Uno se pone de pie al ver los goles del delantero con los nervios más templados que ha tenido el futbol mundial. Clavó cerca de mil, una cantidad que podría colmar de orgullo a cinco delanteros juntos. Romario de Souza Faria (Río de Janeiro, 1966), conocido a secas como Romario, era muy bajo de estatura, pero fuerte como un perno de acero. Reunía todos los atributos deseables para un depredador del área, y esto incluye el cabeceo, pues pese a su módica estatura sabía buscar y hallar balones por arriba. No es raro que sea considerado por los aficionados como uno de los diez mejores jugadores de la historia, incluso de los cinco. Si vemos sus acciones, notaremos que su repertorio de habilidades dentro del área era total. Fue un maestro del cambio de ritmo, pues podía pasar de cero a cien en un microsegundo, y a esto se anudaba el mayor de sus talentos: la tranquilidad. Ha sido el delantero más sereno que se vio en las canchas; casi todos disparaban fuerte, con apuro, y Romario no: él cruzaba o picaba la pelota con cínica lentitud, como quien cascarea en el patio de su casa. Liquidaba a sangre fría.
domingo, julio 12, 2026
miércoles, mayo 07, 2025
Los anticuerpos de siempre
Enrique Macías recién me ha compartido un artículo que en
efecto aguijó mi interés. En él, Arturo Pérez-Reverte despotrica contra las
editoriales y los autores que en asociación ilícita revientan el mercado con
libros sin mérito alguno. El alegato es general, abierto, casi para que
cualquier empresa productora de libros se sienta parte del problema. Es
difícil, imposible más bien, no coincidir con el escritor español, aunque el
riesgo de abrir tanto el abanico es que en él quepan libros como los del mismo
crítico: novelas y sagas diseñadas para el éxito de ventas, que al parecer es
el único éxito que hoy importa.
Afirma el padre del capitán Alatriste: “Dense una vuelta por
las mesas de novedades y comprobarán que lo de Jeosm [un fotógrafo amigo suyo
que fue invitado a escribir una novela de lo que sea con tal de venderla] no es
anécdota suelta, sino indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que
como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura. Cada año, cada
mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías,
plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o
innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta”.
¿No es este fenómeno similar al que se da en todas las
artes? ¿Acaso no sobreabundan las propuestas de todos los pelajes? ¿Es posible frenar la avalancha de objetos
culturales cuya única razón de ser es el propósito de lucro? Más adelante, observa: “No hay presentador de
televisión, youtuber, influencer o famoso que, por iniciativa propia o
inducida, en sus ratos libres, que por lo visto son muchos, no pruebe suerte
con la tecla”. Particularizar, decir que los youtubers y los influencers son
quienes infestan el mercado del libro es casi improcedente, pues en realidad el
tumulto de los que hoy producen libros no se restringe a un tipo específico de
persona. Es más fácil decir “cualquiera”, o al menos “cualquier famoso”.
Tampoco es un mal sólo atañedero a la literatura, al libro.
Hoy, tras el boom de la comunicación
digital, cualquiera que tenga un celular y una cuenta de red social puede ser
actor, cantante, fotógrafo, estrella porno, politólogo, orientador vocacional,
conferencista, científico, mago, cómico, chef... Un poco de fama previa y algo
de suerte pueden facilitar cierto éxito, como pasa con los exfutbolistas que
ahora se han autohabilitado de entrevistadores en streaming o perpetradores de tik toks.
En este mundo revuelto nos movemos ahora: el de los “creadores de contenido” que se reproducen como chancros. Lo que debemos invocar no es que desaparezcan equis o zeta productos, aspiración hoy imposible de satisfacer, sino alentar en los consumidores la procura de un cedazo con la cuadrícula más cerrada; es decir, lo de siempre. Quien lo logre al final terminará encontrando que lo bueno, lo meritorio, lo atendible, es lo mismo que ya había antes de que fuera tan fácil la multiplicación/exhibición de la estupidez.
sábado, agosto 31, 2024
Momento bisagra
La
palabra “bisagra” se ha extendido de su significado de “gozne” a otros
sentidos, ambos metafóricos. Uno de ellos es horrible; por la función flexiva
entre el antebrazo y el hombro, para la raza nostra es un equivalente a axila,
a sobaco, de ahí que no sea infrecuente oír “Le apestan las bisagras”, o peor:
“Le jieden las bisagras”, con una jota que misteriosamente hace más pestífera
la expresión. El otro caso no es ingrato: “Fue un momento bisagra”, que sirve
para marcar los hitos, parteaguas o puntos de inflexión de algo o de alguien en
una determinada temporalidad. En este último sentido me detendré, no en el
nauseabundo.
Leo
un post de esos que el algoritmo arrima tal y como opera el algoritmo:
sin que lo solicitemos, despiadadamente. En ocasiones, sin embargo, se pone
serio y no propala chistes, morras despampanantes o tutoriales para
manualidades domésticas, sino textos más o menos bien elaborados y con asuntos
de interés general. Uno de estos me cayó el jueves, y aborda sinópticamente la
vida de Pete Best, quien pudo ser el baterista de Los Beatles. Me llamó
la atención porque, mutatis mutandis, cuando ya somos algo viejos todos llegamos
a pensar que hemos vivido uno, o quizá más, momentos bisagra en nuestro pasado.
Best estaba ya en el grupo cuando al productor se le ocurrió que no cuadraba,
que no poseía los atributos de Paul, John y George. Entonces le dio la noticia:
saldría del grupo y su reemplazo sería Ringo. Lo que siguió en la trayectoria del
cuarteto ya lo sabemos, así que huelga contarlo.
Para
empezar, sé que el algoritmo no es nada pendejo. Si manda el material que
manda, es porque ya nos tiene mediditos. Ni siquiera una madre conoce tan
bien a sus hijos como el algoritmo a los innumerables navegantes del ciberespacio.
Es la vigilancia total, absoluta, e incluye hasta nuestros apetitos más
recónditos. Lo curioso es que, a diferencia de la vigilancia basada en la
noción del panóptico, que incomodaba a los vigilados, ésta es invisible y bienvenida,
tan aparentemente inocua que la dejamos entrar a nuestras vidas porque sería
peor perder la sensación de independencia y dominio que alcanzamos mediante la
pantalla táctil. Dado, entonces, que no vamos a renunciar así como así a las
delicias de la navegación confesable e inconfesable, cabe por lo menos hacerse
alguna pregunta, si queremos íntima, sobre las decisiones del algoritmo y por
qué en el mostrador nos despacha ciertos productos y no otros.
Esto
pensé ahora con el post sobre el tal Best y Los Beatles. Según la nota (lo
común es no indagar si fue cierta o no, pues en la época de las noticias falsas
la verdad es una categoría si no muerta, sí moribunda), “El golpe fue
devastador. El éxito de The Beatles se convirtió en una herida abierta para
Pete, quien no comprendía cómo había pasado de estar dentro del fenómeno
cultural más grande del siglo a observarlo desde fuera. Pensó que su atractivo
y talento le asegurarían una carrera, pero nadie volvió a fijarse en él. El
dolor y el resentimiento lo consumieron”.
Best,
abatido, trabajó dos décadas como empleado estatal, pero luego volvió a la música,
alcanzó algo de reconocimiento y se embolsó “6 millones” (la nota no dice si de
dólares o de qué). Pese a esto, “La prensa, al conocer la noticia, le lanzaba
la pregunta hiriente: ‘¿Cómo se siente al saber que mientras usted cobró 6
millones, la fortuna de Ringo es de 400 millones?’”. El texto cierra con una especie
de moraleja: “Aquel agosto de 1962 cambió la vida de dos bateristas para
siempre. Esa decisión marcó un punto de quiebre tan claro que pocas veces se
puede señalar un momento tan decisivo en el destino de alguien”.
¿En
algún momento dije (el celular también nos escucha) o escribí algo con la
orientación de la nota sobre Best? ¿Expresé que la vida me planteó alguna disyuntiva
entre una realidad u otra tanto que el algoritmo ahora me lo enrostra? No sé. Pero
esto es como los horóscopos: si nos esforzamos en que nos calce, nos calza. En
mi caso, puedo ver varios momentos en los que por mi decisión o por ajenas
causas avancé por un lado y no por otro, y es un hecho que uno nunca sabe,
aunque lo especule contrafactualmente, qué hubiera sido de haber tomado otro
derrotero. Insisto: no sé, pero es claro que la anécdota de Best trasluce la mugrosa
y ubicua noción exitista del presente, la idea de que el segundo lugar es catastrófico.
No por nada esta es la misma idea que vertebra la novela Número dos
(Pinguin Random House, 2022), de David Foenkinos, que no he leído pero en una
reseña pesqué que trata sobre los dos actores que llegaron a la final del casting
para hacer la película Harry Potter; ya podemos imaginar qué destino le
cayó encima al perdedor luego del momento bisagra que lo dejó fuera del film.
En la “Milonga del solitario”, Atahualpa Yupanqui nos regala esta estrofa: “El que me quiera ganar, / ha’e tener buen parejero. / Yo me quitaré el sombrero, / porque así me han enseñao, / y me doy por bien pagao, / dentrando atrás del primero”. No es falta de ambición, es sólo no dejarse engatusar, estemos o no estemos en un momento bisagra, por las paparruchas del éxito como única vara para medir el espesor de nuestras vidas.
miércoles, junio 26, 2024
Crepúsculo de GGM
Recuerdo
la reticencia con la que Julio Scherer describió su último encuentro con
Gabriel García Márquez. Lo cuenta en Vivir
(Grijalbo, México, 2012), uno de los muchos libros que escribió el periodista
mexicano en la etapa final de su andadura. En el trozo que dedica al colombiano
se nota que el fundador de Proceso no
quiere enfatizar lo que contemplan sus tristes ojos: el declive del amigo, ya ostensible
en el deterioro de su memoria, lo que anunciaba la muerte del premio Nobel 1982.
Esto
que un mediodía de 2014 conmovió a Scherer fue vivido con desgarramiento, durante
varios meses, por Rodrigo García, hijo del novelista. O no sólo por él, sino también
por Mercedes Barcha y Gonzalo, esposa y segundo hijo del escritor que en su
casa de la Ciudad de México se fue apagando hasta partir un Jueves Santo. El
relato de este crepúsculo fue publicado años después, en 2021, por Rodrigo en el
libro titulado Gabo y Mercedes: una
despedida (Literatura Random House, México, 139 pp.).
Es un libro de género híbrido, pues lo mismo participa de la memoria, la crónica y el testimonio. Rodrigo García se instala en el presente y observa el ocaso de su padre. Así, da cuenta cronológica del apagamiento y la circunstancia que rodeó a su famoso padre en aquel periodo de conclusión. En medio de tal relato, innegablemente doloroso, recuerda situaciones, anécdotas, rasgos de Gabo vinculados a su vida creativa y al entorno familiar. Se trata pues de una mirada no sólo cercana al escritor, sino prolongada, ofrecida desde la perspectiva de quien de manera natural, como hijo, ha podido ver y escuchar al laureado narrador en su círculo más íntimo.
Así, la crónica del gradual apagamiento de GGM permite avanzar hacia el pasado y, también, hacia las reflexiones de Rodrigo frente al hecho cierto de que un talento extraordinario está por extinguirse. En algún punto expresa su duda: no sabe si tomar nota del declive de su padre, para luego escribir, es un acto prudente o impudente, pues sabe que este tipo de acercamiento podrá ser tomado como oportunismo: "Me aterra la idea de tomar apuntes, me avergüenzo mientras los escribo, me decepciono cuando los reviso. Lo que hace al asunto emocionalmente turbulento es el hecho de que mi padre sea una persona famosa. Más allá de la necesidad de escribir, en el fondo puede acecharme la tentación de promover mi propia fama en la era de la vulgaridad. Tal vez sea mejor resistir al llamado, y permanecer humilde. La humildad es, después de todo, mi forma preferida de la vanidad. Pero, como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil". Al final decide, momento tras momento, seguir con el registro en estampas, en tramos cortos, del ocaso material de quien escribiera Cien años de soledad, y gracias a esto tenemos hoy la crónica de una muerte contada desde dos cercanías: la física y la del corazón.
"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir. Todo lo que había vivido, presenciado y pensado estaba en sus libros, convertido en ficción o cifrado. 'Si puedes vivir sin escribir, no escribas', solía decir. Yo estoy entre los que no podrían vivir sin escribir, por eso confío en que me perdonaría", señala Rodrigo García Barcha casi en el cierre del libro. No podemos saber si su padre lo perdonaría; nosotros, sin duda.
sábado, junio 22, 2024
Una pinacoteca en libro
Pinacoteca
del Ateneo Fuente. 100 años (UAdeC, Saltillo, 2019, disponible
en PDF gratuito en la web de la Secretaría de Cultura de Coahuila) es un libro
que recoge la historia y en fotos gran parte del contenido resguardado en la
institución nombrada en el título. Se trata pues de un documento compendioso,
un resumen acabado de la colección de su tipo más valiosa de nuestra entidad,
como en el libro lo señala Marco Antonio Contreras, director del Ateneo Fuente:
“nuestra pinacoteca se sitúa como la sala de arte más grande de Coahuila de
Zaragoza, lo que representa un orgullo para el Ateneo Fuente y para la
Universidad Autónoma de Coahuila”.
La
publicación cuenta con tres textos introductorios firmados por Salvador
Hernández Vélez, el mencionado Marco Antonio Contreras y la casa editora (Quintanilla).
En su turno, Hernández Vélez apunta que “El Ateneo Fuente resguarda la historia
de la procedencia de las obras que se fueron integrando a la colección
original, proveniente en su mayor parte de la antigua Academia de San Carlos,
posteriormente enriquecida por aportaciones de estudiantes de la Academia de
Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente y por donaciones de don Artemio de
Valle Arizpe”.
La
tarea de describir el origen, la evolución y la actualidad de la obra plástica
contenida en el Ateneo saltillense recayó en Sylvia Georgina Estrada,
periodista, quien trazó una investigación que en el libro es apuntalada por
imágenes de documentos relacionados con la fundación del acervo. Dato de suyo
interesante es el que se refiere al primer motor que viabilizó la creación de
este espacio (Venustiano Carranza): “Se dice que el cieneguense estuvo atrás de
las gestiones que dieron forma a la Pinacoteca del Ateneo Fuente. Carranza
estudio en la escuela fundada en 1867 y que entonces dependía directamente del
Gobierno del Estado. Fue uno de sus hombres de confianza, Gustavo Espinosa
Mireles, gobernador de Coahuila, junto al escritor Artemio de Valle Arizpe,
quienes se dieron a la tarea de reunir una colección de pinturas para la institución
de la que también eran exalumnos”.
El desarrollo de
la investigación resalta los momentos y las personalidades vinculadas al origen
y primer asentamiento de la pinacoteca. Destaca allí Rubén Herrera, zacatecano
que fue fundamental en la creación de la sala además de la encomienda de
organizar una academia, lo que a la postre será otro pilar en el que se
sostendrá la muestra: “Después de 13 años de estudios en Europa, Rubén Herrera
regreso en 1920 a su alma mater con el propósito de crear la Academia de
Pintura de Saltillo Anexa al Ateneo Fuente. En los archivos ateneístas se
encuentra una carta, fechada el 13 de enero de 1921, en la que el secretario
general del gobierno presidido por Luis Gutiérrez le pide al artista que organice
‘una fiesta literario musical para celebrar debidamente la inauguración de la
Academia’”. Igualmente se pone énfasis en la figura de Artemio de Valle Arizpe
como gestor del primer acervo con obras de gran valor, muchas de ellas traídas
de Europa.
El libro suma 239
páginas, y como corresponde a los volúmenes de este tipo, la mayor parte de
ellas está dedicada a la muestra de la colección, que comienza a partir de la
página 41 con las reproducciones (fotos de Ramón Zertuche) y las cédulas
preparadas por Érika Flores Padilla.
En suma, un libro de lujo puesto gratis en PDF a la vista del lector.
miércoles, junio 19, 2024
Narrativa turbo de Juan Romagnoli
Los nombres de los géneros son convencionales. Los aceptamos para saber más o menos de qué hablamos, pero en el fondo da lo mismo el molde, sea el que sea. Podría decirse pues que lo importante no es el continente, sino el contenido. Así, y más allá de las pequeñas variantes que pueda suponer una escritura u otra, llamamos al relato corto de distintas maneras sólo para que la desorientación no nos abrume: microficción, microrrelato, micronarración, narración breve, cuento súbito, cuento brevísimo, minificción…
Pasa
algo similar con ese género nacido ambiguo que solemos llamar novela corta,
noveleta o, con regodeo galicista, nouvelle. ¿Por qué no llamarle
micronovela? Fuera del gélido contexto académico da igual no ceder a la manía
nominativa, creo, pues en el caso de la micronovela lo importante, también, es el contenido, no el
recipiente que la acoge ni su rótulo. Veamos dos libros con relatos de esta índole.
La
micronovela Una bala lleva tu nombre (Macedonia, Morón, 2024, 48 pp.),
de Juan Romagnoli (La Plata, 1962), es un relato convincente, eficaz y tenso,
legible a velocidad turbo, lo que calza muy bien con su trama de road movie. Dos delincuentes, Gómez y la Rubia, algo así
como Bonnie & Clyde del Gran Buenos Aires, perpetran un robo en Adrogué. El
relato comienza cuando, dinero en mano, recién comienzan su escapatoria en el
entorno oeste de la capital argentina. No han hecho ni un disparo, pero de
todos modos se cuidan de la policía mientras avanzan en su huida. Pasan en esa
agitación por Campana y otros lugares cercanos. Su idea es, de hotelito en hotelito,
escurrirse por el norte hacia la frontera con Brasil. El problema, sin embargo,
no es rajar ante el pálido acecho de la justicia, sino de Tino, expareja de la
Rubia. En esto se basa el suspenso de la aerodinámica narración.
Lamentablemente
para Tino, quien gozó los favores de la Rubia mientras Gómez mordía barrote, la
pareja de ladrones sabe que el tercero en discordia los perseguirá, y ni la
Rubia quiere regresar con él ni Gómez desea tenerlo cerca. Contar más es
adelantar con imprudencia, “espoilear”, como se dice ahora. Sólo es necesario
añadir que Romagnoli ha escrito un cortometraje textual en el que la velocidad
juega un rol fundamental: velocidad en los autos, velocidad en las decisiones
de los protagonistas, velocidad en la resolución del conflicto. Sólo falta
añadir a esto la velocidad en la lectura de quien pase su mirada por las
páginas de Una bala lleva tu nombre. El final llegará pronto y, estoy
seguro, nadie se sentirá defraudado.
Del
mismo autor, el libro Eran viejos conocidos (Macedonia, Morón, 2024, 56
pp.) presenta las mismas características a la obra anterior y añade otra que
enfatiza la peculiaridad del género. Esta nueva característica es,
precisamente, la que fuerza el uso de la etiqueta “micronovela” y no
“macrocuento”. Si bien por extensión se podría pensar todavía en un cuento
largo, en Eran viejos conocidos hay un protagonista, Tomás, que sirve
como eje de la historia, pero es el despliegue de hechos y personajes
distribuido en capítulos brevísimos lo que amplía y desborda las lindes del
cuento. Es una sola historia, en efecto, como si fuera una sola bala, pero es
expansiva, se abre a muchas subhistorias, lo que añade el ingrediente
novelístico.
Del
género fantástico —no creo que sea ciencia ficción al uso—, el relato narra un
acontecimiento largamente imaginado por la humanidad: la llegada a nuestro globo
de seres extraterrestres. El revuelo que provoca la noticia es visto desde la
modesta realidad de Mendoza, Argentina, donde vive Tomás. Nuestro protagonista
sigue desde aquella provincia vitivinícola las noticias que fluyen a través de
los medios de comunicación. Lee y escucha lo que se sabe y se especula sobre
los visitantes, y lo que los políticos y los científicos sueltan a confusos chorros
por los afluentes del periodismo. La historia avanza y tiene un vuelco cuando un
dato inquietante brota al público: los extraterrestres son neandertales alguna
vez secuestrados de la Tierra y llevados a un planeta remoto donde no se
extinguieron y, claro, siguieron su extraña evolución. Otro elemento
significativo es la aparición, no sin humor, de Diana, una científica mendocina
que casualmente trabaja en la NASA y tiene cierto parentesco con Tomás. Hasta
su inesperado cierre, el relato se precipita en acontecimientos que colocan a
Mendoza en el centro de la actualidad mundial. De nuevo, pues, el autor ha
contado vertiginosamente una historia cuyos capítulos nos bombardean como luz
estroboscópica.
En las dos obras mencionadas, la novela corta, llamada “micronovela” por su autor, nos abre la ventana a un tipo de narración mestizo en el que la amplitud y la pluralidad de la novela se comprimen y avanzan como la pedrada que suele ser el cuento. Es, en todo caso, una mixtura atrayente y harto atendible, una fusión que calza bien al tiempo que vivimos de fragmentarismo, rapidez y eficacia literaria.
sábado, mayo 11, 2024
Sontag, libros, lectura y JLB
A
veces parece que la vida tiene una programación, un plan meticuloso en el que
no intervienen los caprichos del azar. Ayer participé en una mesa de la Feria
Internacional del Libro de Buenos Aires y vi oportuno cerrar mi tiempo con la
lectura de una de las piezas instaladas en mi Monterrosaurio (Arteletra, Torreón, 2007), librito que contiene un
deliberado, amplio y por ello juguetón estudio sobre “El dinosaurio” de
Monterroso y, al final, 85 variaciones mías sobre el cuento brevísimo por
antonomasia de la literatura en español. Una de las últimas lleva como título
“Borges”, y antes de leerla señalé, sin énfasis pero seguro de lo que decía y
ante quiénes lo decía, que la pieza se refería al más grande de todos: “Cuando
falleció, el otro Borges todavía estaba allí”, en alusión intertextual, claro,
al famoso relato del mismo Borges. La ocurrencia fue recibida, creo, con gusto,
y así cerré mi oportunidad ante el micrófono.
Unas
dos horas después, ya en la cama, le eché un vistazo de rutina a Facebook y me
topé con uno de los aportes buenos que no infrecuentemente tiene esa red
social. Es una carta de la escritora norteamericana Susan Sontag a Borges. La
fecha en 1996, diez años después de la muerte del argentino. Se trata, pues, de
una misiva dirigida a un interlocutor inexistente, aunque en lo literario
plenamente vivo. Lo que me asombró de la carta es lo evidente: poco tiempo
antes yo había subrayado que se trataba del más grande, y al llegar a casa, no siento
que por travesuras del algoritmo, el texto de Sontag prácticamente decía lo
mismo.
Después
del “Querido Borges”, señala: “Dado que siempre colocaron a su literatura bajo
el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si
alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese
era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y,
sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que
resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la
generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de
los escritores... así como el más artístico”.
Al
referirse a la modestia de Borges, una modestia que asombrosamente uno sí cree
genuina, comenta: “Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia.
Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan
sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser
inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la
trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted
demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser
completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna
parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda
es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)”
Sontag
avanza en su carta “a Borges” y se queja de la situación del libro y la
lectura. Ve con pesadumbre el desdén de la gente y el avance del libro digital,
electrónico, y supone que el libro interactivo, en pantalla, se sumará a los productos
televisivos y publicitarios.
Y
cierra: “Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero,
¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los
libros —de la lectura en sí— que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que
quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una
diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba
el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a
abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro
héroe”.
Ha pasado el tiempo y el libro de papel sigue en pie, todavía firme ante el digital, aunque ciertamente la lectura, como acto, se encuentra en una etapa dura frente a la superabundancia de imágenes y distractores fofos. No sabemos a dónde parará esto, pero en lo que sí podemos estar de acuerdo es en que JLB sigue siendo un faro, el más alto que tenemos a la mano como guía del libro y la lectura.








