pseudopoliciales)” que componen el libro se encaminan hacia un dispositivo de solución narrativa que, en ciertos aspectos, recuerda los modelos empleados por Tomás Rivera en …y no se lo tragó la tierra o el propio Carlos Fuentes en La frontera de cristal, aunque ninguna de éstas aborde la temática policíaca. En dicha estructura las historias, en un primer término independientes entre sí, terminan adquiriendo una cierta organicidad por la recurrencia autorial a una subjetividad articuladora que, en ocasiones, permanece en el anonimato. No así en “De la escritura a la evidencia…”, la cual nos presenta en ese rol a un personaje excéntrico y fascinante, Orlando Lipatín, el cual suma varios arquetipos detectivescos y otros de “sabuesos” accidentales, siendo a la vez distinto de todos. En efecto, no es el típico detective entrenado en el arte de la supervivencia y el encuentro con las “fuerzas del mal”, sino que su visión de la realidad y capacidad deductiva las ha moldeado y ejercitado —como moderno Quijote— a través de la lectura. Se trata de un profesor de literatura retirado al servicio de las “fuerzas del orden”. El autor coloca a un especialista en crítica literaria y en la hermenéutica de los textos, es decir, en la interpretación de los signos, a desentrañar los casos que la policía no logra a través de sus métodos legales de investigación ni ilegales de “extracción de la verdad”. Asimismo, les hace un guiño a los lectores al otorgarle a las humanidades un nuevo papel en el ámbito de la procuración de justicia, pues Lipatín propone que los agentes se sometan a métodos alternos de agudización de su intelecto y capacidades deductivas por medio de la lectura de obras literarias y sesiones de estudio dirigidas por él. En el fondo, tal propuesta conlleva el sometimiento de la fuerza a la razón, con el agregado de humanizar en el proceso a sujetos que, muchas veces, se esfuerzan por obrar en sentido contrario. Más aún, implica interpretar la realidad a través de la ficción. La ubicación física de Lipatín en el centro del país, desde donde reflexiona sobre eventos ocurridos en lugares distantes (i.e. en la frontera norte o en la península yucateca), constituye un solapado recordatorio del centralismo político y del punto neurálgico de la procuración de justicia. Tal centralización complementa los efectos corrosivos de los desplazamientos geográficos y las migraciones sobre las identidades, a lo cual se alude en varios de los relatos.
De la escritura a la evidencia… es una obra de búsqueda en el más amplio y multivalente sentido del concepto. Por una parte, busca su acomodo entre las genealogías del policial a partir de la reconocida presencia de Edgar Allan Poe, entre otros, a lo largo del libro. En términos de expresividad, se evidencia una preferencia por la intelectualización de la materia narrativa —es, asimismo, notable su homenaje a Jorge Luis Borges—. La prosa exhibe una gran voluntad de estilo, encontrándose salpicada por ricos giros poéticos, algo nada común en la narrativa tradicional del género. Más aún, las historias abrevan de fuentes más amplias y antiguas que las de la literatura policiaca. Así, el lector se encontrará estimulado a reconocer pistas —la figura de Lilith, por ejemplo, cuya sombra atraviesa culturas e idiomas desde su más remota aparición en la cultura mesopotámica—, tramas, lugares comunes para, a fin de cuentas, aceptar el juego intelectual que el autor hace con tales elementos, como un sagaz ajedrecista que mueve sus piezas plenamente consciente del valor de cada una de ellas y su ventaja posicional. Y aunque los elementos sean reconocibles, su combinatoria y los desenlaces de cada una de las tramas están lejos de ser formulaicos, como si se aplicara una desconstrucción derridiana a las fórmulas clásicas del policial. Por añadidura, propone una cierta inversión en momentos claves de su narrativa: la escritura antecede o explica el status de lo evidente.
En términos de representación, dicha búsqueda ausculta universos relacionales y rituales crípticos que se vislumbran en los flashazos del crimen en el desborde de las fuerzas cohesivas de la cultura. Así, literatura y detección se funden entonces en una propuesta del mayor interés. La analogía es productiva, como en el mencionado caso de Lipatín.
El libro busca entonces leer tras las imágenes y los objetos, los signos de una realidad no aparente. Por sus páginas transitan personajes simbólicos (vgr. John Wayne y Elisa Valenzuela), cuya aspiración no es tanto la de representar la verosimilitud, cuanto una idea: la naturaleza del doble, la introspección, la despersonalización, la duplicidad, el interjuego de identidades, la inestabilidad psicológica, la rebelión del inconsciente, etc. No es casual que la relación entre escritura y evidencia que el título sugiere viabilice un abordaje hermenéutico en que también los objetos representan más que la mera realidad de su contexto funcional. Hay en esto, sobre todo, una búsqueda semiótica tras los signos que permitan capturar el sentido más profundo de la realidad. Las fotografías, no son la evidencia más inequívoca de ésta, sino tal vez su forma más sutil de engaño. Asimismo, los mensajes y los signos son mensajes de alguien para alguien más. Las identidades tras dichas autorías son, así, otro motivo de búsqueda. En esa búsqueda semiótica desfilan objetos que los conocedores del género reconocerán: la brújula, las cartas, los libros y poemas codificados, los cuchillos, todos ellos esconden claves y misterios, acertijos. Es decir, son signos de una realidad no aparente pero fundamental en el caos del mundo. Como los objetos en el sueño para el psicoanálisis, tales objetos asociados a los crímenes y a las pistas de los criminales en la pesadilla de la realidad cotidiana son igualmente proclives a interpretación. Los objetos en su función simbólica comunican y puede que el crimen mismo también esté estructurado como un lenguaje. Por ello, el detective, en ese sentido hermenéutico, es como el analista en busca de lo no aparente tras el mensaje cifrado. Representa la perspectiva racionalista tratando de abarcar el mundo a través de esquemas explicativos y causales, incluidos los mundos interiores y las pesadillas.

De la escritura a la evidencia…, empero, no abriga mayores optimismos en ese sentido. No parece reafirmar que los signos, a fin de cuentas, sean tales ni que lo que simbolizan pueda ser, en última instancia, comunicable. Los relatos nos acercan, de esa manera gradual, al precipicio, que no es el de la inestabilidad de los signos, rebeldes a sujeciones impositivas de un orden, sino en un sentido mucho más dramático, puesto que el anuncio de una caída es inminente. No en vano la escena final nos presenta a un apesadumbrado Lipatín en la cúspide del más alto edificio de la ciudad, desde donde se contempla el entorno urbano —escenario de crímenes, pero también de vida y comunicación social— y se sospecha la posibilidad de una caída. En su desánimo y derrota, acepta la multiplicidad de sentidos incapturables en un orden dado y, con ello, la imposible exégesis de los símbolos personales. Ahí, en el fracaso de la investigación que cerraría seis asesinatos, se simboliza una caída más que figurativa: la de los signos. Y con ella, la de las pistas, los rastros, las evidencias y las certidumbres. No será interés del autor promover una asociación literal con la realidad extratextual pero, en el fondo, tal claudicación del sentido y de la perspectiva racionalista no resulta muy diferente de la hoja de servicios actual de muchas procuradurías de justicia a lo largo y ancho de aquellas sociedades a que hacíamos referencia al principio. Ahora bien, como lectores que hemos apenas conocido a Lipatín, esperamos que esta derrota personal no sea definitiva y nos lo volvamos a encontrar una vez más en el futuro, pues no solo sus nuevos discípulos en la corporación policíaca tienen mucho que aprenderle.

1 Josefina Ludmer, “The Corpus Delicti”, The Places of History. Regionalism Revisited in Latin America. Ed. Doris Sommer (Durham and London: Duke University Press, 1999) 12.