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sábado, agosto 30, 2025

Vertientes hacia el español









En la cafebrería La Tinta ofrecí ayer una conferencia llamada “Biografía del español”. Su propósito fue meramente divulgativo, y en un punto creí necesario mostrar ejemplos de las lenguas que han alimentado nuestro diccionario. Creo que no está de más compartir aquí el vistazo de algunas palabras en función de su origen. Me atuve a la cronología y a casos de palabras de uso todavía común. Hay, por supuesto, un montón de detalles que aquí no es viable comentar. Obviamente son apenas unas muestras, ejemplos que pueden servir para que el lector no muy enterado conozca de un jalón las vertientes que han desembocado en nuestro idioma.

Lenguas prerromanas: camino, cabaña, arroyo, alud, gusano, bruja, páramo, camisa, braga, salmón, perro, cerveza.

Griego: afonía, biblioteca, cronómetro, fotografía, dermatología.

Latín: afiliación, benefactor, capital, discordia, exhumación, filicidio, impune, introspección, justificar, magnánimo, nonato, omnívoro, perfumar, sonámbulo, transferencia, ventrílocuo, curriculum vitae, alter ego, a priori, in situ, grosso modo, rara avis, ex profeso, motu proprio, per secula seculorum, sine die, ad libitum, statu quo, sine qua non, in fraganti, ergo, modus vivendi, alma mater, ultimatum.

Germánico: guerra, espía, espuela, estribo, dardo, estaca, ganar, yelmo, Ricardo, Elvira, Adolfo, Alfonso, Gonzalo, Fernando, Eduardo, Alberto, Rodrigo, Raúl, Hilda.

Árabe: cenit, algoritmo, almanaque, alquimia, química, alcohol, azufre, aceite, ámbar, amarillo, azul, almohada, alfiler, algodón, alcachofa, aduana, alcalde, tarifa, alcantarilla, acequia, alberca, adoquín, azotea, albañil, albañal, alforja, alcahuete, almuerzo, cifra, zafiro, alfajor, alarido, algarabía, alhelí, adobe, alhaja, almacén, alfombra, asesino, azafata, arroba, ojalá, Andalucía, Guadalajara, ajedrez.

Taíno: canoa, cacique, caimán, huracán, caníbal, maní, tiburón, caoba, maíz, guayaba, Cuba, Haití

Náhuatl: chocolate, tomate, aguacate, chicle, chile, mole, papalote, totopo, tianguis, cacahuate, chilpayate, escuincle, coyote, ajolote, azquel, epazote, camote, tamal, Xóchitl, México, Tacubaya, Cuauhtémoc, nopal, ocelote, comal, molcajete, moyote, popote, chichi, achichincle, apapachar, cuate, esquite, itacate, mezcal, chayote, zapote, chapulín, pinacate, mayate, elote, ejote, guacamole, huitlacoche...

Quechua: cancha, carpa, cóndor, chacra, chala, choclo, coca, gaucho, guanaco, inca, llama, mate, ojota, palta, pampa, papa, poroto, quena, tambo, vicuña, vincha, yuyo, zapallo.

Guaraní: ananá, jaguar, mandioca, ñandú, pororó, yacaré, yarará.

Francés: amateur, ballet, chef, coñac, chofer, bulevar, corsé, menú, collage, glamur, chic, cliché, debut, naif, silueta, dossier, boutique, sommelier, champiñón, vedette, cabaret, buró, champaña, chalet, carnet, garaje, restaurante, bikini, premier, calcomanía, tour, élite, maniquí.

Italiano: piano, ópera, batuta, soprano, payaso, adagio, soneto, centinela, pizza, paparazzi, espagueti, salchicha, bancarrota, novela, caricatura.

Inglés: estándar, escáner, estrés, esmog, whisky, hotdog, home office, kit, shok, test, celebrity, mall, blue jeans, happy hour y shopping, futbol, córner, beisbol, out, golf, rugby, basquetbol, box, ring, voleibol, club, bluetooth, blog, software, mouse, chat, password, mercadotecnia, stock, thriller, primetime, celebrity, reality show, single, hobby, spoiler, boy scout, clutch, esnob.

Japonés: sushi, karate, tsunami, manga, samurai, karaoke, kimono.

Ruso: molotov, vodka.

Esquimal: iglú, kayak.

Checo: robot. 

sábado, septiembre 28, 2024

Más sobre mexicas, tlaxcaltecas y españoles

 

















Entre 2019 y 2021 Saúl Rosales escribió un amplio lote de artículos sobre la conquista de México y muchas de sus implicaciones históricas y culturales. Luego de esto reunió una buena parte de aquella producción y fue publicada por la UAdeC en el libro Malinche y la conquista de México (Saltillo, 2023, 171 pp.). Lo presenté en su momento, así que mi parecer quedó asentado en una recensión después incorporada a la columna. Aprecié y aprecio tanto el contenido de tal libro que llevé cuatro ejemplares a Chile y Argentina en abril-mayo de 2024, y mi deseo es que hayan quedado en manos que sepan valorarlos.

Pasados unos meses, Saúl ha organizado otro libro que asimismo es producto del trabajo por él acometido entre 2019 y 2021: El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia (Mango Verde Fondo Editorial, Torreón, 2024, 104 pp.). No es difícil afirmar que aquel par de libros podría ser considerado un mismo título dividido en dos salidas. El tema, el tono, la extensión de las piezas y la inteligente agilidad de los análisis permiten sentir un impulso afín en su hechura, una equivalente capacidad ordenadora, un estilo análogo.

El título de esta segunda parte de los asedios de Saúl Rosales al mundo de la conquista se justifica por el ensayo más largo del volumen; en efecto, trata sobre “El poder tras el trono de Moctezuma”, es decir, sobre la gravitación de los sacerdotes mexicas en todas las decisiones del tlatoani gobernante. Ceñido a las dos más importantes “corónicas” sobre las vicisitudes de la conquista, la de Cortés y la de Bernal, aunque también cercano a las articuladas por Sahagún, Durán, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y la del cronista anónimo, el escritor lagunero verifica que los “papas” (así denomina Bernal a los sacerdotes indígenas) tenían un ascendiente pesado e ineludible en los gobernantes, tanto que son aquellos los oráculos por quienes fluyen realmente todas las decisiones de índole política. Pese a su catadura astrosa —tal vez algo parecida a la de los locos/parias de las actuales urbes—, los religiosos apuntalan, gracias a su fantasiosa interlocución con las deidades, toda asesoría al poder civil. Esto lo vieron el soldado y el misionero español, quienes inconscientemente dieron prelación al clero indígena en cada enunciado enumerativo de sus relatos: al ponderar y describir por escrito cualquier encrucijada política, el testimonialista europeo primero distinguía y mencionaba a los sacerdotes, luego a los gobernantes/caciques y al final, si era necesario, a los guerreros.

Los “papas” arrebataban entonces la iniciativa, eran el mando tras el mando. Son ellos quienes para todo detentan la última palabra: “En otro momento de este pasaje de la historia de la Conquista narrada por Bernal, el Capitán General le dice al Gran Tlatoani que, ya que andan allí [en uno de los templos], les muestre los dioses autóctonos. Esto da oportunidad de observar y resaltar cómo el jerarca mexica depende de los papas para tomar decisiones pues: ‘Moctezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas’. La suspicacia murmura: el poder tras el trono de Moctezuma”. De esto trata el primer largo ensayo del racimo.

Más cortos, los textos que siguen en el libro son aproximaciones a distintas escenas del mismo encontronazo histórico. Todas convocan la prosa divulgativa del autor torreonense, quien esquiva rebuscamientos o tecnicismos para, más bien, bordear cierto didactismo deseoso de aproximar remisos al conocimiento de la gesta protagonizada por mexicas, tlaxcaltecas y españoles.

En la mayor parte de los quince momentos del libro destaca pues el tratamiento de alguno de estos rubros: la guerra, los usos y costumbres indígenas y la herencia de la cultura precortesiana en nuestra actualidad. No para agotar lo que aborda, pues por suerte es inagotable, sino para atraer nuestra atención de lectores a pliegues de una realidad pasada y significativa en tanto cimiento psicológico de la nación que poco a poco se convirtió en lo que hoy llamamos México. Esto no es insinuado por el autor, sino dicho con todas sus letras, como lo hizo también en Malinche y la conquista de México. Observa, por ejemplo, en la pieza “Testimonio de 500 años de mestizaje”: “La potencia europea invasora, el grandioso imperio azteca que le resistió y la imbatible insumisión tlaxcalteca son los tres poderíos que sustentan, o deberían sustentar, el espíritu mexicano actual”. Más claro no es posible expresar este deseo (al que sin duda adhiero).

Cercos, matanzas, negociaciones, desacuerdos, estrategias, arremetidas y diferentes abordajes al plano bélico de la conquista son el tema central del conjunto. Lo épico (dicho esto en el sentido no obtuso de la palabra, o sea, no como la usan hoy muchos tarambanas que calcan servilmente el inglés) es la vértebra de El poder tras el trono de Moctezuma, pero a su vera hay algunos abordajes interesantes, como ya dije, sobre aspectos relacionados con la herencia de la cultura autóctona; particularmente subrayo los últimos cuatro: “Piciete, tabaco, marihuana”, “Nombres de hace cinco siglos”, “Nostalgia por las tunas” y “Alcoholismo del último umbral”), textos que trabajan, respectivamente, sobre el insumo mexica de lo que quizá era cannabis, sobre la imposición europea de la onomástica y los topónimos en la realidad domeñada, sobre la esplendidez del gordezuelo fruto que da el nopal y sobre el consumo de pulque sólo permitido a la senectud mexica y muy penado a los jóvenes.

Por todo, estas páginas son otra estimable invitación a rever la odisea de la conquista mexicana como lo que fue: la más asombrosa conjunción militar y cultural de arrojo, orgullo, resistencia, pasión y estoicismo que vieron en América los pasados siglos y no esperan ver los venideros.

Nota. El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia puede ser adquirido mediante el servicio de Amazon: pulse aquí.


sábado, noviembre 11, 2023

Vindicación de Malinche

 











Malinche y la conquista de México (UA de C, Saltillo, 2023, 171 pp.), nuevo libro de Saúl Rosales, cumple lo que su título promete: por un lado, varios de sus ensayos recorren la circunstancia de la indígena que sirvió principalmente como traductora al regimiento español y, por el otro, nos acerca a varios momentos de la empresa que tuvo como eje a Hernán Cortés. Es, el del escritor y maestro lagunero, un libro trazado durante los años del quinto centenario de la conquista europea al suelo mexicano, los que van de 2019 a 2021.

El tema de este título no es cómodo, pues bien sabemos que el debate sobre la conquista de América en general y de México en particular se ha extendido por décadas y la paleta de opiniones va, hasta la fecha, del blanco al negro con todos los grises posibles en el medio. La polémica se da desde lo nominal: ¿cómo debemos llamarle? ¿Conquista? ¿Genocidio? ¿Choque de dos mundos? ¿Encuentro inevitable? ¿Proyecto civilizatorio? ¿Conmemoración? ¿Efemérides? ¿Pesadilla? Por esto digo que no es un libro cómodo, ya que, si lo miramos bien, los acontecimientos ocurridos a partir de 1492 en el territorio que luego sería llamado América conjugan todas o casi todas las posibilidades de la denominación: lo mismo fue un encuentro inevitable que un genocidio y un culturicidio de los pueblos originarios y, en algún otro punto y con asegunes, un proyecto civilizatorio. Pero todo es y será debatible, claro, y qué no lo es cuando hablamos del pasado y las desventuras de la humanidad. Ahora bien, en el libro que nos ocupa es destacable una suerte de equilibrio en la ponderación: más que exaltar a unos o a otros, el autor resalta, subraya, enfatiza que todo ese proceso fue una hazaña de indígenas y españoles. Hay figuras señeras, obviamente, pero a ellas debemos sumar miles de rostros anónimos que en el ataque y la defensa se mostraron bizarros en el primer sentido —el único que debería tener— de esta palabra.

En sus ensayos —ensayos de interpretación, preciso—, Saúl Rosales interroga sobre todo los tres libros más salientes escritos en torno a la conquista de México: las Cartas de relación, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España, de Cortés, Bernal Díaz y Bernardino de Sahagún, respectivamente. Junto a ellos, convida una batería no muy amplia pero sí valiosa de especialistas en el tema como Miguel León Portilla, Christian Duverger y Camilla Towsend.

Creo seriamente que lo sustancial en Malinche y la conquista de México no está en el aparato erudito, sino en la destreza de su autor para cuadrar los asuntos que acomete. Los textos que componen este libro son por ello excelentes ejemplos de ensayo libre, subjetivo, de interpretación. En todos asoma asimismo la buena prosa y la originalidad del abordaje, rasgos clave a la hora de valorar los trabajos de este género y acaso de todo tipo de escritura. Dividido en tres partes tituladas “Malinche”, “Variaciones sobre la conquista de México” y “Más variaciones, 1519-1521”, contiene 29 piezas y una acuciosa presentación escrita por Salvador Hernández Vélez. En la parte inicial, Rosales focaliza su atención en la figura de Malinche, y, sin aspavientos, más que simpatizar, empatiza con ella, para decirlo con una palabra hoy tan de moda.

Al insistir en la eliminación, por su retintín minusvalorativo, del artículo “la” al nombre Malinche, el autor habla sobre la inmerecida carga de injurias perpetrada contra la figura de la indígena. Lo expone así:

Tal vez también contribuya, para atribuirle capacidad denigrante al artículo, el hecho de que a Malinche se le quiso ver desde hace siglos como una traidora. Se supone que traicionó a sus connacionales, cuando México no existía como nación; que habría traicionado a los mexicas, cuando ella no era mexica. Hasta se creó el mexicanismo malinchismo para significar la preferencia por lo extranjero.

Me detengo a pensar en la sutileza de ensayista con la que Rosales ha percibido el tufo a desdén que hay en un artículo: “la Malinche” —le parece y es así— no es lo mismo que “Malinche”, como no es lo mismo “el Roberto” que “Roberto” o “la Susana” que “Susana”. Abolir un monosílabo es el comienzo de su vindicación. Y por supuesto no para allí: los primeros textos del libro dan cuenta del personaje fascinante que es Malinche. Con todo en contra desde niña, va rebotando en su escarpada biografía hasta terminar como pago en especie (humana) a las huestes de Cortés luego de la batalla de Centla. No rebasa los veinte años y ya el barroquismo de su destino la ha zarandeado hasta convertirla en casi nada.

El azar, sin embargo, le juega a favor cuando se convierte en propiedad de los soldados españoles, y más particularmente de Cortés: por nacimiento y luego por haber sido vendida a una comunidad que no era la suya, Malinche sabe náhuatl y maya, y como el capitán lleva a Gerónimo de Aguilar, recién rescatado en tierras de la península yucateca, hay un español que sabe maya; así la cadena de transmisión comunicativa queda establecida con dos traductores que serán fundamentales en las órdenes a los aborígenes aliados y en los tratos o desavenencias con los enemigos: Malinche recibe la información en náhuatl, la comunica en maya a De Aguilar y éste la pasa en español a Hernán Cortés. Este flujo verbal tripartita no duró mucho, pues Malinche, virtuosa políglota al fin, pronto se hizo de la lengua española y por su medio comenzó a pasar toda la información del náhuatl para Cortés y del español para sus interlocutores indígenas, de ahí que fue ella la principal bisagra entre las dos lenguas, que es como decir entre las dos cosmovisiones.

El libro de Saúl Rosales es una vindicación de Malinche, es verdad, como lo evidencia en este ilustrativo pasaje:

La idea de que Malinche es —digo que es, porque sobrevive a pesar de todo—  una traidora de los mexicanos perdura como herida amarga en la sociedad. Pero Malinche no traicionó ni a los mexicas. Malinche era de otro pueblo, era popoluca, de un lugar alejado cientos de kilómetros de Tenochtitlan y, más aún, sujeto a hostilidades de los súbditos de Moctezuma.

Malinche es el ejemplo del ser humano que se sobrepone a las adversidades y se alza hasta un destino luminoso. Malinche es digna de resplandecer en la memoria con brillo de bronce lustrado; de permanecer entre quienes han sido inmortalizados con los más sólidos materiales y en las páginas imborrables. Su biografía es de símbolo nacional.

Esto puede hacer pensar en un deslumbramiento exclusivo del autor por la figura de la “lengua” o “faraute” de Cortés, pero no es así. En todas las páginas de su libro hay un relente de admiración por aztecas, tlaxcaltecas y españoles por igual, lo que nos lleva a reconsiderar odios retroactivos. Rosales hace el planteo en estos términos:

Juntos, el poder de los siempre insumisos y aguerridos tlaxcaltecas y el poder de los europeos y sus aliados indígenas se encaminan a Tenochtitlan. Los súbditos del poderoso imperio azteca se les oponen con armas y diplomacia, como hicieron desde que los extranjeros se instalaron en Veracruz. Estas tres fuerzas del siglo XVI, mexicas, tlaxcaltecas y europeos, son las que deberían estar presentes en el espíritu mexicano.

La civilización azteca cuya energía bélica y creadora dejó incontables testimonios en la historia y en la geografía; el poderío tlaxcalteca que sobrevivió insumiso a pesar de estar cercado por el imperio mexica y la potencia europea que había tenido la suficiencia para cruzar el Atlántico y explorar y colonizar vastedades no imaginadas son el trío de fuerzas nutricias que debían alimentar la psicología de los mexicanos.

Por todo, este de Saúl Rosales es uno más de sus valiosos libros, “un testimonio —como señala Salvador Hernández Vélez en el prólogo— que documenta fielmente (…) el pulso de la vida nacional durante el inicio y la consumación de la conquista de México a quinientos años de distancia”.

Torreón, Coahuila, 10, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Malinche y la conquista de México. Participamos Salvador Hernández Vélez, el autor y yo. Se celebró en el Centro de Transferencia de la Ciudad Universitaria de la UA de C, Torreón, el 10 de noviembre de 2023.

miércoles, abril 20, 2022

Panorama del mercado mexica

 







Se ha dicho que Hernán Cortés magnificó lo que sus ojos vieron en tierra azteca para elevar así el precio de su aventura conquistadora. Ciertamente esta es una tendencia natural del alma humana: agrandar la dificultad del obstáculo para aumentar el mérito propio, como cuando a una amada se le explica, para lograr sus favores, todo lo complicado que ha sido llegar hasta su puerta con un anillo en la mano. En sus Cartas de relación, Cortés se dirige a Carlos V, lo sabemos, pero en su mentalidad, todavía movida por resabios medievales, ya hay un hombre picado por el apetito de gloria individual, un renacentista que desea la trascendencia de sus obras y su nombre. No es pues exagerado decir que exageró al describir lo que miraba, pero tampoco pudo ser tanto por una razón simple: él sabía que no sería el único informante de la conquista, así que debió cuidarse y describir la realidad, en muchos casos, lo más ceñidamente posible a un criterio fotográfico.

No han sido pocas las veces en las que he señalado mi permanente asombro ante el asombro del extremeño frente al mercado mexica. Creo en las palabras de Cortés porque desde entonces hasta la fecha el Valle de México es un espacio que concentra servicios y mercaderías sin fin, todas las que produjo y produce desde siempre nuestro país y ahora más, pues debemos tomar en cuenta la interacción comercial de todo el globo. El capitán español, lo imagino, recorrió el espacio del mercado aborigen con preguntas en ristre, y al primer momento de sosiego, antes de que se traspapelara en su memoria, escribió sobre lo visto y oído. De este modo dejó a la posteridad un mural como los de Rivera: exuberantes en detalles, celosos del pormenor. “Tiene esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Tres figuras retóricas destacan en esta primera cita: para que el destinatario europeo se dé una noción de lo que describe a partir de algo conocido, usa la comparación: “como dos veces la cibdad de Salamanca”; la hipérbole, que de un plumazo da la idea de totalidad: “hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan”, y la enumeración, que se enseñorea en esta parte de la crónica para tratar de abrazar cabalmente lo que observa: “joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Al caminar un poco más por el mercado, la enumeración como tropo desplaza a la comparación y la hipérbole, y se convierte en un recurso indispensable de su pluma: “Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillo, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, buharros, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos. Y de algunas destas aves de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y hierbas medecinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medecinas hechas, ansí potables como ungüentos y emplastos”.

La enumeración es, claro, más amplia, y cuando Cortés ya no da más, vuelve a la hipérbole con flecos de síntesis: “Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso”.

Como se puede apreciar, nuestra tierra, en/por sus mercados, fue siempre una cornucopia; para Cortés y para quien la haya mirado desde hace 500 años a la fecha.

miércoles, diciembre 29, 2021

Cajita 2021

 










Esta es la última entrega de Ruta Norte en 2021, un año que, como todos, tuvo sus peculiaridades. La principal: que poco a poco, no sin incertidumbre, fuimos saliendo del confinamiento marcado por la pandemia declarada en marzo de 2020. En lo personal, volví a la oficina de la universidad en mayo de este año, y aunque por momentos sentí que la sobrecarga de chamba me rebasaba, todo fue saliendo en medio de las precauciones todavía necesarias para cuidarnos de contagios.

Lo mejor de mi trabajo estuvo, como es habitual, en los libros. Creo que edité ocho, algunos de los cuales serán presentados en los primeros meses del año venidero. Todo lo comunicaré por este medio conforme se vaya dando. Ahora bien, no fue poco lo que tuve la fortuna de leer, y aunque no todo pude comentarlo/compartirlo, sigo en la idea de que leer es una de las posibilidades más productivas del ocio, acaso la mejor.

Además, este año viví una novedad un tanto casual: en enero comencé con la novela Dejen todo en mis manos, del uruguayo Mario Levrero, que aquí reseñé. La manía de aislar los libros que voy leyendo para ver luego si escribo sobre ellos me llevó a acumular en dos meses un puñado de ocho o nueve títulos. Dado que mi biblioteca estaba en trance de reorganización y todo era caos, decidí aislar en una cajita los ya leídos. Fue grande mi sorpresa al ver que para abril o para mayo, como cantaron los hermanos Carreón, la cajita estaba casi llena, así que la cambié por otra un poco más grande. A diferencia de otros años, esto me permite saber hoy lo que leí en el año. No es tampoco la gran cosa, pero me da gusto que las pequeñas y grandes miserias de la vida no me hayan alejado del placer mayor que es la lectura.

¿Lo mejor? Sí, hay dos o tres libros que sin duda me alegraron más que otros. El libro ya mencionado de Levrero, la biografía Hernán Cortés. La espada, de Christian Duverger; la autobiografía Adiós, poeta, de Jorge Edwards; Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; Y retiemble en sus centros la tierra, de Gonzalo Celorio, entre otros.

Es buen recurso el de la cajita, creo, porque nos permite mirar unida la lectura de un año completo. Les deseo pues una cajita llena para el 2022 y todas las venturas adicionales que en el mundo hay.


miércoles, septiembre 01, 2021

La familia mexica por Sahagún

 











Uno de los libros imprescindibles de la crónica de Indias es la Historia general de las cosas de Nueva España. Como sabemos, durante y poco después de la conquista se dio una tremenda destrucción del patrimonio físico aborigen: fueron aniquilados edificios, esculturas, códices, vestimenta, penachos y muchos otros objetos que de haber sobrevivido harían infinitamente más grande el número de vestigios que hoy podemos admirar en los museos. Por suerte, no todos los europeos recién llegados compartían la actitud de bulldozer Caterpillar. Otros hubo, como fray Bernardino de Sahagún, que trataron de rescatar la cultura material e inmaterial del pueblo sometido y gracias a esto tenemos hoy evidencias de una cultura que de cualquier modo no se borró del todo tras la conquista.

Fray Bernardino (Sahagún, España, circa 1499-Tlatelolco, México1590) fue, como se podrá notar en el paréntesis, un hombre longevo. Adhirió a la orden de Francisco y desde su llegada a la Nueva España se topó con el imperativo de profundizar hasta donde le durara la vida en el conocimiento de la cultura mexicana, empezando por el dominio de la lengua, el náhuatl. Con pasión sin orillas organizó la compilación de todo lo que fuera necesario para reconstruir con palabras el mundo de los aztecas, su vida material y espiritual. Es considerado, por esto, y mucho antes de que se inventara la antropología, el primer antropólogo americano.

En México tenemos la suerte de que la Historia general… sea asequible en la edición de Porrúa (colección Sepan cuantos… número 300). Tiene más de mil páginas y casi puedo asegurar que no rebasa el costo de 200 pesos. Ahora bien, fuera de estos datos superficiales y por tanto frívolos, lo que debe interesarnos es su espléndido contenido. Gracias al trabajo del misionero franciscano y el tremendo equipo que coordinó, tenemos, como ya dije, una espectacular reproducción de “las cosas” de Nueva España. Sus páginas, por lo tanto, son un pasaje obligado de todo mexicano que desee saber un poco más de la realidad que encontraron los españoles poco antes, durante y poco después de la conquista.

Este libro está dividido en “Libros”. En el décimo, capítulo I, Sahagún detiene su atención en las “cualidades y condiciones de las personas conjuntas por parentesco”. Aseguro que no podríamos pasar por allí sin agrado ante los meticulosos apuntes del observador. Transcribo a flashazos, y recortados, algunos rasgos de los personajes centrales de la familia tradicional:

Padre. El padre es la primera raíz y cepa del parentesco. La propiedad del buen padre es ser diligente y cuidadoso, que con su perseverancia rija su casa y la sustente (…) La propiedad del mal padre es ser perezoso, descuidado, ocioso…

Madre. La propiedad de la madre es tener hijos y darles leche; la madre virtuosa es vigilante, ligera, veladora, solícita, congojosa; cría a sus hijos, tiene continuo cuidado de ellos (…) La madre mala es boba, necia, dormilona, perezosa, despreciadora, persona de mal recaudo…

Hijo virtuoso. El hijo bien acondicionado es obediente, humilde, agradecido, reverente, imita a sus padres en las costumbres y en el cuerpo; es semejante a su padre y a su madre.

Hijo vicioso. El mal hijo es travieso, rebelde o desobediente, loco…

Hija virtuosa. [Es] virgen de verdad, nunca conocida de varón; es obediente, recatada, entendida, hábil, gentil mujer, honrada, acatada, bien criada, doctrinada…

Hija viciosa. La hija mala o bellaca es mala de su cuerpo, disoluta, puta, pulida; anda pompeándose, atavíase curiosamente, anda callejeando, desea el vicio de la carne (…) esta es su vida y su placer. Anda hecha loca.

Sahagún lo recorre todo. Describe al panal humano por parentesco, clase y oficio, y su manera de anotar cuaja en dos sentidos: el que quiere presentarnos del mundo mexica y el que, sin querer, nos revela de su propia mentalidad de misionero español. Recomiendo que nos asomemos a la magnífica Historia general

miércoles, agosto 18, 2021

Confluencia inexorable

 











El 13 de agosto de 1521, hace 500 años, es marcado en los calendarios como el de la Caída de México-Tenochtitlan. Bien sabemos que en los extremos del debate sobre este acontecimiento se encuentran quienes sostienen que se trató de un atropello europeo, particularmente español, en tierra hoy mexicana, y, en la otra orilla de la discordia, quienes arguyen que con el triunfo de Cortés y sus aliados llegó la civilización a este bárbaro pedazo del planeta. No voy a sumarme ni siquiera un poco a la defensa de una posición o de otra, pues, como sucede con toda polémica de este tipo, es decir, jalada hacia los polos del blanco o del negro, en medio tiene grises que tal vez puedan ayudar a comprender mejor aquel convulso pasado.

Para comenzar, la llegada de los europeos a México-Tenochtitlan era, desde el 12 de octubre de 1492, un hecho inexorable. Desde que Colón avistó Guanahaní comenzó el choque entre las culturas americanas y las culturas europeas. Nótese que digo “culturas”, en plural, y no “cultura”, como suele decirse, pues es evidente que no podemos pensar en civilizaciones uniformes puestas en conflicto, sino en una diversidad amplia y compleja de grados de desarrollo y más aún de personalidades individuales. Así como no todos los europeos que llegaron a (lo que después sería llamada) América no eran idénticos en términos de profesión, región, lengua, temperamento y ambición, igual los indígenas: no eran lo mismo las muy elementales tribus que habitaban el Caribe comparadas con las comunidades verdaderamente desarrolladas de Mesoamérica, la península de Yucatán o el imperio inca. Como en Europa, había de todo por acá.

Y de todo también en términos de personalidad individual. En todos lados ha habido, hay y habrá sujetos ambiciosos y despiadados como Nuño de Guzmán, pero también, afortunadamente, individuos como fray Bernardino de Sahagún. Esto significa que no todo lo que llegó de Europa fue espada fuera de su vaina, ni todo lo que había por acá era indígena de buen corazón. La realidad, por diversa, ofrecía tipos humanos de muy distintas condiciones, de ahí que no sea viable proceder, al vislumbrar el pasado, con un rasero maniqueo.

Hace 500 años, ni en México-Tenochtitlan ni en ninguna parte del planeta se procedía con demasiada diplomacia cuando de conquistar se trataba. Las guerras y la destrucción del otro eran la norma, y todavía hoy, con la ONU y muchas otras organizaciones internacionales en primera fila, la guerra se enseñorea como factor de cambio político. Los europeos, los españoles que llegaron a Veracruz en 1519 tenían pues en la cabeza explícitos planes de conquista. La guerra era inevitable o inexorable, como ya dije arriba, así que pensar que debían pensar como nosotros es un anacronismo. El capitán de las huestes españolas, Hernán Cortés, supo sacar provecho de la rivalidad entre los mexicas y los pueblos aledaños a México-Tenochtitlan, y con una táctica de alianzas, obra maestra de la ingeniería política, hirió relativamente rápido el corazón del imperio azteca.

A diferencia de otros proyectos de conquista, por lo general arrasadores, el de Cortés tuvo como dinamo, gracias a él, un propósito de mestizaje. No sin traumatismos, y la prueba de que aquello funcionó somos nosotros, los actuales mexicanos heredamos mayoritariamente, dicho en trazo grueso, dos culturas. La historia oficial nos ha machacado sistemáticamente que debemos rechazar el flanco hispánico, pero esa es una aspiración imposible de consumar, es decir, no podemos evitar la porción de sangre española en nuestras venas, sangre que es sinécdoque de todo lo español que no podemos extirpar. Tampoco podemos negar, sería una necedad, toda la riqueza de lo indígena que recibimos, acaso el componente que más nos singulariza hoy como nación.

Ante la legión de defensores y detractores de la conquista —una polémica ideal para guerrear en las redes sociales—, creo que lo mejor es asumir una postura reflexiva que trate de indagar en el pasado con menos acaloramiento y más serenidad, como de hecho ocurre en las aproximaciones a la figura de Cortés emprendidas por el francés Christian Duverger en Hernán Cortés. La espada (Taurus, México, 2019, 509 pp.) y en el ya clásico Hernán Cortés (FCE, México, 2021, 775 pp.) de nuestro José Luis Martínez, obras monumentales que con documentos en la mano plantean/replantean que en la conquista hubo más, mucho más que buenos y malos.

Por último, y aunque no sea necesario expresarlo, desde hace mucho estoy bien instalado en mi condición de mestizo, en mi ser indígena-español al mismo tiempo. Mal haría si no, pues, aunque la negara, tal confluencia estaría en mí definitiva, inexorablemente, así que creo es mejor asumirla y comprenderla.

miércoles, enero 08, 2020

Minucias del padre Garibay
























A propósito de un texto publicado hace pocos días recibí esta pregunta: ¿qué libros pueden servir para hacernos una idea sobre la polis que encontraron los españoles y ahora llamamos Ciudad de México? No dudé en responder que la bibliografía sobre el tema es apabullante, pero puede resumirse en estos tres títulos fundamentales: las Cartas de relación, la Historia verdadera sobre la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España de, respectivamente, Hernán Cortés, Bernal Díaz y fray Bernardino de Sahagún, todos asequibles en ediciones populares como las de Porrúa en su colección Sepan cuantos…
Al tercero de los libros mencionados le tengo especial afecto porque se trata de un pormenorizado recuento de lo que había en México antes y durante la conquista. Sahagún dice “las cosas” para significar “todo”, lo material y lo inmaterial, lo concreto y lo simbólico, es decir, que su libro abarca todo aquello que pudo acopiar sobre la cultura azteca. La edición de este libro fue preparada para Porrúa por Ángel María Garibay Kintana (Toluca, 1892-Ciudad de México, 1967), uno de los más importantes sabios del siglo XX mexicano.
Gracias pues a la edición de la Historia… sahaguneana tuve noticia sobre el padre Garibay, de quien Porrúa también tiene a la mano otros libros que nos muestran el saber del mexiquense, quien, mientras atendía su misión religiosa, supo arar en un vasto territorio de intereses intelectuales. Uno de ellos fue el lingüístico, en el que destacó por su hondo conocimiento de varias lenguas como el griego, el hebreo y el náhuatl, por mencionar sólo tres. Otra de las lenguas que lo apasionó fue, claro, el castellano, como puede verse en En torno al español hablado en México (UNAM, 2015, 146 pp.). Hasta antes de conseguirlo, yo ignoraba que el padre Garibay había colaborado con la prensa como lo hizo entre las décadas del cincuenta y sesenta para Excélsior, El Universal y Novedades, diarios a los que acudió para compartir, sobre todo, inquietudes de carácter lingüístico.
Estas antologías ofrecen pues “minucias del lenguaje”, curiosidades sobre el uso de ciertas palabras, precisiones etimológicas y asedios similares. El padre desplegó sus opiniones con una prosa algo arcaizante ya para su época y con un tono regañón en el que, molestia aparte, resalta la importancia de estar siempre atentos a nuestra expresión cotidiana.
No me parece innecesario sumar este libro del padre Garibay al que preparó de fray Bernardino. La erudición del toluqueño nunca será desdeñable.