jueves, enero 22, 2026
sábado, mayo 11, 2024
Sontag, libros, lectura y JLB
A
veces parece que la vida tiene una programación, un plan meticuloso en el que
no intervienen los caprichos del azar. Ayer participé en una mesa de la Feria
Internacional del Libro de Buenos Aires y vi oportuno cerrar mi tiempo con la
lectura de una de las piezas instaladas en mi Monterrosaurio (Arteletra, Torreón, 2007), librito que contiene un
deliberado, amplio y por ello juguetón estudio sobre “El dinosaurio” de
Monterroso y, al final, 85 variaciones mías sobre el cuento brevísimo por
antonomasia de la literatura en español. Una de las últimas lleva como título
“Borges”, y antes de leerla señalé, sin énfasis pero seguro de lo que decía y
ante quiénes lo decía, que la pieza se refería al más grande de todos: “Cuando
falleció, el otro Borges todavía estaba allí”, en alusión intertextual, claro,
al famoso relato del mismo Borges. La ocurrencia fue recibida, creo, con gusto,
y así cerré mi oportunidad ante el micrófono.
Unas
dos horas después, ya en la cama, le eché un vistazo de rutina a Facebook y me
topé con uno de los aportes buenos que no infrecuentemente tiene esa red
social. Es una carta de la escritora norteamericana Susan Sontag a Borges. La
fecha en 1996, diez años después de la muerte del argentino. Se trata, pues, de
una misiva dirigida a un interlocutor inexistente, aunque en lo literario
plenamente vivo. Lo que me asombró de la carta es lo evidente: poco tiempo
antes yo había subrayado que se trataba del más grande, y al llegar a casa, no siento
que por travesuras del algoritmo, el texto de Sontag prácticamente decía lo
mismo.
Después
del “Querido Borges”, señala: “Dado que siempre colocaron a su literatura bajo
el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si
alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese
era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y,
sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que
resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la
generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de
los escritores... así como el más artístico”.
Al
referirse a la modestia de Borges, una modestia que asombrosamente uno sí cree
genuina, comenta: “Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia.
Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan
sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser
inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la
trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted
demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser
completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna
parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda
es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)”
Sontag
avanza en su carta “a Borges” y se queja de la situación del libro y la
lectura. Ve con pesadumbre el desdén de la gente y el avance del libro digital,
electrónico, y supone que el libro interactivo, en pantalla, se sumará a los productos
televisivos y publicitarios.
Y
cierra: “Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero,
¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los
libros —de la lectura en sí— que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que
quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una
diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba
el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a
abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro
héroe”.
Ha pasado el tiempo y el libro de papel sigue en pie, todavía firme ante el digital, aunque ciertamente la lectura, como acto, se encuentra en una etapa dura frente a la superabundancia de imágenes y distractores fofos. No sabemos a dónde parará esto, pero en lo que sí podemos estar de acuerdo es en que JLB sigue siendo un faro, el más alto que tenemos a la mano como guía del libro y la lectura.
miércoles, diciembre 29, 2021
Cajita 2021
Esta
es la última entrega de Ruta Norte en 2021, un año que, como todos, tuvo sus
peculiaridades. La principal: que poco a poco, no sin incertidumbre, fuimos
saliendo del confinamiento marcado por la pandemia declarada en marzo de 2020.
En lo personal, volví a la oficina de la universidad en mayo de este año, y
aunque por momentos sentí que la sobrecarga de chamba me rebasaba, todo fue
saliendo en medio de las precauciones todavía necesarias para cuidarnos de
contagios.
Lo
mejor de mi trabajo estuvo, como es habitual, en los libros. Creo que edité
ocho, algunos de los cuales serán presentados en los primeros meses del año
venidero. Todo lo comunicaré por este medio conforme se vaya dando. Ahora bien,
no fue poco lo que tuve la fortuna de leer, y aunque no todo pude
comentarlo/compartirlo, sigo en la idea de que leer es una de las posibilidades
más productivas del ocio, acaso la mejor.
Además,
este año viví una novedad un tanto casual: en enero comencé con la novela Dejen todo en mis manos, del uruguayo
Mario Levrero, que aquí reseñé. La manía de aislar los libros que voy leyendo
para ver luego si escribo sobre ellos me llevó a acumular en dos meses un puñado
de ocho o nueve títulos. Dado que mi biblioteca estaba en trance de
reorganización y todo era caos, decidí aislar en una cajita los ya leídos. Fue
grande mi sorpresa al ver que para abril o para mayo, como cantaron los
hermanos Carreón, la cajita estaba casi llena, así que la cambié por otra un
poco más grande. A diferencia de otros años, esto me permite saber hoy lo que
leí en el año. No es tampoco la gran cosa, pero me da gusto que las pequeñas y
grandes miserias de la vida no me hayan alejado del placer mayor que es la
lectura.
¿Lo
mejor? Sí, hay dos o tres libros que sin duda me alegraron más que otros. El
libro ya mencionado de Levrero, la biografía Hernán Cortés. La espada, de Christian Duverger; la autobiografía Adiós, poeta, de Jorge Edwards; Ante el dolor de los demás, de Susan
Sontag; Y retiemble en sus centros la
tierra, de Gonzalo Celorio, entre otros.
Es
buen recurso el de la cajita, creo, porque nos permite mirar unida la lectura
de un año completo. Les deseo pues una cajita llena para el 2022 y todas las
venturas adicionales que en el mundo hay.
sábado, marzo 06, 2021
Dolor e imagen en Susan Sontag
En la página 73 de Ante
el dolor de los demás (Debolsillo, 2020, México, 109 pp.), Susan Sontag
(1933-2004), al comentar el efecto de las horribles imágenes que adornan las
actuales cajetillas de cigarros, dice: “¿Seguirán perturbando a los que aún
fumen dentro de cinco años? La conmoción puede volverse corriente. La conmoción
puede desaparecer. Y aunque no ocurra así, se puede no mirar. La gente tiene medios para defenderse de lo que la
perturba; en este caso, información desagradable para los que quieren seguir
fumando. Esto parece normal, es decir, adaptación. Al igual que se puede estar
habituado al horror de la vida real, es posible habituarse al horror de unas
imágenes determinadas”. Este efecto de desgaste semántico, de anulación del impacto
deseable en quien mira, es el eje de la reflexión que propone la famosa
escritora nacida en Nueva York.
Inteligente
hasta la coronilla, Sontag había publicado Sobre
la fotografía (1977), libro que de inmediato la ubicó como una de las más
agudas observadoras del fenómeno fotográfico en todas sus posibles vertientes:
periodística, artística, familiar… En el ocaso de su vida, que como ya vimos terminó
en 2004, publicó Ante el dolor de los
demás (2003), ensayo que continúa su examen de la fotografía como
herramienta compleja, como objeto que por ubicuo supone una fuerte gravitación en nuestra actual aprehensión de la realidad.
La
idea regente de este libro puede ceñirse, así sea con trazo demasiado grueso, a
esta inquietud: ¿la representación fotográfica del dolor, sobre todo el
producido por las guerras, desgasta al receptor y termina por ser desagradable
o inocua? En poco más de cien páginas, Sontag examina fotos y guerras,
fotógrafos y medios, todo lo que puede envolver a la fotografía como medio de
comunicación en un mundo atestado de medios de comunicación y por tanto, más todavía,
saturado de imágenes. Entre paréntesis debo decir que Sontag murió antes de que
estallara el éxito de las principales redes sociales y plataformas
movilizadoras de imágenes, incluidos los videos: Facebook (2004), YouTube
(2005), Twitter (2006), Instagram (2010), Pinterest (2010) y TikTok (2017). De
haber vivido hasta la actualidad, es de suponer que sus observaciones se
hubieran visto por lo menos ampliadas, aunque es evidente que ya para el 2000
se veía venir la avalancha que, en efecto, experimentó un mundo en el cual
todos somos, potencialmente, generadores de “contenido”.
Tras
articular una cronología de la fotografía de la guerra y pensar en la recepción
que tuvo, por ejemplo, en publicaciones como la revista Time (recuerda el caso de Vietnam), Sontag analiza el sentido que
puede tener hoy la mostración del horror, y si esto mueve en algún grado el
ánimo de quien observa. No es muy optimista en este sentido, pues “La compasión
es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita”.
En
general, la mirada actual observa y pasa de largo, si acaso se apiada de las
víctimas mientras ve, pues “Siempre que sentimos simpatía, sentimos que no
somos cómplices de las causas del sufrimiento”. En la saturación, en el impulso
por evadir aquello que nos desagrada o, en el peor de los casos que nos atrae sólo
por su costado morboso, las fotos del horror son imágenes que simplemente se
agregan al collage vertiginoso
disponible hoy para todos, razón por la que la autora confía más (para efectos
de compasión/movilización) en el relato que en la imagen. Además, como señala
casi al final, “Es difícil encontrar espacio reservado para la seriedad en una
sociedad moderna cuyo modelo principal del espacio público es la megatienda”.
Todo, pues, hasta el más elevado dolor revelado por una imagen, es carne de mercado,
objeto sometido al esquema del úsese y tírese.



